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viernes, 3 de junio de 2022

FEMICIDIOS


Cada 38 horas fue asesinada una mujer en la Argentina por la violencia de género
Los casos de femicidio disminuyeron 8% el año pasado con relación al registro de 2020; preocupa el aumento de la participación de policías como autores de los homicidios
Daniel Gallo
Una mujer fue asesinada cada 38 horas en la Argentina en casos extremos de violencia de género que ocurrieron el año pasado. Así quedó establecido en el informe anual de la Oficina de la Mujer, que depende la Corte Suprema.
Fueron notificadas 231 víctimas mortales directas (entre ellas cinco mujeres trans), cifra que representa una disminución de 8% con relación a los femicidios verificados en 2020.
Es la cantidad de femicidios más baja desde los 225 casos registrados en 2014, momento en que la Corte Suprema empezó a sistematizar la información nacional sobre violencia de género.
Otras 20 personas (cinco mujeres y 15 varones) fallecieron en 2021 en casos señalados como femicidios vinculados, figura que detalla los episodios en los que el atacante elige víctimas relacionadas con la mujer blanco de su agresión machista con el objetivo de provocar un daño psicológico por la pérdida de un ser querido.
Una adicional consecuencia dramática de los femicidios queda reflejada en la cifra de niños, niñas y adolescente que sufrieron la muerte de su madre: 182.
Estaban embarazadas seis de las 231 víctimas de femicidio en 2021. Diecinueve eran niñas o adolescentes.
Nueve de cada diez mujeres asesinadas en situaciones de violencia de género conocían a sus agresores, según los datos que la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema pudo obtener al analizar los expedientes en tribunales de todo el país.
Esa información indicó, además, que 62% de los imputados por los asesinatos eran pareja o expareja de la víctima. En 39% de los casos el agresor fue la persona que convivía con la mujer.
Uno de los hechos más preocupantes que surge de la estadística de 2021 es el crecimiento de la participación de policías en los asesinatos de sus parejas o exparejas. En esos casos, el femicidio se cometió con el arma que el Estado entregó a esas personas para la protección de los ciudadanos. Fueron 25 uniformados-de diferentes jurisdicciones imputados por asesinatos de mujeres en situaciones de violencia de género.
Esa cifra de agentes federales y provinciales acusados de femicidios es la más alta en cinco años, ya que en 2020 fueron siete los policías imputados por asesinatos de mujeres; en 2019, 16; en 2018, 18, y en 2017, 12.
La presencia de un arma de fuego en la casa siempre es un motivo de alerta adicional cuando en las fiscalías se reciben denuncias sobre situaciones de violencia de género.

En la Guía de actuación para casos de violencia doméstica, la Unidad Fiscal Especializada en Violencia contra las Mujeres estableció en 2016 una pauta prioritaria: sacar las armas del hogar apenas se reciba una denuncia. Esa situación puede ser más complicada si el agresor es personal de una fuerza de seguridad, ya que la portación del arma reglamentaria es parte de su trabajo. Por eso, el Ministerio Público Fiscal emitió una recomendación para todos sus investigadores judiciales.
“La pertenencia del agresor a las Fuerzas Armadas o de Seguridad constituye un factor de altísimo riesgo en casos de violencia doméstica, ya que el personal militar y policial porta armas reglamentarias que podrían ser utilizadas para atacar o intimidar a la víctima. En estos casos, las fiscalías deben informar a la autoridad administrativa correspondiente la existencia de la denuncia y las medidas preventivas urgentes ordenadas respecto del imputado, para que disponga la restricción del uso del arma reglamentaria a la jornada laboral”, se estableció en esa directiva.
Un caso impactante
No siempre alcanza esa medida. Así quedó expuesto en uno de los femicidios más impactantes registrados el año pasado. Pese a numerosas denuncias en la Justicia, el policía bonaerense Matías Ezequiel Martínez, de 26 años, asesinó a su exnovia Úrsula Bahillo, de 18. Desde el mismo momento en que apareció el cuerpo de la joven se generó una polémica alrededor de la actuación de la justicia y la policía en la localidad de Rojas. La víctima explicó a funcionarios judiciales una y otra vez su miedo. Las órdenes de restricción perimetral no fueron respetadas por el uniformado y la tensión fue en aumento.
Por causas que no quedaron suficientemente aclaradas, no se cumplió con el esquema de patrullajes en los alrededores del domicilio de Úrsula. El Ministerio de Seguridad bonaerense explicó en su momento que Martínez había sido suspendido apenas se notificaron las autoridades de la denuncia por violencia de género; también se aseguró que se quitó la pistola reglamentaria. El femicida, finalmente, usó un cuchillo.
Úrsula fue hallada asesinada a puñaladas el lunes 8 de febrero de 2021, entre unos pastizales en un campo ubicado a la altura del paraje Guido Spano, a unos 13 kilómetros de Rojas, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, y en ese mismo lugar la policía arrestó a Martínez herido. El policía había logrado engañar a su ex novia y concretó el mortal encuentro.
En diciembre pasado, Martínez fue encontrado culpable del “homicidio doblemente agravado por el vínculo, por alevosía y por femicidio”. Fue condenado a prisión perpetua. Sin embargo, antes había recibido una sentencia por otro caso de violencia de género. Apenas pocos días después de encontrarse el cuerpo de Úrsula, el policía Martínez fue encontrado culpable de amenazas a su expareja, Belén Miranda, que había sido golpeada por el uniformado en 2017. Según la sentencia a cuatro años de prisión, Martínez intimidó en ese momento a la mujer con su arma reglamentaria. Pistola 9mm del Estado que mantenía en sus manos incluso después de la primera la denuncia de Úrsula, su próxima víctima.
Ese fue uno de los crímenes en los que el Estado recibió varios alertas y, sin embargo, se mostró ineficaz para evitar la muerte de la mujer.
Otro de los casos que tuvieron a policías involucrados en femicidios en 2021 fue más sorpresivo para las autoridades, pero no para la familia de la víctima. Sol Acuña Bilbao se desempeñaba en la comisaría 12 de la Policía de la Ciudad y convivía con Germán Baigorria, también uniformado y que se desempeñaba en Servicios Especiales de Tránsito de la Ciudad. Ambos se habían conocido en 2018, cuando realizaron el curso de ingreso en la fuerza de seguridad porteña. Allegados a la mujer contaron que sabían de situaciones de violencia en la pareja, pero que Acuña Bilbao no realizaba denuncia para que el agresor no tuviese problemas en su trabajo. En marzo pasado se encontró el cuerpo de la mujer. Había recibido un disparo de su propia arma reglamentaria. El policía porteño fue imputado por el femicidio.
Medidas ineficaces
En estos días también se analiza el caso de otra policía que fue asesinada con su propia arma. En Mar del Plata se encuentra en la etapa decisiva el juicio por el femicidio de Gisel Romina Varela, asesinada en 2019 por su expareja, Sergio Alejandro Cejas. El ahora imputado por femicidio tenía una orden judicial de restricción de acercamiento. Ese medida no impidió que sorprendiese a la víctima y le arrebatase la pistola. La estadística criminal establece que en muchos casos la víctima realizó denuncias por violencia de género, pero que estas no tuvieron la efectividad esperada.
En esa situación estuvieron 42 mujeres que fueron asesinadas el año pasado. Esa circunstancia de solicitar medidas de protección judicial se repite en los últimos cinco años en una proporción que fluctúa entre el 15 y 20 por ciento de las víctimas de femicidio.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

martes, 22 de enero de 2019

GRACIAS MARISA SALVATI

Copiado del muro de Collis Caelius PeKa

Tiradas a la basura, desgarradas, en pelotas: en la montaña asquerosa, un cuerpo como una cosa, como una cosa ya rota y que no sirve para nada, los restos del predador, la carne que le sobró de su festín asesino. Horas antes o después a la chica la buscaron la familia, los amigos, al final la policía y casi siempre la encuentra el que hace de la basura su trabajo cotidiano: un cartonero, el chofer de un camión recolector, alguien que anda por ahí. Después viene la ambulancia, le cambia la bolsa a blanca, se la llevan a la morgue y un auto lleva a los padres a ver si la chica es suya. Afuera espera la prensa: las cámaras y micrófonos buscando mostrarle al mundo el dolor más lacerante, la frase más torturada, la cara más arrugada por la angustia que la arrasa.
Resultado de imagen para MUJERES TIRADAS A LA BASURA
Tiradas a la basura en la bolsa de consorcio: igual que se tira un forro, la cáscara del zapallo, los papeles que no sirven y los huesos del asado entre tantas otras cosas. Tiradas como si nada, como objetos de consumo que ya fueron consumidos. Agarrarlas, asustarlas, verlas rogar, desnudarlas, humillarlas, violarlas, después matarlas, meterlas en una bolsa, tirarlas a la montaña de restos de la ciudad. Ya terminó el predador. Seguirán la policía, los abogados, los jueces y las cámaras de TV: sigue la carnicería en una especie de show que explica los femicidios.
Si la chica usaba short. Si tenía más de un novio. Si puso fotos en Facebook con boquita pecadora. Si salía mucho de noche. Si volvía a la mañana y tenía olor a whisky. Si estudiaba o no estudiaba. Si trabajaba de día o repartía tarjetas en la puerta de un boliche. Si era virgen. Si le gustaba enfiestarse. Si fumaba marihuana o sólo tomaba agua. Si tenía buenas notas o había repetido de año. Lo que dicen los amigos. Lo que piensan los vecinos. Lo que recomienda el cura que dirige la parroquia. Lo que supone un psiquiatra que va a la televisión. Lo que dice el movilero. Lo que supone la prensa. La idea que todos dicen sin terminar de decir: si la chica usaba mini y le gustaba bailar y si llevaba adelante su propia vida sexual según lo que le gustaba, era una trola y las trolas se la buscan y la encuentran.
Imagen relacionada
La construyen poco a poco como si fuera culpable: digamé, comunicador y digan sus audiovidentes, si una mujer joven tiene más de un novio o, peor, ninguno, y vuelve en pedo a las seis y salió en vestido corto, ¿Se está buscando la muerte? ¿Piensa que se la merece? ¿Usted cree que debería volver antes de las doce? ¿Vestirse con una burka e ir a misa los domingos? ¿Usted quiere que le pida permiso a algún buen señor para salir cuando quiere? ¿Que deje de salir sola? ¿Que piense lo que se pone porque si a un hijo de puta le parece algo indecente por ahí la hace pelota? Le pregunto más cortito: ¿Piensa que una chica es propiedad de algún muchacho y que si no tiene dueño pueden matarla tranquilos? ¿De verdad se siente bien eligiendo como elige la foto más provocativa para decir sin decir “la piba era una atorranta”, “los padres no la cuidaban”, “su vida no tenía rumbo”? Empieza una denigración, algo que está en la cultura, no digo que lo inventa usted, pero podría revisar la máquina de prejuicios que le salta cuando habla y cuando hablan los demás.

Entre otras cosas se nota la puntuación del mercado: • hay cuerpos que valen más y hay cuerpos que valen menos. Casta, rica y estudiosa vale más que pobre y trola pero todas valen menos que el cuerpo del matador que es la manifestación extrema de este estado de las cosas: buena parte del planeta cree, a veces sin saberlo, que cosas somos nosotras. Pobres cosas, poca cosa, algo que se usa y se tira, nada de bienes suntuarios, muñecas que se descartan como globos ya pinchados. Es como canibalismo. Es una bestialidad. Piensen un poco, señores, piensen también las señoras y sientan un poco más: somos sus madres, sus hijas, sus hermanas, sus esposas, sus amigas, sus amantes, sus novias.
Somos más de la mitad del mundo que hacemos juntos. No insumos a descartar."

jueves, 12 de octubre de 2017

PENSAMIENTOS COMPLEJOS; FEMICIDIO


El femicidio, la reacción contra el fin de una era
En el siglo XX, el genocidio se impuso contra las identidades nacionales; en el XXI, la reacción es contra las identidades individuales
Emmanuel Taub



Cuando un evento se repite a tal punto de volverse cotidiano, ya no estamos observando un evento, sino una práctica social. En la Argentina, desde hace varios años, somos testigos de un alarmante incremento de la violencia de género que, a cada minuto, termina en un nuevo femicidio. El asesinato sistemático de mujeres se ha convertido en un hongo que crece y se multiplica sobre la superficie de la Tierra. Y como todo hongo, estamos ante el peligro de leerlo como algo normal, cotidiano, natural. Este peligro nos exige pensar el femicidio desde nuevas categorías de análisis.
Micaela García, Belén Rivas, Claudia Lima, Silvia Castañera, M. Estela Torres, Florencia Di Marco, Silvina Núñez, Ornella Dotori, Antonia Ríos, Lucía Hoyos, Karina Catalano, M. Adela Duarte, Gabriela Barceló, Noemí Salvaneschi, Cielo Torres, Paulina Portillo, Cristina Sandoval, M. Esther Ramírez, Tamara Olguín, Alejandra Polizzi, María Vedia Durán, Malvina Noelia, Silvia Morales, Carmen Solís, Tamara Córdoba, Mayra Díaz y Analía Núñez: 27 mujeres asesinadas, violadas y abusadas en 27 días, en abril de 2017.
Nuestro país no es el único caso: el informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) de octubre de 2016 mostró que existe un promedio de 12 mujeres asesinadas cada día por violencia de género en América Latina, con la Argentina, México, Guatemala y Brasil en la cima de estas escalofriantes cifras. ¿Por qué todo indicaría que el femicidio se ha convertido en una práctica social? ¿Cuál es la lógica que se esconde debajo del asesinato sistemático de mujeres en todos los continentes?


Hacia finales de la Segunda Guerra Mundial el mundo amanecía frente a una nueva realidad que se expandía desde Europa hacia los confines de la Tierra: el genocidio como una práctica social. Como escribió Daniel Feierstein en su libro El genocidio como práctica social (FCE, 2007), el nazismo inauguró la idea de la "reorganización genocida, del poder del aniquilamiento como destructor y refundador de las relaciones sociales". El genocidio no fue una excepción, sino la conclusión de diferentes procesos sociales que tuvieron sus orígenes en la construcción propia del Estado y el tiempo modernos. Procesos que nacen con la conformación de la identidad nacional, en los que diferentes identidades y culturas se vieron solapadas bajo la idea de igualación de un territorio con una lengua y una religión. Y frente a un discurso de autonomía que toleraba la diversidad de pensamientos y formas de vida, pero que ante el límite de la radicalización de las prácticas autónomas de índole política, social, económica o cultural, encontró en la destrucción la herramienta para reconfigurar las sociedades nacionales. El genocidio no mermó ante las banderas del "Ni un genocidio más" posteriores a 1945, sino que se multiplicó a la par de la exigencia de autonomía de los países coloniales, los Estados multiculturales o las identidades religiosas diferentes.



No es casualidad que el mismo síntoma haya sido percibido con perplejidad por Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén y por Michel Foucault en sus estudios sobre el biopoder: el genocidio no es un evento único y pasajero, sino que bajo determinadas condiciones cualquier Estado puede llegar a su realización. Y esas condiciones se vinculan directamente con la ruptura de la matriz moderna de la identidad nacional. Es así como el mapa europeo se vio transformado por estas prácticas, pero también bajo las políticas represivas y genocidas en las últimas dictaduras militares latinoamericanas, en África, Medio Oriente y Asia.
Síntoma de resistencia
Debemos pensar el siglo XX como el siglo del estallido de las identidades nacionales con la respuesta genocida de los Estados. Hoy vemos el estallido de las identidades individuales, de los discursos sociales que exigen la ruptura de las categorías obsoletas que determinaban la relación entre los seres humanos, las elecciones sexuales, la relación de poder hombre-mujer y mujer-hombre. Discursos que ya no sólo exigen la libre manifestación y radicalización de la autonomía individual, sino que además exploran nuevas formas de autonomía, nuevas formas de relaciones sociales. Así como desde el origen de los tiempos la mujer fue señalada como "el otro" y su asesinato una realidad, hoy el concepto y la práctica femicida se han transformado en una dinámica social, quizás la respuesta desde la sociedad misma a la ruptura de los discursos de la Modernidad sobre las libertades individuales.


Como bien explica Michel Foucault en su curso del Collège de France de 1975-1976 (Defender la sociedad, FCE, 2000), el Estado nazi hizo que coincidieran el campo de la vida disciplinaria y reguladora característico de todo Estado nación con el derecho soberano de matar a cualquiera por sobre el contrato social que inauguró el tiempo moderno. Hoy el análisis nos exige entender que el carácter monstruoso del femicidio se vincula también con prácticas humanas, para ampliar la comprensión sobre lo que esconde esta realidad que azota a nuestras sociedades: la aterradora posibilidad que cualquiera se pueda transformar en un femicida, un vecino, un familiar, un amigo, un desconocido. La destrucción de las configuraciones identitarias tradicionales pareciera haber liberado tabúes y pulsiones que no sólo hacen del femicida aquel que en el otrx, en la alteridad, deja de ver a un semejante, sino que radicaliza su cosificación como reacción ante la libertad, como un síntoma defensivo de resistencia al cambio de paradigma.



En 1963, Arendt le respondió en una carta a las acusaciones de Gershom Scholem tras el debate generado por sus escritos sobre la "banalidad del mal" (Escritos judíos, Paidós, 2009). Allí le dice que el mal nunca puede ser radical, sino solamente extremo y que carece de profundidad, porque "puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie". De igual modo, hoy el femicidio crece desmesuradamente como respuesta al fin del discurso moderno sobre el lugar de la mujer en la sociedad.
La estructura social moderna durante el siglo XX llegó a su fin y ante la necesidad de nuevas categorías para definir al otro, el genocidio se convirtió en la herramienta para erradicar el exceso de autonomía: judíos, gitanos, musulmanes, bosnios, indígenas, afrodescendientes, armenios, tutsis, comunistas. Todo lo que ponía en jaque la identidad nacional debía ser subyugado. La Modernidad no estaba preparada para contener una doble identidad, dos lenguas nacionales, el amor por una tierra en la que residían pero no se sentían parte, ni tampoco discursos sostenidos en la solidaridad, en la igualdad económica y política.
El siglo XXI se enfrenta a una nueva realidad: mientras el problema de las identidades nacionales fue girando hacia el problema del "otro diferente y terrorista", hacia el interior de los Estados nuevos discursos sociales implosionan las viejas identidades. 

Las categorías no son suficientes para ir a la par de las configuraciones humanas: ni hombre/masculino ni mujer/femenino, agénero, intergénero, demigénero, género fluido, pángenero, queer, trans, cisgénero, pluriamor, nuevas familias. Y en la punta del iceberg, estamos frente a la ruptura de una matriz de pensamiento que saca a la mujer del lugar del objeto, de la cosificación, de la sumisión. En este contexto, el femicidio se ha multiplicado. se ha vuelto una práctica cotidiana y nos convoca a pensar.
Un hecho alarmante es que el femicidio, a diferencia de las prácticas genocidas, ya no se dirige desde el poder del Estado hacia sus ciudadanos, sino que nace en el propio estrato social. Más allá de las políticas públicas y lo que puede hacer o no el Estado y sus fuerzas de seguridad, es la crisis de los discursos sociales y los conceptos modernos lo que puede convertir al otro en tu futuro asesino. Es el quiebre de la mirada del mundo que conformaba el discurso sobre el rol y el lugar de la mujer. Y por ello, no podemos dejar de lado que hoy estas prácticas son intrasociales. Tal vez como la herencia nefasta de sociedades post-genocidas, o tal vez, como la incapacidad de soportar el fin de los discursos heteronormativos que determinaban los vínculos entre los seres humanos.
El autor es especialista en filosofía política y pensamiento judío, e investigador del Conicet

martes, 18 de julio de 2017

FEMICIDIOS


NATALIA GHERARDI


Lo que el Estado aún tiene que aprender sobre los femicidios
Para que no se repitan los crímenes es necesario detectar dónde fallan las políticas públicas y el sistema de administración de Justicia
En las últimas semanas, el juicio por el femicidio de Claudia Schaeffer ocupó las tapas de los diarios y los horarios centrales de las noticias televisivas. El juicio fue novedoso por varios motivos: no es tan habitual que los femicidios sean condenados con contundencia y mediana rapidez (teniendo en cuenta los dilatados tiempos judiciales); fue un caso con protagonistas inusuales de un sector socioeducativo alto, y fue una de las primeras experiencias en las que se llevó adelante un juicio por jurados para este tipo de crímenes.
Los femicidios que engrosan las estadísticas esconden personas, historias, sueños, vidas que se truncan y vidas que se transforman para siempre a partir de esa muerte violenta que no debió ser. De eso no se vuelve. No hay manera de desandar un femicidio y sus consecuencias. Pero sí hay maneras para tratar de entender dónde fallaron las políticas públicas, dónde falló el sistema de administración de justicia y dónde fallamos como sociedad.



El Registro de Femicidios de la Corte Suprema de Justicia de la Nación indica que sólo un 25% de las mujeres asesinadas en 2016 había hecho una denuncia previa. Esto habilita al menos dos consideraciones. Por un lado, las denuncias debieron haber generado intervenciones de organismos públicos que claramente fracasaron en su función preventiva. Corresponde asumir la dimensión de ese fracaso, producir un aprendizaje institucional que sirva de garantía para evitar repetir un desenlace como ése. Nada podrá reparar el femicidio ya ocurrido, pero la obligación del Estado es no repetir los mismos errores.
La segunda cuestión es saber qué pasa con el resto de las mujeres que no activan mecanismos de asistencia antes del femicidio. Es posible que no hubieran realizado una denuncia formal (o que, realizada, no se le hubiera dado curso o que hubiera demorado inexplicablemente su tramitación). Las encuestas que miden la incidencia y la prevalencia de la violencia contra las mujeres muestran que sólo una de cada 10 de quienes sufrieron violencia física, psicológica o sexual por parte de una pareja o ex pareja busca ayuda en instituciones públicas.
De acuerdo con una encuesta que realizamos en 2015 desde el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género junto con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (y que el Estado nacional debería realizar para todo el país), más de la mitad de las mujeres declaró haber sufrido violencia psicológica por parte de una pareja actual o pasada, incluyendo conductas controladoras, acusaciones de infidelidad, amenazas de violencia económica y la violencia emocional vinculada con los hijos e hijas. La violencia física por parte de una pareja ha estado presente en la vida de dos de cada 10 mujeres, incluyendo golpes de puño o con objetos, patadas, golpizas, intentos de ahorcamiento, amenazas con armas blancas o de fuego. Para dos de cada 10 mujeres estos episodios de violencia física sucedían "a menudo". Además, los hechos de violencia física y sexual han afectado a una de cada cuatro mujeres en la ciudad.


De acuerdo con la información de esta encuesta, las mujeres de diversos grupos de edad están igualmente expuestas a la violencia por parte de parejas actuales o pasadas. Tampoco hay diferencias significativas entre las mujeres con diversos niveles socioeducativos. Tanto los episodios de violencia psicológica como aquellos de violencia física y sexual afectan a las mujeres con educación primaria, secundaria y nivel terciario o universitario en similar medida.
Sin embargo, las mujeres que acuden efectivamente a las autoridades públicas para solicitar información, requerir atención o asistencia (por ejemplo en servicios de atención de la salud, de administración de justicia o a las comisarías) en su mayoría cuentan con nivel de educación secundaria y son, en mayor proporción, mujeres jóvenes (de entre 20 y 40 años).
Por diversos motivos las mujeres con más bajos niveles de instrucción formal pocas veces recurren a los servicios públicos de asistencia. La escasez de lugares de atención fuera de los grandes centros urbanos, las dificultades para desplazarse y la falta de información y de recursos culturales y simbólicos para resolver los obstáculos que las limitan en la búsqueda de asistencia se hacen presentes. Seguramente son otros los motivos que alejan a las mujeres con más alto nivel de educación formal de los organismos públicos destinados a brindar información y asistencia, pero lo cierto es que el efecto es parecido: tampoco ellas se acercan a buscar ayuda.
Pero el silencio frente a la violencia alcanza también las relaciones familiares y las amistades. Las mujeres que viven relaciones violentas generalmente no comparten su padecimiento y, como se trata de situaciones que suelen producirse cuando no hay testigos, el 70% de los episodios de violencia psicológica y el 90% de los casos de violencia física suceden sin la presencia de otras personas.
Por eso, cada acercamiento que se logra con una mujer en situación de violencia es una oportunidad que no debe desaprovecharse. El primer contacto con el centro de salud, con la comisaría, con la línea de asistencia telefónica, con la fiscalía, con la justicia de familia o la justicia penal puede ser el único e irrepetible. La calidad de atención, la capacidad de escucha y la disponibilidad de recursos y políticas sociales que contribuyan a proveer o fortalecer las redes de contención son imprescindibles para comenzar a desandar el círculo de la violencia. Así y todo, muchas veces es insuficiente.
En el juicio por el femicidio de Claudia Schaeffer, la contundencia de la respuesta del jurado fue motivo de justo reconocimiento. Con la solidez de las pruebas reunidas parecía inconcebible la posibilidad de otro resultado. Además, de alguna manera, la víctima era una madre joven, dedicada y trabajadora, se podría decir que respondía al modelo generalmente esperado por la sociedad. ¿Qué habría pasado con una víctima de femicidio que fuera distinta? Una mujer, una joven, una travesti, una adolescente que no respondiera al estereotipo de la "buena víctima inocente", sino alguien que cuestionara el orden social establecido, las expectativas y representaciones que como sociedad tenemos respecto de las formas de ser y de comportarse.
El trato que se le dio a Eva Analía de Jesús, "Higui", excarcelada después de nueve meses de prisión y tras un intenso reclamo del movimiento de mujeres, evidencia los sistemas de prejuicios vigentes en la Justicia. Si no hubiera sido pobre y lesbiana, ¿habría ido directo a prisión por matar a uno de los hombres que la agredieron e intentaron violarla en un ataque grupal?
Los estereotipos condicionan no sólo las miradas sociales, sino también muchas veces las respuestas institucionales. El femicidio no es la primera forma de violencia que atravesó las vidas de esas mujeres, y la responsabilidad de ver estas violencias y ofrecer contención, asistencia y caminos de salida debe interpelar a toda la sociedad. La responsabilidad es del Estado, de eso no hay duda. Pero los femicidios son, en realidad, sólo el vértice de una pirámide que tiene cimientos en violencias cotidianas pocas veces visibles y menos aún condenadas. El tratamiento individualizado de cada uno de estos femicidios, su consideración como eventos singulares, no debe ocultar la trama estructural, el entramado social de desprecio hacia las mujeres que los sostiene.

Abogada, directora Ejecutiva del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género

miércoles, 21 de junio de 2017

FEMICIDIO


La galantería ha muerto. O por lo menos el canon tradicional que definía ese gesto amable de origen cortesano expresado, en la cultura clásica, por un hombre hacia una mujer. La sensibilización masiva y global sobre la violencia de género, y sobre los vicios judiciales y sociales que la apañaron históricamente, empezó a repercutir en las conductas cotidianas.
El otro día, de soslayo, escuché una conversación en un colectivo entre dos sujetos masculinos de unos treinta y cortos años activos y supuestamente solteros. Uno de ellos le confesaba al otro sus temores y dudas a la hora de cortejar o "levantarse", en un argot canchero, a una mujer y terminar señalado como un exponente brutal y peligroso del heteropatriarcado. Las dudas resultaban de lo más curiosas: "Si le decís que te gustan sus ojos puede interpretar que la estás acosando o denigrando". "Claro, a veces es mejor pedirle el Facebook o el Instagram y darles like a sus publicaciones para que se dé cuenta de que te gusta, pero no decir nada", acotaba su compañero con cierta perplejidad. "Es que antes uno ni lo pensaba, pero ahora hay que tener mucho cuidado cuando te gusta alguien", sintetizó su amigo, con cierto aire paradojal.
En la literatura y el cine abundan las historias de galantería que hoy serían consideradas criminales. De hecho, una telenovela supuestamente inocente de la tarde como Amo y señor, en la que Arnaldo André tenía la inclinación un tanto "ligera" de cachetear a Luisa Kuliok, sería objeto de escándalo y judicialización.


Tangos como "Tortazos" o "34 puñaladas", por mencionar apenas dos, estarían en la lista negra de la violencia de género, y ni Edmundo Rivero ni Carlos Gardel hubieran llegado muy lejos de Tribunales. Pero también ejemplos menos taxativos, como el de John Cusack (Lloyd) con su pasacasete debajo de la ventana de Ione Skye (Diane) en la ochentosa Say Anything, quedarían envueltos en la polémica porque descifraríamos allí un acoso, más que un acto de puro romanticismo como lo imaginó el director y guionista, Cameron Crowe.
Es que a esta altura ya no hay lugar para la ficción. Ni para el más mínimo matiz insidioso poblado de "ironías inteligentes" con las que algunos pretenden sortear el barroso terreno de la violencia de género para desacreditar posiciones. Importan además no sólo las acciones, sino también lo que un hombre íntimamente cree sobre este tema. Es casi el único aspecto de la vida social donde la delgada línea entre la reflexión subjetiva y la acción concreta desaparece a la hora de juzgar responsabilidades, incluso de carácter penal (si lo sabrán Gustavo Cordera y su boca enorme).
La galantería ha muerto, sí, pero hay que admitir que fue por culpa de nosotros, los varones. Y es una pena, sí, pero también resulta necesario cotejar un dato alarmante: se cometieron 133 femicidios en lo que va de 2017. Reconfigurar los códigos de seducción no es ir en contra de la belleza y su maravillosa exaltación, como algunos hombres consideran, sino intentar preservarla, cuidarla y respetarla.

 ¿Quién puede autoconcederse el derecho de interrumpir con un comentario el espacio temporal de otra persona en la calle con la belleza como excusa?
Al parecer llegó el tiempo de desprenderse de lo aprendido dentro de una matriz de roles superados y eso requiere voluntad, conocimiento y tiempo. Ese desaprender es un camino individual y colectivo que inexorablemente ya se inició, a pesar de que aún parte de la sociedad defiende los viejos hábitos. Otro dato alarmante: en marzo pasado se registraron 33.580 llamadas a la línea 144 para denunciar o buscar asesoramiento jurídico y contención psicológica para víctimas de violencia de género.
Al final, quizá sea un gran avance que el like impersonal en las redes reemplace al despótico "piropo", un rito que, en verdad, y desde la visión de un padre de una hija adolescente, resulta indefendible.

F. V.

miércoles, 8 de marzo de 2017

MUJERES NO ESTÁN SOLAS

ESTAMOS CON VOS
Estamos comprometidos en construir una sociedad libre de violencia. Visibilizar y dar respuestas a la problemática de género es un primer paso en dirección hacia una transformación social para construir una Ciudad menos violenta y más igualitaria. En el marco del #MesdelaMujerseguimos fortaleciendo las acciones y programas que brindan contención y asesoramiento en este tema. La línea 0800-666-8537, funciona todos los días del año las 24 horas. Si estás en una situación de maltrato o conocés a alguien que lo necesite, podemos ayudarte.




martes, 28 de febrero de 2017

FEMICIDIOS ¡¡¡¡BBAAASSSTTTAAAA!!!


Se mantiene alta la cifra de femicidios y aumentaron los abusos sexuales previos
En 2016 hubo 290 homicidios de mujeres por ataques machistas, cuatro más que el año anterior; la mayoría de las víctimas fue apuñalada, las violaciones pasaron de 27 a 31


"Ni una menos, nunca más", se repite en cada ocasión en que se homenajea a las mujeres. Pero la violencia contra ellas no se detiene. En 2016 hubo al menos 290 femicidios en todo el país. Víctimas, en su mayoría, de parejas o ex parejas. La cifra de este tipo de asesinatos es apenas superior a la del año anterior, cuando sumaron 286 casos. Pero los nuevos datos dan muestra de la saña: la mayoría de las víctimas fue apuñalada; se incrementaron los homicidios de embarazadas y los casos con indicios de abuso sexual previo al crimen.
Así lo reveló el informe del Observatorio de Femicidios de la Casa del Encuentro y la Fundación Avon, basado en las publicaciones de la prensa entre el 1° de enero y el 31 de diciembre de 2016. Aunque Buenos Aires es, por obvia magnitud, el distrito con más casos (90), hay provincias donde el drama creció notoriamente con respecto a 2015; en Córdoba, por ejemplo, se pasó de 19 a 30 femicidios.
Se mantiene alta la cifra de femicidios y aumentaron los abusos sexuales.


Si, en cambio, se realiza el cómputo per cápita, la trágica lista es encabezada por Jujuy: el año pasado hubo 11 femicidios, 1,63 cada 100.000 habitantes, tres veces más que en la provincia de Buenos Aires, donde la tasa fue de 0,57.
La cifra actual de Jujuy superó a la de 2015 en Salta, que había sido el distrito con más femicidios per cápita, con 1,56 cada 100.000 habitantes. Esta vez esa provincia tuvo una tasa de 0,9, igual que Córdoba.
De los 290 crímenes por violencia de género, 37 fueron vinculados (hombres y niños asesinados para causarles dolor a las mujeres objeto de la furia machista o porque se interpusieron para defenderlas).
El 84 % de las mujeres no había denunciado previamente a sus agresores ni habían requerido medidas de protección. "Es que no creen en la Justicia. Y entonces tampoco buscan ayuda", explicó ayer Ada Rico, presidenta de la Casa del Encuentro, en la presentación del informe. La ministra de Desarrollo Humano y Hábitat porteño, Guadalupe Tagliaferri, recordó que una de cada 10 víctimas en la ciudad, según un informe de 2016, tampoco había pedido ayuda.


Los 290 femicidios de 2016 dejaron sin madre a 401 hijos; 242 de ellos son menores que podrían ser beneficiados con una asistencia económica hasta que cumplan 18 años -similar a la de una jubilación mínima- si se aprobara la ley Brisa. El senador Jaime Linares indicó que en las próximas semanas el proyecto podría obtener media sanción. También genera expectativas la iniciativa para la pérdida automática de la responsabilidad parental del femicida condenado.
Más del 64 % de las víctimas murió a manos de allegados: o eran parejas o lo habían sido. Paradójicamente, el lugar más peligroso para ellas sigue siendo su casa: allí ocurrieron 143 de los 290 femicidios. Hubo casos excepcionales, como el que ocurrió en un penal de Tucumán, donde un preso mató a su novia allí donde estaba detenido por haber asesinado a otra mujer. "No hubo ningún protocolo que cuidara a la segunda víctima", dijo Rico.
A diferencia de años anteriores, en los que la mayoría de las víctimas fue baleada, en 2016 la principal modalidad de femicidio fue el apuñalamiento. También aumentaron los casos con abuso sexual. El año pasado fueron 31, frente a los 27 de 2015 y los 21 de 2014.


Hubo 11 femicidas de entre 13 y 18 años, y 49 que decidieron quitarse la vida. Dos de las víctimas eran indígenas y 9, transexuales.
El senador Juan Manuel Abal Medina (FPV) dijo que se deberían pensar nuevas figuras delictivas "preventivas". Y las representantes de la campaña de Avon "Alza la voz" y de Farmacity (patrocinantes del informe) coincidieron en colaborar desde el área empresarial.Se reclamó el cumplimiento del presupuesto del plan nacional contra la violencia de género. En enero se publicó en el Boletín Oficial que se recortarían 67 millones de pesos de esa partida. ONG presentaron un amparo. También se insistió con el patrocinio jurídico gratuito a las víctimas y con la creación de un fuero judicial especializado

V. M. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

FEMICIDIOS ¡¡¡¡¡ BAAAASSSTTTAAAAA!!!!


No me canso de repetir esta suerte de proclama y declaración de principios.
En los momentos más terribles, a la hora de descender a los infiernos, las pobres mujeres llegan a preguntarse si las culpables no son ellas. Hasta tanto llega la humillación que ella, la víctima, llega a dudar de su condición. Llegan a pensar que por su culpa él golpeador, pasaba de ser un ángel a ser un demonio.
Por eso tienen que asesorarse con un abogado y hacer la denuncia. Saber que están dando el paso más importante de su vida. Y que es para salvarse de la muerte. Nada menos. Ni una menos. Ni una más. Nunca Más.


Las crónicas de las últimas horas están repletas de muerte y sangre. Una violencia de género cargada de un odio sin límites que extermina incluso a familiares o amigos en lo que se llama técnicamente “femicidios vinculados”.
Es tan grande el horror que la información parece inventada o salida de las novelas de la crueldad.
Le hablo de Denise, Sabrina, Magalí y Némesis. La más chica tiene 15 años y la más grande 17. Se trata de nenas. Denise y su amiga Sabrina murieron en el acto acribilladas. Quedaron tiradas en plena calle en Florencio Varela, una con 9 balazos y la otra con cuatro. Magalí y Némesis están internadas graves. Una recibió 3 disparos y la otra dos. Por un milagro sobreviven, por ahora. Están dando la batalla. Estaban esperando el colectivo a las 6 de la mañana. Habían salido de bailar del boliche Santa Diabla pese a ser menores de edad las cuatro. Un vigilador privado llamado Luis Weiman apareció con su pistola 9 milímetros e hizo una masacre con 18 tiros. Por suerte está preso.
Por suerte acaban de detener al albañil de Moreno que acuchilló a Nancy, su mujer y secuestró a su hija llamada Mía. Ya recuperaron la nena y el criminal está preso.


Hace una semana apenas en Hurlingham, otro cobarde asesino llamado Diego Loscalzo primero asesinó a Romina, su pareja y después mató a su cuñada y cuñado, a su suegra y concuñado y en el grado máximo de su salvajismo sanguinario le metió un tiro a la concuñada que estaba realizando trabajo de parto para dar a luz. El proyectil mató a ese bebe que estaba punto de salir de la panza.
Le pido perdón por la crudeza de las cosas que le relato pero creo que parte de la lucha contra estos femicidas es dar a conocer todo, aún con los detalles más terribles, para que tomemos real dimensión de quienes son, como actúan y que alertas hay que levantar para proteger a las víctimas antes de que sea demasiado tarde para lágrimas.
Hay cosas tenebrosas e infrahumanas. Un padre de 16 años mató a palazos y a patadas a su bebita de año y medio porque le había tirado el teléfono celular al suelo. Dicen los periodistas que era conmovedor ver a los médicos que lloraban sin parar frente a ese cuerpito que era una gran hematoma.


Otro hijo de puta mató a martillazos en la cabeza a Ramona con la que había convivido 15 años. O la joven santafesina que fue quemada por su pareja. Tienen ardido el 35% de su cuerpo y lucha por su vida.
Matan a sus seres queridos. A sus esposas o novias, a sus hijos a los familiares y a los amigos. Pretenden exterminar todo vestigio de esas mujeres que no quieren ser propiedad de nadie. Saben que hace mucho se acabó la esclavitud. Todos los que rodean a una mujer amenazada tienen que hacer la denuncia y no dejarla sola. Estar cerca, acompañarla, protegerla y estar alertas, siempre con la guardia alta.
El dato más terrible es que hoy, pese a toda la lucha en las calles y en los medios hay un femicidio cada 30 horas. ¿Escuchó bien? No me entra en la cabeza que algún animal que no merece ser llamado hombre pueda cometer semejantes aberraciones.
De tantas marchas valientes y masivas que se han hecho siempre recuerdo un cartel emblemático que decía: “Vivas nos queremos”.
Claro que las queremos vivas, claro que nos queremos vivos y que juntos somos ciudadanos en movimiento que levantamos la guardia para defendernos y refundar la parte más oscura y repugnante de una sociedad que denigra a la mujer, que la somete y la reduce a la servidumbre. Por momentos siento que algunos varones han retrocedido a la vida de las cavernas, que han escupido a la civilización y que creen que pueden tener a una mujer en un puño con un puñetazo.
Hay que ser una bestia. Una mujer es una mina que amamos, nuestra vieja querida del alma, la hija que tanto miedo nos provoca cuando tarda en llegar de la facultad, la madre que nos sembró de hijos nuestra existencia, nuestra abuela de la sabiduría.


¿Que nos está pasando? ¿Cuál es el nivel de cobardía y de salvajismo de andar matando mujeres? ¿Cuántos casos por día hay de maltratos, de golpes brutales que terminan con la muerte femenina?
La Asociación Civil La Casa del Encuentro dice que pese a las marchas de ni una menos, a las campañas de concientización en los medios y a las nuevas leyes que son buenas, los femicidios siguen creciendo.
Insisto con la pregunta original que no tiene respuesta: ¿Qué nos pasa? ¿Alcanza con prohibir que el criminal se acerque?¿ Los botones de pánico y las tobilleras electrónicas pueden ayudar? ¿La policía actúa con la rapidez que corresponde?
Parecen películas de terror pero son realidades repugnantes y horrorosas. En cada esquina de este país deberíamos colgar un cartel que diga: “Nunca más un femicidio”.
Hay 55 denuncias por día. Esta opinión intenta ser un alerta y un aporte al combate contra semejante horror y a aumentar la condena social. Todo el que sea víctima de violencia de género o conozca a alguien puede hacer la denuncia al teléfono 144 durante las 24 horas.
Son mujeres asesinadas por machos que, insisto, no merecen llamarse hombres. Son infames varones que avergüenzan al género y a la condición humana.


Estos energúmenos por lo general están cortados todos por la misma tijera. Responden al mismo patrón criminal. Primero les gritan a sus esposas, novias o amantes. Se sienten sus propietarios y no sus compañeros de afecto. Después les pegan, las humillan, las castigan con ferocidad, y les provocan un pánico que las paraliza.
Denunciar, gritar, levantar la voz, pedir ayuda lo antes posible es el paso más importante de su vida. Y que es para salvarse de la muerte. Nada menos. Ni una menos. Ni una más. Femicidios, nunca más.

A L.