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lunes, 16 de diciembre de 2024

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Kafka llegó hace rato: el vicio de pronosticar el pasado
Walter Sosa Escudero* *Profesor de UdeSA. Texto basado en “Viajar al futuro (y volver para contarlo)”, del autor de la nota.La guerra de Rusia y Ucrania fue el último de los sucesos que nadie logró pronosticar
Aun en tiempos de innovación y creatividad, una parte de nuestras vidas prefiere ciertas recurrencias. Así, en esta época del año, y por estas latitudes, celebramos el retorno estacional de la decoración navideña, de Frank Sinatra cantando “Let it snow, let it snow” desde los parlantes de un shopping (con 37 grados afuera) y de los inevitables “pronósticos para el 2025”.
Pronósticos que van desde los de la astróloga Ludovica Squirru a los de la prestigiosa revista The Economist, que, para esta época del año, publica un informe en el que hace predicciones en relación con la política, la economía y la sociedad para el año siguiente, titulado “El mundo hacia adelante”. En 2022, con respecto a Europa, da detalles del derrotero del Brexit, de Mario Draghi en Italia, del surgimiento de nuevas coaliciones en Alemania. De Putin, dice que “renovará sus ataques a las elecciones y a la internet”. Pero de Ucrania, nada, “el diario no hablaba de ti”, como dice la canción. Los analistas de The Economist no anticiparon que en cuestión de dos meses –para más precisión, el 24 de febrero de 2022– comenzaría la invasión de Rusia a Ucrania.
Un error usual en el ámbito de las predicciones es creer que uno pudo haber predicho algo por el mero hecho de haber encontrado una racionalización ex post. Es el típico pronóstico con el diario de mañana, que no sirve como predicción y tampoco como explicación. Este error se magnifica si refiere a eventos impredecibles, como la pandemia del Covid19 o la irrupción de Javier Milei en la política. Así, muchos dicen haber anticipado que Jorge Bergoglio iba a ser el nuevo papa, aun cuando un día antes del 13 de marzo de 2013, cuando fue designado, casi nadie lo tenía en mente. A modo de ejemplo, el 12 de marzo de ese año, los diarios escribieron “El italiano Scola es el favorito de los apostadores para ser elegido papa” y debajo, en letra microscópica: “Los argentinos Sandri y Bergoglio, con pocas expectativas”. Después aparecieron los expertos, los analistas, los “visionarios”, a explicarlo todo.
Tal vez una de las mejores reflexiones sobre las limitaciones de armar historias sobre el pasado y predecir con el diario de mañana se halle en “Kafka y sus precursores”, un inspirado ensayo de Jorge Luis Borges publicado en 1951. Borges comienza su texto refiriéndose a Kafka: “A poco de frecuentarlo, creí reconocer su voz, o sus hábitos, en textos de diversas literaturas y de diversas épocas”. Tras lo cual pasa revista a varios autores que, en cierto modo, califican como predecesores de Kafka. Nada demasiado llamativo, hasta ahora.
Pero luego don Jorge Luis frota su prodigiosa lámpara para cuestionar hasta qué punto la existencia de predecesores de Kafka no depende estrictamente de la existencia y la lectura de… Kafka. ¿Hay tal cosa como “los precursores de Kafka” o es la obra del notable autor checo la que, estudiada ex post, permite identificarlos? Dice Borges: “El poema Fears and Scruples de Robert Browning profetiza la obra de Kafka, pero nuestra lectura de Kafka afina y desvía sensiblemente nuestra lectura del poema. […] El hecho es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro”. Al respecto, el escritor cubano Leonardo Padura escribió: “En el socialismo nunca sabes el pasado que te espera”, en relación con la tendencia a fabricar historias compatibles con un presente, haciendo correr el tiempo hacia atrás.
El argumento de Borges refiere a una situación que concierne a muchos fenómenos, tanto de la ciencia como de la vida: ¿hasta qué punto valen las racionalizaciones “con el diario del lunes”? En su momento, ¿habría sido posible detectar la naturaleza predecesora de Zenón, Han Yu, Kierkegaard, Browning y los otros que Borges menciona como precursores del autor de La metamorfosis? El ensayo mismo sugiere que no, porque la esencia de ser precursor depende de la existencia, obviamente posterior, del propio Kafka, cuya obra y lectura crean a sus precursores.
A la larga, y por alusión, Borges da de lleno en la complejidad (y, a veces, futilidad) de desandar el sendero que siguen ciertos procesos disruptivos, lo que nos enfrenta a una situación paradójica: ciertos fenómenos son impredecibles ex ante y, a la vez, racionalizables ex post. Antes de Kafka había autores y textos, pero en un momento apareció Kafka, no como continuación de sus precursores sino como una pieza inadivinable.
Inquirido acerca de cuál es el mejor libro de cálculo, el notable matemático francés Serge Lang dijo: “El cuarto que uno lee”, reflejando que el aprendizaje de una disciplina compleja, como la matemática, está plagado de discontinuidades, no linealidades y elementos fortuitos que reclaman una borgeana práctica circular en la que un tema es visitado y revisitado hasta que, en algún momento, cobra sentido (cuando uno leyó el cuarto libro, siguiendo la idea de Lang) y pasa de imposible a trivial.
Es esa discontinuidad en el proceso de aprendizaje lo que complica hacer “ingeniería reversa” del camino meandroso y discontinuo que nos llevó a entender un fenómeno complejo. Con relación a Browning, Borges dice: “Browning no lo leía como nosotros ahora lo leemos”; es la existencia (posterior) de Kafka lo que altera la lectura de Browning. Ajenos a esta apreciación, un error (muchas veces involuntario) de muchos docentes es recomendarles a colegas y alumnos el cuarto libro que ellos leyeron, porque, a la luz de un conocimiento posterior (haber aprendido), juzgan que es el mejor, cuando ese estatus depende de haber leído antes los otros tres. La impredecibilidad de Kafka solo sobre la base de sus precursores se parece a la dificilísima tarea de comprender cómo era la cabeza de uno antes de entender un problema complejo, cómo era un mundo sin Kafka, aun cuando sus predecesores ya andaban pululando por ahí; cómo se explica un Kafka, cómo se predice un Kafka (un Messi, un Piazzolla, un Borges).
Este es un problema recurrente en la tarea de pronosticar: el análisis de eventos presentes da señales claras de hechos pasados que podrían haberse usado para el pronóstico, pero que, por la índole circular que sugiere el inspirado ensayo de Borges, son de uso limitado si no inconducente.
Estas situaciones recuerdan a la frase del Indio Solari: “El futuro llegó hace rato”. Sucede que la complejidad del nexo causal entre pasado y presente hace que sea difícil, cuando no imposible, reconocer esas señales que parecen anteceder a un fenómeno relevante.
El papa Francisco, Javier Milei, Trump, los Beatles, el covid-19, el Brexit, los atentados a las Torres Gemelas, la caída de Lehman Brothers son todos eventos extremos y que tuvieron un impacto profundo en la sociedad. El conspirativo de siempre lo previó todo, pero estas supuestas predicciones “con el diario de mañana”, suelen ser poco más que artilugios discursivos diseñados para impresionar al grupo de WhatsApp de los vecinos, más que un aporte de conocimiento útil.
Un error usual en las predicciones es creer que uno pudo haber predicho un evento al racionalizarlo ex post: el pronóstico con el diario de mañana

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domingo, 1 de diciembre de 2024

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¿Qué tienen en común los cachorros, las princesas de Disney y la capacidad humana de aprender durante toda la vida?
Guadalupe Nogués*
LucasfiLm Ltd./disney+Frente a un bebé, aunque sea ficticio como “Baby Yoda”, sentimos ternura e instinto de protección
Quienes crecimos con las primeras películas de Star Wars recordamos al viejo y sabio Yoda, el mentor de Luke Skywalker en su camino Jedi. Décadas después, en una serie de la saga, apareció un bebé de la misma especie, que inicialmente no tenía nombre oficial y fue bautizado por internet “Baby Yoda”. Y acá pasa algo interesante. Si le mostráramos imágenes de ambos personajes a alguien que no conoce la franquicia, sin duda esa persona podrá identificar al instante que uno es un bebé (o un cachorro muy joven), mientras que el otro es un anciano. ¿Qué ven nuestros cerebros para reconocer la edad de algo que ni siquiera es un ser real?
Algo de esto fue discutido por el gran biólogo evolutivo y divulgador de la ciencia Stephen Jay Gould, en su ensayo “Un Homenaje Biológico a Mickey Mouse”, que forma parte de su libro El pulgar del Panda. Allí, analizó cómo, en 50 años, Mickey cambió tanto en apariencia como en comportamiento. En sus primeras apariciones, Mickey era pícaro, algo travieso y, además, lucía más adulto (y ratonil). Con el tiempo se volvió más amable y simpático, y su diseño evolucionó en consecuencia. Según Gould: “A medida que Mickey empezó a comportarse mejor a lo largo de los años, su aspecto se volvió más juvenil. Las medidas de tres etapas de su desarrollo muestran mayor tamaño relativo de la cabeza, ojos más grandes, y cráneo aumentado, todas características de la juventud”.
Cuando vemos una cabeza grande en relación al cuerpo y ojos que ocupan gran parte de la cara, nos damos cuenta de que estamos ante un cachorro, se trate de un gato, un caballo o incluso un pajarito. Esto afecta nuestro comportamiento, que se vuelve menos agresivo y más de cuidado. Cuando identificamos a un individuo como un cachorro, nos da ternura, ganas de protegerlo, abrazarlo (¡y decir awwwww!). Esto no es más que un proceso evolutivo que favorece la supervivencia de nuestra especie haciendo que cuidemos de nuestros bebés hasta que sean capaces de valerse por sí mismos (y un poco más, también).
Incluso después de una larga gestación, los bebés humanos nacemos bastante inmaduros. Una jirafa puede pararse media hora después de nacer y en poco tiempo ya puede galopar a la par de su madre. Todos los cachorros son frágiles, pero nosotros lo somos más. Un bebé humano tarda más de un año en aprender a caminar y necesita años de cuidados por parte de los adultos antes de poder ser relativamente autónomo. Esa vulnerabilidad inicial parece un punto débil, pero, considerando que tan mal no nos fue en esto de dominar el planeta, ¿no habrá fortalezas asociadas a esto, que compensen esa debilidad?
A lo largo de la vida, vamos perdiendo las características de la juventud. Nuestros cuerpos crecen más rápidamente que nuestra cabeza, que en proporción ahora queda más pequeña. Nuestros rasgos se vuelven más angulosos y los ojos más pequeños dentro de la cara. Pero, si analizamos nuestros cambios evolutivos a lo largo del tiempo, los humanos nos fuimos volviendo progresivamente “infantiles”: cabezas grandes en relación al cuerpo, caras planas y menos vello corporal. Tanto las especies ya extintas de homínidos, como los chimpancés y demás primates actuales, en sus formas adultas tienen proporciones “más adultas” que las nuestras.
Esta “juvenilización” progresiva es un fenómeno evolutivo llamado neotenia, e implica la conservación del estado juvenil en el organismo adulto en comparación con los ancestros u organismos cercanamente emparentados. Como Mickey Mouse, los humanos somos neoténicos: cambiamos menos entre bebé y adulto que lo que lo hacen otros primates.
El poder de la apariencia juvenil
La industria del entretenimiento y el diseño saben aprovechar esta respuesta biológica. Las princesas de Disney, por ejemplo, se fueron volviendo más neoténicas con el tiempo. Blancanieves y Cenicienta, protagonistas de las primeras películas, tienen proporciones más adultas comparadas con Elsa de Frozen o Moana, que lucen cabezas más grandes y ojos más prominentes.
Por otro lado, los villanos suelen tener rasgos opuestos: caras angulosas, ojos pequeños y proporciones que evocan más a un adulto que a un joven. Esta diferencia en el diseño visual refuerza inconscientemente la narrativa: los héroes son tiernos, vulnerables y dignos de cuidado, mientras que los villanos lucen menos accesibles y despiertan desconfianza.
El diseño de objetos también recurre a esta estrategia. Autos como el Escarabajo de Volkswagen, con formas redondeadas y compactas, inspiran familiaridad y simpatía. En cambio, diseños más angulosos y estilizados, como los de vehículos deportivos, evocan sofisticación, pero también distancia emocional.
Debido a nuestra neotenia, nuestra infancia es larga y, cuando nos volvemos adultos, maduramos menos que otros mamíferos. ¿Dónde están las ventajas evolutivas que compensan esta aparente desventaja? Este rasgo neoténico no solo afecta nuestra apariencia física, sino también la capacidad cognitiva.
Mientras que otros mamíferos tienen cerebros rígidos que limitan su capacidad de aprendizaje, los humanos conservamos una flexibilidad cerebral durante toda la vida. Esto significa que seguimos siendo capaces de aprender, adaptarnos a nuevos entornos y crear soluciones innovadoras. La neotenia nos dio cerebros que permanecen jóvenes, abiertos al cambio y a la exploración.
Esta capacidad de aprendizaje continuo fue fundamental para nuestra supervivencia. Mientras otros animales dependen de instintos y conductas predeterminadas, los humanos podemos inventar herramientas, desarrollar culturas complejas y transmitir conocimientos de generación en generación a través del lenguaje. Nuestro cerebro es, en esencia, una máquina de aprendizaje perpetuo.
La capacidad de sentir ternura ante rostros juveniles y la posibilidad de aprender durante toda la vida no son fenómenos aislados. Ambos están profundamente conectados. Sentir apego por lo juvenil no solo asegura la supervivencia de las crías, sino que también fomenta el aprendizaje social y cultural.
Los humanos no solo cuidamos a nuestros propios hijos; también sentimos ternura por los hijos de otros, por los cachorros de otras especies y hasta por personajes ficticios como Baby Yoda o Mickey Mouse. Esta capacidad de establecer vínculos afectivos más allá de nuestra descendencia directa es una de las bases de nuestras sociedades complejas.
Al final, sentir ternura y ser inteligentes son dos caras de la misma moneda. Evolutivamente, fuimos “hackeados” para cuidar y aprender, y esa combinación nos permitió no solo sobrevivir, sino prosperar. Una jirafa puede galopar al poco tiempo de nacer, pero un humano puede crear lenguajes, construir civilizaciones y soñar con las estrellas.
* Doctora en Biología, autora de “entender un elefante” (debate)
Evolutivamente, fuimos “hackeados” para cuidar y aprender, y esa combinación nos permitió sobrevivir y prosperar

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lunes, 18 de noviembre de 2024

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El costo oculto de dormir poco y mal
Sebastián CampanarioDormir mal impacta en la productividad laboral y en el sistema de salud, por mayores enfermedades
Qué dice la primera medición de la economía del sueño para el país y cuánto se pierde del PBI por el descanso insuficiente
El ajuste diferencial en la disposición de los tornillos de fijación de bajo torque, dentro de ensamblajes de reducida vibración, en ambientes controlados de temperatura y humedad relativa, representa una optimización marginal de la eficiencia operacional de estructuras no sometidas a fluctuaciones exógenas significativas. Esta disposición exige un control preciso de la oscilación térmica en los materiales de ensamblaje, y su relevancia, aunque limitada, se ve amplificada en contextos de baja relevancia dinámica.”
¿El párrafo anterior es tan aburrido que dan ganas de dormirse? Bien: ese era el efecto buscado. La Argentina tiene un déficit agregado de calidad y cantidad de horas de sueño, por varios motivos ecoGallup, nómicos y culturales (cenamos tarde, en promedio, por ejemplo). Un nuevo estudio que reunió a biólogos y economistas le puso números al costo macroeconómico de este problema: si todos los argentinos durmiéramos al menos las siete horas que recomiendan los especialistas, el PBI de nuestra economía sería un 1.27% más alto que el actual.
No es una cantidad despreciable: el diferencial equivale a 3.7 veces el presupuesto nacional en ciencia y tecnología, o a todo lo que se invierte por año en educación, precisa una investigación publicada días atrás en The European Journal of Health Economics, y que lleva la firma del biólogo Diego Golombek y de los economistas Walter Sosa Escudero, María Victoria Anauati, Matías Gómez Seeber (los tres profesores e investigadores de la Udesa); y del autor de esta nota. El trabajo se titula “Los costos y las consecuencias del sueño (insuficiente): un caso de estudio para América latina”.
La temática del sueño hace rato que desbordó las disciplinas específicamente fisiológicas y se transformó en un vector central para la agenda de bienestar y de la economía en general. Los canales de impacto del mal dormir van desde una menor productividad laboral a los mayores costos para los sistemas de salud por las enfermedades que tienen una alta correlación con la falta crónica de sueño, pasando por el deterioro de la performance académica de los alumnos que descansan poco.
Es un desafío que viene empeorando en las últimas décadas: según hace 100 años sólo un 2% de la población dormía menos de seis horas por día, y hoy ese porcentaje es del 30%. “Históricamente, se trató de un desafío que no tuvo en la conversación pública y en la agenda de las políticas de los gobiernos el peso de su relevancia real. Por ejemplo, hay más accidentes de tránsito por déficit de sueño que por el consumo de alcohol, y sin embargo suele haber más énfasis y campañas para prevenir este segundo problema”, sostiene el estudio.
Lo que hicieron los autores fue calcular el efecto del sueño insuficiente sobre las pérdidas económicas en Argentina, según un “modelo de generaciones superpuestas” (OLG) que considera la duración media del sueño en términos del mínimo recomendado y su efecto sobre la productividad y la salud. El modelo es similar al usado en 2019 por el economista Marco Hafner, de Rand, un centro europeo, quien midió en aquel entonces el costo del déficit de sueño sobre el PBI de cinco países de la OCDE: EE.UU, Japón, Inglaterra, Alemania y Canadá, con costos porcentuales en términos del PBI de entre el 1% y el 3%.
“Desde otros enfoques, como la neurociencia o la medicina, se han estudiado las consecuencias de la falta de sueño para la salud. Pero desde la economía aún hay mucho por explorar”, plantea la economista María Victoria Anauati, que sigue esta agenda de cerca como investigadora afiliada al CEDH-UdeSA y al Conicet. Algunas preguntas que se pueden abordar desde esta disciplina: “¿Cómo afecta nuestra productividad en el trabajo? ¿Nuestros ingresos y, a nivel agregado, al PIB? ¿Cuán diferentes son estos efectos según la edad o el nivel de ingresos? ¿Cómo se puede abordar esta problemática desde la política pública?”, dice Anauati.
Para la Asociación Argentina de Medicina del Sueño, el 40% de la población tiene problemas relacionados al descanso nocturno. Y según un estudio Crono Argentina, el 72% de las personas no alanzaban las horas de sueño recomendadas prepandemia. “Esto nos ubica muy por encima del porcentaje de personas que duermen menos de las horas recomendadas en países como Canadá (26%), Alemania (30%) o Reino Unido (35%)”, dice Anauati.
Según el trabajo publicado en el Journal Europeo de Economía de la Salud, el 1.27% del PBI estimado corresponde al costo de oportunidad de tener en la actualidad a un 18% de la población argentina durmiendo menos de seis horas por día y a un 27% del total durmiendo entre seis y siete horas en cada jornada. La parte mayor de este costo estimado viene por el lado de la menor productividad laboral (crece el ausentismo, mayor tasa de accidentes en el trabajo, peor performance, etc).
En paralelo con el creciente interés académico en los cruces de esta agenda, emerge también una nueva “industria del sueño” (desde libros hasta colchones personalizados, pasando por helados para dormir mejor) que dos años atrás se estimó que movía en los Estados Unidos US$500 millones al año, lo cual es apenas el 1% de lo que se estima que se pierde en ese país cada año por el déficit de sueño en productividad, algo que algunos economistas bautizaron como “la gran recesión del sueño”.
En los últimos años, la ubicuidad de las pantallas (PC, celulares, tablets, televisores) también impactó negativamente en las horas de descanso. Tiempo atrás el CEO de Netflix, Reed Hastings, sostuvo que el principal rival de su compañía no eran otras cadenas de entretenimiento sino “el sueño”, que quita espacio para mirar series.
El peor enemigo del sueño es el estrés, y paradójicamente obsesionarse con las horas dormidas (con la profusión de apps, sensores, relojes inteligentes) puede aumentar esta ansiedad. Hasta hay una palabra para este mal: la “ortosomnia” es la preocupación excesiva por dormir bien que termina restando horas de sueño.
Las inquietudes por una realidad que nos rodea más compleja, que a veces parece caótica, también figuran en la lista de causas que se debaten para explicar esta “gran recesión del sueño”. Por ejemplo en noviembre del año pasado la “novela” de la salida y regreso de Sam Altman a OpenIA provocó tal preocupación en el ambiente tecnológico que las aplicaciones de monitoreo de sueño registraron esa semana la peor calidad de descanso en la Costa Oste de EE.UU. desde que esto se mide a nivel masivo.
La buena noticia es que parece haber cada vez más conciencia sobre los costos de esta problemática, con divulgadores de la agenda de higiene de sueño que van desde académicos hasta los miembros de la Generación Dorada de Basquet, con Manu Ginóbili y Juan Ignacio Pepe Sánchez a la cabeza. Y con alternativas y dispositivos que van desde el famoso anillo “Oura” hasta leer el primer párrafo de esta columna, que surgió de pedirle a ChatGPT el pan de texto más aburrido y críptico que se le ocurriera al momento de escribir esta nota. 
Si todos los argentinos durmiéramos al menos las siete horas recomendadas por los especialistas, el PBI sería 1,27% más alto que el actual


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lunes, 11 de noviembre de 2024

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Divulgación científica: la fama, el riesgo de perderla y el emblemático “caso Bart Simpson”
Pablo MiraAPLa divulgación de temas científicos tuvo su momento de gloria con Carl Sagan y su serie Cosmos
La revolución comunicacional de las últimas décadas trajo una mayor divulgación del conocimiento. Popularizar es un verbo polémico, y no solo en lo que respecta a la ciencia. Resulta que una mitad celebra que las ideas complejas se extiendan en un lenguaje sencillo al lector común, mientras que la otra mitad critica el facilismo y los errores de interpretación a los que lleva el exceso de simplismo.
Como siempre, Einstein resumió el debate mejor que nadie, cuando, obligado a explicar al gran público su famosa teoría de la relatividad, se encontró con que sus metáforas progresivamente más elementales lo obligaban a apartarse de la esencia del concepto, hasta que sus ejemplos “ya no eran la teoría de la relatividad”. La divulgación puede aumentar el alcance de las ideas relevantes y contribuir al entendimiento de la población general, pero también conlleva riesgos. Alcanzar ese delicado equilibrio es una tarea para pocos.
La divulgación de la ciencia tuvo su tiempo de gloria con Carl Sagan, un científico reconocido. Su serie Cosmos fue elogiada por todos, sin que nadie se animara a criticarla. Otro divulgador científico con reconocimiento académico es el biólogo Richard Dawkins, cuyos libros están repletos de ideas interesantes y se pueden leer sin esfuerzo.
En economía, quizás el primer divulgador con sentido mediático en Estados Unidos haya sido John Kenneth Galbraith, quien en 1977 filmó una serie de doce episodios basados en su libro The Age of Uncertainty, que reprochaba algunas dinámicas de los mercados libres. La respuesta no se hizo esperar y el inefable Milton Friedman se encargó de popularizar su agenda liberal con la exitosa serie Free to choose (también un libro) junto a su esposa, Rose. Y, por supuesto, no faltaron los que sindicaron a ambos como insuficientemente “académicos” en sus intervenciones.
En la actualidad, uno de los pocos referentes de este estilo periodístico es Paul Krugman, premio Nobel de Economía, que entremezcla la explicación de conceptos técnicos de la disciplina con una activa agenda política a favor de los demócratas.
La Argentina también tuvo y tiene sus estrellas mediáticas de la ciencia. El cálido y empático Adrián Paenza defendió incansablemente la tesis de que la matemática se podía enseñar de manera fácil y entretenida. Y Felipe Pigna redibujó la “historia oficial” con su saga de Mitos de la Historia Argentina.
Muchos aprendieron, pero no faltaron los recelos, sobre todo entre historiadores. Darío Sztajnszrajber y la filosofía son otro caso paradigmático de divulgación exitosa, que antecede incluso al boom de la serie catalana Merlí. Y sí, Darío Z también generó algunos suspicacias entre sus colegas.
Walter Sosa Escudero, el economista que suele escribir en este espacio, acaba de publicar Viajar al Futuro (ya fui y será un best seller). Walter se propuso difundir lo que muchos creían “indivulgable”: la estadística avanzada y la econometría. Y vaya que lo logró. Este superhéroe luego cambia de identidad, y entre los académicos escribe en términos dificilísimos para cualquier mortal. Su opinión sobre la divulgación en economía es que es necesaria, dada su ominipresencia en lo cotidiano.
“Pero el desafío es grande –advierte–; se trata de una ciencia demasiado sistémica; es difícil aislar sus problemas como hace la biología o la matemática”. En su opinión, la economía debe divulgar su estilo para atacar los problemas, más que los problemas mismos: pensar en términos marginales, ser conscientes del equilibrio general, entender ventajas y limitaciones de confiar en agentes racionales, y reconocer las dificultades de hacer pronósticos confiables.
Es posible que los divulgadores hayan tomado el lugar de los antiguos íconos del saber. Albert Einstein, Marie Curie, Jane Goodall, John Von Neumann o el propio John Maynard Keynes eran genios reconocidos de la primera mitad del siglo XX, pero a casi nadie se le ocurría que debían traducir sus teorías al gran público.
En cambio, hoy todos entienden que parte de la tarea del científico que quiere ser famoso es divulgar. Michio Kaku, Steven Pinker, Malcolm Gladwell o Yuval Harari “se deben a su público” y así lo han entendido al escribir libros para todo público. Pero con cada nueva obra corren el riesgo de extenderse hacia temáticas que atraen al público, pero que exceden su conocimiento específico.
Dos de los ídolos “caídos en desgracia” recientemente fueron Malcom Gladwell y Yuval Harari, ambos severamente criticados por sus últimos trabajos. Gladwell publicó Revenge of the Tipping Point (La revancha del punto clave), y fue bastardeado por un reseñador, que consideró que se trata de un libro de autoayuda sin consejos prácticos, una narrativa sin literatura, un libro de no ficción sin verdades vitales, un entretenimiento sin placer, un thriller sin revelaciones y un libro de negocios sin ideas prácticas.
Gladwell es un todoterreno que escribió sobre las 10.000 horas necesarias para ser en un experto en una disciplina y sobre el poder de identificar personalidades con un pestañeo en Blink. Pero esta vez las reseñas no le perdonaron su falta de originalidad.
En cuanto a Harari, el objeto de ataque fue su reciente Nexus. Varios opinan que se pasó de la raya haciendo predicciones apocalípticas infundadas acerca de nuestra relación con la inteligencia artificial. Según los expertos, su interpretación revela un conocimiento insuficiente del significado y la naturaleza de la IA.
La insistencia de Gladwell y Harari por mantenerse a flote remeda un capítulo de Los Simpsons, en el que Bart se hace famoso. Tras provocar un desastre en un set de televisión a la vista de todos, el niño intenta defenderse con un “yo no fui”. Ante lo ridículo del comentario, el público estalla de risa. Bart entiende pronto que repitiendo esta línea una y otra vez, burlándose de sí mismo, puede volverse famoso. En la cumbre de su notoriedad lo invitan a hablar de temas “serios”, pero sus respuestas son tontas y empieza a perder seguidores. Finalmente, la burbuja se desinfla y, ya cerca del ostracismo, intenta volver a su frase icónica, que a esa altura ya no hacía gracia. A veces, el afán de mantener la popularidad lleva a un desgaste de la autenticidad y al rechazo de la audiencia.
Un caso aparte es el de Dan Ariely, otro popularizador, en este caso de la economía del comportamiento (la cruza entre economía y psicología). Ariely tiene un estilo desenfadado y entretenido, y ha escrito varios libros de divulgación de esta disciplina, que, de todos modos, es bastante fácil de entender de por sí. El punto es que Ariely fue acusado, junto a su colega Francesca Gino, de alterar datos recolectados a fin de obtener un valor significativo en un efecto que buscaba. El escándalo no habría tenido tanta repercusión si no fuera porque el autor escribió nada menos que un libro sobre la honestidad.
La divulgación llegó para quedarse, y es posible que en lo sucesivo el público deba seleccionar con mayor cuidado los autores en los campos en los que no se especializa. Hasta hace no mucho, los libros de autoayuda eran fáciles de identificar, pero ahora están en el mismo anaquel que los textos escritos por popularizadores científicos, varios de ellos precisos y amenos al mismo tiempo
En economía, quizás el primer divulgador con sentido mediático en EE.UU. haya sido John Kenneth Galbraith, quien filmó una serie basada en un libro suyo

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lunes, 14 de octubre de 2024

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¿No tenés alguien para presentarme? La sinuosa economía de las apps de citas y la búsqueda online de pareja
Las aplicaciones digitales de citas tuvieron su pico en 2020, con 287 millones de usuarios en el mundo; luego el número fue en caída y hoy se reivindican otras maneras de conocer a alguien; cuáles son las claves del fenómeno

Sebastián Campanario
Esteban Lamothe, como Matías, y Griselda Siciliani, como Victoria, en la serie Envidiosa, de Netflix
En una de las escenas más graciosas de la serie romántica de moda en plataformas, Envidiosa, la protagonista (Victoria, interpretada por Griselda Siciliani) le pide ayuda a su amigo Matías (Esteban Lamothe) porque suponía que estaba haciendo algo mal con la aplicación de citas que se había bajado. No entendía dónde estaban los candidatos razonables, porque todos los que le aparecían eran rarísimos. “Vicky, tenés que entender que las aplicaciones de citas son como un outlet –le explica Matías–. Si alguien está ahí es porque alguna falla tiene. Pero como en los outlets, si revolvés mucho podés encontrar algo decente”.
Vuelta a la realidad: la escena capta un fenómeno extendido en 2024 en la “economía de las aplicaciones de citas online”, de retracción, fatiga y hasta fuertes críticas desde algunos sectores a una modalidad que parece haber tenido su pico hace cuatro años, pero cuyo uso empezó a estancarse y, con ello, los valores de las empresas del rubro (que alguna vez fueron las cenicientas del mundo de startups) sufrieron recortes considerables. En el extremo, hay analistas que hablan del “apocalipsis del online dating”, de una vuelta al histórico: “¿no tenés alguien para presentarme?” y a un cara a cara bajo el cual también empiezan a florecer otros modelos de negocios.
Si Envidiosa se hubiera filmado hace cuatro años, en 2020, probablemente la escena de las citas pactadas en una aplicación digital hubiera tenido otro color. Ese año se tocó el pico para este negocio y modalidad, con 287 millones de usuarios activos en todo el mundo, según los datos de un reporte citado por The Economist. En 2023, el número global cayó a 237 millones, con varias empresas icónicas del rubro perdiendo hasta dos tercios de su valor desde entonces y con enormes problemas para monetizar el modelo de negocios.
Kyla Scanlon, una creadora de contenido sobre finanzas que escribió ¿Is this economy?, publicó semanas atrás un análisis muy extenso y lleno de ideas sobre este tema, titulado Cómo las apps de citas contribuyen a la crisis demográfica: las consecuencias de monetizar el amor.
En sus inicios, la promesa de este modelo parecía convincente: liberarse de los límites marcados por la geografía o el círculo social cercano y encontrar una pareja con intereses y preferencias más asociados con los propios. Pero, por distintos motivos, esta dinámica, en promedio, no está funcionando: el 75% de las personas solteras en Estados Unidos afirman que no están satisfechas con sus citas y un porcentaje cada vez más alto revela que “se rindió” y salió de este mercado
Un estudio muy extenso de Pew Research sobre el tema para 2024 informa que un tercio de las personas reportó malas experiencias en este campo: una proporción similar contó que gente con la que salía dejó de golpe de contestarle mensajes sin explicación y más de la mitad de las mujeres tuvo una situación de acoso en algún grado (apuro para tener relaciones, recibir fotos explícitas sin consentimiento, etcétera). La grieta y la polarización hicieron lo suyo: “Haber votado a Trump” es en la mayor economía del mundo un motivo más citado para rechazar a un candidato o candidata que su situación económica o que la diferencia educativa.
¿Qué sucede con este panorama en la Argentina? “Acá se ve exactamente lo mismo: tal vez no haya abandono total de los perfiles de citas, pero sí muchos mensajes de ‘qué tal, qué hacés perdida’, vínculos muy lábiles, presencias que no llegan a ser vínculos reales, contactos muy transaccionales. Entonces hay una caída, una fatiga y cierto hartazgo; mucha gente que decide desinstalar [las apps], porque se da cuenta de que es más la ansiedad y desilusión que generan que el beneficio real”, cuenta a la nación Ximena Díaz Alarcón, que hizo estudios sobre el tema a nivel local y en otros países de América Latina desde su consultora de tendencias Youniversal. “Es una paradoja, porque se suponía que la tecnología iba a ayudar a resolver estos desajustes, pero esto no se dio así, y entonces se volvió más al ‘¿tenés un amigo para presentarme?’ o a las formas más tradicionales de conocer gente: en el trabajo, en la facultad, etcétera”, agrega Díaz Alarcón.
El mercado se adapta rápido, y con los cambios culturales comienzan a surgir alternativas que tienen en cuenta el nuevo escenario. Tamara Tenenbaum, escritora, filósofa y autora de varios best sellers, es una experta en analizar este tema. Escribió, entre otros libros, El fin del amor (luego, el guión de la serie) y actualmente está puliendo una comedia romántica en la que los protagonistas hablan sobre citas que tuvieron. “Hay una cantidad enorme de nuevas posibilidades de encuentros presenciales que llaman a ‘matchear’ cara a cara, sin las presiones de las apps tradicionales, y que están teniendo éxito entre las generaciones más jóvenes”, cuenta Tenenbaum 
Algunas apps de citas como Happn comenzaron a organizar encuentros offline –fiestas, citas de juegos, cenas– en un intento de adaptarse a las nuevas tendencias sociales. Otro ejemplo es el de NocheCitas, una iniciativa que surgió porque mucha gente está cansada de las apps para citas, las vueltas, los ghosteos y los primeros encuentros incómodos. La app Timeleft busca generar “matches” entre personas con intereses en común y los invita a un encuentro presencial en un restaurante. Hay una diferencia: la cita no es “de a dos”. Al usuario lo espera una mesa larga con personas que Timeleft considera compatibles.
Y luego, agrega Tenembaum, hay varias propuestas en redes que se hacen eco de esta tendencia, como la “fiesta del reseteo” de Anfibia, donde la consigna explícita es “vení a matchear con gente”.
Los inicios
La historia de las aplicaciones de citas se inició en 1995 en Estados Unidos con Match.com, que en 2012 compró a su principal competidor, OK Cupid. Para esa época, con el auge de los teléfonos inteligentes, las citas online rompieron su viejo estigma y crecieron de manera exponencial, con varias startups que se volvieron unicornios, como Tinder, Grindr, Hinge y Bumble.
Cuando Match se separó de su compañía original, IAC, en 2020, su valor de mercado era de US$30.000 millones. Hoy vale US$9000 millones, menos de un tercio. Hay inversores que perdieron la paciencia y ya no alientan a crecer a cualquier costo, sino que tienen mucho más foco en los márgenes de ganancias.
Esto es un problema grande, afirma Scanlon, porque el incentivo de estas plataformas está alineado con que alguien busque eternamente pareja (y pague una suscripción premium). En definitiva, la renta está asociada directamente a la inhabilidad de los usuarios para encontrar su verdadero amor. No hay “matcheo” entre la esencia del modelo de negocios y los clientes, que prefieren volver a alternativas menos algorítmicas para conocer a su pareja.

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lunes, 30 de septiembre de 2024

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Economía espacial: entre creadores de contenidos, bloques de Lego y “ventanas” para llegar a Marte
Las inversiones privadas en el sector espacial pasaron de US$300 millones en 2012 a US$12.500 millones el año pasado, según McKinsey
Sebastián Campanario
Elon Musk anunció que Space X enviará su Starlink a Marte (sin pasajeros) en 2026
Una de las últimas convocatorias de la NASA no involucró físicos, ni astrónomos, ni ingenieros para mejorar las naves espaciales, ni biotecnólogos para deducir cómo alimentar astronautas en misiones de dos años de duración (lo que se necesita para ir y volver de Marte). Para el despegue de la nave Europa Clipper, en principio programado para el 10 de octubre, que tendrá como objetivo explorar la luna helada de Júpiter Europa y determinar si hay condiciones para el desarrollo de vida, la NASA abrió por primera vez el juego a 50 “creadores de contenidos” e influencers que tendrán acceso al detrás de escena del Kennedy Space Center, podrán hablar con los responsables de la misión y publicar en redes acerca de este acontecimiento.
Es un hecho inédito y muestra la necesitad de la industria aeroespacial por mantener el interés público sobre esta agenda que depende de aprobaciones de presupuestos gigantescos todos los años para seguir su curso. En un encuentro cercano del tercer tipo, la “economía espacial” se conecta con la “economía de la atención”.
El esfuerzo no se acota a la NASA: Elon Musk y Jeff Bezos (dueños de Space X y Blue Origin, respectivamente) también redoblaron en 2024 sus intentos por tomar el liderazgo en la agenda espacial ante la opinión pública. Bezos, el fundador de Amazon, dio una larga entrevista días atrás a uno de los principales streamers de este tema, Tim Dodd, de Everyday Astronaut.
Y en una dinámica en la cual son muy comunes las postergaciones (eso viene sucediendo con la misión tripulada Artemis a la Luna, la primera con astronautas desde el programa Apolo a principios de los 70, que ahora se pasó para 2025 y es probable que se vuelva a reagendar), Musk anunció hace dos semanas que Space X aprovechará la “ventana de proximidad” que se genera cada cuatro años para enviar su Starlink a Marte (sin pasajeros) en 2026. “Si todo sale bien, los primeros vuelos con astronautas saldrán en 2030″, aseguró el empresario. Será cuando se vuelva a concretar una ventana de máxima proximidad con el planeta rojo.
“Space X ya había dado novedades a principios de septiembre con la primera caminata espacial en un vuelo comercial a la órbita terrestre; y con la decisión de la NASA de reemplazar a Boeing por la empresa de Elon Musk para rescatar a los dos astronautas que no pudieron regresar desde la estación espacial”, cuenta el economista Paulo Pascuini, investigador del IIEP, profesor de la UBA y experto en temas espaciales. Pascuini y Andrés López publicaron este año un trabajo para el BID titulado “El sector espacial como impulsor de la I+D y el desarrollo empresarial: una revisión de instrumentos de política”.
“Hoy estamos hablando de un sector que es mucho más resiliente que en el pasado, justamente por la decisión de la NASA y de otras agencias gubernamentales de abrir el juego a operadores y startups privadas que le están dando mucho más dinamismo a la carrera espacial, inclusive con aportantes de peso de América Latina y de la Argentina en particular”, agrega Pascuini.
Inversiones privadas
De acuerdo a un informe reciente de McKinsey sobre la economía espacial, las inversiones privadas en este sector pasaron de US$300 millones en 2012 a US$12.500 millones el año pasado.
En varias áreas se están reportando avances muy veloces, inclusive con la “exponencialidad” de la Ley de Moore. Un artículo de septiembre en Nature, firmado por Imre Bartos y Szabolcs Marka, explica cómo el costo de detectar agujeros negros viene disminuyendo al ritmo de la Ley de Moore, planteada inicialmente como predicción para el crecimiento de la capacidad computacional. Entre 2015 y 2035 este costo se estima que bajará a dos mis dólares desde los dos millones que salió detectar el primero hace ya nueve años.
Pero la historia de 2024 que sin dudas más atrajo la atención de los expertos en management y gestión es la que mencionaba Pascuini de la decisión de la NASA de cambiar a Space X por Boeing para el rescate de los dos astronautas varados en el espacio. Analistas como Azeem Azhar, de Exponential View, lo ven como un símbolo muy potente de la decadencia de la corporación americana tradicional (Boeing) y el reemplazo por una mentalidad emprendedora mucho más eficiente e integrada verticalmente (Space X). “Jaqueada por una burocracia grande, Boeing llevó hasta un extremo absurdo su política de tercerizar su investigación y desarrollo en todo el mundo”, asegura Azhar. Por contraste, Space X logró, desde su fundación en 2002, bajar los costos de un despegue un 90%.
El economista danés Bent Flyvbjerg, una de las mayores autoridades académicas globales en “grandes proyectos” (tiene analizados en profundidad más de 16.000), escribió el año pasado un libro en el que pone la lupa en esta estrategia de verticalización de Musk. Si tiene que elegir una lección de su libro para lograr éxito en los grandes proyectos es la de la “modularidad”, cuya estructura icónica es la de las piezas de Lego. Estas miniaturas permiten construir juguetes ultrasofisticados usando los mismos ladrillos, que se pueden fabricar a gran escala. “La producción a medida está bien para un traje italiano, pero no para una planta nuclear o para la carrera espacial”, sostiene le autor.
El economista experto en megaproyectos cree que Musk entendió como nadie las ventajas de la “modularidad”, y eso lo lleva a ser ultra-eficiente con Space X. Starship, la nave más potente y pesada jamás construida, puede trasportar al espacio entre cinco y 20 veces más toneladas de peso que los cohetes anteriores y es un vehículo “reutilizable”, que busca amortizar su costo en varias misiones. El proyecto tiene entusiasmada a la comunidad global de astrofísicos. Si esta dinámica funciona, podría adelantarse en una década el envío de una nueva generación de observatorios espaciales que estaba prevista para la década de 2040 o 2050.
Un ensayo reciente del analista financiero Marko Jukic utiliza el caso Boeing para poner el dedo en la llaga de otro factor que se sindica como uno de los principales culpables de la decadencia de muchas grandes empresas americanas: la llegada a puestos de CEO de MBA y financieros que privilegian los beneficios para los accionistas sobre una creación de valor, que supuestamente estaba en el mindset histórico anterior dominado por CEO ingenieros.
En la historia de los errores cometidos por Boeing aparecen consecuencias económicas (la compañía perdió un tercio de su valor en Bolsa desde 2021), pero también en accidentes trágicos de aviones, que le costaron a la empresa cientos de millones de dólares en juicios perdidos por malos manejos y controles deficientes. Una crisis que ni decenas de creadores de contenidos o influencers podrían ayudar a mitigar.

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martes, 10 de septiembre de 2024

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Tranqui: los motores que aceleran el despliegue de la nueva “economía de la introversión”
Sebastián Campanario

Hablar bien en público, socializar con todo el mundo, no perderse ni un evento festivo en la oficina, golpear la mesa y defender con firmeza las convicciones propias, dar un paso al frente primero en los “team buildings”, ser proactivo, no escaparle al foco de atención, expresar un punto de vista en voz alta.
Durante décadas, el mundo de los negocios premió y fomentó este tipo de actitudes que podían estar muy bien para los viejos manuales de liderazgo, pero tienen un problema: no encajan con un tercio de la población. La tribu de los “introvertidos” siempre fue subestimada en el terreno de las empresas, pero ahora nuevas investigaciones y teces nologías están poniendo en valor a este tipo de personalidad, inclusive con ventajas para un liderazgo distinto que en determinados contextos puede ser más eficiente que el de la extroversión.
En los últimos tres años surgieron libros que están entre los más vendidos, podcasts, estudios académicos, medios enteros y hasta escuelas de management especializadas en la “economía de la introversión”. El fenómeno se aceleró con dos motores que le dieron una velocidad turbo: por un lado, la pandemia hizo que muchas personas descubrieran que trabajan de manera más cómoda, eficiente y placentera en sus hogares que en una oficina. Y por el otro, el despliegue de tecnologías digitales –y, en particular, la Inteligencia Artificial Generativa– que parecen hechas a medida para personalidades introvertidas que prefieren reducir la interacción con otros humanos al máximo.
Pero el foco en los líderes introvertidos ya venía gestándose desde antes, en particular a partir del escrutinio a estrellas de Silicon Valley como Mark Zuckerberg (Meta), Eva Spiegel (Snapchat), Jack Dorsey (Twitter), Elon Musk (quien se autodefine como un “ingeniero introvertido”) o Steve Wozniak, cofundador de Apple, que en su autobiografía dice que si tiene que dar un consejo de éxito sería: “Trabajá solo. No en un comité, ni en un equipo. Solo”.
La abanderada de este discurso la autora Susan Cain, quien escribió El Poder Silencioso: la fuerza secreta de los introvertidos en 2018 y, previamente, desde inicios de la década pasada, venía siguiendo el tema con artículos, ensayos y charlas TED. Cain luego fundó un instituto de management, en el cual recomienda a las empresas generar contextos de trabajo acordes con este segmento de la población –que se estima en un tercio– y no espantar el talento hacia otras compañías que sí contemplen estas prácticas.
“La soledad por elección se intensificó mucho en la pospandemia, especialmente en clases medias y altas, y eso tiene un montón de consecuencias sociales, económicas y de salud mental, que aún estamos midiendo y analizando, porque se trata de un fenómeno que nunca se había visto antes”, cuenta el psicólogo Miguel Espeche, cion coordinador del programa de salud mental barrial del Hospital Pirovano. “Los efectos son infinitos, desde un boom de ventas de caniches y mascotas hogareñas hasta una caída drástica en la tasa de natalidad, muy fuerte en la Argentina”, sigue Espeche.
Para el especialista, el hogar como nuevo “espacio que concentra todos los lugares” se volvió una suerte de “universo amniótico prenatal”, que permite obtener todo el sustento sin necesidad de salir de la casa o departamento, y que “definitivamente no hubiera sido posible sin Internet”.
A pesar de algunas proyecciones que se hacían al final de la pandemia de que volveríamos a “los años locos de 1920” en materia de salidas, fiestas y socialización, en una especie de reacción pendular al encierro de la cuarentena, eso no ocurrió. En Nueva York hoy el horario más pedido en reservas para salir a cenar es el de las 17.30 (era 20.00 antes del Covid).
Si uno descubre que tiene características de personalidad introvertida, hay carreras y profesiones que pueden ser más cómodas y adaptables a este tipo de preferencias. La más citada es la de los programadores, pero también el trading (evaluación de empresas, compra y venta de activos) parece ser un oasis para desplegar las ventajas de concentrase a solas en períodos largos de análisis y no dejarse llevar por la histeria del mercado. Si vieron “Billions”, Taylor Mason (Asia Kate Dillon) y varios de los personajes en el equipo de traders encajan en este arquetipo de personalidad. Las personas introvertidas suelen lidiar mejor con la ambigüedad, que es moneda corriente en los mercados.
La historia está plagada de científicos, líderes políticos, músicos, directores de cine y figuras de todo tipo super-exitosas que son o fueron muy introvertidos. Entre los que se suelen destacar están Albert Einstein (quien decía que “la monotonía y la soledad de una vida tranquila estimula la mente creativa”), Rosa Parks, Steven Spielberg, Isaac Newton, la autora de Harry Potter J.K. Rowling, el inversor Warren Buffet, Mahatma Gandhi, Michael Jordan o Charles Darwin.
Y, sin embargo, la extroversión se sigue valorando más en el ambiente corporativo, sostuvo en un ensayo para Wharton el psicólogo y divulgador Adam Grant.
“El 96% de los managers dice ser extrovertido y solo un 6% de los líderes empresariales acepta que la introversión puede tener ventajas”, precisa Grant.
Grant estudió decenas de casos de jefes con ambos estilos de personalidad, y concluyó que las dos son buenas para distintos tipos de equipos liderados. Cuando un grupo de empleados es más pasivo y busca una voz clara de mando, los liderazgos extrovertidos llevan a un 16% adicional de ganancias. Pero cuando el grupo es proactivo y autónomo para mejorar los procesos de trabajo, un liderazgo introvertido se traduce en un 14% promedio adicional de beneficios.
Uno de los mejores medios especializados en este ámbito (en inglés) es Introvert, Dear, que postea artículos sobre “cómo sobrevivir a un fin de semana de despedida de soltera”, “Por qué los introvertidos son tan buenos para leer el lenguaje corporal”, o “Por qué es tan doloroso perder una mascota” (para este grupo).
La buena noticia es que la tecnología estrella de estos tiempos (la IA generativa) parece diseñada para construir el paraíso de las personas introvertidas: es posible mandar avatares nuestros a las reuniones (esto ya se está volviendo moneda corriente en Silicon Valley), aprender idiomas sin tener que interactuar con personas o hacer compras sin fricción humana. “Tranqui”, a recargar baterías en el universo amniótico del hogar propio

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La soledad por elección se intensificó en la pospandemia, especialmente en las clases medias y altas, según el psicólogo Miguel Espeche

La tecnología estrella de estos tiempos, la inteligencia artificial generativa, parece diseñada para construir el paraíso de los introvertidos

lunes, 1 de julio de 2024

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El huevo o la gallina, ¿desarrollo o empresas?
Sebastián CampanarioLa Universidad de Saint Gallen, en Suiza, elabora un índice de calidad de las elites
Un índice elaborado por la Universidad de Saint Gallen evalúa las elites empresarias de diferentes países; el caso argentino
¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? La pregunta tiene antecedentes que van desde la discusión entre los sabios clásicos como Aristóteles y Plutarco hasta investigaciones recientes de inteligencia artificial y genética, pasando por relatos bíblicos, creacionistas, del budismo y por un largo ensayo del fallecido físico Stephen Hawkins (que concluye que primero fue el huevo).
Tan difícil como resolver este misterio es otro que alude al campo económico: ¿qué viene primero, el desarrollo económico o contar con elites empresariales virtuosas, que le aporten a la sociedad más valor que el que se llevan? ¿Tener un grupo de poder económico “no extractivo” (que genere ganancia para toda la sociedad) es una condición inicial para el crecimiento, o es un estado que se consolida cuando el proceso de desarrollo ya corre en velocidad en los países?
La respuesta intuitiva podría ser la de Silvio Soldán en el programa televisivo Feliz Domingo: “Los dos a la final”, ya que hay un círculo virtuoso o vicioso entre ambas variables, pero los economistas que investigan en detalle esta temática tienen una respuesta mucho más asertiva: “La flecha de la causalidad es así: primero viene la calidad de una elite, luego la calidad de las instituciones y, por último, los resultados económicos, como el crecimiento del PBI o la tasa de innovación. La calidad de las elites constituye el ‘micro-fundamento’ del cambio institucional y el posterior desarrollo económico”, cuentan a Tomas Casas i Klett y la nacion Alex Tonn, investigadores principales del “Índice de Calidad de las Elites” que elabora la Universidad de Saint Gallen (HSG), en Suiza, una de las más antiguas y prestigiosas de Europa. La quinta edición del estudio se difundió semanas atrás, abarca 146 indicadores para 151 países y ubicó a la Argentina en el puesto 70, con una mejora de nueve lugares con relación al año anterior.
En la “premier league” de las elites mundiales de 2024 tomó el primer lugar Singapur (desplazó a Suiza al segundo puesto) y vienen en ascenso países de Asia, con muy buenas performances de Corea del Sur y Japón. En Occidente, el que más subió fue Holanda, que quedó en el tercer puesto.
Si esta es la línea de causalidad, entonces tener una elite saludable (se miden dos grandes áreas, la de influencia política y la de creación de valor) para un país de ingresos medios o bajos es un buen predictor de futuro crecimiento económico. “El supuesto es que una creación de valor sustentable por parte de los modelos de negocios de las elites motoriza el crecimiento del PBI per cápita de los países. En esta situación promisoria están India, Indonesia y, en menor medida, México y Brasil”, cuentan a los dos investigadores. El desagregado de indicadores de 151 países es un festival de muchas mediciones poco comunes que incluyen áreas de economía, de derechos, de igualdad o de calidad de la democracia. La Argentina rankea en forma favorable en “periodistas asesinados por millones de habitantes”, en “personas muertas en batallas” (queda última en esas categorías) y en “acceso a la electricidad”, y pésimo en inflación o en porcentaje de sectores protegidos por trabas a las importaciones. La dinámica y el movimiento de elites también es importante, y por eso tienen peso, por ejemplo, los indicadores de creación de pequeñas empresas y de emprededorismo, con actores que pueden llegar a un lugar de poder económico en el futuro.
“Tenemos una elite con baja generación de valor y bajo poder político”, dice el politólogo Andrés Malamud, que siempre incluye el gráfico de Saint Gallen en sus presentaciones. “Resultado: las elites se frustran y se mudan a Uruguay”, concluye.
Aunque el indicador de calidad de las elites de Saint Gallen recién lleva cinco años, el tema de la morfología del poder económico es objeto de estudios minuciosos de científicos sociales desde hace décadas. Los que mandan, de José Luis de Imaz, publicado en 1970, es un clásico del género a nivel local, marca Malamud.
En el campo de la divulgación internacional, el muy exitoso Por qué fracasan los países, de los economistas Daron Acemoglu y James Robinson, indaga en la conducta “extractivista” de los grupos económicos de poder de distintas naciones, con rentas asociadas a algún tipo de privilegio obtenido a costa del resto de la sociedad.
En la edición 2024 del Índice de Saint Gallen, el capítulo argentino estuvo a cargo de Pablo San Martín, CEO de SMS Latam, uno de los estudios contables más grandes del mercado hispano, con oficinas en 21 países. San Martín es experto en impuestos: “De la misma manera que leyendo la Constitución de un país podés inferir la calidad de su democracia; estudiando su sistema tributario podés anticipar cómo es su situación socioeconómica”, dice a la nacion.
Para San Martín, la estructura de impuestos de la Argentina, muy basada en cargas al consumo, hace que el Estado no tenga incentivos para que las empresas ganen dinero: “Si la situación fuera la inversa, con más cargas sobre la renta y menos sobre el consumo, habría más políticas de promoción de exportaciones de valor agregado y menos Ahora 12; de alguna manera sería poner al Estado a comisión de las ganancias de las empresas”.
Hay investigadores que centran el foco en los orígenes o el ADN de la elite argentina. Es el caso del doctor en Historia Leandro Losada, que escribió varios ensayos al respecto y que en 2009 publicó por Sudamericana Historia de las Elites en la Argentina. Losada, de Conicet y la Unsam, estudió las elites de 1880 a 1930, aproximadamente. “Al comienzo de ese período se formó un grupo social que se puede definir fundadamente como la primera elite nacional o argentina, en tanto fue contemporánea a la consolidación de la unidad política, territorial y estatal.”
“Esta elite tuvo una composición heterogénea, tanto por sus perfiles socio económicos como por sus orígenes familiares, pero puede decirse que tuvo algunos rasgos singulares: fue una elite de enriquecimiento rápido, que produjo que pasara a ser la elite propietaria más rica de América Latina y tuvo una oscilación, en lo referido a sus identidades, entre el cosmopolitismo aristocratizante y la reivindicación de su carácter patricio, de haber hecho el país”, continúa Losada.
En cuanto a sus debilidades, el historiador remarca que esta elite no tuvo acuerdos políticos perdurables (sus integrantes tuvieron posiciones políticas enfrentadas–conservadores, radicales, socialistas–) y que su apogeo social fue notable, pero también relativamente corto, entre 1890 y 1930. Mantuvo influencia simbólica (sus espacios de sociabilidad, como el Jockey Club, la Recoleta, o el Teatro Colón, la estancia, etcétera), siguió siendo importante, pero su peso en la política y en la economía argentina comenzó a declinar al menos desde la década de 1930; el peronismo, en este sentido, cerró un proceso histórico.
Es probable que muchas condiciones de la elite argentina que destacó San Martín para su trabajo para Saint Gallen estén condicionadas por este ADN inicial, de consolidación a medias, que se remontan a los orígenes de esta estructura, como sucede con la discusión del huevo y la gallina.
En la “premier league” de las elites mundiales de 2024 tomó el primer lugar Singapur, que desplazó a Suiza al segundo puesto

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martes, 14 de noviembre de 2023

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El autor es director
del Laboratorio de Neurociencias de la UTDT
La excepcionalidad argentina, superpoderes racionales y su kryptonita verde
Joaquín NavajasCuando los argentinos piensan en dólares, se equivocan mucho más que cuando piensan en pesos
Una frase tan provocadora como trillada es que “existen cuatro tipos de países en el mundo: los desarrollados, los que están en vías de desarrollo, Japón y la Argentina”. Esta clasificación, acuñada originalmente por Simon Kuznets, premio Nobel de Economía, hace referencia a la idea de que somos un país excepcional, en el mal sentido de la palabra. Necesitamos una etiqueta propia o, como dijo el secretario general de la ONU, “La Argentina es un caso aparte”.
Cuando pensamos en la idea de que somos un país muy distinto a los demás solemos enfocarnos en indicadores económicos, muchos de ellos aberrantes. Sí, somos el país con más inflación y menor crecimiento del G20, pero también estamos fuera de escala en otras variables. En ese sentido, las ciencias del comportamiento están empezado a identificar su propia versión de la anormalidad argentina.
Por ejemplo, una encuesta realizada por la consultora Voices identificó que la Argentina es el país con mayor estrés de América Latina. Según la página Our World in Data, aparecemos en el top 10 de países con mayor prevalencia de esquizofrenia, depresión y ansiedad. También somos, quizá paradójicamente, el país que más se psicoanaliza del mundo. Poseemos el récord mundial de psicólogos por habitante. Por cada 100.000 argentinos hay más de 200 psicólogos. Esto es cuatro veces más que Francia, siete veces más que Estados Unidos y veinte veces más que Brasil.
Una forma bastante popular de interpretar la excepcionalidad argentina es que las crisis económicas constantes nos llevan a vivir estresados, a aumentar los niveles de ansiedad y gozar de peor salud mental, lo cual nos lleva a tomar malas decisiones a nivel individual y colectivo. Esto nos podría empujar a elegir malos representantes, que agudizan esas crisis económicas, en una espiral interminable. Sin embargo, la realidad es mucho más rica y compleja que esta idea.
Un punto de contacto entre la economía y la psicología es que ambas disciplinas intentan explicar la impulsividad en las preferencias monetarias. En la jerga técnica se conoce como “descuento temporal” al fenómeno por el cual las gratificaciones pierden valor subjetivo a medida que se postergan. Una manera de medir este efecto es mediante cuestionarios en los que se les pregunta a las personas si prefieren recibir una suma de dinero hoy o una suma mayor dentro de 12 meses. Cambiando los montos y los plazos temporales uno puede, con mucha precisión, inferir qué tanta “impulsividad económica” tiene cada persona.
Una confusión bastante común es suponer que este tipo de impulsividad es irracional. Preferir recibir dinero hoy frente a la posibilidad de obtener un monto mayor en el futuro no solo tiene sentido, sino que es absolutamente racional. Sin embargo, eso no quiere decir que las personas no tengamos comportamientos irracionales cuando pensamos en el dinero a lo largo del tiempo. Un ejemplo de eso es cuando preferimos recibir $500 hoy frente a recibir $1000 dentro de un año, pero simultáneamente preferimos pagar $500 a pagar $1000 dentro de un año. Estas dos preferencias son inconsistentes entre ellas y sí son, conjuntamente, un error irracional.
Hasta hace tiempos recientes, casi todo lo que se sabía de este tema provenía de estudios realizados en pocos países desarrollados. Para corregir esto, un trabajo publicado en Nature Human Behaviour midió el descuento temporal en 61 países del mundo, entrevistando a más de 13.000 personas. Este mundial de impulsividad económica fue el fruto de una colaboración entre más de 200 investigadores liderados por Kai Ruggeri, profesor de la Universidad de Columbia.
Los argentinos nos consagramos campeones mundiales. Fuimos el país con mayor índice de descuento temporal, o sea, el más impulsivo. Razonablemente, esto tiene que ver con nuestros eternos procesos inflacionarios. “Países con más de 18% de inflación anual mostraron niveles astronómicos de descuento temporal”, dice Ruggeri. Sin embargo, es interesante notar que la Argentina salió primera, incluso por encima de Irán y el Líbano, que tenían más inflación que nosotros cuando se realizó el estudio.
¿Y qué sucedió con los errores irracionales? Lo llamativo del caso argentino es que estuvimos entre los países con menos errores. Cuando pensamos en dinero, los argentinos nos equivocamos muy poco. Si bien tenemos una impulsividad enorme, nuestras decisiones económicas tienen la precisión de un cirujano. Por eso, el cuento de que nuestras estresantes crisis económicas nos hacen elegir mal parece no cerrar del todo.
Al contrario, la pregunta que surge de estos datos es por qué nos equivocamos tan poco cuando pensamos en dinero. Una hipótesis, totalmente opuesta a la anterior, es que justamente las crisis económicas nos han convertido en expertos en finanzas. Tenemos internalizadas muchas conductas que para el mundo son atípicas, como pagar en cuotas, postergar pagos lo más posible e invertir cada centavo que uno puede. Quizás ese duro entrenamiento, al que nos sometemos día a día para protegernos de la inflación, nos dio superpoderes de racionalidad económica. Sin embargo, esta historia sigue siendo incompleta.
Si bien los argentinos tenemos una impulsividad enorme, nuestras decisiones económicas tienen la precisión de un cirujano
Si fuera cierto que las crisis económicas nos hacen más racionales, entonces deberíamos cometer pocos errores sin importar la moneda en la cual estemos operando. Sin embargo, un experimento reciente –hecho en el Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Torcuato Di Tella– mostró que, cuando los argentinos pensamos en dólares, nos equivocamos mucho más y somos más irracionales que cuando pensamos en pesos.
Pareciera ser que aquellos superpoderes de racionalidad financiera se apagaran ante la presencia de nuestra mayor debilidad, nuestra kryptonita verde, que es el dólar. Esto confirma que los argentinos no somos especialmente buenos en finanzas. Tampoco es cierto que las crisis nos hagan tomar mejores decisiones. Los mismos argentinos que somos racionales en pesos, bajamos la guardia al pensar en dólares. “El comportamiento económico es complejo y tiene que ver mucho con la confianza en la moneda”, sostiene Ruggeri.
Una tentación enorme sería intentar usar estos resultados para sacar conclusiones sobre una eventual dolarización, tanto para un lado como para el otro. En ese sentido, ya se hicieron pronunciamientos públicos de prestigiosos economistas acerca de los riesgos de dolarizar la economía. “Dolarizar en la teoría y en la práctica puede ser muy diferente, especialmente en tiempos de crisis”, advierte Ruggeri.
En el transcurso de esta nota descartamos dos ideas intuitivas, opuestas entre sí, sobre si las crisis económicas nos hacen elegir peor o mejor. La excepcionalidad argentina, para bien o para mal, es difícil de explicar y las historias sencillas son tan atractivas como erróneas. Quizá lo racional, a fin de cuentas, sea tener la humildad de reconocer que no nos entendemos tanto como quisiéramos.

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