Tal vez suene exagerado, pero con los avances en vacunas (el calendario nacional, que se aplica gratuitamente, incluye 18, entre las cuales hasta hay una que previene un tipo de cáncer), el inconsciente colectivo de Occidente se había olvidado de los virus, esos diminutos "paquetes" de material genético que sólo pueden multiplicarse dentro de otros organismos.

Al fin y al cabo, estamos en la "transición epidemiológica", es decir que el camino hacia la vejez de muchos de nosotros se da por descontado, aunque esté empedrado de males como la obesidad, la diabetes, la hipertensión, las cardiopatías o el Alzheimer. Dados los números crecientes de centenarios, ya hay quienes empiezan a preguntarse si el asunto es vivir más o vivir mejor.
Pero el VIH, el ébola y la situación inédita de que en este momento se registren en el continente tres epidemias rampantes (dengue, chikungunya y zika) nos recuerdan que la inagotable variedad de la naturaleza siempre sacará alguno de estos microorganismos de la manga para advertirnos que no deberíamos desafiarla.
No hace tanto, el asedio de estas formas de vida submicroscópica se descontaba.
En Buenos Aires, 1800-1830, una investigación dirigida por César García Belsunce (Emecé, 1977), se menciona precisamente la constante preocupación de los habitantes de la ciudad por las epidemias.

Entre los ejemplos que menciona para ilustrarlo figura un documento de 1806 en el que el ministro Godoy enviaba a Buenos Aires una memoria en la que recomendaba "que se adopten las fumigaciones minerales y se manden practicar en todos los lazaretos fijos o provisionales, en todos los hospitales militares y civiles, en todos los cuarteles, presidios, cárceles y demás parajes(...) para destruir los gérmenes funestos que se anidan en sus camas, muebles y paredes".
Por esos años, la disentería, el tifus, el sarampión y, por supuesto, la viruela asolaban poblaciones enteras. En septiembre de 1816, los miembros del protomedicato se dirigían al gobierno para notificarlo de una epidemia de anginas que atacaba a los chicos y hacía estragos en la ciudad y los arrabales. "Se presenta a veces con síntomas tan malignos que en pocas horas sofoca los enfermos y (...) lloran ya muchas familias la temprana pérdida de sus hijos", advertían los médicos de la época.

Más tarde, en 1871, había muerto Urquiza, y Buenos Aires vivía la feroz realidad de la lucha contra el indio. Con una población de 177.787 habitantes y 25 diarios (algunos redactados en inglés, francés, alemán o italiano), el puerto que todavía no era capital empezó el año con la legendaria epidemia de fiebre amarilla.

Ismael Bucich Escobar lo describe extensamente en su relato (hoy inencontrable) Bajo el horror de la epidemia (Talleres Gráficos Ferrari, 1932). Allí se lee el extracto de un artículo de La Prensa: "El pueblo de Buenos Aires está amenazado nuevamente de ser diezmado por una epidemia. Parece que han sucumbido dos vecinos con todos los síntomas de una enfermedad que aterra". "Era la fiebre amarilla, el fantasma pavoroso que desde años atrás amargaba la vida de los porteños", agrega Bucich Escobar sobre esta calamidad que causó en aquel momento más de 13.000 muertes.
El físico de la UBA Hernán Solari, que estudia la circulación de epidemias con métodos matemáticos, analizó cómo fue evolucionando. "En febrero de 1870 se dio un caso importado en el hotel Roma de Buenos Aires -cuenta-. Para fines de marzo se producían las primeras muertes en la zonas aledañas al hotel.

Su número es incierto, pero treparon a entre 100 y 200 casos. Estimamos que la circulación del virus comenzó por casos importados arribados a principios de enero de 1871 y sabemos con certeza que las primeras muertes ocurrieron a fines de enero. La variable que explica tamaña diferencia es la fecha de inicio de la epidemia."
Decía el escritor y educador mendocino Agustín Álvarez, de la generación del ochenta: "Es bueno que los pueblos, como los individuos, guarden la memoria de sus desgracias pasadas para orientarse en las tribulaciones futuras, pues, para corregir la natural tendencia a exagerar los males del presente y los peligros del porvenir, ninguna cosa es más útil que la consideración de los males que fueron más reales, más grandes y en peores circunstancias".
Sabia reflexión ahora que tenemos que vernos de nuevo frente a frente con estos diminutos
villanos.
N. B.

La muerte de Perón, antesala del infierno tan temido
Corría el año 1964 cuando Perón intentó regresar por primera vez al país. El “Operativo retorno”, producido el 1° de diciembre, incluía una comitiva de 16 personas que lo acompañaría desde Madrid. Pero el avión que lo transportaba, tras hacer escala en Río de Janeiro, fue obligado a retornar a España. Deberán pasar siete años más para que el viejo líder volviera a pisar tierra argentina, cuando su retorno, lejos de ser un fantasma que asustara a las clases dirigentes, se convirtió en una salida política legitimada por una abrumadora mayoría que, tras 18 años de exilio, lo sostenía con mayor fuerza que nunca.
El dictador Alejandro Agustín Lanusse lo desafió en 1972 a presentarse a elecciones. Perón regresó al país el 17 de noviembre de 1972. Lanusse firmó un decreto de “residencia”, hecho a la medida de Perón, con la intención de excluirlo legalmente de los comicios del 11 de marzo de 1973 a los que el peronismo se presentó con la fórmula Cámpora-Solano Lima, bajo el lema “Cámpora al gobierno, Perón al poder”.

Perón retornó definitivamente al país el 20 de junio de 1973. Paradójicamente, señalado como prenda de paz social, su llegada fue el marco de uno de los enfrentamientos políticos más sobrecogedores de la historia contemporánea argentina, cuando en los campos de Ezeiza las facciones de la derecha y la izquierda peronista dirimieron por la fuerza el poder de sus aparatos. Tras una presidencia de poco menos de dos meses, Cámpora renunciará el 13 de julio para convocar nuevamente a elecciones. El último impedimento se cayó entonces a pedazos, y el viejo líder encontró el camino allanado para encabezar la nueva fórmula.
El país se debatía en un clima volátil. A las divisiones internas del peronismo que luchaban por imponer su supremacía, se le sumaba la acción de numerosas organizaciones político-militares de izquierda que complejizaban el curso de la vida institucional, no sólo por el alto grado de conflictividad que imprimieron en el ámbito estudiantil y sindical, sino también por las consecuencias de un enfrentamiento de aparatos entre las guerrillas, las fuerzas de seguridad y los escuadrones de ultraderecha y paramilitares, como las Tres A.

La tarea parecía a la medida de Perón, un hombre con el suficiente apoyo para manejar lo que parecía ingobernable. En ese marco, el 23 de setiembre de 1973, la fórmula Perón-Isabel se alzó con el triunfo comicial cosechando el 62% de los votos. Un referéndum excepcional y único. El 12 de octubre, emprendería su tercera presidencia.
Contrariamente a lo pensado, y deseado, por los más diversos sectores sociales, económicos y políticos, el tercer gobierno de Perón estuvo signado por una conflictividad extrema. Toda la capacidad del líder apenas si pudo mantener unos pocos meses de expectativa, merced a su estrategia de “Pacto Social”, antes que los conflictos sociales, la crisis económica y el emergente guerrillero sumieran al país en un caldero hirviendo. Sería demasiado para un hombre que a los 78 años soportaba sobre sus espaldas el mantenimiento constitucional. En pocos meses la crisis una vez más había estallado.
El 1º de mayo de 1974 enfrentó a la Juventud Peronista y a las organizaciones guerrilleras en un acto público en la Plaza de Mayo, que concluyó con el abandono de la plaza de los “imberbes” y un apoyo explícito a la conducción sindical, acusada por los rebeldes de burócratas de derecha.
En sus probables últimos días de lucidez, Perón se sintió en la necesidad de alertar a sus seguidores sobre la pesada herencia que les dejaban. En la tarde del 12 de junio de 1974, antes de despedirse de su pueblo, advirtió sobre las consecuencias del incumplimiento del Pacto Social y el desabastecimiento, y aconsejó a la militancia que se mantuviera vigilante de “las circunstancias que puedan producirse”. Dijo: “Yo sé que hay muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección, pero nosotros conocemos perfectamente nuestros objetivos y marcharemos directamente a ellos, sin influenciarnos ni por los que tiran desde la derecha ni por los que tiran desde la izquierda. El gobierno del pueblo es manso y es tolerante, pero nuestros enemigos deben saber que tampoco somos tontos”.

El país, empero, no era el mismo que aquel del decenio 1945-1955. Un cristal anti balas se interponía entre él y su pueblo, todo un símbolo de los años que corrían. Con la salud quebrantada, terminó con un tono inconfundible de despedida con palabras emotivas: “Les agradezco profundamente el que se hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que para mí es la palabra del pueblo argentino”. El 18 de junio su salud decayó gravemente y ya no volvió a levantarse.
El 1º de julio de 1974 amaneció nublado; no era un día peronista. Los partes médicos alertaban sobre el inminente final para la vida del hombre que había manejado la política argentina a su antojo desde 1945. Para mucha gente era el hombre que había transformado la Argentina de país agrario en industrial, de sociedad injusta en paraíso de la justicia social. Para otros, menos pero no pocos, era un dictador autoritario y demagogo que terminó con la disciplina social y les dio poder a los “cabecitas negras”. Lo cierto era que la política nacional llevaba su sello y como bien decía él mismo, en la Argentina todos eran peronistas, los había peronistas y antiperonistas, pero todos tenían ese componente.

A las 13.15 de ese primer día de julio, Isabel, custodiada por el superministro López Rega, dio la infausta noticia: “con gran dolor debo transmitir al pueblo de la Nación Argentina el fallecimiento de este verdadero apóstol de la paz y la no violencia”.
La palabra del pueblo argentino, la maravillosa música, enmudeció aquel 1º de julio. La Argentina fue un país de colas. Los ricos las hacían para comprar dólares, los pobres para comprar fideos y para darle el último saludo a su líder. Había algo distinto al entierro de Evita. No era tan evidente la división entre las dos Argentinas, la que brindaba con champagne porque se había muerto la “yegua” y la que lloraba a su abanderada. La sensación era distinta porque el peronismo había ampliado su base electoral por izquierda, pero también por derecha. No eran pocos los conservadores que habían confiado a Perón la misión de pacificador de la Argentina, como última carta para frenar al “comunismo”. Así que no tenían mucho para festejar y, sin sumarse al dolor popular, no exhibían ni pública ni privadamente su satisfacción reparadora de viejos rencores.

Las calles se llenaron de lágrimas, flores y caras preocupadas. La frase más escuchada era “qué va a ser de nosotros”. Nadie se engañaba sobre los días que vendrían. La sensación de vacío político era proporcional al tamaño de la figura desaparecida. Isabel, la heredera efectiva del legado dejado simbólicamente al pueblo, no estaba a la altura de las circunstancias y sólo tenía de Perón su apellido. Nadie ignoraba que el brujo López Rega ocuparía el lugar central en la política por el que había venido luchando desde su puesto de mucamo en Puerta de Hierro, que ofrendaría a lo peor del poder político militar de la Argentina. Quedaba flotando una pregunta, por qué el último Perón nos dejó aquella terrible herencia, antesala del infierno tan temido.
ESPECTÁCULO LIBRE Y GRATUITO
MISA CRIOLLA Y STABAT MATER: CHARANGO, ORQUESTA Y CORO POLIFÓNICO NACIONAL EN EL C.C.K

El 2 de Julio, en la Ballena Azul del CCK, se ofrecerá un doble concierto clásico y popular cuyo programa integran la célebre Misa Criolla de Ariel Ramírez y el estreno mundial de Stabat Mater, del compositor suizo Simón Ho, con el auspicio de la Embajada de Suiza y la producción artística de la cantante Susanna Moncayo.
"Mi deseo fue convocar a un concierto plural, novedoso, que recorriera los ámbitos llamados clásico y popular, que estoy convencida se complementan y enriquecen mutuamente", afirma Moncayo. "Vamos a estar sobre el escenario músicos de distintos géneros o estilos, con la aspiración común de compartir belleza y entendimiento a través de un vehículo poderoso como es la música". "Son dos obras de contenido muy espiritual, unidas además por un instrumento andino muy argentino y latinoamericano como el charango, en manos de su exponente mayor, el maestro Jaime Torres".
Jaime Torres, Moncayo y Ho ya tienen una historia juntos. Este Stabat Mater fue encargado por Moncayo para esta ocasión, nuevo capítulo de una relación artística que se inició en 2006, cuando la creación del sexteto suizo-cubano-argentino Travesías, que interpreta musicalizaciones de poesía ?principalmente latinoamericana- realizadas por Ho y del que aquella es vocalista estable. En los últimos años, Jaime Torres fue varias veces solista invitado por ese el grupo, y en 2010 los reunió el Trío Ho-Moncayo-Torres, para interpretar un nuevo ciclo de canciones del compositor. En 2009, en Berna, la cantante argentina fue parte del estreno de Carrara, cantata de Ho para dos pianos, barítono y mezzosoprano.
La Misa tendrá como intérpretes a Jaime Torres, Moncayo, el Coro Polifónico Nacional, Federico Siciliano (piano), Goyo Alvarez (guitarra), Sebastián Farías Gómez (percusión), Manuela Torres (accesorios de percusión y danza) y Rubén Mono Izarrualde (flauta traversa), con la dirección de Popi Spatocco, mientras que la obra de Ho reunirá a Jaime Torres (charango), Graciela Oddone (soprano), Moncayo (mezzosoprano), Víctor Torres (barítono) y el quinteto de cuerdas que dirige la violinista Marta Roca, además del propio Ho en piano y dirección.
Ho, actualmente radicado en Bruselas, tiene una destacada posición, tanto en Europa como USA, donde estrena en forma permanente música de cámara; compone para danza, teatro y cine; integra distintos ensambles como intérprete de su propia obra y también es reconocido por sus instalaciones sonoras vanguardistas. Recibió numerosos premios, entre ellos el de Mejor Banda Sonora por el film Bunte Träume, de Mano Khalil; fue comisionado para la música inaugural del Zentrum Paul Klee (Berna) y protagonizó Ho und überall, documental musical sobre su trabajo. Su discografía incluye una docena de registros como compositor y/o intérprete de sus obras, además de haber arreglado para Sonny Clasical un premiado disco de I Salonisti, el popular quinteto que tocaba en el film Titanic.
2 de julio, 20 hs
CCK , Ballena Azul, entrada libre y gratuita

Ocurrió aquí nomás, en lo que actualmente es el parque Lezama. Allí, hace siglos, en poco ceremoniosas tarimas de madera, se vendían y compraban personas. El negrito simpático que muchos supieron ser en algún acto escolar -corcho quemado, disfraz de ocasión- era un esclavo.

Un niño vendido como mercancía, a veces separado de su madre como se separa a una vaca de su ternero. Ambos eran carne humana; bienes que se adquirían, se usaban, se amortizaban. Recordé el quiebre: el día en que, durante una clase de historia, un docente hizo trizas el blando imaginario que durante años había poblado cuadernos, figuritas y dibujos sobre la colonia. La esclavitud era eso, nos dijo: un niño arrancado de los brazos de la madre porque un cliente quería comprar sólo un cuerpo humano, no dos. Cuerpos con precio, juguetes de la oferta y la demanda.
El recuerdo de aquella clase me asaltó días atrás, y no precisamente al revisar materiales históricos. Acababa de ver una película que por estos días se exhibe en el Malba y que en absoluto se dedica a mirar al pasado. Dirigida por la española Mabel Lozano y filmada en Paraguay, Colombia, la Argentina y España, Chicas nuevas 24 horas no habla de grilletes, barcos negreros o subastas públicas de carne humana. Pero sí habla de esa variante de la esclavitud que nuestra época supo conseguir: la trata de personas.

Al comienzo del film, la actriz Ana Celentano, embutida en un impecable tailleur y con aires de coacher de empresa multinacional, se dirige a un grupo de hipotéticos emprendedores y les dice: "Les voy a mostrar las claves para montar un negocio que mueve 32 mil millones de dólares al año". Y así, entre la clase ficcional que imparte Celentano y los testimonios nada ficticios que las cámaras recogen en la Triple Frontera, en Madrid o el pueblo peruano de Madre de Dios, la directora traza un devastador mapa del tráfico de personas -más concretamente, el tráfico de niñas y mujeres destinadas al comercio sexual- que tiene lugar hoy, a toda hora, en cualquier lugar del planeta.
La clave en todo esto, parece decir la directora, es el dinero. Ganancias descomunales, ilegales, pero relativamente fáciles de lograr. Y una sociedad para la cual una mujer devenida en objeto sexual es algo tan perfectamente natural como lo era el africano convertido en esclavo para las buenas gentes del siglo XVI.

"Lo importante es captar y seleccionar la mercancía ideal", explica con sonrisa eficiente el personaje de Celentano mientras el montaje muestra imágenes de barrios pobres de Asunción del Paraguay, barriadas y mercados peruanos. "Hay que saber convertirla en un producto de consumo para satisfacer la demanda", continúa. El contrapunto de su actuación es la adolescente paraguaya que cuenta cómo su propia tía la hizo viajar a España, la encerró en un sótano y la entregó a una red de prostitución.
O el policía peruano que describe la trama de corrupción -funcionarios, políticos, fuerzas de seguridad, empresarios y comerciantes- que permite la total impunidad del tráfico sexual de menores en su país y, al final de su relato, sin mirar a cámara, dice casi para sí mismo: "¿Te das cuenta por qué como policía, como padre, me siento asqueado?".
La clave es el dinero, insiste el film, y muestra cifras. Intermitentemente, al comienzo, al final o durante algún testimonio, aparecen estadísticas, números, cálculos. Los cinco millones de euros que generan las 35.000 menores explotadas en Colombia; los 2000 euros por noche que en España generan 40 servicios sexuales a 50 euros cada uno; los 30 euros que cobran los "captadores" por cada "materia prima", que, despojada de documentos, aislada y sometida a extenuantes condiciones de "producción", generará sumas y sumas de dinero de las que apenas le llegarán migajas.

La película describe una enorme cadena económica: porque ganan quienes organizan el tráfico, pero también reciben beneficios taxistas, agentes de viajes, encargados de locales, empleados varios y, en el extremo más pobre de la cadena, los dueños de los míseros bares-prostíbulos que, ya no en Europa sino en América latina, florecen cerca de los lavaderos de oro, en las rutas, en los puertos. Todos ganan, menos ellas, las carnes de cañón: cuerpos de cotización variable y descarte fácil.
D. F. I.