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lunes, 27 de febrero de 2017
EN EL "ESPACIO MENTE ABIERTA"; ENRIQUE AGUILAR Y EL LIBERALISMO
La doctrina de los derechos individuales es desacreditada en América latina sobre la base de argumentos erróneos
Enrique Aguilar
En los estudios de teoría política es frecuente encontrar referencias alusivas a la pluralidad de lenguajes y corrientes que conviven, amigablemente o no, dentro de la llamada tradición liberal. También existen desarrollos tendientes a identificar, entre estas últimas (contractualistas, conservadoras, radicales, utilitaristas, libertarias u otra denominación en uso), algunos rasgos comunes. A título ilustrativo, cabe recordar la caracterización que hace tiempo hizo John Gray de la concepción liberal del hombre y de la sociedad sobre la base de estos cuatro elementos: la afirmación de la primacía de la persona, el reconocimiento de que todos los hombres tienen el mismo estatus moral, la defensa de la unidad de la especie humana y, finalmente, la creencia en la posibilidad de mejoramiento de cualquier institución social.
Sin embargo, a falta de una definición universalmente aceptable, no parece desacertado apelar a un presupuesto todavía más básico como es la idea según la cual el poder tiene límites que están fijados de antemano por los derechos individuales, generalmente considerados como naturales, inalienables e imprescriptibles. Entre éstos, el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad, para evocar la célebre fórmula que preside la declaración de independencia norteamericana. Puesto de otra manera, el liberalismo en singular, en su acepción más simple y divulgada, es esencialmente eso: una teoría del gobierno limitado.
Se podrá discutir si los derechos individuales tienen origen en la naturaleza o en convenciones históricas. Igualmente caben desacuerdos en torno a la posible relación entre el liberalismo político y el liberalismo económico, que para algunos autores son inseparables, mientras que otros los distinguen con argumentos acerca de sus respectivas genealogías y alcances, o bajo el supuesto de que la defensa del libre comercio se inscribiría en el terreno de los medios, pero no de los fines (una cuestión de conveniencias en vez de un imperativo). Y, desde luego, cabe preguntarse si los límites a la acción del gobierno (que el liberalismo ve como un mal necesario) y la consecuente protección de los derechos dependen prioritariamente de los diseños y marcos institucionales, de la cultura política prevaleciente o aun de la influencia recíproca entre ambos factores. No obstante, siempre estará presente ese núcleo duro o denominador común, que podríamos calificar como "no negociable" aunque expuesto a diario a ser ignorado por los gobernantes, dada la natural tendencia del poder a expandirse e incurrir en abusos.
He ahí un punto que parece clave. La crítica al ejercicio arbitrario del poder, en sus diferentes grados y apelativos, desde la tiranía antigua hasta el totalitarismo moderno, atraviesa toda la larga historia del pensamiento político. Se trata, en efecto, de una preocupación tan vieja como la memoria política que el liberalismo a su tiempo haría suya enarbolándola como bandera. Pero el tema central del liberalismo, antes que el poder opresivo o desmesurado, es el poder en sí, incluso el legítimamente establecido, porque al indagar en su naturaleza descubre que no hay poder que no tienda de suyo a extralimitarse a menos que se lo contenga con instrumentos adecuados. La rivalidad entre el poder y la libertad, o, si se prefiere, el poder visto como amenaza de la libertad, es entonces la razón de ser del liberalismo.
Ahora bien, como es sabido, tanto en América latina, en general, como en la Argentina, en particular, el liberalismo viene siendo objeto de un notorio descrédito. Nos sorprendería ver que no se lo identificara con las leyes inclementes del mercado, con el "capitalismo salvaje", con nuestras pavorosas desigualdades sociales o, lo que es peor todavía, con regímenes de facto que aplicaron recetas antiestatistas mientras cometían crímenes aberrantes, violaban masivamente derechos e impedían cualquier manifestación de vida democrática. Nada más extraño al credo liberal que todo esto.
Lo mismo podría aducirse con respecto a los años noventa. ¿Fueron realmente liberales quienes, amparados en la apertura económica y las privatizaciones, hicieron la vista gorda a la manipulación institucional, el gobierno por decreto y la recordada "mayoría automática" del menemismo? ¿Puede llamarse liberal un gobierno que incurre en tales excesos? Si bien se mira, quizás haya sido esa época (que, al decir de Enrique Valiente Noailles, puso al descubierto nuestra "profunda inmoralidad colectiva" y una generalizada tolerancia a la ausencia de reglas) la más decisiva no sólo para la suerte futura del liberalismo, sino además para el significado que solemos asignar a otro vocablo, "república", el cual por mala conciencia nos inhibimos de asociar nominalmente al liberalismo.
La cosa resulta curiosa, porque lo que en los últimos lustros se ha venido reclamando en nombre de una mejor "república" son atributos que, en gran medida, provienen de la teoría y la praxis del liberalismo político. Por ejemplo, la distribución del poder en distintos departamentos que se contienen y fiscalizan unos a otros o la existencia de una justicia independiente del poder político. James Madison las llamó "precauciones auxiliares", que, "a falta de móviles más altos", complementan la legitimidad democrática como medios de sujetar a quienes nos gobiernan. En otros términos, hoy la república se nos presenta más claramente ligada a la existencia de un diseño institucional liberal que nos preserve de la discrecionalidad de los gobernantes que a la virtud cívica, los ideales patrióticos o aun (en algunas variantes) la participación de los ciudadanos en las decisiones públicas en tanto rasgos distintivos de un republicanismo de filiación clásica que se presenta como propuesta alternativa al liberalismo.
Isaiah Berlin afirmaba que "algunos seres humanos han preferido la paz de la cárcel, una seguridad satisfecha y una sensación de haber encontrado por fin el puesto adecuado que uno tiene en el cosmos a los dolorosos conflictos y perplejidades de la desordenada libertad del mundo que está fuera de los muros de la prisión". El liberalismo, en cambio, ha promovido siempre la opción inversa. Para sus detractores de izquierda y de derecha, para los defensores de la sociedad cerrada y los relatos colectivistas, para el populismo, para los enemigos de la libertad de pensamiento y de la libertad de prensa, el liberalismo será siempre el malo de la película, el villano preferido, el sospechoso a quien endosar todas los males pasados, presentes y venideros, sea para purgar las responsabilidades propias, por complicidad, oportunismo electoral o por pura pereza intelectual. Probablemente haya perdido, como sugiere Sartori, "la guerra de las palabras" y se encuentre sumido en una crisis de identidad. Sin embargo, dondequiera que la libertad se encuentre en peligro, su antorcha permanecerá encendida y seguramente se alzarán manos dispuestas a portarla.
Profesor de teoría política
martes, 14 de junio de 2016
EN EL "ESPACIO MENTE ABIERTA"; VALORES LIBERALES
Liberales a las barricadas
Andrés Velasco
Desde Austria, Francia y Estados Unidos, hasta Polonia, Las Filipinas y Perú, los populistas Y liberales van en aumento. Algunos culpan a la globalización arrolladora, otros a la desigualdad de ingresos, y otros a elites desconectadas que simplemente no entienden.
Pero estas explicaciones –por muy plausibles que sean– dejan de lado el punto más importante. El problema no es simplemente económico, sino político. El mayor logro político de la humanidad es la democracia liberal. Sin embargo, en todas partes del mundo, los liberales demócratas son reacios a abogar por ella. No sorprende, entonces, que estén perdiendo la batalla por conquistar los corazones y las mentes de los ciudadanos.
El problema dista de ser nuevo. En realidad, se encuentra en la propia raíz del liberalismo. Temerosos de la censura o la opresión, los pensadores liberales más a menudo han optado por la neutralidad moral: no abogan por un conjunto único de valores, ni por una definición en particular de lo que constituye una vida buena. Una sociedad liberal –casi por definición– permite que sus ciudadanos lleven la vida que desean, siempre que no perjudiquen a los demás.
El problema es que en todas partes la política es aristotélica: le importa la virtud. En Estados Unidos, con buena razón, se suele decir que la presidencia es el "púlpito exhortador". Cuando los políticos abogan por un conjunto de valores –o de virtudes– claros y definidos, los ciudadanos escuchan.
Esto se puede hacer de manera torpe, como cuando en 2004, John Kerry aceptó la nominación a candidato del Partido Demócrata a la presidencia del país con un discurso en que la palabra "valor" o "valores" se repitió 32 veces. Pero también se puede hacer de manera magistral, como cuando Robert F. Kennedy Jr. regañó a los estadounidenses por rendir "los valores de excelencia personal y comunidad a la mera acumulación de bienes materiales". Y, memorablemente, añadió: "El PIB lo mide todo (...) excepto lo que hace que la vida valga la pena".
Filósofos que van de John Stuart Mill a John Rawls y Martha Nussbaum, han buscado una salida a este dilema del liberalismo. Sería discriminatorio e iliberal promover, y peor aún imponer, los valores de un grupo en particular, sea religioso o de otra índole. Sin embargo, los gobiernos y los líderes políticos pueden y deben promover los valores compartidos –lo que Rawls llama "el consenso coincidente"– que definen a una sociedad liberal. Por ejemplo, al conmemorar el nacimiento de Martin Luther King Jr., Estados Unidos subraya así como renueva su compromiso con el ideal compartido de la igualdad racial.
Posiblemente sea el propio King quien dio el mejor ejemplo de la pasión con la que se puede (y se debe) defender tales ideales. Existen pocos a su altura. Los populistas como Donald Trump y Marine Le Pen, líder del Frente Nacional de Francia, emplean la pasión para servir la política del temor y del odio. En contraste, los liberales demócratas, todos producto de la Ilustración, defienden sus ideales políticos –que valoran la razón humana por sobre las emociones– en un tono que es más apropiado para reuniones pequeñas y corteses.
Ello constituye un problema grave. "Ceder el terreno de la conformación de las emociones a las fuerzas antiliberales", escribe Nussbaum, "les da a estas una gran ventaja en el corazón de la gente y hace que se corra el riesgo de que las ideas liberales parezcan tibias y aburridas".
Según afirman neurocientistas como Steven Pinker, la razón y la emoción son dos lados de la misma moneda mental. De modo similar, el lingüista cognitivo George Lakoff, basándose en el trabajo del psicólogo Drew Westen, llega a la conclusión de que "la emoción es tanto central como legítima en la persuasión política. Su utilización no apela ilícitamente a la irracionalidad, como lo consideraría el pensamiento de la Ilustración. Las emociones adecuadas son racionales".
King dio muestras de entender esto claramente cuando proclamó su "sueño" de una sociedad en la que sus hijos "no serían juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter".
Hoy día, el único líder liberal demócrata que habla con el lenguaje de los valores y de la virtud es Barack Obama, el presidente de Estados Unidos. A menudo se lo critica por ser frío y distante, sin embargo, no hay nada de esto en la forma en que Obama promueve la capacidad de vivir juntos en paz y con respeto mutuo como la virtud liberal más admirable de todas.
"Cada uno de nosotros tiene creencias profundas", afirma en el discurso que pronunció luego de ser reelegido en 2012. "Y al pasar por momentos difíciles, cuando tomamos decisiones importantes como país, ello necesariamente despierta pasiones, da origen a controversias", lo que llamó "un distintivo de nuestra libertad". Sin embargo, "a pesar de todas nuestras diferencias, la mayor parte de nosotros comparte ciertas esperanzas para el futuro de Estados Unidos... Creemos en unos Estados Unidos generosos, en unos Estados Unidos compasivos, en unos Estados Unidos tolerantes, abiertos a los sueños de la hija de un inmigrante que estudia en nuestras escuelas y jura ante nuestra bandera".
Esta última línea revela que Obama también está consciente del otro desafío que deben superar las democracias liberales: conformar un nosotros que sea creíble. En esto, el ejemplo de los populistas vuelve a ser revelador. Los de derecha, como Trump, hacen política en torno a la identidad racial; los populistas de izquierda, como Bernie Sanders, en torno a los ingresos. Se trate ya sea de exportadores chinos, inmigrantes mexicanos, supuestos terroristas islámicos o codiciosos banqueros de Wall Street, "existe un 'otro' claro, al cual se puede dirigir la ira", según recalcó no hace mucho Dani Rodrik, de Harvard.
Es necesario que los demócratas liberales dejen en claro que culpando a otros no se llega a ninguna parte, y que asumir una responsabilidad compartida es la única forma de construir un mejor futurocompartido. Desde luego, las reformas económicas y políticas que reducen la desigualdad de poder y de ingresos son indispensables, tanto por su mérito propio como también para hacer creíbles los llamados a un sacrificio compartido. Pero igualmente indispensable es la convicción moral, expresada con pasión, de que "la hija de un inmigrante que estudia en nuestras escuelas" es un miembro genuino, con plenos derechos, de ese nosotros común.
No existe en la historia de la humanidad una organización social o política que se haya acercado más a la realización del ideal de igualdad de oportunidades para todos que la democracia liberal. Todavía no lo alcanzamos plenamente. Pero hemos avanzando un largo trecho, y ciñéndonos a los valores liberales y democráticos avanzaremos aún más. No debemos permitir que un jihadista o un fanático, que un Trump o una Le Pen, como tampoco que un Chávez, un Maduro o un Putin, destruya este sueño posible.
Andrés Velasco |
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