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jueves, 29 de julio de 2021

LA OPINIÓN DE MARIO VARGAS LLOSA


El principio del fin para el régimen castrista
Las manifestaciones no acabarán con la revolución cubana, pero constituyen un avance considerable sobre su deterioro y final destitución

Mario Vargas Llosa



El principio del fin del Castrismo....Alfredo Sábat
Las manifestaciones contra el régimen castrista que ocurrieron en varias ciudades y pueblos de Cuba los días 11 y, más diluidas, 12 de julio, no acabarán con la Revolución cubana, pero sí constituyen un avance considerable sobre su deterioro y final destitución. Luego de 62 años de progresivo empobrecimiento, el pueblo cubano, estimulado por el caos en que se encuentra la isla, sin alimentos, con la incertidumbre del coronavirus y el deterioro de todas las instituciones, sin trabajo y escasez de vacunas y alimentos, ha perdido el miedo. Aunque la represión, de la que dan cuenta puntual las crónicas de los corresponsales, entre ellos las del periodista Mauricio Vicent de El País, como es lógico se irá incrementando en los días, semanas y meses siguientes, es probable que Cuba se vaya convirtiendo en la típica dictadura militar latinoamericana, o, toquemos madera para que así sea, en una democracia, como ha ocurrido con las repúblicas satélites de la Unión Soviética, luego de la desintegración del imperio que fundaron Lenin y Stalin.
Ya había algunos antecedentes de que las cosas no andaban demasiado bien para el régimen de los Castro, desde el famoso “maleconazo” de 1994, y, mucho más importante, cuando el 27 de noviembre de 2020 cientos de intelectuales y artistas se plantaron frente al Ministerio de Cultura para pedir que cesara la persecución a los miembros del independiente Movimiento San Isidro. Las metidas de pata del nuevo presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, quien, en plena agitación en las calles pidió a los “revolucionarios” salir a enfrentarse a los “mercenarios” –y se vio a aquellos desfilando descalzos y armados de garrotes– indican que, como suele ocurrir en las sociedades totalitarias, será el responsable de lo ocurrido, con lo que su carrera política, comenzada con tan buenos auspicios bajo la sombra de Raúl Castro, terminará pronto y de la manera que suele suceder en los países comunistas: acusándolo de todo lo ocurrido y despojándolo de la suma de sus cargos. He aquí un personaje que, pese a estar vivo, huele ya a cadáver.
¿Por qué ha durado tanto la Revolución cubana? Porque 62 años es mucho tiempo, incluso para un paraíso comunista. Ante todo, porque Cuba es una isla, es decir, un país mucho más fácil de custodiar por una dictadura que un territorio rodeado no de agua sino de tierra, y, en segundo lugar, por el carisma y, digámoslo con claridad, la genialidad de Fidel Castro, que, aparentando, primero un socialcristianismo de avanzada, luego el socialismo democrático y, por último, el comunismo, engañó a todo el mundo, y supo modelar poco a poco a la población de la isla a su capricho. Sin mucho éxito material –el ingreso per cápita no es hoy día más alto que el que era cuando la dictadura de Batista–, pero no había entonces la repartición de la pobreza que hay hoy en día en el país, con la excepción de los altos funcionarios del Partido, que disfrutan de muchos privilegios y son sin duda muy impopulares, como lo demuestra la silbatina al comandante Ramiro Valdés, dos veces ministro del Interior, que debió retirarse ante la multitud que lo silbaba coreando “Patria y vida” y libertad.
Esa palabra, libertad, ha resonado con fuerza en estos días en las manifestaciones en las ciudades y pueblos de Cuba, aunque ya se oía, a menudo, en su prensa digital, bastante libre, dicho sea de paso, y por eso la primera medida que tomó el Gobierno, cuando comenzaron las protestas, fue bloquear el acceso a Facebook, WhatsApp, Instagram y Telegram, que, ahora, el gobierno de los Estados Unidos trata de restablecer para toda la isla.
Las acusaciones del gobierno cubano, y de sus satélites en el resto del mundo, han sido al embargo que los Estados Unidos tiene impuesto a la isla, que, luego de ser atenuado por el presidente Obama, fue luego agravado por Trump, y lo ha sido de nuevo, ahora, con Biden. ¿En qué consiste este embargo? En que el gobierno de los Estados Unidos prohíbe a sus empresarios invertir en Cuba, y dificulta –pero no impide– que sus residentes y ciudadanos viajen a la isla de vacaciones, como tiene derecho a hacer todo país que se siente afectado por las disposiciones de otro; en el caso cubano, por las muchas empresas y tierras que fueron nacionalizadas por la Revolución sin que los Estados Unidos recibiera compensación por ello. Estados Unidos sí permite la venta de alimentos y medicinas, y el envío de remesas en dólares a la isla, lo que lo convierte en un importante socio comercial de Cuba.
El embargo ha atravesado diferentes alternativas, pero, en general, ha servido al gobierno cubano para explicar milagrosamente que, a causa de él, la Revolución nunca ha podido despegar económicamente. Vivió de la caridad de la URSS durante muchos años –en verdad, mientras ella existió–, de manera que levantar el famoso embargo norteamericano, no sería un acto de justicia y reciprocidad, sino una forma de ayuda a la incompetencia del gobierno de los Castro, y, ahora, de Díaz-Canel. Cuando el socialismo no funciona ocurre algo prototípico: el capitalismo, causa de todos los males posibles en la historia de la humanidad, debe venir a salvarlo de su propia incompetencia. No ha dejado de ocurrir en todas las sociedades transformadas por el marxismo-leninismo.
¿Qué va a ocurrir ahora en Cuba? Dependerá de la represión. Lo más inteligente del régimen sería abrir las compuertas y dejar que la oposición exprese sus deseos de libertad, así la iría apaciguando y acaso se extinguiría. En el peor de los casos, si la represión crece, irá exacerbando este espíritu libertario, hasta que aquella, que es ya o será pronto mayoritaria en la nación, termine de estallar, arrastrando al Ejército, la fuerza armada de la isla. Pero, por las informaciones que envían los corresponsales, todo indica que, a mayores manifestaciones, vendrá mayor represión. Todavía, a la hora de escribir estas líneas, no han dicho las autoridades cuántas personas han sido detenidas. Ellas señalan un solo muerto, aunque las torturas físicas han sido numerosas, a juzgar por los testimonios que han conseguido llegar a los países de Occidente. Los más dramáticos, sin duda, el de la joven esposa que se pasó el día recorriendo comisarías, sin que en ninguna reconocieran tener a su esposo prisionero, y el del joven torturado por un oficial que lo pateaba –le destrozó el brazo– gritándole “¡mercenario!”
¿Qué se puede hacer por ayudar a los cubanos en su –por fin– justa lucha por la libertad de Cuba? Todo lo que se diga a favor de ellos es positivo, pero hay que estar conscientes de que todas las críticas serán contestadas por las pequeñas minorías que todavía ven en el comunismo la salvación del Occidente de las desigualdades y corrupciones que lo corroen, y que –lo peor es que muchos lo creen– vendrá del socialismo radical que propugnan, sin asumir que sólo ha habido fracaso tras fracaso en ese modelo que confía todavía en una economía estatizada, o, como ocurre en la actualidad en China y Rusia, en practicar un capitalismo de amiguetes, que deja a unos empresarios discretos hacerse ricos con empresas privilegiadas, en un régimen supuestamente de libre competencia. Este sistema también fracasará –ha fracasado ya en Rusia, sin duda, y mañana será en China si lo adopta– pues, sin la verdadera libre competencia y la posibilidad de actuar sin la camisa de fuerza del Estado, difícilmente puede prevalecer la visión creadora del sistema de la libre empresa.
Lo más importante es que Cuba ya ha comenzado a salir a las calles a protestar. Ha ocurrido en muchas ciudades y pueblos donde la marea humana –la hemos visto en la televisión– superaba a las fuerzas oficiales enviadas a reprimirla. A lo largo de los meses siguientes, todo indica que, a más represión, habrá más manifestaciones de libertad. A la larga, el pueblo cubano triunfará, y ojalá que sea para recobrar su libertad y que no la conculquen de nuevo como ha ocurrido últimamente en tantos países de América Latina. © Ediciones EL PAÍS, SL.

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miércoles, 20 de enero de 2021

LA OPINIÓN DE MARIO VARGAS LLOSA


El asalto al Capitolio y la fragilidad de las democracias

Mario Vargas Llosa

Cuando la United Press absorbió a la International News Service, de la que mi padre había sido gerente por varios años en Lima, mis padres partieron a los Estados Unidos, un país que él admiraba sobre todas las cosas: la frase, o filosofía, del hombre que se hacía solo -"the self-made man"- se la oí repetir mil veces los años que viví con él.
No les fue bien. Lo supe muchos años después, porque cuando invitábamos a mi madre a Europa, donde yo vivía desde hacía algunos años, ella era muy discreta y nos ocultaba el vagabundeo que había tenido con mi padre, de Nueva York a Chicago y finalmente a Los Ángeles, con empleos cada vez más mediocres, hasta trabajar allí, primero en una fábrica y finalmente cuidando una sinagoga. En la familia siempre creíamos que mi madre detestaba la vida americana y que se había resignado a vivir allí por mi padre, a quien amaba casi tanto como él a los Estados Unidos. Por eso, cuando mi padre murió, que ella decidiera volver a Los Ángeles nos dejó desconcertados. Y, sobre todo a mí, que decidiera adquirir la nacionalidad estadounidense, algo que él nunca quiso hacer. Fui a verla a Los Ángeles, donde vivía sola, en un departamentito minúsculo en el centro de la ciudad. Estaba muy contenta de haber pasado el examen, en inglés, y me mostró orgullosa su pasaporte norteamericano. Años después, cuando estuvo ya muy viejecita para vivir sola, volvió al Perú y dejó instrucciones de que, a su muerte, devolviéramos a la embajada de Estados Unidos el pasaporte, cosa que cumplimos rigurosamente.
Me he preguntado mucho estos días qué hubiera dicho mi madre sobre el asalto al Capitolio que protagonizaron el 6 de enero, luego de escuchar su frenético discurso, los partidarios de Donald Trump que invadieron el Congreso, pasearon por sus salones y pegaron algunos tiros (hubo cinco muertos), a la manera más típicamente sudamericana. Se hubiera indignado, por supuesto. Ella admiraba en los Estados Unidos lo que no había en el Perú: el respeto a la legalidad, a la prensa libre, a la pureza de las elecciones. Jamás entendió mi entusiasmo por Ronald Reagan: ella votaba a los demócratas porque, a su parecer, los republicanos siempre fueron "el partido de los ricos", a pesar de Lincoln y de Jefferson.
En un excelente artículo (pero algo apocalíptico) que apareció en The New York Times el 9 de este mes, "The American Abyss", el profesor de Historia de la Universidad de Yale Timothy Snyder acusa al presidente Trump de ser un fascista y a los asaltantes del Capitolio los compara con los hitlerianos que creían que Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial porque "los judíos le clavaron un puñal en la espalda", como les recordaba Hitler en sus discursos. Yo creo que exagera y que las locuras y demagogias de Trump no significan el progreso del fascismo y el nazismo en los Estados Unidos, sino que muestran lo precarias que son las democracias en el mundo de hoy, incluso en los países que, como Estados Unidos, no han conocido dictaduras en su historia y han vivido siempre en libertad. Son muy pocos.
No hay duda, por otra parte, que la elección de Trump en 2016 fue una verdadera catástrofe para los Estados Unidos. Rebajó a este país a la condición de una nación tercermundista por la cantidad de mentiras que propaló desde la Casa Blanca, la inestabilidad institucional que propició y que no había conocido en toda su historia, y, sobre todo en la última elección, con su enloquecida propaganda de que había habido una "trampa monstruosa" que dio la victoria a su adversario, algo que ninguna jurisdicción legal, ni demócrata ni republicana, amparó, salvo sus dementes partidarios, un puñado de los que, precisamente, asaltaron el Capitolio hace una semana.
El fascismo es el racismo, la demagogia, el espíritu guerrero, el nacionalismo frenético, y los Estados Unidos, aunque sobrevivan prejuicios raciales en la comunidad blanca, por la variedad de razas, religiones y culturas que lo habitan y que han forjado la grandeza americana, no puede ser fascista en contra de todas sus leyes y costumbres. Lo que no impide, por supuesto, que haya gente allá estúpida, pero, acaso, debido a aquella legalidad de la que estaba tan orgullosa mi madre y que la inmensa mayoría de los norteamericanos respeta, más que en otras partes, haya menos que entre los que han vivido siempre rodeados de la brutalidad política. Por lo menos 170 de los asaltantes del Capitolio han sido detenidos y setenta de ellos ya están enjuiciados. Esto no quita que la demagogia desalada que Trump vertió desde la Casa Blanca en todos estos años haya elevado el resentimiento y la división social y racial a unos extremos que Estados Unidos desconocía. Y no será fácil que se restauren las buenas relaciones del país con sus aliados tradicionales, algo que Trump destrozó desde el poder, declarando, nada más asumir la presidencia, entre otras barbaridades, que la figura que más admiraba como estadista en el mundo de hoy era Vladimir Putin, es decir, otro demagogo y mentiroso como él mismo.
He estado muchas veces en los Estados Unidos y admiro mucho ese país, por las razones que lo admiraba mi madre, aunque también admito las que prefería mi padre. Creo que allí la democracia siempre ha funcionado, y que ella ha ido perfeccionándose con el paso de los años y perfeccionando a la sociedad gracias a las constantes reformas, y que se trata de un país verdaderamente libre, uno de los más libres del mundo, como lo descubren y empiezan a vivir en consonancia, en el respeto a sus leyes, esos millones de inmigrantes que lo han construido y a los que en buena parte debe sus altos niveles de vida y su poderío militar.
Esas cosas, como el amor a la libertad, no se destruyen de la noche a la mañana con la demagogia de ese triste personaje que ha ocupado la presidencia del país en estos años. Por eso es tan importante que triunfe el proceso de impeachment (destitución) que han iniciado los demócratas en la Cámara baja, que dominan por treinta y cinco votos, y los diez republicanos que se han sumado a ellos. Lo que impediría a Trump ser candidato en las próximas elecciones, pues, incluso solo como candidato, volvería a hacer daño, repartiendo, a manos llenas, como lo ha hecho esta vez, el resentimiento y las mentiras que mucha gente ingenua y poco preparada se tragó.
Una última reflexión sobre la democracia. Como ha demostrado Donald Trump, todas -sí, todas, hasta las que creíamos las más antiguas y sólidas- son precarias. ¿El triunfo de Boris Johnson en Inglaterra no lo ha demostrado acaso? Que haya un voto libre no significa que los ciudadanos siempre voten bien. Muy a menudo votan mal y eligen no lo mejor, sino lo peor. Quizás esa sea la mejor enseñanza que nos ha dejado Trump. Los norteamericanos eligieron mal -votaron más contra la señora Clinton que a favor de Trump- y eso ha sido una tragedia para Estados Unidos. Pero, no hay duda, sobre todo después del asalto al Capitolio, que llevará a muchos a reflexionar, el país se reconstruirá desde esos abismos en los que lo ha hundido Trump, y volverá a ser lo que fue hasta el año 2016: el líder de los países libres, que salvó al mundo entero de caer en brazos de Hitler y luego de Stalin, y que, aunque haya cometido desafueros y abusos en su historia, en América Latina sobre todo, está siempre allí, como una esperanza para aquellos -y son muchos millones- que en el mundo de hoy siguen soñando con la libertad, no solo de leer en un periódico y escuchar en la televisión las críticas al gobierno de turno, sino de poder decidir su vida de acuerdo con sus propias convicciones, y de labrarse un porvenir gracias a su esfuerzo. Tal como han ocurrido las cosas, hay sitio todavía para la esperanza.

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