Por qué es clave tener inteligencia emocional
La neurociencia dejó atrás la falsa dicotomía entre razón y pasión para darles a las emociones la relevancia que merecen como guías fundamentales para tomar las grandes decisiones de la vida
David Brooks The New York Times | Ilustración Javier Joaquín
Durante miles de años, en el pensamiento occidental era común imaginar que existía una guerra eterna entre la razón y las emociones. La razón es fría, racional y sofisticada. Las emociones son primitivas, impulsivas y pueden llevarnos por mal camino. Una persona sabia utiliza la razón para anular y controlar las pasiones primitivas. Un científico, un empresario o cualquier buen pensador debe intentar ser objetivo y distanciarse de las emociones, como una computadora andante que sopesa las pruebas con cautela y calcula el camino más inteligente a seguir.
La neurociencia moderna ha asestado un duro golpe a esta forma de pensar. Si antes se creía que las pasiones eran primitivas y destructivas, ahora se comprende que a menudo son sabias. La mayoría de las veces las emociones guían la razón y nos hacen más racionales.
Es una exageración, pero quizá una perdonable, decir que se trata de un giro que podría estar a la altura de la revolución copernicana en astronomía.
El problema es que la cultura y las instituciones no se han puesto a la altura de nuestros conocimientos. Seguimos viviendo en una sociedad excesivamente obsesionada con la capacidad intelectual bruta. Las escuelas clasifican a los niños en función de su capacidad para obtener buenos resultados en los exámenes estandarizados, menospreciando el tipo de sabiduría que alberga el cuerpo y que es igual de importante para desenvolverse en la vida.
Mucha gente está alejada de su propia vida interior porque no sabe cómo funcionan sus emociones.
¿Qué nos ha enseñado la neurociencia moderna? Las cosas se pusieron realmente en marcha en 1994, cuando Antonio Damasio publicó su clásico libro El error de
Descartes. Damasio había estudiado a pacientes que tenían problemas para procesar las emociones. No eran superinteligentes Spocks. Eran incapaces de tomar decisiones y sus vidas giraban en espiral. Damasio demostró que las emociones asignan hábilmente valor a las cosas, y sin saber qué es importante o qué es bueno o malo, el cerebro se limita a dar vueltas sobre sí mismo. Las emociones y la razón son un sistema integral para una buena toma de decisiones.
Desde entonces, los neurocientíficos se han lanzado de lleno al estudio de las emociones. Ahora entendemos mejor cómo se forman y qué hacen por nosotros. Para simplificar, por debajo de la conciencia, el cuerpo reacciona constantemente a los acontecimientos que lo rodean: el corazón se acelera o se ralentiza, la respiración se acorta o se alarga, el metabolismo ronronea o ruge. Muchas de estas reacciones se producen en el sistema nervioso entérico del tracto gastrointestinal, a veces llamado “el segundo cerebro”. En ese sistema hay más de varios cientos de millones de neuronas; el 95 por ciento de la serotonina, un neurotransmisor, está ahí.
Cada segundo, el cerebro controla las señales que envía el cuerpo y se apresura a asignarles un significado. ¿Este conjunto de respuestas corporales es nerviosismo? ¿Ansiedad? No. ¡Es terror!
El cuerpo se pone en marcha y la mente construye una experiencia emocional. Parece que nos asustamos y empezamos a huir del oso. Pero, como intuyó brillantemente el psicólogo William James hace más de un siglo, es más exacto decir que empezamos a huir del oso y luego nos asustamos.
Una buena articulación
Las emociones nos ponen en el estado mental adecuado para que podamos pensar con eficacia sobre la situación en la que nos encontramos. Como dijo el neurocientífico Ralph Adolphs a Leonard Mlodinow para su libro Emocional, “una emoción es un estado funcional de la mente que pone a tu cerebro en un modo particular de operación que ajusta tus objetivos, dirige tu atención y modifica los pesos que asignás a varios factores mientras hacés cálculos mentales”.
En otras palabras, las emociones inclinan la mente en una dirección u otra según las circunstancias. La indignación nos ayuda a concentrarnos en la injusticia. El asombro nos motiva a sentirnos pequeños en presencia de la grandeza y a ser buenos con los demás. La euforia nos pone en disposición de asumir riesgos. La felicidad hace que las personas sean más creativas y flexibles. La repulsión nos prepara para rechazar comportamientos inmorales. El miedo ayuda a amplificar nuestros sentidos y a mejorar nuestra atención. La ansiedad nos pone en un estado de ánimo pesimista, menos propenso a correr riesgos. La tristeza mejora la memoria, nos ayuda a hacer juicios más precisos, nos convierte en comunicadores más claros.
Como escribe Lisa Feldman Barrett en su libro La vida secreta del cerebro, “se podría pensar que en la vida cotidiana, las cosas que vemos y oímos influyen en lo que sentimos, pero casi siempre es al revés: que lo que sentimos altera lo que vemos y oímos”.
El neurocientífico John Coates ha observado que el cuerpo es “una eminencia gris, que se sitúa detrás del cerebro, aplicando eficazmente presión en el punto justo, en el momento justo, para ayudarnos a prepararnos para el movimiento”. Pero Coates también sabe que a veces nuestras emociones hacen las cosas mal y nos ponen en un estado mental autodestructivo. Antes de ser neurocientífico, fue operador de Wall Street en Goldman Sachs, Merrill Lynch y Deutsche Bank. En su brillante libro de 2012, La biología de la toma de riesgos, describe cómo los mercados alcistas podrían cambiar la mentalidad emocional de los operadores.
Además, como lo primero que hace un mercado alcista es confirmar las creencias de los inversores, los beneficios que estos obtienen se traducen en mucho más que simple codicia, ya que dan lugar a poderosos sentimientos de euforia y omnipotencia. La evaluación del riesgo es sustituida por juicios de certeza, pues ellos saben con seguridad lo que va a ocurrir; los deportes de riesgo les parecen juegos de niños y el sexo se convierte en una actividad competitiva. Hasta andan de otra manera, más erguidos, más resueltos, su porte mismo en una señal de peligro y su expresión corporal parece decir: “No te metas conmigo”.
La testosterona estaba fluyendo. La dopamina llegó a raudales. Este es el tipo de mentalidad que produce burbujas y alguna que otra crisis financiera mundial. La euforia precede a la caída.
¿Cómo pueden los operadores hacer su trabajo sin que el sistema financiero mundial se vaya de picada? La respuesta no es reprimir las emociones. Los que toman decisiones necesitan emociones para asumir riesgos y aventurarse. Los operadores necesitan sentir el mercado en su cuerpo y utilizar sus emociones para intuir qué señales de las pantallas de sus computadoras pueden ignorarse sin peligro y cuáles son advertencias serias que exigen atención.
Lo que necesitan es autoconciencia emocional. Las investigaciones de Coates y otros demuestran que los operadores eficaces son hipersensibles a los cambios físicos, por ejemplo, a las variaciones de los latidos de su corazón. En otras palabras, son excepcionalmente buenos en la evaluación emocional: ¿qué me está diciendo mi cuerpo y es útil o exagerado? No reprimen o dominan sus emociones, sino que mantienen una conversación con ellas.
Uno de mis métodos favoritos para la gestión emocional procede del estudioso de las emociones de Yale, Marc Brackett, llamado método Ruler. Con este, Brackett enseña a reconocer, comprender, etiquetar, expresar y regular sus emociones. (Su libro de 2019, Permiso para sentir, es una guía a través del proceso).
Mi punto central es que necesitás ser un gran atleta emocional para tomar las grandes decisiones de la vida. Necesitás ser lo suficientemente apasionado para sentir y lo suficientemente astuto para entender tus sentimientos. La vida no es una serie de problemas de cálculo. La vida se trata de movimiento: saber desplazarse por diferentes terrenos y circunstancias. Las emociones guían el sistema de navegación. Como escribe Mlodinow en Emocional, “Aunque las puntuaciones del coeficiente intelectual pueden correlacionarse con las capacidades cognitivas, el control y el conocimiento del propio estado emocional es lo más importante para el éxito profesional y personal”.
Siempre hemos sabido que las emociones son fundamentales en el arte de la conexión humana. Ahora entendemos que las emociones también son cruciales para ser una persona racional y eficaz en el mundo.
Y, sin embargo, la mayoría de nosotros somos emocionalmente inarticulados. Si vas a contratar a alguien, casarte, entablar amistad, dirigir o entrenar a otro, ¿no deberías conocer su afecto central, la línea de base emocional que ha llevado a lo largo de su vida? ¿No deberías conocer su perfil emocional, la forma distintiva en que construyen sus emociones en diversas circunstancias? Cuando se despide a alguien, rara vez es por falta de habilidades técnicas; casi siempre es porque no se le puede entrenar, tiene problemas de ira o es un mal compañero de equipo. En otras palabras, carecen de habilidades emocionales, un hecho que a menudo no se detecta en el proceso de contratación.
Algunas personas son mejores atletas emocionales que otras, pero no estoy seguro de que sepamos cómo evaluar estas habilidades o de que seamos buenos enseñándolas.
Me encantaría vivir en una cultura que pudiera hablar de las emociones con el aprecio, la sofisticación y el nivel de detalle que se merecen.
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Voces que queremos guardar. La memoria auditiva de los que ya no están

Desde una casilla de voz de un viejo teléfono bajé un mensaje de mi padre. Por temor a que un día en esta vorágine tecnológica de archivos y backups mal realizados (mi especialidad) se perdiera, decidí enviarlo a mi propia casilla de mail. En el asunto puse un simple “Mensaje Toti” como para poder ubicarlo fácilmente en caso de necesitarlo. No es que lo escuche a menudo, lo hice al principio, durante esos primeros meses después de su muerte, pero no más.
No es un mensaje particularmente lindo: está angustiado, alguna interacción en sus medicamentos hace que esté inquieto y desconfiado de su entorno. Quiere que lo salve de algo inevitable. El final ya estaba cerca. No es un mensaje que guardo por nostalgia tampoco, o porque no recuerde su voz, que por suerte suele resonar mucho más alegre en mi cabeza. Tengo que admitir que lo guardo porque a veces necesito recordar y reafirmarme que estaba incómodo con su vida; por momentos necesito (engañándome tal vez) saber que está más en paz.
Cuando pregunto a otras personas si son capaces de evocar las voces de los que partieron, si las extrañan o si recurren a grabaciones de sus seres queridos (aquellos que las tienen), comparten las más variadas anécdotas. Sin embargo, casi ninguno es indiferente al recuerdo de la voz de aquellos a los que extrañan. Parece ser una parte fundamental del dolor, el duelo, la sanación y el recuerdo.
“Tengo un cassette de 1981 con la voz de mi abuela Matilde, cada vez que lo encuentro, me preparo para escucharlo, pero me da miedo que se rompa o se enganche la cinta”.
“No recuerdo sus voces pero a veces los sueño y ahí aparecen”.
“Tengo grabaciones de papá, hoy son mi mayor tesoro”.
“Extraño la voz de mis abuelos. Las puedo reproducir en mi cabeza y en sueños me hablan con sus voces”.
“Guardé sus mensajes, pero duele demasiado escucharlos. Tal vez algún día”.
“De mi nono recuerdo su risa de felicidad, su tono de puteadas, sus mensajes en el contestador que se borraron... tengo miedo de perder la memoria y olvidarme de eso”.
“Extraño mucho la voz de mi mamá.No tengo nada grabado de ella. Se me fue yendo de a poco, pero de alguna forma, cada vez que recuerdo el mensaje del contestador de casa (que grabó ella), vuelve”.
Con más o menos palabras, cada relato en su estilo, el recuerdo de las voces de los que ya no están es algo valioso. Para los que conservan grabaciones, un tesoro preciado. Para los que no, el proceso mental de evocar esas voces es un ejercicio habitual al que recurren o al que le huyen. Y para otros, el mayor temor es algún día dejar de recordar esa voz, como si el hecho fuera una pequeña traición, verlos finalmente desaparecer a un lugar sin retorno.
Hay cientos de desarrollos de inteligencias artificiales capaces de imitar la voz humana, muchas de ellas incluso gratuitas. Las he usado con mayor o menor éxito con fines profesionales y algunas suenan inquietantemente realistas. Hay algo, sin embargo, que sucede con la entonación, con ciertos modos en los que arrastramos alguna sílaba, pronunciamos alguna palabra, la cadencia y hasta las casi imperceptibles inhalaciones durante oraciones largas. Quiero suponer que esas falencias de la tecnología son pura consecuencia de la gratuidad de las aplicaciones con las que he experimentado y que unos cuantos dólares de suscripción harían maravillas y que muchísimos dólares más se acercarían casi a la perfección confundiendo hasta al oído más absoluto.
Otros desarrollos llevan el asunto más allá y prometen atesorar las voces de nuestros seres queridos fallecidos y hasta convertirlos en asistentes digitales para así hacer “que los recuerdos perduren”.
¿Habrá algo único en la voz humana que podría hacernos distinguirla de aquella que genera un robot? Y aún si fuese indistinguible, ¿tendría el mismo valor? Si bien todos los seres humanos producimos sonido esencialmente en la misma forma fisiológica, nuestras voces son casi tan únicas como las huellas dactilares: similares en la superficie, pero con infinitas variaciones. Algunos se preguntan si está bien aferrarse a la representación digital de alguien en lugar de dejar que su recuerdo evolucione y por supuesto también se transforme con el tiempo.
Además de ese mensaje, hay veces en las que miro viejos videos en los que mi padre hace payasadas frente a la cámara: se pone un sombrero, baila o finge que baja una escalera imaginaria y cuando desaparece detrás de un sillón se escucha su risa de fondo. Ahí me hace reír en su mejor versión
Durante miles de años, en el pensamiento occidental era común imaginar que existía una guerra eterna entre la razón y las emociones. La razón es fría, racional y sofisticada. Las emociones son primitivas, impulsivas y pueden llevarnos por mal camino. Una persona sabia utiliza la razón para anular y controlar las pasiones primitivas. Un científico, un empresario o cualquier buen pensador debe intentar ser objetivo y distanciarse de las emociones, como una computadora andante que sopesa las pruebas con cautela y calcula el camino más inteligente a seguir.
La neurociencia moderna ha asestado un duro golpe a esta forma de pensar. Si antes se creía que las pasiones eran primitivas y destructivas, ahora se comprende que a menudo son sabias. La mayoría de las veces las emociones guían la razón y nos hacen más racionales.
Es una exageración, pero quizá una perdonable, decir que se trata de un giro que podría estar a la altura de la revolución copernicana en astronomía.
El problema es que la cultura y las instituciones no se han puesto a la altura de nuestros conocimientos. Seguimos viviendo en una sociedad excesivamente obsesionada con la capacidad intelectual bruta. Las escuelas clasifican a los niños en función de su capacidad para obtener buenos resultados en los exámenes estandarizados, menospreciando el tipo de sabiduría que alberga el cuerpo y que es igual de importante para desenvolverse en la vida.
Mucha gente está alejada de su propia vida interior porque no sabe cómo funcionan sus emociones.
¿Qué nos ha enseñado la neurociencia moderna? Las cosas se pusieron realmente en marcha en 1994, cuando Antonio Damasio publicó su clásico libro El error de
Descartes. Damasio había estudiado a pacientes que tenían problemas para procesar las emociones. No eran superinteligentes Spocks. Eran incapaces de tomar decisiones y sus vidas giraban en espiral. Damasio demostró que las emociones asignan hábilmente valor a las cosas, y sin saber qué es importante o qué es bueno o malo, el cerebro se limita a dar vueltas sobre sí mismo. Las emociones y la razón son un sistema integral para una buena toma de decisiones.
Desde entonces, los neurocientíficos se han lanzado de lleno al estudio de las emociones. Ahora entendemos mejor cómo se forman y qué hacen por nosotros. Para simplificar, por debajo de la conciencia, el cuerpo reacciona constantemente a los acontecimientos que lo rodean: el corazón se acelera o se ralentiza, la respiración se acorta o se alarga, el metabolismo ronronea o ruge. Muchas de estas reacciones se producen en el sistema nervioso entérico del tracto gastrointestinal, a veces llamado “el segundo cerebro”. En ese sistema hay más de varios cientos de millones de neuronas; el 95 por ciento de la serotonina, un neurotransmisor, está ahí.
Cada segundo, el cerebro controla las señales que envía el cuerpo y se apresura a asignarles un significado. ¿Este conjunto de respuestas corporales es nerviosismo? ¿Ansiedad? No. ¡Es terror!
El cuerpo se pone en marcha y la mente construye una experiencia emocional. Parece que nos asustamos y empezamos a huir del oso. Pero, como intuyó brillantemente el psicólogo William James hace más de un siglo, es más exacto decir que empezamos a huir del oso y luego nos asustamos.
Una buena articulación
Las emociones nos ponen en el estado mental adecuado para que podamos pensar con eficacia sobre la situación en la que nos encontramos. Como dijo el neurocientífico Ralph Adolphs a Leonard Mlodinow para su libro Emocional, “una emoción es un estado funcional de la mente que pone a tu cerebro en un modo particular de operación que ajusta tus objetivos, dirige tu atención y modifica los pesos que asignás a varios factores mientras hacés cálculos mentales”.
En otras palabras, las emociones inclinan la mente en una dirección u otra según las circunstancias. La indignación nos ayuda a concentrarnos en la injusticia. El asombro nos motiva a sentirnos pequeños en presencia de la grandeza y a ser buenos con los demás. La euforia nos pone en disposición de asumir riesgos. La felicidad hace que las personas sean más creativas y flexibles. La repulsión nos prepara para rechazar comportamientos inmorales. El miedo ayuda a amplificar nuestros sentidos y a mejorar nuestra atención. La ansiedad nos pone en un estado de ánimo pesimista, menos propenso a correr riesgos. La tristeza mejora la memoria, nos ayuda a hacer juicios más precisos, nos convierte en comunicadores más claros.
Como escribe Lisa Feldman Barrett en su libro La vida secreta del cerebro, “se podría pensar que en la vida cotidiana, las cosas que vemos y oímos influyen en lo que sentimos, pero casi siempre es al revés: que lo que sentimos altera lo que vemos y oímos”.
El neurocientífico John Coates ha observado que el cuerpo es “una eminencia gris, que se sitúa detrás del cerebro, aplicando eficazmente presión en el punto justo, en el momento justo, para ayudarnos a prepararnos para el movimiento”. Pero Coates también sabe que a veces nuestras emociones hacen las cosas mal y nos ponen en un estado mental autodestructivo. Antes de ser neurocientífico, fue operador de Wall Street en Goldman Sachs, Merrill Lynch y Deutsche Bank. En su brillante libro de 2012, La biología de la toma de riesgos, describe cómo los mercados alcistas podrían cambiar la mentalidad emocional de los operadores.
Además, como lo primero que hace un mercado alcista es confirmar las creencias de los inversores, los beneficios que estos obtienen se traducen en mucho más que simple codicia, ya que dan lugar a poderosos sentimientos de euforia y omnipotencia. La evaluación del riesgo es sustituida por juicios de certeza, pues ellos saben con seguridad lo que va a ocurrir; los deportes de riesgo les parecen juegos de niños y el sexo se convierte en una actividad competitiva. Hasta andan de otra manera, más erguidos, más resueltos, su porte mismo en una señal de peligro y su expresión corporal parece decir: “No te metas conmigo”.
La testosterona estaba fluyendo. La dopamina llegó a raudales. Este es el tipo de mentalidad que produce burbujas y alguna que otra crisis financiera mundial. La euforia precede a la caída.
¿Cómo pueden los operadores hacer su trabajo sin que el sistema financiero mundial se vaya de picada? La respuesta no es reprimir las emociones. Los que toman decisiones necesitan emociones para asumir riesgos y aventurarse. Los operadores necesitan sentir el mercado en su cuerpo y utilizar sus emociones para intuir qué señales de las pantallas de sus computadoras pueden ignorarse sin peligro y cuáles son advertencias serias que exigen atención.
Lo que necesitan es autoconciencia emocional. Las investigaciones de Coates y otros demuestran que los operadores eficaces son hipersensibles a los cambios físicos, por ejemplo, a las variaciones de los latidos de su corazón. En otras palabras, son excepcionalmente buenos en la evaluación emocional: ¿qué me está diciendo mi cuerpo y es útil o exagerado? No reprimen o dominan sus emociones, sino que mantienen una conversación con ellas.
Uno de mis métodos favoritos para la gestión emocional procede del estudioso de las emociones de Yale, Marc Brackett, llamado método Ruler. Con este, Brackett enseña a reconocer, comprender, etiquetar, expresar y regular sus emociones. (Su libro de 2019, Permiso para sentir, es una guía a través del proceso).
Mi punto central es que necesitás ser un gran atleta emocional para tomar las grandes decisiones de la vida. Necesitás ser lo suficientemente apasionado para sentir y lo suficientemente astuto para entender tus sentimientos. La vida no es una serie de problemas de cálculo. La vida se trata de movimiento: saber desplazarse por diferentes terrenos y circunstancias. Las emociones guían el sistema de navegación. Como escribe Mlodinow en Emocional, “Aunque las puntuaciones del coeficiente intelectual pueden correlacionarse con las capacidades cognitivas, el control y el conocimiento del propio estado emocional es lo más importante para el éxito profesional y personal”.
Siempre hemos sabido que las emociones son fundamentales en el arte de la conexión humana. Ahora entendemos que las emociones también son cruciales para ser una persona racional y eficaz en el mundo.
Y, sin embargo, la mayoría de nosotros somos emocionalmente inarticulados. Si vas a contratar a alguien, casarte, entablar amistad, dirigir o entrenar a otro, ¿no deberías conocer su afecto central, la línea de base emocional que ha llevado a lo largo de su vida? ¿No deberías conocer su perfil emocional, la forma distintiva en que construyen sus emociones en diversas circunstancias? Cuando se despide a alguien, rara vez es por falta de habilidades técnicas; casi siempre es porque no se le puede entrenar, tiene problemas de ira o es un mal compañero de equipo. En otras palabras, carecen de habilidades emocionales, un hecho que a menudo no se detecta en el proceso de contratación.
Algunas personas son mejores atletas emocionales que otras, pero no estoy seguro de que sepamos cómo evaluar estas habilidades o de que seamos buenos enseñándolas.
Me encantaría vivir en una cultura que pudiera hablar de las emociones con el aprecio, la sofisticación y el nivel de detalle que se merecen.
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
Voces que queremos guardar. La memoria auditiva de los que ya no están
Desde una casilla de voz de un viejo teléfono bajé un mensaje de mi padre. Por temor a que un día en esta vorágine tecnológica de archivos y backups mal realizados (mi especialidad) se perdiera, decidí enviarlo a mi propia casilla de mail. En el asunto puse un simple “Mensaje Toti” como para poder ubicarlo fácilmente en caso de necesitarlo. No es que lo escuche a menudo, lo hice al principio, durante esos primeros meses después de su muerte, pero no más.
No es un mensaje particularmente lindo: está angustiado, alguna interacción en sus medicamentos hace que esté inquieto y desconfiado de su entorno. Quiere que lo salve de algo inevitable. El final ya estaba cerca. No es un mensaje que guardo por nostalgia tampoco, o porque no recuerde su voz, que por suerte suele resonar mucho más alegre en mi cabeza. Tengo que admitir que lo guardo porque a veces necesito recordar y reafirmarme que estaba incómodo con su vida; por momentos necesito (engañándome tal vez) saber que está más en paz.
Cuando pregunto a otras personas si son capaces de evocar las voces de los que partieron, si las extrañan o si recurren a grabaciones de sus seres queridos (aquellos que las tienen), comparten las más variadas anécdotas. Sin embargo, casi ninguno es indiferente al recuerdo de la voz de aquellos a los que extrañan. Parece ser una parte fundamental del dolor, el duelo, la sanación y el recuerdo.
“Tengo un cassette de 1981 con la voz de mi abuela Matilde, cada vez que lo encuentro, me preparo para escucharlo, pero me da miedo que se rompa o se enganche la cinta”.
“No recuerdo sus voces pero a veces los sueño y ahí aparecen”.
“Tengo grabaciones de papá, hoy son mi mayor tesoro”.
“Extraño la voz de mis abuelos. Las puedo reproducir en mi cabeza y en sueños me hablan con sus voces”.
“Guardé sus mensajes, pero duele demasiado escucharlos. Tal vez algún día”.
“De mi nono recuerdo su risa de felicidad, su tono de puteadas, sus mensajes en el contestador que se borraron... tengo miedo de perder la memoria y olvidarme de eso”.
“Extraño mucho la voz de mi mamá.No tengo nada grabado de ella. Se me fue yendo de a poco, pero de alguna forma, cada vez que recuerdo el mensaje del contestador de casa (que grabó ella), vuelve”.
Con más o menos palabras, cada relato en su estilo, el recuerdo de las voces de los que ya no están es algo valioso. Para los que conservan grabaciones, un tesoro preciado. Para los que no, el proceso mental de evocar esas voces es un ejercicio habitual al que recurren o al que le huyen. Y para otros, el mayor temor es algún día dejar de recordar esa voz, como si el hecho fuera una pequeña traición, verlos finalmente desaparecer a un lugar sin retorno.
Hay cientos de desarrollos de inteligencias artificiales capaces de imitar la voz humana, muchas de ellas incluso gratuitas. Las he usado con mayor o menor éxito con fines profesionales y algunas suenan inquietantemente realistas. Hay algo, sin embargo, que sucede con la entonación, con ciertos modos en los que arrastramos alguna sílaba, pronunciamos alguna palabra, la cadencia y hasta las casi imperceptibles inhalaciones durante oraciones largas. Quiero suponer que esas falencias de la tecnología son pura consecuencia de la gratuidad de las aplicaciones con las que he experimentado y que unos cuantos dólares de suscripción harían maravillas y que muchísimos dólares más se acercarían casi a la perfección confundiendo hasta al oído más absoluto.
Otros desarrollos llevan el asunto más allá y prometen atesorar las voces de nuestros seres queridos fallecidos y hasta convertirlos en asistentes digitales para así hacer “que los recuerdos perduren”.
¿Habrá algo único en la voz humana que podría hacernos distinguirla de aquella que genera un robot? Y aún si fuese indistinguible, ¿tendría el mismo valor? Si bien todos los seres humanos producimos sonido esencialmente en la misma forma fisiológica, nuestras voces son casi tan únicas como las huellas dactilares: similares en la superficie, pero con infinitas variaciones. Algunos se preguntan si está bien aferrarse a la representación digital de alguien en lugar de dejar que su recuerdo evolucione y por supuesto también se transforme con el tiempo.
Además de ese mensaje, hay veces en las que miro viejos videos en los que mi padre hace payasadas frente a la cámara: se pone un sombrero, baila o finge que baja una escalera imaginaria y cuando desaparece detrás de un sillón se escucha su risa de fondo. Ahí me hace reír en su mejor versión