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martes, 20 de junio de 2023

ARTURO PÉREZ-REVERTE ESCRIBE



Por qué no escribo sobre política
ARTURO PÉREZ-REVERTE 
Patente de corso


Érase una vez un desgraciado país, violentado por ocho siglos de guerra entre dos maneras de entender a Dios —a mi entender, venció la menos mala—. Una tierra ingrata regada con sudor y sangre, poblada por infelices sometidos a reyes, curas, espadones y sinvergüenzas. Una nación que hizo cosas portentosas para destruirlas después, costumbre secular aquí, donde la envidia siempre fue pecado nacional y donde el rencor, tóxico destilado de siglos, envenenó cualquier intento hecho por hombres y mujeres buenos que acabaron, como no podía ser de otro modo, en el cadalso, la cuneta, la tapia del cementerio o el exilio. Este lugar donde, como escribió Julio Camba, el anhelo de un español no es conseguir un coche como el de su vecino, sino que su vecino no tenga coche.
Tras este simpático comienzo pueden ustedes, con razón, reprocharme excesivo pesimismo en el modo de abordar el asunto. Pero lo veo así y no de otra forma, de manera que no sé por qué debo meterle esperanzas, parajitos y arcoíris. Quizá sean la edad, las lecturas o la vida que uno vivió, pero da lo mismo: en los últimos tiempos, algunos lectores —y un lector es siempre un amigo—, preguntan por qué ya no escribo casi nunca sobre política. Por qué, a diferencia de antes, no repaso la actualidad diaria y después de treinta años en esta página me enroco cada vez más en mi mundo, mis recuerdos, mis amigos, mi biblioteca. Por qué, o sea, acabó el tiempo en que llamaba soberbio arrogante a Aznar, idiota solemne a Zapatero, cobarde acomplejado a Rajoy, pistolero sin escrúpulos a Sánchez, o hijos de la gran puta a tantos golfos, ladrones y sinvergüenzas —en esto ellas no son mejores que ellos— que convierten la política en negocio donde todos trincan y medran.
Estoy cansado, oigan. Muy cansado. El tiempo me ha hecho llegar a ciertas conclusiones poco agradables. Una es la inutilidad del esfuerzo; y no hablo de mí, sino de gente mejor que yo. Si repasan las hemerotecas, verán que unos pocos periodistas y escritores contaron en sus páginas y artículos lo que pasaba e iba a pasar. Hicieron de Laocoontes y Casandras, labor ingrata que nunca sirve para prevenir nada —la gente adora los Titanic aunque se incline la cubierta, sobre todo si oye tocar a la orquesta—, pero sí para ganarse innumerables enemigos. Sin embargo, muchas de aquellas sombrías predicciones se han cumplido. No porque quienes las hacían fueran genios de la anticipación, sino porque era evidente que iba a ocurrir así, y no de otra forma. Y ahora, para justificar su infame gestión, para eludir la responsabilidad, para ponerse de perfil ante la contaminación, desprestigio o demolición de las instituciones y estructuras que hacen posible un Estado, la sucia clase política, liberada al fin de la necesidad elemental de guardar una mínima compostura, nos aturde con un populismo y una demagogia que insultan la inteligencia, desentierran fantasmas olvidados y los agitan sin pudor, olvidando —o ignorando, iletrados como son— que todo eso ya ocurrió muchas veces en nuestra historia y nos llevó a lugares oscuros. A navajeo entre vecinos y hermanos. A bien nutridas fosas comunes.
Rencor, es la palabra. En España, por razones históricas, sociales, culturales, no hace falta demasiado estímulo para resucitar, o utilizar, el viejo e indestructible rencor nacional: el nosotros y ellos, conmigo o contra mí. El no reconocer una virtud en el bando adversario ni un defecto en el propio. Y ese rencor, manipulado por quienes en su limitación intelectual, cobardía o vileza no disponen de otras herramientas, infecta las redes sociales, el periodismo, la vida. Y un público cada vez menos dispuesto a identificar la manipulación y la mentira compra gozoso, sin cuestionarlo, el dudoso producto que esa chusma pregona como si se tratara de crecepelo, recetas milagrosas o muñecas de tómbola.
¿De verdad quieren que emplee los años que me quedan en escribir sobre eso y la gentuza que lo hace posible?… Pues disculpen si no lo hago más a menudo. Es natural que de vez en cuando se me suba la pólvora al campanario, pero prefiero dedicar esta página a otras cosas. A buscar y describir, por ejemplo, pequeños reductos defensivos donde aún sea posible atrincherarse para seguir respetando, aunque se ponga muy cuesta arriba, esta triste España en que vivimos, tan incapaz de respetarse a sí misma. Quisiera mantenerme ajeno, en lo posible, a lo que un periódico republicano, en plena Guerra Civil y refiriéndose al bando propio, definió hace casi un siglo con un lúcido titular en primera página: Cuánto cuento y cuánta mierda.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

viernes, 13 de julio de 2018

MARIO VARGAS LLOSA ESCRIBE


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MARIO VARGAS LLOSA

El punto más alto en La Palma (Islas Canarias) está a unos 2400 metros, en el Roque de los Muchachos, unos roquedales que a la distancia y con algo de imaginación parecen figuras humanas. Aquí se respira un aire tan puro como el de Arequipa, la tierra en que nací, y es muy hermoso contemplar, allá abajo, a nuestros pies, una alfombra de nubes que se extiende como un mar en todas direcciones hasta el remoto horizonte. Pero lo más pintoresco del lugar acaso sean unos cuervos sociables que posan con coquetería para las fotografías de los turistas a cambio de un puñado de comida.
Al parecer este pedazo de tierra tiene la atmósfera más diáfana de Europa y acaso del mundo y eso explica la existencia del Observatorio, compuesto de enormes telescopios nocturnos y solares construidos en esta cumbre por diversos países, y que, desde mediados de los años ochenta del siglo pasado, atraen aquí astrónomos de todo el planeta. Son seres extraños, que duermen de día y trabajan de noche, y que, como los vampiros, operan en las sombras y la luz que los guía no es de este mundo sino la de allá arriba, muy arriba, quiero decir la que emiten o emitieron hace millones de años los astros que navegan (o navegaron antes de desaparecer) por el infinito universo.
Si la belleza de esta isla, una de las más pequeñas de las Canarias, con sus bosques, playas, cerros y parques naturales es grande durante el día, el verdadero milagro se produce al caer la oscuridad, cuando el cielo se va poblando de una miríada infinita de estrellas, constelaciones, planetas, luces que chisporrotean y se apagan y se prenden y, como en el aleph borgiano, uno toma la tremenda conciencia de que allí, encima de su cabeza, tiene al infinito universo. La cosa es todavía más espectacular cuando, con ayuda de las lentes de los telescopios, se empieza a navegar por los espacios siderales y a acercarse a aquellos bólidos y, por ejemplo, se tiene la sensación de ser un astronauta que se pasea por el cielo rugoso de la Luna, entre cráteres gigantescos, obra de los aerolitos que la han ido bombardeando a lo largo de los millones de años de existencia que tiene aquella aglomeración de planetas.
Creo que en los dos días apenas que pasé allí he aprendido más cosas que en todos los otros viajes que he hecho en mi vida. Por ejemplo, que nada se parece tanto a la literatura como la astronomía porque en ambas la imaginación es tan importante como el conocimiento y que, sin aquella, este no progresaría en absoluto. Los astrónomos que hay en el Observatorio y, en especial, su director, el profesor Rafael Rebolo López, armados de paciencia y sabiduría, dan elocuentes respuestas a todas mis preguntas, que siempre me suscitan nuevas preguntas y, de este modo, la conversación salta la débil frontera que en esta disciplina separa (y a menudo confunde) la física de la metafísica.
¿No es abrumador y paralizante trabajar en un dominio que abarca el desmesurado infinito, el tiempo sin tiempo que es la eternidad? Sí, tal vez. Pero, para evitar aquella parálisis, ha surgido la teoría del big bang, que pone un punto de partida -una explosión de la materia ocurrida hace más de trece mil millones de años y que prosigue su eterna expansión por el espacio sin término- a esa eternidad y, aunque ambos conceptos sean incompatibles, permite a los científicos trabajar con menos incertidumbre. ¿Y si la teoría del big bang es popperianamente "falseada" en un momento dado? Surgirá otra que rectificará lo alcanzado hasta el momento y permitirá progresar por una vía distinta. ¿No es esa la historia de todas las ciencias, sin excepción?
¿Han llegado los astrónomos a encontrar vida, o síntomas de vida, en algún otro astro del universo? No, en ninguno. Pero esto no permite afirmar de manera definitiva que solo la Tierra tiene semejante privilegio, entre otras razones porque los científicos sí han encontrado en astros diseminados en distintos puntos del espacio casi todos aquellos constituyentes necesarios para la vida. De modo que semejante descubrimiento -tener parientes en algún rincón perdido del universo- podría ocurrir en algún momento del futuro. ¡Y a ver si esos humanoides venusinos o marcianos se parecen a los de la ciencia ficción o son más originales que los inventados por la fantasía literaria!
¿Qué posibilidades hay de que el pequeño planeta Tierra desaparezca por el impacto de un gigantesco aerolito que sería miles de veces más grande que el que cayó por Siberia hace más o menos un siglo devastando un enorme territorio? Muchas, si se tiene en cuenta que muy a menudo se registran en el espacio sideral 'accidentes', es decir, hecatombes gigantescas que resultan de desvíos de sus órbitas, o de falta de órbitas, en las trayectorias de ciertas formaciones díscolas; y pocas si se considera que no ha ocurrido todavía en la larguísima historia registrada del astro terráqueo. Pero, desde luego que, como hipótesis, podría ocurrir mañana y devolver todo lo que existe en nuestro entorno a la nada de la que salió hace algunos milloncitos de años. Vistas desde la perspectiva de las estrellas, qué estúpidas y mínimas parecen las guerras y todas las violencias de que está impregnada la historia de la humanidad.
Pregunto al grupo que me rodea qué porcentaje de astrónomos es creyente y, luego de cambiar pareceres, me dicen que probablemente un 20 por ciento; los demás son agnósticos o ateos. Uno de estos amigos se apresura a marcar la diferencia: "Yo soy creyente". Y añade: "Y me siento perfectamente cómodo compatibilizando mi religión con todo lo que descubre o descarta la ciencia".
Es cierto lo que dice, sin duda, y debe serlo también para esa quinta parte de astrónomos cuya fe resiste a ese cotejo cotidiano a que están sometidas sus creencias religiosas con las revelaciones -no sé si llamarlas estupendas o terribles- que les hacen las estrellas. Pero yo entiendo mejor a las otras cuatro quintas partes de científicos a los que su diario trabajo sumerge en dudas y vacilaciones respecto a las ideas propagadas por las religiones sobre el ser supremo que habría creado todas aquellas constelaciones y todo lo que existe. Porque qué pequeñitos resultan los dioses que los seres humanos adoran o han adorado, enfrentados a este abrumador espectáculo milyunanochesco de billones de billones de estrellas sembradas a lo largo de un espacio sin fronteras, gravitando y sosteniéndose mutuamente, arrojando luz o recibiéndola, y qué pobres las explicaciones de las religiones inventadas para estas inexplicables preguntas: ¿cómo fue posible todo esto? ¿Pudo ser puro azar, conjunciones y constituciones misteriosas como casualidades, las que, de pronto, en ese universo helado hicieron brotar la vida, aquí, en ese planetita sin luz propia que es el nuestro? ¿Es más o menos convincente que fuera no el azar sino un ser superior, dotado de infinita sabiduría, el que, tal vez aburrido de su eterna soledad, creara esta maravilla tenebrosa que es la historia humana? Las mejores respuestas -las más bellas e imaginativas- a estas preguntas, posiblemente no estén en las estrellas ni en la religión, sino en la literatura.