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sábado, 10 de septiembre de 2022

COMENTARIOS REALES


Una presencia lejana, pero a la vez muy familiar
Hugo BeccaceceApLa reina isabel ii dejará una huella profunda en la memoria del siglo XX
Fu el a reina más poderosa del siglo XX. Para todos los que nacimos en ese siglo y continuamos vivos, Isabel II era la reina por excelencia. Su padre, Jorge VI, murió en 1952. Yo tenía 10 años. Recuerdo los titulares de los diarios y los comentarios de las señoras. Las frases que se oían al pasar eran del tipo: “Fue un hombre de familia”. “El hermano, Eduardo VIII, le arruinó la vida cuando se casó con Wallys”. “Y ahora a esa chica se le cayó el trono encima”. “Tiene un esposo espléndido. Felipe es de cuento de hadas”.
Isabel nos era muy lejana, pero sus peripecias y su brillo nos fueron muy cercanos. Vivimos en la era de las celebridades. Y ella lo era. Estuvimos al tanto de casi todos los detalles de su vida en las revistas, en los noticieros, en las películas y ahora en las series. La conocemos como no conocemos la historia de nuestras tías taimadas.
Isabel fue coronada en 1953: un año demasiado intenso para los Windsor. La reina debió atender todos los detalles de su ascensión al trono, pero también tuvo que prestar atención al noviazgo prohibido de su hermana Margaret con Peter Townsend, el divorciado piloto y héroe de guerra. La historia se repetía. Freud tenía razón: lo reprimido vuelve. Eduardo VIII se había enamorado de una arribista divorciada, Wally Simpson. Debió Margaret quedó hechizada por Townsend, la emplazaron y renunció al seductor. Si no lo hacía, corría el riesgo de no recibir más dinero de la corona. Al mismo tiempo, en 1953, se estrenó La princesa que quería vivir, con Audrey Hepburn, una historia romántica en la que una joven de sangre real renuncia a su amor de vacaciones romanas (Gregory Peck) por su pueblo y su dinastía. Era imposible no pensar en Margaret. Sin embargo, el respeto por el deber, la asfixia infligida por la severidad del protocolo y el pesado futuro de reina era lo que, desde chica, sufrió Isabel, cuyo sentido de responsabilidad y de su papel en la historia de Gran Bretaña la asistieron hasta ayer.
Si algo se dijo siempre de ella en la Argentina y en el resto del mundo era que jamás se apartó de sus compromisos y, en la medida de lo posible, se los recordó a sus mediáticos parientes, incluidas sus temibles nueras. Isabel tiene un lugar en el álbum familiar de cada uno de los que hemos sido criados y hemos madurado con la radio, el cine, la televisión y la nueva tecnología.
Hubo un momento crucial en el que el nombre de la monarca inglesa no contó con el aprecio de los argentinos. Fue durante la Guerra de las Malvinas. Aunque el responsable de esa contienda fue el general Galtieri, la población del país –y, en buena medida, de casi toda América Latina– estaba en contra de la soberbia, despótica y antipática Margaret Thatcher y del imperialismo británico. Isabel II reinaba, pero no gobernaba; aun con ese atenuante, no era bien vista. Algunos argentinos consideraron a la princesa Diana (casada con el príncipe Carlos en 1981) la némesis del imperio o, por lo menos, de los Windsor, casi un castigo por las Malvinas. Isabel asimiló los golpes de todas las mujeres que tuvo en contra, incluidos los de su trágica nuera, los de la Thatcher y los de las amantes de su esposo, Felipe de Edimburgo, con quien Isabel se había casado muy enamorada. El silencio fue su mejor arma.
Cada vez que su hermana tomaba demasiado y se escapaba con un nuevo amante, cada vez que Carlos engañaba a la princesa Diana con la hoy flamante reina consorte, el mismo lugar común, se repetía urbi et orbe: “A esa mujer (Isabel II) la van a matar a disgustos”. Isabel pudo contra todo. Ella era la roca sobre la que fue construida la Inglaterra moderna, como dijo la nueva primera ministra británica, Liz Truss. No sucumbió a los desbordes eróticos de su hijo preferido; soportó con amargura el culto a la diversidad étnica de su nieto Harrry y las tensiones familiares: quizá la ancianidad la ayudó a mitigar los divorcios, abusos y coming outs de sus allegados, acosados por la sexualidad, la soberbia y la codicia.
Por cierto, Isabel tuvo que ceder porque los tiempos habían cambiado. En eso, actuó del mismo modo que los plebeyos nacidos como ella en 1926 y los que hemos nacido mucho después: todos debimos ceder a las nuevas costumbres, a veces con alegría y placer, pero también con dolor porque a cierta altura de la vida ya no es posible otra cosa que la aceptación de lo que no podemos cambiar ni digerir. Quizá por eso, en los últimos años de su existencia, Isabel II tenía una serena sonrisa de conformidad. Let it be le habían enseñado los Beatles y sus nietos.
Isabel fue la última representante de los valores, las tradiciones, la moral, que había legado la reina Victoria. Como ella, Isabel fue la imagen del poder (maniatado por la monarquía parlamentaria): un ícono, una especie de virgen de altar, espejismo de continuidad sempiterna. Luchó muy bien, casi un siglo. Vio desaparecer su mundo, del que ella era el último símbolo, la cabeza coronada por los inefables sombreros de la realeza británica, que flotarán para siempre como extrañas criaturas oceánicas, aun después del naufragio de la civilización conocida.

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