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domingo, 16 de junio de 2019

LUIS TONELLI, ELUCUBRACIONES


La opción será entre populismo o república
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Luis Tonelli
Con la designación del senador Miguel Ángel Pichetto como candidato a la vicepresidencia, el Presidente Mauricio Macri le interpuso un serio obstáculo a la estrategia de Cristina Fernández de Kirchner de encolumnar tras de sí a todo el peronismo y de este modo intentar ganar en primera vuelta.
A la radicalización del populismo que el kirchnerismo adoptó a partir del conflicto con el campo 2009, el gobierno de Cambiemos, sufriendo las inclemencias de la crisis económica, se había encerrado en una especie de radicalización del "gorilismo" que lo estaba aislando electoralmente.
La conjunción de ambas radicalizaciones abonaba la esperanza de la constitución de un centro (tal como nos enseñó el eminente politólogo Giovanni Sartori), de una fuerza política que surgiría a partir del voto de los que no estaban con ninguno de los polos de la Grieta. Pero el centro se dispersó en una guerra de egos entre sus integrantes y perdió su oportunidad.
Si en el 2017 Macri le había "enchufado" a la Ancha Avenida del Medio un Metrobús, gracias al gradualismo y a los bolsos voladores de López, en el 2019 la ex presidenta con su sorprendente fórmula le estacionó allí el camión de transporte Fernández-Fernández (que no deja de ser una suerte de caballo de Troya transparente, ya que contrabandea a Cristina Fernández de Kirchner, pero a la vista de todos).
Sergio Massa, esa partícula más veloz que el neutrino, fue el primero en sucumbir a la atracción gravitatoria de esa nueva galaxia con intención panperonista. Por su lado, Miguel Ángel Pichetto -y es de suponer, el peronismo federal- se plegó a la galaxia oficialista ante el convite del Presidente con su intención panrepúblicana.
De este modo, emerge una competencia centrípeta, más clásica, en donde los extremos convergen hacia el centro para incorporar los elementos más afines. El kirchnerismo intentando unificar al peronismo en su versión nostálgica, y Mauricio Macri cosechando esa brecha dentro de los seguidores del General Perón que generó Raúl Alfonsín, cuando consideró a la Renovación Peronista de Antonio Cafiero y de José Manuel de la Sota como su interlocutor político.
Poco a poco, las elecciones presidenciales de este año se van configurando como históricas: en primer lugar, por que un presidente no peronista no solo puede completar su mandato, sino que incluso tiene posibilidades de ser reelecto (recordemos que el peronismo solo llegó al poder luego de una crisis sistémica que barrió con la economía en 1989 y en el 2001).
En segundo lugar, se trata de elecciones cruciales que se saltan al viejo bipartidismo y colocan de un lado a los actores políticos que sostienen y creen en la democracia competitiva de partidos y en las instituciones de la república ("el consenso de 1983"), y del otro, a los que priorizan una forma de gobierno menos institucional, y más verticalista, conocida habitualmente como "populismo".
Finalmente, la incorporación del senador Pichetto como candidato a la vicepresidencia, brinda esperanzas de que, ante un posible segundo mandato de Cambiemos, se pueda constituir una mayoría legislativa que habilite las grandes reformas imprescindibles para recuperar la competitividad que nuestra economía necesita y así salir de las crisis cíclicas que han signado nuestra decadencia.

viernes, 4 de agosto de 2017

ÍNTIMAS ELUCUBRACIONES...

Mi amor, buen día, le escribo desde una prudente, discreta y recelada mañana de verano. Aquí mis días transcurren como los soñé en estas ultimas décadas. En las primeras horas antes del amanecer, estando aún en la cama, leo y escribo con la compañía reposada de una vela. En noches de luna como hoy se divisan los contornos de las cordilleras, mientras me resguardo de la casa fría con una chalina de arabescos y unas medias de lana muy largas que me pongo al despertar.
Entre estas montañas con lagunas y arroyadas descubri un vergel. Quiero contarle que hace unos meses que no estoy solo. Encontré un prado de pastos y flores que desde la primavera me ofrece esquinas de sosiego, lo camino con devoción y elogio. Lo visito también en días de lluvia, para lo que construí un simple reparo con varejones de ramas y champas de pasto; allí enciendo fuego y hago té o arroz con ajo, cebollas e hinojos. En los días de sol me echo en el pasto y miro las copas de los árboles moverse con el viento hasta que me duermo por extensos minutos que llevan otra vez a la lectura, al pincel o a la simple deriva de mis pensamientos.


A veces, allí sentado recorro los muchos trechos de los recuerdos; muchos se insinúan una y otra vez como augurios y promesas de este prolongado descanso. Poniendo en mis ojos la historia puedo medir mis años por los muchos resguardos, casas, amparos que me cobijaron a lo largo de añadas de tanto hacer. Siempre tuve aquella necesidad de dar impronta y carácter a mis abrigos. Incluyendo mis casas en tantos países, parajes y ciudades. Todo siempre comienza como un enunciado de colores, luego y de a poco, van llegando los objetos; cuadros, siempre muchos libros que los uso como visitantes magnánimos y heroicos, porque la palabra y el idioma siempre contuvieron romance, razón, sueños, en las fronteras de la felicidad y el drama. Mismo aquí en este simple reparo de aire libre he buscado aquella compañía amable de objetos agrestes.


Por lo demás, en mi nuevo prado, me olvido de todo, del golpear de cacerolas, del hacer de cocinas, del requerir de señores que me interpelan en noches tardías de restaurantes cuando las mesas ya repletas no ofrecen tenida u hora, quedando la puerta como respuesta. Hace meses que no llevo dinero en mis bolsillos o reloj, y si tengo que saber que día de la semana es debo realizar complejas requisas en mi memoria, recurrir al almanaque buscando medida en el pasado.
Aquí, entre estos pastizales, árboles de cobijo no existe la evaluación del silencio, el recuento de galardones, el registro de victorias o fracasos. De hecho el tiempo gobierna los días de una forma diferente se almuerza a la hora del hambre y se duerme indiferentemente de noche o de día. Aquí el tiempo sólo convalida lo fundamental, elemental e indispensable.
Mi cocina siempre abrazó desde atrás a la escena, al embellecimiento de los espacios, de festejos y hechos, ya que no hay lugar a agasajo, banquete o festín sin la circunstancia de aquella ambientación que puede pasar inadvertida o tener tanta presencia que preside conversacion y silencio, es un lenguaje casi invisible que rodea al visitante sin que él lo sepa haciéndolo encontrar un remanso de unión, una armonía cautiva y coloreada entre tibios abrazos de serenidad.
Al igual que con mi paz con usted, mis ojos prendados por cada pliegue y secreto de su piel, aquí encontré un reposo que excede al descanso.
Y de noche, mi amor, cuando me voy a dormir deseo, para no estar solo, escuchar la lluvia golpear el techo de lata; entonces la siento conmigo arropada en años de amores y gloria, juntos, hechizados por la vida; recibida, otorgada, compartida en el paso a paso de nuestra tan valorada individualidad.

F. M.

miércoles, 29 de junio de 2016

ELUCUBRACIONES



Aunque Arthur Miller, el dramaturgo que dio clásicos del teatro contemporáneo como La muerte de un viajante, La caída o Panorama desde el puente, haya afirmado alguna vez que ningún hombre necesita poco, es posible disentir con él.

 En realidad, las necesidades humanas son pocas. Las básicas (alimento, agua, aire, refugio), las de relación (pertenencia, respeto) y la afectiva y emocional (amor). Si están atendidas, se dan las condiciones para que un ser humano desarrolle sus potencialidades y se realice como persona. Dependerá de cada quién. En síntesis, es lo que proponía el gran terapeuta humanista Abraham Maslow (1908-1970) en Pirámide de las necesidades humanas.

Muchas veces se describe a la necesidad como un impulso incontrolable que dirige las energías y la atención hacia un punto excluyente, y que se impone a cualquier otra cosa. Pero presentada así suena como una perfecta excusa para actitudes y conductas disfuncionales. 

Quizás sea más apropiado decir que una necesidad es algo que no puede no ser. No puedo no comer, no tener agua, carecer de aire y techo, no ser respetado, no ser amado, no pertenecer a una familia o una comunidad. Si digo que necesito cambiar mi auto porque el modelo es antiguo o mi celular porque no tiene whatsapp, si me urge tomar tal gaseosa o cerveza porque siento que sólo ellas calman mi sed, estoy expresando deseos, no necesidades. "El rico come, el pobre se alimenta", escribía el poeta español Francisco de Quevedo en el siglo XVII. Uno escoge su comida según su deseo, su tiempo, su posibilidad económica, el otro come para sobrevivir.


La necesidad va de adentro hacia afuera, hacia la búsqueda del recurso que la atienda. El deseo hace el camino inverso, la mayoría de las veces nace de estímulos externos. Vivimos en una cultura en la que esos estímulos se multiplican y suelen ser hábilmente inoculados para que se perciban como necesidades. Cuando una necesidad es atendida, sobreviene la calma, se reinstala la armonía. Cede. Cuando un deseo fue saciado, sucede el siguiente, y a este le sigue otro, en una continuación interminable que produce satisfacciones fugaces y desata ansiedades e inquietudes permanentes. Como señalaba el filósofo suizo Henry Amiel (1821-1881), en su Diario Íntimo (doce volúmenes que suman 17 mil páginas, y que jamás se publicó completo pero es fuente permanente de reflexiones sobre emociones, sentimientos e ideas): "Toda necesidad se calma y todo vicio crece con la satisfacción".



Quizás las ennumeradas sean buenas razones para aprender a necesitar. Es decir, reconocer qué es aquello que no puede no ser en función de una vida buena (percibida en valores, afectos, sentimientos, propósitos trascendentes) antes que una buena vida (medida en términos materiales y estadísticos). No es un aprendizaje menor. Quien aprende a necesitar, aprende a pedir ("Necesito esto, no lo otro, no cualquier cosa, y lo necesito de tal manera"), aprende a decir que no, a resignar, a conceder, a valorar. También desarrolla su empatía, porque quien se conecta con sus necesidades y puede discriminarlas de los deseos, está en mejores condiciones de comprender las necesidades de otros y acudir a ellas. El deseo impulsa al egoísmo, oculta a los otros (salvo que sean objetos de ese deseo), ciega. Quien detecta su necesidad entiende lo que es necesitar cuando mira a su alrededor.

 La voz de Ovidio, prócer de la poesía latina, lanza un desafío desde el siglo I antes de Cristo: "Compra lo necesario, no lo conveniente", dice. Es que el astuto deseo suele vestirse de conveniencia mientras la necesidad aguarda.
S. S. 

jueves, 16 de junio de 2016

ELUCUBRACIONES DE SEBASTIAN GALIANI


Sebastian Galiani 

Toma y Daca: La base de la cooperación 





En la ópera Gianni Schicchi de Puccini, el personaje Buoso Donati ha muerto y le ha dejado su fortuna a un monasterio, lo que ha desolado a su familia. Antes que alguien conozca el deceso de Buoso, su familia acuerda con Gianni Schicchi para que represente a Donati, rehacer su testamento con el notario y recuperar la fortuna de Donati. Sin embargo, nada le ata las manos a Schiacchi y al momento de reescribir el testamento de Donati, lega su fortuna al gran actor Gianni Schicchi. ¿Por qué Schicchi se tendría que haber comportado de forma diferente? ¿Qué incentivos tenía a honrar el contrato con la familia de Donati? Ninguno. Schicchi percibe claramente que no tendrá ninguna interacción futura con la familia de Donati de la cual pudiese derivar un superávit (en valor presente) mayor al que puede alzarse desertando del acuerdo que tenía con la misma, y así lo hace. ¿Podría Schicchi haber tenido incentivos a honrar el contrato? En teoría, sí, siempre y cuando hubiese anticipado futuras interacciones con la familia de Donati que le hubiesen cambiado su estructura de incentivos. Las interacciones repetidas entre las partes generan incentivos que pueden diferir fundamentalmente de aquellos derivados de las interacciones no repetidas.
¿Bajo qué condiciones la cooperación emerge en un mundo poblado por agentes egoístas sin que medie una autoridad central? Esta pregunta ha intrigado a economistas y politólogos por mucho tiempo. Y por buenos motivos. Sabemos que las personas no son ángeles, y que tienden a cuidarse a sí mismos primero. Sin embargo, también sabemos que la cooperación efectivamente ocurre y que nuestra civilización está basada en ella. Pero, en situaciones en las que cada individuo tiene incentivos a ser egoísta, ¿cómo puede desarrollarse esta cooperación?
Dilema del prisionero 


Figura 1: Dilema del Prisionero


Jugador Columna


Coopera Deserta
Jugador Fila Coopera R=3, R=3                                 Recompensa por cooperación mutua P=0, T=5                                 Pago del perdedor y Tentación por desertar
Deserta T=5, P=0                                 Tentación por desertar y Pago del perdedor C=1, C=1                                 Castigo por deserción mutua


Un buen punto de partida es el Dilema del Prisionero. En este juego participan dos jugadores. Cada uno tiene dos opciones, cooperar o desertar. Cada uno tiene que tomar la decisión sin conocer que es lo que hará el otro jugador. Sin importar lo que el otro jugador haga, la deserción genera un mayor pago que cooperar. El dilema ocurre, sin embargo, porque si ambos desertan, a ambos les va peor que sí los dos cooperaran.
La manera en la que funciona el juego es la siguiente. Un jugador elige una fila, ya sea cooperar o desertar. El otro jugador simultáneamente elige una columna, cooperar o desertar. En conjunto, estas decisiones resultan en uno de los cuatro desenlaces posibles que se observan en la siguiente figura.
Figura 1: Dilema del Prisionero
Jugador Columna
Coopera Deserta
Jugador Fila Coopera R=3, R=3 Recompensa por cooperación mutua P=0, T=5 Pago del perdedor y Tentación por desertar
Deserta T=5, P=0 Tentación por desertar y Pago del perdedor C=1, C=1 Castigo por deserción mutua
Si ambos jugadores cooperan, a los dos les va relativamente bien y reciben R, la recompensa que implica haber cooperado mutuamente. En particular, de acuerdo a la matriz de pagos de la figura 1 el premio es igual a 3. Si un jugador coopera pero el otro deserta, el desertor recibe la tentación por desertar, mientras que el jugador que cooperó recibe el pago del perdedor. En el ejemplo, estos equivalen a 5 y 0 puntos, respectivamente. Si los dos jugadores desertan, ambos reciben 1 punto, el castigo por la deserción mutua.
¿Qué se debería hacer en este juego? Supongamos que somos el jugador fila, y creemos que el jugador columna cooperará. Esto significa que recibiríamos uno de los dos resultados en la primera columna de la figura 1. Podríamos cooperar también obteniendo 3 puntos del premio por la cooperación mutua. O podríamos desertar obteniendo 5 puntos. Por lo tanto, si creemos que el otro jugador va a cooperar, nos conviene desertar. Ahora supongamos que creemos que el otro jugador desertará. Estamos en la segunda columna de la figura 1, y tenemos la opción de cooperar, lo que nos convierte en un perdedor otorgándonos 0 puntos o desertar, lo que resultaría en un castigo mutuo otorgándonos 1 punto. Nuevamente, nos conviene desertar. Por lo tanto, sin importar lo que el otro jugador decida, nos conviene desertar, lo cual es una estrategia dominante.
Hasta ahora no hay problemas. Pero la misma lógica aplica para el otro jugador. Por lo tanto, el otro jugador debería también desertar. En ese caso ambos recibiríamos 1 punto, lo que es peor que haber recibido los 3 puntos de premio si ambos cooperábamos. La racionalidad individual nos lleva a un peor resultado para ambos. Allí el dilema. El juego del Dilema del Prisionero es simplemente una formulación abstracta de situaciones comunes de la vida cotidiana e interesantes en las que lo mejor para cada persona individualmente lleva a una deserción mutua en lugar de estar mejor cooperando mutuamente.
Como se verá a continuación, con un número indefinido de iteraciones la cooperación puede surgir. Se evaluarán las interacciones entre dos jugadores a la vez. Se asume también que el jugador reconoce al otro jugador y que recuerda cómo interactuaron anteriormente. Esta habilidad de reconocer y recordar permite que la historia de la interacción particular sea tomada en cuenta en la estrategia de cada jugador.
También hay que tener en cuenta que:
No hay mecanismos disponibles para que los jugadores puedan hacer amenazas o para aplicar compromisos.
No hay manera de estar seguro de qué hará el otro jugador en cierto momento.
No hay manera de eliminar al otro jugador o huir de la interacción. Por lo tanto, cada jugador mantiene la habilidad de cooperar o desertar en cada jugada.
No hay manera de cambiar los pagos de los otros jugadores.
Bajo estas condiciones, las palabras que no estén respaldadas por acciones no tienen valor. Los jugadores sólo pueden comunicarse entre ellos a través de la secuencia de su propio comportamiento. Este es el problema del Dilema del Prisionero es su forma fundamental.
Dilema del prisionero iterado
Lo que hace posible que la cooperación surja es que los jugadores puedan volver a encontrarse. Esta posibilidad significa que las decisiones tomadas hoy no solo determinan el resultado de la actual jugada sino que también pueden influenciar las futuras decisiones de los jugadores. Pero el futuro es menos importante que el presente por dos razones. La primera es que los jugadores tienden a valorar menos los pagos a medida que estos se alejan en el tiempo. La segunda es que siempre existe la posibilidad de que los jugadores no se vuelvan a encontrar. Por estos motivos, el pago del siguiente período siempre cuenta menos que el pago de la jugada actual. Una forma simple de tener esto en cuenta es acumular pagos a lo largo del tiempo de manera tal que la próxima jugada valga una fracción de la jugada actual.
La pregunta que surge es la siguiente: ¿Qué estrategia le otorgará a un jugador el mayor puntaje posible? Si bien es una excelente pregunta, no hay una mejor regla independientemente de la estrategia del otro jugador. Debido a ello, un estudio muy importante fue el de Robert Axelrod (ver acá), quien a través de un torneo ha estudiado el surgimiento de la cooperación sobre el análisis de qué estrategia es buena para aplicar en un Dilema del Prisionero iterado. Un grupo de teóricos fueron invitados a presentar cada uno una estrategia, y cada una de estas reglas de decisión fue comparada con las demás para ver cuál de ellas era la mejor de todas. Sorprendentemente, la ganadora fue la estrategia más simple de todas. Esta fue la estrategia de Toma y daca, la estrategia que coopera en la primera jugada y luego juega cualquier cosa que haya jugado el jugador en el período anterior (esta estrategia fue enviada por Anatol Rapoport). El estudio de Axelrod fue tan influyente que cuando Richard Dawkins revisó su libro clásico sobre el gen egoísta (ver acá), incluyo un nuevo capítulo basado en el mismo.
Una segunda ronda del torneo fue llevada a cabo en la que muchas más partidas fueron presentadas por amateurs y profesionales por igual, todos los cuales estaban al tanto de los resultados de la primera ronda. El resultado fue una nueva victoria para la estrategia de Toma y daca.
El análisis de estos torneos revela ciertas propiedades que tienden a hacer que una estrategia sea exitosa: (a) evitar conflictos innecesarios al cooperar cuando el otro jugador lo hace; (b) provocación frente a la deserción del otro jugador; (c) poder perdonar luego de responder a una provocación y (d) claridad en el comportamiento de modo que un jugador pueda adaptarse al patrón de acción del otro jugador. Entonces, vemos que bajo ciertas condiciones, la cooperación ciertamente puede surgir en un mundo habitados por individuos egoístas sin que medie una autoridad central