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martes, 24 de enero de 2023

HISTORIAS DE NUESTRA PATRIA












“Más rico que Anchorena”. El humilde origen de una familia cuyo apellido fue, durante más de dos siglos, sinónimo de fortuna
Una imagen de Buenos Aires a principios de siglo XX. La familia Anchorena ya llevaba más de 150 años en el paísGentileza Archivo General de la Nación
El historiador Leandro Losada explica los comienzos de una dinastía que se radicó en el Río de la Plata desde mediados del siglo XVIII
Constanza Bengochea
El dicho popular fue acuñado a comienzos de siglo XIX, cuando la Argentina recién comenzaba a consolidarse como nación. El apellido de una familia porteña se convirtió en sinónimo de abundancia. “Más rico que Anchorena”, solían decir para identificar a quien poseía una gran fortuna. La expresión, incluso, llegó a ser reproducida en el “Fausto” de Estanislao del Campo, publicado en 1866. El diablo intenta seducir a Don Fausto: “Si quiere plata tendrá:/ Mi bolsa siempre está llena,/ Y más rico que Anchorena/ Con decir quiero, será”.
Pero, ¿cuál fue el origen de la riqueza de esta familia?
Un fragmento de El Fausto, de 1866, donde Estanislao del Campo utiliza la expresión "más rico que Anchorena"
Desembarco en Buenos Aires, en la década de 1750
Leandro Losada es historiador e investigador del Conicet. En su podcast “Historia de la oligarquía argentina” analiza los orígenes, características y la evolución de este grupo minoritario. En el caso de los Anchorena, el especialista resalta una particularidad: “Su trayectoria en el Río de la Plata comenzó antes que las de otros fundadores, de otras ‘familias patricias’”.
-Losada, ¿quién era Juan Esteban Anchorena, el primer Anchorena que llegó al país?
-Juan Esteban de Anchorena, nacido en Pamplona en 1730, llegó a Buenos Aires en la década de 1750. Él llegó antes de que Buenos Aires se convirtiera en capital virreinal, en 1776. La mayoría de los españoles que luego se incorporaron a la elite porteña vinieron cuando Buenos Aires fue declarado puerto autorizado para el comercio con España, en 1778. La singularidad de Anchorena es que él no se vincula, en ese momento, con familias que ocupaban lugares importantes en la economía de Buenos Aires de aquel tiempo. El conjunto de la clase alta argentina tienen orígenes bastante humildes.
-¿Cuál era su origen social?
-Los españoles que vinieron a comerciar a Buenos Aires eran de clase alta. Juan Esteban Anchorena, en cambio, tuvo un origen bastante humilde. Su primer trabajo en América fue como dependiente de comercio. Pero, 20 años más tarde, cuando Buenos Aires se insertó en los circuitos coloniales del comercio entre España y América, Anchorena ya se encontraba ente los principales referentes de exportación e importación.
-En algunas crónicas se dice que Juan Esteban Anchorena estaba involucrado en el contrabando de mercancías y atribuyen a eso el origen de su fortuna

-Se dice, es cierto. Pero es difícil discriminar cuánto hay de realidad o de leyenda en ello. Lo concreto es que el ascenso social de los grandes comerciantes coloniales de Buenos Aires se dio, mayormente, por tres motivos. El primero, por casamiento con familias ya establecidas en el Río de la Plata, que no fue el caso de Anchorena. Otra forma de progresar era accediendo a las licencias que autorizaban a ser comerciantes monopólicos: es el caso de aquellos que la Corona autorizaba para traficar entre el Rio de la Plata y España. Existía una tercera modalidad de ascenso que era a través de vínculos con funcionarios coloniales que permitían, sin acceder a las licencias oficiales, participar de alguna actividad mercantil. Esto es lo que en general se habla cuando se califica de contrabando. Ese comercio se realizaba por fuera de las rutas y puertos autorizados por la corona española. Pero creo que “contrabando” es un término un poco anacrónico, porque si bien es cierto que no estaba dentro de la estructura legal del imperio, muchas veces la corona española y las autoridades coloniales en América miraban para otro lado porque se veían beneficiados con ese tráfico mercantil o porque a través de impuestos podían acceder de alguna manera a la riqueza que se generaba con ese comercio en principio ilegal o no autorizado.
Juan Esteban Anchorena fue cónsul. Desde su posición en el consulado de Buenos Aires, a fines de 1790, acompañó una medida tomada por la corona española que autorizaba el comercio con neutrales. Es decir, que el Río de la Plata podía comerciar con países que se mantuvieron neutrales con relación a los conflictos militares que había en Europa en ese tiempo que transcurría la Revolución Francesa. Básicamente se trató de liberalizar o flexibilizar un poco más el comercio, ante la crisis económica. Eso permitió que, antes de la crisis de 1810, el comercio con Inglaterra empezara a ser tolerado por la corona española. Anchorena, que acompañó esa medida política, muy probablemente también se benefició económicamente.
-¿Con quién se casó Juan Esteban?
-Con Ramona López de Anaya y Gamiz de las Cuevas, pero su casamiento fue singular. Si bien la familia de su esposa era una familia antigua o troncal de la Buenos Aires de entonces, y se dedicaba al comercio, también se había empobrecido. Es decir, a diferencia de otros fundadores de fortunas comerciales coloniales, Anchorena no se insertó en una familia de importante posición económica, aunque sí, probablemente, con algo de prestigio social.
-¿Cómo pasan los Anchorena de comerciantes a grandes terratenientes?
-Es importante subrayar que la fortuna de los Anchorena no siempre se basó en la tierra y en la producción agropecuaria. Porque el lugar común instalado en nuestra memoria histórica dice que esos fueron los pilares de la riqueza desde los orígenes mismos de nuestro país. Pero la fortuna colonial de los Anchorena, como la de la gran mayoría de los ricos de entonces, se basó en el comercio. Fue la crisis de los circuitos comerciales coloniales provocada por la crisis del imperio español americano, a partir de 1810 y las guerras que le sucedieron, lo que obligó a los comerciantes a buscar nuevos campos de inversión. Entonces, la economía rural apareció como una gran opción.
El Palacio Fernández Anchorena, construido a principios del siglo XX sobre la Avenida Alvear, en el barrio de Recoleta. Fue encargado por el matrimonio del Dr. Juan Antonio Fernández Torres y Rosa Irene de Anchorena al arquitecto francés Edouard Le Monnier en 1907. Sus primeros dueños, nunca habitaron el palacio pues residían en Paris.
-Todo esto sucede en pleno proceso de la Independencia argentina.
-Fue cuando sucede la fragmentación territorial del exvirreinato del Río de la Plata, que se consumó en 1820. A partir de entonces, Buenos Aires logró superar una derrota militar y territorial a través de importantes reformas políticas, institucionales y económicas, impulsadas sobre todo por Bernardino Rivadavia. Se dio impulso a la inversión rural a través de políticas públicas como la enfiteusis. Ahora bien, a pesar de estos incentivos, la reorientación del comercio a la tierra no fue rápida ni profunda.
-¿Los Anchorena tuvieron alguna participación en esas reformas?
-Los hijos de Juan Esteban de Anchorena, Juan José (1780-1831) y sobre todo Nicolás (1785-1856), fueron destacados protagonistas de esa reorientación. Roy Hora, otro historiador, explica que Juan José y Nicolás siguieron teniendo inversiones financieras y en la economía urbana. Sostiene que a pesar de acrecentar su patrimonio en tierras y ganado, jamás se consideraron “hombres de campo”. Lo interesante es que desde la década de 1820 controlaban casi medio millón de hectáreas y siguieron entre los mayores terratenientes por casi un siglo.
-¿Cómo llegaron Juan José y Nicolás a tener medio millón de hectáreas?
-Accedieron a la tierra a través de distintos mecanismos: la ocupación directa, la enfiteusis (arrendamiento a muy bajo costo de tierras públicas) y la compra, que estaba bastante extendida en la provincia de Buenos Aires en ese tiempo. Hay que tener presente que había una gran inseguridad jurídica en torno a la propiedad de la tierra por las dificultades que había para garantizar el control territorial respecto de los indígenas. Era un tema complejo, no solo para acceder, sino también para efectivizar ese derecho con finalidades productivas. Por eso, en la primera mitad del siglo XIX, el patrimonio rural dependía mucho más de las cabezas de ganado que de la cantidad de tierras ocupadas.
Aarón, el Anchorena más famoso
-Una mujer reconocida en la historia de la familia fue Mercedes Castellanos de Anchorena, en la segunda mitad del siglo XIX.
-Mercedes Castellanos (1840-1920), hija de Aarón Castellanos, procedía de una familia de la elite salteña en tiempos de la colonia. Mercedes se vinculó a los Anchorena por su casamiento con Nicolás Hugo Anchorena, hijo de Nicolás Anchorena quien a mediados del siglo XIX era considerado el ganadero más rico de Buenos Aires.
Nicolás Hugo de Anchorena, nieto de Juan Esteban, junto a Mercedes Castellanos de la Iglesia (Condesa Pontificia y Dama de la "Rosa de Oro") retratados por Bartolomé Loudet, el primer estudio de fotografía artística del país a mediados del siglo XIX.
-De esa unión nació Aarón de Anchorena, un personaje excéntrico que marcó su época.
-Sí, fue uno de los hijos de Mercedes. Su nombre remitía al de su abuelo materno y fue un personaje paradigmático de la clase alta argentina del cambio del siglo XIX al XX. Fue excéntrico, un verdadero playboy, compañero de aventuras de Jorge Newbery. Aarón fue el propietario del globo El Pampero con el que, acompañado por Newbery, cruzó el Río de la Plata en 1907.
Como adelanta Losada, Aarón Félix Martín de Anchorena Castellanos (1877-1965) era el octavo hijo de los once que tuvo el matrimonio y fue un personaje especial. Lo tenía todo: encanto, riqueza, pasión por el deporte y la aventura. Fue el soltero más codiciados de la época y el protagonista de grandes hazañas.
Jorge Newbery y Aarón Anchorena en la barquilla del Pampero, momentos antes de realizar la primera ascensión. 25 de diciembre de 1907. El salvavidas dice "Pampa" porque provenía de una embarcación de Anchorena que llevaba ese nombre.Archivo General de la Nación
Primera carrera en el hipódromo de Belgrano
Además de su vuelo histórico en su globo El Pampero, que había comprado en Francia, Aarón participó en la primera competencia automovilística realizada en Buenos Aires en el Hipódromo Nacional. A bordo de un Panhard et Levassor ganó la carrera cuando aventajó a su amigo Marcelo Torcuato de Alvear, que conducía un Locomobile de vapor.
Aarón, que era un incansable viajero, fue el primer turista en acampar en la isla Victoria, en el corazón del lago Nahuel Huapi (junto con Carlos Lamarca y Esteban Lavallol). Quedó tan fascinado con el lugar que consiguió que José Figueroa Alcorta le otorgara el usufructo de la isla. En pocos años fomentó el crecimiento de la zona con la introducción de fauna y flora, como también la puesta en marcha de un astillero, en un lugar que hoy es conocido como “Puerto Anchorena”.
Gracias a Aarón, la impronta de la familia argentina también llegó a Uruguay. A principios de siglo XX, con un adelanto de herencia que le hizo su madre, compró más de 10.000 hectáreas de campo junto a la desembocadura del Río San Juan, en el departamento de Colonia. Allí construyó una estancia que marcaría el resto de su vida.
El casco de estancia hoy se encuentra dentro del “Parque Nacional Aarón Anchorena” y es utilizado como residencia de descanso del presidente de la República de Uruguay. Los restos de Aarón de Anchorena se encuentran en un faro que posee la propiedad.
Aarón gozó de su fama de playboy hasta pasados sus 50 años, cuando se casó, en París, con Zelmira Rosa Paz Díaz, la hija menor de José C. Paz, el fundador del diario La Prensa y viuda de Alberto Gainza Lynch. No tuvo hijos y su herencia fue repartida entre sus ahijados Juan Manuel de Anchorena y Luis Ortiz Basualdo.
En el Parque Anchorena, en Colonia, se encuentra la estancia que es utilizada como lugar de descanso del presidente uruguayo
Aaron Anchorena (der.) muestra a sus huespedes la gran tumba que ha preparado para sus restos, en la estancia de Uruguay. (Foto de Hart Preston para la revista Life 1941)
-Dicen que un romance de Aarón también fue la causa del enfrentamiento entre Mercedes de Castellanos y Corina Kavanagh.
-Mercedes Castellanos se opuso a que su hijo se casara con Corina. Los Kavanagh eran una familia riquísima pero de raíces relativamente recientes en el país, de mediados del siglo XIX. Y doña Mercedes no lo aceptaba. La oposición a ese casamiento dejó una marca tan fuerte en la memoria de los círculos altos de Buenos Aires, que surgió la idea de que, a modo de “represalia”, Corina mandó a construir el primer rascacielos de Buenos Aires, hoy conocido como edificio Kavanagh. Su intención era impedir que desde el Palacio Anchorena se viera la Basílica del Santísimo Sacramento, sobre la calle San Martín, que Mercedes había construido con el propósito de que fuera el sepulcro de la familia. Pero de esto no hay certeza, es más bien un mito urbano.
Aarón Anchorena fue un gran promotor del turismo en el Nahuel Huapi.Gza Archivo Nougués
Corina Kavanagh tuvo un romance con Aarón de Anchorena, pero su madre, Mercedes Castellanos de Anchorena, se opuso porque los Kavanagh no eran una familia "patricia". La oposición de Mercedes provocó la ruptura de la pareja.
-La fortuna de los Anchorena fue tan grande que muchas de las edificaciones más lujosas de la época fueron construidas por ellos, como el Palacio San Martín.
-Mercedes Castellanos, ya viuda de Nicolás Hugo, encargó a Alejandro Christophersen el palacio de Arenales al 700, que hoy es la Cancillería, en los alrededores de Plaza San Martín. Este edificio albergó tres residencias: la de la propia Mercedes, que compartió con su hijo Aarón (hasta su muerte en 1920); la de Leonor Uriburu, viuda de otro de sus hijos, Emilio; y la central, ocupada por Enrique Anchorena Castellanos, casado con Hercilia Cabral Hunter. Las fiestas que la familia ofreció en este palacio fueron célebres en la vida social de la clase alta de Buenos Aires de comienzos del siglo XX.
Palacios Anchorena (hoy Cancillería) y Peña, Buenos Aires 1910.Archivo General de la Nación Argentina
Vista de la residencia Ortiz Basualdo, el Palacio Anchorena y la plaza San Martín.
Leandro Losada es historiador y investigador del Conicet. En su podcast "Historia de la oligarquía argentina" (disponible por Spotify) analiza cómo surgió la clase alta de nuestro país.
*Leandro Losada: Historiador, investigador del Conicet, director del Instituto de Investigaciones Políticas (Unsam/Conicet) y profesor titular de Historia Argentina en Unsam.

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jueves, 20 de agosto de 2020

HISTORIAS DE NUESTRA PATRIA,


Hallan restos de lo que sería una cadena clave en la Vuelta de Obligado
Un pescador los encontró a unos 50 metros de donde se tendió la heroica defensa argentina, que intentó “cortar” el río Paraná ante el avance anglofrancés en 1845
El hallazgo: siete eslabones entrelazados, de más de un metro de longitud
SANTA FE.– Siete eslabones enlazados que “probablemente formaban parte de las cadenas que cortaron el río” Paraná para impedir el paso de la flota anglofrancesa en la batalla de la Vuelta de Obligado de 1845 fueron descubiertos por un pescador, a unos 50 metros del mogote que sujetaba estas defensas.
Según explicó el arqueólogo Mariano Ramos, a cargo de las investigaciones, constituye el “primer hallazgo in situ” de este tipo de restos, y tales elementos comenzarán a ser analizados científicamente como parte de la Investigación Interdisciplinaria acerca de la Batalla de la Vuelta de Obligado, que lleva 20 años trabajando en el sitio, bajo su coordinación.
Favorecido por la bajante del río, más pronunciada en su curso medio, el pescador Jorge López alcanzó a ver gruesos eslabones que, según se cree, fueron de las barreras que se tendieron en 1845 para impedir el paso de una poderosa flota anglofrancesa.

La Vuelta de Obligado el hecho histórico detrás del nuevo feriado
El martes 4 de este mes, recordó López, amarró su canoa en la costa. Mientras desarrollaba la maniobra, miró el fondo y vio algo: “Parecía un eslabón de cadena, pero de cadena antigua y grande, de las que se forjaban pieza a pieza y a mano. Tiré, y era una cadena nomás, una parte al menos”.
Ahora se está comprobando si, como sospechan los especialistas, dio por casualidad con un fragmento de una pieza singular en la historia argentina producto de una de las batallas más heroicas que se libraron en la Argentina. Tanto es así que su fecha, el 20 de noviembre, se convirtió en el Día de la Soberanía Nacional.
“Me siento reemocionado con el hallazgo”, dijo López, tratando de comprender la importancia de aquel. Ramos, en tanto, destacó la importancia del hallazgo y de la conciencia ciudadana del pescador, que, inmediatamente, dio aviso a la Prefectura para que se resguardara el lugar.
De más de un metro de longitud, “es el segmento de cadena más largo encontrado” de los varios que se han atribuido a la Batalla de la Vuelta de Obligado. “Pero además está en el lugar indicado, semienterrado en el borde del agua y a 50 metros de la reconstrucción del mogote original, con lo cual no se pierde la referencia contextual”, amplió el investigador.
Ramos recordó que en 2013 otro pescador había hallado seis eslabones que hacen un total de 70 centímetros y un grillete, pero no tenían la referencia exacta del lugar donde había sido extraído, y podía ser otra cosa. “En ese caso, además, no se pudo establecer si la cadena era de las utilizadas en la batalla, porque el tipo de tecnología a la que corresponde recién estaba apareciendo para 1845”, explicó.
Día de la Soberanía Nacional
Indicios claves
El arqueólogo explicó a la prensa que la cadena fue encontrada en el borde del agua. Además, no descartó que puedan encontrarse un total de 50 metros de cadenas enterradas debajo del sedimento y cubriendo igual distancia que separa los eslabones dejados al descubierto por la bajante del Paraná con el mogote al cual estaba sujeto el otro extremo.
“En esa época, los eslabones se hacían uno por uno con hierro fundido vertido sobre moldes y cada eslabón se reforzaba con determinado tipo de uniones: en algunos casos te encontrás con un travesaño en el medio, que se conoce como contrete –impedía que la cadena se aplastara por el peso– y no constituía una sola pieza con el eslabón, sino que se le unía por una actividad de herrería”, explicó.
Las tareas son intensas. Debe destacarse que el trabajo de campo realizado en este yacimiento por el programa de Arqueología, Historia y Estudios Interdisciplinarios de la Universidad de Luján, que dirige Ramos, permitió determinar la ubicación de la mayoría de las “estructuras militares” defensivas montadas por orden del comandante Lucio Mansilla, en la costa derecha del río Paraná.
El mismo equipo de la Universidad de Luján estableció dónde estaban tres de las cuatro baterías de cañones, el campamento, el hospital de campaña, el terraplén, el depósito de municiones y “uno de los mogotes de tierra y hierro donde se engancharon las tres hileras de cadenas montadas sobre 24 barcazas” con las que se intentó impedir que la flota enemiga remontara el Paraná.
Una batalla histórica
En jurisdicción del partido de San Pedro, provincia de Buenos Aires, el 20 de noviembre de 1845 se libró la batalla de la Vuelta de Obligado, en el contexto de la guerra de la Argentina contra las dos superpotencias del siglo XIX: el imperio británico y Francia.
En Obligado ¿ganamos o perdimos? | Perfil
Allí se ubicaba la principal fortificación argentina, emplazada en la caprichosa Vuelta de Obligado, donde el Paraná se estrecha hasta tener solo 700 metros de ancho en su cauce principal.
Pero además, allí mismo gira sobre sí en un recodo pronunciado, lo que dificultaba la navegación a vela, más tratándose de buques cargados de mercancías como las que transportaban las naves de la flota, en busca de imponer el libre comercio eludiendo –y desafiando– a la Aduana de Buenos Aires y a la Confederación, al mando del brigadier Juan Manuel de Rosas.
Las tropas argentinas estaban lideradas por el general Lucio Mansilla, que, según nuevas investigaciones históricas, se habría apellidado en realidad Mancilla. Él hizo tender tres gruesas cadenas que pesaban más de nueve toneladas, de costa a costa, sobre 24 lanchones. La increíble barrera en sí representó un hito: los propios pobladores participaron de su forja, para lo que entregaron las piezas de metal de sus casas, y prácticamente todos los residentes de entonces de lo que hoy es Obligado, en jurisdicción de San Pedro, cumplieron algún papel en la construcción.
Enfrente tenían a un enemigo poderoso: la escuadra anglofrancesa había llegado con el pretexto de mediar en una pacificación entre Buenos Aires y Montevideo, pero buscaban en realidad establecer un vínculo comercial directo, desconociendo a la autoridad nacional, con Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes.
En los primeros días de noviembre de 1845, ya surcaban las aguas del río Paraná 11 de los 22 barcos de guerra que habían llegado al Río de la Plata, una custodia para una más numerosa flota de 92 buques mercantes. Portaban 418 cañones y tenían 880 soldados, mientras que las tropas nacionales solo le podían oponer seis buques mercantes y cañones en menor cantidad y de menor calibre.
20 de noviembre de 1845 - La Vuelta de Obligado - El Historiador
En la ribera derecha del río, Mansilla montó cuatro baterías artilladas con 30 cañones, con 160 artilleros: la Restaurador Rosas, al mando de Álvaro José de Alzogaray; la General Brown, con el teniente de marina Eduardo Brown, hijo del almirante, al frente; la General Mansilla, comandada por el teniente de artillería Felipe Palacios, y una cuarta de reserva, aguas arriba de las cadenas: Manuelita (nombre de la hija de Rosas), responsabilidad del teniente coronel Juan Bautista Thorne.
El 20 de noviembre de 1845, al amanecer, comenzó la batalla cuando tres lanchones argentinos que patrullaban al río fueron atacados por la artillería de la flota extranjera.
Tras varias horas de intenso combate, las municiones de las baterías se habían agotado, y las tropas británicas y francesas iniciaron el desembarco. Se estima que la batalla dejó 250 muertos y 400 heridos entre las fuerzas de defensa. Las barcazas que sostenían las cadenas por encima del espejo de agua fueron incendiadas. Pero la flota había quedado con su nave insignia a la deriva, sin ancla, cuya cadena fue cortada por una certera salva, y con dos bergantines seriamente averiados y fuera de combate, y otras naves con daños importantes.
“Hoy he visto lo que es un valiente. 
Nuevos documentos revelan detalles desconocidos sobre la histórica ...
Empezó el fuego a las 9 y media y duró hasta las 5 y media de la tarde en las baterías, y continúa ahora entre el monte de Obligado el fuego de fusil (son las 11 de la noche). Mi tío ha permanecido entre los merlones (lienzos de parapeto) de las baterías y entre las lluvias de balas y la metralla de 120 cañones enemigos”, escribió Sabino O’Donnell, médico de las tropas nacionales y uno de los primeros en la Argentina.
Las cadenas fueron rotas a martillazos y los buques pasaron. Mansilla sobrevivió y, poco después, libró otra batalla: comandó a las tropas de la Confederación en un nuevo ataque a la misma flota aguas arriba, en lo que la historia registra como el Segundo Combate de San Lorenzo y la Batalla de Punta Quebracho.

J. E. B.

sábado, 6 de junio de 2020

EL ASESINATO DE ARAMBURU, HISTORIAS DE NUESTRA PATRIA,


ARAMBURU A 50 AÑOS DEL ASESINATO EJECUTADO POR MONTONEROS
Hugo Alconada Mon dará una conferencia sobre casos de corrupción ...
Hugo Alconada Mon 

“Mi general, usted viene con nosotros”

Pedro Eugenio Aramburu, en una foto tomada en su casa en 1969
Eran las 9 del viernes 29 de mayo de 1970 y una Argentina ya violenta se acercaba a otro punto de inflexión: el secuestro y la muerte del teniente general Pedro Eugenio Aramburu. Disfrazados de oficiales del Ejército, Fernando Abal Medina y Emilio Maza habían logrado entrar al 8º A de la calle Montevideo 1053. Veinteañeros, dijeron que venían a ver a Aramburu por orden del comandante en jefe de la fuerza, Alejandro Lanusse. Tenían clara su misión. Se lo llevaban o lo mataban. En el Día del Ejército. A un año del Cordobazo, el “Aramburazo”.
Sara, la esposa de Aramburu, los recibió como buena anfitriona. Ordenó que les sirvieran café –que evitaron para no dejar huellas dactilares en los pocillos– y se retiró. Trámites pendientes, se excusó, antes de marcharse.
En el living, Abal Medina –bigote postizo para avejentar sus 23 años– y Maza esperaron a que Aramburu terminara de cambiarse. Cuando al fin apareció, también pidió un café, sin imaginar qué ocurría. Minutos después, enfilaron hacia el ascensor, donde los esperaba Ignacio Vélez Carreras, otro miembro del Comando Juan José Valle.
A 50 años del asesinato de Aramburu: Montoneros y su sello ...
Ya en la vereda, doblaron hacia la izquierda y caminaron hasta la cochera contigua, en el 1037. Hoy es parte de un supermercado Disco, frente al Colegio Champagnat. Allí, los aguardaba el cuarto integrante del comando, Carlos Capuano, al volante de un Peugeot 504 blanco algo llamativo: su tapizado era rojo.
Con el ícono de la Revolución Libertadora en el asiento trasero, entre Abal Medina y Maza, el Peugeot salió por Montevideo, giró por la calle Charcas –hoy Marcelo T. de Alvear– y dejó atrás a dos personas intrigadas y a otras cuatro algo, apenas, aliviadas. Porque el encargado de la cochera y la empleada de una boutique vieron a Aramburu marcharse adusto, sin saludarlos como era su costumbre. Y porque Mario Firmenich –22 años, vestido como cabo de la policía–, Carlos Maguid –con sotana–, Norma Arrostito –con peluca– y Carlos Ramus –al volante de una camioneta Chevrolet– también estaban allí, dispuestos a matar y morir si el Operativo Pindapoy salía mal.
50 años del asesinato político que reescribió la historia ...
Desde el momento en que el 504 avanzó por Charcas, sin embargo, se ciernen las sombras. Porque la versión “Cómo murió Aramburu”, que ofrecieron Firmenich y Arrostito a la revista La Causa Peronista cuatro años después, incluyó varias omisiones y tergiversaciones. En ese relato omiten a un protagonista, como mínimo, y varias precisiones, según comprobó, cuatro décadas después, Ricardo Grassi, el periodista que redactó aquel reportaje en 1974.
Operativo Pindapoy": a 50 años del asesinato de Aramburu, el ...
Según Firmenich y Arrostito, el comando abandonó el Peugeot, robado, detrás de la Facultad de Derecho y se subieron todos a la camioneta Chevrolet. Luego pararon en Figueroa Alcorta y Pampa –donde se bajaron Arrostito, Maza, Vélez y Maguid– y volvieron a detenerse cerca del Aeroparque. Allí, dejaron la Chevrolet, también robada, y se subieron a una camioneta Jeep IKA Gladiator T80, color crema, de la familia Ramus. Capuano les abrió camino al volante de un taxi Ford Falcon –de Firmenich– por la General Paz hasta Gaona, para desde allí recorrer más de 400 kilómetros hacia el oeste de la provincia.
A 50 años del crimen de Aramburu. Montoneros y el arte del ...
Mientras la Gladiator y el taxi avanzaban por caminos secundarios o de tierra, Sara ya había regresado al departamento. Intuyó de inmediato que algo malo ocurría. Su esposo se había marchado sin despedirse ni avisar a dónde iba ni cuándo volvería. El teléfono había dejado de funcionar horas antes. Y las respuestas que cosechó entre los vecinos y la cochera acentuaron sus sospechas. Temió lo peor, influida porque venían de encontrar una bomba en la quinta que tenían en El Talar de Pacheco. Y porque medios afines al gobierno del dictador Juan Carlos Onganía denostaban a Aramburu como “Caín”.
Montoneros: los orígenes católicos del peronismo "redentor ...
Alertado por Sara, el círculo íntimo de Aramburu se movió con rapidez entre sus contactos en el Ejército, la policía y el gobierno. Pero la reacción oficial demoró horas. Y reaccionó mal. El comando radioeléctrico de la policía recién emitió su primera alerta a las 12.45 y ordenó buscar un Peugeot “oscuro”. La rectificación llegó en otro radiograma, a las 14.45. Es decir, casi seis horas después del secuestro. Para entonces, el secuestro ya dominaba los noticieros, y la Gladiator y el taxi ya se encontraban muy lejos de la ciudad de Buenos Aires.
¿Simple ineptitud policial? ¿Complicidad? Montoneros siempre negó un contubernio con el gobierno de Onganía, que deslizaba entre los periodistas que se trataba de un autosecuestro. Pero el núcleo duro de Aramburu murió convencido de que el sector más nacionalista y retrógrado del Ejército estuvo detrás del operativo, de la mano del ministro del Interior, el general Francisco Imaz. Una creencia que, cincuenta años después, mantiene viva su hijo.
Noticias | Firmenich hoy, a 50 años del asesinato de Aramburu
“Montoneros actuó en sintonía con gente de adentro [del gobierno]. No tengo dudas. Imaz odiaba a mi padre, al que le atribuía todas sus frustraciones por el desplazamiento de los nacionalistas en 1955”, dice Eugenio Aramburu, a los 82 años. “Para cuando lo secuestraron, a mi padre le habían sacado la custodia, pese a la bomba en nuestra quinta de Pacheco, mientras que [el almirante Isaac] Rojas tenía custodia, auto y chofer. Firmenich entró varias veces al Ministerio del Interior antes del secuestro, y cuando se lo llevaron a mi padre, se cortó el teléfono, demoraron en ordenar su búsqueda y filtraron que era un autosecuestro. ¿Qué tengo que pensar?”.
La versión sobre las supuestas visitas de Firmenich al ministerio comenzó con tres artículos que publicó La Vanguardia, el periódico del Partido Socialista Democrático, en las semanas que siguieron al crimen. Sostuvo que el jefe de Montoneros “habría” ingresado 22 veces a esa dependencia oficial durante los 45 días previos al secuestro, sin aportar evidencias, que la Justicia tampoco logró corroborar. Pero las sospechas rodean desde entonces a Firmenich, que siempre lo negó, aunque dijo entenderlas.
Hace 50 años, Montoneros secuestraba y ejecutaba a Aramburu ...
“Es lógico que los amigos de Aramburu hayan pensado que pudieran haber tenido que ver los amigos de Onganía. Digo que es lógico porque nuestra osadía fue tan grande que nadie se podía imaginar que un grupo de diez muchachos desconocidos se animara a hacer semejante cosa”, le dijo al historiador Felipe Pigna en Barcelona, en febrero de 2004.
Se intentó contactar a Firmenich durante semanas, pero no obtuvo respuesta. Días atrás, sin embargo, rompió su silencio público con un texto en el que no abordó el crimen de Aramburu, sino la pandemia. Planteó que la “prolongación indefinida de una cuarentena ruinosa para millones de argentinos […] puede terminar en una rebelión social contra la cuarentena por el estado de necesidad”.
Paso a paso, la historia de cómo y cuándo los Montoneros ...
Otro líder de Montoneros, Roberto Perdía, que al momento del secuestro no era parte del grupo, sí dialogó dos veces Declinó dar una entrevista formal,pero recomendó dos libros suyos:Montoneros.Elperonismo combatiente en primera persona y Prisioneros de esta democracia. En el primero, repudia las “versiones conspirativas sobre la detención y muerte de Aramburu”, que califica de “intriga” que sirvió para montar “una campaña de deformación de los hechos”.
En cualquier caso, si alfiles de Onganía estuvieron detrás del secuestro o si,ya ocurrido, creyeron que podría reportarles algún beneficio político,se equivocaron por completo.Aceleró el final del dictador, a quien las Fuerzas Armadas le quitaron su apoyo. El 8 de junio lo reemplazó el general Roberto Levingston.
En Timote
Ajenos a lo que ocurría en Buenos Aires, los ocupantes de la Gladiator llegaron cerca de las 18 a Timote, un pueblo por entonces de 1000 habitantes, ubicado a 18 kilómetros de Carlos Tejedor. Allí, la familia Ramus era dueña de La Celma, poco más que una casona que había conocido tiempos mejores. Hoy quedan en pie apenas dos paredes de aquella vivienda, ubicada a 500 metros del centro de Timote. “Vinieron con una topadora, tiraron algunas paredes y taparon el sótano”, dice uno de los referentes de Arte Comunitario Timotense, Bruno Rodríguez, mientras que, parado entre lo que queda, explica cómo era la disposición de la casa.
En 1970, La Celma tenía seis habitaciones, una de ellas con un sótano que resultaría decisivo en esta tragedia. Y fue allí, en cuanto
llegaron a la casona, que Abal Medina le informó a Aramburu que lo someterían a un “juicio revolucionario”, mientras en Buenos Aires y Rosario difundían el primer comunicado de Montoneros, confirmando el secuestro y sin pedir nada como rescate.
Timote vuelve a discutir por Aramburu a casi 50 años de su ...
Ese “juicio revolucionario” se centró en tres ejes, según el relato de Firmenich y Arrostito: los fusilamientos del general Valle y de quienes se alzaron en junio de 1956, la preparación de otro golpe de Estado contra Onganía para impedir el retorno de Juan Domingo Perón y el robo del cadáver de Evita. ¿Se defendió Aramburu? Y en ese caso, ¿qué dijo? Según Montoneros, Aramburu habría respondido preguntas, negado o matizado las acusaciones, callado mucho más y habría intentado conmoverlos.
Cincuenta años después, su hijo rechaza indignado las tres “imputaciones”. Plantea que su padre ordenó los fusilamientos para restablecer el orden jerárquico dentro del Ejército, “basado en la legislación vigente, a la luz del día y asumiendo la responsabilidad ”. Dice que no existía una conspiración contra Onganía y que, por el contrario, Aramburu buscaba una salida institucional para la Argentina que incluyera al peronismo. Y sostiene que enrostrarle el robo del cuerpo de Evita “es un cargo descalificante” y “vil”. “Lejos de ser un acto desdoroso, mi padre actuó para evitar que el sector más retrógrado de las Fuerzas Armadas arrojara el cuerpo al río. Revela su inquietud, de naturaleza ética y de caridad cristiana. Actuó para resguardar el cuerpo, tras hablar con la familia Duarte, y la Iglesia acompañó su decisión”.
Almorzando con Firmenich: 50 años del asesinato de Aram…
Sin embargo, más relevante que esas “imputaciones”, para muchos Aramburu podía encarnar la transición hacia la democracia, acaso con “un peronismo sin Perón”, pero consensuado con Madrid. Y el “Documento verde”, escrito en 1972 por un sector disidente de Montoneros, recuerda cuál era el parecer de la organización sobre esa posibilidad, que también explica por qué fueron por Aramburu: “Se trataba de producir un hecho detonante, que partiera de la conciencia peronista y combativa de las masas, que de por sí fuera la definición contundente que bastara por sí para identificarnos como tales. Un hecho que, a la vez, elevaría a nivel violento la contradicción peronismo-antiperonismo, por donde pasaba la contradicción principal de la sociedad argentina. Un hecho, además, de justicia que era ansiado por el peronismo desde 1955 y que, consumado, quitaría al régimen una ‘carta de recambio’, a jugarse –llegado el momento– para inaugurar una nueva etapa de seudolegalidad”.
En ese contexto, la “condena” de Aramburu en el “juicio revolucionario” era inexorable. El 31, Montoneros emitió dos comunicados más. Uno para reafirmar que eran los autores del secuestro y descartar “la posibilidad de negociar su libertad”; y el otro, horas después, para informar que lo habían condenado “a ser pasado por las armas” y que no devolverían su cuerpo, sino que le darían “cristiana sepultura”, hasta que reaparecieran los restos de Evita.
A 41 años del Secuestro de Aramburu | El Diario 24
Horas después, durante la madrugada del 1° de junio, concretaron lo anunciado, según el relato publicado en aquel texto de 1974 y que no puede ser corroborado por otra fuente.
Allí señalan que los secuestradores le informaron a Aramburu que sería “ejecutado” y le dieron media hora para prepararse. Le ataron las manos a la espalda. Aramburu pidió que le atasen los cordones de sus zapatos; uno de los captores –¿Firmenich? – se hincó ante él y se los ató. Pidió afeitarse; se lo negaron. Lo llevaron por el pasillo de La Celma hasta la tercera y última habitación de la izquierda, donde un hueco ubicado debajo de la cama conducía a un pequeño sótano. Pidió un confesor; se lo negaron. Preguntó qué pasaría con su cadáver y con su familia; le respondieron que nada tenían contra su familia; callaron sobre su cadáver.
Ya en el sótano, le colocaron una media en la boca, le vendaron los ojos, lo apoyaron contra la pared, de cara a sus ejecutores.
Ramus salió a distraer al casero, mientras Firmenich comenzó a hacer ruido con una llave sobre una morsa para disimular el ruido de las balas.
A medio siglo del crimen que estremeció al país: el asesinato de ...
–General, vamos a proceder –le habría dicho Abal Medina, según el relato de Firmenich.
–Proceda –le habría respondido Aramburu.
Y entonces, según Firmenich, “Fernando disparó la pistola 9 milímetros, al pecho. Después hubo dos tiros de gracia, con la misma arma, y uno con una 45. Fernando lo tapó con una manta. Nadie se animó a destaparlo mientras cavábamos el pozo en que íbamos a enterrarlo”.
Confusa, la frase puede interpretarse de varias formas. ¿Fueron tres o cuatro tiros en total? ¿Abal Medina se encargó también de los tiros de gracia, usando la 9 milímetros y luego la .45? ¿O se encargó otro captor? Eso cree Grassi, desde que completó en 2015 un “reportaje a un reportaje histórico”, aquel que publicó en septiembre de 1974. Y eso cree María O’Donnell, tras investigar la trama durante años y publicar su último libro, Aramburu. El crimen político que dividió al país. El origen de Montoneros.
María O'Donnell: “Firmenich todavía reivindica el asesinato de ...
Grassi: “En sentido estricto, no fue Abal quien lo mató. O no fue el único, según quise y pude saber treinta y siete años después”. Y detalló que hubo otra persona presente en el sótano, que no identificó por su nombre, apenas como “el Otro”, con quien dialogó y le aportó varias precisiones. Como que la frase final de Aramburu fue “Proceda, nomás”, que Abal Medina disparó el primer tiro, quedó abrumado, se marchó de allí y apareció Emilio Maza, quien se encargó de los dos tiros de gracia, con la .45.
O’Donnell: “Alguien más debía estar ahí [por el sótano]. Es más difícil afirmar cuántos y quiénes, sin embargo”.
La periodista consultó luego al único protagonista de la Operación Pindapoy que, junto con Firmenich, sigue vivo: Vélez Carreras. Él está convencido de que, si hubo alguien más en La Celma y se encargó de los tiros de gracia, fue Maza.
–Si fuera así, ¿por qué razón lo ocultaría Firmenich? –le preguntó O’Donnell.
–Porque ha hecho de él una construcción como heredero directo de Abal Medina, como si fuesen el hermano mayor y el menor. Es lo único que se me ocurre.
El afán de Firmenich por fijar su versión de la historia puede explicar por qué decidió relatar cómo murió Aramburu, cuatro años después del Operativo Pindapoy, pero también cuatro meses después de romper con Perón en la Plaza de Mayo y apenas dos meses después de su muerte y el ascenso de Isabelita, José López Rega y la Triple A al poder.
Los errores de Montoneros
Fue un error de la cúpula de Montoneros, como lo fue enfrentarse con Perón –quien había aprobado el crimen de Aramburu, y así se lo refrendó en una carta que les fechó el 20 de febrero de 1971–, y como lo sería pasar a la clandestinidad, el 6 de septiembre de 1974. Y también, según le reconoció Firmenich a O’Donnell, lo fue robar el cuerpo de Aramburu en el cementerio de la Recoleta, por una célula liderada por el poeta Paco Urondo, un mes después. ¿Su objetivo? Forzar la repatriación del cadáver de Evita.
El cuerpo de Aramburu también había aparecido, semanas después de su secuestro, por otros varios errores cometidos por Montoneros –en particular tras la toma fugaz de la localidad cordobesa de La Calera– que pondrían a la policía tras el rastro que los condujo –entre hechos fortuitos y tormentos a detenidos– hasta La Celma. Lo encontraron el 16 de julio de 1970, enterrado en el sótano.
Cincuenta años después,nadie quiere destinar dinero para preservar lo que queda de esa casona. Mucho menos para su restauración. Incomoda. Acaso porque la muerte de Aramburu aún separa a millones. Palpable en las reacciones que cosecha el uso de ciertas palabras: ejecución o asesinato. Acto de justicia, de venganza o de revancha. Crimen político.
402. el regreso de aramburu ◊ – AfterLife
“La venganza es trágica, pero a veces no hay remedio”, dice Grassi Vive ahora en Roma, tras su exilio, su regreso a Buenos Aires y su reubicación, entre Italia y Afganistán. “Si no hay Justicia, no queda otra. O la Justicia te restablece tu dignidad o estás forzado a restablecerla por tu cuenta. Lo he visto, una y otra vez, en Afganistán, durante los últimos 17 años. Eso no quita que su muerte fuera un hecho trágico. Toda muerte es trágica, del lado que sea”.
“Creo que hemos aprendido algo en todo este tiempo”, dice Eugenio Aramburu, quien tiene hoy quince años más que su padre cuando murió. “Creo que hemos aprendido que la violencia no conduce a nada y estamos aprendiendo que la Argentina no tendrá solución si no dejamos a un lado los ajustes de cuentas”, dice, en una conversación a solas que lo llevó, tres veces, a emocionarse. “Las nuevas generaciones nos están reclamando que miremos para adelante. Si no, seguiremos chapoteando en el barro”.

sábado, 29 de febrero de 2020

HISTORIAS DE NUESTRA PATRIA,


La decisiva batalla de Cepeda

Cepeda fue "la batalla de un minuto y la definición de un siglo", según la fórmula acuñada por el historiador D.L. Molinari. Sin embargo, más allá de la hipérbole utilizada, el sentido certero que se buscaba transmitir tenía que ver con la virtual insignificancia de la acción bélica, analizada en términos estrictamente militares, en contraste con las enormes consecuencias político-institucionales del hecho en sí, ocurrido el 1º de febrero de 1820 en la cañada del arroyo Cepeda -cerca de los pagos de Pergamino- que le dio nombre. Décadas más tarde, en 1859, dos ejércitos argentinos volverían a enfrentarse allí.

Ahora bien, como combate, la primera batalla de Cepeda no consistió más que en una furiosa carga de la caballería federal -las tropas del Ejército Aliado de Estanislao López y Francisco Ramírez- que originó una desbandada de sus similares nacionales bajo la dirección del general José Rondeau, a la sazón último director de Estado de las Provincias Unidas. En cambio, la infantería del ejército directorial, compuesto casi exclusivamente por batallones porteños, ofreció alguna resistencia para luego emprender el retiro al mando del general Balcarce, quien salvó la artillería y, dirigiéndose al pueblo de San Nicolás, embarcó las tropas de regreso a Buenos Aires. Como se dijo, la batalla de Cepeda no merecería figurar entre los grandes acontecimientos bélicos de nuestra historia salvo por las consecuencia institucionales que allí se originaron.

En primer lugar, la llegada a los primeros planos de la vida política de nuestro país de los líderes populares del Litoral, tales los casos del caudillo y gobernador de Santa Fe, E. López, y del jefe supremo de Entre Ríos, Francisco "Pancho" Ramírez, quienes -emancipados de la tutela de Artigas, vencido por el segundo de los nombrados meses después- impusieron, con distinta suerte, algunas de sus ideas centrales. Así, por ejemplo, no se discutió más, después de Cepeda, la forma de gobierno que debía adoptarse en el ámbito rioplatense, sepultando las aspiraciones monárquicas que, con diversas dosis de pragmatismo, habían buscado llevar adelante los miembros del Directorio.
De la mano de esa irrupción de los caudillos -que con el tiempo se multiplicarían en las distintas provincias- vino la desaparición de las autoridades nacionales, con la renuncia del director Rondeau y la disolución del Soberano Congreso, aquel cuerpo que se había instalado en 1816 en Tucumán para declarar formalmente la independencia, trasladándose luego a Buenos Aires y que llegó sancionar en 1819 una carta constitucional para nuestro país.
Empero, si tuviésemos que escoger entre todas las consecuencias derivadas de esa batalla, sin dudas, la opción recaería sobre el surgimiento de la provincia de Buenos Aires. En efecto, hasta ese momento Buenos Aires tenía una organización política, jurídica y administrativa de tipo polivalente, en parte heredada del antiguo régimen virreinal y que poco -o casi nada- habían modificado los gobiernos revolucionarios, la gobernación-intendencia diseñada a fines del siglo XVIII que había ido sufriendo deserciones y amputaciones forzosas, como la propia Santa Fe.

A partir de Cepeda, entonces, y por imposición de los caudillos vencedores, quienes lo pusieron como condición para negociar un tratado de paz, los porteños fueron obligados a organizarse como entidad de derecho público dotada de autonomía. De esta forma nació la provincia de Buenos Aires en su calidad de tal, con sus primigenias instituciones políticas y gubernamentales: la Junta de Representantes, compuesta de diputados de la ciudad y, luego, también de la campaña, y el Poder Ejecutivo, con su primer gobernador, don Manuel de Sarratea, elegido por aquellos.

La firma del Tratado de la Capilla del Pilar (allí estaba instalado el campamento del Ejército Aliado federal), el 23 de febrero de 1820, cristalizó la actuación del flamante gobernador, sentó las bases de una nueva era política con base en el sistema republicano y auspició la forma de Estado federal, inaugurando una tradición de acuerdos, pactos y convenciones que fueron una de las principales columnas en la construcción del futuro edificio institucional argentino.

J. P. G. 

viernes, 20 de septiembre de 2019

HISTORIAS DE NUESTRA PATRIA,


Marcha a Yapeyú para honrar a José de San Martín
Hace 31 años que Luis Miguens organiza una cabalgata a la cuna del general

Mariana ReinkeEl médico Luis Miguens parte todos los años de la localidad de Mercedes a Yapeyú
MERCEDES, Corrientes.– Luis Miguens colgó el guardapolvo blanco en el perchero de su consultorio. Había terminado su jornada en el Hospital Las Mercedes. Era tiempo de volver a casa. En moto se dirigió a una chacra cercana para ver el estado de los dos caballos que apartó hace meses para una nueva cabalgata a Yapeyú, cuna del general José de San Martín.
Todo empezó hace exactamente 31 años cuando su hijo mayor tenía ocho y, junto a un amigo, decidió organizar una pequeña marcha a Yapeyú para rendirle un homenaje a San Martín, como lo hacían otros pueblos de la provincia.
Desde chico, Miguens tuvo relación con el campo y los caballos. En la estancia de la familia en Chascomús, entre sus ocho hermanos y sus primos, se disputaban los pocos caballos mansos que había. Pasó el tiempo y el destino hizo que se instale casi por casualidad en la ciudad correntina de Mercedes, donde encontró su lugar en el mundo. “En esta zona sí era muy fácil acceder a tener caballos”, cuenta.
La cruzada constaba de 150 kilómetros y tres días a caballo, en postas. En esa primera cabalgata fueron solo cuatro personas: Luis, su hijo y dos amigos. Durante el trayecto se sumaron a otras columnas de paisanos correntinos.
Al año siguiente la iniciativa se agrandó y pasaron a ser más de 30, entre padres y chicos. “Además de lo épico y de rendir homenaje al Padre de la Patria, siempre insistí en que es un programa para la familia. Los grandes dejan por unos días su mundo laboral, los chicos suspenden la escuela y juntos comparten un programa fantástico. Se ponen las bombachas, se calzan las botas o polainas, con frío, dolor en el cuerpo, con hambre y hasta con lluvia. La cabalgata no se suspende por mal tiempo”, comenta.
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Para Miguens siempre fue fundamental que la gente entienda que una cosa es andar a caballo y otra muy distinta es marchar. “Hay que darle ritmo a la cabalgata con el tranco correntino”, era la frase que repetía durante cada viaje.
Visitas masivas
En un principio las paradas eran en las estancias donde los dueños los recibían con gusto. A medida que el programa se hizo multitudinario se complicó la organización. Con más de 100 jinetes, sumado a los 250 caballos que se largaban en los potreros, pasaron a ser visitas no gratas en los campos. Se tuvo que cambiar la logística: se unieron con el Ejército para organizar mejor la marcha. Así fue como los jinetes entregaban los insumos y los militares proveían de carpas, baños y todo lo necesario para acampar.
Ese acuerdo, que duró tres años, le brindó a la cabalgata “un sentido más épico y jerárquico”, una especie de marcha militar.
“Llegábamos a la posta, izábamos la bandera con el fogón prendido, unos mates y el asado listo para comer. Al amanecer nos despertaba el toque de diana para reunir a la tropa y emprender la marcha”, cuenta.
Joaquín, Tintín, el hijo menor de Miguens, se sonríe al recordar cómo se identificaba a la cabalgata mercedeña: “Los gauchos de Miguens”.
Demanda
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También se acuerda de que para ayudar a su padre, por la cantidad de gente que se había anotado (en su mayoría foráneos), con su hermano mayor pusieron un aviso en la radio local para anunciar que alquilaban caballos. “Era gracioso, los menchos [paisanos correntinos] golpeaban la puerta de casa para ofrecer sus caballos, que, según ellos eran mansos de andar. Llegamos a alquilar más de 80 caballos y para distinguirlos, los numeramos”, cuenta.
Una de las cabalgatas más emotivas para Miguens fue la de 2001. “Con 284 jinetes, el campamento parecía un verdadero vivac militar al estilo de la Conquista del Desierto, con mástil, carpas y fogones repartidos. Más de un kilómetro de hileras de caballos atados junto al alambrado. Una de esas noches nos sorprendió la banda del Ejército, que rememoró ‘La retreta del desierto’. Fue emocionante”, recuerda.
Con el tiempo, sus cinco hijos crecieron, empezaron la universidad y algunos se casaron. Fue el momento de pasar el mando a otros padres para que sean ellos ahora los coordinadores de la marcha y pasar a ser un jinete más.
Para su hijo Joaquín, si bien desfilar junto a los granaderos es mágico, lo impagable es el momento en que se pasa por el arco de entrada al pueblo. “Cada 17 de agosto Yapeyú se ilumina. Todos quieren llegar y ver a los vecinos a la vera de la calle principal, donde dan la bienvenida. Vivir eso no tiene precio”, dice.
Hoy, con 68 años, Miguens guarda en su memoria las vivencias de las cabalgatas junto a sus hijos y sueña con revivirlas con sus nietos algún día.
M. R. 

viernes, 30 de agosto de 2019

HISTORIAS DE NUESTRA PATRIA, ....LEANDRO N. ALEM



La trágica muerte de un hombre llamado Leandro N. Alem
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Un texto de Adrián Pignatelli que relata el dramático final de Leandro N. Alem, el fundador de la Unión Cívica Radical (UCR).
A las 9 de la noche del miércoles 1 de julio de 1896 de la casa del Dr. Leandro N. Alemhabían solicitado un coche. Puntual, el cochero Martín Suárez llegó a la puerta del domicilio, en la calle Cuyo (hoy Sarmiento), entre Callao y Rodríguez Peña.
Como había pasado casi una hora sin que nadie saliese, estuvo por irse, hasta que de pronto apareció, como un relámpago, el diputado Alem. Mientras se subía al carruaje número 1558, preguntó:
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-¿Sabés cómo ir al Club del Progreso?
Según el conductor, no habrían hecho más que veinte metros cuando escuchó un estampido. Creyó que había sido un cohete. Además, el sonido de los cascos del caballo contra los adoquines confundían los ruidos callejeros.
Cuando el coche llegó a la sede del club, que por entonces funcionaba en Perú y Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen), el cochero repetía: “El doctor Alem se mató…”.
Yacía sobre el asiento. Vestía su característico traje oscuro, muy usado, con un corte un poco pasado de moda. Sobre sus hombros, un poncho de vicuña.
Junto a su mano derecha había un revólver Smith & Wesson de culata nacarada. Se veían manchas de sangre, algunas en la ropa y otras sobre el asiento. Aún se percibía el olor a pólvora.
Uno de los socios del club que casualmente ingresaba, hizo llamar a la policía, mientras que el portero José Rodríguez entraba para dar la noticia.
Llevaron el cuerpo al salón del primer piso donde lo depositaron sobre una mesa. Detrás de la oreja derecha se veía el orificio de entrada de la bala.
Alguien cubrió su rostro con el poncho de vicuña que el suicidado traía. Tenía 54 años. Para la medianoche, los alrededores del Club del Progreso eran un hervidero de gente, que se dio cita a pesar del frío y la llovizna.
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La noticia cayó como un balde de agua fría entre sus amigos y entre sus adversarios políticos, quienes lo respetaban, aunque algunos no lo entendían.
En la redacción del diario La Nación se armó de apuro la crónica del hecho, y destacaron que “hacía mucho tiempo que estábamos distanciados del Dr. Alem en las actividades y apasionamientos de la lucha política.
El iba por un camino, nosotros por otro; convencidos él y los suyos de que la senda que seguían era la única buena para llegar seguramente al logro de sus fines patrióticos, y creyendo nosotros con la misma seguridad que la nuestra era la mejor”, escribieron al día siguiente.
El hijo del ahorcado
No las tuvo sencillas el joven Leandro. Había nacido en Buenos Aires el 11 de marzo de 1842. Su padre Leandro Antonio Alén y su madre Tomasa Ponce Gigena manejaban una pulpería en Rivadavia y Matheu, donde Leandro creció.
Tenía solo 11 años cuando vio como ejecutaban a su padre, junto a Ciriaco Cutiño, por su pertenencia a la mazorca rosista. Fue el 29 de diciembre de 1853 en la Plaza Independencia, que ocupaba un terreno entre la actual avenida Independencia, Bernardo de Irigoyen, Tacuarí y Estados Unidos.
Muy a pesar suyo, comenzaron a llamarlo “el hijo del ahorcado”.
Lo atormentaba la duda de si su padre había enfrentado la muerte como un hombre. Tenía grabado en su mente que le había costado subir al cadalso, ya que había sufrido una hemiplejia.
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Su andar vacilante y tembloroso contrastaba con la actitud desafiante de Cuitiño que hasta llegó a pedir hilo y aguja -que se lo dieron- para atarse el pantalón al chaleco y así evitar que se le cayeran cuando su cuerpo exánime quedara colgado a la expectación pública, tal como estipulaba la sentencia.
El joven Leandro tomó la decisión de modificarse el apellido, cambiando la “n” por la “m”. Aún es motivo de controversia el significado de la “N.”, que se interpreta como Nicéforo. También firmaba como “Ln. Alem“. Cuando le preguntaban qué significaba la “n” minúscula, respondía “nada. Eso significa”.
Fue a combatir como soldado federal junto a Urquiza, en Cepeda. Dos años después, lucharía en Pavón como soldado porteño. Luego peleó en la guerra contra el Paraguay, donde fue herido en Curupaytí.
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En 1868 se incorporó al partido Autonomista de Adolfo Alsina y al año siguiente se graduó de abogado. Fue secretario en la legación argentina en el Brasil y vicecónsul en Asunción del Paraguay.
Cuando Alsina y Mitre acordaron unirse, Alem dejó el Autonomismo y fundó el partido Republicano. En los intensos debates por la federalización de Buenos Aires, estuvo en contra de la capitalización, que sería aprobada. Se oponía al centralismo que tendría Buenos Aires. Renunció y por casi diez años desapareció de la política.
La Unión Cívica
Volvería a estar presente en 1889 cuando se fundó la Unión Cívica de la Juventud. Al año siguiente, fue el presidente por aclamación de la Unión Cívica y jefe de la revolución del Parque, que fue derrotada pero que provocó la renuncia del presidente Miguel Juárez Celman.
La Unión Cívica, preparándose para las elecciones presidenciales que se celebrarían un año más tarde, había proclamado la fórmula Bartolomé Mitre-Bernardo de Irigoyen. Era un binomio fuerte que arrasaría con el alicaído roquismo.
Pero cuando Mitre regresó de un extenso viaje por Europa, Julio A. Roca les ganó de mano a todos. Le propuso a Mitre un acuerdo, por el que se “suprimía la lucha electoral para la presidencia futura”, a fin de evitar enfrentamientos. Se armaría una fórmula con Mitre, acompañado de una figura del entorno de Roca.
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Alem y los suyos pusieron el grito en el cielo porque precisamente a través de la lucha electoral ellos pretendían modificar el régimen que desde 1880 movía los hilos de la política a gusto y placer.
La Unión Cívica se dividió: la Nacional, que llevaría la fórmula Mitre-José E. Uriburu y la Radical, con Bernardo de Irigoyen y Juan Garro. Desencuentros y desinteligencias entre los aliados de Roca hicieron que el acuerdo se cayera, y con él la candidatura de Mitre.
Había nacido el radicalismo, uno de los primeros movimientos populistas de América Latina, que incluiría una novedad en la política, que fue la movilización de la población urbana.
Para Alem su misión era la restauración de la república; bregaba por el reestablecimiento institucional, la honradez gubernativa, la libertad de sufragio y el respeto por las autonomías provinciales.
El radicalismo encabezaría distintas revoluciones, en busca de apoyo popular, con resultados inciertos. Un Alem empobrecido, como problemas de salud es el que llegaría a julio de 1896.
“Perdónenme el mal rato”
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Ese 1 de julio había citado por carta a sus amigos Domingo Demaría, Oscar Liliedal, Adolfo Saldías, Enrique De Madrid, Francisco Barroetaveña y Martín Torino.
Los esperaba en su casa, sin falta. La cita, pactada para la tarde, debió postergarse un par de horas porque algunos de los mencionados no podían llegar. En un momento de la reunión, fue a su escritorio -se cree que para suicidarse- y se encontró con Demaría y Barroetaveña, que estaban hablando.
Entonces, fue cuando salió y se subió al coche, que había hecho llamar por las dudas lo necesitase.
Fue el juez de instrucción quien registró sus bolsillos. Habían dos paquetes para Martín Irigoyen y un papel: “Perdónenme el mal rato, pero he querido que mi cadáver caiga en manos amigas y no en manos extrañas, en la calle o en cualquier otra parte”, lo que indica que planeaba suicidarse en su casa.
“Vivir deprimido o morir”
Dejaría otras cartas. A su hijo Leandro le escribió que “no abandones nunca la senda recta, por grandes que sean los sacrificios que alguna vez esta conducta pueda exigirte”.
Alem tenía a su cargo a su hermana soltera. “Adiós Tomasa. Perdóname todo cuanto te haya hecho sufrir por mi agitada vida y cuánto te haré sufrir por ésta, mi resolución. El caso era fatal; la situación ineludible. Vivir deprimido o morir (…) si algo me consuela, es esa confianza de que te hablo, de que tú no quedarás abandonada”.
El entierro estaba planeado para el día 3, pero la intensa lluvia lo impidió. El 4, a las 13 horas, sacaron a pulso el féretro de su casa, donde había sido el velatorio, su sobrino Hipólito Yrigoyen, Roque Sáenz Peña, Martín Irigoyen, su hijo Leandro, Pereira Rosa y Manuel Ruiz Moreno.
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A Barroetaveña le escribió sobre un “pequeño pliego para que se publique”. Era su testamento político. Entre sus conceptos, señala:
“He terminado mi carrera, he concluido mi misión. Para vivir estéril, inútil y deprimido, es preferible morir. Si, que se rompa, pero que no se doble”.
“He luchado de una manera indecible en estos últimos tiempos, pero mis fuerzas, tal vez gastadas ya, han sido incapaces para detener la montaña y la montaña me aplastó”.
“He dado todo lo que podía dar; todo lo que humanamente se puede exigir a un hombre, y al fin mis fuerzas se han agotado…”.
“Los sentimientos que me han impulsado, las ideas que han alumbrado mi alma, los móviles, las causas y los propósitos de mi acción y de mi lucha en general en mi vida, son, creo, perfectamente conocidos. Si me engaño a este respecto, será una desgracia que yo ya no podré ni sentir ni remediar”.
“Entrego, pues, mi labor y mi memoria al juicio del pueblo, por cuya noble causa he luchado constantemente. En estos momentos el partido popular se prepara para entrar nuevamente en acción en bien de la patria. Mis dolencias son gravísimas, necesariamente mortales. Adelante los que quedan”.
“Ah,¡Cuánto bien ha podido hacer este partido, si no hubiesen promediado ciertas causas y ciertos factores!”
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“No importa ¡todavía puede hacer mucho, pertenece principalmente a las nuevas generaciones, ellas le dieron origen y ellas sabrán consumar la obra, deben consumarla! Me voy para allá, muy lejos”, le escribió Alem a otro de sus amigos.
La mesa, donde habían depositado su cuerpo la trágica noche del 1 de julio de 1896, aún se conserva como un tesoro en el Club del Progreso.