Mostrando las entradas con la etiqueta OPINA MIGUEL ESPECHE. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta OPINA MIGUEL ESPECHE. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de agosto de 2019

OPINA MIGUEL ESPECHE,


"Tener razón" es el objetivo más anhelado y, a la vez, el más inútil

Miguel Espeche
Ojalá alcanzara con la razón, pero no, no alcanza. De hecho, en los vínculos humanos, si bien tener razón es de las cosas más anheladas que existen, es, a la vez, de las más inútiles.
Eso de ir imponiendo razones por allí, con la convicción de los conversos, es el mejor camino al infierno. Y a las pruebas nos remitimos: la vida y la profesión nos han hecho testimoniar batallas de razones y más razones que van guiando a las personas hacia la zona oscura, sin poderse salir de la trampa de la discusión perpetua.
Tenemos una suerte de fetichismo respecto del "tener razón", el que nos juega una mala pasada a la hora de tramitar los desacuerdos o tomar decisiones en conjunto. La idea de que el argumento "coherente" es sinónimo de verdad total hace que se desvíe el eje de las conversaciones. En esos casos, las personas, en vez de ayudarse sumando perspectivas, vuelcan su energía hacia el armado de los más blindados razonamientos con el fin de aplastar los de los demás.
Si se desea testimoniar un ejemplo de lo dicho, el lector puede darse una vuelta por Twitter y entenderá a qué nos estamos refiriendo. Allí, a modo de ejemplo de las batallas argumentales que a nada conducen, vemos cómo gente que no se conoce ni le importa el prójimo "distinto" dispara argumentos mezclados con insultos, ganando la razón a fuerza de defenestración del otro.
Lo realmente dramático ocurre cuando esa forma de hacer las cosas que vemos en Twitter se da en espacios afectivos significativos. Allí duele mucho más, y el daño, sin dudas, es mayor.
Yendo a estos escenarios más cercanos, y para dar un ejemplo de una posible salida de esta trampa, proponemos al lector que recuerde cómo terminaron sus discusiones de pareja últimamente. Es posible que se dé cuenta de que raramente finalizaron de buena forma por el hecho de haber logrado imponer su razón a fuerza de "lógica", sino por la irrupción de otras dimensiones a la ecuación, generalmente más emocionales.
Habitualmente, las discusiones que lograron llegar a buen puerto son las que apuntaron más a la "verdad de las cosas" (incluso la verdad afectiva de los participantes) que a la coherencia de los argumentos. Argumentos coherentes hace cualquiera; lo realmente difícil es hacer sustentables las relaciones humanas, habitadas por aquellas razones del corazón que la razón no entiende. Dicen los que saben que la razón es un instrumento para acceder a la verdad, pero no es la verdad en sí misma.
Si la "verdad" es que usted anhela llevarse bien con la persona a quien quiere, no será imponiendo razones que logrará tal cometido. Si hace esto último se volverá aburrido, prepotente y lo tildarán de egoísta, no le quepan dudas. Le recomendamos para el caso que a la hora del intercambio de perspectivas deje algunas rendijas a través de las cuales puedan pasar sus ganas de estar en paz con el otro.
Podemos decirle que, más tranquilos usted y su interlocutor, sea dentro de un rato o de un año, esos argumentos, blandidos hoy como absolutos, se habrán aflojado y no parecerán tan importantes.
Como decíamos antes, las discusiones suelen terminar (o ir terminando), para bien o para mal, con la aparición de las emociones y sentimientos que se comparten. De hecho, las reconciliaciones suelen ser más emocionales que argumentales. Por eso la palabra concordia etimológicamente tiene que ver con "cor", que significa corazón. Y también por eso acá va otro consejo: si la vida lo pone en la encrucijada de tener que elegir entre la razón o la concordia, elija la concordia. Se lo decimos de corazón.

lunes, 7 de mayo de 2018

LOS HERMANOS...OPINA MIGUEL ESPECHE




Miguel Espeche
Si no tenemos hermanos, los buscamos en la vida hasta encontrarlos. Esto es así porque en el ser humano hay un deseo profundo de contar con la fraternidad como valor y referencia, para que el camino que debamos transitar no sea tan árido. Sentir con alguien la cercanía de un destino compartido, valores y sueños gestados en la misma matriz, un rasgo o un gesto en común o un sentimiento surgido de la historia que solamente se entiende si se estuvo allí, en aquel momento cuando en la lejana infancia tantas cosas se forjaban desde sus cimientos... Todo eso marca el significado de la hermandad, esa que se tiene o que se busca más allá de la familia de origen.
Decía el Martín Fierro que la ley primera era la unión de los hermanos, para que los de "ajuera" no los devoraran. Bastante razón tenía. De hecho, el gaucho encontró en su amigo Cruz a ese hermano que, si bien no compartía genética, sí compartía destino y valores, ese sentir entrañable de la amistad que forma un lazo tan profundo que trasciende la sangre para hacerse fraternidad.
En tiempos de "cuentapropismo" en todos los órdenes, la hermandad está silenciada, pero sigue vigente. Hay hermanos y hermandades de todo tipo. Algunas se ejercen desde el compartir del asado dominical vivido como liturgia; otras, por el contrario, se vivencian desde la distancia del desencuentro o a través de las peleas sordas por la herencia (tan intensas como el amor herido). Hay hermanos que no se ven, pero se acompañan a distancia, y están los que se buscan solamente cuando la vida cruza fuerte y se procura, en ese momento, alguien "del palo" que entienda la sintonía íntima de la propia tribu...
Como se ve, hay muchas maneras de vivir la hermandad, todas ellas intensas, aunque puedan estar aletargadas, como ocurre cuando hermanos distanciados se encuentran tras años y años de broncas disfrazadas de indiferencia. Allí, cuando ya es mucha el agua que ha pasado bajo el puente o, justamente, cuando alguno de ellos ha partido de manera definitiva, como un volcán surgen emociones de esas que solamente un hermano puede producir. Es habitual ver esos reencuentros en los que las anécdotas de las peleas quedan en eso, anécdotas, y se ve lo que une más allá de ellas.
Allá en la infancia, aquellos hermanos que aparecían en el paisaje eran el otro necesario para que el narcisismo no hiciera de las suyas. Se aprendía a compartir, a dejar de ser centro de la escena, a hacerse un lugar a los codazos cuando era necesario, a sentir la crudeza que se daba en aquellos ritos y universos generados en común.
Es verdad que muchos hermanos compiten entre sí. La gestión parental suele ser poco hábil a la hora de impartir justicia y evitar que exista puja por lograr un espacio bajo el sol. Cuando las cosas no son ordenadas, la fraternidad a veces se torna un campo de batalla en el que se busca ganar el propio sustento. Los celos, la ley del más fuerte, la dictadura de los más chiquitos ("pobrecitos"), los hermanos problema y los sobreadaptados que no generan inconvenientes (y ese, justamente, es su problema)... El escenario es tan prolífico como lo es la humanidad, pero con el añadido del sentir de la hermandad que, como decíamos, puede estar silenciado, pero nunca deja de existir.
La ley primera es la unión de aquellos que son hermanos, sin idealizaciones, pero sin dejar de percibir que la hermandad es parte de lo que somos. Iguales, distintos, unidos pero no mezclados, aun cuando haya grietas que parezcan insalvables. Al final, la hermandad se hace valor, y cuando las cosas se hacen difíciles, es muy probable que haya un hermano disponible, sea o no de sangre, para derrotar el destierro y hacernos saber que somos parte de una trama, esa que nos hace ser familia, a pesar de todo.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta@MiguelEspeche

jueves, 19 de abril de 2018

OPINA MIGUEL ESPECHE,


MIGUEL ESPECHE

Todo indica que el "tengo alguien para presentarte", dicho por amigos o parientes piolas, es más eficaz que andar hurgando por las redes para encontrar al amor de la vida. Quizás también sea más fructífero el acercamiento en el lugar de estudio, en una fiesta, en la plaza del pueblo, en el trabajo o en el curso de fotografía, así, a la vieja usanza. En cambio, lo de las redes sociales destinadas a encontrar pareja, según varias investigaciones, no se ve tan eficaz, y, si bien hay mucho movimiento, al parecer hay más espuma de lo que se creía.
Para el caso vamos a creerle a Jelena Kecmanovic, una psiquiatra norteamericana que recabó información de varias fuentes y la volcó en un artículo titulado "Por qué debería usted preguntarles a sus amigos y parientes para concertar citas", el que apareció enPsychology Today, una conocida publicación dedicada a divulgar temas de salud mental y de psicología en los Estados Unidos. La profesional juntó varias investigaciones y dio números contundentes que dan por tierra con la eficacia de las redes sociales a la hora del encuentro del amor.
Habrá excepciones, seguramente, pero los números indican que, justamente, son excepciones, y no regla, las uniones que perduran en ese territorio. Insistimos: no se trata de encontrar a alguien con quien salir, sino de que esa relación fructifique hacia algún lugar que vaya más allá del "chau, fue muy lindo conocerte".
Los datos son a veces curiosos. Por ejemplo, alguien se tomó el trabajo de investigar que, por ejemplo, la mitad de los 19 millones de mensajes enviados por 400.000 personas en estado de "buscar cita" desde las diferentes redes dedicadas al tema, nunca fueron respondidos. También que solamente el 1,4% de las conversaciones terminaron en un intercambio de teléfonos, lo que permite inferir que es mínimo el número de interacciones que terminan en un encuentro cara a cara. Eso si no se tiene en cuenta que el 57% de los varones y el 23% de las mujeres que ubican sus coordenadas en ese tipo de redes, nunca reciben un mensaje de parte de alguien.
Dice también la profesional que, en la búsqueda de citas por Internet, más no es mejor. La idea de que hay una gigantesca oferta no genera algo bueno, sino que suscita angustia en el "consumidor". Sucede que esa enorme cantidad de alternativas propicia una gran ansiedad, así como la falsa idea de que hay siempre algo mejor cerca (que se va a perder si se opta por una persona en particular). Los números indican que por esa causa hay menos capacidad de compromiso y, por lo tanto, un deslizarse de cita a cita, sin profundizar en algo. La observación también indica que, tras el período de novedad, las citas online pasan a ser todas parecidas. El ánimo de cacería a veces toma la posta y el clima no suele ser el propicio para la apertura y la intimidad que todo amor genuino requiere. En esa línea siempre es bueno recordar que la sexualidad, planteada como se plantea muchas veces en estos días, no siempre es intimidad, sino todo lo contrario.
Tal vez un camino sea ampliar el menú de opciones a la hora de buscar relaciones significativas. El juego sigue ocurriendo en la cancha de la vida, y, si bien la red es una opción válida, nada como la "realidad real" para encontrar aquello que se busca a la hora de generar una sintonía que perdure en el tiempo.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta @MiguelEspeche

jueves, 5 de abril de 2018

RECLAMAR; OPINA MIGUEL ESPECHE




Miguel Espeche
"¿De qué murió la pareja?", "de reclamos"? Así son las cosas en muchísimos casos. Todo indica que, por esa causa, no conviene saturar la pareja de reclamos, ya que los efectos son muy negativos.
Reclamar, cuando se transforma en algo crónico, daña el vínculo al generar una hemorragia emocional que va vaciando los amores para transformarlos en pesadillas. No hablamos de los problemas o desencuentros acerca de los cuales surge el reclamo, sino de la idea de que reclamar es, de por sí, un remedio para la situación.
Hay una idea de que reclamar es adecuado, si bien en los hechos genera más impotencia que otra cosa y tiende a crispar los ánimos. Si alguien, por ejemplo, incumple un pacto, se le hace notar al respecto, se le reclama una vez, dos, tres, y luego? se verá qué hacer, pero reclamar ya no sirve. El reclamo crónico victimiza y vuelve impotente al reclamante, ubicándolo en un lugar dependiente que, a la larga, lo llena de resentimiento. Lo notable es que el reclamado siente a su vez algo parecido: impotencia y resentimiento, al ser abordado desde el reclamo y no desde algún otro lugar más fecundo. Claro, hablamos siempre de vínculos con una mínima buena fe. En caso de ausencia de ella, el problema es otro y no vale lo aquí escrito.
Digamos que es mejor expresar las cosas en forma de deseo (lo que uno quiere) que hacerlo en clave de reclamo (lo que el otro debería hacer). Al menos esa es la propuesta que acá planteamos, la que deberá ser validada, estimados lectores, por su propia experiencia.
Decir "quiero verte", manifestando un deseo claro, suena diferente a "no venís nunca". Esto se debe a que el deseo da y el reclamo pide. El deseo ofrece sustancia propia; el reclamo absorbe sustancia ajena. Claro, decir las cosas en clave de deseo puede frustrar y doler cuando este no se satisface. Pero si las cosas se dan, se disfrutan más y mejor, ya que el método fue genuino y no apuntó a la culpa, al temor o a un imperativo.
El deseo es algo que se tiene, no algo que falta. Por eso permite que, de no ser satisfecho, sean varias cosas que se pueden hacer con él. Uno puede quedar dolido, pero no vacío, cuando le dice al otro las cosas desde el desear. El reclamo, en cambio, es un deber, no un haber, y pone en rol dependiente al reclamante que, de perdurar por ese lado, verá que se va desesperando al sentir que su destino está en manos ajenas.
El amor de pareja no surge a partir de lo que les falta a sus integrantes, sino que se constituye a partir de lo que son y tienen. Se genera desde allí algo llamado "vínculo", que es, de alguna forma, como el primer hijo de la relación. El amor no llena vacíos, sino que une la riqueza de cada uno, para generar una riqueza superior.
En toda pareja van llegando los momentos en los que el otro deja de ser un ideal y se transforma en persona. En ese proceso, se ven los pingos. Muchos reclamos son fruto de lo que se había idealizado del otro. Conviene entonces centrar la percepción en lo que hay más que en lo que falta. Al amor conviene ofrecerlo a las personas y no a las idealizaciones. Si lo que queda de la pareja tras la caída de la idealización es suficiente en términos humanos, vale agregarle un poco de amor y el resto vendrá, si tiene que venir, por añadidura.

El autor es psicólogo y psicoterapeuta

viernes, 23 de marzo de 2018

EL USO DE LA CULPA







Miguel Espeche 
Antes, hace mucho, era la Inquisición la que perseguía la forma de pensar y sentir de la gente, y lo hacía en representación de una idea de pecado asfixiante y de un Dios que no tenía mejor cosa que hacer que hurgar en los pensamientos y actos de los humanos para condenarlos. La idea subyacente era que veníamos fallados de fábrica, culpables de origen, con una deuda infinita que debíamos tratar de pagar, sin éxito, durante toda una vida.
Ahora los escenarios son otros, pero ¿hemos salido de aquel territorio de la culpa así entendida? La respuesta es un no rotundo.
Aquella culpa instrumentaba la pretensión de sojuzgar la emocionalidad, los cuerpos, las ideas, las personas y las comunidades como tales. No apuntaba a mejorar a la gente, sino a dominarla y amputar su albedrío y espontaneidad al punto de tornarse insoportable.
Tal situación se daba en escenarios religiosos, sociales y políticos, pero también domésticos, con graves daños a la salud de todos. Pero lo que antes era la Inquisición ahora está en Facebook, Twitter y demás aplicaciones y espacios públicos que hacen a un nuevo estilo de tribunal. De hecho, las redes sociales son una tribuna desde la cual se baja el pulgar o se señala con el índice a los que van en contra de los discursos blindados que, como quien no quiere la cosa, patrullan los escenarios sociales de hoy, desde una pretendida superioridad moral que culpabiliza violentamente a quienes suman matices al pensamiento colectivo.
Retrógrado, represor, dinosaurio, abusador y cómplice son, entre otros, los adjetivos que se arrojan como piedras o, peor aún, se autoadjudican muchos desde la culpa, generando una nueva forma de miedo que se disfraza de otra cosa.
No hablamos de responsabilidad (la capacidad de hacerse cargo), sino de culpa. Y la culpa, así vista, no es amor? es espanto. Actúa como algo infiltrado en el propio ser que infantiliza, dado que se vive como algo externo que obliga a hacer "buena letra" sin autenticidad alguna con tal de no sufrir severas consecuencias. Usada de esta forma, la culpa condena no solamente lo que la persona hace, sino también lo que la persona es, socavando el autorrespeto hasta los cimientos.
En los consultorios de psicoterapia, a los problemas clásicos actualmente se agregan los esfuerzos para identificar y sanar los efectos de las nuevas culpas modernas, esas que surgen del criterio de quienes pretenden colonizar a los "herejes" a fuerza de violencia discursiva.
Un ejemplo de cómo funciona esta usina culpabilizadora es lo que ocurre con la ideología de género y de algunos que la sostienen de manera bélica y radical. Se aborda la cuestión desde una virulencia que gatilla siempre en clave guerrera y condenatoria, pretendiendo doblegar el discurso ajeno más que agregar amor y lucidez a ese discurso para generar una verdadera transformación.
Vale ir apuntando a una evolución cultural que sirva para mejorar las cosas en el terreno de los vínculos y las condiciones de todos. La idea es, desde esa base, generar condiciones de equidad, justicia y humanización. Pero en nombre de esa evolución muchas veces se degrada la frescura de la palabra, se juzga desde la "corrección discursiva" más que desde la genuina ética, y así mucha gente junta rabia y resentimiento (la contracara de la culpa), más que conciencia y entendimiento.
Alguien dijo alguna vez que "la cosa no es cambiar de amo, sino dejar de ser perro". Si la evolución social es a través de la culpa arrojada como piedra, no es evolución social. Las mejores causas fueron infiltradas por los Torquemada de turno. El desafío es, entonces, honrar las causas nobles sin apuntar a métodos culpógenos innobles, esos que no van al fondo del asunto, sino que hacen que, en definitiva, todo siga igual, pero con diferente nombre.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta