Mostrando las entradas con la etiqueta MAGDALENA RUIZ GUIÑAZÚ. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta MAGDALENA RUIZ GUIÑAZÚ. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de mayo de 2018

MAGDALENA RUIZ GUIÑAZÚ; CIUDADANA ILUSTRE.....LO HA SIDO SIEMPRE

Resultado de imagen para Magdalena Ruiz Guiñazú,
La niña que se dormía algo inquieta en la inmensidad del primer piso del Palacio San Martín mientras su papá, el canciller, ofrecía en planta baja alguna cena a una delegación internacional. La adolescente que se escapó para asistir al entierro de Eva Perón, a pesar de provenir de una familia nada peronista. La joven mujer que fue movilera de Cacho Fontana y que preparaba el noticiero de Canal 7 y las meriendas de sus cinco hijos al mismo tiempo. La bala que le dejaron en el felpudo de su casa como advertencia de que no gustaban para nada sus críticas a la dictadura. La periodista consagrada que se le plantó en Casa de Gobierno a Albano Harguindeguy, ministro del Interior del Proceso, sin amilanarse. La primera en sacar al aire en un programa de gran audiencia radial a Hebe de Bonafini en tiempos no convenientes. Y la primera mujer también en entrar al edificio de la ESMA como parte integrante de la Conadep y poner en caja a un extraño fotógrafo de los servicios. La conductora que le peleaba de igual a igual en el aire a Aníbal Fernández en los tiempos de esplendor del kirchnerismo y que se tuvo que bancar las peores calumnias sobre su pasado solo por el hecho de haber sido muy crítica del gobierno anterior.
Resultado de imagen para Magdalena Ruiz Guiñazú,CIUDADANA ILUSTRE
Esa y muchas más es Magdalena Ruiz Guiñazú, ciudadana ilustre de la vida y del mundo desde siempre y que desde ayer, más formalmente, fue consagrada ciudadana ilustre de la ciudad de Buenos Aires, ciudad cuyas calles ha recorrido de madrugada, en noche cerrada, con frío o con calor, durante décadas rumbo a la radio para despertarnos a todos con buenas y malas noticias, Piazzolla mediante en la cortina musical o, si había tormenta, "Cantando bajo la lluvia". Y también alguna canción de María Elena Walsh para animar a los chicos a salir de la cama y prepararse para el colegio.
Con asistencia perfecta fue y sigue siendo un soldado del trabajo. Ni la tos ni la fiebre ni los duelos familiares fueron más fuertes que su romance apasionado con el micrófono.
Resultado de imagen para Magdalena Ruiz Guiñazú,CIUDADANA ILUSTRE
Magdalena y las noticias, un combo indivisible a través del tiempo, un contrato para siempre que sigue vigente entre su voz tan única y una audiencia fiel que ha seguido sus movimientos a través del dial hasta el día de hoy.
Inteligente, campechana, filosa, con unos reflejos increíbles frente al micrófono, Magdalena cultiva varios registros con la misma idoneidad: desde la entrevista exigente a un presidente como el comentario sobre la última película o espectáculo que vio.
Resultado de imagen para Magdalena Ruiz Guiñazú,CIUDADANA ILUSTRE
Y sabe ser trueno o graciosa, según lo demande la ocasión. Su repertorio de estados de ánimos es casi infinito.
Es una voz que quedará adherida para siempre a lo mejor de la historia de la radio en la Argentina, pero también una pluma que ha sabido mostrarnos otras facetas en distintas publicaciones y hasta en libros de ficción.
Maestra de varias generaciones de periodistas, jefa generosa y compañera, gran anfitriona de memorables comidas entre notables amigos, nunca se la creyó por más que es una grande en muchos, demasiados sentidos de la palabra.
Querida Magda: a partir de hoy Buenos Aires brillará un poco más con una ciudadana ilustre como vos.
P. S.

domingo, 16 de abril de 2017

EL HIJO QUE PARTIÓ PARA SIEMPRE



Se ha hablado mucho; se ha escrito también. Es casi un lugar común. Pero de algún modo resulta absolutamente cierto aquello de que los aeropuertos son como un limbo, la tierra de nadie, un cruce de caminos en el que mil rostros se miran sabiendo que no volverán a encontrarse.
Y no hablo aquí de grandes aeropuertos: Kennedy, Malpensa, De Gaulle. O, en otra dimensión, Ezeiza, Galeão, Orly. No. Lo del limbo y los mil rostros también ocurre en aquellos (provincianos, polvorientos y mal organizados) que se enclavan en todo el Cono Sur.
Esos puntos de llegada y partida en los que se enciman los pocos vuelos que allí recalan; donde no hay pantallas accesibles para saber si estamos esperando en vano; donde sentimos latir el corazón de este continente pobre a través de humildes vestimentas, zapatos de tacón gastado, rostros emocionados por la llegada de ese familiar que tuvo la suerte (inaccesible, gloriosa, consagratoria) de conseguir trabajo en otras latitudes.
—Y mi hijo es mozo en Miami…
—Mucama en Barcelona…
—Profesora de Educación Física en Toronto.
—Supo irse a tiempo.
Y el aeropuerto dijimos que es exiguo, como corresponde a una ciudad que ha perdido su belleza a través de la humedad y el deterioro; el abandono de los parques y los malos gobernantes.
Lo exiguo también implica no sólo falta de espacio sino una multitud que enarbola algún pasacalle en el que alguien ha anotado un nombre propio y decenas de lacónicos carteles en los que pueden leerse apellidos como Smith o González pero también el sobrenombre que sonríe desde la infancia recordada: Titi, Negro, Beba, Cacho.
La espera se hace larga y hay tanta gente en la salida de los vuelos que el aire acondicionado ha escapado por las puertas abiertas y entre abanicos de ocasión todos comienzan a perder la reserva en la que suelen guarecerse las historias de los archivos secretos que las familias a veces logran olvidar.
Por eso, en este grupo de la multitud, se nos informa con naturalidad acerca de un matrimonio (“En realidad, se han juntado…”) consumado en tierras lejanas; se observa el peso de los años que ha convertido a nuestros parientes en extraños de espaldas agobiadas y miradas llorosas; el amor que ha transformado al hijo en el esposo de una chica vivaz y parlanchina que empuja el carro de las valijas sin soltarle el hombro.
Y resulta que cada vez que aparece un nuevo pasajero, cien cabezas giran para comprobar la historia, el abrazo, el llanto, el beso o simplemente, por último, como colofón de rutina, el apretón de manos con el que un ejecutivo molesto y fatigado saluda al chofer que habrá de llevarlo a esa conferencia que seguramente se ha arrepentido de aceptar.
Bueno… como en mi caso. Estoy esperando al doctor Klein, a quien no conozco; de quien sabemos que es una emi¬nencia y que ha estudiado las mareas como para ilustrarnos sobre el fin del Universo.


También yo tengo un cartel explicativo en mano por¬que, obviamente, el doctor Klein no me conoce, no sabe quién lo espera ni tampoco, supongo, creo que le importe demasiado.
Quiero imaginar al doctor Klein. Probablemente será canoso, tendrá aspecto nórdico y traerá poco equipaje. Nos daremos la mano y…
Y aquí sucede Aquello. Mientras el tedio invade mi larga espera, sucede Aquello. Algo que no me atrevo a contarle a nadie. Este hecho increíble que me ha dejado con el corazón en pedazos.
Esta circunstancia de la que no conozco exactamente el derrotero.
Quizá con un comienzo muy banal: por ejemplo, algún grupo numeroso avanzando hacia la salida. Muchas cabezas que se entremezclan en un tumulto de miradas ávidas, llamados estridentes y esos abrazos latinoamericanos que detienen a una multitud.
Que exhiben sin molestias toda una saga de lejanía y reencuentro. Con besos ruidosos, caricias interminables, niños que nadie reconoce hasta que alguien explica que nacieron durante la ausencia.
Seguramente fue en ese instante. Yo lo vi. Le juro que lo vi. Con los mismos rulos negros de la adolescencia; con una bolsa de libros en la mano; con la mirada alerta pero que no se detiene en la mía. No me ha visto. Me debe estar buscando.

Me falta la voz para gritarle que aquí estoy. Que no me canso de esperarlo. Y cuando se acerca noto que la cicatriz que le arquea delicadamente el pómulo es siempre más blanca que su piel.
—Hijo, hijo mío.
Claro. Me he quedado afónica con tanta espera, tantos vasos de agua helada, tanta charla en este aeropuerto mal dispuesto para la felicidad.
No me oye ese hijo que dicen que se ha muerto.
Y él vuelve a mirarme. Sigue buscando entre la multitud. Y no me atrevo sino a sonreírle. Y él sonríe también con ama¬ble cortesía porque, claro, me ha visto en algún lado en otro tiempo. Y sigue su camino entre el torrente de ese grupo que trae tablas de surf desde Miami.
Se me han caído tantas lágrimas que el cartel del doctor Klein ahora es sólo un despojo informe. Pero tengo razón. Yo sabía que algún día volvería a verlo. Los jóvenes no pueden morirse sin vivir la vida
Y él anda entre los vivos con su paquete de libros en la mano. Ahora recuerdo también que no lleva equipaje. Que ca¬mina hacia la salida del aeropuerto sin que yo pueda alcanzarlo.
Y no estoy enferma.
Y tengo los ojos abiertos.
—Supongo que usted es el doctor Klein… No, no. Le agradezco su preocupación. Me siento bien. Es este aeropuerto. Es el calor. Es la gente. Es ver pasar a tantos jóvenes… Gracias, doctor Klein… Sí, por supuesto. Los criollos somos así. De lágrima fácil. ¿Por la ascendencia italiana? Muy probablemente. Usted sabe, doctor Klein, que un prócer nuestro, Sarmiento, hablaba del crisol de razas… Claro, doctor, lo acompaño hasta el remise.
Sí. Mañana volveré a este golpeado aeropuerto del Cono Sur. Y pasado. Y siempre. Porque he descubierto que hay un resquicio, un punto en el que el muro nos permite una brecha. Esa curva tan imaginada por la que aparecerá finalmente.
Sin duda volverá a pasar a mi lado. Con sus libros, la mirada atenta. Sin verme. Apurado. A lo mejor sabe que le queda poco tiempo. Apurado. Y con la cicatriz más blanca con la que lo reconoceré siempre como en un pacto acordado.

Cuento extraído del nuevo libro de Magdalena Ruiz Guiñazú “Desconciertos”.