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domingo, 13 de septiembre de 2020

HISTORIAS DE HORROR Y DE MUERTE,


Norma Morandini es periodista y ex senadora nacional.

Norma Morandini: "Es antidemocrático invocar a la patria para querer  destruir al que piensa distinto" - Infobae
Cuando el tirano cae, su poder termina. Cuando la víctima muere, su poder empieza”, fue la frase que me sirvió de guía para mi primer libro
“Catamarca”, la provincia en la que, treinta años atrás, la muerte de María Soledad Morales despertó el poder dormido por décadas de prepotencia política, en un país que apenas se desperezaba del chaleco de fuerza y miedo de la dictadura militar.
Corría 1990. 
Catamarca Norma Morandini - $ 160,00 en Mercado Libre
El crimen de esa muchacha pobre, asesinada por los hijos del poder local, desnudó la naturaleza política, o mejor su ausencia, de los feudos de provincias en los que un mismo apellido familiar se perpetúa en el tiempo y en en el que se mezclan y confunden lo que en una república debiera vivir separado, gobierno, jueces y legisladores.
La jovencita desapareció camino a una fiesta. Su cuerpo mutilado, desfigurado, apareció junto al camino, como muestra macabra de las múltiples violaciones.
El encubrimiento político para proteger al principal sospechoso, Angel Luque, hijo de un diputado nacional que vivía en Buenos Aires y regresaba los fines de semana a Catamarca, ahijado del entonces presidente de la Nación, Carlos Menem, sacó el crimen de las páginas policiales y se convirtió en un escándalo político.
María Soledad Morales: comienzan este lunes las actividades a 30 años del  crimen - MisionesOnline
Menem debió intervenir la provincia. El sacrificio de María Soledad, efectivamente, despertó un poder callado , el de las mujeres, la de Ada, su madre, la de sus compañeras y la de la directora del Colegio del Carmen, la monja Marta Pelloni , quien al ponerse al frente de las estruendosas marchas del silencio contrarió la vieja tradición clerical de esconder debajo de la alfombra los pecados de la Iglesia.
Hoy diríamos, mujeres “empoderadas”, palabra burocrática, carente de poesía. Cuando aún no habíamos completado la primera década de la restauración democrática, nos conmovimos con esa gesta de mujeres.
Una manifestación portentosa que reclamaba la verdad sobre el crimen y justicia para sus asesinos. Un silencio que en democracia recogía la enseñanza de ese otro andar mudo, el de las madres del pañuelo blanco. La muerte de María Soledad condensó antes que nadie la situación de las muchachas pobres de provincia, doblemente vulnerables por su condición de mujeres pobres, “las chinitas” en el peyorativo decir de las damas de “la buena sociedad”, ya no sólo el patriciado provincial sino esa nueva casta social, las dinastías políticas que con sus “ismos -” –clientelismo, nepotismo, electoralismo- han configurado un poder feudal.
Comienza este lunes las actividades a 30 años del crimen de María Soledad  Morales - GN Noticias
El periodismo de televisión estrenaba la tecnología del “vivo” , la historia trasmitida en “directo”que introdujo en los hogares de Buenos Aires las tonadas, los rostros y el vivir del interior, tan ignorado en su cultura, sus paisajes y tan distorsionado por los prejuicios. Nació, también, el temido poder de la imagen para poner luz en lo que siempre fue oculto.
Una cámara de TN desbarató el primer juicio a los acusados al mostrar la complicidad de los jueces. “Esto es Macondo”, repetían mis colegas llegados desde la capital. A lo que respondía: “ Chicos, no se engañen, esto no es una ficción literaria, esto es Argentina”.
Una observación que el tiempo no tardó en constatar: las centenas de Maria Soledad a lo largo y ancho del país ya no tienen nombre propio, se nombran como fenómeno, los “femicidios”. El sacrificio de Maria Soledad efectivamente fue una poderosa luz que mostró los dolores y las vergüenzas que supimos construir a lo largo de nuestra historia autoritaria.
El recuerdo de ese pasado nos increpa por su repetición. Las chicas pobres de provincia son aún más pobres y lejos del contagio democratizador de “ la opulencia” de la Capital, las dinastías familiares de provincias se han adueñado y empobrecido el país. Si hasta aquellas palabras que en Catamarca me chocaban cuando mis entrevistados se descalificaban unos a otros, ese es un “trolo”, ese es un “zurdo”, ese es un” falopero”, hoy son normales en el decir público, sin que se haya incorporado el intercambio de razones y argumentos, inherentes al respeto democrático.
Mentes Macabras | El Caso Maria Soledad Morales - YouTube
Una repetición que a mí misma me habilita para volver a usar la descripción de la Catamarca del crimen, que tomé prestada de Eduardo Galeano para aplicarla a la Argentina del coronavirus: “La ciudad vivía con el aliento cortado, el aire estaba amenazado por la desconfianza, se hablaba en voz baja, las voces no coincidían con las caras”.
Ada, la madre de María Soledad murió.
Los acusados del crimen ya cumplieron su condena. Las compañeras de María Soledad ya serán mujeres adultas. La monja Pelloni a quien no pudo echar el poder político, el poder religioso trasladó a Corrientes, donde siguió defendiendo otras causas escabrosas como es el tráfico de bebes.
Al menos, hoy sabemos que la verdad en Argentina sigue siendo peligrosa y la democracia una postergación de la política. Tal vez, el único poder nacido del sacrificio de aquella jovencita, asesinada treinta años atrás en la calurosa Catamarca es que hoy somos muchos los que sabemos que una de las ventajas de la libertad de prensa es que pone luz pública sobre lo que en Argentina ya es una cultura de ocultamiento, mentira y la impunidad.

Norma Morandini es periodista y ex senadora nacional.

domingo, 16 de agosto de 2020

HISTORIAS DE HORROR Y DE MUERTE,


Hiroshima
A 75 años de la bomba atómica que arrasó la ciudad japonesa
Una mujer avanza frente a la “Cúpula de la bomba atómica”, en vísperas de la conmemoración del bombardeo del 6 de agosto de 1945
Historia de Hiroshima y Nagasaki - Resumen
A principios de esta semana, las aterradoras imágenes de una explosión en el puerto de Beirut convocaron a algo más que a un fantasma colectivo. El estallido, la onda expansiva, la nube abombada, los destrozos, la muerte: “Es un desastre parecido a lo que ocurrió en Japón –dijo Maruan Abboud, gobernador de la ciudad, espantado ante lo que veían sus ojos–. Parecido a lo que ocurrió en Hiroshima. En Nagasaki”.
Hiroshima y Nagasaki: fotos a 75 años de las bombas atómicas – CNN
Por cierto, no hubo detonación atómica en Beirut, sino la explosión de un depósito de nitrato de amonio instalado en las cercanías del puerto. Pero la expresión de Abboud se hizo eco de lo que sintieron miles de personas, en todo el mundo, mientras miraban los videos que se hicieron virales: por un lado, la ciudad devastada; por el otro, un resplandor blanco, creciente y circular que traía a la memoria la imagen de la peor de todas las bombas. Justo en el mes en que se conmemoran los 75 años de la destrucción de Hiroshima.
Hiroshima, 75 años después: '¿Por qué no morí ese día?'
Fue un 6 de agosto de 1945, a las 8.15. Habría niños remoloneando un rato más en la cama, vecinos que barrían alguna vereda, comerciantes recibiendo a los primeros clientes del día, algún adolescente descubriendo en las páginas de un libro otro modo de llamar al amor. La vida, simple y honda, por la que transcurren los días de los seres comunes. Entonces, ocurrió. Una detonación y un arrebato de calor que llegaría a los tres mil grados centígrados. Una inconcebible bola de fuego, que brillaba como un pequeño sol y alcanzó un diámetro de 280 metros en un segundo, arrasó la ciudad. Cada vivienda, cada objeto y cada ser que la habitaba crepitó, ardió, chirrió, se deshizo como se deshace una hoja de papel arrojada a una fogata. Unas 140.000 personas murieron ese mismo día. Así, de golpe. Al cabo de unos años, la cifra ascendería a 180.000: el arma que se había arrojado sobre Hiroshima contenía la muerte rápida del fuego y la agonía lenta de la radiación.
Remembering Hiroshima & Nagasaki: Four Little Known Facts
Sin embargo, no bastó. Dos días después, otra bomba cayó sobre Nagasaki. Allí murieron 70.000 personas en un principio y 140.000 luego de un tiempo. Tras aquel agosto atroz, luego de la capitulación japonesa y el fin de la Segunda Guerra, la historia y sus desastres no se detuvieron. Hubo nuevos conflictos, conflagraciones, masacres, bombardeos, crímenes de guerra, catástrofes humanitarias. Pero, como si la zona de crueldad de ese animal extraño que es el ser humano tuviera algún ínfimo límite, nunca más se produjeron detonaciones atómicas en territorios habitados. No obstante, el fantasma –y sus razones más oscuras– permanece.
BIBLIOTECA DE LA DEPORTACIÓN: NOVEDADES EDITORIALES
En cierto modo, Hiroshima es inseparable de Auschwitz. En ambos hechos se combinan la “racionalidad con arreglo a fines” de la que habló Jürgen Habermas, cierta sofisticación tecnológica y la exacerbación del mecanismo que permite despojar de humanidad y convertir en mera cosa a poblaciones enteras.
Habermas: los 90 años de un pensador de la democracia
En Hiroshima y Auschwitz las sombras de la Modernidad,
que ya venían de impulsar la llamada “guerra total” y naturalizar ese quiebre civilizatorio que fue –y sigue siendo– el bombardeo sobre población civil, terminaron por tomar el control. Durante la segunda mitad del siglo XX se hizo trizas el sueño iluminista: la razón exhibía su costado monstruoso y el progreso ya no prometía ningún paraíso.
Memoria Del Mal Tentación Del Bien. Tzvetan Todorov 1a. Ed ...
“En Hiroshima se cometió un mal en nombre de un bien al que seguimos aspirando: la paz y la democracia. Solo es, nos dicen, el medio, tal vez lamentable pero inevitable, puesto al servicio de un fin que sigue siendo noble”, escribió
Tzvetan Todorov en Memoria del mal, tentación del bien. En ese libro, el lingüista y pensador búlgaro-francés fallecido hace tres años analiza diversos momentos en los que, durante el siglo XX, se llevaron a cabo hechos deleznables en nombre del “bien de la humanidad”.
Por otro lado, este autor sostiene que lo que se buscaba en aquellos aciagos días de 1945 no era únicamente la finalización de la guerra sino la puesta a punto de un “artefacto” que, aunque ya no era estrictamente necesario (se sabía que Alemania ya no estaba desarrollando una bomba similar y que la derrota de Japón era inminente), seguía siendo técnicamente seductor. Para Todorov, el ejercicio de este tipo de lógica, que desvincula medios y fines, es la gran amenaza que pende sobre nuestra civilización.
Matadero Cinco - Vonnegut, Kurt - 978-84-339-2031-7 - Editorial ...
No fue el único que entrevió allí, en la inflexión de un siglo, las claves para pensar –e impugnar– un modo mortífero de vincularse con el mundo. No es otra cosa lo que hizo
Kurt Vonnegut cuando, en la novela Matadero 5, ahondó en el absurdo y la crueldad que llevaron a la total destrucción de la ciudad de Dresde, también en 1945, y también en nombre de valores incuestionables. O el dramaturgo Michael Frayn, que en la obra Copenhague imagina lo que se pudo haber hablado durante uno de los hechos más enigmáticos de la Segunda Guerra: la visita que el alemán Werner Heisenberg le hizo al danés Niels Böhr en la ciudad de Copenhague. 
Copenhague Una Pregunta Sin Respuesta Michael Frayn Andros ...
Nunca se supo qué hablaron esos dos hombres durante las escasas horas que duró su encuentro. Pero sí se sabe que eran dos eminencias científicas, dos físicos que en su momento habían trabajado juntos en un área del conocimiento repentinamente crítica: la estructura del átomo. Y que ambos eran conscientes de que, si alguno de los bandos enzarzados en la guerra decidía desarrollar un arma atómica, necesitaría recurrir a los saberes de uno u otro de ellos.
Nunca se supo qué hablaron, pero Frayn lo intuye. Y recrea un diálogo áspero, doloroso, desgarrado entre el imperativo ético, la fascinación por el conocimiento y las pasiones ingobernables y terribles que había desatado la conflagración. No se la menciona, pero Hiroshima está ahí, entre esos hombres que, cada uno en su laboratorio, habían comenzado a mover los engranajes de una maquinaria impredecible. Está allí en lo explícito y en lo tácito, en la conmovedora humanidad de dos científicos a los que la historia colocó una caja de Pandora en las manos. Y a los que dejó, solos con su conciencia, decidir qué hacer con ella.
Noche y niebla
En uno de sus ensayos, el crítico francés
Serge Daney recuerda a un profesor que, de manera reiterada y como si quisiera exorcizar un pasado demasiado próximo, animaba a sus alumnos a ver Noche y niebla, del cineasta Alain Resnais. 
Serge Daney : Itinéraire d'un ciné-fils Francia DVD: Amazon.es ...
Quizás habría que tomar el ejemplo de ese docente y, además de aquel documental sobre la barbarie nazi, insistir en la visión de otra película de Resnais, realizada en 1959 con guion de Marguerite Duras: Hiroshima mon amour.Hiroshima mon amour (Fuera de colección): Amazon.es: Duras ...
Con ambos films, el realizador había logrado abordar los dos grandes traumas del siglo XX. Posiblemente, los dos hechos por los cuales la humanidad perdió la inocencia, de una vez y para siempre. En parte documental y en parte ficción, Hiroshima... le permitió a Resnais destacar la fragilidad de los destinos individuales frente a las catástrofes históricas. También, realizar uno de los más bellos testimonios fílmicos sobre el difícil ejercicio de la memoria.
“No has visto nada en Hiroshima”, le dice uno de los personajes a la mujer francesa que asegura lo contrario. 
Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima, Hiroshima-shi, Japón ...
Ella visitó cuatro veces el Museo de la Paz, erigido en las proximidades de lo que fue el epicentro de la bomba. Recorrió, uno por uno, los pasillos de esa institución. Contempló las fotos de los cuerpos carbonizados, los jirones de ropa, los anteojos calcinados, los restos de metal quemado. Pero él insiste: “No has visto nada en Hiroshima”. Y la pregunta, décadas después del estreno de ese film, resuena: ¿qué sería, en un planeta herido como el actual, ver Hiroshima?Memorial de la Paz en Hiroshima (Cúpula de Genbaku) - Japón
Quizás, apenas, ver un árbol. En octubre de 1945, en el área más castigada por la bomba y contra todo pronóstico, asomaron pequeños brotes de verde. Ginkgo biloba, diospyros kaki, ilex rotunda, alcanfor. Los hibakujumoku, los sobreviventes de Hiroshima. Fueron 170 árboles los que, en medio de la desolación, nacieron para decir que la continuidad era posible. Aún siguen, en la ciudad japonesa e identificados por placas, brindando su benévola presencia.
Ginkgo biloba: El árbol que sobrevivió a la bomba de Hiroshima ...
En el jardín botánico de Buenos Aires hay uno de ellos. Un ginkgo biloba que hace unos años llegó en forma de semilla, descendiente de un hibakujumoku. En su silencio y belleza, en el esfuerzo de quienes lo preservaron y plantaron para la posteridad, late un gesto que permite mirar hacia adelante.

D. F. I. 

domingo, 22 de marzo de 2020

HISTORIAS DE HORROR Y DE MUERTE,

Cómo la gestión empresarial de los nazis modeló el capitalismo alemán modernoResultado de imagen para nazis

El historiador francés
Johann Chapoutot estudia la figura de Reinhard Höhn, educador de las élites económicas de la posguerra, sumándose a otros autores que subrayan la continuidad entre el nacionalsocialismo y el liberalismo
Los nazis no eran extraterrestres. Eran hombres y mujeres de carne y hueso, como nosotros, pero tampoco eran exactamente monstruos, sino contemporáneos. Así lo escribe el historiador francés Johann Chapoutot en referencia a una figura del nacionalsocialismo que después prosperó en democracia, algunas biografías "tienen casi el valor de una parábola para leer y entender el mundo en el que vivimos”.
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El estudio de aquellos 12 años entre 1933 y 1945, cuando Adolf Hitler tomó el poder en Alemania, persiguió a las minorías, inició la II GM e intentó y casi consiguió el exterminio total de los judíos de Europa, desarrollo una política que terminó con la derrota y la casi destrucción total de su país, durante la ocupación de Francia esta colaboró con la Alemania de Hitler, un enfoque reciente es la exploración de la actualidad del nazismo. El último ejemplo es el ensayo de Chapoutot, Libres d’obéir. Le management, du nazisme à aujourd’hui (Libres de obedecer. La gestión de empesas, del nazismo a hoy, no traducido, publicado en francés en enero por la editorial Gallimard).
Es un libro breve, denso, escrito con nervio y documentado: 142 páginas de texto, 18 de bibliografía y notas. 
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Nos cuenta la historia de Reinhard Höhn (1904-2000), un respetado jurista e historiador militar y del general de las SS. Al terminar la guerra, tras un breve periodo de ostracismo, fundó la escuela de negocios de Bad Harzburg, donde se formarían las élites empresariales de la República Federal Alemana (RFA) y contribuyó de forma decisiva a modelar el capitalismo alemán de la posguerra.
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Libres d’obéir no es una biografía de Höhn, ni un intento de demostrar que la gestión empresarial tenga orígenes nazis, algo que sería falso de acuerdo al el autor, porque ese proceso estuvo presente varias décadas antes. Sí es una disección, mediante de la figura de Höhn, de la continuidad entre los métodos organizativos del nacionalsocialismo, mediante la aplicación de métodos e ideas que Höhn teorizó antes de la guerra y el mundo de la empresa y el liberalismo económico aplico luego.
Chapoutot desmiente en primer lugar, la creencia común que el totalitarismo nazi era estatista, es decir que daba un papel preponderante al Estado, sino que sostiene lo contrario: que el Estado se identificaba con un viejo mundo burocrático y agarrotado y que era la superación de las reglamentaciones absurdas y la liberación de las fuerzas creativas de la comunidad lo que, en una lucha darwinista, permitía el triunfo de Alemania. Esta idea tuvo una traducción administrativa: la creación de multitud de agencias públicas que, fuera del mamut estatal, competían entre sí. Y se tradujo en una nueva organización del mundo laboral que buscaba combinar los objetivos rígidos con la flexibilidad y la autonomía para aplicarlos.
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Höhn, ideólogo del management alemán bajo el nazismo, lo volvió a ser a partir de los años 50 en la Akademie für Führungskräfte, por donde pasaron 600.000 dirigentes de las principales empresas del país. Cayó en desgracia en los años 70 al revelarse su pasado y aparecer nuevos métodos de gestión, pero su impronta no desapareció. Él siguió activo hasta los años 90.
El método de Bad Harzburg prescribía “el management por delegación de responsabilidad”, escribe Chapoutot. El empleado no era un “subordinado” sino “un colaborador”, “una persona que actúa y piensa de manera autónoma”, añade citando a Höhn.
Lo pone en relación con el llamado “ordoliberalismo” y la “economía social de mercado” de la RFA. Y con uno de sus pilares: la Mitbestimmung o codecisión, que permite a los trabajadores tener voz en la gestión de la empresa: la búsqueda del consenso (y del consentimiento del súbdito o el gobernado, la “libertad de obedecer” del título) es clave, según el autor, tanto antes como después de la guerra.
La operación de Chapoutot se fija en un detalle, amplificarlo con lupa y mostrar la “contemporaneidad” o “modernidad” del nazismo y es similar a la que hizo Eric Vuillard en la novela El orden del dia (Tusquets Editores, 2018), premiada con el Goncourt. Vuillard diseccionaba una escena: la reunión, el 20 de febrero de 1933, entre Hitler y los principales empresarios alemanes. Muchas de estas empresas no desaparecieron entre las ruinas de 1945. “No creamos que todo esto pertenece a un pasado lejano”, escribe Vuillard y explica que el hijo de un prohombre de 1933, Alfried Krupp, “se convertirá nada menos que en uno de los hombres más poderosos del Mercado común, el rey del carbón y del acero, el pilar de la paz europea”.
Con rigor y estilo, o echando mano a interpretaciones sesgadas y rozando las teorías de la conspiración, aflora un rasgo común: la asociación de ideas más o menos explícita, entre el mundo de ayer y del hoy, entre el nazismo y el liberalismo, entre el nazismo y la UE.
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Johann Chapoutot es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de París-Sorbona. Especialista en el estudio del nacional socialismo, es autor de "Le National-socialisme et l'Antiquité" (2008) y "La loi du sang: penser et agir en nazi "(2014). Colabora con distintos medios de comunicación, especialmente con el diario "Libération"
.

sábado, 14 de marzo de 2020

HISTORIAS DE HORROR Y DE MUERTE,


Definido como el "alemán ideal" por su físico espectacular: rubio, 1,88 metros, ojos azules y una presencia imponente, Reinhard Heydrich, el verdugo de Hitler, considerado uno de los jerarcas nazis más abyectos, nació el 7 de marzo de 1904. Heydrich era un hombre ambicioso, frío y calculador. Convertido en el jefe de seguridad del Tercer Reich, fue ideólogo de la "solución final" y responsable de llevar a la muerte a millones de judíos.
UN "BRILLANTE" IDEÓLOGO
Heydrich fue el artífice del plan que sirvió para que Alemania tuviera la excusa perfecta para atacar Polonia e iniciar así la Segunda Guerra Mundial. Dentro de la llamada Operación Himler, las SS simularon un ataque por parte del ejército polaco a una estación de radio alemana en la localidad polaca de Gleiwitz, muy cerca de la frontera. En realidad se trataba de media docena de militares alemanes disfrazados con uniformes polacos y liderados por el mayor de las SS Alfred Naujocks.
Una de las acciones más audaces e ingeniosas que se atribuyen a Heydrich fue la de orquestar la Operación Skoblin, que consistía en la falsificación de documentos para implicar a generales rusos –de uno de los cuales, Nikolai Skoblin, tomó el nombre la operación– con los servicios de espionaje alemán. Como resultado de aquella operación, Stalin purgó a casi todo el Alto Mando del Ejército Rojo, debilitando así la resistencia militar de la URSS ante el Tercer Reich.
La principal atribución de Heydrich dentro de las SS fue la de establecer un modus operandi para el Servicio de Seguridad nazi. Trabajando a la sombra de Heinrich Himmler, el Reichsführer-SS, Heydrich estaba obsesionado en descubrir informaciones y denuncias, ya fueran reales o inventadas, puesto que sabía que de lograrlo eso sería su pasaporte para entrar a formar parte de la alta jerarquía del Tercer Reich. Se llegó a decir que en su caja fuerte guardaba documentos que comprometían incluso al propio Adolf Hitler.
Al frente del Sicherheitsdienst, SD o Servicio de Seguridad, vinculado a las SS, Heydrich tenía la tarea de investigar, detener y eliminar a cualquier elemento opositor al régimen. Por ese motivo, el oficial nazi colaboró en la invasión que se estaba llevando a cabo de la URSS, y para ello creó una milicia a la que llamó Einsatzgruppen (grupos operativos), que en realidad eran escuadrones móviles de ejecución formados por por miembros de las SS, SD y otros agentes de la policía secreta de la Alemania nazi, cuya misión era avanzar junto al ejército regular y, una vez tomadas las poblaciones que encontraran en su camino, su objetivo sería exterminar a los elementos que considerasen peligrosos. Se estima que aquellos escuadrones acabaron con la vida de cerca de un millón de personas entre líderes comunistas y gitanos.
Heydrich creó los Einsatzgruppen unos escuadrones móviles de ejecución que acabaron con la vida de más de un millón de personas entre líderes comunistas y gitanos.
"O CONMIGO, O CONTRA MÍ"
Convertido en gobernador (protektor) del protectorado de Bohemia y Moravia, como sustituto de Konstantin von Neurath, para reprimir los constantes alzamientos de la población, Heydrich se ganó el apodo de el "Carnicero de Praga" o la "Bestia rubia", cuando dos semanas después de tomar posesión de su cargo ordenó fusilar a 550 personas consideradas disidentes con el objetivo de mantener así a la población en un continuo estado de amenaza.
La política de Heydrich estaba basada en una máxima muy simple: "O conmigo, o contra mí", lo que hizo de él una de las personalidades más odiadas por los checos, incluso más que el propio Hitler. Las ordenes de Heydrich eran perseguir sin piedad a todos aquellos que se atrevieran a levantarse contra el régimen y premiar a los que colaborasen con él. Junto con su esposa Lina, Reinhard celebraba lujosas fiestas a las que acudían miembros de la sociedad checa que habían dado muestras de "lealtad" al protektor (los cuales eran premiados con dinero, viajes y estancias en hoteles de lujo).
Hermann Goering, Heinrich Himmler y Reinhard Heydrich, tres de los altos cargos nazis más famosos de la historia.
OPERACIÓN ANTROPOIDE
Al darse cuenta de que la oposición checa era ya prácticamente inexistente, el ejército británico decidió acabar con la vida de Heydrich a sabiendas de que las represalias de Hitler serían terribles. La misión, que recibió el nombre de Operación Antropoide, dio inicio el 27 de mayo de 1942. Dos soldados checos, Josef Gabcik y Jan Kubis, integrados en una célula de espías comandada por el teniente checo Adolf Opálk, serían los encargados de llevar a cabo el atentado (aunque sus miembros no podían saber entonces que habría alguien que los iba a traicionar).
Josef Gabcik y Jan Kubis, integrados en una célula de espías comandada por el teniente checo Adolf Opálk, serían los encargados de asesinar a Reinhard Heydrich.
A las 10,30 h. del 27 de mayo de 1942, Heydrich se dirigía a bordo de su Mercedes-Benz descapotable a su cuartel general en el castillo de Hradcany. Era tal la convicción que tenía de que era indestructible, que ni él ni su chófer llevaban escolta y repetian día tras día el mismo recorrido. Cuando el descapotable de Heydrich desaceleró en una curva pronunciada, Gabcik y Kubis abordaron el automóvil. Para desgracia de Gabcik, su metralleta se encasquilló y no pudo disparar, pero Kubis sí logró lanzar una granada de mano que alcanzó la parte posterior del vehículo. Tras la explosión, la metralla y otros restos de la carrocería se incrustaron en la espalda de Heydrich, y aunque el protektor se pudo levantar y trató de perseguir a sus atacantes, sus heridas eran demasiado graves y cayó desplomado. Al enterarse de la noticia, Hitler maldijo la mala costumbre de Heydrich de viajar en un coche descapotable y sin blindaje.
Heinrich Himmler, Heydrich y varios dirigentes nazis posan en una foto de grupo.
UN MAGNICIDIO DE CONSECUENCIAS DESASTROSAS
Heydrich murió el 4 de junio de 1942 a consecuencia de las heridas recibidas en el atentado y por su obstinación en ser tratado por un médico de su confianza en Berlín. La tardanza en iniciar el tratamiento le causó una septicemia que acabó con su vida. El 9 de junio fue enterrado solemnemente en la Cancillería del Reich en Berlín, con la marcha fúnebre de Sigfrido de Richard Wagner de fondo.
La ira de Hitler fue de tal magnitud, que exigió a Himmler que arrasara la pequeña población checa de Lidice, la cual había acogido a miembros de la resistencia que habían colaborado con los autores del magnicidio. Ese día fueron ejecutados 199 hombres, 195 mujeres fueron enviadas al campo de concentración de Ravensbruck y 95 niños fueron arrestados (81 serían asesinados en el campo de exterminio de Chelmno). El precio que tuvieron que pagar los checos por matar al símbolo del poder nazi en su país fue muy elevado.
Ese día fueron ejecutados 199 hombres, 195 mujeres fueron enviadas al campo de concentración de Ravensbruck y 95 niños fueron arrestados.
Los autores del magnicidio, Gabcik y Kubis, fueron delatados por Karel Kurda, un miembro de la resistencia, y tras un largo tiroteo con las fuerzas de las SS, el 18 de junio murieron en su refugio de la iglesia ortodoxa de los santos Cirilo y Metodio en Praga. Kubis fue herido por una granada y murió en el hospital, en cambio Gabcik y otros cinco miembros de la resistencia prefirieron suicidarse. Durante el enfrentamiento también murieron catorce miembros de las SS. Pero el recuerdo al Carnicero de Praga y su terrible legado persistieron. En honor a Heydrich, las acciones para el exterminio total de los judíos polacos recibieron su nombre: Operación Reinhard.

domingo, 26 de enero de 2020

HISTORIAS DE HORROR Y DE MUERTE,


Esta es la historia de las 999 jóvenes trasladadas en el primer transporte oficial a Auschwitz
«Creía que íbamos a la aventura». Las supervivientes del campo de exterminio polaco recuerdan sus vidas como prisioneras.miércoles, 15 de enero de 2020
Por Heather Dune Macadam

Dos de las cinco chicas de esta fotografía —sacada en Humenné, Eslovaquia, en torno a 1936— fueron enviadas a Auschwitz, Polonia, el 25 de marzo de 1942 en el primer traslado oficial de judíos al campo de exterminio. Ni Anna Herskovic (segunda por la izquierda) ni Lea Friedman (cuarta por la izquierda) sobrevivieron.
«Abrimos y cerramos Auschwitz», afirma Edith Grosman. Edith y yo estamos en una habitación de hotel de estilo soviético en esta pintoresca localidad eslovaca. Fuera, los picos nevados del Alto Tatra acechan en la distancia. Dentro, Edith, que ahora tiene 95 años, habla de los acontecimientos fatídicos que le cambiaron la vida.
«Una mañana, nos levantamos y fuera vimos carteles pegados a las paredes de las casas que anunciaban que todas las chicas judías, chicas solteras de más de 16 años debían ir al colegio el 20 de marzo de 1942 para trabajar», relata Edith, flexionando sus manos artríticas y dando palmaditas en el aire.

Esta foto de los hijos Friedman se sacó en Humenné en torno a 1936. De izquierda a derecha: Herman, Edith, Hilda, Ruthie, Lea, y el pequeño, Ishtak.
Edith Friedman, que entonces solo tenía 17 años, soñaba con ser médica; Lea, su hermana de 19 años, quería ser abogada. Pero esas aspiraciones quedaron frustradas dos años antes, cuando la Alemania de Hitler anexionó Eslovaquia. El gobierno colaboracionista de la República Eslovaca empezó a aplicar leyes draconianas contra los judíos, como la que revocaba su derecho a la educación después de los 14 años. «Ni siquiera podíamos tener un gato», cuenta Edith, levantando las cejas con incredulidad.
Edith hace una pausa y suspira profundamente recordando aquel decreto. «Mis padres tenían dos chicas listas para ir».
Edith recuerda que su madre, Hanna, objetó: «Dijo: “¡Es una mala ley!”».
Pero las autoridades de su localidad, Humenné, aseguraron a los padres preocupados que las niñas trabajarían como «voluntarias contratadas» en una fábrica de botas para los soldados. Así que Hanna metió las escasas pertenencias de sus hijas en bolsas y mandó a Edith y Lea a registrarse como parte de esta nueva mano de obra femenina. Pensó que volverían a la hora de comer.
Edith reconoció a la mayoría de las casi 200 mujeres, muchas de ellas adolescentes, que estaban haciendo cola. «Humenné era una gran familia, todo el mundo se conocía», cuenta. Las autoridades locales y el personal militar dirigían el registro, pero entre ellos había un hombre con el uniforme de las SS, la Schutzstaffel (Escuadras de Protección). «Me pareció raro que un SS estuviera allí», explica Edith.
Después de darles sus nombres, un médico ordenó a las chicas que se desnudaran para un chequeo. Desvestirse frente a hombres desconocidos era algo inaudito, pero ¿quiénes eran ellas para cuestionar a la autoridad? «No fue un chequeo real», dice Edith. «No rechazaron a nadie».
Los padres se habían congregado frente a la escuela. La hora de comer pasó y se preguntaron por qué tardaban tanto un viernes, cuando las familias se preparan para el sabbat, el día sagrado de los judíos. Entonces, alguien se dio cuenta de que los guardias habían sacado a las niñas por una puerta trasera y las estaban conduciendo hacia la estación de tren. Los padres inquietos los persiguieron, gritando sus nombres y exigiendo saber a dónde se llevaban a sus hijas. Nadie les dijo nada.

De las nueve chicas judías de esta foto de clase sacada en la escuela de Humenné, solo tres sobrevivieron al Holocausto. Edith Friedman está en la fila superior, segunda por la izquierda.
En la estación, subieron a las niñas a vagones de pasajeros sin darles la oportunidad de despedirse de sus padres. Edith pudo oír la voz de su madre entre la multitud: «Lea no me preocupa nada, pero Edith es minúscula». La familia siempre decía en broma que los vientos de las montañas se llevarían por delante a la menuda Edith si no tenía cuidado.
Mientras el tren salía de la estación, las chicas mayores intentaron sostener a las pequeñas. «Pensé que íbamos a la aventura», me contó una de las amigas de Edith, Margie Becker. «Cuando vimos las preciosas montañas, los montes Tatra, todas cantaron “The Beautiful Mountains” y el himno nacional de Eslovaquia».
En Poprad, a unos 120 kilómetros al oeste de Humenné, Edith y sus amigas se bajaron del tren y las condujeron a barracones vacíos. Al día siguiente, los guardias las pusieron a trabajar limpiando los barracones. «Pensábamos que a lo mejor era eso. Quizá ese era el trabajo que teníamos que hacer», afirma Edith. Después llegó otro tren cargado de jóvenes. Al día siguiente, llegaron más trenes de la región circundante, llena de chicas judías solteras.
Cinco días después de la llegada del grupo de Edith, casi mil chicas habían llegado a Poprad. Los guardias les ordenaron hacer el equipaje. Mientras pasaban frente a los barracones, vieron vagones de ganado dispuestos sobre las vías del tren. «Estábamos llorando. Y muy asustadas», afirma Edith.
Edith cuenta que se resistieron cuando les ordenaron subirse a los vagones y los guardias las apalearon hasta que se montaron en aquellas cajas húmedas y fétidas. «Estaba con mi hermana y nuestras mejores amigas, queríamos estar juntas», explica. «Dentro no había nada. Ni un cubo. Ni agua. Nada. Solo una ventanita». Edith dibuja un rectangulito con los dedos para mostrar lo pequeña que era la ventana. «Y cerraron por fuera».

Esta fotografía de Edith Grosman, que entonces tenía 92 años, se sacó en Poprad, Eslovaquia, el 24 de marzo de 2017, la víspera del 75º aniversario del primer transporte oficial a Auschwitz.
No tenían ni idea de a dónde iban, pero pese al miedo que sentía Edith, le reconfortaba estar con Lea y Margie, de la tienda del barrio; Adela Gross, con su ardiente pelo rojo; Anna Herskovic, que adoraba ir al cine con Lea; y otras chicas a las que conocía del colegio, la sinagoga y el mercado.
Tras horas de trayecto, en plena noche, el tren se detuvo en la frontera entre la Polonia ocupada y Eslovaquia. Se había completado una transacción secreta entre dos gobiernos: los eslovacos habían pagado a los nazis 500 marcos imperiales (unos 225 euros) por cada joven capturada como mano de obra esclava. Y así llegó al extremo sudoccidental de Polonia el primer envío oficial por ferrocarril de las víctimas de la «solución final» de Hitler.
La vida —y la muerte— en Auschwitz
¿Por qué comenzó con 999 chicas el plan de Hitler de erradicar a los judíos con campos de trabajos forzados en Polonia? El gobierno fascista quería eliminar a las portadoras fértiles de la próxima generación de judíos, pero además, según el historiador eslovaco Pavol Mešťan, era más sencillo hacer que las familias entregaran a sus hijas que a sus hijos. Asimismo, Mešťan explica que se creía que las niñas harían que sus familias las siguieran a los campos de reubicación, donde los judíos estaban siendo «trasladados» o «reinstalados», eufemismos nazis que querían decir «asesinados».
Cuando el tren se detuvo, Edith, Lea y sus amigas se toparon con lo que parecía ser un páramo, nada salvo nieve hasta donde alcanzaba la vista. «Era un lugar vacío, no había nada», exclama Edith.

Cuando Edith Friedmann y las otras jóvenes llegaron a Auschwitz, al principio no se dieron cuenta de que eran prisioneras. Pero Edith se preguntó por qué había alambre de espino alrededor de los barracones. El campo de exterminio, que vemos en la foto en 1990, se ha preservado como monumento conmemorativo.
Los guardias ordenaron a los hombres de uniformes a rayas que usaran palos para bajar a las mujeres del tren. Un superviviente polaco recuerda cómo susurraban a las niñas: «Rápido, no queremos haceros daño». Tras casi 12 horas en el gélido vagón, Edith y las demás tuvieron dificultades para transportar sus pertenencias por los campos nevados hacia lo que una superviviente describió como «cajas y luces parpadeantes». Hasta ahora, Auschwitz había sido un campo de concentración para hombres, la mayoría prisioneros de guerra y miembros de la resistencia. Edith no tenía ni idea de que los hombres con palos eran prisioneros. Tampoco era consciente de que era prisionera, aunque sí se preguntó por qué había alambre de espino.
Mientras las niñas entraban en el campo, Linda Reich, una de las supervivientes a las que entrevisté, susurró a una amiga: «Esta debe de ser la fábrica donde vamos a trabajar». La estructura era una cámara de gas.
Durante los tres años siguientes, se construyeron cinco cámaras de gas y crematorios dentro de un complejo de barracones que abarcaba 40 kilómetros cuadrados. Aunque la cámara que Reich había señalado aquel día de marzo no empezó a funcionar hasta julio, los nazis tenían otros métodos para matar a las jóvenes. Una dieta mísera de casi 600 calorías al día combinada con trabajos agotadores que incluían demoler edificios y vaciar pantanos con sus propias manos las dejaba exhaustas. «Empezaron a morir niñas», afirma Edith.
“¿Para qué sobrevivimos si no para contarlo?”
POR EDITH GROSMAN, SUPERIVIVIENTE DE AUSCHWITZ

Edith prosigue con voz suave y reflexiva: «Algunas personas dicen que los ángeles tienen alas. Mis ángeles tenían pies». Uno de los trabajos menos arduos del campo era clasificar las ropas y las pertenencias para nuevos prisioneros. A Margie Becker se le había asignado esa tarea y, cuando a Edith se le rompieron los zapatos, Margie le trajo un buen par. «Los zapatos pueden salvarte la vida», afirma Edith.
Pero los zapatos no bastarían para salvar a la hermana de Edith. En agosto de 1942, las mujeres fueron trasladadas a otro campo del complejo de Auschwitz: Birkenau. Las condiciones de vida eran pésimas y enseguida se desató una epidemia de tifus en los bloques de hombres y mujeres, matando tanto a prisioneros como a guardias de las SS.
Cuando Lea enfermó, formaba parte de un destacamento de trabajos forzados que la obligaba a estar en agua fría todo el día limpiando fosos. Durante semanas, Edith le dio a Lea su sopa porque Lea no podía tragar el pan. Después, su hermana ni siquiera fue capaz de levantarse. Tenía fiebre.
De algún modo, Edith había tenido la suerte de ser asignada al grupo que clasificaba la ropa y una tarde, tras volver a su bloque después de trabajar, se enteró de que habían trasladado a Lea al Bloque 22, el ala de enfermos. Nadie salía del Bloque 22, donde los prisioneros eran almacenados hasta que los camiones los transportaban a las cámaras de gas.
Un día, Edith entró sigilosamente y se encontró a Lea, que yacía sobre el suelo de tierra. «Le sostuve la mano, la besé en la mejilla. Sabía que podía oírme. Estaba sentada con ella, contemplando su preciosa cara y sentí que tenía que ser yo y no ella. La culpa del superviviente nunca desaparece».
Al día siguiente, el 5 de diciembre, era el sabbat de Janucá. Edith se coló otra vez en el Bloque 22 antes de ir a trabajar. Lea aún estaba en el suelo. Estaba «consumiéndose», cuenta Edith. «Hacía mucho frío. Estaba en coma». Edith no tuvo más remedio que abandonar a su hermana.
Aquel día, los nazis tomaron medidas para sacar del campo a los prisioneros enfermos de tifus. Cuando el grupo de Edith volvió del trabajo, les ordenaron que se desvistieran y marcharan desnudas por las puertas frente a los guardias de las SS. Las mujeres con las reveladoras manchas del tifus fueron conducidas a las cámaras de gas.
La imagen dentro del recinto dejó a Edith atónita. «El campo estaba vacío», cuenta. La superviviente Linda Reich recuerda que en su bloque solo quedaban 20 mujeres de las mil que habían estado allí aquella mañana. Las habían llevado a todas a las cámaras de gas. Lea estaba entre ellas.
Edith no quería vivir una vida sin Lea, pero era una luchadora. «¿Por qué sobrevivimos si no para contarlo?», dice. Para Edith, el coraje para seguir luchando —la voluntad de sobrevivir— se debió a uno de sus ángeles con pies, Elsa Rosenthal, de 16 años. Las Lagerschwestern, hermanas de campo, eran como hermanas reales para las mujeres que necesitaban que alguien las cuidara, sobre todo tras la muerte de una hermana o hermano. Elsa, la hermana de campo de Edith, se aseguró de que Edith comiera. Durmió junto a Edith por la noche para que entrara en calor. También le dijo a Edith: «Yo puedo sobrevivir sin ti».
«Así que tuve que vivir», cuenta Edith.
La salida de Auschwitz: «la sangre había teñido la nieve de rojo»
Casi tres años después de llegar a Auschwitz siendo adolescentes, Edith y las pocas amigas que sobrevivieron se enfrentaron a una última prueba. Los nazis planeaban evacuar el campo y huir del ejército soviético que se acercaba. En la distancia, los cielos se teñían cada noche de rojo y dorado mientras Cracovia ardía. El 18 de enero de 1945, en plena ventisca, los últimos prisioneros de Auschwitz fueron conducidos hacia la frontera alemana en lo que pasaría a denominarse «marcha de la muerte». Se estima que 15 000 prisioneros del complejo de campos de Auschwitz murieron en marchas de varios días por Polonia hacia los pasos fronterizos de Alemania.
De todos los horrores y obstáculos que sufrieron las niñas del primer transporte, «este fue el peor», dice Edith. «La sangre había teñido la nieve de rojo». Si un prisionero tropezaba y caía, le disparaban. La sororidad pendía de un hilo. Si una de sus amigas caía en la nieve, Elsa y Edith la levantaban antes de que un soldado de las SS le disparase. Cuando Edith creyó que no podría dar un paso más, su amiga de la infancia Irena Fein la instó a seguir. No había comida y dormían en graneros. «Con mi pierna, cojeando todo el camino, ¿cómo sobreviví cuando otras que estaban sanas no lo lograron?», se pregunta Edith.
Los soldados soviéticos liberaron Auschwitz el 27 de enero de 1945. Encontraron a 7000 prisioneros esqueléticos, 4000 de ellos mujeres, y cientos de muertos abandonados. Durante las semanas siguientes, cientos más sucumbirían al hambre y las enfermedades.
Por su parte, los alemanes esclavizaron a Edith y a miles de supervivientes más en Ravensbrück —el infame campo de exterminio de mujeres— y en campos como Bergen Belsen, en Alemania, y Mauthausen, en Austria. El hacinamiento y el hambre pusieron en peligro sus vidas. Linda Reich recuerda que cuando se derramaba una olla de sopa, las mujeres se arrodillaban e intentaban lamerla.

Lea, que falleció en Auschwitz el 5 de diciembre de 1942, falta en esta feliz reunión de la familia Friedman en Israel en 1963. De izquierda a derecha: Herman, Edith (sacando la lengua), Margita (hermana mayor de Edith), Ruthie (hermana pequeña de Edith), Hilda e Ishtak. Sus padres, Hanna y Emmanuel, están delante.
Edith y Elsa fueron trasladadas a un campo de trabajos subsidiario donde repararon pistas de aterrizaje que los Aliados bombardeaban continuamente. Edith cuenta que cuando los aviones atacaron el complejo y los guardias de las SS corrieron hacia los búnkeres, los prisioneros fueron corriendo a la cocina: «Tuvimos una vida mejor. Conseguimos comida».
El 8 de mayo de 1945 se declaró el armisticio en Europa. De las 999 jóvenes del primer transporte a Auschwitz, se estima que menos de 100 sobrevivieron para ver la libertad, entre ellas ocho de las amigas de la infancia de Edith. Edith y Elsa tardaron seis semanas en regresar a su hogar en Eslovaquia. Allí, Edith se enfrentó a otra prueba. Había contraído tuberculosis osteoarticular en Auschwitz y, tras la liberación, cayó gravemente enferma. «Auschwitz me dejó con una discapacidad física», cuenta. «A Elsa, con una discapacidad psicológica», condenada a vivir con miedo y ansiedad el resto de su vida.
Pese a su enfermedad, Edith cuenta que «albergaba mucha esperanza por el mundo, por la humanidad, por nuestro futuro. Pensé: “Ahora el mundo cambiará”». También se había enamorado. En 1948, se casó con el guionista y novelista Ladislav Grosman, cuya película La tienda de la calle Mayor ganó el Óscar a la mejor película extranjera en 1965. Ladislav falleció en 1981.
Aunque el sueño de Edith de ser médica se había visto frustrado, terminó el instituto y trabajó como bióloga investigadora en la Checoslovaquia comunista y, más adelante, en Israel. Ahora vive en Toronto, Canadá, cerca de sus hijos y nietos.
«He vivido en pequeños infiernos, pero también en pequeños paraísos», dice Edith sobre su vida. «He vivido de todo en esta Tierra».
Pero 75 años después de Auschwitz, a Edith le preocupa que el mundo no haya estado a la altura de la esperanza que sintió en 1945. El antisemitismo está aumentando. Los delitos de odio contra las minorías aún frecuentan las noticias. «¿Por qué todavía hay guerras?», pregunta. «Por favor, deben comprenderlo: en una guerra no hay ganador». Su voz es frágil pero urgente. «Una guerra es lo peor que puede pasarle a la humanidad».

jueves, 26 de diciembre de 2019

HISTORIAS DE HORROR Y DE MUERTE,

El hijo del 'virrey' de Hitler en Polonia explica la oscura historia de su padre: "Él fue responsable de todas las muertes"
Niklas Frank tiene 80 años y una importante misión: evitar que Alemania caiga en la autocomplacencia histórica. Este escritor, editor, periodista y educador lleva algo más de tres décadas aclarando el papel que jugó su padre en el III Reich.
Él es hijo del que fuera el gobernador alemán de la Polonia ocupada por los nazis, Hans Frank. Al padre de Niklas Frank se le conocía como el “rey” nazi de Polonia, un cargo que ocupó entre 1939 y principios 1945. De Niklas Frank y sus hermanos se podría decir que fueron 'príncipes' del nazismo en Polonia durante la ocupación.“

Mi padre, políticamente hablando, era el representante de Hitler en Polonia. Cuando Alemania ocupó Polonia, Hitler llamó a mi padre y le dijo: 'usted se ocupará de la gestión de civil del Gobierno allí'”, cuenta Niklas Frank. “Mi padre fue responsable de todas las muertes de inocentes ocurridas en Polonia, de polacos y judíos. Mi padre organizó todo eso. Políticamente, es un asesino de millones de personas”, añade este hombre afincado en los alrededores de la ciudad de Itzehoe (norte alemán).
Su padre fue, de hecho, condenado el 1 de octubre de 1946 a la pena de muerte en los juicios de Núremberg por crímenes de guerra y contra la humanidad. Su cadáver fue incinerado, al igual que el de otros condenados en Núremberg. Sus cenizas fueron repartidas por el río Isar, para evitar que, enterrándolo en algún lugar concreto, se diera lugar a un destino de peregrinación de nazis, neonazis y demás afines al totalitarismo de extrema derecha.
Por destinos como el del padre de Niklas Frank, por el importante número de monumentos levantados en honor a las víctimas del nazismo, así como por la ingente cantidad exposiciones y museos dedicados a la formación sobre la funesta obra del III Reich, a la Alemania de nuestros días se la suele considerar un ejemplo en materia de “memoria histórica”.
 No en vano, el Código Penal alemán presenta dos artículos, el número 86 y el número 130, que prohíben respectivamente la “difusión de propaganda de organizaciones anticonstitucionales” y “glorificar o justificar la tiranía nazi”.
Además, ya en la Constitución alemana, la Ley Fundamental del 23 de mayo de 1949, se establece el compromiso del Estado de velar por “la dignidad del ser humano”. En todo ello puede verse parte del inmenso trabajo institucional llevado a cabo en Alemania para no olvidar el nazismo y sus horrores. Ese trabajo, sin embargo, no es suficiente para Niklas Frank.
“La gran mayoría de los alemanes no tiene el más mínimo interés en destapar lo que sus padres y lo que sus abuelos hicieron en el III Reich. No se preguntan dónde estuvieron activos o si eran antisemitas. Todo eso estaba y está tapado”, dice Frank. “Los historiadores alemanes se han ocupado de estudiar todos y cada uno de los crímenes de las grandes figuras del nacionalsocialismo. Pero cada uno puede leer y mirar los archivos sobre la desnazificación, sobre las culpas de cada cual, aunque la gran mayoría de los alemanes no quiere saber nada de este tema”, abunda.

Un padre “frío” y “calculador” que hizo carrera hasta lo más alto de la Alemania nazi
Son excepción los que, como él, se han enfrentado al oscuro pasado nazi de sus familias. Son ya varios los libros que Niklas Frank ha publicado sobre su familia y el papel que jugó durante el III Reich. Ese trabajo comenzó con la publicación en 1987 del libro sobre su padre, Der Vater: Eine Abrechnung (Ed. C. Bertelsmann) o “El padre: un ajuste de cuentas”. Con él, Frank fue el primero – o de los primeros – hijos de prominentes nazis que escribieron sobre sus familias. Otro buen ejemplo es Roland von Schirach, hijo de Baldur von Schirach, líder de las Juventudes Hitlerianas entre 1931 y 1940 y en su día condenado a 20 años de cárcel en los juicios de Núremberg por crímenes contra la humanidad.
Niklas Frank tenía claro desde que cumplió la veintena de años que algún día escribiría sobre su padre. “Yo tenía una rabia interna muy grande. Y yo quería liberarme de esa rabia, por eso escribí el libro”, asegura Frank. Parte de esa rabia viene de que su padre no creía que Niklas fuera hijo suyo. “Mi madre era una mujer libre y mi padre creía que yo era hijo de su mejor amigo, Karl Lasch, en fin, eso creía él”, dice Niklas Frank de sus padres. Su madre, Brigitte Frank – sobre quien escribió el libro Meine Deutsche Mutter (Ed. C. Bertelsmann, 2005) o “Mi madre alemana” – tenía bastante en común con su marido. Su hijo, el menor de cinco niños, define a ambos como “calculadores”.

“Mi padre era un carrerista calculador. Una de las personas que lograron llegar a lo más alto en la Alemania nazi. Mi madre también era una persona calculadora. Utilizó su posición como mujer de un hombre influyente”, comenta. Con su madre, sin embargo, Frank no se muestra tan duro, aunque en el libro que escribió sobre ella no arroja dudas. En dicho volumen queda claro que su madre era una “persona horrible”, según los términos empleados por la crítica literaria del periódico Frankfurter Rundschau cuando se ocupó de ese libro.
“Yo conocí a mi madre después de la guerra, cuando no tenía ni coche, ni chófer, ni baño propio, cuando nos hicimos pobres dado que se nos expropió todo. Ella se ocupó de sus cinco hijos, fue secretaria, trabajó e hizo mucho dinero con el libro que ella escribió sobre su marido, porque todavía quedaban muchos nazis en todas partes en Alemania”, comenta Niklas Frank, el único miembro que queda con vida de los siete integrantes que tuvo la familia del 'virrey' de Hitler en Polonia.
A su padre, Niklas Frank lo conoció poco siendo niño. “Personalmente, el único momento íntimo, la única escena bonita que recuerdo, y en la que me dije: 'soy el hijo de este hombre', es cuando un día se estaba afeitando en su casa de Cracovia. Me puso un poco de su espuma en la punta de la nariz”, cuenta. “Me acuerdo bien porque fue un momento en el que me dije que me sentí querido por mi padre, algo que desea todo niño”, añade.

Muchos de sus recuerdos de “niño observador” – según se describe a sí mismo Frank – permanecieron décadas conservados en su memoria para después quedar escritos en sus libros y recordados en las conferencias que da en colegios, institutos y asociaciones culturales sobre los horrores del III Reich. Sólo cuando comenzó a asomar a los 50 años, Frank se sentó a escribir sobre el hombre de Hitler en Polonia que fue su padre. “Antes de escribir sobre todo esto yo quería construir mi propia vida”, asegura Frank. Y vaya si lo hizo.
Antes de escribir sobre su padre, su familia y sus años en Polonia, un Niklas Frank que disimulaba su procedencia porque con los sucesivos matrimonios de su madre fue acumulando apellidos desde edad temprana – su nombre completo es Niklas Frank Müller Becker – pudo hacer carrera como periodista. Trabajó 23 años en la revista Stern, para la que llegó a ser reportero en países en conflicto y zonas en crisis. También ejerció unos años un cargo de responsabilidad en la edición alemana de Playboy.

De su experiencia en la revista de Hugh Hefner, Frank habla de cómo le pudo ser útil en las investigaciones que terminaría desarrollando sobre su familia. “En Playboy había una ley para las entrevistas: 'En el primer día, el entrevistado miente. En el segundo día, trata de huir de la conversación con excusas. En el tercer día, está tan nocaut, que cuenta la verdad'”, mantiene. Este tipo de planteamientos debieron estar presentes en las innumerables investigaciones que hizo para hacerse con una idea de quién era realmente su padre.
“Para conocer a mi padre, hablé con todos sus familiares vivos. Muchos mentían y acabé diciéndoles: 'eh, escucha, ahora me cuentas la verdad'. Así me hice una idea de cómo era mi padre. También junté todo tipo de documentos. Hice muchas entrevistas a los que estaban a sus órdenes como funcionarios que luego hicieron carrera en la Alemania Occidental, incluido su chófer”, explica Frank. En el archivo que tiene sobre su padre se acumulan unas 50 carpetas y abundante material gráfico.
Sin embargo, su padre, muerto ya hace más de 70 años, todavía parece estar muy presente en la vida de este hombre. Al menos eso dice Frank cuando escucha a los líderes del partido de ultraderecha alemán Alternativa para Alemania (AfD). En esta formación, sus líderes han dicho cosas como que “Hitler y los nazis sólo son una cagada de pájaro en los más de 1.000 años de exitosa historia alemana”, según los términos de Alexander Gauland, líder de AfD y co-presidente del grupo parlamentario de esa formación en el Bundestag.
Aliado de Gauland es el prominente Björn Höcke, un líder de AfD en la región de Turingia que ha causado escándalo llamando “monumento de la vergüenza” al Monumento a los Judíos de Europa asesinados por el III Reich de Berlín.
 Höcke es de los que desea en AfD un cambio de 180º grados en la alabada cultura de la memoria histórica germana. Niklas Frank se revuelve al pensar en este tipo de propuestas. A su entender, en las familias de Alemania, los esfuerzos por saber sobre la relación de los familiares con los horrores nazis brillan por su ausencia.
“Tras la Segunda Guerra Mundial, hubo millones de familias sin padres. Todo el mundo tuvo que empezar de cero y todo el país estaba en ruinas por los bombardeos. Fue difícil. Pero luego, los alemanes volvimos a ser ricos a través de la industria y demás. Y a nadie se le ocurrió hacer ese trabajo de investigación sobre la relación con los nazis de cada familia, salvo un puñado de personas”, sostiene Frank. El destaca en ese selecto grupo.

domingo, 22 de diciembre de 2019

HISTORIAS DE HORROR Y DE MUERTE,


La gran mentira nazi: convencer al pueblo alemán de que los judíos tenían la culpa de todas las desgracias de la humanidad
Existe una famosa frase que indica que «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad», la cual le es atribuida a Joseph Goebbels, Ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich alemán, aunque no existen evidencias de que fuese pronunciada realmente por este jerarca nazi. El mensaje de la mencionada frase encaja perfectamente con el espíritu y manera de pensar en el ideario nacionalsocialista de Adolf Hitler y sus secuaces y, por tanto, podría aplicarse perfectamente a cualquiera de ellos.

Mucho se ha escrito sobre los fundamentos en los que se cimentó el ideario nazi y cómo éste fue calando poco a poco en la sociedad alemana, siendo el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) una organización sin apenas apoyos y que recibía el rechazo de la mayoría de los germanos por sus posturas ultra derechistas, que obtuvo un escaso 3 % de los votos en las elecciones de diciembre de 1924 y en apenas una década llegó a alcanzar el poder, en noviembre de 1932 obtuvo el 33 % de los votos y cuatro meses después, en marzo de 1933, en unas nuevas elecciones llegó al 43,91% del respaldo electoral.

En siguientes elecciones, ya habiéndose instaurado el Tercer Reich, el porcentaje de electores que los votaron llegó a alcanzar el 99 %, pero, evidentemente, se sabe que esas cifras fueron consecuencia del nivel de miedo por parte de un gran sector de la población y el adoctrinamiento de la otra parte. A través de los años que han pasado desde entonces y gracias a numerosos estudios, por parte de historiadores y sociólogos, se ha podido determinar cuál fue el punto de inflexión que hizo cambiar de opinión a toda una nación para que en las primeras elecciones en las que dio el respaldo masivo estuviesen convencidos de que el NSDAP de Hitler era la mejor opción política para la nación.
Hoy en día se habla mucho del lenguaje populista de ciertas formaciones políticas e incluso de las ‘fake news’ que se comparten masivamente a través de las redes sociales, siendo la mayoría de ellas puestas en circulación desde los canales de difusión de algunos partidos políticos u organizaciones afines.
Pero estos no son unos inventos modernos, ya que gran parte del triunfo nazi se basó en esas dos premisas: mensajes populistas de gran calado entre la población y mentiras hacia diferentes colectivos (judíos, homosexuales, comunistas…) haciéndoles responsables de las graves crisis que había padecido Alemania en las últimas décadas.

Uno de los colectivos más perjudicados y al que se le señaló como el máximo responsable de las desgracias germanas e incluso de los perores momentos de la Historia de la humanidad fue a los semitas. Desde el Ministerio para la Ilustración Pública y Propaganda que dirigía Goebbels, se estuvieron filtrando innumerables mensajes que iban calando en la población alemana. Se utilizaba cualquier conversación en una taberna, centro de trabajo, en la sala de espera de un consultorio médico o en cualquier estación ferroviaria. Cualquier lugar con numerosas personas era idóneo para que, alguien afín al régimen nazi, soltase cualquier comentario señalando a los judíos como los culpables de cualquier desgracia: el desempleo, la inseguridad ciudadana, la escasez de alimentos… todo se le achacaba al pueblo judío.

Se llegó a tergiversar los hechos sobre por qué el Imperio Alemán perdió la Primera Guerra Mundial, atribuyendo a turbios intereses semitas el fracaso en la Gran Guerra. Incluso una de las leyendas que más se llegó a difundir era la que afirmaba que, durante la Edad Media, se cometieron cientos de asesinatos de niños cristianos por parte de personas judías con el fin de hacer rituales y que la sangre de aquellas inocentes criaturas era utilizada para elaborar un pan sin levadura que se comía durante la Pascua judía. La mentira fue ampliamente compartida de boca a boca y docenas de miles de alemanes se lo creyeron a pies juntillas, motivo por el que el genocidio judío por parte del nazismo durante el Tercer Reich llegó a recibir tanto apoyo de la ciudadanía.
Después de terminada la guerra cuando la maldad se puso a la vista de todo el mundo, los alemanes dijeron que no sabían y con el tiempo plantearon la idea que fueron los nazis no los alemanes los responsables de las barbaridades cometidas, eso también es una mentira. TODOS SABÍAN.

domingo, 24 de noviembre de 2019

HISTORIAS DE HORROR Y DE MUERTE,

La Germania de Adolf Hitler. Una vision megalomana del culto a la muerte
Soy de las afortunadas que han tenido la suerte de conocer bastante bien Alemania, la he recorrido de punta a punta, unos 21.673 kilómetros durante casi 60 días y recuerdo que en uno de esos recorridos en Munich, tuvimos las oportunidad de conocer el gran recinto de reuniones de los nazis para conmemorar sus fechas importantes, en ese enorme lugar había una importante exposición del arquitecto de Hitler, Albert Speer, una figura que tuvo un comportamiento muy discutible de colaboración con Hitler, incluso algunos estamos convencidos que su eficiente trabajo al frente del Ministerio de Producción permitió que los Nazis continuarán la guerra por más tiempo.

Recreación del interior del Capitol de Germania, destinado a ser el edificio cubierto más grande del mundo.
Los franceses tienen un dicho: “Comprender es perdonar”; pero en el caso de las cuestiones vinculadas a Hitler “comprender es condenar”, es inútil negar que las ambiciones satánicas de Hitler, sus asesinatos, sus crueles esclavizaciones y su culto a la muerte, fueron facilitados en gran medida por el arte. Una manifestación de ello fueron los uniformes alucinantes, diseñados por Hugo Boss, junto con edificios asombrosos y las impresionantes máquinas de guerra, el proyecto demencial nazi era malvado, pero para Speer, la gente mala puede hacer cosas buenas. Un cínico relativista en toda regla
Speer, era un arquitecto cuyo estilo y filosofía tendían un puente entre el clasicismo tradicional y el funcionalismo moderno y se transformó en un sirviente de Hitler cuando lo escucha en un discurso en 1931, donde tuvo la certeza que estaba ante el creador del nuevo constructor del edificio en él se construiría una nueva Alemania, más fuerte y vital.
Speer no calificaba como el típico matón nazi ignorante, era un oficial de clase, un caballero, más allá de los dudosos principios morales que lo guiaban

Maqueta de Germania, la Capital Imperial soñada por Hitler y cuyo proyecto, que encargó a Speer, se detuvo para atender los costes de la guerra.
Como arquitecto de Hitler, Speer recibió el encargo de crear Germania, una reinvención de Berlín concebida por un megalómano que tenía como ideal a Babilonia y Roma,ello llevo a Speer a diseñar maquetas de como sería el centro simbólico y práctico del nuevo imperio alemán global, en donde se remodelaría Berlín desde sus cimientos.
La modestia no tenía cabida alguna en su concepción, su trabajo fue la materialización del esplendor que debía recorrer la nueva urbe por donde transitara el visitante, para ello se contemplaron avenidas ceremoniales y pragmáticas autopistas que serian esenciales en la visión que Hitler porque desde ellas se extendería el concepto de dominación global a partir de 1950, cuando la monumental obra estaría cerca de concluirse.

Maqueta a escala del Capitolio de Germania. Se puede comprobar el colosal tamaño de la construcción basta comprarla con el edificio situado a su derecha, la Puerta de Branderburgo de Berlín, de 26 metros de altura.
La capital imperial debía debía tener un Arco del Triunfo inspirado en el de París, pero mucho mayor, pues en opinión de Hitler, Napoleón no era más que un enano y la Cancillería de Speer había sido proyectada para doblar en tamaño a la Galería de los Espejos de Versalles, de ese modo se reflejaba el gran ego frustrado de Hitler, pero la ironía de la superioridad alemana de Germania debía ser construida con granito sueco importado.
Al final, poco de Germania se pudo llevar a término, Speer llegó a presentar una calzada que iba de Este a Oeste, algo que fue posible gracias a un cruel y ambicioso programa de demolición, una acción que se realizó para el 50 cumpleaños del Führer de 1939, pero para 1943, la guerra acaparaba todos los esfuerzos y se detuvo el desarrollo. Y cuando el Ejército Rojo invadió Berlín, uno de sus objetivos fue la total destrucción de la Cancillería de Speer.
Hitler, fue un artista muy mediocre, pero también un arquitecto frustrado por su escaso talento, pero encontró la forma para encontrar seguidores que forma convincente articularan su demente visión de futuro.

Sus primeras inspiraciones fueron las producciones de Wagner que vio de adolescente y desde ese momento, quedó hipnotizado por los espectáculos de luz y fuego. Con estos artefactos teatrales, como Fafner en Parsifal, Hitler se transformó, de un pequeño gusano desagradable, en un monstruo aterrador.
Hay importantes testimonios de su entusiasta participación en presentaciones de diseño, haciendo intervenciones decisivas con sus propios bocetos. Se decía que podía retener en su cabeza los detalles de hasta 15 proyectos arquitectónicos diferentes a la vez. Un compañero en un viaje en tren de Múnich a Berlín coincidió con el Führer que iba charlando sobre la Puerta del León en Micenas, la Puerta de Ishtar en Babilonia, el Propileo de la Acrópolis de Atenas y la Puerta Roma, el arco triunfal de Federico II, en Capua.
El trabajo de Speer fue satisfacer a su empleador y más allá de la gran fantasía de la Germania, Speer levantó una teatral Catedral de Luz, primero en Tempelhof, luego en Nuremberg, para ello requirió prácticamente todas las existencias de reflectores de la Luftwaffe, ubico a 130 de ellos espaciados a intervalos de 12 metros, disparando vigas verticales a más de 7.600 metros de altitud. El efecto estético, anotó Speer, “superaba todo lo que yo había imaginado”.

Como arquitecto, Speer se basó en una fórmula de columnatas clásicas (despojadas de detalles arqueológicos), cornisas enfáticas y pórticos, inspiradas en Schinkel, pero con un tope de 11. Su mayor edificio fue el pabellón alemán para la Exposición Internacional de París de 1937. Como el pabellón soviético de B. M. Iofan, era de un neoclasicismo lumpen.
Los regímenes autoritarios tienden a hacer réplicas de mano dura de la arquitectura de la Atenas democrática de Pericles, pero Speer muy probablemente exageró su papel como diseñador interno de Hitler. El Führer era a menudo el padre de los conceptos arquitectónicos, así como quien elegía los materiales y aportaba la financiación. De modon que Speer era el equivalente al Dr. Porsche, otro contratista voluntarioso que cumplió los deseos del Führer. Uno ideó una ciudad lunática, el otro creó el Volkswagen, el coche de la fuerza a través del disfrute.

El aeropuerto Tempelhof de Berlín fue diseñado por Ernst Sagebiel, no por Speer, y el Estadio Olímpico (que podía acomodar a 74.228 personas) fue obra de Werner Julius March, mientras el edificio nazi definitivo, el Museo de la Higiene de Dresden, fue diseñado por Wilhelm Kreis.

En los Juicios de Nüremberg, Speer persuadió al tribunal con éxito de que, aunque él era uno de los colaboradores más habituales de Hitler, no sabía nada del Holocausto. Como resultado, consiguió que no lo ahorcaran y fue enviado en su lugar a la prisión de Spandau hasta 1966.

En 1955, la escritora británica-húngara Gitta Sereny publicó una monumental semblanza de Speer que lo descubría como un embaucador y un mentiroso que siempre supo del asesinato de los judíos. Esa Germania nunca fue construida, pero la ciudad que más sufrió la Blitzkrieg (la guerra relámpago) del Führer fue la última ciudad que vio Speer. Cuando murió en 1981, Speer se alojaba en el Claridge’s de Londres