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lunes, 28 de mayo de 2018

ES TIEMPO DE TOMAR AL TORO POR LAS ASTAS

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Alejandro Drucaroff
El nivel de conflictividad social en la Argentina y, en particular, la forma en que se expresan los conflictos en el espacio público, afectando la vida diaria de millones de personas, hacen necesario y urgente pensar como encauzarlos.
Peticionar a las autoridades -lo que incluye protestar por medidas de gobierno- y hacer huelga son derechos consagrados de manera indiscutible en la Constitución. Tanto como lo son la libertad de no hacer huelga, la de no estar de acuerdo con las peticiones de los otros y la de transitar libremente por todo el territorio nacional. Una frase muy antigua y vigente dice: "Los derechos de uno terminan donde empiezan los de los demás". Esteban Echeverría nos dejó otra, tan sencilla como actual: "Los hombres se libran de postrarse ante los tiranos arrodillándose ante la ley".
Sin ley no hay democracia, Estado de Derecho, ni siquiera Estado. La anarquía no es, en el mundo moderno, una alternativa posible. La ley no es un fin en sí misma, es sencillamente indispensable para la vida en sociedad, a tal punto que no podemos imaginar siquiera cómo sería sobrevivir sin ella.
No tendría mayor sentido hablar de estas obviedades si no viviéramos, hace muchos años, en un contexto donde conceptos tan básicos son ignorados cada día; donde la ley no es más que una referencia lejana que se ignora cuando no se la desprecia.
Un ejemplo reciente es muy ilustrativo. Una organización de trabajadores del subterráneo de Buenos Aires -que realizó cerca de 60 medidas similares en los últimos tres años por distintos motivos- declaró una huelga. Dejemos de lado el debate sobre si esa organización puede o no declarar la medida -a pesar de no tener personería gremial- y aceptemos como hipótesis que pudiera hacerlo. La empresa decidió brindar un servicio de emergencia para cubrir mínimamente la necesidad de transporte de sus usuarios, pero los huelguistas lo impidieron por vías de hecho, ocupando los trenes y hasta las vías para que no pudieran desplazarse. Luego se resistieron al intento de la policía de desalojarlos y varios de quienes así actuaron fueron detenidos.
¿Puede alegarse con un mínimo de razonabilidad que la empresa o la policía restringieron el derecho de huelga? ¿Incluye esa garantía constitucional el derecho adicional de impedir que quienes quieren trabajar lo hagan, que los huelguistas impidan la prestación por otros del servicio o que se resistan a la legítima actuación de los organismos de seguridad para hacer respetar la ley? Las respuestas parecen tan obvias como los breves enunciados del comienzo.
La democracia es la forma menos imperfecta que conocemos como sistema institucional, además es la que -en nuestro país- nos rige por consenso ampliamente mayoritario. La experiencia -nada lejana por cierto- de gobiernos dictatoriales autoritarios ratifica que no hay alternativas viables a considerar en su reemplazo.
En la democracia el pueblo gobierna a través de sus representantes y dirime sus conflictos, en última instancia, a través de la Justicia, designada de acuerdo con la Constitución y la ley. Así de claros y simples son los términos del orden jurídico bajo el cual -en teoría- vivimos.
Hace diez años planteamos la cuestión en estos mismos términos cuando el conflicto del agro con el gobierno de entonces llevó a decenas de cortes de rutas que impedían el abastecimiento normal de productos a millones de personas. También lo hicimos con relación al increíble corte, prolongado por varios años, de uno de los puentes internacionales más importantes del país en Gualeguaychú.
Algunos párrafos de aquel artículo están transcriptos aquí y hubiera bastado copiarlo y pegarlo porque sus conceptos mantienen, por desgracia, plena validez.
Impedir la circulación de personas y bienes por rutas o calles o el funcionamiento de los servicios públicos de transporte no es un derecho constitucional. Por el contrario, es una conducta que viola las garantías constitucionales de los demás y nada tiene que ver con el derecho -repitámoslo, indiscutible- a protestar o a hacer huelga.
Basta dar una rápida mirada a cualquier país donde rija un Estado de Derecho democrático para comprobar que, salvo casos excepcionales y por completo aislados, nada de eso sucede. En nuestro país, en cambio, es casi una costumbre diaria.
No son solo actos prohibidos por la ley que, en numerosos casos, encuadran en delitos del Código Penal. Son comportamientos que generan daños significativos a muchísimas personas. Vale destacar que, aunque aún no haya ocurrido, los miles y miles de damnificados podrían con todo derecho accionar contra quienes los dañan por la vía civil para ser indemnizados.
En conclusión, necesitamos sustanciar y resolver nuestros conflictos sociales en un marco de respeto por la ley y por los derechos de los demás. Nuestro desafío es pasar de las vías de hecho a sentarnos en la mesa del diálogo y lograr acuerdos básicos sobre políticas de Estado que nos den un mínimo de certeza y confiabilidad como país.
Los riesgos de no hacerlo son graves pues no solo está en juego la calidad de vida diaria de millones de personas, sino la esencia misma del sistema democrático.

Abogado, especialista en ética pública

jueves, 5 de abril de 2018

TEMA DE DISCUSIÓN, ANÁLISIS Y REFLEXIÓN



La artista plástica -divina, instruida, parecida a los amigos que cualquiera de nosotros podría tener- dijo, con una pizca de escándalo ante la posibilidad de que su hijo concurriera a cierta escuela pública de la zona sur: "¿Ahí? Pero a esa escuela entra cualquiera?". La mujer que le había hecho semejante sugerencia respondió: "Sí, entra cualquiera, y eso es lo bueno. Yo soy la directora de esa escuela. Ahí entran todos".
Raquel Waldhorn, hoy jubilada, directora de la escuela Tomás Espora del barrio de Constitución hasta 2014, cuenta el episodio en una escena del documental Primer grado en tres países, de Mariana Lifschitz. Lo relata sin perder la sonrisa, con esos gestos pausados y firmes que uno ha visto en tanto docente convencido de que su lugar en la trinchera está junto a los guardapolvos blancos (y entre los guardapolvos blancos, especialmente cerca de los más vulnerables). 
Con esos gestos y con esa sonrisa, Raquel mira de frente a la cámara y lanza: "¿Qué es ?ser cualquiera'?". Más adelante también dirá, casi como para sí misma: "Estaría bueno que hubiera más familias de clase media en la escuela".

De momentos así está hecha la película de Lifschitz, que se proyectará este jueves, a las 21, en el Centro Cultural de la Cooperación,
y que tuve la suerte de ver junto a mi hijo, avezado portador de guardapolvo blanco desde hace cuatro años. Tuve el impulso de abrazarlo cuando la voz en off de la realizadora puso en palabras algo que desde hace rato vengo sintiendo, pero nunca formulé tan bien: "Cuando pienso en temas de crianza -dice Lifschitz-, me pregunto qué mundo le dejo a mi hijo. Y qué hijo le dejo al mundo". Formuladas en plural (el bendito "nosotros"), continúa la realizadora, esas preguntas la llevan, inevitablemente, a pensar en la educación pública.



Supongo que por eso hizo este documental, nacido de un azar particular: el mismo año en que el hijo de la cineasta comenzaba primer grado en la Argentina, los hijos de dos conocidas también lo hacían, pero en Finlandia y en Francia.



Tres niños de seis años con los juegos, fantasías, risas y palabras de todos los niños. Tres sistemas educativos públicos ubicados en tres puntos distintos del planeta. Y tres madres que, fundamentalmente a través de Skype, fueron compartiendo experiencias. La riqueza del documental está en el modo en que logra enlazar esa conversación con una reflexión más amplia -necesariamente abierta- sobre la educación pública en la Argentina. Y la multiplicidad de voces, reivindicaciones, contradicciones, matices y cuestionamientos que la atraviesan.
Aparecen imprevistos. Las madres se sorprenden ante la rigurosidad del modelo francés; también, por la similitud -calidez en el trato con los chicos, tolerancia frente a los desniveles, escalonamiento del aprendizaje- que descubren en la dinámica finlandesa y la argentina. Encuentran que, para el orgulloso modelo francés, la voz de los padres -esa que por estas tierras tiene el peso que tiene- es prescindible. Algo similar a lo que ocurre en la eficiente escuela finlandesa, donde, además, ser docente implica pertenecer a uno de los sectores más valorados de la sociedad. En ambos países prácticamente nadie se plantea inscribir a sus hijos en un sistema educativo que no sea el público. "Igual que en la Argentina hace no tanto tiempo", pienso. Y escucho la voz de Lifschitz, reconociéndose parte de la generación cuyos padres no se tomaban el trabajo de "elegir escuela". Porque todas eran buenas.


En el documental
El espíritu del 45, Ken Loach afirma que la generación que se benefició del Estado de bienestar trabajosamente construido en Gran Bretaña luego de la Segunda Guerra es la misma que, por acción u omisión, se dedicó a destruirlo a partir de los años 80. Me pregunto si algo parecido no nos viene ocurriendo a nosotros y al sistema educativo que alguna vez supimos disfrutar.

D. F. I.