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domingo, 15 de abril de 2018

DINERO, ESTADO, RELIGIÓN...OPINA LORIS ZANATTA




Loris Zanatta
Es necesario decir con claridad si compartimos los principios de las democracias modernas, que son laicas y pluralistas
La pregunta es antigua, pero siempre actual: ¿el Estado tiene que financiar a la Iglesia Católica? Y en ese caso: ¿por qué? ¿Y cómo? En la Argentina el tema volvió al centro del debate en los últimos tiempos, cuando se hizo público cuánto les paga el Estado a algunos obispos, pero en forma cíclica ha marcado toda la historia de la república. En otros lugares no es diferente: en el mundo católico, sobre todo. En Italia, la controversia es recurrente. En España, también. No por casualidad: es donde el legado del Estado confesional se mantiene más fuerte.
Libertad religiosa, Estado laico, distinción entre ciudadano y fiel: no son conceptos nacidos en el área católica. La Iglesia luchó contra ellos hasta hace tiempos no tan remotos, antes de hacerlos suyos. Por eso, el nacimiento de una esfera política autónoma de la religiosa ha sido a menudo tan dolorosa. Y cuanto más fuerte y arraigada la idea del Estado confesional, más violenta la división: véanse España o México. El financiamiento estatal de la Iglesia es, justamente, un legado de esa historia. Para algunos debe permanecer: creen que la política debe estar al servicio de la religión. Para la mayoría es una tradición, un hábito.
En el área protestante el problema también existe. Desde Alemania y los países escandinavos hasta algunos estados de los Estados Unidos, el tema sigue siendo objeto de acalorados debates. Y la pregunta es siempre la misma: ¿debe el Estado financiar a las iglesias? ¿Por qué? ¿Cómo? En este caso, la pregunta es en plural: "las iglesias". Y esto ya marca una enorme diferencia. Especialmente si entre esas iglesias hay un cierto equilibrio y no, como en los países católicos, una inmensa asimetría entre una iglesia, la católica, y todos los demás cultos religiosos. Sin embargo, la casuística es muy variada: pasamos de Holanda, que hace algunas décadas eliminó todo subsidio, a la Argentina y a algunos otros países, donde el Estado mantiene un tipo de financiación fuera de tiempo, muy raro incluso en los países católicos. Lo establece la Constitución, dicen. Es una vieja historia. Pero las constituciones se cambian. Incluso la holandesa lo preveía: la cambiaron.
El tema es complejo y delicado. Toca heridas y debe tratarse con la delicadeza y sensibilidad que merece. Como todos los temas que se prestan al choque entre visiones conflictivas del mundo, es aconsejable tratarlo de la manera más pragmática posible. A menos que se desee la guerra, que se quiera imponer la razón de una parte a costa de la otra, que esperará el momento para devolver la cortesía. El riesgo, en tales cosas, es que al estar tan convencidos de las propias razones, tan seguros de estar en lo correcto, no consideren las razones del otro. Por eso el problema se ha perpetuado durante dos siglos y de vez en cuando vuelve a surgir.
Sería simple para mí: no soy creyente, no pertenezco a ninguna iglesia, no quiero financiar con mis impuestos instituciones con las que a menudo no comparto ideas y fines. Además, me indigna la opacidad de tal financiación: subsidios, deducciones, exenciones. Es intolerable. Lo resolvería de forma drástica: ¡cortémoslos todos! Pero precisamente porque soy respetuoso de la autonomía de la política respecto de la religión, no creo que sea apropiado en asuntos tan urticantes blandir los principios como dogmas: recibiría a cambio los dogmas como principios y la eterna lucha continuaría.
Consciente de que lo mejor es a menudo enemigo del bien, creo que el tema merece un debate cultural serio y la búsqueda de una solución política; y como todas las soluciones políticas, un sabio acuerdo. Entre otras cosas porque -¡cómo no darse cuenta!- el tema es resbaladizo para todos: ¿hay otro tema que se preste más a la utilización política? La historia está llena de lobos que aullaban desde los bancos de la oposición empujando a los gobiernos a cruzar espadas con la Iglesia, salvo cuando la papa caliente pasaba a sus manos una vez llegados al gobierno y entonces se convertían en corderos.
Creo que la mejor manera de poner la cuestión en el camino del debate civil y dirigirla hacia una solución política empieza por cambiar el léxico. No porque cambiar las palabras cambie el contenido, sino porque las palabras utilizadas son a menudo incorrectas y evocan fracturas que ya no tienen motivo para existir. El financiamiento de la Iglesia Católica no es una cuestión de creyentes contra no creyentes, de católicos contra liberales, de nacionalistas contra cosmopolitas. El tema subyacente es qué tipo de Estado se desea; qué tipo de sociedad se quiere. Y es un tema que interesa tanto a creyentes como a no creyentes, católicos y liberales.
Entiendo y respeto el argumento de muchos católicos argentinos: la Iglesia proporciona servicios sociales de utilidad colectiva y eso justifica el financiamiento público como justifica el de muchas instituciones socialmente útiles. ¿Cómo no apreciar el trabajo de Cáritas, por nombrar una? Pero una cosa es subsidiar esas actividades y otra muy diferente es financiar a "la Iglesia" con el dinero de todos los contribuyentes. Si yo fuera católico, sería el primero en exigir que el ciudadano expresara su voluntad de financiar o no a la Iglesia: en su declaración tributaria, como ocurre en muchos lugares; adhiriendo a una confesión religiosa y pagando el impuesto correspondiente, como en Alemania. Pero sin cargas adicionales para los otros ciudadanos; no como pasa en casi todos los países católicos, donde el financiamiento de la Iglesia es un delta de mil brazos del que nadie conoce todos los secretos. No son sistemas perfectos, ni mucho menos, para quien, como yo, piensa que la Iglesia debería autofinanciarse sin pasar por el Estado. Son compromisos.
El hecho es que la subvención estatal desresponsabiliza: si fuera creyente, me gustaría ver mis valores volar con las alas de aquellos que creen e invierten en ellos, no con el piloto automático de la prebenda del Estado que alimenta la adicción, el formalismo religioso: soy católico porque soy argentino, italiano, español; el Estado es católico por mi cuenta. ¡Pero la Iglesia se quedaría sin el dinero para mantenerse!, gritan algunos alarmados. ¿Quién dijo eso? ¿Tienen tan poca confianza en sus fieles? No le vendría mal a la Iglesia contar con semejante termómetro de la confianza que en ella tienen los ciudadanos. Católicos o no.
Vista de esta manera, la cuestión prosaica del financiamiento público de la Iglesia Católica toca nudos históricos que no son en absoluto prosaicos. La pregunta es si la religión debe estar vinculada con el Estado o es un elemento de la vida social; si de ella debe hacerse cargo el poder público o los ciudadanos de acuerdo con su conciencia; si la nostalgia del Estado católico persiste o si los católicos adhieren a los principios liberales de las democracias modernas, que son por definición laicas y pluralistas. La cuestión no debería siquiera ponerse en el siglo XXI. De hecho, no creo que se ponga: se puede ser católico y liberal; y viceversa.

Ensayista y profesor de historia en la Universidad de Bolonia, Italia

sábado, 20 de enero de 2018

ECONOMÍA; HISTORIA DEL DINERO


El origen del dinero y el intercambio como base de la vida económica
Javier Milei




¿Cómo fue el comienzo de la moneda? Claro es que Robinson Crusoe no tenía necesidad alguna de moneda. No hubiera podido alimentarse con piezas de oro. Tampoco Crusoe y Viernes, para intercambiar, pescado por madera, tenían por qué preocuparse del dinero. Pero cuando una sociedad se expande más allá de unas pocas familias, queda preparado el campo para que aparezca la moneda.
Por ello, para explicar el rol de la moneda debemos remontarnos aún más atrás y preguntarnos: ¿cuál es el motivo de que se introduzca el intercambio entre los hombres? El intercambio es la base principal de nuestra vida económica. Sin intercambio, no existiría economía verdadera y tampoco habría sociedad. El intercambio es un acuerdo entre A y B para la transferencia de los bienes o servicios del uno a cambio de los bienes o servicios del otro y resulta obvio que en el intercambio voluntario ambas partes esperan beneficiarse, ya que cada uno atribuye mayor valor a lo que recibe que a lo que entrega en cambio.
¿Por qué tendrá que ser el intercambio algo tan universal en la especie humana? Fundamentalmente, a causa de la gran variedad que existe en la naturaleza: la variedad en el hombre, y la diversidad en la ubicación de los recursos naturales. Todo hombre posee un conjunto diferente de habilidades y aptitudes, y todo lote de terreno está dotado de características peculiares, que son únicas, de sus propios recursos distintivos. La especialización permite que cada hombre desarrolle su mejor habilidad, y hace posible que cada región desarrolle sus propios y particulares recursos naturales. Si ninguno pudiera intercambiar, si todo hombre estuviera forzado a ser completamente autosuficiente, es obvio que apenas podríamos mantenernos con vida. El intercambio no sólo es la sangre vital de nuestra economía, sino de la civilización misma.
Sin embargo, el intercambio directo de bienes y servicios (trueque) alcanzaría escasamente para mantener a una economía por encima del nivel primitivo. Si bien el trueque es positivo, sólo es algo mejor que la autosuficiencia pura. Sus dos problemas fundamentales son la indivisibilidad y la falta de coincidencia en las necesidades. De modo que, si un granjero tiene un arado, que desearía cambiar por huevos, pan y un traje, ¿cómo podría hacerlo? ¿Acaso podría partir su arado y dar un pedazo a un granjero y otro a un sastre?
Aun en el caso de que los bienes sean divisibles, generalmente resulta imposible que dos personas dispuestas a intercambiar se encuentren entre sí en un momento dado. Pero el hombre, en su interminable proceso de prueba y error, descubrió el camino que posibilita alcanzar una economía de gran expansión: el intercambio indirecto. Mediante el intercambio indirecto, uno vende su producto, no a cambio de un bien que se precisa directamente, sino a cambio de otro bien que, a su vez, es vendido a cambio del bien que uno necesita. A primera vista, esto parece una operación imprecisa y tosca. Pero en realidad constituye el maravilloso instrumento que permite el desarrollo de la civilización.
Considérese el caso del productor de huevos A, que quiere comprar los zapatos que fabrica B. Ya que B no necesita los huevos que A produce, éste, al descubrir que lo que B necesita es manteca, cambia huevos por manteca elaborada por C, y la vende a B, a cambio de zapatos. Compra la manteca, no porque la necesita, sino porque valiéndose de ella podrá conseguir sus zapatos. Así, la superioridad de la manteca reside en su mayor comerciabilidad. Si un bien es más comerciable en el mercado que otro, si todo el mundo está convencido de que se puede vender más rápida y fácilmente, habrá mayor demanda de él, porque será usado como medio de intercambio. De este modo, dicho bien se convertirá en el medio a través del cual una persona especializada puede intercambiar lo que produce por los bienes producidos por otros productores especializados.
Esto es, el bien en cuestión se ha convertido en el medio de intercambio indirecto. En toda sociedad, son los bienes más vendibles los que gradualmente quedan elegidos para desempeñar el papel de medio de intercambio indirecto. A medida que aumenta su requerimiento como medio de intercambio, crece la demanda de tales bienes en razón de la finalidad para que son utilizados, y así se convierten en más comerciables aún, lo cual genera un círculo virtuoso sobre dichos bienes.
Finalmente, una o dos mercaderías llegan a utilizarse de modo generalizado como medio de intercambio indirecto, motivo por el cual terminan recibiendo la denominación de moneda o dinero. Históricamente se registró la utilización de muchos bienes como medio de intercambio: el tabaco, el azúcar, la sal, el ganado, los clavos, el cobre, los cereales y hasta el whisky. A través de los siglos, dos mercancías: el oro y la plata, han sobresalido en la libre competencia del mercado, para convertirse en moneda, y desplazaron a todos los demás artículos. Ambos han presentado una comerciabilidad única, tienen gran demanda como artículos de ornamentación y llegan a la excelencia en cuanto a las demás cualidades necesarias.
A su vez, la plata, por ser más abundante relativamente que el oro, ha sido considerada más útil para los intercambios menores, en tanto que el oro ofrece más utilidad para las transacciones de mayor valor. En todo caso, lo importante es que, por cualquier razón, el mercado libre, en un proceso selectivo, ha encontrado que el oro y la plata fueran las mercaderías más eficientes para servir de moneda.

El autor es economista

viernes, 22 de diciembre de 2017

EN "EL ESPACIO MENTE ABIERTA"; ASUNTOS DE DINERO

FEDERICO ANDAHAZI


Aunque no lo parezca, los libros y el dinero son hermanos directos. El pasado, el presente y el futuro de ambos está íntimamente relacionado. Tal vez resulte una figura revulsiva para algún escritor infatuado que se considera un habitante del platónico mundo de las ideas. Pero los hermanos no dejan de ser hermanos aunque no siempre se lleven bien. Los primeros y más famosos hermanos de los que nos habla la Biblia no fueron, precisamente, un ejemplo de convivencia fraterna.
La literatura siempre va un paso adelante del dinero. El debate en torno a la muerte del libro de papel a manos del libro digital se inició una década antes de la naciente polémica sobre la desaparición del dinero físico y su posible reemplazo por el bitcoin.
El libro se mantuvo prácticamente sin cambios desde 1445, fecha de la invención de la imprenta, hasta la reciente aparición de los formatos digitales. En el siglo XV se produjo una polémica mucho más profunda que la actual alrededor del libro. Recordemos que los libros eran cuidadosamente escritos a mano en los monasterios por monjes copistas y cada volumen llevaba meses y hasta años de trabajo. Los libros eran, literalmente, sagrados. Resultaba inconcebible que la Palabra pudiera surgir de un artefacto inanimado y no de la celosa pluma de un religioso. En mi novela El libro de los placeres prohibidos, describí la guerra que se desató entre los viejos copistas y los nuevos imprenteros a partir de la invención de Gutenberg. ¿Qué relación tiene esto con el dinero?
Pocos saben que el padre de Johannes Gutenberg era el director de la Casa de la Moneda de Maguncia, su ciudad natal. De manera que desde muy pequeño, Gutenberg aprendió de su padre el arte de la orfebrería y las técnicas de la fabricación de monedas. Los tipos móviles, de hecho, son hijos directos de la acuñación de moneda. Hizo falta que apareciera Gutenberg para que surgiera, tiempo más tarde, el inconcebible dinero de papel. No resultó fácil explicarle a un granjero que un cerdo era equivalente a un pedazo de papel sin valor alguno. Las monedas, al menos, conservaban su valor en metal. El billete nació como una suerte de "impresión" de la moneda sobre un papel. Y aquí encontramos el primer parentesco: el libro y los billetes se fabrican desde entonces y hasta hoy con la misma máquina: la imprenta.
Sin embargo, esta hermandad se remonta más lejos en el tiempo. Las primeras monedas estaban acuñadas en piedra, en metal o en arcilla. La misma arcilla en la que nació la escritura cuneiforme del Asia Menor. Las monedas y los símbolos escritos comparten las mismas herramientas e, incluso, la misma raíz lingüística. Los términos "acuñar", en relación con la moneda, y "cuneiforme", aplicado a la escritura, provienen ambos de "cuña", la herramienta con la que se escribía y con la que, más tarde, se acuñarían las monedas.
Pero el parentesco entre el dinero y la literatura es aún más antiguo: antes de que existiera el dinero, la gente intercambiaba mercancías e historias. Las tradiciones orales eran tan efímeras como el acto de un trueque. Hasta la convención de la sal como elemento de ahorro, no había manera de atesorar "valores" ni de conservar los relatos más que en la memoria.
Jamie Dimon, director del ejecutivo del JP Morgan, ha dicho recientemente que el bitcoin es un fraude. Pero no fue el único. En el extremo ideológico opuesto, Joseph Stiglitz, premio Nobel, fue más allá: "Deberían prohibirlo, el bitcoin es una estafa y está a punto de estallar". Es notable. Exactamente eso fue la imprenta. La estafa más exitosa del mundo. Gutenberg no inventó la imprenta, sino una máquina para falsificar manuscritos. En el siglo XV los libros eran inaccesibles. Estaban en poder de la Iglesia y de los hombres más poderosos de Europa. No existían las bibliotecas públicas y los libros se atesoraban bajo siete llaves. De hecho, un manuscrito iluminado con tintas de colores, encuadernado con pieles exóticas y cosido con hilo de oro podía valer lo mismo que un palacete. Muy pocos saben que Gutenberg fue encarcelado y sometido a juicio junto a sus cómplices, Johann Fust y Peter Schoeffer, por intentar vender un manuscrito falso a un poderoso coleccionista parisino. Ese "manuscrito falso" fue el primer libro impreso. Los parecidos son asombrosos: el primer "libro pirata" fue el primer e-book. La máquina de falsificar libros impresos fue la piedra basal de la poderosa industria editorial y Gutenberg pasó de villano a héroe. Seis siglos más tarde, sobre el formato del libro pirata se forjó el creciente mercado del libro digital. Debería saber el director del JP Morgan que Johann Fust, el cómplice que financió la estafa de Gutenberg, también era banquero.
Somos testigos privilegiados del cambio más importante de la historia desde 1445. Como en aquel entonces, podemos ver la incredulidad de quienes se resisten a los cambios. Los viejos financistas miran con asombro cómo muchos jóvenes que compraron bitcoins por unos centavos hoy cuentan delante de sus narices millones de dólares, mientras leen nuestras novelas en sus pequeños teléfonos celulares.
No hay forma de saber si el bitcoin es una gran estafa o el futuro del dinero. Probablemente sea ambas, tal como, en alguna medida, lo es el dinero convencional. Pero si queremos aventurar el futuro de nuestros ahorros deberíamos mirar nuestras bibliotecas. Los libros, en la forma y en el fondo, siempre predijeron el destino del dinero. Hoy como nunca, hay que saber leer los signos de los tiempos.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

TEMA DE REFLEXIÓN


Antes de leer lo que sigue te invito a pensar por un momento en la pregunta del título: ¿qué harías si estuvieras entre el 20% más rico del planeta? Si estuvieras en esa posición de privilegio, ¿cambiarías algo del tiempo y el dinero que destinás a ayudar a algunos de ese 80% que está en una situación menos favorable que la tuya?
Quiero ahora contarte sobre un estudio realizado por Elizabeth Dunn y Michael Norton de la Universidad de Harvard. Ellos encuestaron a un grupo representativo de la población estadounidense y les preguntaron acerca de sus gastos y su nivel de felicidad. Sorprendentemente -o no tanto-, encontraron que, superado cierto nivel de necesidades básicas cubiertas, no había relación entre el monto que gastaban en sí mismos y el nivel de felicidad que tenían. Pero la mayor sorpresa no era esa: quienes en vez de consumir elegían gastar su dinero en los demás sí mostraban correlación. Cuanto más destinaban a ayudar a otros, más felices resultaban en promedio.

Sin embargo, la existencia de correlación no alcanza para demostrar causalidad. Por eso realizaron un segundo experimento en el que formaron dos grupos de voluntarios y les entregaron un sobre con dinero. A una mitad les indicaron que gastaran el dinero ese mismo día en sí mismos. A la otra que los gastaran en cosas para otros. Al final de la jornada les preguntaron cuán felices se sentían. Y confirmaron el resultado anterior
Lo curioso es que la mayoría de nosotros desconocemos esta característica de nuestra propia felicidad. Al preguntar a un grupo grande de personas qué creían que los haría más dichosos, la mayoría opinó que sería el gasto personal. Y nuestras decisiones de consumo cotidianas suelen estar alineadas con esta creencia errónea.
Es momento ahora de volver ahora a la pregunta inicial. ¿Pensaste ya qué harías si estuvieras entre el 20% más rico del planeta? Aunque no lo creas tal vez es momento de que te plantees realmente ese interrogante.
Una abrumadora parte de la humanidad es mucho más pobre de lo que creemos. Existe una página en Internet creada por la ONG británica Care que permite ingresar el monto de tus ingresos anuales y utiliza datos del Banco Mundial para decirte en qué porcentaje de la población más rica estás. Los resultados son impactantes: si tu ingreso mensual supera los U$S 558 mensuales (en la Argentina de hoy unos $ 8650), ¡estás entre el 20% más rico del mundo! Si tenés la suerte de ganar U$S 1140 ($ 17.700), nueve de cada diez personas son más pobres que vos. ¡Y si llegás a los U$S 2700 ($ 41.900) estás dentro del 1% más rico del mundo! Aún cuando no seas millonario o millonaria, seguramente estés mucho mejor en relación con el resto de la humanidad de lo que creías.

En la Argentina no existe una cultura fuerte de filantropía. Pero si tenemos la suerte de tener agua potable y cloacas, si habitamos casas con piso y techo de material, si tenemos acceso a cobertura médica, si pudimos recibir una buena educación, si no pasamos hambre ni frío y tenemos trabajo, somos personas extremadamente afortunadas. Personas en una posición inmejorable para ayudar a quienes no han tenido tanta suerte como nosotros.
Ahora que quizá descubriste que sos de las personas más afortunadas del planeta, te invito a pensar si hay algo que querrías hacer distinto. Y, de acuerdo con el estudio de Harvard, si tu decisión es ayudar más, aparte de dar satisfacción a otros seguramente también te descubras más feliz como resultado.
S. B. 

sábado, 19 de noviembre de 2016

EL DINERO, EL TIEMPO Y LA FELICIDAD


Para ser feliz, el tiempo es más importante que el dinero 


De acuerdo al último ranking mundial de felicidad confeccionado por Economistas de Naciones Unidas, Argentina ocupa el puesto 26; por delante de España, Italia y Francia. Estados Unidos, el país más rico del mundo apenas llega al decimotercer lugar, mientras que Japón tiene 51 países por delante. En el idioma de Cervantes; el dinero no permite comprar la felicidad.
Pero ¿se puede medir la felicidad? ¿acaso no se trata de un estado psicológico absolutamente subjetivo? Para ambas preguntas la respuesta es sí. Hace más de 60 años que encuestadoras internacionales como Gallup incluyen en sus relevamientos preguntas del tipo “Teniendo todos los factores en cuenta y hablando en términos generales, Usted diría que es muy feliz, algo feliz, poco feliz o para nada feliz”. Alternativamente, en esos mismos cuestionarios, emergen preguntas sobre bienestar subjetivo como “Teniendo todos los factores en cuenta y en términos generales, cuan satisfecho esta con su vida en una escala de 1 a 10”.
Si la gente no parece tener problemas para ponerle una nota al boletín de su vida, menos dificultad tenemos los economistas para cruzar luego esas respuestas con otros indicadores socioeconómicos. Y aquí es donde las cosas se ponen interesantes, porque hace 42 años un economista llamado Richard Easterlin descubrió lo que el último ranking mundial confirma; simplemente no es cierto que en los países con mayor ingreso per cápita la gente sea más feliz que en las regiones con ingresos medios. Por supuesto, como demostró la investigadora Carol Graham un tiempo después, el dinero sí importa cuando se pasan necesidades, pero más allá de un umbral de ingresos básicos, más plata ya no hace diferencias en materia de bienestar subjetivo.
Tres sospechosos
En el afán por entender un poco más el problema, los investigadores Eduardo Lora y Juan Chaparro descubrieron que en muchos casos a la gente le importa más su posición relativa en la distribución de los ingresos, que el monto absoluto de los mismos. Eso explicaría por qué si se duplican todos los ingresos, aunque todos estaríamos mejor, los indicadores de felicidad no se moverían, en tanto y en cuanto no se modifica el estatus social de cada uno. 


La importancia de compararse con otros puede deberse a que necesitamos un punto de referencia para definir nuestras expectativas, pero también es posible que exista una razón innata que no nos deje tan bien parados como especie. En efecto, los animales sociales tienden a ordenarse jerárquicamente para determinar el orden de acceso a los recursos reproductivos y de supervivencia en épocas de escasez. En ese sentido, el sociólogo Thorsten Veblen planteó hace casi un siglo la idea de que buena parte de los consumos que hacemos tienen como objeto no ya la satisfacción de una necesidad de obtener placer individual, sino que se hacen para conseguir estatus y mejorar la posición social relativa.
Un segundo sospechoso es un fenómeno psicológico llamado “efecto habituación”, que da cuenta de que nos acostumbremos rápidamente a las nuevas condiciones, en las buenas y en las malas. Soy de una generación para la que el máximo aspiracional, en plena década del 80, era tener un televisor color de 20 pulgadas. Treinta años después esos dispositivos duplicaron su tamaño y la verdad que la experiencia de ver un partido o una película hoy no nos hace más felices que cuando hace muchos años lo hacíamos en una tele más chica.
La tercera razón que permite entender por qué a pesar de tener más ingresos no somos más felices es que como descubrió el Psicólogo de Harvard Dan Gilbert, tenemos una suerte de mecanismo de supervivencia cognitivo por el que fabricamos felicidad sintética, cuando fracasamos en la obtención de satisfacciones genuinas. Así, cuando no conseguimos ese ascenso que veníamos buscando nos amargamos primero, pero en enseguida empezamos a buscar excusas para justificar nuestro fracaso. Aparecen entonces expresiones como: “bueno, al final mejor que no me dieron el puesto porque iba a tener que viajar mucho”, o “después de todo la paga no justificaba las mayores responsabilidades que habría tenido que asumir”.
¿Qué es lo que nos hace felices?
Con su típico tono pausado, humilde y algo campechano, el ex Presidente uruguayo Pepe Mujica lo puso más claro que el agua, cuando en una entrevista que luego se viralizó en las redes sociales dijo que ““inventamos una montaña de consumo superfluo y hay que tirar y vivir comprando y tirando, y lo que estamos gastando es tiempo de vida, porque cuando yo compro algo, o tú, no lo compras con plata, lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata, pero con esta diferencia; la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta y es miserable gastar la vida para perder libertad”.
Con Pablo Schiaffino de la Universidad Di Tella, quisimos chequear la hipótesis Mujica, metiendo preguntas sobre el uso del tiempo en un cuestionario de Gallup Argentina. Cuando cruzamos las respuestas de esas preguntas con las variables socioeconómicas y las declaraciones subjetivas de bienestar, descubrimos que lo más importante no era el ingreso, ni los hijos, ni el estado civil, ni el género, sino que la clave era justamente el tiempo. Más aún; tampoco importaba la cantidad de horas dedicadas al trabajo, ni movían la aguja de la felicidad el tener una vida laboral muy intensa o una dedicación grande a las actividades físicas. El determinante fundamental de satisfacción subjetiva era el tiempo que la gente pasaba con su familia, con sus amigos y en actividades sociales.
¿Qué pueden hacer los gobiernos? 


Lo que muestran todas las investigaciones internacionales y confirman nuestros propios estudios con datos de Argentina, es que, si bien los ingresos importan en el tramo bajo de la distribución, pasado un nivel de clase media de poco sirve obsesionarse con que sigan creciendo.
Eso quiere decir que el foco de las políticas públicas tiene que estar primero en pasar del eslogan, a la realidad de una apuesta concreta y contundente por la baja de la pobreza. Luego si la clave de la felicidad es recuperar tiempo para dedicarlo a la familia, los amigos y las actividades sociales, quizás haya llegado la hora de copiar el modelo francés de reducción de jornada laboral, buscando converger a semanas de 35 horas de trabajo primero y 30 horas más adelante. Alternativamente podemos estudiar un modelo como el sugerido por el empresario Carlos Slim que planteaba una semana de tres días de esfuerzo y cuatro de descanso.
Tampoco necesitamos que este cambio sea instantáneo. Se trata más bien de elegir que en lo sucesivo y pasado un nivel de ingresos mínimo, las mejoras de productividad que se logren en la economía se traduzcan en menos cantidad de horas trabajadas, en vez de reflejarse en mayores salarios.
La propuesta puede parecer a primera vista demagógica o impracticable, pero si las estimaciones de los tecnólogos laborales son correctas y estamos yendo de manera acelerada a un mundo donde no será necesario trabajar porque la mayoría de las tareas podrán ser automatizadas y llevadas adelante por un robot, pues lo que estoy planteando ocurrirá de todos modos y el debate es en todo caso si el Estado regula y administra esa transición o se da de bruces contra una realidad de alto desempleo estructural que no puede evitar.

M. T. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

$$$$$$$$....CÓMO ORGANIZARNOS


El dinero interviene en nuestras vidas diarias de una manera casi constante. La plata que ganamos y gastamos es una fuente rica de datos sobre cómo vivimos qué se puede medir y procesar. Y con esa información tomar decisiones que nos ayuden a tener un mayor equilibrio y hasta beneficios que no conocíamos. Como no soy la más ordenada del mundo con el tema, hablé con el economista Ezequiel Baum, fundador de la consultora Trainer Financiero y autor del libro Ordená tu economía (Aguilar), pensado para mejorar la forma en la que nos manejamos con el dinero, para orientarme y tener un mejor registro y uso. Estos fueron los cuatro consejos para llevar a la práctica:



Conocer mi costo de vida. La mayoría de las decisiones económicas que configuran nuestro estilo de vida son inconscientes o impulsivas. "Este relevamiento puede ser tedioso como el conteo de calorías, pero nos invita no sólo a reflexionar si todo eso en lo que gastamos nos sirve (o nos hace felices), sino también si es posible obtener esos bienes y servicios a mejores precios o cambiar hábitos para tener un presupuesto más equilibrado", explica. Si sumamos para un período determinado el valor de todo eso, conoceremos cuánto nos cuesta vivir y podremos evaluar si es posible vivir igual de bien más barato o gastar lo mismo y vivir mejor.
Contar con un presupuesto personal para orientarnos. Si nuestros ingresos tienen un número concreto, nuestros gastos, en teoría, no deberían salirse demasiado de esa órbita. En economía lo llaman Restricción Presupuestaria. Sin embargo, sin una planificación prolija, gracias al acceso al endeudamiento que nos posibilitan las tarjetas de crédito, podemos elevar nuestro nivel de vida varias veces más por encima de nuestras posibilidades. El problema es saldar todo eso cuando llegue el resumen. "Si pagamos en muchas cuotas sin interés motivados por vivir cada día al límite, lo más probable es que apilemos cuotas más allá de nuestra capacidad financiera. De ahí al pago mínimo hay un trecho muy corto", explica.
El dinero quieto es un mal hábito. Muchos de nosotros tenemos dinero depositado en el banco o en casa sin que este tenga un destino claro. No se trata de una suma de dinero que podría funcionar como un Fondo de Reserva, sino plata que está perdiendo oportunidades. "Todo el dinero que tenemos puede generar algo de dinero extra si sabemos administrarlo, conocemos los riesgos y el momento en el que creemos que lo vamos a necesitar. Incluso el dinero que usamos a lo largo del mes, podemos colocarlo en fondos comunes de inversión súper líquidos y generar ingresos adicionales de corto plazo. En un mes puede parecer poco, en un año puede ser una diferencia muy interesante y gratis".


Cultivar el hábito de la registración. Saber cuánto ganamos y cuánto gastamos en un período determinado nos puede dar un dato fundamental: saber cuánto podemos ahorrar. En la medida que seamos minuciosos y no subestimemos gastos hormiga (que en el día a día parecen mínimos pero que en un año pueden sumar miles de pesos) vamos a identificar cuánto de nuestro ingreso anual puede ser usado para objetivos de más largo plazo como cambiar el auto, mudarnos o juntar dinero para un emprendimiento. "Si orientamos nuestros esfuerzos de ahorro para alcanzar una meta que tiene un precio (o simplemente queremos ahorrar una cifra) vamos a poder darle seguimiento al impacto que tienen nuestros gastos en la posibilidad de alcanzar más temprano (o más tarde) ese objetivo", cierra Baum. Bueno, tengo tarea en cada uno de los cuatro puntos, orden, registro, pensar qué hacer con un pequeño ahorro y armado de presupuesto. Manos a la billetera.

M. R.