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sábado, 23 de junio de 2018

FELICIDAD, ESCRITORES Y LECTURAS RECOMENDADAS

En estos tiempos inestables y veloces, el estrés activa aquellos sentimientos ligados a la supervivencia, como el miedo o la ira; la única de las emociones básicas relacionada con el bienestar o la felicidad tiende a eclipsarse y a buscar sucedáneos en el placer o la diversión.
La alegría no tiene entidad física ni forma. No podemos tocarla. Es una experiencia subjetiva intransferible. ¿Cómo escribir sobre ella sin reducirla a una idea? Hemingway tenía una receta: decía que para conjurar un sentimiento en la página había que describir los hechos concretos que lo provocaron.
En un cuento célebre, Katherine Mansfield optó por narrar el modo en que se expresa. Así se ve la alegría en acción:
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A pesar de que Bertha Young tenía 30 años, había momentos, como aquel, en que sentía vivos deseos de correr en vez de andar, de subir y bajar de la acera al pavimento con saltitos graciosos, de hacer rodar un aro, de arrojar algo por los aires y atraparlo de nuevo, o bien de quedarse quieta, riendo. de nada, sencillamente riéndose. ¿Qué se puede hacer cuando se tienen 30 años y, de pronto, al dar vuelta la esquina, llega la felicidad, la felicidad absoluta y total, como un golpe de viento, como un ramalazo, y es como haberse tragado un pedazo del radiante sol de la tarde que quema en el pecho e irradia una lluvia de chispas sobre cada partícula del cuerpo, cada dedo y cada uña?
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La alegría es una emoción. Y la emoción es movimiento, impulso. Ambas palabras, emoción y movimiento, provienen de la misma raíz latina, emotio. Mansfield parece haberlo intuido al correr de su prosa. Pero no solo eso: se las arregló además para describir la sensación física que según la ciencia despierta la alegría. "A diferencia de lo que pasa con otras emociones básicas como el miedo o la tristeza, que se sienten principalmente en el pecho, la alegría, asociada a la felicidad, provoca sensaciones de activación a lo largo de todo el cuerpo", dice el neurocientífico Facundo Manes. En cada dedo y cada uña.
En esto, el hombre de las cavernas está más cerca de nosotros de lo que creemos. Las emociones nos acompañan en la aventura evolutiva desde los tiempos en que andábamos semidesnudos y con el as de bastos en la mano. Su función esencial es ayudarnos a hacer frente a las demandas del entorno. "Los humanos nacemos programados con una serie de emociones básicas y universales, que nos empujan a buscar o evitar determinados estímulos y comportamientos. La única que no es neutra ni negativa es la alegría, una emoción positiva en la que queremos refugiarnos, deleitarnos, instalarnos.
Pero no podemos. El subidón químico de la alegría se disuelve muy pronto y nos vemos obligados a seguir buscándola", dice la española Elsa Punset, licenciada en Filosofía y Letras y máster en Humanidades por la Universidad de Oxford, que hace poco visitó la Argentina para presentar su libro Felices (Destino).
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La alegría es un bien escaso. Y a veces nos conformamos con sucedáneos, porque ella viene cuando quiere y sin aviso. En una realidad que ha cambiado desde los días de la prehistoria pero que impone peligros e incertidumbres análogos, ¿qué formas adopta? ¿Qué la produce o estimula? ¿Vive el mundo, en este siglo XXI, tiempos favorables o adversos para su aparición? ¿En qué medida se trata de un sentimiento que podemos convocar más allá de las circunstancias?
Volvamos a la treintañera Bertha Young, en pleno subidón químico. ¿Qué está pasando en su cuerpo mientras ella quiere saltar una y otra vez de la acera al pavimiento, entre otras cosas, y siente que el sol entibia por dentro cada partícula de su persona?
"La alegría produce una liberación de dopamina, oxitocina y serotonina -describe 
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Manes-. Y activa muchas regiones del cerebro interconectadas, incluyendo algunas de la corteza prefrontal ventral y los ganglios basales, asociadas también con sensaciones de placer, bienestar hedónico, motivación y procesamiento de recompensas".
Un estado adictivo. Pero difícil de conseguir. Esa descarga química puede ser desencadenada por hechos externos (alcanzar una meta, recibir un premio o una buena noticia, disfrutar de algo o alguien) o internos (ciertos pensamientos y recuerdos). Las otras emociones básicas precipitan acciones determinadas (ante el miedo, escapamos; en un rapto de ira, atacamos) pero la alegría, menos específica, provoca ganas de hacerlo todo a la vez, como le sucede a Bertha Young. A pesar de ese derroche de actividad, una de las funciones de la alegría, explica Manes, es aumentar la energía disponible y atenuar el impacto de las emociones negativas, que consumen recursos del cuerpo. Una lucha desigual: ¿qué puede hacer una sola emoción contra muchas?
Cualquiera diría que el ser humano viene mal "seteado", pero no es así, pues para ser tocado por la varita mágica de una alegría primero hay que existir sin morir en el intento, y eso no sale gratis.
"Tenemos un cerebro programado para sobrevivir -señala Punset-. Al cerebro no le importa que llegues feliz a la noche, le importa que llegues vivo. Un exceso de alegría no sería adaptativo: si no tuviéramos hambre o frío, no buscaríamos comida o cobijo; si no sintiéramos ira, no defenderíamos la justicia social o a nuestros seres queridos; si no tuviéramos miedo, nos comerían los leones. Por eso el cerebro detecta, exagera y memoriza mejor lo negativo. Es teflón para lo positivo y velcro para lo negativo".
Estado de ánimo
Es así, tenemos un sesgo negativo. Sin embargo, eso no nos condena a una errancia infinita por mares de tristeza y pesar. Además de la alegría como emoción, explica Manes, existe otra de otro tipo: es la alegría como estado de ánimo o disposición afectiva, que se diferencia de la primera en el foco y la duración. Esta no se asocia a una causa o una razón aparente y puede durar más. Y elige a aquellos que tienen tendencia a ver el vaso medio lleno. "Aunque la emocionalidad positiva está ligada a factores genéticos en un 50%, aproximadamente, hay una parte importante que depende de circunstancias vitales y de factores que se pueden controlar con la intención".
Punset señala que solemos convivir con el sesgo negativo sin cuestionarlo, y eso afecta nuestra capacidad de sentir alegría o de ser felices. Dejado a sus propios medios, el cerebro genera más negatividad que positividad. Por eso la felicidad, dice, requiere consciencia y trabajo, y depende de cada cual. "Los estudios muestran que las personas felices suelen sentir y generar mucha alegría. La alegría está íntimamente relacionada con la felicidad".
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El humorista
Roberto Moldavsky, que acaba de publicar Goy friendly (Planeta), tiene su mirada sobre el asunto. Admite que el humor no es lo único que provoca alegría, pero afirma que no falla. "Hacer reír es una de las cosas más placenteras que hay. Y recibir la alegría que vuelve del otro lado. Eso me hace reír a mí y me produce alegría. No conozco el concepto de felicidad como algo constante, pero trato de sumar todos los momentos de alegría posibles. Más allá de los problemas que tengas, cuando vas a ver un espectáculo de humor buscás eso, un rato de felicidad".
Cuando termina la función, Moldavsky sale al hall del teatro a saludar a la gente. En su caso es al revés, dice: él les pide la foto. Muchos le agradecen las risas después de una semana agobiante o llena de problemas. Otros le han contado que un familiar enfermo se ríe desde la cama con sus videos o con las cartas de amor que lee en el programa de radio de Fernando Bravo. "Uno no puede hacer nada ante la gente que la está pasando mal, no les vas a cambiar la realidad, pero les regalás un rato de felicidad. A pesar de todo, pueden reír y pasar buenos momentos. Se han encontrado comedias a medio escribir entre los papeles de los prisioneros del gueto de Varsovia, la antesala de la muerte. Había gente escribiendo textos humorísticos quizá en el último día de su vida. Fijate hasta dónde puede llegar el humor y la necesidad que existe de encontrar ese refugio. La risa tiene un valor terapéutico en todo tipo de situaciones".
-¿Qué es la risa?
-Es la expresión más genuina de la alegría que conocemos. Hablo de esa risa natural que surge y no se puede evitar. La risa no miente y hay que soltarla. El llanto, del otro lado, sería algo parecido. Como cuando te emocionás con una película.
Todo tiene dos lados. Y el rato de felicidad, como dice Moldavsky, ese que viene cuando menos se lo espera a despeinarnos como una brisa, a veces se recorta sobre un fondo oscuro.
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En ese sentido, Abelardo Castillo sostuvo que la literatura es un conjuro contra la infelicidad y la desdicha. "Uno confunde la felicidad con las felicidades, con ciertos momentos transitorios de dicha o alegría -escribió en Ser escritor-. La felicidad absoluta no existe, y se escribe, justamente, porque la felicidad no existe. Existen pequeños instantes de felicidad, o alegrías fugaces, que si se consigue perfeccionarlos en la memoria pueden ayudar a vivir durante muchísimos años. La literatura también es un intento de eternizar esos momentos".
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Tristeza não tem fin, felicidade sim, escribió
Vinicius de Moraes. "La felicidad es como una gotade rocío en el pétalo de una flor/ Brilla tranquila/ después, leve, oscila/ y cae como una lágrima de amor", dice "A Felicidade", un himno de la bossa nova al que Tom Jobim puso música. Son versos inspirados que acaso fueron dictados también por la larga tradición del samba, un género que se afirma en la alquimia: de la pena hace brotar la alegría. Al son de pandeiros y cavaquinhos, la tristeza y el llanto se transmutan en risa y movimiento. En melodía y ritmo. En baile y canto que concilian ambos polos.
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Ese juego oscilante entre la pena y la dicha es el que
Paulo César Pinheiro, uno de los mayores cultores del género, les reclama a las nuevas generaciones en una composición reciente: " Eu tenho saudade dos sambas de antigamente Quando o samba deixaba uma vaga tristeza no peito da gente/ Não era amargura, e nem desventura e nem sofrimento/ Era uma nostalgia, era melancolia, era um bom sentimento/ Nos dias de hoje o samba ficou diferente/ Não tem mais dolência, mudou a cadência e o povo nem sente/ Sua melodia é uma falsa alegria que pasa com o vento/ Ninguêm percebeu, mas o samba perdeu sua voz de lamento".
Pinheiro previene contra la falsa alegría, un mal de este tiempo. "En nuestra sociedad de consumo solemos confundir felicidad con placer -dice Punset-. Los placeres como la comida, el sexo o las distracciones son una fuente fácil de felicidad, pero no son suficientes. El cerebro humano es mucho más complejo y ambicioso".
-¿Son buenos o malos tiempos para la alegría?
-Vivimos tiempos apasionantes, porque estamos inmersos en una revolución tecnológica que está disparando la generación, el acceso y la aplicación de oleadas de conocimiento. Nunca hemos tenido esta capacidad para comunicarnos, para colaborar y mejorar el mundo que nos rodea. Pero tampoco hemos tenido nunca tanta capacidad de hacer tanto el bien como el mal. Por eso son tiempos de urgencia, inestables, donde todo se cuestiona y cambia a una velocidad desconocida. Esto genera estrés y preocupación, y activa el cerebro humano programado para sobrevivir. Es una de las razones por las que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, aunque mejore notablemente nuestro confort, no mejoran los indicadores de felicidad, y empeoran muchos indicadores de salud mental y emocional.
Desconectados
Según Punset, la falta de conexión conspira contra la alegría. "No somos islas, y en este mundo tan acelerado vivimos todos en una cierta desconexión. Con uno mismo, con los demás, con el medioambiente. Necesitamos sentirnos unidos y conectados a las personas y al mundo que nos rodea. Al mismo tiempo, elegir experiencias, relaciones y aficiones que nos apasionen y solo dependan de nosotros. Aprender a crear tu propia felicidad sin esperar que venga de fuera es uno de los retos de la madurez emocional".
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Manes, que acaba de publicar
El cerebro del futuro junto con Mateo Niro, afirma que, de acuerdo con investigaciones en psicología positiva, el placer o los logros circunstanciales no son suficientes para afianzar el bienestar subjetivo o la felicidad. "Se necesita otro ingrediente -apunta-. Sentir que la vida tiene significado y vale la pena vivirla".
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En 1899,
Hermann Hesse decía en un artículo que son muchos los que viven en un estado de apatía triste y sin amor. Y se lamentaba de que había que remontarse al Renacimiento si se quería encontrar una concepción de la vida como una cosa alegre, como una fiesta.
La alta estima en que se tiene al minuto, la prisa como primordial causa de nuestra forma de vida es sin duda el enemigo más peligroso de nuestra alegría", escribió. Y, como si su mirada hubiera podido atravesar un siglo de tiempo hasta nuestros días, agregó: "La consigna es 'mucho y pronto'. De aquí resulta cada vez más diversión y cada vez menos alegría".
Las más bellas alegrías son las que no cuestan nada, dice en ese texto. E invita a contemplar la naturaleza y las calles, para abarcar "la inagotable fiesta de la vida pequeña". Lo importante, dice, es abrir los ojos. "Un pedazo de cielo, una tapia tapizada de verdes enredaderas, un buen caballo, un lindo perro, un grupo de niños, una bella cabeza de mujer; no nos dejemos robar todo esto".
Quien lea "Felicidad", el cuento de Katherine Mansfield citado más arriba, descubrirá que la alegría de Bertha Young era efímera. La alimentaba una expectativa y la hirió de muerte un desengaño. Así suelen ser a veces las alegrías. Intensas y frágiles. Como una pluma sostenida por el viento, según la canción de Vinicius. Aunque detrás de ellas haya un corazón perseverante.

H. M. G.

viernes, 16 de febrero de 2018

SUPER ACTUALIDAD; QUÉ PENA


La felicidad no viene solo de adentro
NUEVA YORK.- Cuando fue el atentado a fin de año que se llevó la vida de cinco argentinos, Brian Winter, editor del America's Quarterly, publicó un artículo emocionante y muy divulgado titulado "Estos chicos representaban lo mejor de la Argentina".

Para Winter, un texano que estuvo trabajando en nuestro país, los amigos que habían viajado en grupo para festejar sus 30 años de egresados del colegio eran un reflejo de los especialmente fuertes vínculos que había sentido durante su paso por la Argentina.
Viviendo en la Gran Manzana, el tema de los amigos puede ser un poco más complicado. De hecho, cuando mis hijos estaban en el jardín de infantes, tuvimos una charla en la que un especialista en educación temprana señaló que a veces los chicos de las nuevas generaciones aquí no saben tener amigos no solo por el tema de Internet, sino también porque rara vez ven a los padres con amigos como modelo a imitar. Todo el mundo está tan preocupado en cosas como trabajar, tener la casa bien, ayudar con la escuela y, en el momento libre, hacer algún tipo de ejercicio o actividad individual para centrarse que los amigos están en el corazón, pero no en la vida cotidiana.

Y esta tendencia, que puede verse como una extensión del individualismo americano, puede tener otros riesgos también. Esto lo demuestra un nuevo libro, America the Anxious: How Our Pursuit of Happiness is Creating a Nation of Nervous Wrecks(Estados Unidos, el país ansioso: cómo nuestra búsqueda de felicidad está creando una nación de neuróticos). En él, la periodista Ruth Whippman ilustra cómo el mantra de que "la felicidad viene de adentro" ya es considerado una certeza y que la búsqueda del bienestar se basa cada vez más en yoga, mindfulness, meditación, libros de autoayuda,apps y demás.
La autorreflexión, la introspección y algún grado de soledad son, naturalmente, una parte importante de una vida psicológicamente sana, y Whippman no niega el valor de distintas actividades para lograrlo. Pero ve que en la actualidad, para una parte significativa de la población, el tema quedó desbalanceado y la mayor parte de los estudios académicos sobre la felicidad concuerdan en que nuestra felicidad depende -oh, sorpresa- de otra gente.
Estudio tras estudio que cita Whippman muestra que las buenas relaciones sociales son el predictor más fuerte y consistente de una vida feliz. Esto sin importar sexo, raza, nivel de ingresos ni estudios. En temas de salud, la falta de conexiones sociales lleva consigo el riesgo de muerte prematura comparable con el de fumar, y es aproximadamente el doble de peligroso que la obesidad. Por eso Whippman señala que lo más significativo que uno puede hacer para el bienestar no es tanto "encontrarse a uno mismo" como nutrir las relaciones.
Por esa razón, en un muy comentado artículo que escribió para The New York Times, sostuvo que la próxima vez que haya que elegir entre ir a meditar o sentarse en el bar con amigos quejándose de la clase de meditación "habría que considerar seriamente ir al bar, sin importar lo que el app de la felicidad diga al respecto".

J. L.

sábado, 17 de diciembre de 2016

LA FELICIDAD



Todo el mundo tiene una idea de lo que necesita para ser feliz, pero esa idea no es necesariamente correcta.
Imaginemos por un momento que somos periodistas y, como nos ha tocado cubrir un móvil de TV en el Día de la Felicidad, realizamos una encuesta callejera preguntando a cada uno cómo creería alcanzarla. Así, nos topamos con respuestas del tipo: con unas vacaciones en una playa del Caribe, con una suma grande de dinero, a través de un prestigioso premio o de una impresionante conquista amorosa. Pero, a la quinta respuesta, traicionados por nuestra vocación, agregamos una consigna para otorgarle mayor intriga y fervor al asunto: ¿Y después de eso qué? ¿Cuánto crees que te duraría esa felicidad? En esta breve postal imaginaria se despliegan tres de claves que podemos abordar para reflexionar hoy en estos breves renglones sobre el valor de la felicidad: ¿De qué se trata? ¿Por qué nos ocurre? ¿De qué manera se nos da?



Sabemos que el cerebro dicta toda nuestra actividad mental. Es por eso que, aunque resulte recurrente, debemos decir que también la felicidad depende de él. Aunque la felicidad y el bienestar son conceptos íntimos y personales podemos comenzar dando cuenta de lo que le pasa a nuestro cerebro cuando estamos felices. Hace tiempo se sabe que el deseo y el placer evidencian cambios en la actividad neuronal y el flujo de ciertos neurotransmisores (como la dopamina) en los sistemas de recompensa del cerebro. Diversos estudios demuestran que, cuando disminuye la dopamina en el cerebro, puede experimentarse una pérdida de la capacidad de deseo y placer. Asimismo, cuando el cerebro no recibe estímulos placenteros, se produce un déficit de dopamina, provocando un estado de anhedonia, polo opuesto a la felicidad. Los niveles de dopamina inferiores a lo normal, que pueden estar relacionados con escasos momentos de satisfacción, provocan trastornos en los mecanismos de atención y concentración. También puede observarse falta de motivación y escasa respuesta a las recompensas.



Ahora bien, más allá de lo que nos pasa en la cabeza, la pregunta es cómo logramos que esa felicidad nos ocurra. Todos tenemos proyectos y motivaciones que nos producen preocupaciones cotidianas, esfuerzos y, en algunos casos, angustia: esto es lo que denominamos “circunstancias de la vida”, es decir, factores del mundo externo. Muchas personas logran sus objetivos y creen (quizá por eso lo persigan) que por el hecho de conseguir el objetivo ansiado van a ser más felices y se van a relajar sus preocupaciones y angustias. Lamentablemente, esto no suele suceder: logramos un objetivo e inmediatamente después de la satisfacción de un tiempo (puede ser una hora, un día, un año), empezamos a desear algo más: el que ganó uno quiere dos, el que pasó una quincena en la playa ahora desea un mes, el que recibió el premio nacional quiere el continental y el del continental, quiere el mundial. Una buena opción es, más que pensar que uno va a ser feliz cuando consiga lo que le falta, sea pensar que se es feliz por todo lo que se tiene. Pero esto, aunque parezca sencillo, también requiere de cierta predisposición y entrenamiento.



Diversos investigadores del nuevo campo de la Psicología Positiva han avanzado mucho en la respuesta mediante investigaciones científicas medibles, controladas y reproducibles. La felicidad no equivale al hedonismo, a la presencia de placer y a la ausencia de dolor. Martin Seligman de la Universidad de Pennsylvania, pionero de la Psicología Positiva, propuso una teoría del bienestar –una descripción de lo que significa la felicidad– a partir de decenas de investigaciones, en la que lo describe como un constructo con cinco elementos. Cada uno de estos contribuye al estado de felicidad y tiene tres propiedades: favorece el bienestar, las personas lo buscan como fin en sí mismo (otorga placer o sentido a la vida) y se pueden medir independientemente de los otros elementos. Hagamos un breve repaso de estos cinco elementos:
La emoción positiva. Esto es el placer, el éxtasis, la comodidad y el aspecto más hedónico de la vida (por ejemplo, lo que nos produce la comida, el sexo, descansar, mirar la televisión, sentir el agua caliente de la ducha caer en el cuerpo). La mayoría de las personas suelen asociar esto a la felicidad y, sin embargo, es solo un aspecto.
El fluir (flow). Es un estado psicológico específico que experimentamos cuando hacemos una tarea que nos apasiona (conversar con un amigo, practicar un deporte o jugar en la computadora). Durante esas actividades suceden sobre todo dos cosas: una es que perdemos la noción del tiempo; la otra cosa es que perdemos noción de nosotros mismos. Esto sucede porque baja la ansiedad y el estado de alerta. Para que exista el flow tiene que haber un desafío u objetivo, que no sea muy grande, porque nos abrumaría, ni un desafío muy bajo, porque nos aburriría.
El sentido. Este resulta de hacer una tarea significativa por los demás, desde pasar tiempo con la familia hasta involucrarse en una ONG o ayudar al prójimo en el día a día. Significa encontrar un sentido o proposito a la vida más allá de uno.



Los logros, el éxito y la experticia. Esto, sin dudas, es algo que ocupa la mente de muchas personas durante gran parte del día. Como ya vimos, ciertos logros no traen necesariamente el aumento de felicidad que se espera, aunque la ciencia encontró que hay personas para las cuales sí funciona y es porque pueden venir acompañados, aunque no siempre, de emoción positiva, flow y sentido.
Relaciones positivas. El estudio más largo de la psicología es de la Universidad de Harvard y se trata justamente sobre la felicidad. Se hicieron encuestas a distintas personas cada dos años para ver qué circunstancias y actitudes hacía que mejorara o empeorara su calidad de vida. Los resultados del 2015 (qué reúne los resultados de los 75 años) arrojaron que uno de los factores más importantes es cuánto disfrutaban de las relaciones más íntimas. 



Somos animales sociales, por lo cual las cosas que más nos dan sentido, flow, placer, orgullo y confianza suelen involucrar a otras personas. Sonja Lyubomirsky, profesora de la Universidad de California en Riverside, ha dedicado su carrera a medir científicamente el impacto de distintas estrategias y tareas en el aumento de la felicidad. En su libro La ciencia de la felicidad resume un programa específico para aumentar la felicidad duradera. Según las investigaciones, a partir de estudios que comparan gemelos y mellizos, aproximadamente un 50% de la felicidad de una persona suele deberse a predisposiciones genéticas. Estos estudios muestran que las influencias genéticas generan personalidades con distintos niveles de optimismo, alegría, neurosis, extroversión, etc. 



Por lo tanto, todos solemos desarrollar personalidades que tienden a más o menos al bienestar, ya que deben existir ciertas condiciones ambientales para que los genes se pongan de manifiesto. Por otro lado, un 10% de nuestra felicidad puede ser mejorada por la circunstancias de la vida que vimos anteriormente como ganar más dinero o conseguir un logro profesional (mucho menos de lo que nos hubiéramos imaginado, ¿no?). El 40% restante está influido por las intenciones y la voluntad, la manera de encarar la amplia variedad de cosas que nos suceden en el día y en la vida: la voluntad de ver positivamente las cosas, de hacer las tareas que incrementan el flow y ayudan a los demás.
En relación a esto, Lyubomirsky esboza una serie de actividades que han probado aumentar el nivel de felicidad cuando son practicadas frecuentemente. Por ejemplo, como dijimos al principio, en vez de preocuparnos sobre qué nos falta o qué nos puede pasar, debemos pensar por qué cosas estamos agradecidos. La biología seleccionó animales con una fuerte dosis de ansiedad y preocupación, ya que aquellos que más intentaban anticipar los riesgos del mundo más sobrevivían. 

Los avances de la medicina, de la tecnología y de la psicología deberían permitir comenzar a relajarnos y disfrutar de lo que conseguimos hasta acá. El ejercicio físico también es fundamental, ya que reduce el estrés. El estudio longitudinal de Harvard mostró que el 78% de las personas más felices dicen que ejercitan por lo menos tres veces por semana. Los deportes además pueden ser una fuente para construir un sentido de pertenencia a un grupo y un factor para desarrollar confianza. Sin duda, entrenar el cuerpo sirve para entrenar la mente. Por último, otra habilidad a entrenar es el optimismo: tiene que ver con pensar que uno es suficientemente bueno e inteligente y que, además, está aprendiendo, por lo que hay espacio para cometer errores. Este optimismo, a su vez, lleva a que efectivamente logremos mejores resultados. Desde los estudios neurocientíficos también se plantea la relevancia de vivir con alegría y así trabajar en pos de modular nuestra propia neuroplasticidad dirigida hacia la felicidad.


Un cerebro infeliz es un cerebro menos inteligente, menos creativo y menos productivo. La felicidad, además, es un factor de protección contra enfermedades de diversa índole: los niveles más altos de emociones positivas se asocian a menores posibilidades de ansiedad o depresión asociados al estrés. Las personas, cuando se sienten bien, se enferman menos, viven más y tiene una mejor calidad de vida. Hagamos de la felicidad un ejercicio cotidiano.

F. M. 

sábado, 19 de noviembre de 2016

EL DINERO, EL TIEMPO Y LA FELICIDAD


Para ser feliz, el tiempo es más importante que el dinero 


De acuerdo al último ranking mundial de felicidad confeccionado por Economistas de Naciones Unidas, Argentina ocupa el puesto 26; por delante de España, Italia y Francia. Estados Unidos, el país más rico del mundo apenas llega al decimotercer lugar, mientras que Japón tiene 51 países por delante. En el idioma de Cervantes; el dinero no permite comprar la felicidad.
Pero ¿se puede medir la felicidad? ¿acaso no se trata de un estado psicológico absolutamente subjetivo? Para ambas preguntas la respuesta es sí. Hace más de 60 años que encuestadoras internacionales como Gallup incluyen en sus relevamientos preguntas del tipo “Teniendo todos los factores en cuenta y hablando en términos generales, Usted diría que es muy feliz, algo feliz, poco feliz o para nada feliz”. Alternativamente, en esos mismos cuestionarios, emergen preguntas sobre bienestar subjetivo como “Teniendo todos los factores en cuenta y en términos generales, cuan satisfecho esta con su vida en una escala de 1 a 10”.
Si la gente no parece tener problemas para ponerle una nota al boletín de su vida, menos dificultad tenemos los economistas para cruzar luego esas respuestas con otros indicadores socioeconómicos. Y aquí es donde las cosas se ponen interesantes, porque hace 42 años un economista llamado Richard Easterlin descubrió lo que el último ranking mundial confirma; simplemente no es cierto que en los países con mayor ingreso per cápita la gente sea más feliz que en las regiones con ingresos medios. Por supuesto, como demostró la investigadora Carol Graham un tiempo después, el dinero sí importa cuando se pasan necesidades, pero más allá de un umbral de ingresos básicos, más plata ya no hace diferencias en materia de bienestar subjetivo.
Tres sospechosos
En el afán por entender un poco más el problema, los investigadores Eduardo Lora y Juan Chaparro descubrieron que en muchos casos a la gente le importa más su posición relativa en la distribución de los ingresos, que el monto absoluto de los mismos. Eso explicaría por qué si se duplican todos los ingresos, aunque todos estaríamos mejor, los indicadores de felicidad no se moverían, en tanto y en cuanto no se modifica el estatus social de cada uno. 


La importancia de compararse con otros puede deberse a que necesitamos un punto de referencia para definir nuestras expectativas, pero también es posible que exista una razón innata que no nos deje tan bien parados como especie. En efecto, los animales sociales tienden a ordenarse jerárquicamente para determinar el orden de acceso a los recursos reproductivos y de supervivencia en épocas de escasez. En ese sentido, el sociólogo Thorsten Veblen planteó hace casi un siglo la idea de que buena parte de los consumos que hacemos tienen como objeto no ya la satisfacción de una necesidad de obtener placer individual, sino que se hacen para conseguir estatus y mejorar la posición social relativa.
Un segundo sospechoso es un fenómeno psicológico llamado “efecto habituación”, que da cuenta de que nos acostumbremos rápidamente a las nuevas condiciones, en las buenas y en las malas. Soy de una generación para la que el máximo aspiracional, en plena década del 80, era tener un televisor color de 20 pulgadas. Treinta años después esos dispositivos duplicaron su tamaño y la verdad que la experiencia de ver un partido o una película hoy no nos hace más felices que cuando hace muchos años lo hacíamos en una tele más chica.
La tercera razón que permite entender por qué a pesar de tener más ingresos no somos más felices es que como descubrió el Psicólogo de Harvard Dan Gilbert, tenemos una suerte de mecanismo de supervivencia cognitivo por el que fabricamos felicidad sintética, cuando fracasamos en la obtención de satisfacciones genuinas. Así, cuando no conseguimos ese ascenso que veníamos buscando nos amargamos primero, pero en enseguida empezamos a buscar excusas para justificar nuestro fracaso. Aparecen entonces expresiones como: “bueno, al final mejor que no me dieron el puesto porque iba a tener que viajar mucho”, o “después de todo la paga no justificaba las mayores responsabilidades que habría tenido que asumir”.
¿Qué es lo que nos hace felices?
Con su típico tono pausado, humilde y algo campechano, el ex Presidente uruguayo Pepe Mujica lo puso más claro que el agua, cuando en una entrevista que luego se viralizó en las redes sociales dijo que ““inventamos una montaña de consumo superfluo y hay que tirar y vivir comprando y tirando, y lo que estamos gastando es tiempo de vida, porque cuando yo compro algo, o tú, no lo compras con plata, lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata, pero con esta diferencia; la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta y es miserable gastar la vida para perder libertad”.
Con Pablo Schiaffino de la Universidad Di Tella, quisimos chequear la hipótesis Mujica, metiendo preguntas sobre el uso del tiempo en un cuestionario de Gallup Argentina. Cuando cruzamos las respuestas de esas preguntas con las variables socioeconómicas y las declaraciones subjetivas de bienestar, descubrimos que lo más importante no era el ingreso, ni los hijos, ni el estado civil, ni el género, sino que la clave era justamente el tiempo. Más aún; tampoco importaba la cantidad de horas dedicadas al trabajo, ni movían la aguja de la felicidad el tener una vida laboral muy intensa o una dedicación grande a las actividades físicas. El determinante fundamental de satisfacción subjetiva era el tiempo que la gente pasaba con su familia, con sus amigos y en actividades sociales.
¿Qué pueden hacer los gobiernos? 


Lo que muestran todas las investigaciones internacionales y confirman nuestros propios estudios con datos de Argentina, es que, si bien los ingresos importan en el tramo bajo de la distribución, pasado un nivel de clase media de poco sirve obsesionarse con que sigan creciendo.
Eso quiere decir que el foco de las políticas públicas tiene que estar primero en pasar del eslogan, a la realidad de una apuesta concreta y contundente por la baja de la pobreza. Luego si la clave de la felicidad es recuperar tiempo para dedicarlo a la familia, los amigos y las actividades sociales, quizás haya llegado la hora de copiar el modelo francés de reducción de jornada laboral, buscando converger a semanas de 35 horas de trabajo primero y 30 horas más adelante. Alternativamente podemos estudiar un modelo como el sugerido por el empresario Carlos Slim que planteaba una semana de tres días de esfuerzo y cuatro de descanso.
Tampoco necesitamos que este cambio sea instantáneo. Se trata más bien de elegir que en lo sucesivo y pasado un nivel de ingresos mínimo, las mejoras de productividad que se logren en la economía se traduzcan en menos cantidad de horas trabajadas, en vez de reflejarse en mayores salarios.
La propuesta puede parecer a primera vista demagógica o impracticable, pero si las estimaciones de los tecnólogos laborales son correctas y estamos yendo de manera acelerada a un mundo donde no será necesario trabajar porque la mayoría de las tareas podrán ser automatizadas y llevadas adelante por un robot, pues lo que estoy planteando ocurrirá de todos modos y el debate es en todo caso si el Estado regula y administra esa transición o se da de bruces contra una realidad de alto desempleo estructural que no puede evitar.

M. T.