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jueves, 22 de diciembre de 2022

LECTURA MUY RECOMENDADA



Martín Caparrós, el gran escritor argentino, decide meterse en la mente de Domingo Faustino Sarmiento para repasar los episodios más emblemáticos en la trayectoria del prócer. ¡Conocé la fascinante historia del padre del aula!

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lunes, 28 de noviembre de 2022

LECTURA MUY RECOMENDADA

 

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NOVEDAD DE DICIEMBRE
Animalia: ser uno, con otro

Animalia, libro inédito de Sylvia Molloy, es un catálogo de relatos breves, urdidos durante sus últimos años, en los que se detiene en las zonas más entrañables del vínculo entre personas y animales; historias cotidianas que dan cuenta de cómo la convivencia con otras especies nos afecta y transforma.


Animalia
Sylvia Molloy

"Me llevó mucho tiempo, y el paso por dos  países que no eran el mío, para darme cuenta de que para ser  uno mismo es siempre mejor estar con otro, sobre todo si el otro pertenece a una especie distinta, es decir, si es totalmente no uno". 

"Me recuesto, apago la luz, si es noche de luna puedo ver afuera, es como disponerse a dormir en un avión, el que no puedo tomar para ir a Buenos Aires porque estoy enferma, el que no podría tomar si no lo  estuviera porque estamos en plena pandemia. Y mi falda, que era antes lugar de tránsito para uno que otro felino, pasa a ser lugar codiciado".
 


80 p. | ISBN 9789877122848 | $2280 | 20x14cm
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El deseo frustrado de tener una mascota suele ser una situación recurrente en los recuerdos de infancia. El caso de la narradora de estos relatos no es la excepción. En alianza con su hermana, no perdían oportunidad para reclamar la compañía de cualquier ser que fuera de otra especie, pero la respuesta materna era siempre negativa. 
La imposibilidad suele ser un disparador del ingenio y así esta niña compartió su niñez con animales literarios, insectos y hasta crio gusanos de seda. 
El tiempo de la revancha no tardó en llegar. Si bien en cuanto se mudó de la casa de sus padres la protagonista prefirió ser ella sola, enseguida pasó a vivir con otros seres, en especial felinos, abriéndose 
así una etapa de convivencia animal inagotable. Durante una época los nombró con nombres de cantantes; luego, con nombres o sobrenombres de mujeres de presidentes muertos. 
Sylvia Molloy se detiene en las zonas más entrañables del vínculo que mantenemos con los animales, tantas veces imperceptible bajo la niebla de la rutina, y escribe un catálogo luminoso de breves relatos inolvidables, siempre en buena compañía.
SYLVIA MOLLOY nació en Buenos Aires y falleció en Nueva York, Estados Unidos, en 2022. Además de los ensayos Las letras de Borges (1979), Acto de presencia (1996) y Poses de fin de siglo. Desbordes del género en la modernidad (2012, Eterna Cadencia), publicó las novelas En breve cárcel (1981) y El común olvido (2002; 2011) y los libros de relatos Varia imaginación (2003, 2022), Desarticulaciones (2010) y Vivir entre lenguas (2016), los últimos cuatro publicados por Eterna Cadencia. Fue coeditora de los libros Women’s Writing in Latin America (1991) e Hispanism and Homosexualities (1998). Fue Albert Schweitzer Professor in the Humanities Emérita de la Universidad de Nueva York, donde fundó el programa de escritura creativa en español.
"Ese pensar desde la orilla, ese re-flexionar lo propio en la distancia, era una manera tan suya, tan persistente además". Lina Meruane, Página 12

"...ese vaivén constante, ese escribir 'desde una ausencia', eligiendo un idioma y 'afantasmando' los otros   -que nunca desaparecen-, es desde siempre para Molloy un entrevero cotidiano, un modo de situarse en una suerte de vacío o no lugar. Una pelea que se da en su relación con el lenguaje, pero que desde luego va mucho más allá". José María Brindisi, La Nación

"Molloy se movía como pez en el agua de todos los géneros, más allá de lo autobiográfico o ensayístico, como si su escritura se potenciara en un estado que se podría definir como 'en tránsito' y por el hecho de vivir entre lenguas". Silvina Friera, Página 12

 
Leé un fragmento de Animalia
Próximamente: El léxico del autor, Roland Barthes. Traducción de Alan Pauls.
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miércoles, 16 de noviembre de 2022

LECTURA MUY RECOMENDADA


Marcel Proust Al encuentro de los borradores de su tiempo perdido
A cien años de la muerte del novelista francés, todavía hay novedades de su monumental obra, como la reciente edición de Los setenta y cinco folios
Hugo Beccacece

El próximo viernes 18 de noviembre se cumple el centenario de la muerte de Marcel Proust. Coincidentemente este año se ha publicado en español la traducción de los famosos (para los proustianos) Los setenta y cinco folios y otros manuscritos inéditos, finalmente hallados, que son los primeros borradores manuscritos del futuro En busca del tiempo perdido. Esos papeles formaban parte del archivo de Bernard de Fallois (19262018), que los había recibido de Susy Mante-proust, hija de Robert Proust, hermano de Marcel. Ese verdadero tesoro literario y filológico, esencial para la crítica genética, fue editado por Gallimard en 2021; Nathalie Mauriac Dyer, bisnieta de Robert Proust, estuvo a cargo de la edición, que tiene prólogo de Jean-yves Tadié. La excelente traducción es de Alan Pauls.
Cuando Bernard de Fallois recibió el archivo de manuscritos de Proust, descubrió y reconstruyó la novela inédita Jean Santeuil, de mil páginas, escrita en tercera persona entre 1896 y 1900, que contenía muchos elementos del futuro En busca del tiempo perdido. Ese libro, fruto del trabajo de De Fallois, apareció en 1952. Dos años más tarde, el mismo De Fallois logró armar Contre Saintbeuve, otro libro póstumo y anterior a la serie de novelas que conforman su obra mayor, sobre la base de manuscritos dispersos, mezcla de crítica literaria y autobiografía, escritos entre 1908 y 1910. En ese libro, aun en los fragmentos de ensayos críticos sobre Baudelaire, Balzac y Gérard de Nerval, Proust utiliza la primera persona.
Después de Jean Santeuil, Proust escribió los 75 folios entre 1907 y 1908, antes de encarar Contre Saintbeuve. En el prefacio de este libro, De Fallois menciona los folios y agrega que comprenden seis episodios, que serán retomados en En busca del tiempo perdido: la descripción de Venecia; la temporada en la playa; el encuentro con las muchachas; el beso de la madre; la poesía de los nombres; y las dos partes (côtés) de las que habla la obra. Además, aclara que, si se descarta Jean Santeuil, esas páginas son el estado más antiguo de La Recherche.
Al lector que no esté interesado en la crítica genética –el estudio de los manuscritos previos a los de la obra final– le puede bastar con leer los folios; pero sería raro que no curioseara en los “otros inéditos” incluidos en la edición y en “Noticia, Cronología y Notas”, de Nathalie Mauriac Dyer, guía útil en el laberinto de variantes. La historia de la escritura de En busca del tiempo perdido es la de un despojamiento en los sucesivos borradores de aquello que impida al lector considerar el libro como un mundo cerrado en sí mismo, es decir, liberado de todo lo que remita a la autobiografía, al capricho, a las referencias externas: casi un camino de santidad.


Tras Los placeres y los días, la novela Jean Santeuil (inconclusa y póstuma) es el primer paso del petit Marcel en dirección a una meta que aún no tenía clara. El protagonista cuyo nombre da título al libro y el resto de los personajes se parecen demasiado a quienes los inspiraron; el autor recrea episodios en los que se venga de humillaciones sufridas en la realidad y muestra sin pudor cómo Jean conquista el gran mundo. Para velar esa revancha, el narrador utiliza la tercera persona que no mitiga la vanidad de Jean y de Marcel.
En los 75 folios, hay un cambio profundo. Proust llega a un yo muy distinto del que usó y del que habían usado otros escritores. Ese yo es una creación literaria y gramatical; un yo “desasido”, semejante a la tercera persona del singular. Por un lado, el yo proustiano permite la identificación del lector; por otro, apoyado en el empleo simultáneo de la primera persona del plural, el “nosotros”, y el “uno”, para formular leyes de conducta y reflexiones sobre la condición humana, incorpora la objetividad científica o de un ensayo y el rigor de las declaraciones universales. Ejemplo: “Nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los otros”. Además, está el humor que divierte, distancia y manipula al lector, así como preserva a Proust del solipsismo.
Del beso nocturno que el niño Proust reclamaba a su madre para dormir, hay numerosas versiones en estos inéditos. Temas, personajes y paisajes, se van enlazando para configurar un mundo paralelo, del que todos, incluidos los lectores, sospechan que hay otras versiones (pensemos en los celos).
En Jean Santeuil, el protagonista no tiene hermano; lo mismo sucede con el narrador de En busca del tiempo perdido; en cambio, en Los setenta y cinco folios, Marcel tiene un hermano menor, como Proust en la vida real. En estas páginas, Marcel, a veces, carga contra ese chico sobrante. En una escena, lo compara con una heroína de Racine: la madre y el resto de la familia han perdido de vista al hijo menor, al que todos buscan. El niño, de muy corta edad, demasiado bien vestido, porque se va de viaje con su madre, el pelo recién rizado, se había escondido en un bosquecillo y estaba sentado en el suelo, despidiéndose de su cabrito con tristeza. Lucía la magnificencia de los niños ingleses junto a sus animales; “su cara, por el contrario, frente a ese lujo que no hacía sino poner en evidencia el contraste, expresaba la desesperación más atroz, […] como una princesa de tragedia pomposa y exasperada […] se recogía el pelo con la impaciencia de Fedra”. Ese hermano no existe en La Recherche. Proust, sin saberlo, se despide de lo que le impide la construcción de un mundo autónomo en la literatura y en la vida.


En estos inéditos, hay un vizconde de Bretteville que prefigura a Swann, pero en el Cuaderno IV, capital para la obra futura, Swann aparece mencionado por primera vez. Su parte (côté), la de la burguesía, aún no lleva su nombre, se llama Meséglise. Los Villebon son, en cambio, los Guermantes de En busca del tiempo perdido; y su parte es la de Villebon. Más adelante Villebon deviene “Garmantes” (sic); así se menciona la parte a propósito de un descubrimiento fundamental: “… supe entonces que la parte de Meséglise y la parte de Garmantes no eran tan inconciliables como había creído alguna vez y que se podía, habiendo salido por la parte de Meséglise, cortar camino por Garmantes”.
El lirismo heráldico y genealógico de Proust se encuentra en “Nombre nobles”. Las sílabas de esos nombres son como las vidrieras coloridas de las iglesias. Por ellas, uno se remonta al origen de rama en rama, de flor en flor, de antepasado en antepasado. Proust, ebrio de esa música, olvida al lector. La autocomplacencia es lo que eliminará de En busca del tiempo perdido por impudicia y solipsismo. Sodoma no tiene cabida en estos 75 folios, pero sí la banda de las muchachas en la playa, aunque no Albertine. Las epifanías de la memoria involuntaria, que aún ignora su nombre, se multiplican; por ejemplo, en el inédito 4, “Hay una leyenda bretona que dice...”, está la más antigua versión del episodio de la magdalena embebida en té. En el inédito 7, “Cada día le doy menos valor a la inteligencia”, aparece el recuerdo vívido de Venecia, nacido del balanceo que le produce a Marcel haber pisado en un patio francés un adoquín vacilante en medio de otros adoquines irregulares, tal como le había sucedido mucho antes con una baldosa en el baptisterio de San Marcos.
Proust no habla de memoria involuntaria en esa etapa; usa la palabra “instinto”, que opone a la inteligencia. Dice: “La inferioridad de la inteligencia [NR: respecto del instinto], con todo, nadie más que la inteligencia puede determinarla.” De instinto e inteligencia, surge la catedral proustiana, monumento de verdad.
Más allá de la importancia que este libro tiene para la crítica genética, hay varios pasajes antológicos que proustianos y no proustianos deberían gozar; por ejemplo, el último de los episodios de los 75 folios, “Venecia”, donde Proust se explaya sobre la ciudad levantada sobre el agua y la considera “una invención verdaderamente genial, porque implica la fuerza de abstraerse de lo que es y crear lo que no es”. Pocas líneas más abajo, hay una brevísima estampa del autor convertido en turista literario y una comparación notable que, sin quererlo, sirve para definir su templo literario: “Con la manta en el brazo y mis Ruskins en la mano, llego a San Marcos, que me parece tan diferente de una iglesia como Venecia de una ciudad”. Podría haber agregado a continuación: “O como mi libro de una novela”.

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miércoles, 26 de octubre de 2022

LECTURA MUY RECOMENDADA


De la mano de Pancho Villa, Pérez Reverte regresa con un libro de aventuras
El escritor español publicó “Revolución”, una historia que lo devuelve a México: “es una novela de iniciación y aprendizaje y es también, de algún modo, mi propia biografía de juventud”, dice
Marcela Ayora
"Revolución" es el libro número 32 del escritor español Arturo Pérez-Reverte, que presenta en una gira por España y ya se consigue en las librerías de nuestro país....Jeosm / Random House
Yuna vez más, todo vuelve a convertirse en un clásico suyo. Características que forman parte de su obra: el contexto con la historia, pero siempre desde la ficción. El sentido de la aventura (por algo se lo asocia con Salgari). El trabajo con el lenguaje, según los giros de época o territorio. Es que aún con más de 30 novelas (esta es la número 32) Arturo Pérez-Reverte no se repite.
En esta nueva aventura, el lector llegará hasta el México de Pancho Villa. Es por eso que Revolución (Alfaguara), el título más reciente del escritor español, que acaba de presentarse por estos días en España, repone esta marca tan Peréz-Reverte de plantar a un protagonista en un contexto de luchas humanas y muertes. Así como sucede también con la serie de títulos que estableció con el espía Falcó, por ejemplo, en la Guerra Civil española, o Alatriste en el Madrid del siglo XVII. “Pero son novelas”, aclara en un desayuno con la prensa, hace unos días, en su país. “Revolución no es una novela histórica, es una novela de aventuras. De aprendizajes: cómo un joven después de diez años de revolución, termina descubriendo cosas de la vida, de la violencia, de la muerte, del amor”. Y a propósito de los clásicos, en la rueda de prensa estuvo también su amigo y colega, Jorge Fernández Díaz, con quien comparte las ficciones sobre espías, con Falcó y Remil.
"Revolución", el nuevo libro de Arturo Pérez-Reverte
La tapa del libro despeja dudas; después del nombre del autor, debajo del título, se lee: “Una novela”. Aunque haya una historia real. “Toda la vida escuché en mi casa la historia de aquel amigo de mi bisabuelo, ingeniero de minas, que trabajó en México en plena revolución. Ese recuerdo remoto me ha aproximado a mi propia relación con la aventura y me ha llevado a escribir esta historia. Es una novela de iniciación y aprendizaje y es, de algún modo, mi propia biografía de juventud. Es mi flecha de oro”. La cuenta es sencilla: Arturo Pérez-Reverte está por cumplir 71 años (Cartagena, 1951) y es una historia que escuchó de niño. “He tardado un año y medio en escribirla, pero la novela se escribe durante toda una vida. Son historias que van contigo, te acompañan, van creciendo: unas mueren, otras se desarrollan o desaparecen”. En su caso, la creatividad parece estar siempre ahí. Todavía no termina de promocionar este libro, que ya está escribiendo otro. “Estoy en la mitad de una novela nueva. No tengo agonía creativa. Lo mío es el trabajo: yo me siento a trabajar”.
"No tengo agonía creativa. Lo mío es el trabajo: yo me siento a trabajar."
Esa relación vida y literatura no es muy lejana a la de su pasado como corresponsal cubriendo guerras o revoluciones, como las de El Salvador, Rumania o Nicaragua. Y al trazar otras posibles líneas paralelas, no es extraño escucharlo hablar sobre su búsqueda del lenguaje en cada libro o recordar su lugar como miembro de la Real Academia Española. O pensar en que fue traducido a más de 40 idiomas. Un hombre de la lengua. Un oído entrenado que se nutrió de lecturas sobre Pancho Villa, películas, biografías como la de Taibo o el libro de Nellie Campobello. “Me empapé de toda esa literatura mexicana. Y de ahí fui extrayendo expresiones, el ingenio mexicano para hacer refranes, y fui haciendo un glosario para ir utilizándolos en el momento adecuado. En ningún momento con lenguaje actual, si no de entonces. Palabras que ya no se usan, pero que los abuelos sí las usaban. En México me encanta oír. Es el lugar donde un cazador, como lo es un novelista, pone la oreja. Ese lenguaje tan extraordinario. Nadie crea un lenguaje tan fascinante como los mexicanos actualmente: el neologismo”.
El México del norte
El pulso del libro está dentro de sus parámetros: 464 páginas. Suele manejar esa extensión en toda su obra. Revolución es la historia de un joven, Martín Garret Ortiz, que llega a México a trabajar como ingeniero de minas. Y se cruza con tres mujeres: unan campesina analfabeta, una chica de clase media y una periodista norteamericana. A todos los atraviesa la revolución. “Lo que fascina y asombra es el ser humano. Cómo se comporta. Cómo el que es un héroe por la mañana puede ser un villano por la noche. Martín Garré se engancha en la Revolución por la gente que se mueve por ella. Esas contradictorias tan vivas y humanas están en la novela”.
Entonces, sobrevuela una pregunta: ¿Por qué Villa y no Zapata? “Yo tenía que elegir si me quedaba con Pancho Villa o Emiliano Zapata”. El Zapata del sur era de un México más sombrío, más amargo, dice Pérez-Reverte. “Mientras que el norte bigotón, de canciones, era más alegre; incluso en la barbarie, más vigoroso. La carcajada de Pancho Villa frente a los silencios de Zapata, me llevó la acción hacia el norte”. Bajo la licencia de la ficción, así muestra en la novela a un Villa autodefiniéndose frente al protagonista, el ingeniero de minas español: “Se lo digo yo, que hasta hace poco no sabía leer ni escribir, pero que de caballos, viejas y hombres entiendo un rato”.
"Una novela es una forma de no envejecer de una manera miserable, triste o sórdida. Es envejecer de una manera espléndida", dice Pérez-Reverte
Este no es el primer libro de Pérez-Reverte sobre México. La reina del sur (2002), ya lo había llevado a esa zona de América. Incluso estuvo varias veces. Tiene amigos en ese país. Y cada tanto, estando allí, iba a tomar tequila a lugares populares. Sin celular ni reloj, de jean y camisa a cuadros, listo para entrar a una “cantina” a “tomar y a oír”. Pero pareciera no tratarse solo de reproducir cómo la gente habla y así llevarlo a la ficción. “El que crea que pueda tomarse un diálogo de la calle y meterlo en una novela crudo, no funciona. Hay un trabajo largo y minucioso en conseguir que se convierta en literatura”. Lo de la novela no viene solo. Está también el tiempo. “Un novelista del tipo que soy yo, que hay muchos, se mantiene vivo. Una novela es una forma de no envejecer de una manera miserable, triste o sórdida. Es envejecer de una manera espléndida”.

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martes, 18 de octubre de 2022

LECTURA MUY RECOMENDADA


Antonio Di Benedetto: retrato del artista como periodista
A la espera del centenario del nacimiento del autor de Zama, que se cumple en noviembre, una nueva compilación de artículos echa luz sobre su hasta ahora desconocida actividad de prensa en el exilio español; un libro necesario y revelador
Pedro B. Rey
Antonio Di Benedetto
En Teoría del ascensor, Sergio Chejfec cuenta cómo cierto día de 1985, en la pizzería El Cuartito, le pareció reconocer en el hombre que contaba pulcramente los billetes para pagar a Antonio Di Benedetto, un autor por el que sentía, por su escritura “exiliada de la noción habitual de belleza”, una suerte de “intensa y laica veneración”. Chejfec lo esperó en la vereda y se presentó como lector. A pesar de la cortesía de las respuestas, el creador de Zama parecía, sin embargo, refractario a los halagos. Estaba, recuerda Chejfec, completamente arrepentido de haber vuelto a la Argentina, de haber abandonado “algo perfecto en España” a cambio de simples promesas de trabajo. La respuesta de Di Benedetto fue triste y terminal: “Usted es joven, y por eso puede parecerle que lo mío esta bien. Pero no es así. Estoy entregado a la nada”.
La desilusión por el retorno al país natal era –no hay testimonio de los que se lo cruzaron en esos años que no lo confirme– una constante en Di Benedetto (1922-1986). Había vuelto en 1984, bastante antes de cualquier Juicio a las Juntas, y aquella queja que había expresado en un artículo en el diario español El País (la de pertenecer a una “cuarta categoría” de desaparecidos, los que no fueron asesinados, sino sacrificados a vivir fuera de su tierra) se confirmó en una democracia demasiado reciente. En palabras de Daniel Moyano, colega de exilio: emprendió el regreso en busca “de un desenlace más o menos decoroso. Y allá se encontró con su destino de desaparecido con efecto retardado”.
"A cien años de su nacimiento, que se cumplen el próximo 2 de noviembre, la obra de Di Benedetto sigue sumando adeptos"
Como subraya Liliana Reales en el prólogo a Escritos periodísticos, la compilación de sus trabajos de cuatro décadas como hombre de prensa publicada en 2016, el exilio de Di Benedetto fue consumado “como exterminio, como expropiación absoluta”. El escritor, siempre reticente a salir de su Mendoza natal, fue secuestrado a horas del golpe de 1976 en las oficinas del Los Andes, el diario en que era virtual director, y su vida, cortada de cuajo: estuvo detenido un año y medio, incluyendo, entre tantas vejaciones, simulacros de fusilamiento. En su retorno de 1984, recaló en Buenos Aires, una ciudad ajena, con la estampa que todavía perdura: la cabellera y barba canosas, la boina. Como si fuera otro, distinto de aquel que, de saco y corbata, sabía cumplir un papel profesional, pero también social y protocolar.
Una escena de Zama, película de Lucrecia Martel inspirada en la novela de Di Benedetto
No es necesario recordar la originalidad de la obra narrativa de Di Benedetto a cien años de su nacimiento, que se cumplen el próximo 2 de noviembre. Pero, como contrapunto, se puede citar lo que Juan José Saer decía en relación a El silenciero: que “la vida impuesta, o el peso inhumano de lo exterior”, el ruido “que introduce en el mundo el accidente, la asimetría, el sufrimiento” son también los atributos de “ese estilo que parece surgido de la nada”.
Escritos del exilio. Textos desde Madrid 1978-1983, compilación de Reales y Mauro Caponi, es un acontecimiento inesperado porque rescata el trabajo periodístico de Di Benedetto en España y echa –por contraste– una luz inédita sobre la melancolía que implicó esa vuelta dañada. El nuevo tomo se lee como la parte oculta del témpano de Escritos periodísticos, que buscaba reivindicar la centralidad del periodismo, que era para el narrador “su mirador, su puerta al mundo y su perseverancia”.
"Di Benedetto no escribe pensando –como comenzarían a hacer algunos autores en generaciones siguientes, a caballo del nuevo periodismo– con la mira apuntando a la conformación de un libro futuro"
De esa perseverancia –que no es la de un simple redactor, como argumenta Reales, dado su papel como ejecutivo dinámico y renovador del lenguaje periodístico– se destacaban en aquel primer volumen desde la cobertura de un terremoto y las elecciones chilenas de 1964 hasta su tarea como cronista literario y cinematográfico, con Festival de Cannes y Oscar incluidos.
Antonio Di Benedetto, en 1986
Di Benedetto no escribe pensando –como comenzarían a hacer algunos autores en generaciones siguientes, a caballo del nuevo periodismo– con la mira apuntando a la conformación de un libro futuro. Aunque son también una cantera para pulir su prosa –hecha de frases sintéticas, cortes abruptos–, sus notas llevan la carga de las urgencias de cierre. Es, podría decirse, gran periodismo clásico, aunque el tono y la mirada sean de otro orden.
"La edición reúne los artículos que Di Benedetto publicaba en Consulta semanal, una revista médica en la que fue presidente del Consejo de Redacción"
En su cuento “Sensini”, Roberto Bolaño (dice la leyenda) se habría inspirado en Di Benedetto para construir a ese personaje que vive de enviar cuentos a modestos premios de provincias. Escritos del exilio, entre otras cosas, desbarata uno de los mitos de autor que lo rodean y confirma que el periodismo persistía como vocación, además de medio de subsistencia. También prueba aquello que le dijo a Chejfec: que algo había dejado en España. La edición reúne los artículos que Di Benedetto publicaba en Consulta semanal, una revista médica en la que fue presidente del Consejo de Redacción. Tenía a cargo una página cultural, donde llegó a escribir más de uno por número, haciendo participar del juego (vieja treta periodística en esas condiciones solitarias) a varios seudónimos. De ese modo, como cronista anónimo, casi de cámara, para lectores difusos, Di Benedetto continuó sacándoles punta, de manera sintética y zumbona, a sus reflejos para medir la actualidad cultural. Lo que hace tiempo hubiera podido leerse como distancia y soliloquio, se aprecia hoy –es un milagro diferido del buen periodismo– como conversación íntima con sus interlocutores futuros, nosotros. ¿De qué hablan Di Benedetto o sus seudónimos en estas notas? Hay reseñas de libros (por ejemplo, de Crónica de una muerte anunciada), de puestas de teatro, de muestras de artistas (del Paul Klee a Dalí) y, de nuevo, mucho cine. Su objeto puede ser Fassbinder, pero también ET o Poltergeist. Sobre Passion, de Godard, su alias Ben Simple sostiene en 1983 lo que alguien podría haber dicho en las recientes necrológicas sobre el reconocido pope de vanguardia: “Famoso en décadas anteriores, Godard ha cedido al estilo, que se ha vuelto común al cine y el teatro, de contar una historia sin mayor preocupación de que resulte inteligible al espectador común”.
Un párrafo aparte merece “Borges íntimo”, un encuentro con JLB meses después del Premio Cervantes, que con delicadeza Di Benedetto no firma. Los compiladores descubren, en un juego de duplicaciones borgeanas, que es él el entrevistador porque en la foto aparece reflejado en el espejo. Es una muestra de su estilo indirecto: todo consiste en un sutil interrogatorio con aire distraído a María Kodama sobre los hábitos cotidianos del escritor.
Escritos del exilio. Textos desde Madrid 1978-1983 es uno de esos libros que bien podrían no haber existido, pero, víctimas de la espera, una vez puestos en circulación tienen algo de justo e imprescindible.
El 21 y 22 de octubre se realizarán en el Centro Cultural Borges (Viamonte 525) jornadas en homenaje a Antonio Di Benedetto por su centenario. Más información y el programa completo: https://www.adrianahidalgo.com/jornadas-di-benedetto/


Escritos del exilio. Textos desde Madrid 1978-1983

Por Antonio Di Benedetto

A. Hache

582 páginas, $ 6500



Escritos periodísticos

Por Antonio Di Benedetto

Adriana Hidalgo, 394 páginas

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jueves, 8 de septiembre de 2022

LECTURA MUY RECOMENDADA



Martín Caparrós, el gran escritor argentino, decide meterse en la mente de Domingo Faustino Sarmiento para repasar los episodios más emblemáticos en la trayectoria del prócer. ¡Conocé la fascinante historia del padre del aula!


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sábado, 23 de julio de 2022

LECTURA MUY RECOMENDADA


Vida y obra de Philip Roth, en el centro de la polémica
La esperada biografía del novelista estadounidense escrita por Blake Bailey es un exhaustivo estudio marcado por discusiones muy actuales
Nicolás Mavrakis
Dufour
Al entender la esencia de su obra, una de las más importantes de la literatura estadounidense del siglo XX, Philip Roth (1933-2018) empezó a repetir en distintas entrevistas una frase del poeta polaco Czesław Miłosz que, a fuerza de insistencia, terminaría por apropiarse: “Cuando en una familia nace un escritor, la familia se ha acabado”.
Según el biógrafo Blake Bailey (Oklahoma, 1963), autor de Philip Roth. La biografía, ese punto llegó en 1969 con El mal de Portnoy, la tercera novela de Roth, cuya publicación lo convirtió a los 36 años en un enorme éxito comercial y, al mismo tiempo, en un fenómeno literario en conexión permanente con el más imperecedero y agitado de los asuntos humanos: el sexo. A partir de ese momento y hasta su muerte, Roth, que junto a su colega John Updike llegó a ser uno de los integrantes más jóvenes de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, hizo de sus libros un instrumento de interrogación permanente acerca de a cuántas “familias” pertenecía (con su hogar paterno “amorosamente opresivo” en primer lugar, pero también con las familias extendidas del judaísmo, la masculinidad y la literatura) y cuántas de ellas había “destruido”. Aunque por “destrucción”, por supuesto, solo deberíamos entender la capacidad de desarmar con más inteligencia que miramientos los tranquilizadores resguardos de cualquier identidad impuesta, por inexpugnable y sensible que parezca.
Piedra basal de novelas como El profesor del deseo (1977), La mancha humana (2000) y El animal moribundo (2001), El mal de Portnoy es un excelente ejemplo de esto, ya que a partir del relato satírico de las vivencias de un joven judío sobreprotegido por su madre que se lanza al descubrimiento del sexo (sin distinciones religiosas entre las damas dispuestas a educarlo), no solo se desatarían malestares personales con sus padres. También Gershom Scholem, por entonces presidente de la Academia de Ciencias y Humanidades de Israel, diría en respuesta a lo que Roth intentaba cuestionar (“las restricciones a las que la sociedad somete el sentimiento”, como él mismo señalaría a propósito de su primera publicación, Goodbye, Columbus, en 1959) que se trataba del libro “por el que han estado rogando todos los antisemitas”.
Por su lado, Bailey encuentra en estos nudos recurrentes entre la obra y la vida un sendero en el que las polémicas trazadas durante sesenta años de carrera renuevan a fuerza de más de un centenar de entrevistas, cartas, textos y testimonios pulcramente indagados y citados el mensaje ya establecido en ¿Por qué escribir? Ensayos, entrevistas y discursos (1960-2013). Corregido por Roth un año antes de morir, en ese libro es él mismo el que aclara que “los intereses de la ficción no son los de un estadístico ni los de una empresa de relaciones públicas”, por lo cual, más allá de lo que en la vida diaria resulta razonable, conveniente e incluso legal, la ficción tiene el deber de “expandir la conciencia moral”, incluso si, al hacerlo, se adentra en zonas incómodas.
Tal vez la paradoja sea que Roth, que a pesar de recibir decenas de galardones deseaba un Premio Nobel que se le escurrió por motivos nunca del todo claros, pero vinculados a su aura equívoca de misógino, encontrara para afianzar esta idea a un biógrafo honesto y exhaustivo, pero también con problemas personales. Publicada tras casi una década de trabajo en 2021, la primera edición de Philip Roth. La biografía fue retirada de las librerías en Estados Unidos luego de que distintas mujeres acusaran a Bailey de manera pública (pero no penalmente, hasta el momento) de abuso sexual.
Si bien es cierto que Roth llegó a pagar en 2010 más de sesenta mil dólares para borrar de un estudio crítico sobre su obra un comentario que lo acusaba de “dar marcha atrás” cada vez que “aumentaba la intimidad con una mujer y lo inquietaba verse atrapado”, en el plano de su vida real las cosas, en cambio, nunca llegaron a tanto. De hecho, el escritor contó con la ayuda de su amiga Claudia Roth Pierpont (con la que no comparte parentesco) para depurar a través de otra lectura biográfica de sus libros la sombra de la misoginia en Roth desencadenado (2013), probablemente su último intento para deshacer el daño a su imagen provocado por Adiós a una casa de muñecas, las memorias escritas por su segunda esposa, la actriz británica Claire Bloom, de quien se había divorciado en 1994.
A propósito de las motivaciones de Bloom, ni Bailey ni los muchos amigos y amigas de Roth en los círculos sociales neoyorquinos, incluyendo a sus dos esposas y decenas de amantes, ignoraron nunca la vida sexual del hombre que, en palabras de uno de sus álter ego literarios, Nathan Zuckerman, sentía una poderosa atracción por mujeres “jóvenes y heridas” a las que quería besar “donde más las habían violentado, como si tal acto pudiera redimirnos a ambos”. Esto no era un secreto, y teñido en clave de ficción aparece también en novelas tan autobiográficas como Los hechos (1988) o Engaño (1990).
Más allá de los significados cambiantes del adulterio, la libertad sexual o la identidad masculina a lo largo de los últimos cincuenta años, asuntos clave en la mejor literatura de Roth, además de su historia con Lisa Halliday, la escritora con quien mantuvo a principios de los 2000 una de sus últimas relaciones estables (a pesar de llevarle más de cuarenta años y vivir minado por los achaques), en su biografía de Roth Bailey encuentra ocasiones para mencionar entre sus parejas circunstanciales a celebridades más contemporáneas, como Mia Farrow y Jackie Kennedy, e incluso a alguna más veterana como Ava Gardner, a la que la propia Bloom le contestó un llamado telefónico preguntando por su marido en 1986.
Chismes aparte, Bailey reconstruye lo que Philip Roth suele representar: la figura de un hombre independiente, a veces narcisista y según las circunstancias calculador, pero siempre comprometido con la literatura. “No quiero que rehabilite usted mi persona. Haga solo que resulte interesante”, pidió Roth. Bailey lo hizo.



Philip Roth. La biografía

Por Blake Bailey

Debate. Trad.: Juan Rabasseda Gascón y Teófilo de Zoloya

1002 páginas, $5999




Roth desencadenado

Por Claudia Roth Pierpoint

Random House. Trad.: Inga Pellisa Díaz

432 páginas, $3249

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viernes, 8 de abril de 2022

LECTURA MUY RECOMENDADA


Momento clave El ataque que no fue y la paz que se hundió con el Belgrano
Malvinas. Cinco días decisivos. José Enrique García Enciso y Benito I. Rotolo
En el libro Malvinas. Cinco días decisivos (Editorial SB), los autores despliegan una narración detallada, contada desde adentro, sobre cómo a principios de mayo de 1982 la guerra de Malvinas pudo haber tomado un rumbo distinto; aquí, ofrecen una síntesis de su relato.

Una inesperada y trágica noticia llegada de los mares del Sur
Minutos antes de la firma de un plan de paz propuesto por el presidente peruano, el Belgrano fue atacado
José Enrique García Enciso
Malvinas. Cinco días decisivos es un libro escrito por dos personas que ocuparon posiciones diferentes durante el conflicto del Atlántico Sur. En mi caso, en la Secretaría General de Presidencia de la Nación. En el caso de vicealmirante (R) Benito Rotolo, como piloto de combate, primero en el portaaviones 25 de Mayo y luego desde tierra, en la Tercera Escuadrilla Aeronaval de Ataque, que hundió un buque adversario, la fragata HMS Ardent, y averió y posiblemente hundió otro, la fragata HMS Atelope.
Cuando nos conocimos, mucho tiempo después, comenzamos a compartir experiencias que resultaron complementarias para entender mejor lo ocurrido en el Atlántico Sur. De esas conversaciones surgieron respuestas para ambos. Para Benito, porque el 2 de mayo la flota argentina estaba en condiciones de atacar la flota británica, lo que podría haber cambiado el curso de la guerra, pero no lo hizo. Benito no conocía los episodios concernientes a la mediación en curso del presidente del Perú, Fernando Belaúnde Terry, que había solicitado a la Argentina que el 2 de mayo no hubiera ningún hecho bélico. Y así fue que Belaúnde anunció ese día que a las cinco de la tarde, hora peruana, las siete hora argentina, se firmaría la paz.
Sin embargo, a las 6.45 de la tarde, hora argentina, llegó la noticia del hundimiento del ARA General Belgrano, que llevaba rumbo a Ushuaia y estaba fuera de la Zona de Exclusión. La paz no se firmó.
Mi tarea en Presidencia de la Nación había comenzado en octubre de 1981. Estando en Corrientes, recibí una llamada del doctor Francisco Arias Pellerano, director de la carrera de Ciencias Políticas de la UCA, que me pedía que viajara en forma urgente a Buenos Aires. Dado el respeto y el afecto que sentía por él, así lo hice. Al llegar, me dijo que me había recomendado para una tarea muy especial y que debía entrevistarme con el coronel Antonino Fichera. Así se me convocó para una tarea reservada. Debía estudiar todos los antecedentes del caso Malvinas desde el punto de vista británico, y razonando como un británico. Pensaban que por haber estado yo pupilo en un colegio de gran tradición británica, el San Jorge, era el indicado para la tarea. Debía considerar su propuesta no como un pedido o una oferta, sino como una convocatoria. Respondí que sí. A partir de aquel momento, tuve una plataforma de enorme valor para seguir de cerca lo que sucedió entonces.
En el libro trato de relatar, con la mayor honestidad posible y con fidelidad al contexto del momento, cómo y por qué se llegó al 2 de abril. Pero relato también episodios sucedidos luego de esa fecha en los que me tocó participar. El primero, la mediación del general estadounidense Alexander Haig. Haig presentó su propuesta de mediación, que incluía un proyecto de posible autodeterminación para los isleños, lesivo para la Argentina, el 28 de abril, y pidió respuesta inmediata. La Argentina pidió tiempo para el análisis. Haig informó al senado norteamericano que la Argentina había rechazado su propuesta y no tenía voluntad negociadora. El Senado, con el único voto en contra del senador Jesse Helms, votó por el apoyo total a Gran Bretaña.
El 1° de mayo, Gran Bretaña atacó con inusitada fuerza y causó muchas bajas argentinas. La alarma en América Latina fue enorme. Perú envió esa misma noche un plan de paz que consideraba los reclamos argentinos. Fue aceptado. Como dijimos, minutos antes de la firma llegó la noticia del hundimiento del Belgrano.
A los veinte días, un enviado del senador Helms, Clifford Kiracofe, llegó a Buenos Aires. Me tocó ser su traductor y luego asistirlo. Preguntó por qué nos habíamos negado a negociar con Haig. Se le dijo que se habían presentado cinco propuestas alternativas, pero no lo creyó. El general Héctor Iglesias, entonces secretario general de la Presidencia, ordenó que se las mostraran. “El general Haig no fue, pues, un mediador imparcial”, concluyó Kiracofe. Y volvió a Estados Unidos a informar a Helms. Poco después, Haig renunció.
Junto al entonces mayor Horacio González, hicimos llegar la documentación referida a la propuesta del Perú y su aceptación por parte nuestra al legislador británico Tam Dalyell, quien acusó a Margaret Thatcher de haber ordenado hundir al Belgrano sabiendo que la Argentina había aceptado la propuesta peruana. Durante un año y medio enviamos documentación a Tam vía Holanda, para que no fuera interceptada. En Buenos Aires me había contactado Desmond Rice, quien escribió con el periodista Arthur Gavshon El hundimiento del Belgrano, primer libro publicado en Gran Bretaña luego del conflicto que explica el punto de vista argentino.
Toda la documentación presentada en el libro es original, pues fui autorizado a conservarla luego de que se enviaran copias certificadas a la Comisión Rattenbach. Esperamos que Malvinas. Cinco días decisivos, que trata de reflejar fielmente aquel momento y aquel contexto, sea de utilidad para quienes aspiran a conocer más en profundidad lo sucedido entonces. Y también, para la defensa de nuestros derechos irrenunciables sobre las islas Malvinas.

Licenciado en Ciencias Políticas, senador en Corrientes; coautor del libro Malvinas. Cinco días decisivos

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La improvisación impidió el mejor uso de la flota de mar
Las órdenes contradictorias lo hicieron todo más difícil para los que estaban embarcados librando la guerra
Benito I. Rotolo
Llegué al portaaviones 25 de Mayo cuando ya había zarpado y varios días después de que la bandera argentina flameara en las islas, el 18 de abril de 1982. Una semana antes estaba en Francia, en la base aeronaval de Landivisiau, junto con el teniente de navío José Arca, listo para recibir los dos últimos cursos de vuelo del moderno avión Super Etendard. La recuperación de Malvinas nos causó una gran sorpresa. Nos comunicamos con el agregado naval y su respuesta fue tranquilizadora: lo consideró un hecho político para agilizar las negociaciones sobre Malvinas; no se podía pensar en un conflicto armado.
Nuestra flota no era de primer nivel, pero estaba bien balanceada y tenía proyección oceánica, gracias al portaaviones y su grupo aéreo. En un punto advertimos que no habernos retirado de las islas, como estaba planeado, complicaba toda negociación. Permanecer en ellas era la excusa perfecta para que Gran Bretaña justificara la recuperación militar. Por otro lado defenderlas no había sido previsto, y no había plan para esta etapa del conflicto. La improvisación que siguió complicó mucho el aprovechamiento de las capacidades operativas de nuestras fuerzas.
Ante la presión de los comandantes, el 30 de abril nuestra flota salió al encuentro de los buques británicos cuando estos se acercaron al norte de las islas. Navegando a su máxima velocidad (20 nudos), en disposición antisubmarina y silencio radar, nuestro grupo portaaviones puso entonces rumbo al norte de las islas para atacar ese grupo de la marina británica que, como después confirmamos, era el portaaviones Invencible con siete destructores.
Al crucero Belgrano, con sus dos destructores escolta, se le ordenó rumbo este y más al sur, para generar otra amenaza y crear una distracción táctica, con la misión de atacar blancos de oportunidad.
De acuerdo a la orden que había recibido el almirante Allara, comandante de la flota de mar, si los británicos iniciaban un desembarco había que atacarlos. Comenzamos las operaciones aéreas de exploración y protección antisubmarina. Esa misma tarde, un avión explorador nos trajo la posición de los buques británicos.
En el libro Malvinas. Cinco días decisivos hago un detallado análisis de las posibilidades de este encuentro naval, asumiendo, como sucedió, que podíamos evitar la detección de los submarinos británicos. Podíamos tener buenas posibilidades de averiar el portaaviones británico.
Años después, en 1990, conocí en una reunión oficial al almirante británico Jeremy Black, quien era el comandante del Invencible durante el conflicto. Con buen humor, respeto y precisión, intercambiamos información sobre todo lo que se vivió aquel día, de un lado y del otro. Black reconoció que la sorpresa con la que estuvimos a distancia de combate, la ventaja de la exploración por nuestra parte y el alcance de nuestros aviones de ataque seguramente nos hubiese dado ventajas de haber librado allí una batalla naval.
Sobre este punto, poco después de que terminara el conflicto, se supo que el gobierno británico autorizó a hundir el portaaviones 25 de Mayo a partir del 30 de abril, porque lo detectaron navegando a 100 millas de la costa patagónica y aplicaron el principio de autodefensa, ya que desde esa posición los buques británicos quedaban dentro del radio de acción de los aviones de ataque del 25 de Mayo. Esto ratifica la oportunidad que tuvo la flota argentina cuando fue a interceptar al Invencible y su grupo, ya que los submarinos británicos Conqueror, Splendid y Spartan tenían la orden de encontrar y hundir el 25 de Mayo, pero no lo lograron.
Los británicos asumieron siempre que estaban en guerra y sus acciones mantuvieron coherencia alrededor de la idea de recuperar militarmente las islas. En cambio, la conducción político-militar argentina se manejó esperanzada en que se iba a lograr alguna negociación con Gran Bretaña antes de llegar a un conflicto armado.
El día 2 de Mayo finalmente se le ordenó al almirante Allara suspender el ataque y replegarse a posiciones iniciales. Ambas fuerzas comenzaron a tomar distancia, ya que los británicos se alejaron hacia el Este y nosotros al Oeste, sobre nuestra costa. En ese repliegue, el submarino Conqueror, que había detectado al crucero Belgrano la noche anterior, recibió la orden de hundirlo, fuera de la zona de exclusión. Lanzó tres torpedos a muy corta distancia. Dos de ellos impactaron en el buque argentino.
Cuando recibimos la noticia a bordo del portaaviones hubo una reacción unánime de volver sobre la flota británica, pero Allara no fue autorizado. Teníamos un fuerte sentimiento de frustración por las contradicciones de las órdenes recibidas, y nadie aceptaba perder esta oportunidad.
Con mucho pesar rendimos honores a los valientes tripulantes del Belgrano, que con un buque poderoso pero muy viejo estaban dispuestos a entrar en combate y en esa acción de guerra mostraron coraje y profesionalismo. Los que fallecieron entregaron lo mejor que tenían: sus vidas.
En el informe Rattenbach se observa severamente a la Junta por no utilizar correctamente el único elemento estratégico que tenía el país, que era la flota de mar.
Aviador naval, fue comandante de la Aviación Naval y subjefe de la Armada; coautor de Malvinas. Cinco días decisivos

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miércoles, 9 de febrero de 2022

LECTURA MUY RECOMENDADA


El antisemitismo, un flagelo que permanece latente
En Reflexiones sobre la cuestión antisemita, la francesa Delphine Horvilleur analiza las mutaciones de este prejuicio ideológico recurrente en tiempos de crecimiento de la extrema derecha europea
N. M. 
¿Qué es y cómo funciona según la rabina francesa Delphine Horvilleur (Nancy, 1974) el antisemitismo? Para entenderlo, primero habría que volver a lo que el filósofo Slavoj Žižek señala como el rasgo fundamental de la sociedad actual: el antagonismo irreconciliable entre la totalidad y el individuo. Esta definición resulta crucial. No solo constituye lo que en términos psicoanalíticos suele denominarse “el núcleo traumático de la vida social” (esto es, la imposibilidad misma de alcanzar una plenitud que resuelva las contradicciones entre el individuo y su mundo) sino que, además, por su propia naturaleza traumática el componente irreconciliable de este antagonismo suele ocultarse bajo fantasías ideológicas recurrentes. Como el antisemitismo.
Para llegar al significado profundo del antisemitismo, sin embargo, Žižek explica que no hay que pensar la “ideología” como un tipo de ilusión que enmascara el estado real de las cosas (no se trata de creer o aceptar un engaño), sino como una fantasía inconsciente capaz de estructurar de manera tolerable nuestra realidad social (por lo que su existencia ni siquiera resulta reconocible).
Es aquí donde, a partir de la Torá o la crítica cultural contemporánea, Horvilleur y Žižek confluyen en un mismo punto: el antisemitismo, ese “odioso tartamudeo de la historia”, tal como se lo experimenta incluso hoy, consiste en desplazar el siempre difuso antagonismo irreconciliable entre la totalidad y el individuo a un antagonismo más claro entre un supuesto cuerpo social “sano” y el judío “corrupto”.
Así, al describir al judío como aquel que corrompe, acapara o envenena, la fantasía ideológica antisemita crea mediante prejuicios a un único culpable de todo malestar. Como la xenofobia y el racismo, el antisemitismo sería un arma en la lucha por la identidad. “El antisemita se convenció prematuramente de que, al deshacerse del judío, encontrará de forma instantánea la plenitud a la que aspira”, explica Horvilleur en Reflexiones sobre la cuestión antisemita. Y es por esto por lo que “el odio al judío es la fantasía de un relleno”.
Por esta razón, toda pregunta acerca del antisemitismo en el siglo XXI no puede girar únicamente alrededor de la religión sino que debe avanzar por horizontes más complejos e inevitablemente incluyentes como la política, la economía y la cultura. En este sentido, pasado, presente y futuro se mezclan de modo que Horvilleur, convencida de que no hay tal cosa como un sentido claro y completo de la judeidad, se remonta al libro del Génesis para explicar el origen de palabras como hebreo (que significa “el que atraviesa”), Israel (un nombre “ganado en una lucha”) y judío (derivado de la tribu de Judá), pero también analiza lo que la política expansionista de Israel en el Medio Oriente actual desata entre antisionistas y sionistas, dos bandos anclados en la conflictiva figura de un Dios que “al no tener igual”, como escribe Peter Sloterdijk en Fobocracia, “tampoco lo tiene su pueblo”.
Desde esta perspectiva, que el antisemitismo sea a todas luces un problema de los antisemitas le sirve a Horvilleur para explorar la envidia antisemita desatada por un deseo frustrado de pertenencia al “pueblo elegido” como causa primera del odio y, a partir de ahí, sostiene, el complejo de inferioridad frente a un judío que es “siempre más”. O visto también desde las normas de género, incluso una amenaza a la autoridad masculina, por lo que el antisemita convierte al judío en un “hombre feminizado” o una “mujer virilizada”.

El otro elemento inevitable para pensar el antisemitismo es el nazismo, que para el suizo Philippe Burrin (Chamoson, 1952) profundizó una combinación perfectamente moderna y terrible de ciencia y burocracia, dos vectores que alineados desde inicios del siglo XX detrás de nuevas fantasías de pureza racial y nacional desencadenaron una escala inédita de violencia al enmascarar con argumentos “racionales” los viejos prejuicios. Este es el motivo de que, durante la Segunda Guerra Mundial, la aniquilación sistemática de los judíos fuera entendida por los nazis como un deber biológico y patriótico, y de que aún en 1957 Adolf Eichmann se disculpara, entre amigos, por sentirse “cómplice de que la eliminación total no se haya podido llevar a cabo”, como dijo en sus entrevistas con Willem Sassen en Buenos Aires, analizadas por Bettina Stangneth en Eichmann antes de Jerusalén.
Dos rasgos de esta singular judeofobia, explica Burrin en su libro Resentimiento y apocalipsis. Ensayo sobre el antisemitismo nazi, salido hace más de una década, es que su base sobre los principios de la raza y la nacionalidad triunfó, en parte, por la “descristianización” impulsada por el nazismo (que contra el atávico antijudaísmo cristiano proponía la idolatría de la raza aria y su mítico destino de grandeza), pero también por las condiciones previas en las que germinó la voz de Adolf Hitler.
Si bien investigadores como Richard J. Evans sostienen que a la luz del éxito ya desde finales del siglo XIX de Los protocolos de los sabios de Sion, el libro fraguado que inventó una conspiración judía para dominar el mundo, es lícito preguntarse hasta qué punto “el antisemitismo en sí es una teoría de la conspiración”. A partir de 1918 las desfavorables condiciones alemanas de entreguerras promovieron la emergencia de figuras ideológicas antisemitas tan contradictorias pero útiles como el judío liberal, socialista o comunista, con las que las clases bajas, medias y altas podían resolver ideológicamente sus respectivas contradicciones económicas y políticas.
Para terminar, y alerta al hecho de que el antisemitismo recrudece en tiempos de crisis y que, por eso mismo, vivimos tiempos delicados, Horvilleur se permite responder con humor lo que desvela al antisemitismo: “¿Cómo acabar con el judío? ¡Basta con hacer creer al judío que sabe precisamente de qué se trata su judeidad!”



Reflexiones sobre la cuestión antisemita

Por Delphine Horvilleur

Libros del Zorzal. Trad.: Estela Consigli

126 páginas / $ 1295



Resentimiento y apocalipsis

Por Philippe Burrin

Katz. Trad.: Alejandrina Falcón

120 páginas

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