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viernes, 29 de junio de 2018

ANSIEDAD Y BIPOLARIDAD


La ansiedad, el trastorno mental más frecuente entre los argentinos

Casi uno de cada tres sufrirá alguna patología mental en su vida, según el Estudio Argentino de Epidemiología en Salud Mental; es el primer mapa de la prevalencia y edad de inicio de estos trastornos realizado en el país; muchos pacientes tardan en recibir tratamiento o directamente no acceden a la terapia
El Mundial de Rusia y el convulsionado panorama económico local de estos días seguramente están echando más leña al fuego de los resultados que arroja el primer estudio local sobre epidemiología en salud mental: los argentinos no somos mayormente melancólicos y depresivos, como canta el tango, sino ansiosos y fóbicos.
De acuerdo con este trabajo, que relevó los problemas mentales de siete regiones del país, casi uno de cada tres sufrirá una de estas patologías en algún momento de su vida, y entre las más frecuentes están los trastornos de ansiedad. Los padece más del 16% de la población. A estos les siguen el abuso de alcohol, los trastornos del ánimo, el abuso de sustancias, el desorden depresivo mayor y los desórdenes conductuales disruptivos.
"La ansiedad es una reacción fisiológica normal en situaciones de incertidumbre -explica el doctor Marcelo Cetkovich-Bakmas, director del Departamento de Psiquiatría de la Fundación Ineco y de la Fundación Favaloro, que no participó de la investigación-. Pero cuando es crónica y generalizada, es una condición prevalente y fluctuante que se manifiesta como una preocupación persistente y exagerada por problemas de los que, si bien no son irreales, las personas no pueden sustraer su pensamiento. Viene con un cortejo de palpitaciones, contracturas, jaquecas... Y el país ayuda. Tenemos un entorno que genera muchísima incertidumbre y estrés de sobra. No es casual que seamos una de las sociedades con mayor consumo de ansiolíticos del mundo".
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Aunque el estudio internacional sobre carga global de la enfermedad estimó que la depresión y los desórdenes de ansiedad eran la segunda y la quinta causa de discapacidad en la Argentina, respectivamente, estas estimaciones se basaban en imputaciones, más que en datos poblacionales, destacan los autores del Estudio Argentino de Epidemiología en Salud Mental. Pareció imperioso obtener estimaciones más directas de la trascendencia de los desórdenes mentales locales.
El primer relevamiento de este tipo realizado en el país fue promovido por la Asociación de Psiquiatras Argentinos, la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de Harvard; se realizó en 3927 personas residentes en las ciudades más grandes del país, que representan una población de casi 14 millones de personas o alrededor del 50% de los adultos.
El trabajo de campo fue coordinado y dirigido por el Centro de Investigaciones en Estadística Aplicada (Cinea) de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.
"Se aplicó una metodología muy compleja -cuenta el doctor Alfredo Cia, primer autor del estudio, que acaba de publicarse en la revista Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology, y que también firman Juan Carlos Stagnaro, Sergio Gaxiola, Horacio Vommaro, Gustavo Loera y María Elena Medina-Mora. Se seleccionaron los radios de encuestas de acuerdo con estratos socioeconómicos y entrevistando domicilios determinados al azar. En lugar de encuestas de papel, se utilizaron tablets en las que estaban programadas las evaluaciones. Cada entrevista requirió un tiempo promedio de alrededor de una hora y media o dos. Al finalizar, automáticamente los datos eran enviados a la Universidad de Harvard para su procesamiento".
Fobias y bipolaridad
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Entre los hallazgos que arrojó el análisis, los trastornos de ansiedad figuran precisamente como la clase diagnóstica más prevalente en la Argentina. "El más frecuente es la fobia específica (a volar, a ciertos animales o insectos, a estar en lugares cerrados, a las inyecciones, y otras) -afirma Cia-. Otro dato interesante es que el porcentaje de bipolaridad en la Argentina es mayor que en otros países y el de trastorno obsesivo compulsivo, también".
Para la licenciada Gabriela Martínez Castro, directora del Centro de Estudios Especializados en Trastornos de Ansiedad (Ceeta), que en sus distintas sedes de la ciudad y el conurbano atiende a alrededor de 400 pacientes por mes, "cada vez más gente sufre trastorno de pánico" (incluido dentro de los de ansiedad).
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"Se presenta en forma abrupta y los síntomas alcanzan su máxima intensidad a los 10 minutos: mareo, sudoración, temblor, pérdida del control del cuerpo, terror a morir o perder la razón -detalla-. El paciente empieza a percibir señales de peligro cuando no las hay, incluso durmiendo. En general, la primera crisis se da entre 10 y 12 meses después de haber sufrido una situación desencadenante de estrés. También vemos mucho trastorno de ansiedad social, cuya característica esencial es el temor a no ser aceptado, a hacer papelones en público, y se presenta con sudoración extrema, temblores que no pueden evitarse y, en casos extremos, ataque de pánico".
La especialista coincide en que, si bien hay una vulnerabilidad biológica, el contexto puede magnificarlos. La inseguridad y los problemas económicos son dos de los desencadenantes. "Los pacientes llegan al consultorio diciendo 'me siento mal', 'no puedo seguir adelante con mi vida' -agrega Martínez Castro-, 'fui a un montón de guardias y los médicos me dicen que no tengo nada'. La sensación es de mucho miedo, y a eso le sigue la angustia. Frecuentemente, pueden conducir a la depresión".
La ansiedad está primera en las consultas ambulatorias, seguida por la depresión, aunque, según comenta Cia, creció la combinación de estos trastornos con consumo de sustancias o adicciones. "Esto dio lugar a lo que se llama patologías 'duales' -explica-. Incluso en pacientes de estratos medios o altos. Y se pueden combinar con trastornos de la personalidad".
También la depresión puede obedecer a causas médicas o biológicas, afirma Fernando Taragano, doctor en salud mental e investigador del Conicet en el Hospital Borda.
"Hoy estamos más advertidos y detectamos mejor cuando la depresión se instala por otras afecciones -subraya-. Una causa muy común es la enfermedad cerebrovascular de pequeños vasos, los denominados infartos silentes, que no dejan secuelas motoras ni cognitivas, pero pueden conducir a esta afección. En adultos jóvenes y mayores, aproximadamente el 70% de los suicidios están relacionados con esta patología. Hoy se sabe que el adulto mayor puede incluso no llorar y no sentir tristeza. Se denomina a este cuadro 'depresión seca'. Es tanta la necesidad que hay de ayudar a las personas que padecen esta enfermedad que roba el cuerpo, la energía, el intelecto, el apetito, el sueño y, a veces, las ganas de vivir, que hay muchas nuevas estrategias en estudio. Una de ellas es el uso del óxido nitroso o 'gas de la risa' (en los Estados Unidos se lo utiliza en los consultorios odontológicos). Todavía los resultados son preliminares, pero se ha observado que cuando una persona deja de respirarlo, enseguida desaparece del cuerpo, pero persiste un efecto antidepresivo muy importante, a veces durante semanas".
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Acceso al tratamiento
Aunque los desórdenes psiquiátricos son importantes contribuyentes a la carga global de enfermedad, y a pesar de que existen tratamientos efectivos para muchos de ellos, frecuentemente las personas no acceden al tratamiento adecuado. El Estudio Argentino de Epidemiología en Salud Mental también analizó las demoras y la calidad de la asistencia.
La Argentina es el segundo país por su tamaño en América Latina; tiene el índice de desarrollo humano más alto de la región y el número más alto de psicólogos per cápita del mundo (198/100.000, comparados con 57/100.000 en Finlandia, 30/100.000 en Estados Unidos, 11/100.000 en Colombia y 2/100.000 en México).
Sin embargo, la mayoría de los individuos con un desorden mental en los 12 meses previos a la realización del estudio no habían recibido tratamiento. Lo que se vio es que en muchos casos pueden pasar años o décadas antes de que el individuo afectado pida ayuda.
"Esto ocurre por diferentes razones -dice Cia-. El prejuicio y el estigma siguen existiendo. Mucha gente trata de ocultar el padecimiento mental porque le resulta vergonzante reconocerlo. Cuanto más lejos, mejor, y eso impide el reconocimiento de la enfermedad y la posibilidad de curarla. También puede ocurrir que una persona padezca una fobia, pero la pueda sobrellevar: por ejemplo, si les teme a las víboras, pero vive en Buenos Aires, es probable que nunca se exprese. En cambio, el que tiene fobia a volar renuncia a viajar lejos".
La buena noticia es que por lo menos para los trastornos de ansiedad existen tratamientos efectivos, generalmente terapias cognitivas conductuales o grupales que, si es necesario, se complementan con recursos farmacológicos.
"En la ansiedad es donde mejor funcionan las estrategias de la vida sana -dice Cetkovich-Bakmas-. Lo primero es la psicoterapia y, si se supera cierto nivel, se puede recurrir a los fármacos".
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La opinión de los especialistas
Alfredo Cia, Centro de Investigaciones y Clínica de la Ansiedad: "Los resultados de este estudio ofrecen evidencia de la alta carga social de los desórdenes mentales comunes en la Argentina debido a una combinación de alta prevalencia y aparición temprana"
Marcelo Cetkovich Bakmas, Ineco, Fundación Favaloro: "Uno de cada dos o tres tendrá en algún momento de su vida algún trastorno de ansiedad. Cuando es generalizado, se manifiesta por una preocupación persistente y exagerada de la que el individuo no se puede sustraer"
Fernando Taragano, investigador del Conicet: "En el adulto joven y mayor hoy sabemos que hay muchas causas médicas que desencadenan depresión. Una muy común es la enfermedad cerebrovascular de pequeños vasos, infartos silentes que no producen problemas motores"
Gabriela Martínez Castro, Centro de Estudios en Ansiedad: "Durante el Mundial, ante cada partido aumenta el sufrimiento. Es una situación normal para la mayoría, pero se intensifica hasta instancias patológicas en aquellas personas con trastornos de ansiedad"
N. B.

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Datos, un insumo crítico para planificar en salud mental
La epidemiología es el mapa que nos permite tomar decisiones en salud. Hay quienes discuten la obviedad de las limitaciones con las que se obtienen los datos y subestiman el enorme esfuerzo que implica conseguirlos, pero sin esta guía es imposible tener una idea de la realidad sanitaria de una población.
Pese a su altísimo valor, suele ser la Cenicienta de la investigación porque no conduce a la fama o la fortuna. Como botón de muestra recuerdo que siendo residente hice una simple pregunta: cuántas altas se daban mensualmente en la sala de internación de psiquiatría. El dato era importante para poder garantizar el seguimiento ambulatorio que solía demorarlas. Sin embargo, me encontré con una ausencia de información que contribuía a la falta de planificación y que los pacientes pagaban caro con su encierro innecesario.
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Con algo de voluntad y trabajo pudimos modificar esa situación. Pero esta mínima anécdota refleja miles de otras similares en el sistema de salud y sobre todo en la salud mental. Por todo esto, aplaudo el trabajo de Alfredo Cia, Juan Carlos Stagnaro y muchos otros que, al generar datos, nos brindan una gran ayuda para generar programas acordes con las reales necesidades de la comunidad, y no con las suposiciones o intereses de quienes los diseñan.
El envejecimiento poblacional y los cambios tecnológicos y sociales son factores que pueden tener un impacto insospechado en el panorama de la salud. Es por eso que no podemos seguir confiando en mapas antiguos y debemos actualizar el diagnóstico de la salud mental en nuestra comunidad. Siempre se dice que es posible engañar a alguien con cifras, pero también es cierto que estas al menos pueden ser refutadas. Sin datos, solo quedan opiniones
El autor es director del Centro de Salud Cerebral (Cesal), Quilmes
Por: Pablo Richly

jueves, 24 de agosto de 2017

DEPRESIÓN Y ANSIEDAD; SIGNOS DE LUCHA

Depresión y ansiedad signos de lucha, no de debilidad
Es muy común que se considere a las personas que padecen ansiedad o depresión como “débiles” o de alguna manera débiles.
Ambas condiciones son muy comunes y de hecho, la mayoría de las personas que las han sufrido en alguna situación de la vida ya sea por problemas de dinero o de amor, una situación en el trabajo o con la familia.
Otro aspecto importante es que puede afectar a personas de cualquier edad, ya sea hombre o mujer y existe sobre ellas un estigma, una marca social, son dolencias que normalmente no se admiten y de las cuales se habla en voz baja. Se considera que estas personas tienen un “carácter débil” o “inferior” y se tiene la convicción de que las personas con ese tipo de problemas emocionales son diferentes y no están preparados para muchos tipos de trabajo o para mantener una relación afectiva.


No resulta extraño escuchar frases como :relájate”, “no es para tanto”, “empieza a espabilar, la vida no es esto”, “no tienes razones para llorar”, “comienza a madurar”, etc. Sin tener malas intenciones, provocando un efecto totalmente opuesto al buscado, no dan al dolor emocional su debida importancia.
En realidad, ser ansioso o depresivo no significa tener carácter débil o inferior. Tampoco implica una condición de inestabilidad constante y no es de ninguna manera una circunstancia que determine que la persona no está apta para realizar una actividad laboral.ambas son reacciones a las diferentes situaciones por las que se atraviesa y pueden considerarse una reacción de lucha y fuerza, más que debilidad.


Cómo enfrentarlas


Lo primero es no ignorar la situación, muchos simplemente la niegan y en muchos casos, se embarcan en múltiples actividades que le abarcan todas las horas y evitan un momento a solas. No es raro encontrar personas que pasan sus horas con salidas y situaciones de diversión constante que “enmascaran” su verdadero sentir, a veces inclusive con conductas de ingesta de medicamentos o alcohol. Estas situaciones no hacen más que diferir el momento de asumir y normalmente, cuanto más se posponga se puede agudizar mas la condición.
El dolor emocional no debe esconderse:
no por esconder la suciedad bajo la alfombra ella deja de existir. Así como tratamos un dolor de cabeza o de estómago, debe asumirse y buscar la manera adecuada de enfrentarlo. ¿Qué ocurre si dejamos a una pequeña herida sin atención? Pues probablemente se infectará y la situación se agravará.
Los problemas emocionales, al igual que cualquier clase de problemas, no se arreglan solos. No debemos dejar pasar el tiempo pensando que se solucionarán, porque es más que posible que en realidad se agraven y sean más difíciles de enfrentar.


Es necesario darle a cada circunstancia el valor y la importancia que realmente. Se deben identificar las situaciones que nos generan conflicto, para erradicarlos o manejarlos de manera que nos permitan llevar una vida sin ansiedad y sin depresión.
Es importante no sentir vergüenza al hablar de esto:
si tú eres el que padece ansiedad o depresión, recuerda que no es algo “raro”, sino que es algo que afecta a muchísimas personas. Si tienes que ayudar a alguien en esa situación, en todo momento debe entender que es una reacción y que tiene solución.
Ansiedad: una “montaña rusa” de emociones
Los sentimientos de la persona con ansiedad pueden equiparse a los que se sienten al viajar en una montaña rusa; terror, frenesí y la sensación de que nada ni nadie puede detenerla, de estar totalmente expuesta y sin la posibilidad de frenar ni manejar la situación. Las consecuencias no son solo psíquicas: el corazón y el pulso se acelera, puede haber mareos y hasta desmayos.
Pero la montaña rusa en algún momento se detiene, recuerda: ninguna situación es eterna!


Una gran diferencia entre la ansiedad y la montaña rusa es que en esta última la persona no tiene el más mínimo control sobre el juego. En cambio, en la ansiedad, puede tomar las acciones necesarias y que le permitirán salir de ella.
Depresión: cuando todo se ve oscuro
En la depresión, los problemas y las frustraciones de la vida diaria interfieren en la vida presente de la persona, causando tristeza, melancolía e infelicidad. En los casos extremos, empieza a perder interés en todas las cosas, como las relaciones afectivas (pareja, familia o amigos), desempeño en el trabajo, hobbies, entre otros.



Nadie está a salvo: niños, jóvenes y adultos mayores están expuestos a padecerlas.
Si la persona sola no encuentra la forma de salir de ella, es importante acudir a quien pueda ayudarlo, ya sea que se trate de un allegado o de un profesional
Como vemos Existe un falso concepto de que la ansiedad y la depresión son signos de debilidad y de incapacidad para la vida. Pero no, una persona con ansiedad, depresión o síntomas mixtos NO está loca ni es débil, o inferior.


Nuestra sociedad aún piensa que los problemas emocionales y psicológicos son sinónimos de fragilidad y vulnerabilidad, tenemos que tener presente que nadie está libre de que le toque en algún momento de su vida así que pongamos atención, informémonos y tratemos de no juzgar...

miércoles, 1 de marzo de 2017

ANSIEDAD FEMENINA; REBROTE MUNDIAL


Los trastornos de ansiedad afectan dos veces más a las mujeres que a los hombres
El dato se desprende de un informe de la OMS; los casos de depresión también crecieron en la región desde 2005
322 millones de personas viven en el mundo con un trastorno depresivo.
Por cada varón con algún trastorno de ansiedad en América hay dos mujeres mayores de 15 años que conviven con el mismo problema. Un informe internacional de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la carga de las enfermedades de salud mental indica que problemas como la ansiedad social, el trastorno de pánico, las fobias, el trastorno obsesivo compulsivo (TOC) y el estrés postraumático las afectan dos veces más a ellas que a ellos.
América, además, es la única región donde esos problemas superan a los trastornos depresivos.
De acuerdo con la OMS, ambos padecimientos crecieron desde 2005 en todos los países. Mientras que la cantidad de personas que viven con depresión aumentó un 18,4% en una década, la población con trastornos de ansiedad lo hizo un 14,9 por ciento. Eso se traduce, respectivamente, en 322 y 264 millones de seres humanos. Es decir, el 4,4 y el 3,6% de la población mundial.
En los 33 países de América que declaran sus estadísticas a la OMS vive el 15% de esas personas con depresión (48,1 millones), comparado con el 9% en Europa. También vive el 21% de las personas con trastornos de ansiedad (57,2 millones) en el mundo, el doble que en el Viejo Continente.


En muchos casos, ambas dolencias se combinan, lo que aumenta aún más la discapacidad y la pérdida de productividad o la posibilidad de envejecer con la mejor calidad de vida posible. En por lo menos un tercio de las personas con depresión o un trastorno de ansiedad, el problema es moderado o grave.
"En términos generales, mundialmente, estos datos reafirman información que ya conocíamos. Se mantiene históricamente la prevalencia de la depresión y, también, que es más común en las mujeres que en los hombres", señaló Dévora Kestel, jefa de la Unidad de Salud Mental y Uso de Sustancias de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en Washington.
Lo que claramente aporta este informe, según destacó Kestel, es "que la depresión afecta a todos, no discrimina, sobre todo en tiempos en los que se está hablando tanto de grupos, ya sea étnicos, migrantes, etarios o por género. Y lo hace desde la adolescencia y a hasta la edad más avanzada".
En cambio, los resultados sobre los trastornos de ansiedad sorprendieron mucho más. Sobre todo, la diferencia que surgió entre los sexos: un 3,6% de la población masculina, comparado con un 7,7% de la población femenina. Desde su oficina en Washington, Kestel señaló: "Llama la atención la mayor prevalencia en las mujeres que en los hombres con tanta diferencia. Es prácticamente el doble. Esto ya nos dice que valdría la pena indagar más, ahí, las causas. Sabemos que, en situaciones de emergencia, naturales o no, algunos de los trastornos más comunes en salud mental aumentan y, luego, disminuyen en la población afectada. En este caso, en cambio, cabría pensar si ciertas situaciones de inestabilidad en la región, ya sea política, social o económica, no están influyendo de alguna manera en esa gran tendencia que describen los datos".
Aclaró que "sin tener una evidencia que lo pruebe", los niveles de inseguridad generalizada en muchos países de la región y el aumento de la criminalidad -desde los ataques con armas en lugares públicos en los Estados Unidos u otro tipo de actos violentos en América Central hasta la inestabilidad social o política en América del Sur- generan incertidumbre sobre el futuro. "Y la mujer no sólo lo expresa más, sino que en muchos casos también está asumiendo más responsabilidades familiares y laborales", propuso Kestel.


El informe de la OMS, que se anticipa al Día Mundial de la Salud, que el próximo 7 de abril tendrá el lema "Hablemos de depresión", también se ocupa del suicidio. Los problemas de salud mental aumentan el riesgo de que una persona lo intente.
En 2015, 788.000 personas murieron por esa causa en el mundo. "Fue un 1,5% de la mortalidad en la población mundial, lo que lo coloca entre las primeras 20 causas de muerte ese año", se lee en el documento. "Y fue la segunda causa entre los 15 y 29 años."
Todo esto es, para Kestel, un buen llamado de atención a los ministros de Salud de los países de la región, dado el impacto que tienen la depresión y los trastornos de ansiedad en la vida productiva y la calidad de vida de la población.
Una enfermedad discapacitante
De todas las discapacidades que afectan a la población de un país, la depresión causa el 8,5 por ciento. Aunque parece poco, no debería subestimarse en salud pública. "Ocupa un lugar importante", afirmó Devora Kestel, de la OPS. Las complicaciones asociadas pueden restar hasta 20 años de vida. "No es una enfermedad tan sencilla como se piensa -agregó-. Comprobamos que no tratarla reduce varios puntos del PBI de un país."
Preocupación mundial
322
Millones de personas
Viven en el mundo con un trastorno depresivo, como la depresión mayor o la distimia, una forma leve de esta patología.
264
Millones de personas
Padecen un trastorno generalizado de ansiedad, fobia, estrés postraumático, trastorno de pánico, ansiedad social o un trastorno obsesivo compulsivo (TOC) en el mundo.
48,1
Millones de personas
Es la población de América con depresión leve, moderada o grave. Es decir, el 15% de la población mundial afectada, comparado con el 9% de Europa.
57,2
Millones de personas
Viven en la región con algún trastorno de ansiedad, combinado o no con depresión. Es el 21% de la población mundial afectada, el doble que en Europa.
7,7%
De la población femenina
Sufre de trastornos de ansiedad en América, comparado con el 3,6% de la población masculina.
8,5%
Proporción de discapacidad por depresión
Hay intervenciones sencillas que se pueden aplicar en el primer nivel de atención. Prevenir en salud mental no es tan fácil, pero la detección temprana evita que se instale la enfermedad.

F. C. 



Juan Eduardo Tesone 


Los trastornos de ansiedad, acompañados o no por depresión, forman parte de una vasta problemática de salud pública en crecimiento, como lo indican los estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
La ansiedad es una vivencia subjetiva que puede estar acompañada con concomitantes somáticos como sudoración, palpitaciones, fobias, inhibiciones y/o agitación. Así como la fiebre indica que algo sucede a nivel corporal sin que se sepa necesariamente cuál es su origen, la ansiedad indica que algo está sucediendo en el psiquismo sin que se sepa, en principio, por qué se produce. Se puede manifestar en forma progresiva o como una crisis aguda. Punta del iceberg de una problemática más compleja, es importante tenerla en cuenta como señal que alerta sobre la emergencia de conflictos latentes, muchas veces inconscientes.
La lucha contra la ansiedad puede llevar a la depresión o la depresión manifestarse desde el comienzo. Ésta se encuentra asociada habitualmente a tristeza, irritabilidad, trastornos del sueño y del apetito, lentificación de la actividad motora, desmotivación, falta de energía, cansancio y sentimiento de culpa.
Las causas pueden ser múltiples, pero en general es el encuentro entre una personalidad previa y una circunstancia desfavorable. Así como el duelo es un proceso normal que no requiere necesariamente ayuda, la depresión, en cambio, es un proceso patológico que requiere ayuda terapéutica, tanto verbal, en el curso de una psicoterapia, como con psicofármacos, en algunos casos.
A veces la depresión no se manifiesta abiertamente con tristeza, sino en forma de lo que se llama depresión esencial, que es una forma en la que prevalecen los síntomas somáticos migratorios. Es decir, síntomas en el cuerpo que van migrando en forma aleatoria o que se expresan en un órgano de choque, variable para cada persona (el aparato digestivo y el cardiovascular, las vías respiratorias, entre otros). Si la desorganización psíquica se agrava, puede proseguir en forma de desorganización somática y ser causa de enfermedades orgánicas.


Es difícil sacar conclusiones sobre las motivaciones del aumento de la prevalencia de estas patologías. Es probable que en nuestro país la precariedad social, ligada a la violencia, a la falta de empleo o subempleo, a la incertidumbre en cuanto al futuro en los jóvenes, a la dureza de la vida cotidiana en las grandes ciudades, a la falta de redes sociales de contención para jóvenes y adultos mayores, al aislamiento y al aumento escalofriante del consumo de sustancias tóxicas contribuyan como desencadenantes a aumentar la ansiedad y la depresión. Pero el efecto de lo disruptivo del medio externo no impacta de la misma manera en cada persona. Siempre es el resultado del entrecruzamiento de una personalidad y de una circunstancia. Cuanto más disruptiva sea la circunstancia, mayor dificultad tendrá la persona para elaborarla. Si su sentimiento de impotencia para modificar las circunstancias agravantes aumenta, el riesgo de depresión y ansiedad aumenta correlativamente.
El autor es miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina

jueves, 23 de febrero de 2017

TECNOLOGÍA PARA CALMAR LA ANSIEDAD


La psicología del apagón en los tiempos de WhatsApp
Las redes sociales han cambiado todo. Hasta la forma en que atravesamos los cortes de luz




Ya saben cómo se siente, sobre todo cuando llega de noche y en verano. El corte de luz no avisa. Pero, al mismo tiempo, si hace calor, si hay viento, si llueve mucho y caen rayos, en fin, en cualquier condición climática que no sea la del paraíso terrenal, uno presiente que la luz se puede ir. De modo que sí, maldecimos cuando se corta, pero también hay algo de alivio; ya no hay que estar temiendo que ocurra.
Unos segundos después, empieza la segunda etapa, signada por un interrogante punzante e insistente. ¿Será un corte grande? ¿Tardará mucho en volver? Por ahí vuelve enseguida. Recuerdo que cuando era chico circulaban una serie de teorías al respecto, todas ellas basadas en el modo en el que se había ido la electricidad. Si se había cortado de golpe, si había ido bajando de a poco, si las luces habían parpadeado un poco o mucho o más rápido de lo normal.
Era de rigor el irse a la terraza o salir al balcón para intentar ponderar la magnitud del apagón. Un ejercicio ocioso, porque si era grande, uno imaginaba que iba a tardar mucho más en volver; y si era sólo nuestra cuadra, uno imaginaba que la compañía nos daría menos prioridad que a otros barrios afectados. Ninguna de estas teorías era válida, por otro lado.



De a poco, tras estas verificaciones, luego de encender un par de velas, después de haber reclamado en el contestador automático de la compañía de electricidad, uno entraba en la tercera etapa. La de la espera. Que es, por cierto, la peor. Para los impacientes, como es mi caso, se convierte en un verdadero infierno. Hablo, claro está, de cortes de duración razonable. Se sabe que no pocos compatriotas han padecido apagones que duraron semanas. Eso, como he dicho en otra ocasión, pasa de incómodo a peligroso. Mi peor experiencia duró 29 horas; escapa a mi imaginación pasar dos semanas sin luz.
Pero, fuera de esos cortes demenciales, unos 15 minutos después de que se va la luz, cuando ya sabemos que no es algo menor, cuando nos notificamos de que no va a ser una noche con buena música, una pasta preparada con cariño y acompañada por un buen vino y una mejor charla, en ese punto empezamos a esperar que la electricidad regrese. Cada cual tiene sus estrategias para atravesar ese plazo, cuya primera arista es, claro, que no sabemos cuánto durará. Sería bien diferente si, por ejemplo, supiéramos que va a ser una hora. O dos. O siete. Porque la pasta y la música podrían postergarse una horita. Pero no siete.
En sus primeros minutos, esta fase se caracteriza por el dar vueltas, porque la cabeza intenta algo que, en rigor, es inviable. Esto es, trazar un plan que funcione sin luz, pero aguardando que la luz vuelva de una vez. Así, encendés más velas, ponés ordenadas sobre la mesada la cebollas, los tomates, la albahaca, los ajos y hasta hacés dominó con los ravioles.




Otrora, esta fase iba lentamente sumergiéndonos en una bronca resignada, en la que nos planteábamos comer algo ligero e irnos a dormir, con la esperanza de amanecer iluminados, por así decir. Pero en noches como la del miércoles último, cuando el sauce del jardín se movía menos que una foto y con una térmica venusina, tirarse en la cama no habría resuelto nada. Más bien al revés.
Cumplido el plazo, cuando los hados deciden que la electricidad puede regresar, sentimos euforia, pero también un recelo hiriente. ¿Acaso no se volverá a cortar? En esta tercera etapa estamos como al principio, pero un poco peor, entre otras cosas porque olemos a repelente de mosquitos, estamos empapados y se nos ha ido el hambre. Transcurren de este modo otros 15 minutos; sólo entonces nos atrevemos a apagar las velas y, dependiendo de la hora, regresar a la pasta o comer algo ligero e irnos a dormir.
No estamos solos


Pero, como adelanté, las redes sociales han cambiado esta dinámica. El miércoles último estaba en el diario cuando, por el WhatsApp del barrio, me enteré de que se había ido la luz. Nada nuevo, aunque este año hubo muchos menos cortes que el verano pasado. Pero noté una diferencia interesante. No había estado esperando un corte (porque todavía estaba acá, en el diario) y desde mi punto de vista el dato resultaba bastante abstracto (porque seguía con luz, música, agua, aire acondicionado, etcétera).
Dadas las imprevistas interconexiones de las redes sociales, muy pronto supimos que era un corte grande (sin que nadie saliera al balcón) y, por medio de la app de la compañía eléctrica, hicimos el reclamo y supimos que habían mandado una cuadrilla. Cosa que uno, que se ha ido haciendo escéptico a fuerza de decepciones, tendería a poner en duda. Pero no, vecinos que los vieron trabajando mandaron mensajes con la ubicación exacta de la cuadrilla, modelo del vehículo, chapa patente, número de operarios y tiempo en el lugar. Creo que no exagero si digo que, hasta ahora, aquello de "una cuadrilla está trabajando" era tomado más bien como un mito urbano.


Unas dos horas después, cuando se hizo la hora del regreso, la luz todavía no había vuelto. Sabía esto por WhatsApp, desde luego. Ahora, ¿volver o quedarme? Descubrí así un nuevo fenómeno asociado a los apagones: la especulación. Como a esas horas tengo más o menos 45 minutos de viaje y como la luz se había ido aproximadamente a las 16,30, tomando en consideración la duración promedio de los cortes en la zona (unas 2 horas), supuse que la electricidad estaría de vuelta para cuando llegara a casa.
Por supuesto, no fue así. Aterricé alrededor de las 19, y como todo seguía a oscuras concluí que no era un corte normal. Cosa que poco después confirmaron, obviamente, en el grupo de WhatsApp. Era de media tensión, dijeron. Pensarán que debería haberme quedado en el diario hasta que mis vecinos anunciaran -como ocurriría tres horas y media después, en una algarabía comprensible que, ciertamente, compartí- el regreso de la luz. Sí, pero eso sólo tenía sentido ahora, porque conocía la hora a la que había vuelto la electricidad. ¿Habría sido lo mismo si el corte hubiera durado toda la noche? Pongámoslo así: aposté y perdí. Es decir, el apagón como un nuevo juego de azar. Increíble.



Pero donde más influyen las redes sociales es en lo que llamaría la "soledad del apagón", en sobrellevar la fase más dura, la de la espera. Uno puede padecer el calor y la oscuridad en compañía de su familia, pero resulta mucho más entretenido cuando un barrio entero está bromeando, tejiendo teorías, aportando ideas (algunas de lo más útiles) y actualizando datos respecto de la incómoda situación. Dicen que mal de muchos, consuelo de tontos. Bueno, es mentira.



Además, y de nuevo a causa de las ingobernables estribaciones de las redes sociales, uno se siente menos sometido a los hados eléctricos. Rápidamente se sabe la ubicación exacta de la cuadrilla, si se cayó un eucalipto y arrasó con el cableado, si la luz ya regresó en alguna zona aledaña (la envidia es venenosa en tales casos, pero la noticia inspira esperanza), y así. Es, tal vez, lo mejor de contar con WhatsApp o Facebook cuando se va la electricidad. No es raro. Como ocurre en otros ámbitos, y si me permiten el juego de palabras, las redes sociales han venido a transparentar un poco los apagones. Al menos, mientras dure la batería del celular.

A. T. 

lunes, 22 de agosto de 2016

ANSIEDAD E IMPACIENCIA ECONÓMICA


En los últimos tiempos, la ansiedad y su relación con el ciclo económico comenzaron a ser estudiadas por equipos multidisciplinarios de psicólogos, neurocientíficos y economistas


Hace una semana que se le pidió por correo electrónico una opinión sobre "economía de la impaciencia" a Federico Weinschelbaum, profesor de la Universidad de San Andrés e investigador del Conicet, y todavía la respuesta no llegó. ¿Se habrá olvidado? ¿Convendrá mandarle un recordatorio o se ofenderá? Ya debería estar la nota escrita, los nervios y el estrés van en aumento: no puede ser que tarde tanto. Estos economistas creen que uno tiene todo el tiempo del mundo.
La impaciencia (o la ansiedad), uno de los fenómenos centrales de la sociedad en las últimas décadas, tiene sin embargo poco espacio en la agenda de la economía académica. Ser ansioso, para el escritor Norman Mailer, es "el rol natural del ser humano en el siglo XX". Los costos asociados a este estado, en términos de deterioro de la salud y de decisiones sesgadas, son enormes. Así y todo, Weinschelbaum comenta que "hablar de «economía de la impaciencia» suena un poco a mucho", dado que los papers publicados al respecto se cuentan con los dedos de las dos manos (en esta caso, dedos con las uñas comidas).
El director del departamento de Economía de San Andrés publicó recientemente un artículo en el American Economic Journal of Microeconomics (junto a tres coautores: Levine, Modica y Zurita) donde, usando un modelo de teoría de los juegos, llega a un resultado contraintuitivo: tal vez en este mundo le vaya mejor a los impacientes más de lo que pensamos.
La conclusión va en contra de lo que se había escrito hasta ahora. La breve literatura sobre el tema partía de la psicología evolutiva, que supone que en el largo plazo sobreviven aquellos individuos a los que les va mejor. Y en modelos de decisiones individuales lo que se encuentra es que a aquellas personas pacientes les va mejor, y por lo tanto en el largo plazo son todos no-ansiosos. Hay autores, como Blume y Easley, que incluso aseguran que en el largo plazo la paciencia es un arma más poderosa que la inteligencia. Publicaron esta idea en econometría en 2006, en un artículo titulado: Si sos tan inteligente, ¿Por qué no sos rico?
Pero en un contexto de interacción entre varios agentes, las cosas cambian. "En un juego, a los impacientes les puede ir mejor que a los pacientes. En un marco más simple, ser impaciente no es beneficioso ya que las decisiones que toma un impaciente no son las mejores. Sin embargo, cuando los otros saben que yo soy impaciente, y toman eso en cuenta, actúan de manera distinta y eso sí puede ser beneficioso. En un juego de negociación, el ser impaciente puede ser una ventaja: una amenaza de recibir un castigo en el futuro puede quitarle mucha utilidad a alguien paciente, pero no resulta peligrosa para alguien impaciente. En consecuencia, el impaciente está dispuesto a ceder menos en una negociación para evitar el castigo", explica el economista argentino.
Para Weinschelbaum, "hay situaciones en las que no solamente es óptimo desde un punto de vista «privado» ser impaciente. También puede ser óptimo desde un punto de vista social que haya más impaciencia en algunos individuos. Los agentes pueden satisfacer sus necesidades produciendo o apropiándose de los bienes producidos por otros a través de conflictos, que implican una pérdida social. Lo mejor, desde un punto de vista social, sería que no haya individuos que se dedican a apropiarse de bienes a través de conflictos. Pero como un «segundo mejor» es mejor que estos individuos (ladrones, corruptos, etcétera) sean impacientes. De esta manera no invierten recursos en perfeccionar organizaciones y situaciones que son perjudiciales para el funcionamiento de la sociedad". Weischelbaum prefiere no hacer una referencia directa a la Argentina, pero si esta explicación se narrara en un documental, bien podría utilizarse la escena de un José López pasado de revoluciones y con crisis de ansiedad revoleando los bolsos por la pared del convento.
En los últimos tiempos, la ansiedad y su relación con el ciclo económico comenzaron a ser estudiadas en detalle por equipos multidisciplinarios que combinan saberes de psicólogos, neurocientíficos y economistas. Robert Levine, un profesor de Psicología de la Universidad de California, que cada tanto visita la Argentina, es una de las mayores autoridades mundiales en estudios sobre la percepción del tiempo (que varía ampliamente entre las distintas culturas).


Levine escribió un libro fabuloso, Una geografía del tiempo, que en la Argentina editó Siglo XXI en la colección que dirige Diego Golombek. Allí cuenta cómo diseñó experimentos que llevaron a su equipo de investigadores a recorrer el planeta midiendo cuánto tarda -siempre en promedio- una sociedad en apretar el botón de "cerrado de puertas" en los ascensores modernos, el tiempo que media entre que el semáforo se ponga verde y que suene el primer bocinazo para el auto que está primero en la fila y no arranca, o cuánto demoran los "completadores de frases" en decir esa palabra que a su interlocutor no le sale porque la tiene en la punta de la lengua. Le faltó mensurar el mordisqueo de capuchones de biromes.
Levine registró valores altos de ansiedad para la Argentina, y lo mismo detectó un estudio de la agencia de publicidad JWT, cinco años atrás, que puso a la población local al tope del ranking de ansiosos de América latina. A nivel local, un 25% de las personas se autodefinen como "ansiosas o muy ansiosas".
Una hipótesis que roza esta agenda es que el ciclo abrupto de la economía argentina (el país tiene una de las tres macroeconomías más volátiles del mundo: su variable de volatilidad histórica es, por ejemplo, el triple que la de Brasil) lleva a sus ciudadanos a ser más ansiosos e impacientes: siempre estamos preguntando, como chicos en el asiento de atrás en un viaje en auto largo, "cuánto falta", en este caso para el segundo semestre, para la reactivación o para que explote todo.


Adolfo Canitrot, ya en la década del 70, decía que el comportamiento económico individual se derivaba de una forma particular de racionalidad limitada que provenía de que uno construía sus decisiones de la macro a la micro. Y como la macro tenía la particular naturaleza de habernos expuesto tantas veces a los ciclos de "stop-go", crisis y volatilidad, aparecían comportamientos que eran precautorios y que tenían obviamente sus costos asociados. Por un lado, este sesgo doméstico lleva a posponer decisiones y por otro lleva a cometer errores.
Ahí se encendió la luz del celular: entró el mail con las respuestas de Weinschelbaum. Bien. A respirar hondo, relajarse y escribir la columna con conciencia plena en el presente.

S. C. 

viernes, 11 de marzo de 2016

MÁS COMÚN DE LO QUE PENSAS..... SE CURA..... CONSULTÁ Y LO SOLUCIONAS EN POCOS DÍAS


Escena de la vida cotidiana: amanece un día de semana cualquiera en la ciudad y en algún lugar suena el despertador. Una persona se estira en la cama, intenta apagarlo, mira la hora y piensa: "Uy, ya debería estar en la ducha. ¡Qué mal que dormí! No pude dejar de pensar en el problema del trabajo. Encima me duele el cuello. Tendría que ir al kinesiólogo, pero nunca tengo tiempo para nada. Además, recién los chicos empezaron la escuela y tengo que estarles atrás. Tendría que salir ahora mismo para el trabajo, porque ya volvió todo el mundo de vacaciones y el tránsito es un caos. Se me cierra la garganta y me duele el pecho. Ya quiero que sean las diez de la noche de una vez. El despertador sigue sonando y por fin logra callarlo. Con mucho esfuerzo, corre la sábana y se pone de pie.



Los cambios en los estilos de vida impuestos por el devenir social hacen que cualquiera de nosotros, con los más y los menos, podamos ser esta persona: responsabilidades, obligaciones, estrés, ruido, apuro, etcétera nos atrapan y casi no dejan tiempo para el placer y el ocio que hacen la vida un poco más apacible.
Muchos sienten que determinadas sensaciones se instalan y se vuelve una fatalidad convivir con ellas. Preocuparse demasiado por las cosas (no poder dejar de pensar en un problema, aunque a todas luces no es tan importante), dificultades de concentración, una sensación en el pecho en forma permanente, temor a perder el control, miedo a morir o pensamientos negativos sobre uno mismo son algunos de los síntomas cognitivos que podemos identificar ligados a la "ansiedad".

 Lo que trae, a su vez, dolores de cabeza, respiración agitada, molestias en el estómago, tensión muscular, palpitaciones, sudoración, temblores, taquicardias o mareos que interfieren en nuestro bienestar. "Pero, ¿qué es la ansiedad de la que todo el mundo habla? Es la más común de las emociones básicas del ser humano"
 Es un fenómeno que se da en todas las personas, que bajo condiciones normales mejora el rendimiento y la adaptación al medio social o laboral, ya que nos moviliza ante situaciones amenazantes y preocupantes para que podamos afrontarlas adecuadamente. Se trata de una respuesta de nuestro organismo ante algo que percibimos como peligroso. Por eso actúa como nuestro sistema de alarma cuya función es detectar rápidamente una amenaza y prepararnos para hacerle frente. Por ejemplo, nos ayuda a escapar si se presenta alguna situación que nos ponga en peligro o a estudiar cuando estamos por dar un examen.



Sin embargo, cuando sobrepasa determinados límites, la ansiedad deja de ser adaptativa y se convierte en un problema de salud que impide el bienestar e interfiere en nuestras actividades sociales, laborales o intelectuales. Estar nervioso -o ansioso- ante situaciones de tensión como exámenes, ir al médico o conocer los resultados de una entrevista laboral es un mecanismo normal que tiene nuestra mente para prepararnos frente a lo desconocido. Pero, en ciertas circunstancias, la ansiedad, la preocupación o el miedo se presentan sin que exista una causa que lo justifique. La Ansiedad Generalizada, el Trastorno de Pánico y la Fobia Social son ejemplos muy frecuentes de trastornos ansiosos.
En algunos casos las personas presentan una intensidad de la respuesta de ansiedad que comienza a ser incómoda, llegando incluso a ser vivida como algo peligroso en sí mismo. En otros casos aparecen, en repetidas ocasiones, síntomas de ansiedad sin ninguna situación ni estímulo claro que los desencadenen y nuestro sistema de alarma se activa fácilmente y no diferencia cuando estamos en peligro y cuando no.



Los problemas de ansiedad son varios, pero la preocupación excesiva e incontrolable es la característica fundamental del Trastorno de Ansiedad Generalizada. En estos casos la persona se preocupa excesivamente por numerosas cuestiones de su vida cotidiana, lo que la hace permanecer en un estado de tensión permanente. Esta tensión sostenida está asociada especialmente a contracturas, dolores de cabeza, dolores físicos, mayor irritabilidad y problemas para dormir. Los dolores más frecuentes asociados con este problema son el de cuello, hombros, de espalda y de pecho.
Si tiene síntomas de crisis de pánico, el dolor de pecho puede asociarse a palpitaciones, dolor en las extremidades, sensación de entumecimiento del brazo izquierdo, calambres, mareos, etcétera. De repente pueden sentir que se van a morir, tienen sudoración en las manos, les falta el aire, se les nubla la vista, les zumban los oídos. Muchas personas terminan en la guardia del hospital porque creen que tendrán un problema cardíaco y, al revisarlos, les informan que no tienen nada (esto a veces les provoca mayor incertidumbre y nervios, porque siguen creyendo que "tienen algo" que aún no le encontraron). El dolor de estómago también es de los más característicos y se debe a que nuestro cerebro prepara al organismo para dirigir la energía a aquellas partes del cuerpo imprescindibles para luchar y/o huir de algún peligro, afectando así al proceso digestivo.



Según diferentes estudios se calcula que un poco más del 20% de la población padece -o padecerá- problemas relacionados con la ansiedad con una importancia suficiente como para requerir tratamiento. Algunos de estos trastornos empiezan tempranamente, como las Fobias y el Trastorno Obsesivo Compulsivo o la Ansiedad Social. Normalmente, cuando una persona con trastornos de ansiedad busca tratamiento es porque lo ha sufrido por más de una década. La mejoría espontánea (sin consulta ni tratamiento profesional), si bien es posible, es improbable.
"Ya se me va a pasar"o "Con voluntad y tranquilidad pasa" son pensamientos frecuentes que tienen ante dicho trastorno. Querer que los síntomas desaparezcan no es suficiente. Pedir ayuda es una excelente opción para combatirla y poder vivir mejor. Hoy existen tratamientos eficaces para mejorar la calidad de vida de hombres y mujeres que sufren de ansiedad patológica. Se aconseja en muchos casos que su tratamiento esté acompañado de la adquisición de hábitos saludables, como el ejercicio aeróbico regular, que colaboren con el bienestar.


La escena de la vida cotidiana del comienzo sigue así: la persona por fin se duchó y, mientras repasa las novedades en su computadora, lee esta nota. Lo que transcurre después depende de cómo la vayamos viviendo.

F. M.