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lunes, 14 de septiembre de 2020

CLAUDIO JACQUELIN, ANALIZA Y EXPLICA

El arte de crear nuevos conflictos y no soluciones

La Argentina se encamina a convertirse en un país donde casi todo lo previsible termina siendo inevitable. Una auténtica fatalidad (en sus dos acepciones) que puede ser trágica. Por imprevisión, impericia o desidia.

La escalada del conflicto policial bonaerense, hasta límites inaceptables en un Estado de Derecho, así como la forma elegida para resolverlo, expone la precariedad de las instituciones, la ruptura de normas básicas, la improvisación en la toma de decisiones de los funcionarios y, finalmente, una destrucción de la confianza política.

Viene de tapa

Por encima de todo eso asoman el acotado margen de maniobra y la acotada caja de herramientas de que dispone el Presidente, dadas la correlación de fuerzas dentro de la coalición gobernante y la acumulación de demandas y problemas irresueltos o agravados durante 10 meses de gestión.

Resulta evidente que Alberto Fernández abrió un nuevo conflicto antes de cerrar el que tenía sobre la mesa (o en la puerta de su residencia presidencial, para ser más precisos).

El jefe del Estado afectó seriamente el último eslabón de la relación con la oposición en su intento de satisfacer dos demandas en simultáneo: la de los policías bonaerenses amotinados y la de Cristina Kirchner, protectora de Axel Kicillof y jefa política del mayor espacio oficialista. Un triunfo para ella que lleva como moño el castigo a Horacio Rodríguez Larreta, el aliado pandémico del Presidente.

El inesperado e inadvertido golpe que le propinó Fernández al jefe de gobierno porteño inaugura una nueva etapa de conflicto en la dinámica política nacional, que ya venía afectada por un sinfín de desacuerdos y por la ruptura de bases mínimas de confianza.

La reacción de la dirigencia de Juntos por el Cambio y las expresiones de anoche del jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires son apenas un adelanto, que excede la disputa en sede judicial. Consecuencias del regalo hecho a los halcones cambiemitas.

Sin embargo, el costo a pagar por el Presidente, ante la solución elegida, podría resultar demasiado alto en tanto el conflicto inicial no parece del todo resuelto. Las concesiones hechas desde la debilidad y no desde una posición de fuerza difícilmente aporten soluciones definitivas.

Como si fuera una caricatura grotesca de otros tiempos, los policías que se levantaron contra el poder político en demanda de mejoras salariales y de condiciones laborales parecieron intentar un remedo, en clave decadente, de los levantamientos carapintadas que, entre 1987 y 1990, pusieron en jaque la frágil democracia recuperada. Pero la historia solo se repite como farsa.

Por eso, si tras negociar con los militares alzados Raúl Alfonsín concluyó en el domingo de Pascua de 1987 esos días que tuvieron en vilo a todo el país con la histórica frase “la casa está en orden”, Fernández bien podría parafrasearlo en clave farsesca y decir que “la caja está en orden”. Por ahora. Así como aquel orden fue inestable y precario, este no parece más consistente. Por el contrario, augura nuevos problemas. Políticos y de gestión. Por de pronto, otros gremios esenciales podrían verse tentados a exigir lo suyo por la fuerza. El éxito siempre es imitable.

Previsible y evitable

El fin del motín policial a golpe de billetera ajena revela en buena medida la improvisación con la que se abordó y se resolvió, pero sobre todo expone incapacidad para prever consecuencias. Emerge como un gesto de impericia que no se hubiera evaluado, al menos, un potencial disparador de conflictos el anuncio de un aporte de 37.000 millones de pesos del gobierno nacional a la provincia de Buenos Aires para afrontar la inseguridad bonaerense sin que esa asistencia incluyera mejoras salariales para los agentes de seguridad de la provincia. Puro realismo.

Los policías bonaerenses no solo reciben sueldos muy inferiores a los de sus pares de otros distritos, como el porteño o el cordobés. También como consecuencia de la pandemia y de discutibles decisiones administrativas vieron reducidos, durante este año, sus ingresos adicionales (legales), como el valor de las horas extras o el pago por la prestación de servicios en espectáculos y eventos masivos. Al mismo tiempo, los agentes vieron incrementados su trabajo y los riesgos, incluida la exposición al contagio del Covid-19, que según algunas cifras llegaría a haber afectado a casi el diez por ciento de su enorme dotación de 90.000 agentes (el doble del Ejército Argentino).

También es un hecho (y una deuda de la democracia) que la bonaerense ha sido más parte del problema que de la solución de la inseguridad provincial. Por lo que, como señala un agudo observador de la política bonaerense, resulta muy curioso (y peligroso) que “la maldita policía haya logrado reinstaurar el Fondo del Conurbano”, esa asistencia que Néstor Kirchner se encargó de licuar, congelándolo.

Al caricaturesco homenaje a Alfonsín, Fernández debe de sumarle una extraña revisión del manual de ejercicio del poder nestorista que acaba de hacer.

A gobernadores razonables, domesticables o dóciles, como Felipe Solá o Daniel Scioli, Kirchner les limitó su autonomía sometiéndolos a un arbitrario envío de fondos desde el poder central. Y muchas veces los recursos ni siquiera pasaban por La Plata para ir en forma directa a los intendentes, con los que completaba la pinza destinada a ajustar los movimientos del mandatario provincial de turno. El control del mayor distrito del país no se delegaba.

Por el contrario, al más inmanejable de los gobernadores para el poder central Fernández ya le otorgó o se comprometió a girarle, en apenas 10 meses, algo más de 100.000 millones por encima de los recursos coparticipables que le corresponden. Oxígeno para la autonomía. ¿Paradojas del poder bicéfalo, crudas escenas de hipervicepresidencialismo explícito o frutos de una insondable estrategia de acumulación de capital político por parte de Fernández? Solo el tiempo lo develará.

El credo federalista que le gusta rezar al Presidente en su reconocida condición de porteño culposo no incluye, sin embargo, una revisión de la ley de coparticipación que, entre otras cosas, les escamotea recursos a los bonaerenses en relación con lo que aportan al producto bruto nacional. Tampoco mejoró la situación de otras 21 provincias.

No obstante, las mayores incógnitas que abren las decisiones de Fernández no radican en el plano del deber ser, sino en el de la praxis política y la construcción del poder.

La reducción de la coparticipación a la ciudad de Buenos Aires pudo ser una operación quirúrgica sin daños colaterales para el Presidente. El jefe de gobierno porteño ya había dado por hecho que el presupuesto nacional para 2021, que se presentará la semana próxima en el Congreso, incluiría el recorte de los recursos nacionales para su distrito.

El Presidente terminó anunciando la quita como una concesión a la extorsión a punta de pistola de efectivos policiales que para reclamar por sus salarios habían desafiado a las autoridades constitucionales, roto la cadena de mandos y violado normas vigentes. Para hacerlo, eso sí, siguió el manual kirchnerista al rodear el anuncio de un relato épico, reparatorio de supuestas injusticias, aunque remixado con el barniz pedagógico de argumentos y “filminas” que caracterizan las exposiciones del profesor Fernández.

Más allá de la precaria resolución de la protesta de los caradespintadas policiales, no se advierte que el resultado se traduzca en una acumulación de poder para el Presidente.

La cita a los tres intendentes opositores del conurbano con el impostado argumento de la defensa de las instituciones se pareció, además, a una provocación. Nadie les advirtió que terminarían convirtiéndolos en testigos privilegiados de la ejecución político-administrativofinanciera de uno de sus principales referentes nacionales partidarios, como es Rodríguez Larreta, y en desmedro de una parte sustancial del electorado de Juntos por el Cambio, al que ellos pertenecen.

Si la relación de los alcaldes opositores (aunque no solo los opositores) con Kicillof ya era complicada, Fernández terminó por hacerla explotar y por agrietar, además, el vínculo de ellos con uno de sus pares más albertistas, como es Juan Zabaleta. El gobernador y el intendente de Hurlingham fueron los encargados de invitarlos a Olivos (o de tenderles la emboscada), ocultando el fondo del anuncio que se iba a hacer en su presencia. Pero eso no fue lo más grave: consiguió, en el mismo acto, dinamitar la confianza y el valor de la palabra presidencial.

Para concluir con las analogías imperfectas y caricaturescas, la invitación de anteayer puede encontrar otro miniparalelismo con el expresidente que Fernández dice admirar.

El 26 abril de 1985, en medio de un denunciado complot cívico-militar en curso, Alfonsín convocó a la Plaza de Mayo en defensa de la democracia. Allí, sin embargo, terminó anunciando que se venía una “economía de guerra”, para desazón de sectores progresistas del peronismo y otras fuerzas, que se retiraron entre insultos. Fue un anticipo del deterioro del capital político alfonsinista, que apenas logró demorar el Plan Austral. La historia vuelve como farsa, parte dos.

La urgencia, la improvisación y el temor a contagios que se había adueñado del entorno presidencial a medida que se profundizaba el conflicto permiten comprender la forma en la que se intentó resolver el problema.

La explicación estaría incompleta si no se incorporara al análisis la influencia ejercida por Cristina Kirchner, que incluye la obligación de proteger y enjugar los problemas y deficiencias de su gran protegido, Axel Kicillof.

Al decisivo peso electoral que tiene la provincia de Buenos Aires y a la condición de bastión político del kirchnerismo que tiene el conurbano se les suma el proyecto futuro del cristinismo, encarnado por el gobernador y por Máximo Kirchner. Un fracaso allí pondría todo en riesgo.

La misión que Fernández tenía desde el comienzo de su presidencia se convirtió en mandato en el último tiempo ante la acumulación y emergencia de necesidades irresueltas en el territorio bonaerense. Un imperativo de cumplimiento irrenunciable. Aun a riesgo de abrir nuevos conflictos sin cerrar los que están en curso. Lo previsible resulta inevitable.

domingo, 29 de diciembre de 2019

COMENZAR A LAS PATADAS


Reseña urgente de un frenético comienzo

Claudio Jacquelin
El comienzo es frenético. Obligado a dar respuestas a los interrogantes que episodios previos han dejado. Hay que estar muy atento para no perderse las tramas que subyacen en el relato inicial.
Los observadores expertos (fanáticos militantes o críticos independientes) le han reconocido contundencia y eficacia. Algunos le cuestionan ciertos guiños demagógicos, destinados a conmover a los que ya vienen con un vínculo emocional.
No faltará la épica. Tampoco, las batallas imposibles con las que los seguidores deliran cada vez que sus personajes favoritos las emprenden contra exponentes del mal, del lado oscuro, del imperio.
Pese a la magnitud del desafío, conseguiría resolver enigmas que vienen de lejos. Eso dicen los especialistas en la larga saga. Se ha anunciado que será la última. Aunque siempre puede haber alguna resurrección.
Sepan disculpar. Esta vez no hablemos de política. Solo es una breve y urgente reseña del estreno de la última Star Wars. Cualquier semejanza con la realidad de alguna galaxia cercana es mera casualidad.

jueves, 26 de diciembre de 2019

CLAUDIO JACQUELIN, OPINA


Las herramientas ya están, se esperan las soluciones

Claudio Jacquelin
Celeridad, plasticidad y eficacia. En esos tres sustantivos puede resumirse la forma en la que Alberto Fernández logró las herramientas que buscaba (o necesitaba) para poner en marcha su gestión y afrontar las urgencias que recibió.
Ahora se pondrá a prueba la efectividad de los recursos, así como la precisión del diagnóstico que llevó a elegirlos y la aptitud para administrarlos. Empieza a correr el cronómetro para los resultados.
El Gobierno sabe que lo conseguido es mucho, no porque se sancionara en apenas 48 horas el ambicioso conjunto de normas reunidas en un solo texto. Lo logró mediante un trámite parlamentario tan poco crispado que pareció más propio de países nórdicos o de tiempos aún más catastróficos que los que atraviesa el país, cuando todo se permite.
Para Fernández, más relevante todavía puede resultar a futuro que el tratamiento de la megaley haya dejado expuesto que en el espacio opositor no existe un liderazgo indiscutido y que abundan las diferencias, en contraposición con la homogeneidad oficialista. El Gobierno ya supo hacerlo jugar en su favor. La aquiescencia del lavagnismo y del peronismo cordobés, que responde a Juan Schiaretti se cuenta como bonus track.
Otro tanto puede decirse de la flexibilidad y del pragmatismo exhibidos por el oficialismo para modificar el proyecto original y anunciar nuevas reformas. Sobre todo, en algunos aspectos dignos de enojar a una sociedad que no parece dispuesta a digerir inocentemente bellos eufemismos.
Al menos en el discurso, el Gobierno parece haber registrado que no hay margen para que "solidaridad" termine siendo apenas el nombre de un maquillaje destinado a travestir ajustes que no sean equitativos. Ni hablar de que sirva para traficar prebendas o que preserve privilegios de quienes deberían ser servidores públicos. Las reacciones en las redes sociales fueron un aviso. Hay una opinión pública alerta y a la espera de hechos. No de palabras promisorias. Las calles del mundo dan fe. Incluidas las de países con necesidades básicas bastante más satisfechas que las de los argentinos.
La magnitud del impacto que tendrá en las cuentas públicas el conjunto de medidas aprobadas ha llevado a diferentes cálculos iniciales, aunque todos son optimistas, tanto como para que los expertos hablen de un ajuste de más de 2 puntos del PBI. La expresión puede inducir a la confusión. Todo dependerá de cuánto y a quiénes de verdad terminará apretándole el cinturón. Ahí se pondrán a prueba tanto la efectividad del Gobierno como la paciencia social.
En el actual contexto, el sincericidio del exgobernador pampeano Carlos Verna en plena campaña electoral y ante el binomio que luego ganó las elecciones presidenciales podría resultar una confesión de parte condenatoria si la solidaridad no es de todos. "Nosotros los dirigentes siempre caemos parados, siempre tenemos un cargo, el problema son los millones de argentinos que pasan hambre", dijo el 17 de octubre pasado el inefable mandatario provincial. No parecen ser tiempos para juegos dialécticos ni para el oportunismo frívolo.
La vicepresidenta Cristina Kirchner también podría tener que dar cuenta de la congruencia de sus palabras. Su pregunta sobre "¿por qué algunos viven tan bien y otros tan mal?" podría demandar más respuestas que la mera revisión de la coparticipación de los recursos públicos. La exigencia sobre la idoneidad y transparencia con la que se administra el Estado y sobre el origen y crecimiento del patrimonio personal de funcionarios y exfuncionarios es una demanda insatisfecha en casi todo el mundo. En la Argentina también. Más (y no menos) en tiempos de crisis.
Plano moral
Alberto Fernández, al usar la palabra solidaridad para justificar el ajuste que deberán hacer especialmente algunos sectores ante la emergencia social y económica, no habló solo en términos de justicia tributaria. También lo hizo desde el plano ético y moral.
A ese terreno circunscribió el Presidente la controvertida relación comercial que mantuvo su ahora vicepresidenta con el contratista de obra pública Lázaro Báez. Buscó, así, deslindar a Cristina Kirchner de responsabilidades penales y cuestionar el proceso que ella afronta en los estrados judiciales. La base del buen funcionamiento de un sistema radica en la consistencia, que implica coherencia interna entre las partes de un conjunto. Pequeño desafío para Alberto Fernández, que prometió mejorar la calidad de la administración de Justicia y, al mismo tiempo, otorgó a cristinistas puros y duros cargos de relevancia vinculados con la Justicia y la transparencia institucional
La solidaridad y la ejemplaridad pueden llegar a ser tan demandadas como la eficiencia. Sobre todo porque aún no se ha completado la escena en la que se desenvolverá la economía. Los cálculos hechos hasta aquí podrían pecar de provisionalidad. Falta ver, por ejemplo, el impacto que tendrá la prórroga del pacto fiscal y cómo se reestructurará la carga impositiva en cada provincia. Algunos sectores productivos del territorio bonaerense miran como pocas veces hacia La Plata (no es un juego de palabras). Los productores agropecuarios bonaerenses saben que todas las respuestas a sus incógnitas no saldrán de la reunión que tendrá hoy la dirigencia rural con Alberto Fernández. Ni mucho menos.
Axel Kicillof y Cristina Kirchner, su protectora, ya han anticipado que el estado provincial necesita más recursos, no menos. Será un problema no solo para Horacio Rodríguez Larreta. Los recursos nacionales cruzarán la General Paz más rápido que el metrobús. Sin embargo, lo que le retaceen a la administración macrista porteña no será suficiente
El impuesto inmobiliario rural suele ser un recurso atractivo para cualquier mandatario bonaerense. Las peculiaridades de Kicillof no llegarían a este rubro. Al menos, no para cambiar la tradición, sino, en todo caso, para profundizarla. La magnitud sería la novedad. Tampoco la única en tal sentido. En el gobierno nacional miran de reojo y con inquietud a los propios que ahora administran la provincia.
Ingresos, la clave
La mejora en las cuentas públicas no dependerá solo de la reducción del gasto proveniente del recálculo en la actualización de las jubilaciones. Gran parte del éxito está sujeta a la mejora en los ingresos. El aumento de la presión impositiva no lo asegura mejoras per se. La producción también reacciona a esos estímulos. En el caso del sector agrícola, hay que sumar las contingencias climáticas. Macri podría ser consultado al respecto. La sequía de 2018 no fue solo una excusa para ocultar la mala praxis.
Los equilibrios macroeconómicos que desvelan al ministro de Economía hablan de la necesidad de alcanzar un orden sistémico. Eso es lo que pregona Martín Guzmán. De allí la preocupación por el funcionamiento armónico de todas las variables y por el seguimiento de los efectos que tendrá cada una de las medidas. "Ahora tenemos mucho que ordenar", dijo uno de los funcionarios que más interactúan con Alberto Fernández, apenas aprobada la declaración de las múltiples emergencias.
La administración central se abocará ahora no solamente a la implementación de las muchas medidas que le permite tomar la ley ómnibus obtenida en tiempo récord. La reestructuración (o el neologismo que se encuentre) de la deuda externa es el paso siguiente, pero no será el único.
El éxito de la negociación depende de la confianza que despierte en los acreedores el Gobierno a mediano y largo plazo. El crecimiento de la economía será casi todo. El apoyo social y el político con que cuente el Presidente resultarán decisivos e inescindibles. Como la pericia técnica.
Alberto Fernández está obligado a ser, al mismo tiempo, Alfonsín, Duhalde y Néstor Kirchner. Calidad institucional, orden económico y poder político constituyen el trípode a construir para poder aspirar a un futuro sin tutelas ni amenazas urgentes. Le demandará, otra vez, celeridad, plasticidad y eficacia. Es, apenas, el comienzo.

martes, 17 de diciembre de 2019

CLAUDIO JACQUELIN,


El nuevo orden de Alberto Fernández, en marcha y a toda velocidad

Claudio Jacquelin
En menos de una semana, Alberto Fernández expuso y empezó a sufrir los efectos de la manta corta que no llega a cobijar a todos los argentinos. La afectación de intereses pone a prueba los declamados propósitos consensuales del Presidente y la presunta predisposición colaborativa de los actores políticos, económicos y sociales.
Esos intereses afectados son las consecuencias inevitables del nuevo orden político que empieza a delinear el flamante presidente. Nunca es inocuo.
Las reacciones iniciales despertadas por las primeras medidas (desde el protocolo sobre el aborto no punible hasta el retoque a las retenciones) son solo un adelanto de lo que vendrá. Todo empezará a cobrar densidad y dejará expuestos los contornos de la nueva realidad política con el proyecto de "solidaridad y reactivación productiva" que se enviará hoy al Congreso.
La eufemística iniciativa, que engloba la declaración de una triple emergencia (sanitaria, social y económica) para dotar de mayores poderes al Presidente, es una de las expresiones con las que busca empezar a dibujar ese nuevo orden.
La moderación y la impronta pacificadora que marcaron el discurso de asunción del mando ante la Asamblea Legislativa pudieron haber provocado confusiones. Pero las dudas empezaron a despejarse rápido. La calma chicha de la transición terminó en las primeros tres días hábiles de gobierno y cuando aún muchos se distraían con los fastos inaugurales.
La multidimensión temática de aquel mensaje ya empezó a tener correlato en acciones que impactan sobre la economía interna y externa, la política nacional y subnacional, el Poder Judicial, los servicios de inteligencia, los movimientos religiosos, las relaciones exteriores. La lista no es excluyente ni taxativa. Ni puede serlo. Los límites los impondrá la realidad, con sus restricciones y oportunidades.
La vertiginosa toma de decisiones de Fernández también sorprendió, merced a otra confusión: la demora en constituir su gabinete (no solo en darlo a publicidad) había abierto incógnitas sobre cuánto tardaría en arrancar su gestión.
En 96 horas puso en evidencia que está decidido a tomar la mayor cantidad de medidas en los simbólicos primeros cien días, para lo cual tratará de aprovechar el crédito inicial de todo gobierno que comienza y de usar al extremo el factor sorpresa. Cualquier comparación con la etapa inaugural de Néstor Kirchner no es mera coincidencia.
De arranque, Fernández ratificó cuáles son sus urgencias y los sectores prioritarios a los que atenderá y a los que afectará, tanto en el plano político-social como en el económico. No pareció temer a la probable imputación de que contradecía o relativizaba algún anuncio inicial, como el de consensuar decisiones con sectores afectados.
Es el caso de la dirigencia agropecuaria, que comprobó cómo le corrieron el arco cuando pensaba que aún no había comenzado el partido. Cuando despertó, ya estaba en desventaja para sentarse a dialogar con la nueva administración.
Nadie puede decir que lo hecho en materia de derechos de exportación de productos o subproductos agrícolas no estaba implícito en las palabras inaugurales ante el Congreso. Pero los dirigentes no imaginaron que llegaría tan rápido y sin previo aviso. Casi tanto como auguraban los productores más radicalizadamente antikirchneristas. Esos que en 2008 se autoconvocaron y desbordaron a la conducción.
Un dato que ninguno de los involucrados pasó por alto fue que la medida se difundiera inmediatamente después de que un juez federal volviera a procesar a los exdirigentes de la Mesa de Enlace por los cortes de ruta contra la modificación de las retenciones de hace once años. Algunos lo leyeron como un mensaje disciplinador; otros, como una provocación, y unos pocos, como una casualidad. Elucubraciones teóricas sobre el ejercicio práctico del poder. Consecuencias de la construcción de un nuevo orden.
Las urgencias fiscales del Gobierno son extremas y todo indica que no habrá demoras ni demasiados remilgos para tratar de empezar a equilibrar las cuentas, como pretende el Presidente y pregona el ministro de Economía, Martín Guzmán. Es casi un hecho que el esquema de retenciones a las exportaciones no permanecerá mucho tiempo como acaba de quedar.
Los beneficios para el Tesoro nacional pueden tener efectos negativos en los erarios provinciales, por lo que también se descuenta que la entrada en vigor del pacto fiscal se vuelva a prorrogar. El distorsivo, pero muy fácil de percibir, impuesto a los ingresos brutos seguirá vigente. Las consecuencias sobre el sector productivo ya se empiezan a discutir. En algunas provincias con recursos naturales (que para explotarlos necesitan inversiones, sobre todo extranjeras) hay preocupación. Ya se lo hicieron saber al Presidente. Más efectos de la manta corta.
Desafíos en el arco opositor
También la oposición política empieza a percibir que ya tiene el arco un poco más lejos y que las condiciones con las que arranca en la nueva etapa no se parecen a las que había al momento de dejar de ser oficialismo. El descenso de la cima al llano suele ser vertiginoso.
El combo de iniciativas de urgencia que mandará el Poder Ejecutivo al Parlamento es un verdadero desafío. Los incentivos para que la coalición de Juntos por el Cambio se mantenga unida se pondrán a prueba. Será el momento de empezar a dilucidar si las acciones del Gobierno tienden a sellar las fisuras que dejó el paso por el poder y generar cohesión o si ahondarán las diferencias internas.
Los referentes de la oposición legislativa ya han dejado trascender tanto su predisposición a colaborar, la misma que expresó Mauricio Macri al dejar el gobierno. Pero también han adelantado que no están dispuestos a aprobar todo a libro cerrado.
En el caso concreto del proyecto "solidaridad y reactivación productiva" ya dijeron que no le votarán "superpoderes" el Poder Ejecutivo, como aquellos de los que dispuso el kirchnerismo gracias a la crisis de 2001 y que siguió usufructuando cuando el país transitaba uno de los períodos más largos de crecimiento de la economía de su historia. Paradojas.
Los enunciados suelen sucumbir ante los hechos. El jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, anunció que las prerrogativas con las que buscan dotar al Presidente para tomar medidas sin tener que pasar por el Congreso no serán iguales que aquellas y que, además, tendrán fecha de caducidad. Para confirmar su excepcionalidad (y ganar adeptos o bajar barreras). Ahora la grieta puede atravesar a la oposición. Las formas suelen hacer al fondo. Allí podría empezar a percibirse que existe un albertismo, y que es diferente del kirchnerismo.
Otro tanto puede pasar con las medidas que apuntan a reformar el Poder Judicial. O, mejor dicho, a revisar y reducir el poder de los jueces federales. La búsqueda de transparencia, acotar la discrecionalidad y mejorar el servicio de Justicia son objetivos mayoritariamente compartidos, deseados y exigidos.
No obstante, las medidas deberán sortear la desconfianza que despierta todo proyecto de esa naturaleza en quienes temen que el objetivo sea la impunidad de los dirigentes kirchneristas encausados por delitos de corrupción. Que, al final, no sea más sino menos justicia.
Las resoluciones de algunos jueces o tribunales que vienen beneficiando a exfuncionarios desde que empezaron a rotar los vientos políticos, algunas de ellas en contradicción con fallos previos, incluso de los mismos jueces, agitan todos los fantasmas. Otro tanto puede decirse de algunas designaciones que podrían verse como una reivindicación o una revancha, antes que como un reconocimiento a sus atributos para ejercer el cargo.
Con eso deberá lidiar uno de los adalides de esa reforma, Gustavo Beliz, un hombre insospechable de connivencia con los magistrados que con notable éxito lograron que los integrantes del Poder Judicial se encuentren entre las figuras públicas peor consideradas por la población. Él los padeció, tanto como a los agentes de inteligencia que, en sociedad, han jugado con la libertad y la honra de muchos ciudadanos y funcionarios en los últimos 20 años. Siempre amparados o tolerados por el poder político de turno.
Las primeras reacciones de los jueces federales tras conocerse la decisión de licuar su poder generaron un fuerte malestar y activaron las alarmas en el nuevo gobierno, particularmente en quienes están empeñados en terminar con ese sistema oscuro del que es imposible decir que sea justo.
Los que han intentado cambios anteriormente y fracasaron (incluido el propio Beliz) saben que el corte tiene que ser rápido, profundo y definitivo. Si es limpio, mejor. También, les consta que no será sencillo ni carente de trabas destinadas a impedirlo.
Por eso molestó la publicidad que tuvieron las primeras reacciones anónimas, atribuidas a algunos magistrados cuestionados que están en la mira. Su proverbial capacidad de resistencia a cualquier remedio institucional explica el enojo. Pero nunca es bueno matar al mensajero.
Cuando se acometen proyectos fundacionales en medio de restricciones y necesidades infinitas es preciso acumular recursos con urgencia. El verano no promete ser la estación del sosiego. La construcción febril de un nuevo orden está en marcha.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

CLAUDIO JACQUELIN, OPINA


Alberto quería ser Néstor, pero antes tendrá que ser Duhalde

Claudio Jacquelin
Alberto Fernández finalmente parece haber caído en la cuenta de que será presidente en un contexto de altísima complejidad, enormes restricciones y urgencias mayores que las previstas. Su expresión cambió en la última semana. "Se lo ve más serio". "En su cara hay un rictus más adusto, como de preocupación". Lo dicen quienes lo frecuentan en sus oficinas de Puerto Madero.
"Él quería arrancar su mandato como Néstor [Kirchner] en 2003, pero está empezando a asumir que antes tendrá que ser el Duhalde de 2002", graficó uno de los hombres que parecen tener un lugar asegurado en la gestión albertista.
La metáfora se completa con la siguiente aclaración: "Cuando Kirchner asumió, ya le habían hecho la mayor parte del trabajo sucio. Primero, el default de Adolfo Rodríguez Saá, y luego, la devaluación y la pesificación duhaldista, con la que se inmoló Jorge Remes Lenicov. Encima, empezaba a soplar el viento de cola para las commodities. Para tener un horizonte equivalente falta mucho". Al menos en lo económico-financiero, la imagen idealizada de Néstor parece que no tendrá competencia por un buen tiempo.
La situación de la deuda pública, los escasos recursos con que cuenta para hacerle frente y la urgencia para definir una salida serían los motivos centrales del cambio en los gestos de Alberto Fernández. Aunque no son las únicas causas. El exjefe de Gabinete ya daba por descontadas las necesidades sociales y las demandas internas, pero las restricciones cada día parecen mayores. "Darse cuenta" y "realidad" tienen la misma raíz etimológica en inglés. Aun sin dominar la lengua de Shakespeare, él ya lo está constatando.
Las distracciones con la política internacional y la postergación del regreso de Cristina Kirchner dilataron aún más las definiciones, sobre todo en el plano económico-financiero, que ya venían postergadas desde la campaña electoral. Ahora la cuenta regresiva es más corta y hay que desactivar simultáneamente varios cables de ese reloj. Tic-tac. Tic-tac.
Hasta hace solo algunas semanas, el presidente electo había dicho que su preocupación se centraba en los vencimientos de 2021. En los últimos diez días, los viajes de algunos de sus enviados a Estados Unidos, sus propias conversaciones con las autoridades del Fondo Monetario Internacional y los diálogos de dirigentes y economistas de su confianza con tenedores de deuda extranjeros lo habrían llevado a revisar sus previsiones. Parece haber menos tiempo del que se pensaba y se deseaba.
"A partir del día de la asunción, tendrá un mes para resolver cómo y con quiénes encara la reestructuración. Si no, los vencimientos de febrero son una amenaza. Después, tendrá seis o siete meses para resolver los detalles y acordarla", afirma un destacado economista. Es uno de los profesionales que aportan insumos para algunos de los muchos análisis que consume Fernández, provenientes de consultores de diversas escuelas económicas, entre las que no está excluida la ortodoxia. La mayoría coinciden con aquel diagnóstico.
La caída, precipitada y "básicamente" definitiva, de Guillermo Nielsen de la candidatura para ocupar el cargo de ministro de Hacienda y Finanzas es causa y efecto de esas nuevas urgencias. También de la nueva gestualidad del presidente electo.
No es sencillo encontrar la respuesta a esa contramarcha que devolvió al área de Energía a quien se había mostrado como comisionado para empezar a planificar la reestructuración de la deuda y dialogar con los acreedores, que incluyó un viaje a Estados Unidos en el que compartió tribuna con funcionarios del FMI.
Sin excluir las opiniones que habría vertido Cristina Kirchner en la reunión del lunes pasado sobre el probable gabinete albertista, para la salida de Nielsen hay dos razones que concentran la mayoría de adhesiones entre allegados a Fernández, economistas y miembros destacados del Frente de Todos. Su elevada exposición y algunas manifestaciones públicas, así como la estrategia aconsejada y expuesta ante extranjeros para abordar el problema de la deuda, habrían hecho que su paso por el casillero de ministro electo fuera tan efímero.
"Hay muchas maneras de solucionar o postergar el problema, pero solo hay dos caminos posibles para abordarlo: buscar un arreglo con el Fondo para que te ayude y te acompañe a cerrar con los acreedores privados o eludir al FMI y buscar un acuerdo con los privados. De lo que decida dependerá todo lo demás. Nielsen tiene reticencias con el Fondo y prefería el segundo camino". La explicación pertenece a un economista que conoce bien a los actores principales.
La fuente cuenta con un aval cronológico para sostener su algo más que conjetura: la confirmación del corrimiento de Nielsen trascendió no solo tras la reunión de Fernández con Cristina, sino justo después del diálogo telefónico del presidente electo con Kristalina Georgieva, la titular del Fondo. Nadie puede descartar las casualidades permanentes.
Después de esa corrección en el organigrama ministerial, los rumores arreciaron en el establishment político-económico, que en otra era se llamó el "círculo rojo".
La centralidad se la llevó la reaparición del nombre del argentino Martín Guzmán, discípulo de Joseph Stiglitz, el economista norteamericano que llegó a ser idolatrado por el kirchnerismo. Su exposición ante la ONU sobre reestructuraciones de deuda facilitó la instalación. Uno de sus contactos en la política local agrega un dato a tener en cuenta: en los últimos días habría suspendido algunas presentaciones en las que iba a tocarse la situación argentina.
En la City porteña y en el sector empresario le dieron una vuelta de tuerca a esa posibilidad. Un par de encuentros de Guzmán con Sergio Massa habilitaron otra versión que puede parecer disparatada, pero que en el mundo económico, donde la capacidad de asombro ya escasea, no se animan a desechar.
El tigrense fue mencionado al final de la semana como posible ministro de Hacienda y Finanzas, no por sus conocimientos técnicos ni por sus relaciones con inversores residentes en EE.UU., de las que suele jactarse. El objetivo sería darle soporte político a un equipo de técnicos con poca o nula experiencia de gestión. Un intento de hacer de la necesidad virtud o una forma de aceptar limitaciones. Es lo que hay.
La negativa desde la cima del albertismo y del propio Massa respecto de esa posibilidad no solo no terminó con el rumor, sino que expuso dos percepciones más crudas y realistas: nadie entre los tomadores de decisiones sabe con certeza qué hará Fernández con esa cartera tan decisiva y la mayoría están convencidos de que sigue corriendo contra el tiempo sin tener aún una respuesta definitiva. A ninguno sorprendió que, después de una semana de retroceso, el riesgo país recuperara la senda ascendente en el último día hábil.
La indefinición sobre la conducción económica del próximo gobierno explica la ausencia de un proyecto integral claro a pesar de tantas urgencias. El entorno del presidente electo y la dirigencia peronista procuran ser menos alarmistas sobre las dilaciones, al amparo de algunos antecedentes.
Un ex funcionario peronista devenido en consultor político resume esa posición sin ponerse nervioso ni ruborizarse: "No hay que esperar que haya un plan económico. Desde la recuperación de la democracia ningún gobierno lo tuvo de arranque, salvo Kirchner porque heredó a Lavagna y su proyecto. Lo importante es que Alberto y su equipo acierten con algunas medidas concretas en materia de deuda y de demandas sociales. Hay que desactivar bombas".
Sin hablar de los resultados finales de cada gestión, los tropiezos del primer bienio alfonsinista con Bernardo Grinspun, la hiperinflación menemista, la fallida continuidad de la convertibilidad con De la Rúa, la conflictividad cristinista y la fallida experimentación antiinflacionaria macrista no aportan muchos motivos para alimentar el optimismo.
En medio de la cuenta regresiva, no parece mal que las facciones de Alberto Fernández se vean menos relajadas. La perspectiva de tener que ser "el bombero Duhalde" no es muy tranquilizadora. Asumir el problema es una condición necesaria para buscar su solución. Aunque no suficiente para encontrarla.

miércoles, 14 de agosto de 2019

CLAUDIO JACQUELIN, EL ESCENARIO,


Un contundente voto castigo de los bolsillos desfondados

Claudio Jacquelin
Un nuevo país político, que nadie pronosticó en toda su dimensión, acaba de alumbrarse.
Nadie dudaba en las horas previas sobre qué fórmula presidencial obtendría más votos. Las incógnitas estaban en la diferencia que le sacaría Alberto Fernández a Mauricio Macri y cuán cerca de obtener el 45% de adhesiones quedaría la oposición. Pero nadie anticipó ni vio venir la magnitud de lo que finalmente ocurrió: la abrumadora cantidad de sufragios que obtuvo el Frente de Todos y el notable nivel de rechazo que recibió el oficialismo. Un descomunal voto castigo para el Gobierno.
El volumen de la derrota del oficialismo fue tal que Mauricio Macri salió a reconocerlo antes de que se publicara ni un solo dato oficial, cuando la ciudadanía no contaba con esa información vital. No debió haber ocurrido. Como otras cosas que tal vez expliquen lo que acaba de suceder y por lo que la ciudadanía penó al oficialismo. La devastación anímica del Presidente pudo más que el cuidado de las formas institucionales.
Los resultados llevan a presagiar que la distancia entre los dos polos será difícilmente reversible en la elección general de octubre y que la oposición tiene mucho más encaminado el tránsito hacia la Casa Rosada de lo que sus más optimistas dirigentes y militantes imaginaban hace 24 horas. Salvo imponderables, que nunca pueden descartarse, pero que hoy cuesta avizorar,Alberto Fernández tiene ya puesta media banda presidencial.
Ahora, antes que pensar en octubre hay otras urgencias. Se abre un enorme interrogante para las próximas horas, cuando se produzca la segunda elección prevista para este mes: el voto de los mercados. Los mismos que se ilusionaron el viernes cuando algunas encuestas llegaron a pronosticar un empate.
Los resultados llevan a presagiar que la distancia entre los dos polos será difícilmente reversible en la elección general de octubre y que la oposición tiene mucho más encaminado el tránsito hacia la Casa Rosada de lo que sus más optimistas dirigentes y militantes imaginaban hace 24 horas
En la fragilidad y el deterioro de la economía, general y personal, parece estar la clave de casi todo. Se votó con el bolsillo (desfondado). Los antecedentes permitían preverlo, las encuestas alteraron el sentido común. Acá también hay una mayoría que deberá revisar sus métodos.
Por lo tanto, lo que pase hoy en el ámbito financiero con el peso y los activos argentinos tiene tanta relevancia. En lo político y en lo económico. Mauricio Macri deberá dar señales de su capacidad para afrontar la adversidad, manejar la incertidumbre y corregir errores. Sigue estando a cargo del Gobierno. Hasta el 10 de diciembre es su responsabilidad. Esa debe ser su meta y su preocupación más inmediata.
También mucho dependerá de cómo los operadores financieros interpreten el mensaje y las señales de prudencia que se cuidaron de dar desde el entorno de Alberto Fernández en sus iniciales minutos triunfales. Habrá que ver si lo refrendan con palabras y hechos los integrantes del ala más radicalizada del espacio triunfante. Casi todos mirarán al cristinismo puro y duro, al que los mercados le temen o recelan por sus antecedentes.
En retrospectiva, cabe destacar el acierto de Cristina Kirchner de dejarle la candidatura presidencial a Alberto Fernández y reservarse para ella el segundo lugar de la fórmula. Triple objetivo conseguido: bajar los niveles de rechazo que su figura concitaba, ampliar la base de apoyo y garantizar la preservación de la identidad para los más fieles, que representaban más de un 35 por ciento de los electores.
Los 12 puntos sumados por el Frente de Todos por encima del piso del kirchnerismo es mérito de la entronización y exculpación del exjefe de gabinete y adversario durante 10 años. También de la suma (y perdón) de Sergio Massa para que implosionara el tercer actor que podía llevarse votos opositores.
El voto castigo al gobierno nacional hizo el resto. Tanto que arrastró en su estrepitosa caída a la dirigente política con mejor imagen de la Argentina: María Eugenia Vidal. El corte de boletas del que tanto dependía y sigue dependiendo su suerte en la provincia de Buenos Aires tuvo una expresión casi testimonial. Las tijeras nunca aparecieron y será ahora mucho más difícil que aparezcan en octubre.
La marea de votos que obtuvieron Alberto Fernández y Axel Kicillof en territorio bonaerense es suficiente disuasivo para los intendentes peronistas que pudieran haber tenido alguna duda respecto de una eventual contratación de afiladores de elementos cortantes para proveerles a sus vecinos en la elección general. El cambio climático es una realidad.
Los votos de la franja central del país también fueron renuentes para el Gobierno.
Un país entero mira expectante. Casi la mitad, ilusionado, Más de un tercio, atónito. El futuro sigue siendo una gran incógnita, al margen de las certezas alcanzadas en estas PASO que trascendieron largamente la mera selección de candidatos
Antes de estas PASO, la intención de atenuar las aristas kirchneristas con la designación de Alberto Fernández, más la elección de Miguel Angel Pichetto como compañero de fórmula de Macri, permitían suponer que en un próximo gobierno, cualquiera fuera el ganador, debería tender a diluirse la grieta que divide y enfrenta patológicamente a los argentinos desde hace más de una década. Al menos en sus aspectos más grotescos.
Ahora, parecen haberse adelantado los tiempos para convertir la construcción de puentes y la búsqueda de acuerdos en un imperativo categórico.
Mucho más valor tiene en estas primeras horas la promesa que hizo en su primera aparición victoriosa el ahora favorito para llegar a la Presidencia, cuando afirmó: "Se terminó el concepto de grieta y de venganza".
Alberto Fernández pareció encontrar una voz propia eficaz en las últimas dos semanas de campaña que cobró más altura en la noche de la victoria. Está obligado ahora a sostenerla y profundizarla.
Tal vez después de este resultado, aunque parezca tarde, Macri pueda revisar su desapego a la palabra como herramienta fundamental para la construcción política. Un proyecto no es algo tangible (como el pavimento que tanto le atrae), mucho menos en tiempos de dificultades, cuando se requiere de explicar y convencer. Hacer política es comunicar. Y su eficacia no depende de una maquinaria de marketing político por más perfecta que sea, sino de las personas que encarnan el ideario político. Algo salió mal.
Ahora todo es más frágil.
Tal vez después de este resultado, aunque parezca tarde, Macri pueda revisar su desapego a la palabra como herramienta fundamental para la construcción política. Hacer política es comunicar
Más allá de las contingencias electorales, el Presidente deberá extremar su capacidad de conducción para encarar los meses que le quedan de mandato. Ciento quince días en la Argentina de las urgencias pueden ser una eternidad.
Como suele ocurrir siempre en las etapas de transición, todo es más frágil ahora. Al menos hasta que se consolide la nueva etapa. Faltan dos meses aún para la elección que consagrará al nuevo Presidente, más allá de que muchos puedan dar por hecho quién será. También faltan otros cuatro meses para que se establezcan nuevas relaciones de poder. Interno e internacional.
Un país entero mira expectante. Casi la mitad, ilusionado, Más de un tercio, atónito. El futuro sigue siendo una gran incógnita, al margen de las certezas alcanzadas en estas PASO que trascendieron largamente la mera selección de candidatos. El mundo también mira, pero puede decidir antes. No es para descuidarse.
Oficialistas y opositores están obligados a no repetir errores del pasado argentino. La madurez no puede seguir haciéndose esperar después de tantos años de fracasos y de crisis recurrentes.

miércoles, 12 de junio de 2019

CLAUDIO JACQUELIN, OPINIONES,


Ahora, ¿peronistas somos todos?

Claudio Jacquelin
Miguel Ángel Pichetto
Marcos Peña tenía razón. El medio no existe. La polarización que el jefe de Gabinete pronosticaba hace más de un año y que deseaba desde siempre finalmente se concretó. Entonces, ¿todo será entre Mauricio Macri y Cristina Kirchner ? Sí, pero no.
Las dos fórmulas que disputarán (con chances) la presidencia tienen al jefe del Estado y a su predecesora como protagonistas decisivos, pero ya no excluyentes. Eso pretendieron ellos cuando buscaron a Miguel Pichetto y a Alberto Fernández como acompañantes incluyentes. Golpes que surtieron efecto.
En la conformación de ambos binomios se buscó atenuar los aspectos negativos de cada uno o, por la positiva, ampliar los continentes que habían encogido sus presentes y pasados. Macrismo versus kirchnerismo, pasteurizados. Hoy versus ayer, exacerbados. República versus populismo, caricaturizados. Espejos que distorsionan.
Lo que en definitiva mostrarán los dos espacios es menos macrismo (puro), menos cristinismo y ¿más peronismo? ¿Será finalmente, como decía Perón, que "peronistas somos todos"? Tal vez lo más adecuado sea concluir que con el peronismo no alcanza, pero sin el peronismo no se puede. Y si no se puede, mejor unirse. Para diluirlo.
¿Final para las identidades? Si no lo es, se le parece. El radicalismo ya se había roto y doblado demasiadas veces. Les llegó a los herederos de Perón. La obra que empezó el menemismo y continuó el kirchnerismo parece estar completándola el macrismo. Una bomba de fragmentación de efecto retardado.
Ahora, todo es suficientemente líquido. Y Pichetto aparece como una figura acorde con los tiempos. Más allá de los gestos firmes que es capaz de exhibir, como ayer en la aceptación pública de su nominación, no es fácil de encasillar. El macrismo valora su plasticidad. Al fin y al cabo, presidiendo el bloque opositor fue el mejor senador oficialista de estos tres años y medio.
Muchas de las posiciones del senador son caracterizadas como las de un peronista de derecha o hasta de un nacionalista cuasixenofóbico, pero también se ha comportado como republicano en lo institucional, como liberal en lo social (su apoyo a la legalización del aborto es un ejemplo) y como desarrollista en lo económico. Y, siempre, como un disciplinado oficialista. Modelo para armar a gusto de cada uno.
Pichetto comparte con Alberto Fernández el hecho de que ambos fueron convocados para mostrar apertura y bajar las resistencias que provocan Macri o Cristina Kirchner. Pero ni uno ni otro cuentan con votos. Sí pueden ser los embajadores para atraer dirigentes que cuentan con territorio y votantes. Otro espejo.
En el caso de Pichetto, el vínculo con gobernadores como Juan Schiaretti y Juan Urtubey tiene peso decisivo. Sin una tercera fuerza que divida al peronismo, se puede evitar que todos tributen al kirchnerismo. Punto para el macrismo.
Sin embargo, no hay que mirar la fórmula solo en clave electoral. La positiva reacción inicial de los mercados es un dato. Más si se apunta a la gobernabilidad en un eventual y complejo nuevo mandato.
La ampliación de la base política que se desechó en el primer turno macrista se busca con esta fórmula, bendecida por Lilita Carrió y la dirigencia radical. Habrá que ver si conforma a su base electoral.
El ahora nominado también llega con activos (o pasivos) en otros ámbitos. Sus vínculos con la Justicia se destacan por sobre otros.
No es un dato menor que Pichetto sea uno de los dirigentes que mejor relación tienen con Claudio Bonadio, el juez que más ha complicado a Cristina Kirchner y a quien ella más detesta. Justo mientras desde el kirchnerismo arrecian las voces para terminar con los procesos judiciales por corrupción contra la expresidenta y sus funcionarios. Para inquietud de Carrió, también debe computarse su rechazo a habilitar el desafuero de la viuda de Kirchner y su amistoso vínculo con el ministro de la Corte Ricardo Lorenzetti. Plasticidades.
El medio ha dejado de existir ¿Será el de ayer otro aporte a la Guerra del Miedo que está por empezar entre el Frente para la Venganza y la Alianza Ajustadora? La respuesta llegará en capítulos. Mejor no moverse de la butaca cuando el piso se sacude tan rápido.

lunes, 3 de junio de 2019

EL ESCENARIO


Polarización total: el Frente de la Venganza vs. la Alianza Ajustadora
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Claudio Jacquelin
Los misterios empiezan a develarse. El tablero político nacional dividido en tres tercios, que consagraron las primarias de 2015, parece haber terminado por diluirse la última semana. Una polarización extrema acaba de configurarse para anticipar el horizonte electoral . La avenida del medio hoy se asemeja solo a una calle de ida.
Dónde terminará Sergio Massa, el tercero en discordia de hace cuatro años, ya se ve menos relevante tras el coqueteo público con el kirchnerismo, iniciado el jueves pasado, y su afiliación sin dobleces al bando opositor a Mauricio Macri. Una certeza que, sin embargo, no termina con otras incertidumbres.
La consecuencia definitiva que tendrá este nuevo mundo binario, más propio de un preludio de ballottage que de la antesala de unas PASO, es motivo de debate. Demasiado incipiente todo como para pronosticar resultados. Se advierte en las distintas visiones que existen entre las dos facciones y hacia dentro de cada una de ellas, especialmente en el oficialismo.
Las ya clásicas diferencias entre la Casa Rosada y la gobernación bonaerense vuelven a emerger ahora frente al nuevo escenario. El ala liderada por Marcos Peña considera que lo ocurrido en los últimos días en el universo opositor no tiene entidad alguna para enturbiar el entusiasmo que le devolvieron algunas encuestas. Los sondeos reflejan, según dicen, el impacto positivo de la calma cambiaria en el ánimo social. También pronostican que Alberto Fernández sumará menos de lo que perderá Massa si comparten las mismas PASO. Para el macrismo puro y duro, eso será más una colisión que una coalición.
En el plano de lo concreto, las tres semanas de quietud en las pizarras de la cotización del dólar les dieron a los habitantes de Balcarce 50 un aliciente para atenuar lo peor del presente en el que casi nadie quiere estar. También, un motivo para agitar el miedo al regreso a ese pasado del que la mayoría se quiso ir en 2015, que es lo que ocurriría con un triunfo del que identifican como el Frente para la Venganza. Excesos lingüísticos de campaña. Aunque las declaraciones de Alberto Fernández sobre los procesos judiciales por corrupción en marcha los ayudan a reforzar la prédica. ¿El miedo podrá más que la dificultad de recrear una ilusión? Es lo que está en juego.
Ahora el Gobierno espera que la inflación mantenga una tendencia descendente y que los sueldos nuevos recompongan cierta capacidad de consumo. Necesita que no se constituya lo que Eduardo Fidanza denomina la alianza entre los que no pueden comprar y los que no pueden vender, que viene gestándose.
En el entorno de María Eugenia Vidal, en tanto, se encendió un nuevo motivo de preocupación. Consideran la extrema polarización, que empezó a precipitarse, un factor capaz de agudizar las dificultades para retener la gobernación.
En su distrito se concentra el mayor potencial electoral del kirchnerismo y en 2015 y en 2017 fue decisiva la existencia de otras opciones (el Frente Renovador de Massa y el minipartido de Florencio Randazzo) para que se concretaran los triunfos de Cambiemos. Ambos se llevaron, en diferentes proporciones, votos filoperonistas que permitieron victorias apretadas del macrismo sobre los candidatos kirchneristas. Si Massa se fundiera con el kirchnerismo, tras las PASO, no habría quien los atrajera (o los distrajera) en la elección general por la gobernación.
En la mesa chica de Vidal hacen cuentas y llegan a la conclusión de que, con esta polarización, las chances de la mandataria de lograr su reelección estarían seriamente en riesgo. Para evitarlo, Macri debería arañar en la provincia un empate con la fórmula Fernández-Fernández en la primera vuelta. Hoy es una quimera.
En las encuestas que manejan en La Plata, el binomio Vidal-Daniel Salvador (que ya se da por seguro) le saca entre 3 y 5 puntos a Axel Kicillof-Verónica Magario. Pero Macri pierde por el doble ante Cristina. Y eso era antes de que Massa iniciara su proceso de cambio de identidad. Hay serias dudas de que alcance el stock existente de tijeras para revertirlo. Y mucho más de que haya suficientes manos dispuestas a usarlas para cortar boletas. Si Macri no sube, el ascensor de Vidal no llegaría a la cima.
Las elucubraciones para concretar la táctica de la "Y" son hoy solo eso. La posibilidad de que dos candidatos a presidente (Macri y Juan Manuel Urtubey) lleven en su boleta provincial a Vidal como única candidata a gobernadora no tendrían chances reales de prosperar. Más allá de las limitaciones normativas que hoy existen, nadie sabe cuánto podría sumar esa alquimia. El gobernador salteño aparece (estéticamente y algo más) demasiado cercano al macrismo.
Dicen algunos funcionarios de Vidal que los arrepentidos por no haber desdoblado y adelantado las elecciones bonaerenses ya son legión en el oficialismo. No se incluyen en la lista ni Macri ni Peña. Es obvio. El vidalismo no deja de recordarle al macripeñismo que en la provincia no hay segunda vuelta, a la que apuesta todo Macri en la Nación.
En la Casa Rosada mientras preparan la campaña, en la que los grupos de WhatsApp serán estrellas, y empiezan a definir la integración de las listas legislativas, se ocupan de evaluar quién acompañará a Macri. El deber ser de la hora obliga a pensar en un candidato ajeno a Pro. Pero el nombre y la cara todavía no aparecen cuando se busca que, además de mostrar espíritu de apertura, el postulante a vicepresidente aporte votos. Lo más probable es que todo sea muy simbólico. Sobre todo ahora que volvió el optimismo.
Massa con K
En el fernandecismo (si es que ese colectivo no es un monoplaza) se entusiasman con terminar de cerrar con Massa, mucho más que lo que genera en el cristinismo, vehículo que tiene una sola conductora, pero cuenta con bastantes más pasajeros. Nadie sabe cuántos de los votos del tigrense terminaría sumando Alberto Fernández. Pero todo vale mucho más en una elección bipolar que se resolvería por diferencias muy estrechas.
En el círculo del flamante postulante kirchnerista descreen, obviamente, del efecto neutro que a la probable cooptación de Massa le adjudican Peña y Durán Barba. Ambos, además, insisten en que el exjefe de Gabinete es peor candidato que Cristina, aunque la mayoría de las encuestas no estarían avalando la hipótesis. En ningún caso se ve que la intención de voto de Alberto Fernández sea menor que la que tenía la expresidenta, aunque tampoco haya mejorado la performance de manera relevante en ningún sondeo serio. El contenido del vaso siempre depende de quién lo evalúa, si los propios o los ajenos.
No obstante, al kirchnerismo el corrimiento de Massa, aun cuando al final no terminen compartiendo las PASO, ya le reportó una cuota de capital simbólico. Reforzaría la idea de que es mayoritario el rechazo al oficialismo. También, les serviría para contar que Alberto Fernández empezó a ampliar las fronteras que no lograba atravesar Cristina Kirchner. Crear climas verosímiles es parte fundamental de las estrategias de campaña. La verdad siempre es un horizonte que se aleja y que solo se verifica cuando ya es irreversible: con el escrutinio.
Lo cierto es que la fórmula Fernández-Fernández ha sacado ventaja temporal. Habrá que ver si consigue efectivamente atenuar los rechazos para dejar de ser el Frente de la Venganza y la Impunidad, como le adjudican sus rivales, y construir la idea de que su adversario no es otra cosa que la Alianza Ajustadora. Otro exceso del marketing electoral.
Aún hay mucho margen para los matices, que pueden resultar más necesarios que nunca. La polarización obligará a atenuar perfiles para salir a buscar votos decisivos en los márgenes. Será ese el mayor desafío que tendrán los dos espacios que han quedado en pie
Sin embargo, muchos especialistas auguran para la campaña una remake de la Guerra del Miedo, en la que cada facción potenciará lo peor del otro para aterrorizar a los electores que no han tomado partido. También (o sobre todo), para disimular el pasado (negativo) que acumulan ambas fuerzas en pugna. Las encuestas muestran que quienes prevén un futuro mejor para el país el año próximo son menos que los que pronostican que la economía estará peor. ¿La apuesta al temor será más fuerte que la recreación de una ilusión? Delicias de la polarización.