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miércoles, 9 de septiembre de 2020

CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS ANALIZA Y OPINA,


El excitante país de los Fernández
gracieladas: El maravilloso país que ve Cristina. Por Carlos M. Reymundo  Roberts
Carlos M. Reymundo Roberts

Al Gobierno se le pueden achacar muchas cosas, menos una: la capacidad de entretenernos. La interminable cuarentena nos hunde irremediablemente, sí, pero se hace más llevadera con el turismo de aventura que supone escuchar cada día al Presidente, con la orgía de poder de Cristina, los festejos de Martín Guzmán por haber hecho una oferta tan generosa que fue aceptada por el 99% de los bonistas, las luchas intestinas y, claro, los esfuerzos de Sabina Frederic para entender dónde está y qué tiene que hacer.
Al espectáculo que se nos ofrece no le falta nada. Voy a confiarles algo sobre mi metodología de trabajo (aunque muchos piensen que en realidad el trabajo me lo hacen los que gobiernan): empieza la semana y voy anotando los hechos más relevantes, recorro el espinel de fuentes y, al llegar la noche, digo: ya está, ya tengo tema para el sábado; al día siguiente me veo obligado a cambiarlo. Por ejemplo, el domingo creía que lo de Frederic –en cualquier momento escribo Frederik– era imbatible. Unos forajidos usurpan tierras de Parques Nacionales y ella denuncia a unos señores que protestan contra esa usurpación con pancartas tan destituyentes como la que decía: “Que la Justicia actúe en tiempo y forma”. Con todo derecho, Sabina habrá pensado que nada ni nadie podría desplazarla de ese merecido primer plano: una ministra de Seguridad que sale en defensa de delincuentes y a perseguir a un grupete de vecinos. Se equivocó, y yo también. Después intentó recobrar notoriedad volviendo sobre sus palabras, pero ya era tarde. Qué feo, tan respetable antropóloga elevada al altar de los memes.
Si mi trabajo se complica, imagínense el de embajadas y corresponsales extranjeros. No es fácil explicar la Argentina de estos días, en la que es noticia que la vicepresidenta vaya a la Casa Rosada. Supongo que habrán escrito: en realidad fue al museo de la Casa Rosada, hoy de hecho convertida en un gran museo cuyas vitrinas exhiben un Presidente, un jefe de Gabinete, una lapicera para firmar decretos de necesidad y urgencia. Me pongo en los zapatos de mis colegas, los corresponsales, que el miércoles tuvieron que informar sobre la jornada en Diputados. Ahí la novedad era que el bloque opositor había decidido, después de cinco meses, ocupar sus bancas; no, la novedad era que, aun ocupándolas, estaban técnicamente ausentes; pero el presidente de la Cámara, Massa, les daba la palabra a los ausentes, mientras esperaban su turno, detrás de las pantallas, los que estaban presentes, que eran los que no estaban. Los presentes no votaron nada y los ausentes aprobaron dos leyes. “La noche de los dos congresos”, la retrató Pagni; dos congresos, dos leyes y dos Kirchner, Cristina y Máximo, acosando a Massa, que a duras penas intentaba congeniar las dos sesiones. Mientras, el teléfono de Massa se llenaba de amenazas, probablemente porque algún opositor hizo circular su número. Esa noche, cuando el bloque de Juntos por el Cambio dejó el Congreso, en la calle lo esperaba una ovación. Diputados aplaudidos al salir de su trabajo. Ingrata faena la de diplomáticos y corresponsales: cuentan lo que ven y en sus países les piden que corran a hacerse un hisopado.
En el Senado, la cosa es más sencilla. Cristina lo ha convertido en una suerte de Concejo Deliberante de El Calafate, y a los de su bancada, en empleados de Hotesur. Esos señores senadores, que en sus provincias suelen ser personas venerables, llegan a Buenos Aires y el downgrade es fatal: no tienen ni más voz ni más voto que lo que ordena la jefa. Todo lo que les paguen por desarraigo es poco. Ni siquiera es compensado por las trampitas que ella les enseña cada día. Dicen que cuando Cris llega a la Cámara, pregunta: “Please, recuérdenme qué parte del reglamento nos toca violar hoy”. En el Senado reside hoy el poder real del país. ¿La Corte? Impecable. Son los únicos argentinos que cumplen al pie de la letra la cuarentena: encierro, distanciamiento y lavarse las manos.
Ahora intentaré describir lo de la toma de tierras en el conurbano. A ver: en una
Invitado a hablar en Peugeot, Alberto hizo un encendido elogio de Ford
provincia en la que ha mandado y manda el peronismo, gente desahuciada que sigue a punteros peronistas, o a movimientos sociales liderados por dirigentes peronistas con cargos en el gobierno nacional, ocupa terrenos de distritos gobernados en su mayoría por intendentes peronistas, y entonces los intendentes se quejan ante el gobernador, que les da la razón y que apoya a su ministro de Seguridad, peronista, que dice que eso que hace esa gente, impulsada por funcionarios del gobierno peronista de Alberto, es delito y merece la cárcel. El que lo resumió mejor fue, cuándo no, Kicillof: “Esto es culpa del macrismo, que no construyó viviendas”.
Me quedaron muchos apuntes. Ya estamos en el top 10 en cantidad de infectados, y acabamos de entrar en el top 15 en cantidad de muertos; triste adiós a las filminas. El presidente de IATA, que agrupa al 80% de las compañías aéreas, dijo que le preocupa que “la Argentina se convierta en otra Venezuela”, lo que motivó una protesta de Maduro, por la comparación con la Argentina. Invitado anteayer a un acto en Peugeot, el profesor Fernández hizo un encendido elogio de Ford.
“En silencio estamos perdiendo el país”, dijo el gran Campanella. Discrepo. No es en silencio.

jueves, 3 de septiembre de 2020

CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS ANALIZA Y OPINA,


Triste balada para un brote de neurosis
INDEC QUE TRABAJA II : CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS, DE NO CREER,
Carlos M. Reymundo Roberts

No hay derecho: todos los infortunios caen sobre la humanidad de Alberto. La dura realidad golpea diariamente a su puerta, él le abre y, trémulo, dice: “¿Otra vez a mí? ¿Otra vez yo”. Hay que ponerse en la piel de ese pobre hombre, que hace solo unos meses disfrutaba con los honores y las encuestas. La bomba de la semana fue que Duhalde dijera que hay riesgo de un golpe de Estado. Aunque después explicó que había sido víctima de un brote psicótico, el daño ya estaba hecho. Claro que los militares no quieren dar un golpe. ¿Quién o quiénes, entonces? ¿Berni al frente de una fuerza de acción rápida de motoqueros? Se especuló con Cristina, pero no le hace falta. Algunos incluso verían como más verosímil lo contrario: un golpe de Alberto para llegar a la presidencia.
Se equivocan. Está lejos de pensar en desplazar a la señora; en realidad, su aspiración es que ella lo apruebe. Se está dando una dinámica interesante: Cristina es cada vez más Cristina, y Alberto cada vez hace más cosas para parecerse a ella o para que a ella le gusten. Los teólogos dicen que la santidad consiste en vaciarse de uno mismo y llenarse de Dios; pues bien, en eso está el profesor: vaciándose. Si el proceso no es comprendido, puede pasar que alguien le haga la crítica más cruel. Acaba de ocurrir, y no fue ni Lilita ni Patricia Bullrich. Fue Cobos, en una entrevista con Clarín. Lapidario, dijo: “Alberto tendría que asumir”.
No comparto tamaña ironía, y menos viniendo de alguien tan positivo como Cobos. Lo que pedimos es un poco de compasión. El contexto no da para caerle. El viernes pasado se anunció que el Gobierno ahora será el responsable de los servicios de telefonía fija y móvil, TV por cable e internet; ojo, todo bien con el Gobierno, le tengo una fe bárbara, pero me sentía más seguro dependiendo solo de las empresas. Alberto, usted acaba de provocar una verdadera revolución en el mercado de las comunicaciones y de la tecnología de la información, cambió las reglas, pisoteó los contratos, lloverán juicios, ¿y lo hizo por decreto? Profesor, hijo de un juez, ¿cómo pudo haberle pasado eso? Yo que usted pondría la misma coartada que Duhalde: un desajuste psicológico. Le serviría para justificar también que el domingo estuvo en un asadito de seis horas con los Moyano sin distanciamiento y sin barbijos. De vuelta: no me opongo a tan amable reunión; el problema fue la foto, señor. Sea Alberto, sea plenamente usted, pero para las fotos regálenos el rigor de un presidente; o de un vice de una vice.
Sigo con los infortunios. Ese mismo domingo dijo que al país le estaba yendo mejor con el coronavirus que con Macri. La frase parece inspirada en sus tertulias con los Moyano; o una falta de inspiración. El lunes le atribuyó a Macri haberle propuesto que “dejara morir a los que tuvieran que morirse” por el virus; Macri lo negó (le mandó un burofax). ¿A quién le creerá la gente? No lo sé, pero suena feo eso de revelar una conversación privada; un profesor de Derecho sin códigos, cómo es posible. El martes, Cristina preguntó: “¿De qué reforma judicial me hablan?”. Genia y figura hasta la sepultura del proyecto. El miércoles empezó la negociación con el FMI, precedida por una llamada en la que Alberto y Kristalina Georgieva solo tuvieron una diferencia respecto de qué tiene que hacer el país: Kristalina habló de adjustment; Alberto, de ajuste; es decir, las conversaciones empezaron bien. Se supo que el diálogo fluyó con franqueza. “¿Jubilados?”, preguntó Kristalina. “¡Muy bien! Convenciéndolos de que ganan demasiado”, respondió él. “¿Impuesto a las ganancias?”, quiso saber ella. “Perfecto. Les vamos a sacar hasta las ganas de cobrar”. Y la última pregunta: “¿Reducción del gasto público?”. Después de algunos titubeos, él se repuso: “Bueno, estoy viendo la posibilidad de formar una comisión para que analice el tema”.
La pandemia sistemáticamente arruinó las mañanas y las noches de Alberto, al conocer los partes de contagiados y muertos, que no ceden. El jueves escuchó a Carla Vizzotti decir que no corresponde reír, hablar fuerte, cantar o bailar, y tuvo una reacción
Carla Vizzotti prohibió las risas; justo ella, que se presentó con un payaso
muy humana: “Carla, tengo ganas de llorar, pero no sé si se puede”. Yo no termino de entender cómo prohíbe las risas una funcionaria que se presentó en una conferencia de prensa con un payaso.
A todo esto, la OA se le anima al Presidente y le pide que revele sus clientes de los últimos años, y el Presidente se desanima y no revela nada. Insisto, pobre hombre: crecen los incendios intencionales y la invasión de tierras; en el sur, mapuches (o gente que se hacer pasar por mapuches) invaden terrenos y desarrollan barrios privados para mapuches. El militante Gustavo Sylvestre (experiodista, ex-clarín) llama cobardes a los que pelearon en Malvinas, y cuando Alberto iba a reprenderlo se acordó de que en la última entrevista, la pregunta más complicada que le hizo fue: “¿Desearía agregar algo?”.
¿Más? Máximo insiste con el impuesto a las grandes fortunas, Emirates deja el país, y él, sí, él, anuncia la construcción de una ruta al Pacífico, pero esa ruta la empezó Macri en 2018 y las obras nunca se frenaron.
Algunos colegas ponen, al final de sus notas, qué música escucharon mientras escribían. Yo escuché, de Astor Piazzolla y Amelita Baltar, “Balada para un brote de psicosis”.

martes, 25 de agosto de 2020

CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS ANALIZA Y OPINA,


Cristina, una reforma con la policía, no
INDEC QUE TRABAJA II : CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS, DE NO CREER,
Carlos M. Reymundo Roberts

Aver: si estás por entrar a tu casa y se te acercan tres tipos que llevan la cara cubierta, están armados y te encañonan, hay altas probabilidades de que se trate de un robo. Si sos mujer y un desconocido te para por la calle, dice que sos la más linda del mundo y te jura amor eterno, da para pensar que esconde aviesas intenciones. Y si fabricás camioncitos de plástico y un día aparecen en la planta cinco matones de campera negra, bloquean las salidas y dicen que los manda Pablo, o Hugo, o los dos, podés sospechar que te están apretando para que tus operarios cambien de gremio. ¿Adónde voy? Voy a que por sus obras los conoceréis. Si estás queriendo sacar una reforma de la Justicia sin el más mínimo consenso, a los golpes, pasando todos los semáforos en rojo, eso no es una reforma de la Justicia: tus intenciones son más aviesas e inconfesables que las de los enmascarados, que las del avanzador callejero y que las de los patovas del clan Moyano. El proyecto de Cristina tiene cuatro patas, mueve la cola y ladra. Guau, me parece que nos está metiendo el perro.
La sorpresa no viene por el lado del perro, por supuesto. Lo que no deja de llamarme la atención son las formas. Cero pretensión de urbanidad. Primero fue poner a Beraldi al frente de la comisión de expertos; es un tipo de humor algo forzado: como si Macri pusiera a Gustavo Arribas a investigar el espionaje durante su gobierno. Después, que Cristina haya usado para encender las hornallas el fallo judicial que le ordenaba frenar el desplazamiento de 10 jueces. Paralelamente, el operativo piquete de ojo y tacle a la altura del pecho destinado a que Eduardo Casal renuncie a la Procuración General y le deje su lugar a Daniel Rafecas. Ahí surgió un pequeño problema: Rafecas hizo saber que respeta mucho a Casal, que no comparte la metodología barrabrava de tirarlo por la ventana y que no quiere entrar a la Procuración con tan malas artes; además, criticó la reforma judicial. Está por aparecer un aviso clasificado: “Jefe de los fiscales con menos pruritos se busca”.
La apoteosis llegó el miércoles. El tratamiento del proyecto en las comisiones fue un homenaje a la trampa y a la burla: discutieron un borrador que ni siquiera se conocía porque lo estaban modificando en un sótano, a la luz del celular de Parrilli. Cuando reapareció, cerca de la medianoche, le habían agregado una cláusula según la cual un llamado de un periodista de la nacion o de Clarín a un juzgado puede ser considerado delito grave, y uno de Gustavo Sylvestre o de Víctor Hugo Morales, periodismo de investigación. El senador Esteban Bullrich estaba tan sorprendido que se quedó como congelado en la pantalla.
Cristina, my friend, es el Senado; quiero decir: una institución que, más allá de sus pesares, conserva ciertos buenos modales. La cultura del atropello y el fraude no le hace honor a su ADN. Al ADN del Senado, digo. Otra cosa: estamos hablando de una ley de reforma judicial; no le puede dar el trámite de un decreto de necesidad y urgencia, aun teniendo en cuenta lo necesitada y urgida que está de que a la absolución de la historia se le sume la de los jueces. Cris, piense en lo bueno de ser recordada como abogada exitosa, arquitecta egipcia, experta en soja, sublime oradora, empresaria hotelera, imputada respetuosa, madre de los argentinos, y no como una jefa del Senado atormentada. La leyenda no se mancha.
Prefiero ni pensar en las Troyas que arderán si la ley de amnistía –perdón, si la ley que nos daría una Justicia justísima– no llega a ser aprobada en Diputados. Y las probabilidades de que eso pase son altas. Obviamente, no hay que desestimar la capacidad de persuasión de la vicepresidenta. Pero hoy la cosa pinta fea. De hecho, no se los está viendo remar muy a destajo ni a Máximo ni a Massa. Ayer hablé con dos diputados peronistas. Uno me dijo que el horno no estaba para bollos después del banderazo del lunes y del clima social y económico por la “cuareterna” (usó esa palabra, lo prometo). Cuando lo llamé estaba leyendo el fuerte comunicado de IDEA
Robaron una casa de los Kirchner en Río Gallegos; por suerte, tienen otras 25
contra la reforma: “Cuidemos la Justicia para asegurar la República”. El otro diputado fue más explícito: “Por ahora estamos lejos de llegar al quorum, y no veo vocación de forzarlo con la policía”. Cristina, por nada del mundo voy a darle los nombres de esos diputados. No me presione. ¡No me pegue, soy Giordano!
Para completar la mala semana de los Kirchner, entraron ladrones a una de sus casas en Río Gallegos y la desvalijaron. Por suerte, ahí tienen otras 25.
Tampoco fue una buena semana para la economía: todas las cifras que se conocieron hablan de una calamidad. El Gobierno no prometió un plan –muy bien: no hay que prometer lo que no se tiene–, pero sí 60 medidas; las muy esperadas 60 medidas. Creo que la renuncia de la viceministra de Educación es la primera, porque estaba a las patadas con el ministro Trotta y las peleas siempre terminan costando caras. La segunda es otra renuncia: se fue el secretario de Energía, justo cuando estábamos por aprender el nombre. Vamos, fuerza, solo quedan por anunciar 58.
¡Epa! Se me pasó toda la nota y no hablé de Alberto. Se ve que no tengo nada para decir.

jueves, 20 de agosto de 2020

CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS ANALIZA Y OPINA,


Ojo, ojo, ojo, que se viene el botón rojo
Foro Desayuno | La Argentina imposible – ACDE
Carlos M. Reymundo Roberts
Los gobiernos suelen ser víctimas de sus palabras, sus eslóganes, sus latiguillos. Para Macri, por ejemplo, el año empieza en enero y termina en junio; borró el segundo semestre. Los “brotes verdes” resultaron ser las trepadas del dólar, y, como Natalia Denegri, demandó a Google para que rija el derecho al olvido con lo del “mejor gabinete de los últimos 50 años”. Cristina tiene unas 5000 frases célebres, y además sigue en la línea de producción; mis favoritas son “la soja es un yuyo”, “soy una abogada exitosa” y “me equivoqué con Alberto”. Perdón, esta última no sé si ya la dijo.
Esta introducción viene a cuento de que el Presidente, cuyo desdén por el peso de las palabras es solo menor al que siente por el mundo de las ideas, acaba de incorporar la figura del “botón rojo”: o me respetan la cuarentena, nos advirtió, o “siempre tendré a mano el botón rojo para volver atrás”, a la fase 1. No sé cuántos lo escucharon porque, efectivamente, los argentinos hemos decidido seguir el curso de los acontecimientos desde la calle; por mis pagos, en el conurbano, los bichos raros hoy no son los que rompen el aislamiento, sino los que se quedan en sus casas. Después de cinco meses de un encierro que destruyó psiquis, familias, relaciones, trabajos y economías, yo le hubiese recomendado a Alberto que más que asustarnos con el botón rojo convenía ilusionarnos con el botón verde. Pero al profesor le gusta tornarse maestrito y amenazar con la regla en la mano. “No me obsesioné con la cuarentena”, dijo ayer; nosotros sí, jefe. La emoción apenas contenida con que anunció que en el país se producirá pronto la vacuna revela, me parece, su alivio: la solución tenía que venir desde afuera. Una universidad inglesa, un consorcio internacional, un financista como Slim; con perdón de Alberto, nos viene a rescatar el capitalismo. La otra interpretación que viene pululando en las redes es que la historia es circular: el peronismo vuelve a vacunarnos.
El BOTON ROJO - Posts | Facebook
Puesta a rodar, la figura del botón de pánico como dispositivo para desandar la historia puede ser riesgosa para el propio Presidente. ¿Y si la que lo activa es Cristina? ¿Si opta por retroceder a fase 1 y sacarle el poco poder que le dio? Afortunadamente, está ocupada en otras cosas; otras cosas más importantes, dicho esto con todo respeto por la investidura presidencial. Lo que la entretiene por estos días es su trabajo como dictadorzuela del Senado. Allí apuró, anteanoche, la sanción de la llamada “ley Cristóbal”, o ley de reparación patrimonial, por la cual se consagra la apropiación de dinero del Estado como mecanismo de financiación de inversiones. Lo que no haga ella para recomponer los activos de Moratoria López lo hará Rodríguez Larreta, al permitirle participar del millonario negocio de las apuestas online; bien por Horacio, que no se deja ganar en generosidad. La señora también está impulsando en el Senado, con especial premura, la reforma judicial, más conocida como ley de amnistía, y el apartamiento de dos molestos camaristas federales, Bruglia y Bertuzzi, que intervienen en uno de los expedientes en los que está involucrada. Mucho más molesta es la jueza Biotti, que mediante un fallo ordenó frenar ese desplazamiento de los camaristas. Se habla de un conflicto de poderes, pero Cristina lo único que hizo fue ignorar el pedido de la jueza; cero conflicto.
Si repasamos entonces la actividad de la Cámara alta, las tres cuestiones que tiene entre manos en este momento competen a Cristina o a los amigos de Cristina dueños de medios que trabajan para Cristina. Qué genios los romanos, que cuando crearon el Senado, hace unos 2800 años, ya tenían previsto esta diversa gama de prestaciones.
Con Alberto dedicado a tiempo completo a la cuarentena, y Cristina a sus cosas, me pregunto quién se ocupa de asuntillos como la economía. No quisiera distraer a los Fernández, pero hay dos datos inquietantes; por lo menos, inquietantes para mí, que siempre fui un poco asustadizo: que el dólar blue siga subiendo después del acuerdo con los bonistas, y que las
Suenan las alarmas: las reservas están cerca de la lona
reservas del país sigan bajando. Los dos están totalmente vinculados, por supuesto. Parece que en cualquier momento ni siquiera se podrán comprar los 200 dólares mensuales. Suenan las alarmas: eso quiere decir que las reservas están a medio centímetro de la lona. Para Kulfas, que me resulta bastante sensato, no queda otra que exportar (de ahí vienen los dólares). Pero hasta ahora, el sector exportador más dinámico, después de los granos, es el de personas.
El profesor dice que la gente se relajó. En eso tiene razón. Mucha gente se relajó y pasado mañana, desoyendo sus amenazas, saldrá a las calles a protestar. No tengo del todo clara la consigna del 17-A, porque algunos ya están escribiendo en sus barbijos “no a la impunidad”; otros clamarán por más seguridad; otros, por trabajo; otros, por menos cuarentena. A último momento se bajaron de la convocatoria golfistas, tenistas y ciclistas, que desde ayer dejaron de ser un peligro para la sociedad; y no se sabe qué hará el remero olímpico Ariel Suárez, multado esta semana por haber puesto en riesgo las aguas y los peces del río Luján.
Multa para Suárez y aliento y perdón para Cristóbal. Como muestra basta ese botón.

miércoles, 12 de agosto de 2020

CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS ANALIZA Y OPINA,


Notición: esta no fue la peor semana
Carlos M. Reymundo Roberts* – Misiones Opina
Carlos M. Reymundo Roberts
Así como he dicho, más de una vez, “esta fue la peor semana del Gobierno”, hoy no me tiembla el pulso para decir que esta ha sido la menos mala. Pero espere, profesor, no salga a festejar, no salga a contarles a sus amigos que por fin aprobó el examen; todavía no terminé. Mi generoso balance se basa en un solo hecho, aunque no menor: se consiguió el acuerdo por la deuda externa. Es una noticia espectacular. Increíble. Increíble que usted haya podido cerrar algo, y cerrarlo bien. Y más mérito aún es que lo haya conseguido con Martín Guzmán, cuya parábola remite a la historia que se conoció anteayer: un campesino colombiano encontró un gatito perdido y lo llevó a su casa, para criarlo, hasta que descubrió que en realidad era un puma. Guzmán, presentado como el león de Columbia, será recordado por los bonistas como un inofensivo gatito.
Lo importante, por supuesto, es que se llegó a un acuerdo. Era el cielo o el infierno y Cristina eligió escapar de las llamas. Pero pongamos las cosas en su lugar. Si algo se sabía desde el principio es que las dos partes querían arreglar, porque a ninguna le venía bien el default; perdían mucho las dos. Imposible errarle al tiro, ni siquiera teniendo la puntería de Alberto y de Guzmán. Desde el verano, cualquiera que hablara con fuentes en Wall Street escuchaba que se iba a arreglar en 55 centavos por dólar. ¡Hasta yo lo sabía! Para llegar a esa cifra hubo un tironeo excesivo, desgastante, en el que cada oferta del Gobierno se presentaba como la última y mostrando fotos de chicos argentinos desnutridos. “O la deuda es sostenible o no es”, amenazaba Guzmán sin conmover a nadie. Entre las dos puntas del camino se perdieron mucho tiempo y más de 16.000 millones de dólares. Igual, insisto: tener el acuerdo es una maravilla. Pateamos los pagos para dentro de 10 años, con lo cual le tocará ajustarse el cinturón al gobierno posterior al segundo mandato de Mínimo Kirchner (así lo llaman en la CGT). Siempre y cuando, claro, las reservas del país no hayan sido transferidas a una cadena hotelera del sur.
La picardía es que la gran noticia del cierre de las negociaciones no estuvo bien acompañada; como que fue la única alegría de Alberto esta semana. Primero la Cámara del Crimen y después la Cámara en lo Civil y Comercial rechazaron, en términos muy contundentes, la reforma judicial; dicho de paso, está bueno ese nombre sobrio que le pusieron, reforma judicial, porque “Soltemos a Cristina” hubiese sonado muy explícito. Ayer, otra cámara, la Federal, confirmó los procesamientos de Cristóbal “Moratoria” López, Fabián de Sousa y Osvaldo Sanfelice, socio de Máximo (sí, Máximo: no me voy a hacer eco de la inquina sindical). Ojo con los jueces, que cuando les mojás la oreja saltan como leche hervida. En cualquier momento también la Corte va a mostrar sus dientes. El Instituto Patria debería abocarse ya mismo a la búsqueda de otra fórmula de impunidad, porque esta no creo que vaya a funcionar. Pónganlo a Parrilli a trabajar en eso. Cristina ya tiene la agenda recargada con Kicillof, con Alberto, con la pandemia (es una broma, obvio) y con Google, a la que demandó por haber permitido que apareciera allí, en mayo, como “ladrona de la Nación”. ¿Lo más llamativo de este caso? La demora de tres meses en reaccionar. Evidentemente alguien le hizo ver que lo de ladrona puede resultar injuriante.
Otra desgracia fue prohibir las reuniones sociales. Tan tolerante y amigable que prometía ser el profesor, y resulta que no nos deja trabajar, teletrabajar, salir a la calle, despedir a nuestros muertos, comprar dólares y, ahora, juntarnos con un par de amigos o vecinos para comentar las frases del día de Ginés o de Gollán, las peleas de alcoba entre Frederic y Berni o la investigación de campo que hace Macri en París. Un meme lo resumía bien: “Son tantas las prohibiciones que no llego a incumplir todas”. Eso es lo que está pasando: la gente se hartó y hoy los challenges ya no son los que aparecían en las redes cuando empezó la
No le temamos al virus, sino al Gobierno cuarentena, sino ir a la oficina, juntarse a comer un asado con la familia o pasar un control sin que te paren. En todo el GBA hay picados de fútbol. El relajamiento ha llegado a la residencia de Olivos: esta semana Alberto recibió a 14 mujeres y ninguna tenía barbijo. ¡Cuídenme al profe! Volvamos a Gollán, el mejor propalador de noticias horribles, el de las montañas de cadáveres en las esquinas. Ayer dio a entender que este verano nos tenemos que olvidar de salir de vacaciones. ¿Hacía falta? ¿Ya sabe lo que va a pasar en cinco o seis meses? Seguramente el profesor o alguno de sus voceros correrá a desmentirlo, para no llevar angustia a los hogares argentinos. Cuando nos encerraron yo le tenía miedo al Covid; ahora, a los que nos gobiernan.
Hablando de miedo. El mejor motivo para quedarnos en casa ya no es tanto el virus como la inseguridad. No es solo el conurbano o Rosario; en Recoleta hay una ola de delitos –a personas, locales, edificios– en niveles alarmantes. Cuidado, mucho cuidado, porque si la cosa no mejora Cristina quizás decida mudarse. A Olivos.
Felicitaciones por el acuerdo, Alberto. Y descanse, así también descansamos nosotros.

jueves, 6 de agosto de 2020

CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS ANALIZA Y OPINA,


Que todo el año sea Carnaval
De "Sinceramente" a "Cristinamente": una expresidenta sin ...
Carlos M. Reymundo Roberts
Después de 4 años de un macrismo tan tristón, la dupla Fernándezfernández ha venido a traer, por fin, ritmo, sorpresa y Carnaval. Hemos pasado del ingeniero Mauricio al profesor Alberto, y de Gaby a Cristina. Un espacio como este, de antropología política, ¿podría pedirles a los cielos algo más? Así como el sábado pasado, sin que yo pudiera evitarlo, la columna se me puso seria y contracturada, hoy tendré que hacer un tremendo esfuerzo para que no degenere, para que no derive hacia una interpretación ligera y poco juiciosa de lo que estamos viviendo. Si no hiciera ese esfuerzo de contención sería capaz de escribir, llevado por los demonios, que en realidad pasamos de Mauricio a Cristina y de Gaby al profesor, lo cual tampoco le hace justicia a Gaby. Me comprometo, pues, a abordar esta semana de vértigo y caretas con proverbial compostura. Si algo les resulta gracioso, el mérito es de los Fernández.
Lo primero que quiero es llevar tranquilidad a caceroleros, organizadores de marchas, puristas del derecho, a los cruzados que prometen atarse al Palacio de Justicia y a todos los argentinos de buena voluntad: la reforma judicial no pasará; no pasará. Mi mayor argumento para justificar esa afirmación es que se trata de un proyecto disparatado que pensó Cristina y presentó Alberto. La infalible fórmula Vicentin. Hay que darle, sin discusiones, la norma ISO 9000 de garantía de fracaso. No va a pasar porque caceroleros y protestones no me creerán y, asustados, saldrán a calles y plazas, viralizarán su rechazo en las redes, inscribirán en sus barbijos, en millones de barbijos, “no a la impunidad” (de nada por la idea), irán a Olivos, irán a Juncal y Uruguay, llegarán hasta la Casa Rosada y el Congreso; y cuando eso ocurra, los diputados peronistas entrarán en pánico, ella reaccionará como reaccionó durante el conflicto por la 125, subiendo la apuesta, y él reaccionará como suele hacerlo: dirá en público que no van a torcerle el brazo, y en privado y sin disfraz, que es otra locura de Cristina; una cristinada, cristinamente hecha. Cuando estalle la pelea, la pelea entre ellos (“inútil”, le disparará la señora; “¿en qué sentido me lo decís?”, querrá saber él), prometo pararme en el medio. Para separarlos.
La reforma no avanzará. Me lo dicen en la Corte, una Corte que, después de meses de guerra fría entre sus miembros, acaba de recuperar el Whatsapp. “Me pasan el contacto de Rosenkrantz, please”, pidió Lorenzetti. Cris tiene esas cosas: unió a las entidades del agro, unió a los bonaerenses contra Aníbal Fernández, ahora unió a duros y blandos de la oposición contra este proyecto y está uniendo a jueces que hasta hace horas se bloqueaban en las redes. Claro, sintieron el aliento en la nuca: la propuesta no es ampliar el tribunal, sino invadirlos, desterrarlos. Si quieren otra inscripción para los barbijos, acá va: “La Corte no será menemizada”; es un poco larga, talle XXL, y no es mía, sino de Guillermo Lipera, expresidente del Colegio de Abogados de la Ciudad. Que la cosa no va a andar me lo dijo también un diputado del Frente de Todos.
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 “Aprendimos de Perón que cuando querés que algo no funcione, formás una comisión”. Una comisión, esta, viciada de nulidad, otra firme candidata al ISO 9000. Haberla integrado con correligionarios y amigos, todos bajo el mando del comisario Beraldi, es una gran idea para un reality. “Los necesito –ordenará el comisario–. Hacemos una foto y ya no los vuelvo a molestar”.
La reforma es impasable, entre muchas otras cosas, por una cuestión de oportunidad. Como que no es el mejor momento. Es tiempo de pandemia, chicos. De cuarentena. El protocolo es clarito: quedate en tu casa, lavate las manos y abstenete de impulsar un cambio monumental en uno de los tres poderes del Estado. Ni siquiera cuidan los detalles: hicieron coincidir el anuncio con las últimas horas de Canicoba como juez; un horror, porque la superposición le impidió embellecer con su presencia el patético acto en la Casa Rosada. No se le hace eso a un amigo que, 5 minutos antes de irse, llamó a Alberto para preguntarle si necesitaba
El Proyecto Impunidad no se mide en costos, sino en beneficios el procesamiento de algún otro funcionario de Macri. “El del estribo”, bromeó. Por supuesto, recibió como respuesta que elevara la inquietud al Instituto Patria.
Tampoco es bueno lanzar una iniciativa tan gravosa, de unos 5000 millones de pesos anuales, cuando tu principal argumento para no mejorar la oferta a los bonistas es que en el país hay hambre y crujir de dientes. Es cierto que el Proyecto Impunidad no se mide en costos, sino en beneficios. Es una inversión. Hablando de inversiones. Me dicen que funcionarios kirchneristas se están presentando en oficinas de empresas que tienen concesiones del Estado. Ellos sí cumplen con el protocolo: barbijo, distanciamiento de dos metros y bolsos.
Hubo otras coincidencias poco felices. El proyecto de redención de la Justicia tuvo que compartir cartel con el video en el que el intendente Ishii da una clase de bioquímica en una ambulancia, con el desplazamiento de jueces no canicobalizados y con la sanción en el Congreso de la ley del teletrabajo, engendro impulsado por Alberto para tentar a Cristina con la desconexión digital. Bueno, lo conseguí. Puedo estar perdiendo la paciencia, pero no la compostura.

lunes, 3 de agosto de 2020

CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS ANALIZA Y OPINA,


Uh, la columna se me puso seria
INDEC QUE TRABAJA II : CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS, DE NO CREER,
Carlos M. Reymundo Roberts
Esta columna, que cada tanto deja entrar alguna gota de ironía, e incluso de humor, hoy se pone seria. Lo digo como preámbulo de la siguiente reflexión: creo que, más allá de ideologías y gustos personales (los míos son muy conocidos), se impone reconocer los atributos del presidente; moderación, pragmatismo, sólida formación jurídica y política, apertura al diálogo y buena convivencia con la oposición. En estos primeros meses de mandato ha mostrado mano firme para conducir una cuarentena que es considerada un éxito a nivel mundial, y se propone superar los trastornos económicos que trajo el coronavirus con una articulación entre Estado y sector privado. Argentinos, en tiempos de tensión e incertidumbre para nuestro país deberíamos dejar de mirarnos el ombligo y aplaudir la gran novedad que representa el presidente Alberto. Luis Alberto. Luis Alberto Lacalle Pou.
Al Alberto nuestro también hay que reconocerle algo: tiene muchísima mala suerte. Para muestra, tres botones: la herencia, la pandemia, Cristina. Y este cuarto botón que supone la presencia, a metros, de Lacalle Pou. Las comparaciones son tan odiosas como irresistibles. Cada vez que escuchamos a nuestro vecino nos retorcemos de envidia: un himno a la racionalidad y la sensatez. Somos capaces de tolerar que Nueva Zelanda se haya premiado con la gran Jacinda Ardern, pero no a un Lacalle acá, a tiro de piedra. Alberto debe de odiar a Luis Alberto, que además también tiene una vice, Beatriz Argimón. Los uruguayos tienen una vice que es vice y un presidente que preside. Unos genios.
No es imprevisión del gobierno argentino, sino pésima suerte, mantener a un país encerrado durante cuatro meses porque se venía el pico de contagios, y liberarlo justo cuando llega el pico; se ve que querían darle la bienvenida con la gente en la calle. Lo mismo con Ginés: quién iba a pensar, en diciembre, que se iba a necesitar un ministro de Salud; después de tantos y tantos pronósticos equivocados, le recomendaría a Ginés que pronostique su salida del gabinete, cosa de reducir el margen de error. Lo mismo con Sabina Frederic, antropóloga, docente, investigadora del Conicet, a la que hicieron ministra de Seguridad probablemente para la elaboración de alguna tesis, y de pronto su integridad se ve amenazada por el rudo motoquero Sergio Berni; médico y militar, si se busca achicar el gasto público podría asumir los cargos de Ginés y de Sabina, lo cual aliviaría el trabajo de nuestro querido profesor: reportaría directamente a Cristina.
El colmo de la mala fortuna, pobre Alberto, es que no le gusten los planes económicos –según acaba de confesarle al Financial Times– y tener que soportar que no haya día que no le pidan un plan; me pongo en su piel y la estará pasando horrible. Tanto como detestar a los bonistas y tener que negociar con ellos, el karma de Guzmán; como ponerle 200 cepos al dólar y que el blue siga subiendo; como liberar presos con la excusa de que son población de riesgo y que salgan a robar y caigan abatidos en el intento; como que a Lázaro Báez no le alcancen los ahorros para pagar la fianza; como que los adalides de la sustitución de importaciones y “vivir con lo nuestro” se vean obligados a importar lo más nuestro: nuestros billetes.
Definitivamente, los planetas se han desalineado. Si fuera un ciudadano común, Alberto hubiese aprovechado esta cuarentena para clavarse 50 series. Pero el confinamiento lo agarró viviendo en Olivos y tuvo que restringir su exposición al streaming. En una entrevista con Página 12 contó esta semana que había “maratoneado” Chernobyl, Casi feliz, Así nos ven, Fauda, The Eddy y El método Kominsky. Me tomé el trabajo de calcular el tiempo (solo de esas: las que le gustaron más): son casi 60 horas. Por suerte, mientras él, Fabiola y Dylan miran televisión, afuera, en el país, está todo bien. Profesor, me permito recomendarle una de Netflix: El presidente.
A estas alturas, son tantas las desgracias de las que es víctima que ya podríamos hablar de una conjura de los dioses. Se distrae
Alberto es víctima de una conjura de los dioses un minuto y Cristina apura por las suyas la reforma judicial, el envío a Siberia de jueces que la molestan, el desplazamiento a los piedrazos del procurador general y la sanción en el Senado de leyes pian ta inversiones y pian ta empleos y pian ta modernidad como la del tele trabajo. Sed is trae yen su despedida Canicoba procesa, gratis, de puro agradecido, a dos exfuncionarios de Macri. Baja un segundo la vista y Buenos Aires se hace de la mitad de los fondos destinados a todo el país. La vuelve a bajar y los Moyano convierten en camioneros a los que acomodan los carritos en los supermercados. Le manda un mensaje de lo más tierno a Viviana Canosa (básicamente le dijo que se cuidara) y ella lo toma como una intimidación, incluso una amenaza, y se queda temblando de pies a cabeza. Su afición a maltratar a periodistas mujeres le ha valido una fuerte reprimenda del Instituto Patria: le pidieron que compense peleándose con un número equivalente de periodistas varones.
Desde hace unos meses me venía preguntando si el peor infortunio de Alberto es tener que convivir con Cristina, o si es Cristina la que no tuvo suerte con Alberto. Por fin, encontré la respuesta. Los que no tenemos suerte somos nosotros.

lunes, 27 de julio de 2020

CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS ANALIZA Y OPINA,


¿La peor semana? Esperen la próxima
INDEC QUE TRABAJA II : CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS, DE NO CREER,
Carlos M. Reymundo Roberts

No es la primera vez que digo que “esta fue la peor semana de Alberto”. Y sospecho –lo escribo con los ojos húmedos– que no será la última. Se va superando a sí mismo, con un encomio que no vamos a aplaudir, pero sí reconocer. Pues bien, después de esta, su peor semana antes de la próxima, los analistas coinciden en señalar que el Presidente atraviesa una fuerte crisis de poder. Disiento. Es una crisis de no poder: no está pudiendo organizarse, manejar la pandemia, cerrar la negociación por la deuda, enfrentar la peste económica; no puede, sobre todo, con la oposición cerril y destituyente, no de la oposición, sino del Instituto Patria. La peor admisión de debilidad son esos carteles que vemos en las calles: “¡Fuerza, Alberto!”. Son tan explícitos que intuyo que los mandó a poner Cristina. Yo le sugeriría al profesor que use la fórmula contraria: no esforzarse. Me viene a la memoria aquel jovencito que, hace años, empezó a colaborar con el diario y no acertaba una. Su jefe tuvo que animarlo a buscar otros caminos. El chico se defendió: “Pero yo pongo entusiasmo”. La réplica fue lapidaria: “Eso es lo grave”.
A ver. Insisto en que no es una crisis de poder: es existencial, y en eso puedo entender a la vice. Alberto no está siendo un mal presidente, sino un mal delegado. Si le ordena que intervenga Vicentin, quiere que al día siguiente la llame y le informe que mandó al Ejército, que los dueños están presos y que la empresa pasó a llamarse Cristinín. Quiere que si le manda arreglar la deuda, no haga papelones, no presente 14 ofertas siempre bajo la amenaza de que es la última. Quiere que deje de naufragar sistemáticamente en sus excursiones mediáticas. Que deje de darle lecciones de derechos humanos a Maduro, con lo cual se evitará el disgusto de esta semana, cuando, ante la crítica de Víctor Hugo Morales, se vio obligado a dar marcha atrás; ¿hay mayor escarnio que un presidente inclinándose ante Víctor Hugo? Quiere que en la celebración del 9 de Julio no se haga acompañar por los dueños del poder económico concentrado, como la UIA y la Sociedad Rural, sino por emprendedores del nacionalpopulismo tipo Cristóbal López, por movimientos sociales, por los tobilleros De Vido, Boudou y Lázaro Báez, por Hebe y Dady Brieva, por dos buenos candidatos a la Corte como Oyarbide y Canicoba.
Cristina ya no sabe qué hacer con Alberto. Le habla, pero él no asimila. Por eso se ve obligada a mandarle mensajes directos por vías indirectas. Cuando retuitea la nota de Alfredo Zaiat en Página 12, en la que demoniza a las multinacionales argentinas por ser multinacionales (de paso: no sé si hace juego que la nota se haya visto en la web pegada a la publicidad de una multinacional alemana y una chilena), lo que está haciendo es indicarle el rumbo y enseñarle quiénes deben ser sus amigos y sus enemigos. Donde dice Techint, tachá y poné Indalo, Alberto; donde dice Clarín y la nacion, poné Página. Ni Presidente ni vice parecen tener un plan económico. Pero ella está convencida de que, para encarar la reconstrucción, donde figura inversiones privadas hay que poner Estado. Cuidado: no es que entre reina y regente haya grandes diferencias ideológicas. Alberto siente una natural inclinación hacia postulados de un progresismo que supo madurar en tertulias de cafés porteños. Ese barniz lo deja un tanto indefenso frente a planteos bien presentados. Si lee la nota de Zaiat sin sentirse aludido, es capaz de llamarlo y felicitarlo, en un estallido de excitación. ¡Miserables! Y si después lee la molienda que hizo anteayer Pagni con esa nota, tacha a Zaiat. Al profesor, coinciden los que no lo quieren y también los que lo quieren, no hay que tomarlo al pie de la letra. Ni cuando se proclama capitalista ni cuando dictamina, haciéndose eco de Kicillof, que un bichito le asestó un golpe mortal al capitalismo. Malvados y vengativos como De Vido instan a no tomarlo en serio. En su propio gabinete se encuentra gente con el mismo desdén. Ahora soy yo el que salgo a pegar carteles: ¡Fuerza, Alberto!
Da cierta conmiseración verlo al Presidente tan arrinconado, tan inerme, y cierta inquietud asistir al festival de disputas entre la coalición que gobierna. Para diseñar la ofensiva opositora, Patricia Bullrich no sabe si reunirse con Macri o con Cristina. Esta semana estuve tomando nota de los cruces y enfrentamientos, y en un momento me cansé. Me cansé de creerles que se están peleando. No sé si se están reproduciendo: creo que se divierten con nosotros. Massa dice que Maduro es un dictador. Máximo come con Bulgheroni. Cristina adhiere a la tesis de que la rotura de silobolsas es obra de mulitas y peludos. Los Moyano bloquean Mercado Libre porque los que manejan montacargas no quieren ser camioneros. Temeroso de su jefa, el profesor hace rewind y elogia el pacto con Irán. Como conté en el programa de Willy Kohan en LN+, le pregunté a Cris si ella, igual que Alberto, se arrepiente de lo de Vicentin. “No, yo me arrepiento de Alberto”.
El sábado, en La noche de Mirtha, Juana Viale se animó a plantear si el Presidente terminará su mandato. Juanita, por Dios, claro que lo va a terminar. Para entonces, ya habrá terminado con todos nosotros.
Da conmiseración verlo al profesor tan arrinconado

miércoles, 8 de julio de 2020

CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS ANALIZA Y OPINA,


Profesor, no se nos vaya a apichonar

Carlos M. Reymundo Roberts
La historia puede ser juguetona, simétrica, cruel. Los célebres Cien Días que cambiaron el curso de los tiempos es el período que va desde el regreso triunfal a París de Napoleón del exilio en Elba, a su derrota en Waterloo y abandono del poder. En la misma cantidad de días, Alberto pasó de las palmas por una cuarentena temprana y decidida al agotamiento de la fórmula, la destrucción de la economía y al Waterloo de Vicentin y de la vuelta a la fase 1 . A la historia, decía, se le da por ser simétrica. Los Cien Días de Napoleón empiezan el 19 de marzo de 1815 (entrada en París) y terminan el 27 de junio, cuando es repuesto Luis XVIII. Epa. El 19 de marzo empezó acá la cuarentena. Hoy es 27 de junio. Alberto, no se nos apichone: a usted lo espera la gloria, no Santa Elena. Alberto, ya probamos con una reina y no funcionó.
Nuestros Cien Días se inauguraron con el querido profesor flanqueado por opositores y asesorado por epidemiólogos. Mesura, consenso y, a falta de un gobierno de científicos, al menos un comité. Como que un Pedro Cahn compensaba a un Ginés. Por un rato: enseguida se vio que hablando puede ser tan desafortunado como el ministro. En el concurso de tiro al blanco, a ver qué funcionario acertaba con la llegada del pico de contagios, fueron perdiendo todos, en Nación, provincia y ciudad. Ganó el pico, que, burlón, se les movía y se les sigue moviendo. Ni hospitales desbordados ni montañas de cadáveres, por suerte. Ya les di la cana, picarones: anunciar el pico ha pasado a ser una cábala, una forma de conjurarlo. Los pronosticadores oficiales no la tendrían más fácil si jugaran a calcular el número de fábricas y comercios que cierran, las empresas que van a convocatoria, qué nivel tendrá el blue en diciembre y cuántas estatuas le erigirán en Wall Street al más dadivoso pagador de deuda del mundo: Martín Guzmán.
Al Alberto ponderado que, en los albores del otoño, vivió la primavera de su corta gestión, pronto le llegaron los fríos días de invierno. Se hartó del confinamiento en Olivos y de los sermones de Cristina, se angustió (lo reconozco: puedo ser muy malo) y salió a pasear por el interior. Fue, por ejemplo, a Formosa, donde exaltó al dictadorzuelo Insfrán y nos dijo que ese era "el modelo a seguir". Yo siempre pienso bien: creo que en realidad fue a tirarle las orejas al gobernador. La llevó a Fabiola a conocer El Messidor, en Villa La Angostura; ahí lo justifico porque pude ver la residencia desde el Nahuel Huapi y está buenísima. Pero los aires del norte o del sur le pegaron y se le dio por pelearse cada vez más seguido con periodistas, por tapizar el país de decretos, decir macanas, tirarles flechas a nuestros vecinos y sucumbir ante las filminas (lo de ayer estaba grabado: eso dio tiempo para editar sus errores y sacarle 45 minutos al discurso de Axel); por pasar noches en Twitter y quedarse toda una tarde viendo completa la serie de Sebastián Wainraich, "Casi feliz". Lo contó él, completamente feliz.
La vuelta a la fase 1 es el fracaso del éxito
Otro problema de Alberto es su gabinete, que no funciona. Consuelo: tampoco funciona el de Cristina, más numeroso. Un caso dramático es el de Guzmán. Se pasó años estudiando la maldad estructural de los acreedores y de pronto, metido de apuro en la cancha, viene a descubrir que el malo era él. Negociando. Ya cedió 10.000 millones de dólares, que gracias a Dios no nos hacen falta. Parece que ahora el acuerdo está cerca. Igual que el pico. Tampoco le va bien a Cafierito. En su primera exposición ante el Congreso le temblaban las manos, bajaba la cabeza y se quedaba interminables segundos en silencio, un body language solo menos trémulo que sus respuestas a los senadores de la oposición. Cristina, más ducha con la tecnología virtual, anteayer muteó los micrófonos de esos senadores para que no pudieran votar en contra de la formación de una bicameral que investigará a Vicentin. Cris le dio a esa comisión poderes extraordinarios, propios de la Justicia o incluso la policía: casi que si no les responden al timbre pueden tirar la puerta. Pero pidió que no avancen sobre los disquitos de algodón de Vicentin que usa para sacarse el maquillaje.
Perdón, me olvidaba. Hay que rescatar a la ministra de Seguridad, Sabina Frederic. Le pidieron que haga espionaje en las redes y lo está haciendo muy bien. No le pidieron que investigue el incendio de campos en varias provincias o la explosión de ataques contra silobolsas, que anteayer alcanzó un récord: 18 casos en 24 horas. Terrible atentado contra la soberanía alimentaria. El fenómeno se intensificó desde el intento de expropiar Vicentin. Los chacareros perdieron la paciencia: no contentos con el banderazo, queman sus campos y desparraman los granos.
Parece que también se está multiplicando un delito típico de países que atraviesan angustias económicas: robos de estatuas, de cables (por el cobre) y hasta de picaportes, para ser reducidos y vendidos como metal. Afortunadamente, la vuelta a la fase 1 (el fracaso del éxito, dijo el colega Horacio Alonso) confinará a los ladrones. Sabina, espíe tranquila.
Cien días de cuarentena, y esto no se acaba. Un importante empresario acaba de confiar en rueda de amigos: "Soy un hombre positivo, pero el país se va a la mierda". No sé en qué sentido lo dijo.

CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS ANALIZA Y OPINA,


Grave: estoy por extrañar a Cristina
Carlos M. Reymundo Roberts* – Misiones Opina
Carlos M. Reymundo Roberts
En la semana en que la cuarentena se puso más dura, la peor crítica contra la cuarentena prolongada y dura no la hicieron Lanata, Majul, Longobardi, Leuco, algún comerciante que tuvo que cerrar definitivamente, un empresario que fue a la quiebra o un padre que ya no tiene plata para sostener a su familia. Tampoco Mercedes Marcó del Pont, jefa de la AFIP, que por el parate está recaudando menos que el convento de Moreno en el que depositaba sus ahorros Josecito López. La crítica más furibunda la hizo un funcionario hiperkirchnerista e hipercristinista. El hombre del momento: Sergio Berni. “Por primera vez –dijo–, la policía está deteniendo a gente con historial limpio. Son delitos de supervivencia”. Wow. Parece que hay argentinos que salen a robar para no morirse de hambre. ¡Lo dijo Berni, no yo! ¿La que habla es Cristina a través de Berni? No creo. Que sepamos, Cristina no está enterada de que hay pandemia, cuarentena y ciertas dificultades para que la gente coma.
Sinceramente, no estoy viendo un panorama tan dramático. Los argentinos podemos sentirnos orgullosos: estamos enfrentando el coronavirus sin ministro de Salud, y una monumental crisis económica sin ministro de Economía. Por si fuera poco, empieza a haber sospechas de que atravesamos esta etapa crucial de nuestra historia sin presidente. Gracias a Dios, tenemos vice.
No nos vayamos del tema que instaló Berni, al que se le podrán discutir los modos, y hasta la moto, pero no el enfoque. Hablemos del hambre. ¿Alguien recuerda, sin consultar en Google, el Consejo Federal Argentina contra el Hambre? Que levanten la mano los que se acuerdan de esa loable iniciativa. Mmmm, no estoy viendo muchas manos alzadas. Tranqui, los ayudo. Lo constituyó Alberto el 15 de noviembre pasado, durante lo que alguien llamó un “encuentro épico”. Y realmente lo fue. El entonces presidente electo logró reunir a los más diversos sectores: políticos, empresarios, sindicalistas, académicos, economistas, movimientos sociales, sacerdotes, ONG. Desde Estela de Carlotto y Narda Lepes hasta Baradel y Tinelli. Un consenso sin precedente. El profesor Fernández habló ese día de la “Mesa del Hambre” como política de Estado, y lo hizo con palabras tan sentidas que se le escaparon unas lágrimas. A Tinelli también. Una lástima. No los llantos, sino que no hayamos vuelto a saber de ella. Hubo una segunda reunión, en diciembre, y después quedó vacía, sin un solo plato. En realidad, quedó la Tarjeta Alimentaria, una buena iniciativa, pero a todas luces insuficiente de cara a la crisis que llegó enseguida de la mano del virus y de la cuarentena. Marcelo siguió el triste devenir de los acontecimientos desde Esquel.
Me van a decir que la pandemia le cambió la agenda al Presidente. Que su principal obsesión pasó a ser cuidarnos. ¡La salud! ¡La vida! ok. ¿Y la pancita, profesor? Haga un Zoom con aquellos ilustres comensales y reactive la cosa. Esto no es trabajo de uno o dos ministerios. Póngase como objetivo la lucha contra ese flagelo. Vuelva a convocar a Baradel, que disfruta de un paraíso: todos los docentes en sus casas. Déjese ayudar por los que saben. Boudou, por ejemplo, que está guardado, con tobillera y sin hacer nada, ¿no podría organizar una colecta entre amigos? ¿Y si De Vido, otro con tiempo ocioso, se pone a escribir en un cuaderno un listado de empresarios de su confianza?
Profesor, es cierto que a usted la agenda le cambió, pero también se le despejó, ¿no? Digo, había prometido la formación de un Consejo Económico y Social, reforma tributaria, reforma judicial, ley de hidrocarburos, ley de aborto… Plan económico nunca prometió, así que ahí no nos debe nada. Incluso ya durante el confinamiento, con el Congreso trabajando a la velocidad de las pantallitas de Massa, dijo que iba a ocuparse de apurar esos proyectos. Le confieso que muchas de sus prioridades no me sacan precisamente el sueño, pero entiendo que a usted sí, y lo queremos y necesitamos bien dormido. Sí se ocupa, hay que reconocérselo, de la cuarentena: esta cuarentena lleva su sello. Sí se ocupa de leer encuestas
Lo de la deuda va muy bien; muy bien, dicen los acreedores
(ojo con las de Analogías, que fue comprada por La Cámpora), aunque pienso que últimamente bastante menos. Y de ese peludo de regalo que fue Vicentin, y bueno, ahí seguimos, con la soberanía alimentaria amenazada y con un “juez concursal”, como lo ninguneó usted a Lorenzini, haciendo el antipático trabajo de un juez concursal. También está teniendo que dedicarle tiempo a la negociación de la deuda, que por suerte va bien; los acreedores dicen que va excelentemente bien. Conociéndolo, me imagino que en los últimos días habrá tenido que ponerle un ojo a este ensañamiento tan típicamente kirchnerista contra periodistas y medios; despreocúpese: el ensañamiento también va muy bien.
En la jerga política se dice que los funcionarios más eficientes son aquellos que “empujan la birome”; es decir, los que firman, los que hacen cosas. Un viejazo. Alberto es presidente sin necesidad de empujar nada.
Escuché que nuestro querido profesor le confesaba a Lula cuánto los extraña a él y a Néstor, al Pepe Mujica, a Tabaré, Correa, Evo, Chávez. Lo mío es infinitamente más grave. En cualquier momento empiezo a extrañar a Cristina.