domingo, 25 de agosto de 2024

PROGRESISMO Y TRUMP


Progresismo: entre los fracasos propios y los hackeos ajenos
Una ola global de líderes de derecha busca socavar una corriente de pensamiento que presenta muchos rostros
Adriana Balaguer


Desde su nacimiento en el siglo XIX hasta hoy, el progresismo tuvo un gran mérito: instaló en el pensamiento colectivo la convicción de que compartir sus ideas era estar del lado de los buenos. En su origen, la pelea era contra los abusos de la Revolución Industrial. Con el paso del tiempo sus impulsores le fueron sumando causas. El auge del capitalismo les dio motivos para agregar enemigos a la lista. En algunos países fue la globalización; en otros, el cuidado del medio ambiente, y en muchos de ellos fue el combate contra la pobreza. En el mundo, sin embargo, sus banderas fueron agitadas por partidos y líderes políticos en buena medida hoy caídos en desgracia. Tras una serie de victorias electorales, gobiernos de derecha han dejado de lado y hasta atacado con virulencia sus consignas. Esas consignas, vinculadas a los derechos humanos, el Estado presente o la lucha contra la desigualdad, también se encuentran desgastadas hoy por otro motivo: en muchos casos, quienes las defendieron desde el poder terminaron manchándolas a fuerza de hipocresía, corrupción y autoritarismo.
Todo esto, sin dejar de advertir que el abanico de gobiernos caracterizados como progresistas es bien heterogéneo. En la región, por ejemplo, no es lo mismo el progresismo mexicano de Andrés Manuel López Obrador que el modelo chileno de Gabriel Boric, el brasileño de Luiz Inácio Lula da Silva o el colombiano de Gustavo Petro.
Los casos más extremos, dañados y alejados del ideario progresista son bastante más visibles. El chavismo en Venezuela, hoy encarnado por Nicolás Maduro, acaba de ocultar un resultado desfavorable en las urnas y hoy despliega una represión brutal. Su actitud expresa un desprecio abierto por la democracia. Lo mismo puede decirse de Daniel Ortega en Nicaragua.
En la Argentina, el kirchnerismo, más allá de la debacle económica y un sistema de corrupción que quedó al descubierto tras sus 16 años de gestión, tiene en la figura del expresidente Alberto Fernández y la denuncia de violencia de género de Fabiola Yañez, la exprimera dama, una muestra patética del doble discurso en materia de políticas de género. Un presidente que se decía militante de los derechos de la mujer, causa reivindicada por el progresismo, termina denunciado su exesposa como golpeador. Otra muestra de la distancia que había entre lo que el kirchnerismo decía defender y lo que en verdad hacía.
En este escenario, vale el interrogante: ¿estamos ante un franco retroceso de este pensamiento político o en realidad lo que aparece impugnado es un pseudoprogresismo? ¿Es el nacionalismo venezolano una mala experiencia progresista o en realidad Maduro es un impostor que actúa traicionando los valores que dice defender? ¿Es el kirchnerismo verdaderamente progresista o es la máscara que usó el peronismo para captar el voto de la izquierda?
El presidente Javier Milei no duda en identificar kirchnerismo y progresismo. En su cuenta de la red X, dijo que nunca imaginó “que llegaría a ver el día en el que a todos los chantas delincuentes que se autodefinen como progres (tanto políticos como periodistas) les estallarían en la cara sus contradicciones por las que se la pasaron cancelando a todos los que no pensaran como ellos”.
En las antípodas ideológicas, Sergio Berni, exministro de Seguridad bonaerense y kirchnerista de ley, trató de despegar a Cristina Kirchner de la denuncia de violencia de género contra Alberto Fernández: “Cuántas veces he dicho que Alberto no era peronista. Y no solamente lo decía yo sino que lo decía él, que explicaba que estaba más cerca de la cultura hippie que de las veinte verdades del peronismo. Bueno, que ahora vaya la cultura hippie a contener a este expresidente. Nosotros estamos con el peronismo. Todo ese mundo progresista que lo vaya a contener”.
Difícil de definir
Tal vez, para poner algún orden en el río revuelto de la lucha política, debamos definir primero qué se entiende hoy por progresismo. Jorge Sigal, periodista y editor, autor del libro El día que maté a mi padre. Confesiones de un excomunista, se pregunta quiénes son de izquierda en la posmodernidad: “¿Lo es Felipe González, el más exitoso líder de la transición democrática española, quien define a Nicolás Maduro como ‘un tirano’, porque es mucho más que un dictador, ya que no cumple siquiera con sus propias reglas? ¿O lo es Pablo Iglesias, el insumiso ibérico amigo de los K, que dice estar en contra de ‘la moderación’ y acusa a ‘la derecha’ de sabotear los ‘éxitos de la Revolución bolivariana?’ ¿Es el castrismo, el guerrillerismo supérstite? ¿Son las narco guerrillas como las FARC colombianas? ¿Lo es el populismo latinoamericano, encarnado por los Kirchner, los Evo Morales y los Correa? ¿O, quizá, José Mujica y Boric, que aceptan la democracia y entregan el poder cuando pierden? ¿Y Lula, López Obrador, que no parecen muy ansiosos por ‘terminar con el capitalismo’, qué son? ¿Lo es el populismo argentino, con dirigentes millonarios sin certificados de trabajo que acrediten sus riquezas?”
Muchos coinciden en que el progresismo nacional –y por qué no también en la región– está en retirada. Otros consideran, en cambio, que se trata de una crisis. Y que si bien hoy su “versión Venezuela” puede estar atravesando su eclipse tras una derrota electoral, hay sectores progresistas que siguen siendo voces influyentes en términos políticos.
Sergio Berensztein, analista político, suscribe a esta segunda posición: “Muchos progresistas apoyaron políticas del kirchnerismo y votaron por sus candidatos. Pero los valores del igualitarismo social, los derechos humanos, el medio ambiente, el derecho al aborto y la defensa de las comunidades LGTBQ+ trasciende y seguramente sobrevivirá esta crisis, que en todo caso impacta de lleno en el relato K”.
Sigal aporta: “El problema es que, detrás de cada una de las expresiones del llamado ‘pensamiento progresista’, salvando honrosas excepciones como las de Felipe González y la chilena Michelle Bachelet, considerados “de derecha” por la izquierda populista latinoamericana, existe, en general, una alianza tácita por la cual se sienten partes de una misma familia. Pero ¿ es alianza o silencio cómplice? El resultado es similar: se da a los tiranos, como Daniel Ortega y Nicolás Maduro, un trato, en todo caso, de ‘hermanos díscolos’ y se los termina engordando”.
Esta suerte de complicidad, que no es nueva, que no ayuda a vislumbrar el futuro del progresismo. Dice Sigal al respecto: “La izquierda, entendida como fuerza con una mayor sensibilidad social, defensora de principios republicanos, custodia intransigente de los derechos humanos y de las minorías, podría jugar un papel decisivo en el desarrollo de sociedades más justas. Pero no cumplirá ese papel si no renuncia a su negra historia de crímenes y, sobre todo, a sus fracasos históricos. ¿Será eso posible? No, si no se mira al espejo. No, si no reniega y repudia ‘las dictaduras del proletariado’, ‘los foquismos’ ‘la lucha armada’, ‘el paredón’ y los regímenes opresivos del mundo. No, si se aferra a una supuesta superioridad moral y, en lugar de exhibir líderes de probada ética y compromiso con la verdad, produce dirigentes corruptos, ajenos a todo humanismo, hipócritas que llevan una doble vida, señores feudales que manejan provincias como si fueran propias”.
Otro talón de Aquiles del progresismo, además de las posturas extremistas y los impostores, parece ser la dificultad en la gestión de la economía. Las sociedades se han vuelto individualistas y, a pesar de una desigualdad creciente, están cansadas de financiar la solidaridad que pregona la centroizquierda en el poder.
Alejo Schapire, autor del libro La traición progresista, afirma que el progresismo, en su afán por lograr la justicia social, se ha traicionado en varios aspectos. “Por un lado, porque esta sensibilidad está tomada por el avance ideológico de la izquierda identitaria y autoritaria, eso que se ha dado en llamar la cultura woke. Este progresismo renuncia al proyecto universalista en nombre del relativismo cultural. La lucha contra la persecución religiosa y el machismo solo vale para los occidentales y nos hacemos los distraídos cuando los violadores de derechos humanos no son blancos de cultura judeocristiana, que es donde justamente más progreso ha habido. En nombre del anticapitalismo, la descolonización y el antirracismo, el progresismo ha hecho una alianza contra natura con regímenes dictatoriales y el fundamentalismo islámico, que no puede ser más reaccionario, machista y homofóbico y quiere retroceder al siglo VI”, subraya Schapire, que es periodista y vive en Francia.
Paradójicamenye, la crisis del progresismo reside también en sus “victorias”, señala Schapire. “La cooptación partidista de movimientos como Madres de Plaza de Mayo, apoyando a la dictadura de Maduro, o las contorsiones que hacen quienes han tenido ‘kiosquitos’ feministas para pronunciarse sobre las acusaciones de violencia de género contra Alberto Fernández ponen en evidencia la contradicción”, dice.
“Pero nada ha dejado más en claro esta crisis que la masacre del 7 de octubre en Israel –agrega Schapire–. Los principales referentes del progresismo se pusieron del lado de los autores del peor pogrom desde la Segunda Guerra Mundial, del lado del oscurantismo religioso y en contra de la modernidad democrática, plural y tolerante de Israel”.
Berensztein destaca sin embargo la otra cara de la moneda. “El progresismo democrático en la Argentina sobrevive en organizaciones de la sociedad civil y, políticamente, en parte vota a la UCR, al socialismo de Santa Fe y a otras expresiones. Y nunca defendió las atrocidades del régimen chavista ni del populismo autoritario de la región (Bolivia, Nicaragua y Cuba). Pueden ser sectores muy acotados en términos electorales y políticos, pero son influyentes en términos intelectuales y en algunos casos tienen referentes de mucho prestigio, como Roberto Gargarella o Pablo Gerchunoff. Algunos progresistas en su momento apoyaron al PRO”.
Reconocer errores
¿Cómo rescatar el valor de las ideas originales del progresismo, tan mancilladas por gobiernos que se dijeron progresistas y no lo fueron? “La experiencia venezolana que era una oportunidad para que la supuesta izquierda demostrara que nada tiene que ver con sistemas criminales”, dice Sigal. Lula tardó pero la vio, y aunque su solución de llamar nuevamente a elecciones en cierto sentido desmerece el resultado de las urnas, lo obligó a reconocer la mentira de Maduro.
“Si la izquierda no es capaz de revisar sus horrores, si no es capaz de generar ejemplos éticos, si no afronta sus propias vergüenzas, seguirá sumergida en la melancolía, Enzo Traverso dixit. Rascando en las tumbas de sus muertos, aferrada a sus mártires e incapaz de admitir sus propios fracasos y crímenes. Cuba, el trofeo de la izquierda latinoamericana y argentina adicta al populismo es una calamidad, con sesenta años de agónica existencia”, puntualiza Sigal.
Para cerrar, agrega que “la izquierda no puede ser solo una fuerza de meras denuncias sobre ‘la opresión y las injusticias del capitalista’, porque, desde 1917 en adelante, fundó y fundió un sistema global. Y porque, cada vez que volvió a probar (Nicaragua y Venezuela), le salió lo mismo, pero peor”.
Paula Clerici, Investigadora del Conicet y docente de la Universidad Torcuato Di Tella, está dispuesta a distinguir una brecha. “Me da la impresión de que se está confundiendo peronismo con progresismo. El progresismo es mucho más que un sector del peronismo. De hecho el peronismo tradicional no tiene nada de progresista. El progresismo es mucho más y lo que está en crisis es el peronismo”.
En su visión, “el progresismo está bajo fuego en todo el mundo”, ya que cuando “hay avances de grupos minoritarios que van ganando derechos pasa esto, la contrarreforma. La extrema derecha está a full, pero no solo en Argentina”.
Lo que hoy se percibe, a nivel mundial como local, es un choque entre la sensibilidad social que suele expresar el progresismo (entendido en forma amplia) con el individualismo que moldeó la pospandemia. Las sociedades muestran cansancio frente a la idea de asistir a los más postergados que suelen impulsar los movimientos de centroizquierda: “con la mía no”. ¿Acaso el progreso dejó de ser un objetivo colectivo? En las redes sociales nadie está a salvo de los militantes de lo “políticamente incorrecto”. La primera meta es defender lo propio. El resto, vemos.

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Trump convirtió al Partido Demócrata en una máquina
Los esfuerzos por evitar que el magnate vuelva a la Casa Blanca en un segundo mandato le dieron mayor pragmatismo y unidad a la fuerza de Kamala Harris
Ezra Klein NUEVA YORKLa candidata demócrata Kamala Harris, actual vicepresidenta, camina para abordar un avión en Las Vegas 
“Muchos de los mismos políticos que ahora aceptan públicamente a Trump le tienen pavor en privado”, dijo Nikki Haley en febrero. “Saben el desastre que ha sido y seguirá siendo para nuestro partido. Pero tienen miedo de decirlo en voz alta. Bueno, yo no tengo miedo de decir la cruda verdad en voz alta. No siento la necesidad de besar el anillo”.
Sin embargo, allí estaba Haley, en la Convención Nacional Republicana de Milwaukee, besando el anillo. “El presidente Trump me pidió que hablara en esta convención en nombre de la unidad”, dijo. “Empezaré dejando una cosa perfectamente clara: Donald Trump tiene mi firme respaldo, y punto”.
El Partido Republicano actual es lo que los politólogos llaman un partido “personalista”: se construye en torno a una persona, no a un programa o una coalición. Está copresidido por la nuera de Trump, Lara Trump. Disidentes como Liz Cheney, Chris Christie y Adam Kinzinger, e incluso el exvicepresidente Mike Pence, han sido separados.
El Partido Demócrata ha demostrado ser todo menos un partido personalista. Su convención de esta semana reflejará un acto histórico y colectivo: la movilización del partido para persuadir a su líder, Joe Biden, de que se haga a un lado.
¿Cómo han llegado los dos partidos a ser tan opuestos, negativos fotográficos el uno del otro? Una razón es anterior a Trump. La otra es Trump.
En el corazón del Partido Republicano hay una contradicción que no existe en el corazón del Partido Demócrata. Los demócratas están unidos en su creencia de que el gobierno puede, y debe, actuar en nombre del ciudadano. Estar en el extremo izquierdo del partido es creer que el gobierno debe hacer mucho más. Estar entre sus moderados es creer que debería hacer algo más. Pero unos y otros, desde la representante Alexandria Ocasio-Cortez hasta el senador Joe Manchin, están ahí por la misma razón: utilizar el poder del gobierno para perseguir su visión del bien. Las divisiones son reales y a menudo amargas. Pero siempre hay margen para la negociación, porque existe un propósito común.
El Partido Republicano moderno, por el contrario, se basa en el odio al gobierno. Algunos de sus miembros quieren ver al gobierno reducido y maniatado. Este es el viejo ethos, mejor descrito por Grover Norquist, el activista anti-impuestos que famosamente dijo: “No quiero abolir el gobierno. Simplemente quiero reducirlo al tamaño en el que pueda arrastrarlo hasta el baño y ahogarlo en la bañera”.
La facción trumpista está más centrada en purgar las instituciones gubernamentales de los desleales. “Creo que lo que Trump debería hacer, y lo digo como si le estuviera dando un consejo: ‘Despida a todos y cada uno de los burócratas de nivel medio, a todos los funcionarios de la burocracia administrativa’”, dijo el senador JD Vance, compañero de fórmula de Trump, en una entrevista en un podcast de 2021. “Sustitúyalos por nuestra gente, y cuando los tribunales –porque lo llevarán a los tribunales– y cuando los tribunales le pongan un alto, diríjase al país, como hizo Andrew Jackson, y diga: ‘El presidente de la Corte ha dictado su sentencia. Ahora que la haga cumplir’”.
En cualquier caso, formar parte del gobierno tal y como existe ahora –participar en el proceso cotidiano de gobernar– es abrirse a la sospecha y potencialmente marcarse para una purga posterior. El Tea Party y, más tarde el Freedom Caucus, se enfrentaron alegremente a los líderes republicanos y llegaron a ejercer un enorme poder en la Conferencia Republicana de la Cámara de Representantes. Una serie de oradores republicanos han sido depuestos y, antes, humillados.
“No puedo decirte qué republicano me lo dijo”, me dijo el representante Adam Smith, el principal demócrata en el Comité de Servicios
Armados de la Cámara de Representantes, “pero un republicano con el que trabajo muy estrechamente me ha dicho: ‘Adam, te cambio a nuestros locos por los tuyos’. Y yo le respondí: ‘No hay trato’”.
“Los republicanos, si el gobierno intenta hacer algo, quieren intentar pararlo. Por reflejo. Es algo que se ha incubado en el Partido Republicano y que hace difícil mantener una organización que se supone funciona en el gobierno”, añadió Smith.
Nancy Pelosi me dijo algo parecido cuando le pregunté por qué los demócratas de la Cámara de Representantes se han mantenido unidos con más facilidad que los republicanos. “Es muy difícil encontrar un punto de presión en quien no tiene realmente ninguna creencia ni ninguna agenda”, dijo. “Es difícil negociar con quien no quiere nada”.
Los demócratas tienen sus propias tensiones ideológicas. Pero la victoria de Trump convirtió a los demócratas en un partido implacablemente pragmático. Fue ese pragmatismo el que los llevó a nominar finalmente a Joe Biden en 2020. Fue ese mismo pragmatismo el que los llevó a abandonarlo en 2024.
Smith fue uno de los primeros demócratas de alto rango en pedir públicamente que Biden abandonara la carrera. “Esto fue lo que la gente de Biden malinterpretó”, me dijo. “Pensaban que todo giraba en torno a Joe. Pero giraba sobre Trump y sobre detenerlo desde 2017, y nos uniremos y haremos lo que tengamos que hacer para tener éxito frente a esa amenaza”.
Hubo semanas en las que el desacuerdo sobre si Biden debía postularse amenazó con desgarrar el partido. Biden era contundente. “Los votantes del Partido Demócrata votaron”, advirtió a los congresistas demócratas. “Me han elegido a mí”. Pero el punto en común de todas esas discusiones era el miedo a la reelección de Trump. Eran discusiones menos sobre a quién querían los demócratas que sobre lo que temían. “Muchos demócratas ven a Trump como opuesto a todo el proyecto estadounidense”, me dijo David Axelrod, el estratega jefe de la campaña del presidente
Barack Obama en 2008. “Si Haley se hubiera postulado, no estoy seguro de que se hubiera tenido la misma sensación de urgencia que los demócratas sienten por Trump”.
Ningún demócrata fue más fundamental en el esfuerzo por persuadir a Biden de que abandonara su campaña de reelección que Pelosi. Ella explicó su relevante papel como motivada por una amenaza extraordinaria. “Quería ver una campaña que pudiera ganar”, dijo. “Porque había tomado la decisión de quedarme en el Congreso para derrotar a como-sellame, porque creo que es un peligro para nuestro país”. (Cuando a Pelosi le desagrada alguien, a menudo considera indigno decir el nombre de esa persona; Elon Musk también fue objeto de este tratamiento).
Cuando le pregunté a Pelosi qué significaría una segunda presidencia de Trump para el país, palideció. “Apenas puedo dormir por las noches tal y como están las cosas”, dijo. “Pero eso sería impensable, imposible para nuestro país”.
Crucialmente, Biden pensaba igual. “Nada puede interponerse para salvar nuestra democracia, y eso incluye la ambición personal”, dijo cuando abandonó la contienda. Traten de imaginar a Trump renunciando a la nominación y diciendo que sus ambiciones personales deben ser menos importantes que el éxito de su partido en las urnas.
Esta es la fórmula que han encontrado los demócratas para mantener la coherencia como partido político. Están unidos en la creencia de que hay que detener a Trump. Así que no es del todo cierto que estas elecciones sean solo una competición entre Kamala Harris y Donald Trump. Lo es, pero también es una contienda entre Donald Trump y el Partido Demócrata.
Esto es algo que la campaña de Trump sabe y teme. “No creo que Joe Biden tenga muchas ventajas”, dijo una de sus directoras de campaña, Susie Wiles, a The Atlantic en marzo. “Pero sí creo que los demócratas las tienen”.

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