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sábado, 27 de junio de 2020

.NUESTRO HOMENAJE,


Carlos Bosch. El fotógrafo que hizo de la noticia cotidiana un arte
1945-2020
Murió a los 75 años el fotógrafo, artista y antropólogo argentino Carlos Bosch, uno de los mayores exponentes del fotoperiodismo argentino. Hizo de la noticia cotidiana un arte por el que no dudó en arriesgar su vida y comprometer su alma. Su obra se conserva en la Bibliothèque National de Francia, el Château d’Eau de Toulouse, el espacio Memorial Democratic de Barcelona, la colección de Sam Wagstaff en Nueva York y el Museo Nacional de Bellas Artes en Buenos Aires.
A los 75 años, murió el fotógrafo Carlos Bosch - Clarín
Bosch estudiaba Antropología en Córdoba cuando alguien puso en sus manos una cámara Contax con unas indicaciones en un papel y le encomendó registrar un trabajo práctico. Después, se formó en artes plásticas y cine, pero dedicó su vida a la fotografía, de la que fue maestro.
Revista Gata Flora - Novedades - PORFOLIO: CARLOS BOSCH
Estudiaba pintura con Demetrio Urruchúa, en 1968, cuando planteó que mejor que un mural era una foto para retratar una injusticia social. No quería que dijeran al pasar “qué lindo”, sino “pobre pibe”, y cambiar su situación. Urruchúa lo echó del taller y Bosch se convirtió para siempre en un fotógrafo comprometido con su tiempo. “Le dedicaron un fascículo en la enciclopedia Pintores Argentinos. Pero era uno de los fotógrafos que más prometían”, señala Ataúlfo Pérez Aznar, memorioso de la profesión.
Fotografías de Carlos Bosch / Exposición de Fotografía / FotoRevista
Se formó como fotorreportero en la Editorial Abril, entre 1968 y 1975. Fue jefe de Fotografía del diario Noticias (1973), donde compartió redacción con escritores como Juan Gelman, Rodolfo Walsh y Paco Urondo. La fotografía para Bosch era “testimoniar, construir memoria”. Y para eso el fotógrafo “siempre toma una posición que es política, moral o ética”, había dicho en una entrevista reciente. Si era necesario, podía desviar una manifestación feminista para que se leyeran mejor los carteles o, en Afganistán, ponerle en brazos un fusil Kalashnikov a una señora.
Revista Gata Flora - Novedades - PORFOLIO: CARLOS BOSCH
En 1976 se radicó en Barcelona,
donde trabajó para medios como El Correo Catalán, Cambio 16, Primera Plana, Interviú, El País (Barcelona) y fue cofundador de El Periódico de Cataluña. Fundó también la primera Asociación de Reporteros Gráficos de Barcelona y se infiltró durante tres años entre los fascistas en Madrid para hacer un fotorreportaje (el Centro Cultural Haroldo Conti, en 2014, le dedicó una exposición a este trabajo). Registró la primera manifestación del orgullo gay, cubrió la invasión soviética en Afganistán e hizo reportajes en encuentros clandestinos con ETA. Fotografió a Salvador Dalí en la cama de un hospital. Logró una foto del rey Juan Carlos haciéndole morisquetas y fue uno de los últimos en retratar a Cortázar. Vivió en Luxemburgo por años en una granja y fue el primer hombre en cobrar un subsidio por maternidad cuando nació su tercera hija. Publicó sus trabajos en The Observer, El País y Sunday Times. A fines de los 90 se mudó a Madrid, donde fue subdirector de la agencia fotográfica Cover.
Revista Gata Flora - Novedades - PORFOLIO: CARLOS BOSCH
En 2007, volvió a la Argentina, donde abrió El Taller Continuo de Imagen, generoso con sus alumnos, y se dedicó a desarrollar una obra autoral poderosa y libre de todo límite. Fue padre por cuarta vez a los 65 años.
32 mejores imágenes de Carlos Bosch | Fotografia, Rayuela julio ...
En 2011, ganó el Primer Premio Adquisición del Salón Nacional de Artes Visuales en Fotografía. Y en 2016 mereció el Gran Premio Adquisición por una imagen en blanco y negro donde se lo ve desnudo, envuelto en hierros, sobre un túmulo funerario. La obra es parte de la serie “Los miedos”. Bosch se retrató como protagonista de cada uno de sus temores profundos: la cárcel, la pobreza, el geriátrico, el Alzheimer, un ACV, la muerte. “Hay muchos fotógrafos que susurran, que son hermosos para ver y quedarse delante. Yo no susurro: intento gritar para comunicarme”, dijo en el documental Sombras de luz.

M. P. Z.

jueves, 24 de octubre de 2019

.NUESTRO HOMENAJE,


La memoria de la bailarina en la oscuridad
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Es insólito cómo funciona la memoria: puede borrar por completo un hecho de la historia personal o registrarlo con un nivel de detalle apabullante, pero lo que más me inquieta es que el recuerdo edita lo ocurrido, separando los hechos de las emociones y ecualizando un poco más de una cosa y menos de la otra. Cuando se compone, así, el recuerdo -que ya no es el hecho, sino lo que queda de él-, ese proceso resulta una inquietante alquimia.
La muerte de Alicia Alonso, a sus casi 99 años, en La Habana, no tuvo la capacidad de sorprendernos esta semana aunque sí de conmovernos. Personalmente, volví a sentir la presencia del monumental personaje enfrente mío: el movimiento de sus manos de larguísimas uñas, la inclinación de su rostro como intentando capturar un haz de luz con la punta de la nariz, su hablar de voz grave, pausado pero terminante, y sobre todo eso, la autoridad que destilaba, me trasladó otra vez hasta una escena que recuerdo, como decía, editada  
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. Por ejemplo: puedo ver sin necesidad de cerrar los ojos aquel salón de grandes dimensiones y rodeado de espejos en el que la encontré para una entrevista, en Buenos Aires, aunque ya no sé bien con exactitud en dónde fue. En el centro del ambiente, invadido por la luz natural y sumido en un silencio de iglesia, tuve que recorrer varios metros hasta llegar a las dos sillas que estaban reservadas para nuestra conversación. Mi emoción era original: comprobé que tenía las mismas facciones que las bailarinas nacaradas de mi cajita musical.
La cubana Alicia Alonso, en una entrevista en 2006
Esa tarde -¿o era de mañana? No lo sé: había sol, eso seguro- me transpiraban las manos y se me salían los ojos de la cara. ¿Qué busca con la mirada esta mujer de 85 años que, prácticamente ciega desde su juventud, hizo una carrera absolutamente extraordinaria sobre las puntas de sus pies, un recorrido de casi ocho décadas que ha generado admiración en todo el mundo? No se lo pregunté así, claro, no le dije "¿qué está buscando usted? ni ¿puede verme enfrente suyo al menos como una mancha?", pero sí quise sacarme la curiosidad y, sobre todo, comprender para poder transmitir qué sentía y cómo hizo para interpretar durante décadas títulos completos del repertorio de ballet y, luego, enseñarlos, marcar correcciones, crear un estilo, todo... sin ver.
Puede ser que se haya ofendido. Eso le parece a mi recuerdo ahora. Por supuesto, no fui irrespetuosa ni tampoco vulneré su intimidad: sus serios problemas de visión la acompañaron desde el mismo momento que su debut con Giselle, en Nueva York, la catapultó en 1940. De lo que estoy segura es que toqué la sensibilidad del mito (esperaba que primero le hablara de su grandeza, pienso, o incluso que quisiera saber más sobre su relación con Fidel Castro), y por un momento el aire se heló. Luego dio una respuesta. ¿Exactamente qué dijo?
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 Podría buscar el TDK donde grabé aquel reportaje, pero aunque sé dónde encontrarlo no tendría cómo reproducir el cassette rápidamente. Además, acá estoy con mi hipótesis sobre la memoria (y una nota ya publicada en este diario, que no me deja olvidar su vestido blanco y negro). Justamente de memoria conocía el escenario Alicia Alonso; las luces altas le marcaban rumbos y límites, pero su trabajo más duro era medir pasos, gestos, horas de registro en su mente para que más tarde su cuerpo pudiera interpretar la coreografía (¡y cómo!). "Nadie podrá entender lo que sentía bailando sin ver", me contestó, y sin revelar del todo el contrato de confianza ciega que tenía con sus partenaires (ellos fueron sus verdaderos ojos), admitió: "Mis compañeros sabían que en tal lugar yo iba a terminar y yo sabía que ellos iban a estar ahí".
Hacía veinte veranos que no venía a la ciudad que desde los años 50 la había recibido varias veces: mutuamente se habían dado tanto. Estaba contenta por eso. Al final de la función de su Ballet Nacional de Cuba, en el Teatro Coliseo, lo supo transmitir.

"Hoy murió Alicia Alonso", le dije el jueves a la noche a mi hija cuando quiso saber por qué revisaba mi vieja cajita de música, con las muñequitas nacaradas todavía dispuestas a girar. "Alicia Alonso fue una grande de la cultura, hija, una bailarina que?". Me interrumpió: "¿Hoy murió Alicia Alonso?", repitió entristecida y me trajo de su biblioteca el primer volumen de Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, que todavía a sus ocho años sigue siendo uno de sus libros favoritos. "Fijate: creo que es la cuarta que aparece", y me extendió el ejemplar. Qué tranquilidad saber que su sensibilidad reconoce la fuerza con la que mujeres importantes de este mundo hicieron historia.
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Apuntes del archivo: entrevista con Alicia Alonso publicada el 4 de diciembre de 2006.

C. B.

miércoles, 20 de junio de 2018

HOMENAJE A LA BANDERA DE MI PATRIA

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Alta en el cielo un águila guerrera, 
audaz se eleva en vuelo triunfal, 
azul un ala del color del cielo, 
azul un ala del color del mar. 

Así en la alta aurora irradial, 
punta de flecha el áureo rostro imita 
y forma estela al purpurado cuello, 
el ala es paño, el águila es bandera. 

Es la bandera de la patria mía 
del sol nacida que me ha dado Dios; 
es la bandera de la patria mia, 
del sol nacida, que me ha dado Dios; 
es la bandera de la patria mía, 
del sol nacida que me ha dado Dios.

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jueves, 7 de junio de 2018

GRACIAS ETERNAS, SIMON WIESENTHAL

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Historia de los judíos de Europa-"Simon Wiesenthal"- el infatigable "cazanazis"-
En 1945 unos oficiales norteamericanos que le habían ayudado a salir del recién liberado campo de Mauthausen le recomendaron que se volviera "a su casa" y que intentara rehacer su vida y olvidar la pesadilla de los cuatro años de agónico viaje de un campo de exterminio nazi a otro. Se negó. Ya convertido en una leyenda como cazanazis, después de haber localizado a centenares de verdugos, grandes o medianos, carniceros como el jefe de Treblinka Franz Stangl o asesinos de despacho como Eichmann -después secuestrado por agentes israelíes en Argentina, juzgado y ejecutado en Israel-, Wiesenthal siguió insistiendo siempre en que no se veía como un vengador y se resistió con vehemencia a todo intento de culpabilización colectiva de alemanes o austriacos.
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Toda su familia había sido exterminada, como lo había sido el mundo en el que había nacido allá en 1908 en el centro de la geografía cultural del judaísmo europeo oriental definitivamente convertido en humo.Simon Wiesenthal, un joven arquitecto que había estudiado en Praga y Lemberg (la ucraniana Lvov), sabía que allá no le "quedaba ni un cementerio para llorar", como recordaría en sus memorias décadas más tarde. Y se quedó muy cerca de Mauthausen, primero en Linz y después en Viena, rodeado de una población que había sido fervorosamente nazi y que intentaba imponer una ley del silencio que garantizara impunidad a los criminales y evitara la mala conciencia a todos.
Nadie en aquellos duros años de las décadas de 1950 y 1960, ya en plena guerra fría y con el telón de acero en el patio trasero, toleraba bien por allí el recuerdo. Él convirtió la memoria en el lema de su vida y su lucha contra la impunidad del crimen nazi en una de las grandes gestas individuales de la segunda mitad del siglo XX.
Ya convertido en una leyenda como cazanazis, después de haber localizado a centenares de verdugos, grandes o medianos, carniceros como el jefe de Treblinka Franz Stangl o asesinos de despacho como Eichmann -después secuestrado por agentes israelíes en Argentina, juzgado y ejecutado en Israel-, Wiesenthal siguió insistiendo siempre en que no se veía como un vengador y se resistió con vehemencia a todo intento de culpabilización colectiva de alemanes o austriacos.
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En una vieja casa de lo que fue el antiguo barrio judío vienés, frente al canal del Danubio y a un tiro de piedra del solar donde se alzó hasta 1945 el cuartel general de la Gestapo que dirigió el terrible Alois Kaltenbrunner, Wiesenthal recibía en un pequeño despacho repleto de ordenadores y ficheros que sólo él entendía y encontraba.
En su trabajo era inmensamente meticuloso, consciente del revés que suponía cada inexactitud o error porque sabía que tenía enfrente a toda una batería de medios de comunicación dispuestos a difamarle, a grupos revisionistas decididos a descalificarle y destruir su credibilidad y a una sociedad siempre tendente a verle no como un defensor de la dignidad humana sino como un agitador rencoroso y un ser vengativo insaciable.
Detestaba tanto a quienes intentaban ocultar crímenes y culpas como a quienes desde el fanatismo o la superioridad moral de la ignorancia vertían culpas colectivas o hacían acusaciones graves sin pruebas.
Volvió a demostrar su independencia cuando defendió al ex secretario general de la ONU y candidato presidencial austriaco Kurt Waldheim de las acusaciones de ser un criminal de guerra. Wiesenthal rechazó las acusaciones vertidas por el Congreso Mundial Judío y dijo que había que distinguir entre un oportunista ambicioso más o menos inmoral y despreciable y un criminal de guerra. Los enemigos de los matices no le perdonaron aquella intervención.
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Si ya en Mauthausen había decidido apuntar y memorizar nombres de verdugos, víctimas y circunstancias, en estos 60 años y a través del centro que lleva su nombre y tiene hoy sedes en todo el mundo, Wiesenthal logró recopilar y ordenar millones de datos en su permanente combate contra el olvido. Nadie como él logró movilizar conciencias, voluntades y recursos para esta ingente tarea y nunca dudó en entrar en polémica, decidido como siempre estaba a que todas las infames campañas de desprestigio y difamación de las que fue objeto tuvieran respuesta.
Fue muy doloroso para él su célebre enfrentamiento con el gran socialdemócrata Bruno Kreisky, de origen judío también, pero por aritmética política muy interesado durante años en acallar a quienes denunciaban sus vergonzantes alianzas con antiguos nazis acomodados en el Partido Liberal (FPÖ). Los insultos a Wiesenthal constituyeron probablemente una de las páginas más tristes de la brillante biografía de aquel otro judío centroeuropeo tantos años canciller austriaco.
Nunca se dejó intimidar por aquel ambiente tan hostil como la Viena de la guerra fría. Nada más salir del campo de Mauthausen, ingresó en la Unidad de Crímenes de Guerra creada por las fuerzas de ocupación norteamericanas.
Pero el enfrentamiento entre los antiguos aliados antinazis -Moscú y Washington- hizo que pronto americanos y soviéticos se dedicaran más al pulso entre ellos en la Europa dividida que a la persecución de criminales nazis. Fue entonces cuando se independizó Wiesenthal y comenzó la empresa personal titánica que lo convirtió en leyenda y en una de las grandes personalidades de la segunda mitad del trágico siglo XX.
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Wiesenthal ha muerto el martes en Viena y será enterrado en Israel. Se va a reposar con los suyos porque en Europa se quedó ya entonces sin camposanto. Ha sobrevivido a casi todos los verdugos que llenaban sus archivos y de los que hablaba, inclinado sobre sus ficheros, con una familiaridad cuasi científica. Su labor había concluido. Su vida ha sido un monumento a la dignidad del pueblo judío y de Europa. Nada menos.

sábado, 2 de junio de 2018

PHILIP ROTH....HOMENAJE A UN GRAN ESCRITOR


Philip Roth: el narrador que contó el deseo americano y su desencanto
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El escritor murió en Nueva York; pasó de la provocación a la canonización como autor "fundamental", candidato al Nobe
El perfil de un escritor es móvil, cobra forma libro a libro. Philip Roth -que falleció  a los 85 años, en Nueva York- fue tan prolífico que tuvo tiempo de sumarle a ese perfil exuberante su exacto negativo: después de Némesis (2010), y tras haber publicado una treintena de libros, anunció públicamente que abandonaba el oficio. Y cumplió. Fue un gesto inédito, que tomó por sorpresa a sus lectores, acostumbrados a recibir año a año aquellas novelas que escribía de pie, frente a una especie de atril, en su casa de Connecticut.
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La discreción del final subraya, en vez de ocultar, la centralidad de su obra, que durante más de medio siglo marcó la literatura estadounidense, a la par de contemporáneos como John Updike (1932-2009), tan fecundo como él. La parábola literaria de Roth, sin embargo, tiene como sello distintivo la reinvención. En sus comienzos, se lo tuvo por transgresor y escandaloso. Con los años y los libros, los adjetivos irían cambiando hasta llegar, sin perder la acidez, al último, que lo declara fundamental.
Philip Roth nació en Newark, Nueva Jersey, en 1933. El lugar natal aparece una y otra vez en sus novelas. Indica no solo un lugar en el mundo, sino un entorno familiar y social (el judaísmo suburbano) y el origen de una conciencia individual que, para alejarse de cualquier condicionamiento, se desdobla en la literatura. Los álter ego son el vehículo que Roth encontró para reflejar, sin desdeñar el realismo norteamericano pero bombardeándolo con comicidad sarcástica, los tiempos cambiantes que le tocó vivir.
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Comenzó con un libro de cuentos premiado, Adiós Columbus (1959), pero pronto se mudó a la novela. El lamento de Portnoy (1969) lo convirtió de la noche a la mañana en un succès de scandale. A tantos años de distancia, la picaresca de Alexander Portnoy, un joven judío frustrado que se masturba compulsivamente mientras tolera la sobreprotección materna, parece el adelanto, algo subido de tono, de futuras comedias de Woody Allen. Roth, en aquellos días, fue tildado de pornógrafo. La sátira sexual y política posterior ( Nuestra pandilla, El pecho y La gran novela americana) abrió terreno para un segundo escándalo. Velando apenas sus problemas maritales, en Mi vida como hombre (1974) ajustó cuentas con Margaret Martinson, de la que se acababa de divorciar. La comedia de la relación tortuosa tiene varias escenas de brillante obscenidad, aunque en ella ya está el germen de lo que vendría: el protagonista, Peter Tarnopol es un disfraz de Roth, pero los cuentos que imagina tienen como figura dominante a Nathan Zuckerman, un escritor ficticio que reaparecería pronto.
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Antes, había inventado otro yo: David Kepesh, un incorregible profesor de literatura obsesionado con las mujeres y el sexo. Después de figurar en El pecho (soñando que se convertía, no en un insecto, como Gregor Samsas, sino en un pecho gigante), protagonizaría El profesor del deseo (1977) y resurgiría, mucho más cerca en el tiempo, en El animal moribundo (2001), donde, ya septuagenario, sufre un amor a primera vista con una alumna.
Fue la figura de Zuckerman la que le permitió a Roth sortear en parte el círculo vicioso personal que amenazaba con empantanarlo. Le dedicó para comenzar una tetralogía: La visita al maestro (1979), Zuckerman desencadenado (1981), La lección de anatomía(1983) y La orgía de Praga (1985). Aunque es también un álter ego (ahí están los problemas de salud, que replican las que sufría por entonces su creador), Zuckerman se parece más a un antihéroe torpe y desesperado, que, además, abrió las puertas de la metaliteratura.

El primer libro de la serie muestra otra versión iconoclasta de Roth. Zuckerman visita a un escritor admirado, E.I. Lonoff (inspirado en su admirado Bernard Malamud), y se siente atraído por su secretaria que, según cree descubrir, no es otra que Ana Frank. ¿Puede la ficción jugar con símbolos tan sensibles? A Roth, siempre políticamente incorrecto, le gustaba incomodar sin mirar a quién. Su vínculo con el judaísmo nunca dejó de ser provocativo. Más tarde, en Operación Shylock (1993), redoblaría la apuesta con un giro más posmoderno todavía. Un falso Philip Roth se dedica a promover en Israel una nueva dispersión judía por el mundo mientras el verdadero, él, se dedica a rastrearlo.
Hubo un par de libros declaradamente autobiográficos ( Los hechos, donde narra su infancia y sus comienzos literarios, y Patrimonio, centrado en la muerte del padre), pero, a caballo del fin de siglo, empieza a ganar espacio la perspectiva histórica y política. Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998) y La mancha humana (2000) son los títulos de ese viraje.
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David Foster Wallace, un escritor mucho más joven, había acusado a Roth -con Updike y Norman Mailer- de representar el narcisismo sexual de toda una generación de escritores blancos, la que había surgido con la liberación sexual. Pastoral americana se encargó de poner entre paréntesis la acusación. Zuckerman es aquí el narrador, pero no el protagonista, y la trama abarca los aspectos más convulsos de los años sesenta y setenta (Vietnam, el Watergate).
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En La conjura contra América (2004), la historia -y la identidad judía- encontraría una vuelta ucrónica. Roth, rememorando el Newark de su infancia, imagina que el famoso aviador Charles Lindbergh, de tendencias filonazis, derrota en las elecciones a Franklin Roosevelt. Fue la última obra extensa. A partir de entonces, el paso del tiempo y la edad -antes que la vejez- le darían materia moral a una serie de novelas breves. La más concluyente es Elegía ( Everyman en inglés), de 2006. Roth, que había sobrevivido a un cáncer temprano, pone a su personaje sin nombre, nacido el mismo año que él, delante de una encrucijada: se siente joven todavía, pero sabe que un defecto en el corazón no le permitirá vivir mucho más. ¿Cómo despedirse cuando no se quiere aceptar la injusticia de tener que decir adiós? Su personaje compra la parcela de tierra donde será enterrado. Roth tuvo otra clase de sabiduría: siguió escribiendo hasta que le dieron las fuerzas (Sale el fantasma, última aparición de Zuckerman) y después, dejando la pluma a un costado, se dedicó a esperar el final, leyendo libros de historia, ya no de ficción.
Al maestro y amigo
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Joyce Carol Oates, escritora estadounidense: "Supe que éramos 'almas gemelas' (en cierto grado) cuando vi en una pared cerca de su escritorio la foto idéntica de Franz Kafka que estaba en mi pared. Que descanse en paz Philip"
Leonardo Padura, autor cubano: "Para mí, Roth es un ejemplo de lo que puede ser un escritor comprometido con su tiempo y su sociedad"
Rosa Montero, novelista española: "Murió el gran Philip Roth sin ganar el Nobel, maldita sea. Igual que lo hizo Ursula K. Le Guin. Pero lo ganó gente como Le Clézio. En fin. No sé por qué le damos ese valor mitómano a ese premio"
P. B. R.

domingo, 27 de mayo de 2018

TOM WOLFE....NUESTRO HOMENAJE

Curioso y mordaz, el escritor murió en Manhattan; su obra maestra: que el periodismo se leyera como una novela
Cada época está signada por un tono moral, y no importa el modo en el que intentes llevar tu vida, ese tono te afecta. No tenés opción. Estamos yendo hacia el eclipse total de los valores. Pero no me malinterpretes, como escritor, estoy encantado de que las cosas sigan su curso. La comedia humana nunca ha sido tan rica", decía Tom Wolfe en 1998. Antropólogo curioso, crítico mordaz de su país y de los efectos del poder, férreo cultor de enemistades, detractor de la pirámide invertida, dandi provocador de eterno traje blanco, retrató con sofisticación las cloacas de este mundo. Neoyorquino por adopción, Wolfe, escritor y periodista , murió  en Manhattan a los 88 años.
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Junto a Norman Mailer, Gay Talese, Jimmy Breslin, Hunther S. Thompson, Nicholas Tomalin y Joan Didion, Wolfe impulsó el Nuevo Periodismo. En su ensayo El juego del reportaje, escrito con una mirada reflexiva sobre sus inicios en redacciones y diarios, plasmó su recuerdo como testigo y protagonista, en los años 60 y comienzos de los 70, de la irrupción de otra forma de abordar la información y la realidad con las técnicas de la literatura. En un momento de efervescencia social y política, esa generación hizo un hallazgo: "Este descubrimiento, modesto al principio, humilde, de hecho respetuoso, podríamos decir, consistiría en hacer posible un periodismo que... se leyera igual que una novela". Para esa fecha, Rodolfo Walsh ya había escrito Operación Masacre y Gabriel García Márquez, Relato de un náufrago.
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Wolfe nació en el seno de una familia acomodada de Richmond, Virginia, en 1930, de padre agrónomo y de una madre que le inculcó su amor por el arte. Flamante doctor en Literatura Norteamericana graduado en la Universidad de Yale, en 1957 ingresó en la redacción de New York Herald Tribune, aunque su sueño era ser escritor y crear lo que él llamaba "la Novela", con mayúscula, influido por el legado de Ernest Hemingway, William Faulkner, Stephen Crane, John Dos Passos, John Steinbeck y, en especial, Honoré de Balzac. Esta producción de ficción demoraría en llegar a su vida, ya que recién a sus 57 años publicó su primera novela, La hoguera de las vanidades, con éxito inmediato de ventas, sobre la caída de una joven promesa de Wall Street. Brian De Palma pronto adquirió los derechos y adaptó esta historia al cine con Tom Hanks y Bruce Willis. El cine también lo buscaría para adaptar su historia ganadora del Book Award, un relato sobre la carrera especial, Lo que hay que tener, elegidos para la gloria, con Sam Shepard y Ed Harris.
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Pronto comenzó a rebelarse contra los modos ortodoxos de contar historias. Una de ellas, la más destacada, fue "Radical chic" (1970), en la que describía la fiesta que algunos artistas y personalidades les brindaron a las Panteras Negras en un penthouse de Park Avenue. La contradicción de la lucha radical con la arrogancia y frivolidad de aquellos miembros de la elite neoyorquina aparece en forma de sátira. Esta historia, conocida en castellano como La izquierda exquisita, creció hasta convertirse en un libro que disparó contra una generación y un sector social.
Enemigos íntimos

Su estilo provocador lo condujo a cosechar enemigos. En su prólogo a El Nuevo Periodismo apuntó contra Truman Capote, a quien no consideraba pionero ni innovador de este movimiento. También tuvo un enfrentamiento con Norman Mailer, a quien creía demasiado egocéntrico. Con Philip Roth siempre guardó distancia y le manifestó su respeto ("el mejor del lote", dijo en referencia a la generación que integró junto con Saul Bellow y John Updike). Para Wolfe existían Nuevos Fabulistas, a quienes describió con cierto desdén. Mencionaba a Borges -sin escribir su nombre de pila- y a Gabriel García Márquez entre los autores que en los 70 habían llamado la atención de sus pares.
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Wolfe impregnó de color y sonido los textos de no ficción. En El Nuevo Periodismo se refirió a los periodistas de color "beige", es decir, asépticos, "de personalidad apagada". No hablaba de la dicotomía entre objetividad/subjetividad, sino de la "personalidad" del periodista, del estilo y de una voz que lo definían. ¿Cuál era entonces su look y tonalidad cromática? Él mismo respondía que la sobreabundancia de interjecciones, onomatopeyas y exclamaciones.
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En una de sus crónicas más conocidas, Ponche de ácido lisérgico (1968), Wolfe visita al poeta y novelista beat Ken Kesey en la cárcel y, luego de su liberación, sujeta a buen comportamiento, se sube a la camioneta de los The Merry Pranksters para retratar conciertos, ritos y fiestas de la banda. En ese viaje busca comprender por qué un hombre joven y talentoso, padre de tres hijos, que había alcanzado la gloria, cayó en desgracia y se convirtió en un prófugo de la ley. En esta novela de no ficción introduce varias innovaciones, como la utilización de poesías propias en largas estrofas, con una estructura que desafía los versos tradicionales. A su vez, emplea de modo curioso los signos de puntuación: amolda las reglas de ortografíaa su expresión.
En 2008, Wolfe visitó la Feria del Libro de Buenos Aires, donde unas mil personas escucharon aquello que "la imaginación de un periodista es incapaz frente a lo que se lee en los diarios". Fanático de la música argentina, había asegurado que Piazzolla era el mejor músico del siglo XX.
Bloody Miami (2012) fue su última novela antes del polémico El reino del lenguaje, que Anagrama publicará en castellano en septiembre, donde rechazaba la teoría de la evolución y cargaba contra Noam Chomsky.
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Aunque siempre conservó su acento sureño, Nueva York fue su hogar hasta sus últimos días. Desde la ventana de su casa vio caer las Torres Gemelas, contó en una entrevista, él, que había creído conocer los bajos fondos de su ciudad y la cara más lumpen de la humanidad. "Nunca me tentó escribir mis memorias. Para mí, la autobiografía es la peor ficción, porque la gente está dispuesta a confesar cualquier cosa, excepto sus humillaciones, que forman un setenta y cinco por ciento de la vida -reflexionó en una de sus últimas entrevistas-. Yo he vivido muchas".
Algunas de sus frases:

"La mayoría de los políticos son extremadamente ricos, pero tienden a minimizar esa riqueza porque no quieren espantar al estadounidense común. Trump hizo lo contrario y eso, paradójicamente, lo volvió más humano"
"La soledad es y siempre ha sido la experiencia central e inevitable de todo hombre"
"Todo tipo de escritores deben alejarse del escritorio y ver cosas que desconocen"
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Al maestro y amigo
Gay Talese, escritor y referente del Nuevo Periodismo: "Era un escritor increíble. Y no podías imitarlo. Los que trataron de hacerlo fueron un desastre. Deberían haberse buscado un trabajo en una carnicería"
Jann S. Wenner, fundador de Rolling Stone: "Tom tenía un ojo extraordinariamente agudo y un compromiso para decir la verdad"
Andrew Cuomo, gobernador de Nueva York: "Su ingenio y agudas observaciones definieron una era en Nueva York"