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viernes, 10 de enero de 2020

PROSPECTIVA 2020,


Qué esperar de 2020. Los jóvenes marchan por un futuro en riesgo

Luis Castelli

Si hay algo en verdad destacable de 2019 es que una generación de jóvenes se dispuso a detener el cambio climático. Este fue un año de protestas masivas que exigieron a los gobiernos una rendición de cuentas o un accionar más comprometido. Más allá de la orgullosa barbarie de algunas manifestaciones, las marchas promovidas por las juventudes de todo el mundo contra el calentamiento global merecen una reflexión por el contraste evidente entre uno de los temas más inquietantes que la humanidad enfrenta hoy y la irremediable incomprensión de la clase política para resolver la crisis.
La Conferencia de Madrid sobre el Cambio Climático poco avanzó en la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Como es costumbre, la búsqueda de soluciones concretas se pospuso para la próxima reunión en Glasgow. Como una Sherezade sin encanto, los "sacerdotes" de estos encuentros ganan, en cada cumbre, un año más de vida. Pretenden salvar su pellejo con tecnicismos, como si así pudieran congelar el tiempo o impedir que la temperatura media del planeta aumente más de 1,5 ºC, punto de inflexión establecido por los científicos para evitar los peores daños del cambio climático y sus consecuencias impredecibles. Las Cumbres han devenido reuniones anémicas, sobrevoladas por el deseo de posponer la batalla antes que por una decisión de alentar una humanidad combatiente contra el calentamiento de la Tierra. Sus debates son infinitos, odiosos, sin sabiduría. ¿No hay una cierta violencia en no resolver un tema tan acuciante?
Las generaciones más jóvenes marcharon para defender el futuro que desean, y es esperable que lo sigan haciendo el año próximo, movidos por su deseo de ser escuchados. Una de las más destacadas activistas es Greta Thunberg, quien inspiró el #FridaysForFuture, un movimiento de huelgas escolares orquestado por estudiantes de todo el mundo. En marzo, un millón y medio de jóvenes salieron a las calles en 123 países. En Madrid, en ocasión de la mencionada Conferencia, medio millón de personas ocupó el centro de la ciudad en una histórica Marcha por el Clima. Para la burocracia asistente a las cumbres internacionales, Thunberg es algo así como una nueva Casandra, aquella mortal a quien Apolo otorgó el don de leer el futuro y la desgracia de que nadie creyera en sus vaticinios.
Sin embargo, que el objetivo de las marchas de jóvenes en todo el planeta sea el cumplimiento de los preceptos de la ciencia le otorga belleza a la demanda. ¿No es admirable que sean justamente los jóvenes -en muchos casos, apenas adolescentes- quienes pidan que se escuche a los científicos y que nos propongan una tarea, un deber de cuidado ambiental? Se trata de algo verdaderamente revolucionario, un homenaje al propio Galileo.
El Acuerdo de París de 2015 fijó el objetivo de mantener el aumento de la temperatura media mundial por debajo de 2 ºC, sin abandonar los esfuerzos para que no supere los 1,5 ºC recomendados por la ciencia para evitar un daño irreversible. Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), de continuar el actual volumen de emisiones de dióxido de carbono, la temperatura subirá más de 3 ºC a fines del siglo XXI. Que la juventud reclame en marchas multitudinarias priorizar las advertencias científicas por encima de las conveniencias políticas ilumina la penumbra de quienes parecen estar desconectados de las urgencias del planeta. Abre una dimensión ética.
Los jóvenes movilizados por el clima tienen la capacidad de ser la voz de la humanidad entera. No actúan movidos por el interés económico sino por sus vidas, las de sus hijos y hasta la del último hijo de sus hijos. Muchas protestas nos han hecho pensar que no somos capaces de vivir en forma civilizada. Pero las demostraciones públicas contra el cambio climático protagonizadas por los jóvenes -y los adultos de espíritu joven- son distintas. Son movilizaciones pacíficas, bellas, porque dan sentido a nuestra especie y demuestran que la civilización no es un anhelo imposible.

Miembro fundador y director ejecutivo de la fundación Naturaleza para el Futuro

jueves, 9 de enero de 2020

PROSPECTIVA 2020,


Qué esperar de 2020. Todo pronóstico corre el riesgo de quedarse corto

Ariel Torres

El futuro del progreso técnico es virtualmente impredecible. Digamos mejor: la palabra "virtualmente" está de más. Casi los únicos que la llevan tan mal a la hora de hacer pronósticos son los periodistas de política nacional.
La cuestión con las predicciones tecnológicas es que todo eso que llamamos r evolución digital nace en los laboratorios donde se estudian ciencias básicas. Como ocurrió con la mecánica cuántica, la teoría de la relatividad o, más recientemente, con los diodos emisores de luz azul brillante, el año próximo (o cualquier otro año) podría ver nacer un hallazgo que dispare una nueva maravilla técnica.
Hay muchas ya, en nuestros bolsillos, a las que damos por sentadas. Un cerebro electrónico tiene varios miles de millones de componentes y es más pequeño que una moneda de cinco pesos. Como si nada, nos guiamos con un receptor que habla con una red satelital capaz de localizarnos sobre la superficie de todo el planeta con un error de unos pocos metros. La llamamos GPS y hoy es algo cotidiano. Pero alguna vez estuvo en la mente de personas cuya labor, la investigación básica, era mayormente ignorada, incomprendida o menospreciada.
El asunto es que hay deudas pendientes. Muchas más de las que imaginamos. Las baterías por ejemplo. Duran poco y no son amigables con el medio ambiente. Pero IBM anunció hace unos días que ha desarrollado unas que se basan en minerales extraídos del agua de mar, no usan metales pesados y duran más que las que usamos actualmente en nuestros dispositivos. Es una de muchas noticias en esta materia.
Los nuevos materiales son también otra área donde la búsqueda es frenética. Los fabricantes quieren ofrecernos ahora teléfonos plegables. Pero se encuentran con toda clase de obstáculos. Les falta aún la bala mágica, esa sustancia todavía esquiva que se pueda doblar decenas de miles de veces sin averiarse, sin siquiera marcarse. Podríamos en 2020 ver nacer un material que hoy nos parece imposible. Pero podría llevar más tiempo. La estructura de uno de los materiales milagrosos de los que se viene hablando desde la década del 90 del siglo pasado, el grafeno, fue definida en 1916.
Para complicar todo pronóstico, estas tecnologías son tan poderosas como disruptivas. La compañía de seguridad Avast se pronunció en diciembre sobre lo que anticipa para 2020: ataques más elaborados y una mayor explotación de ese gran frente de tormenta que es la Internet de las Cosas (IoT, por sus siglas en inglés). Desde cámaras de seguridad hasta televisores y altavoces inteligentes, los piratas informáticos están haciendo un uso cada vez más intensivo de estas pequeñas computadoras conectadas a Internet, que, sin embargo, no parecen computadoras.
Resulta difícil equivocarse al predecir que en 2020 se producirá al menos un evento a gran escala de inseguridad informática. Y estamos siendo optimistas.
Otro asunto que podría suscribirse sin mayor recelo es que la presión sobre Google y Facebook por abuso de posición monopólica e invasión a la privacidad continuarán por parte de numerosos Estados. Se supo en estos días que Apple planea poner su propia red satelital. Dicen que para darle conectividad al iPhone. Los más escépticos opinan que quizá sea para competir con otros reyes del contenido, como Amazon, Netflix y YouTube.
Más concentración, un sello de esta industria. Las cuatro apps más descargadas de los últimos 10 años le pertenecen a Facebook. Difícilmente, a juzgar por los 50 años precedentes, este escenario vaya a cambiar en 2020. Otra predicción: nos volveremos cada vez más dependientes de estos gigantes.
Muchas tecnologías están en ciernes. Una de las que más se habla es 5G, la sucesora de 4G, que promete velocidades de transmisión móviles sin precedentes. Pero a no descorchar todavía. La tecnología 5G, que ya está disponible en Corea del Sur, China, Estados Unidos, Inglaterra, Australia y otros países, todavía se encuentra en pañales y sufre de un número de dificultades. Algunas, dicen los expertos, llevará años resolverlas. Pero algo es seguro. Al final, le van a encontrar la vuelta.

miércoles, 8 de enero de 2020

PROSPECTIVA 2020,


Qué esperar de 2020. La guerra del streaming viene a cambiarlo todo

Marcelo Stiletano
Hay un espejismo que aparece frente a nuestros ojos cuando estamos por cruzar la puerta de entrada a un nuevo año. En la superficie nada parece estar cambiando. Está al caer Frozen 2 , el nuevo tanque animado que prepara Disney para llenar los cines. Al mismo tiempo, los rumores sobre las candidaturas fuertes al Oscar (se anunciarán el 15 de enero) hablan de lugares importantes para algunas películas de Netflix: El irlandés, Los dos papas, Historia de un matrimonio. Esto quiere decir que seguimos identificando esa marca, dueña y señora del entretenimiento hogareño, como la única que provee cine y series para ver en casa.
Sin embargo, por debajo hay movimientos que harán temblar toda la superficie ocupada por el consumo de entretenimientos aquí y en el mundo. Ese verdadero sismo cultural marcará a fuego todo 2020. Se lo dijo con todas las letras a Variety, la revista más influyente de Hollywood, el CEO de la productora Village Roadshow Entertainment, Steve Mosko: "Los próximos 18 meses van a determinar hacia dónde se dirige este negocio en los próximos 20 años". Está hablando de hechos que ocurrirán a escala planetaria y al mismo tiempo. Así funciona hoy la lógica de la industria del entretenimiento.
¿Qué trae 2020? Ante todo, la batalla del streaming. En el país todavía no percibimos lo que ocurre a toda velocidad en el primer mundo. En la Argentina, como decíamos, Netflix resume todo lo que entendemos por cine y series para ver en el hogar. En Estados Unidos y buena parte de Europa Occidental pasa otra cosa. Disney ya tiene "su Netflix". Apple, también. Warner-HBO contará con el suyo a mediados del año próximo y NBCUniversal, un poco antes.
¿Qué hará el consumidor común y corriente con tantos "Netflixs" a su alcance? Por lo pronto, tendrá a disposición una extraordinaria oferta de contenidos originales (cada plataforma rivalizará con las otras a partir del atractivo de sus producciones exclusivas) y un catálogo infinito de películas y series. Cada una (Apple TV Plus, Disney+, la futura HBO Max) invertirá millones por ganarse al público de cada territorio. No habrá dinero en todos los hogares para tener en una pantalla (en cualquier pantalla, porque estos contenidos estarán disponibles en celulares, tablets y PC) la suma de estas plataformas. La competencia será feroz y la veremos desplegada en la Argentina y el resto de la región en algún momento del año que viene.
¿Qué escenario nos espera? Muy probablemente, uno en el que vuelve a imponerse la ficción. Esto desplazará la atención del espectador hacia estas plataformas en detrimento de la televisión en vivo: las noticias y acontecimientos deportivos serán paulatinamente relegados hacia otros espacios de difusión. La consumación de este proceso quizá demore mucho más que 12 meses, pero nadie duda de que en 2020 los cambios y las situaciones disruptivas quedarán más a la vista que nunca.
En el fondo, este cuadro no es otra cosa que el efecto a mediano plazo del cambio de paradigma y la verdadera revolución copernicana que experimentó el consumo de entretenimientos desde que el espectador dejó de ser una figura pasiva. Netflix fue el primero en descubrir que había un nuevo tipo de consumidor cansado de que otros le armaran su plan de entretenimiento. La guerra del streaming lleva al máximo la idea de empoderamiento de la gente y sus decisiones de consumo. Ahora se multiplicarán las posibilidades de ver una película o una serie cuándo, dónde y cómo uno quiera.
Ningún aspecto de la industria quedará ajeno a este torbellino de cambios. El nuevo escenario propicia cambios en los cines (con una primera ventana para el estreno de películas cada vez más reducida y acotada en el tiempo), en la producción (más películas para las plataformas, más miniseries y temporadas cortas para ser vistas preferentemente en formato de maratón), en la distribución y la llegada a los hogares. Los criterios publicitarios tradicionales también se transformarán, así como el perfil de sus protagonistas (actores, guionistas, productores, directores). Un largo ciclo de transformaciones parece estar poniéndose en marcha. El 2020 que aparece frente a nuestros ojos será su gran disparador.

martes, 7 de enero de 2020

PROSPECTIVA 2020,


Qué esperar de 2020. Todavía no llega el camino hacia el crecimiento

Juan José Llach
Por primera vez desde 1952 un gobierno peronista se inicia con una economía complicada y sin viento de cola externo que la alivie. No es viento en contra, pero la globalización pletórica de oportunidades de casi todo el siglo XXI está, al menos, en modo de espera. Con el liderazgo del presidente Trump, el mundo vira a más proteccionismo; desde la gran crisis de 2008, la economía de los países desarrollados crece estimulada por bajísimas tasas de interés y, en fin, la deuda global, pública y privada, llegó al record de 2,3 veces el PIB mundial, aunque creciendo menos recientemente. Pese a una mayor protección recíproca, China y Estados Unidos seguirán comerciando y, aun con amenazas, es probable que la economía global evite una crisis seria mientras la bajísima inflación permita tasas de interés del mismo tenor, por bastante tiempo. Con tales matices globales, es erróneo sostener que la Argentina debe volver al "mercadointernismo" como estrategia de crecimiento (sin perjuicio de que el mercado interno debe y puede crecer). El mundo, y especialmente los países emergentes de Asia y África, seguirán ofreciendo oportunidades relevantes a la Argentina.
El presidente Fernández llamó a la unión nacional, el ministro Guzmán enfatizó la necesidad de la consistencia macroeconómica y el jefe de gabinete Cafiero mencionó la necesidad de ajustar el gasto político, propósitos sin duda nobles y compartidos, pero hasta ahora apenas prologados. La unión nacional no se ha traducido en acuerdos relevantes, reemplazados con facultades delegadas al PEN. En la macroeconomía parece avanzarse en la renegociación de la deuda pública y, más claramente, en reducir el déficit fiscal -a tono con el FMI- pero basándose solo en más impuestos, muchos de ellos de pésima calidad y que nadie utiliza en tal escala, como los derechos de exportación o los ingresos brutos (estos por la suspensión del excelente consenso fiscal nación-provincias). No se conocen las políticas monetaria y cambiaria, y por lo tanto no caben conjeturas sobre la inflación futura, clave para lograr la menor dolarización que se plantea. Nada se ha dicho sobre la evasión, y más bien se la alienta con la generosidad de la enésima moratoria. Se sigue cazando en un zoológico que, por esta vía, volverá a despoblarse. Reducir el gasto político es imprescindible, por coherencia con la proclamada solidaridad y con la igualdad ante la ley, pero no pesa en los números. Nada se ha dicho aún sobre el gasto burocrático y es inexplicable que el gobierno nacional tenga unas 80 secretarías y cerca de 200 subsecretarías. No ha habido ni una palabra acerca de cómo aumentar la bajísima productividad del Estado, que debe y puede ser inclusiva. Aun las necesarias medidas anunciadas para aliviar la pobreza y las carencias alimentarias podrían haberse formulado con más precisión y menores costos.
El Gobierno parte de un diagnóstico político de la economía, que impide registrar que las tendencias del estancamiento del PIB y del empleo formal, de la alta inflación y del aumento de la pobreza, son de larga data e incluyen a la mal llamada "década ganada". Por ejemplo, ella finalizó con niveles bajísimos de inversión y exportaciones, ambas esenciales para crecer. Con las recientes medidas, dos sectores de gran potencial, el agro y la energía, reducirán ambas.
Es cierto que el Gobierno no ha cumplido siquiera un mes. Pero obtuvo su contundente triunfo en las PASO hace ya cuatro y medio. La demora en dar a conocer su estrategia de crecimiento inclusivo y sostenible también compromete una mejor renegociación de la deuda, porque los acreedores quieren saber si y cómo crecerá la Argentina. Por ejemplo, ¿seguirá en pie la política del acuerdo Mercosur-Unión Europea, que brindaría a nuestro país mercados gigantescos y plazos de hasta quince años para adaptarse a un comercio más libre? Hasta tanto se conozca la estrategia completa, podrán lograrse alguna reactivación económica y cierta tranquilidad financiera, pero ellas serán efímeras si no llega pronto el camino al futuro.

IAE y FCE, Universidad Austral. Miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas

lunes, 6 de enero de 2020

PROSPECTIVA 2020


Qué esperar de 2020. Los dilemas que han de resolverse en plena crisis

Sergio Suppo
Es un espejismo, pero alcanza para hacer una comparación tan engañosa que a primera vista permite creer que hay en ella algo de verdad. Esa analogía se podría traducir así: en el comienzo de su gobierno, Alberto Fernández está tomando las mismas medidas que hubiese debido tomar Mauricio Macri en caso de haber obtenido la reelección.
Para pavimentar esa conclusión errónea, podrían sumarse antecedentes similares y recientes: Carlos Menem haciendo propias las políticas que promovía su rival electoral Eduardo Angeloz; Fernando de la Rúa asumiendo la convertibilidad de Menem y Domingo Cavallo; y Néstor Kirchner, con Roberto Lavagna al frente de la economía como extensión del interinato de Eduardo Duhalde.
Todo sería más verosímil si a estos registros se le cruzara el factor que hizo posible esas coincidencias: la realidad. Recién asumidos, ninguno de esos presidentes pudo soslayar lo que casi como una obligación les impuso la situación en la que estaban llegando al poder.
Discurso y relato al margen, lo que Fernández está haciendo es aplicar un manual del ajuste sobre el sector privado para cumplir con el requisito ineludible planteado por el Fondo Monetario Internacional y con los tenedores de deuda argentina. Ni el organismo ni los bonistas van a negociar sin una señal clara de que la Argentina encuadra sin nuevo endeudamiento su perenne déficit fiscal. Fernández ya no puede tomar préstamos, en tanto Macri agotó esa posibilidad junto con la paciencia de los ahorristas norteamericanos. Y emitir pesos sin respaldo parece un camino hacia la hiperinflación.
Bajo el paraguas del peronismo kirchnerista, el presidente toma medidas impopulares que, adoptadas por Macri, podrían haber reproducido en la Argentina los estallidos sociales de Ecuador, Colombia o Chile.
El gobierno de Fernández empezará cuando se haya consumado el acuerdo con los acreedores. Sus funcionarios operan para lograrlo antes del otoño. Es entonces cuando el Presidente tendrá un escenario sobre el cual trazar un verdadero plan económico que será su sustento político o la fuente de sus desgracias.
La deuda no es el único factor externo, sino apenas el más urgente. Los cruces con Jair Bolsonaro fueron seguidos de algunas cortesías diplomáticas que todavía no sacan a la significativa relación con Brasil de un juego maniqueo de frases agresivas. La Argentina, como todos los países emergentes, depende mucho más de lo que imagina del resultado del enfrentamiento de Estados Unidos y China. ¿Tiene el Gobierno los hombres adecuados en los lugares justos para poder administrar situaciones externas complejas y muy relevantes?
La dimensión de la crisis social y económica del país ponen en un segundo plano la coexistencia de al menos dos estilos en la sociedad formada para recuperar el poder. No es desdeñable el interés en saber cuál será el rostro final del quinto ciclo peronista. ¿Alberto subordinará a Cristina Kirchner o la vicepresidenta seguirá siendo la líder hegemónica de un espacio con otros participantes? También están abiertas la posibilidad de una coexistencia inteligente y la alternativa de una convivencia tóxica.
Por ahora, sin que sirva como un augurio, Alberto y Cristina apenas si han reafirmado sus estilos y sus personalidades distintas. Esas diferencias fueron administradas en otros tiempos bajo la mediación de Néstor Kirchner y la subordinación del ahora presidente al matrimonio presidencial. No es lo que sucederá en los próximos cuatro años, al menos formalmente.
Hay, además otras variables y datos que están más allá de la amenazante economía y de la lucha por el mando propiamente dicho. El año que empieza será, una vez más, decisivo en los tribunales, donde el oficialismo se propone liberar de penurias a Cristina y sus exfuncionarios al mismo tiempo que anuncia una reforma para terminar con la parcialidad de los jueces. Propósitos encontrados si los hay.
El electorado que, contra las desgracias económicas, eligió seguir votando a Macri también estará pendiente de la suerte judicial de Cristina y sus lugartenientes. No todo son ni serán números, aunque los números manden.