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lunes, 9 de diciembre de 2024

MENTE, INTELIGENCIA EMOCIONAL Y DESVELADA




Por qué es clave tener inteligencia emocional
La neurociencia dejó atrás la falsa dicotomía entre razón y pasión para darles a las emociones la relevancia que merecen como guías fundamentales para tomar las grandes decisiones de la vida 
David Brooks The New York Times | Ilustración Javier Joaquín

Durante miles de años, en el pensamiento occidental era común imaginar que existía una guerra eterna entre la razón y las emociones. La razón es fría, racional y sofisticada. Las emociones son primitivas, impulsivas y pueden llevarnos por mal camino. Una persona sabia utiliza la razón para anular y controlar las pasiones primitivas. Un científico, un empresario o cualquier buen pensador debe intentar ser objetivo y distanciarse de las emociones, como una computadora andante que sopesa las pruebas con cautela y calcula el camino más inteligente a seguir.
La neurociencia moderna ha asestado un duro golpe a esta forma de pensar. Si antes se creía que las pasiones eran primitivas y destructivas, ahora se comprende que a menudo son sabias. La mayoría de las veces las emociones guían la razón y nos hacen más racionales.
Es una exageración, pero quizá una perdonable, decir que se trata de un giro que podría estar a la altura de la revolución copernicana en astronomía.
El problema es que la cultura y las instituciones no se han puesto a la altura de nuestros conocimientos. Seguimos viviendo en una sociedad excesivamente obsesionada con la capacidad intelectual bruta. Las escuelas clasifican a los niños en función de su capacidad para obtener buenos resultados en los exámenes estandarizados, menospreciando el tipo de sabiduría que alberga el cuerpo y que es igual de importante para desenvolverse en la vida.
Mucha gente está alejada de su propia vida interior porque no sabe cómo funcionan sus emociones.
¿Qué nos ha enseñado la neurociencia moderna? Las cosas se pusieron realmente en marcha en 1994, cuando Antonio Damasio publicó su clásico libro El error de
Descartes. Damasio había estudiado a pacientes que tenían problemas para procesar las emociones. No eran superinteligentes Spocks. Eran incapaces de tomar decisiones y sus vidas giraban en espiral. Damasio demostró que las emociones asignan hábilmente valor a las cosas, y sin saber qué es importante o qué es bueno o malo, el cerebro se limita a dar vueltas sobre sí mismo. Las emociones y la razón son un sistema integral para una buena toma de decisiones.
Desde entonces, los neurocientíficos se han lanzado de lleno al estudio de las emociones. Ahora entendemos mejor cómo se forman y qué hacen por nosotros. Para simplificar, por debajo de la conciencia, el cuerpo reacciona constantemente a los acontecimientos que lo rodean: el corazón se acelera o se ralentiza, la respiración se acorta o se alarga, el metabolismo ronronea o ruge. Muchas de estas reacciones se producen en el sistema nervioso entérico del tracto gastrointestinal, a veces llamado “el segundo cerebro”. En ese sistema hay más de varios cientos de millones de neuronas; el 95 por ciento de la serotonina, un neurotransmisor, está ahí.
Cada segundo, el cerebro controla las señales que envía el cuerpo y se apresura a asignarles un significado. ¿Este conjunto de respuestas corporales es nerviosismo? ¿Ansiedad? No. ¡Es terror!
El cuerpo se pone en marcha y la mente construye una experiencia emocional. Parece que nos asustamos y empezamos a huir del oso. Pero, como intuyó brillantemente el psicólogo William James hace más de un siglo, es más exacto decir que empezamos a huir del oso y luego nos asustamos.
Una buena articulación
Las emociones nos ponen en el estado mental adecuado para que podamos pensar con eficacia sobre la situación en la que nos encontramos. Como dijo el neurocientífico Ralph Adolphs a Leonard Mlodinow para su libro Emocional, “una emoción es un estado funcional de la mente que pone a tu cerebro en un modo particular de operación que ajusta tus objetivos, dirige tu atención y modifica los pesos que asignás a varios factores mientras hacés cálculos mentales”.
En otras palabras, las emociones inclinan la mente en una dirección u otra según las circunstancias. La indignación nos ayuda a concentrarnos en la injusticia. El asombro nos motiva a sentirnos pequeños en presencia de la grandeza y a ser buenos con los demás. La euforia nos pone en disposición de asumir riesgos. La felicidad hace que las personas sean más creativas y flexibles. La repulsión nos prepara para rechazar comportamientos inmorales. El miedo ayuda a amplificar nuestros sentidos y a mejorar nuestra atención. La ansiedad nos pone en un estado de ánimo pesimista, menos propenso a correr riesgos. La tristeza mejora la memoria, nos ayuda a hacer juicios más precisos, nos convierte en comunicadores más claros.
Como escribe Lisa Feldman Barrett en su libro La vida secreta del cerebro, “se podría pensar que en la vida cotidiana, las cosas que vemos y oímos influyen en lo que sentimos, pero casi siempre es al revés: que lo que sentimos altera lo que vemos y oímos”.
El neurocientífico John Coates ha observado que el cuerpo es “una eminencia gris, que se sitúa detrás del cerebro, aplicando eficazmente presión en el punto justo, en el momento justo, para ayudarnos a prepararnos para el movimiento”. Pero Coates también sabe que a veces nuestras emociones hacen las cosas mal y nos ponen en un estado mental autodestructivo. Antes de ser neurocientífico, fue operador de Wall Street en Goldman Sachs, Merrill Lynch y Deutsche Bank. En su brillante libro de 2012, La biología de la toma de riesgos, describe cómo los mercados alcistas podrían cambiar la mentalidad emocional de los operadores.
Además, como lo primero que hace un mercado alcista es confirmar las creencias de los inversores, los beneficios que estos obtienen se traducen en mucho más que simple codicia, ya que dan lugar a poderosos sentimientos de euforia y omnipotencia. La evaluación del riesgo es sustituida por juicios de certeza, pues ellos saben con seguridad lo que va a ocurrir; los deportes de riesgo les parecen juegos de niños y el sexo se convierte en una actividad competitiva. Hasta andan de otra manera, más erguidos, más resueltos, su porte mismo en una señal de peligro y su expresión corporal parece decir: “No te metas conmigo”.
La testosterona estaba fluyendo. La dopamina llegó a raudales. Este es el tipo de mentalidad que produce burbujas y alguna que otra crisis financiera mundial. La euforia precede a la caída.
¿Cómo pueden los operadores hacer su trabajo sin que el sistema financiero mundial se vaya de picada? La respuesta no es reprimir las emociones. Los que toman decisiones necesitan emociones para asumir riesgos y aventurarse. Los operadores necesitan sentir el mercado en su cuerpo y utilizar sus emociones para intuir qué señales de las pantallas de sus computadoras pueden ignorarse sin peligro y cuáles son advertencias serias que exigen atención.
Lo que necesitan es autoconciencia emocional. Las investigaciones de Coates y otros demuestran que los operadores eficaces son hipersensibles a los cambios físicos, por ejemplo, a las variaciones de los latidos de su corazón. En otras palabras, son excepcionalmente buenos en la evaluación emocional: ¿qué me está diciendo mi cuerpo y es útil o exagerado? No reprimen o dominan sus emociones, sino que mantienen una conversación con ellas.
Uno de mis métodos favoritos para la gestión emocional procede del estudioso de las emociones de Yale, Marc Brackett, llamado método Ruler. Con este, Brackett enseña a reconocer, comprender, etiquetar, expresar y regular sus emociones. (Su libro de 2019, Permiso para sentir, es una guía a través del proceso).
Mi punto central es que necesitás ser un gran atleta emocional para tomar las grandes decisiones de la vida. Necesitás ser lo suficientemente apasionado para sentir y lo suficientemente astuto para entender tus sentimientos. La vida no es una serie de problemas de cálculo. La vida se trata de movimiento: saber desplazarse por diferentes terrenos y circunstancias. Las emociones guían el sistema de navegación. Como escribe Mlodinow en Emocional, “Aunque las puntuaciones del coeficiente intelectual pueden correlacionarse con las capacidades cognitivas, el control y el conocimiento del propio estado emocional es lo más importante para el éxito profesional y personal”.
Siempre hemos sabido que las emociones son fundamentales en el arte de la conexión humana. Ahora entendemos que las emociones también son cruciales para ser una persona racional y eficaz en el mundo.
Y, sin embargo, la mayoría de nosotros somos emocionalmente inarticulados. Si vas a contratar a alguien, casarte, entablar amistad, dirigir o entrenar a otro, ¿no deberías conocer su afecto central, la línea de base emocional que ha llevado a lo largo de su vida? ¿No deberías conocer su perfil emocional, la forma distintiva en que construyen sus emociones en diversas circunstancias? Cuando se despide a alguien, rara vez es por falta de habilidades técnicas; casi siempre es porque no se le puede entrenar, tiene problemas de ira o es un mal compañero de equipo. En otras palabras, carecen de habilidades emocionales, un hecho que a menudo no se detecta en el proceso de contratación.
Algunas personas son mejores atletas emocionales que otras, pero no estoy seguro de que sepamos cómo evaluar estas habilidades o de que seamos buenos enseñándolas.
Me encantaría vivir en una cultura que pudiera hablar de las emociones con el aprecio, la sofisticación y el nivel de detalle que se merecen.

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Voces que queremos guardar. La memoria auditiva de los que ya no están



Desde una casilla de voz de un viejo teléfono bajé un mensaje de mi padre. Por temor a que un día en esta vorágine tecnológica de archivos y backups mal realizados (mi especialidad) se perdiera, decidí enviarlo a mi propia casilla de mail. En el asunto puse un simple “Mensaje Toti” como para poder ubicarlo fácilmente en caso de necesitarlo. No es que lo escuche a menudo, lo hice al principio, durante esos primeros meses después de su muerte, pero no más.
No es un mensaje particularmente lindo: está angustiado, alguna interacción en sus medicamentos hace que esté inquieto y desconfiado de su entorno. Quiere que lo salve de algo inevitable. El final ya estaba cerca. No es un mensaje que guardo por nostalgia tampoco, o porque no recuerde su voz, que por suerte suele resonar mucho más alegre en mi cabeza. Tengo que admitir que lo guardo porque a veces necesito recordar y reafirmarme que estaba incómodo con su vida; por momentos necesito (engañándome tal vez) saber que está más en paz.
Cuando pregunto a otras personas si son capaces de evocar las voces de los que partieron, si las extrañan o si recurren a grabaciones de sus seres queridos (aquellos que las tienen), comparten las más variadas anécdotas. Sin embargo, casi ninguno es indiferente al recuerdo de la voz de aquellos a los que extrañan. Parece ser una parte fundamental del dolor, el duelo, la sanación y el recuerdo.
“Tengo un cassette de 1981 con la voz de mi abuela Matilde, cada vez que lo encuentro, me preparo para escucharlo, pero me da miedo que se rompa o se enganche la cinta”.
“No recuerdo sus voces pero a veces los sueño y ahí aparecen”.
“Tengo grabaciones de papá, hoy son mi mayor tesoro”.
“Extraño la voz de mis abuelos. Las puedo reproducir en mi cabeza y en sueños me hablan con sus voces”.
“Guardé sus mensajes, pero duele demasiado escucharlos. Tal vez algún día”.
“De mi nono recuerdo su risa de felicidad, su tono de puteadas, sus mensajes en el contestador que se borraron... tengo miedo de perder la memoria y olvidarme de eso”.
“Extraño mucho la voz de mi mamá.No tengo nada grabado de ella. Se me fue yendo de a poco, pero de alguna forma, cada vez que recuerdo el mensaje del contestador de casa (que grabó ella), vuelve”.
Con más o menos palabras, cada relato en su estilo, el recuerdo de las voces de los que ya no están es algo valioso. Para los que conservan grabaciones, un tesoro preciado. Para los que no, el proceso mental de evocar esas voces es un ejercicio habitual al que recurren o al que le huyen. Y para otros, el mayor temor es algún día dejar de recordar esa voz, como si el hecho fuera una pequeña traición, verlos finalmente desaparecer a un lugar sin retorno.
Hay cientos de desarrollos de inteligencias artificiales capaces de imitar la voz humana, muchas de ellas incluso gratuitas. Las he usado con mayor o menor éxito con fines profesionales y algunas suenan inquietantemente realistas. Hay algo, sin embargo, que sucede con la entonación, con ciertos modos en los que arrastramos alguna sílaba, pronunciamos alguna palabra, la cadencia y hasta las casi imperceptibles inhalaciones durante oraciones largas. Quiero suponer que esas falencias de la tecnología son pura consecuencia de la gratuidad de las aplicaciones con las que he experimentado y que unos cuantos dólares de suscripción harían maravillas y que muchísimos dólares más se acercarían casi a la perfección confundiendo hasta al oído más absoluto.
Otros desarrollos llevan el asunto más allá y prometen atesorar las voces de nuestros seres queridos fallecidos y hasta convertirlos en asistentes digitales para así hacer “que los recuerdos perduren”.
¿Habrá algo único en la voz humana que podría hacernos distinguirla de aquella que genera un robot? Y aún si fuese indistinguible, ¿tendría el mismo valor? Si bien todos los seres humanos producimos sonido esencialmente en la misma forma fisiológica, nuestras voces son casi tan únicas como las huellas dactilares: similares en la superficie, pero con infinitas variaciones. Algunos se preguntan si está bien aferrarse a la representación digital de alguien en lugar de dejar que su recuerdo evolucione y por supuesto también se transforme con el tiempo.
Además de ese mensaje, hay veces en las que miro viejos videos en los que mi padre hace payasadas frente a la cámara: se pone un sombrero, baila o finge que baja una escalera imaginaria y cuando desaparece detrás de un sillón se escucha su risa de fondo. Ahí me hace reír en su mejor versión

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

lunes, 19 de febrero de 2018

LA VIDA COLOR LOGARITMO


¿Hasta qué punto los algoritmos condicionan nuestra visión del mundo?
Herramientas informáticas tan omnipresentes como desconocidas, los algoritmos expanden su influencia hacia la política, la salud e incluso el empleo
"Si un meteorito cae en el medio de campo pero nadie lo postea, ¿cayó realmente?", se preguntaban los actores de Asuntos que queman, un ensayo escénico alrededor de las redes basadas en algoritmos que ordenan y visibilizan (e invisibilizan) la información. La performance, que se reestrenará este año en el Centro Cultural Recoleta, retrataba de qué modo los temas del día se instalan ante nuestros ojos y parecen obligarnos a tomar posición sobre ellos.
Pero no todos los meteoritos caen en todas las pantallas, ni todos los oímos por igual. Lo que "escroleamos" mientras esperamos un colectivo muestra cierta información, polémicas y memes mientras invisibiliza otras. Las plataformas de búsqueda y compras basan sus ofertas en lo que saben de nosotros. Los algoritmos ordenan y jerarquizan la abrumadora cantidad de información digital que consumimos. Y no aparecen solamente cuando Google arroja resultados personalizados según nuestras búsquedas anteriores o ubicación geográfica, o cuando Facebook premastica nuestro muro para que encaje con lo que infiere que nos interesa. Los algoritmos también se usan para otros fines: desde inferir riesgos de enfermedades graves antes de que aparezcan hasta guiar la contratación de nuevos empleados en una compañía.
Esa ubicuidad plantea una serie de preguntas: ¿Qué pasa cuando las huellas que dejamos online, pensando que son privadas y nos pertenecen, son usadas por otros para tomar decisiones sobre nosotros? ¿Cuán conscientes somos de la incidencia que los softwares basados en algoritmos tienen en nuestra vida cotidiana? ¿Las decisiones tomadas por máquinas contribuyen a un mundo más "objetivo" o más opaco?
La metáfora de un elemento no humano que se va inoculando e imitando la vida cotidiana es recurrente en la cultura popular. La teórica cultural Mercedes Bunz vuelve sobre esa potente idea para referirse a la invasión de los algoritmos en su libro La revolución silenciosa. Cómo los algoritmos transforman el conocimiento, el trabajo, la opinión pública y la política sin hacer mucho ruido, publicado originalmente en 2012 y recientemente editado en la Argentina por Editorial Cruce. En estos años, la influencia de los algoritmos se intensificó: "Esa transformación está entrando en un segundo estadio, con la Internet de las cosas y la inteligencia artificial", explica Bunz desde el Reino Unido, donde vive y enseña.
En su libro recorre los aspectos incipientes de esta revolución. Crónicas deportivas escritas por softwares, la relación con el conocimiento médico y la idea de experto post Google, y la organización de la sociedad civil en la era Twitter. Bunz se detiene en el caso de la Primavera Árabe para indagar en cómo la concentración en la plaza Tahir en Egipto supuso una forma de convocatoria y comunicación novedosa en ese momento. Justamente, el caso de estas revueltas sigue siendo estudiado en el marco del debate sobre si los medios online realmente democratizan las prácticas sociales, y la discusión sobre las "burbujas" de filtros digitales, que brindan información de acuerdo a posturas ideológicas previamente analizadas y leídas por algoritmos. Desde la victoria de Trump en Estados Unidos, el papel de esos algoritmos se volvió un tema de análisis y opinión recurrente. Obama lo retomó en su reciente entrevista con David Letterman para Netflix, planteándolo como uno de los desafíos de la democracia actual. Curiosamente, el ex presidente de Estados Unidos deja de lado que la misma plataforma que produjo y lanzó esa valiosa entrevista está construida sobre un muy sofisticado sistema de recomendaciones algorítmicas que, en definitiva, es parte de la misma cuestión. De hecho, en un análisis publicado en The Atlantic sobre cómo hizo Netflix para "conocer" a sus usuarios, Alexis Madrigal investigó y reveló en 2014 el modo en que la plataforma "deconstruyó" a Hollywood en miles de formas de describir un contenido audiovisual. El algoritmo de Netflix trabaja sobre esa enorme base de datos que se alimenta de los millones de usuarios que muestran sus preferencias. A la hora de producir contenido original, esa información es oro en bytes.
Votantes en la mira
Política, entretenimiento y tecnología convergen como preocupación y posibilidad. En un artículo de la publicación digital Panamá Revista, Pablo Touzon analizaba la práctica y el método del estratega de Cambiemos Jaime Durán Barba como una "política algorítmica ": más bien predictiva, poco amante del riesgo o de los volantazos impopulares. En cambio, esta "nueva política" lee a los votantes como usuarios con preferencias rastreables y genera nuevas preguntas sobre democracias y opinión pública.
El aprovechamiento de las posibilidades tecnológicas para identificar, segmentar y convencer es metafórica y a la vez muy concreta. Hace varios años que las campañas políticas se basan en conocer al usuario-votante por medio de sus clics. Pero ése es un terreno que también se presta a cuestionamientos. Una reciente investigación daba cuenta de cómo en las últimas elecciones de Chile se utilizó el software Instagis para cruzar información privada de los usuarios (como domicilio o identificación tributaria) con su actividad en las redes sociales, y de allí deducir sus simpatías ideológicas. Según el informe del Centro de investigación e información periodística de Chile (Ciper), el partido Renovación Nacional y luego Sebastián Piñera, solo por dar un ejemplo reciente, utilizaron datos algorítmicos al servicio de una campaña electoral, aprovechando los agujeros legislativos en materia de protección de datos personales (y el gris en la definición de qué es un dato personal).
Los algoritmos, presentes en la última campaña electoral chilena
"Los algoritmos pueden ayudar a la representación política cuando permiten identificar con mayor precisión las necesidades de los votantes. Son negativos, por otro lado, cuando permiten la manipulación de los votantes", reflexiona Ernesto Calvo, doctor en Ciencias Políticas, profesor de la Universidad de Maryland y autor de Anatomía politica de Twitter en Argentina: tuiteando #Nisman. Calvo viene investigando el aspecto polarizado de las redes sociales a causa de los algoritmos que priorizan comentarios afines. Y también hasta qué punto estas burbujas online ideológicas se traducen en la polarización offline, teniendo en cuenta las fuertes grietas que lideran las grandes decisiones políticas de los últimos años. "Recientemente realizamos experimentos controlados en la Argentina y en Estados Unidos en donde mostramos el aumento en la percepción de polarización que tienen los votantes cuando son expuestos a mensajes negativos en redes sociales. Aleatoriamente, dos grupos fueron expuestos a tuits políticos mientras un tercer grupo no fue tratado. En el grupo que recibió la información de redes sociales hubo un amento de 15% en la distancia ideológica entre Cambiemos y el FPV reportada por los encuestados. Lo mismo ocurrió en Estados Unidos al medir la distancia entre Donald Trump y Hillary Clinton. Esto no quiere decir que la polarización se deba a las redes sociales, pero hay evidencia muy contundente de que las redes sociales contribuyen a la polarización".

Recientemente, The Guardian publicó otra investigación con foco en el algoritmo de recomendación de YouTube (que venía evitando la pesquisa por la que pasaron otras redes sociales). Allí se describe cómo la plataforma estaría priorizando la recomendación de videos conspirativos y sensacionalistas, y cómo, también, jugó un papel en las elecciones estadounidenses de 2016.
Asimismo -y aunque los partidos políticos parecen más ocupados en hacerse de esta nueva herramienta que en cuestionar sus implicancias-, la pregunta por la inteligencia artificial, la polarización y la democracia vive momentos de auge desde el referéndum británico para salir de las Unión Europea. Recientemente la comisión de información del Reino Unido inició una investigación a partir de que los medios difundieron de qué modo el uso de big data ayudó a influir en el voto por abandonar la Unión Europea. Por su parte, Bunz se detiene en el potencial de la tecnología en relación con la democracia y observa un aspecto ligado a la educación: "Necesitamos comprometernos con la tecnología digital mucho más. Esto no significa necesariamente que tenemos que aprender a programar. Pero votar responsablemente en una democracia significa estar políticamente informados, y usar y moldear la tecnología es lo mismo en el siglo XXI. Si no queremos que este desarrollo global sea un riesgo para nuestras democracias, necesitamos hacer de la tecnología y cómo funciona una parte de nuestra educación".
El factor humano

La académica Taina Bucher investiga desde hace años la vinculación de los algoritmos con la vida social de los usuarios. En una de sus publicaciones más recientes, habla del "imaginario algorítmico"; es decir, reflexiona sobre la vinculación afectiva entre los usuarios y las fórmulas que diseñan sus muros de Facebook y otras redes sociales. En su investigación sobre cómo los usuarios perciben los algoritmos, encuentra frustración, especulación, enojo y, por momentos, una pulseada entre el hombre y lo que la máquina lee sobre él.
Ese despertar de una conciencia que desautomatice nuestra forma de vivir y consumir información digital es un tema recurrente entre unos cuantos académicos, pensadores y activistas. En su charla TED La inteligencia artificial hace que la moral humana sea más importante, la programadora y socióloga Zeynep Tufecki apela a nuevas preguntas morales que deberían plantearse alrededor del poder de la inteligencia artificial. Cita el caso de una colega suya que desarrolló un software que permite, utilizando información de las redes sociales, predecir casos de depresión posparto antes de que aparezcan los síntomas. Tufecki se pregunta cómo podría funcionar una herramienta que tiene un fin "noble" en un contexto de contratación laboral: "¿qué pasaría si el sistema elimina a las personas con alta probabilidad futura de la depresión?", dice.
Zeynep Tufekci: "La inteligencia artificial hace que la moral sea más importante" (Charla TED):46
En definitiva, la huella digital -el historial de búsquedas de Google, clics, "Me gusta", compras, etcétera- podría tener puntos en común con la idea del inconsciente freudiano y la huella mnémica, algo que va más allá de lo que podemos recordar de manera conciente.
Pero también hay una incipiente preocupación por la reproducción de determinandos sesgos en los supuestamente deshumanizados algoritmos. A fin del año pasado, el grupo Liberty advirtió a los legisladores de la comisión de Ciencia y Tecnología del parlamento británico que el software utilizado para predecir si alguien es un criminal basado en su comportamiento anterior era discriminatorio. Eso se hizo después de conocer que la policía de Durham trabajaba con un sistema llamado Harm Assessment Risk Tool (herramienta de evaluación de daño), que usaba información digital para clasificar a los sospechosos según su potencial riesgo de cometer un crimen. Consultada por BBC, la investigadora Sandra Wachter, del Instituto de Internet de Oxford aseguró: "La comunidad que codifica debería ser más diversa. Si solo tenemos programadores varones y blancos, obviamente va a haber un sesgo en los sistemas".

Efectivamente, los sesgos de género también están presentes. Por ejemplo, según una investigación de la Universidad de Boston y Microsoft Research Nueva Inglaterra, las bases de datos vinculadas a la inteligencia artificial consideran la palabra "programador" más cerca de la palabra "varón" que de la palabra "mujer".
El factor humano vuelve a ser decisivo en estas creaciones que tienen un aspecto autónomo. Mercedes Bunz lo menciona en su libro una y otra vez: "Los algoritmos y las máquinas son una creación humana", insiste. "Aunque todos están viendo cómo funciona la inteligencia artificial, rápidamente se dan cuenta de que es fundamentalmente diferente de la humana -los chicos chiquitos no necesitan ver miles de gatos antes de poder identificar a uno-. De todos modos, hay algo profundamente humano dentro de los algoritmos: son creados por nosotros, los seres humanos". Lo cierto es que éste parece un momento más bien salvaje en la evolución de los algoritmos: prácticamente desregulados, opacos, misteriosos, y también invasivos y poderosos. Calvo describe este estado de situación: "Con la excepción del área salud, que tiene estándares claros de depósito y acceso de datos, en casi todas las áreas de nuestra vida informática carecemos de reglas (formales e informales) para dirimir qué tipo de información es aceptable capturar y distribuir, así como las reglas para explotar comercialmente esta información. La regulación de esta área es de una complejidad extraordinaria, dado que la línea que separa lo público de lo privado es casi inexistente. Es un área en el cual no está claro cuáles regulaciones son posibles, necesarias y beneficiosas". Con la revolución iniciada, sus consecuencias todavía están por verse.

N. Sch.

sábado, 15 de julio de 2017

SOMOS HUMANOS IMPERFECTOS... ¿A QUÉ CLASE DE SOCIEDAD NOS LLEVA ÉSTO?





Consideramos la mente humana como algo maravilloso. Y en verdad hace cosas increíbles: es capaz de concebir una sinfonía como la Novena de Beethoven, la Teoría de la Relatividad, la jugada del gol a los ingleses. Pero también falla. Falla de manera sistemática y en aspectos que no son menores para nuestra vida. Un caso muy claro es el de las ilusiones ópticas: nos muestran una imagen de líneas que son iguales pero, por alguna razón, nuestra mente ve a una de ellas más larga que la otra. Nos explican que son iguales, nos las miden, nos cuentan por qué las vemos de diferente longitud. Luego de todo eso volvemos a observar. y vemos una más larga que la otra.
En el marco de nuestro cerebro, la memoria es el proceso de guardar información que luego podamos recuperar. La capacidad de recordar es una función fundamental: sería imposible construir cultura sin ella. A primera vista podemos ya darnos cuenta de cuán raro es el funcionamiento de este sistema en el cerebro humano: podemos reconocer a un compañero de primaria a quien no vemos hace veinte años y olvidar dónde apoyamos las llaves, hace apenas diez minutos. No nos olvidamos de cómo andar en bicicleta, aunque lo hayamos aprendido de pequeños y no hayamos vuelto a practicar, pero nos hacen una interrupción breve cuando estamos hablando y no somos capaces de retomar el hilo.


Quizás el déficit más notorio sea nuestra relativa lentitud: en el mismo tiempo que a nuestro cerebro le toma responder a la pregunta de cuánto es 2 más 2, el procesador con el que cuenta el celular que está ahora en tu bolsillo puede hacer varios millones de cuentas más complejas. Por estas razones, nuestra mente es, a la vez, maravillosa y profundamente mejorable.
Hasta hoy, la idea de poder perfeccionar el funcionamiento de nuestro intelecto sonaba a premisa de una mala película de ciencia ficción. Sin embargo, hace unas pocas semanas el más brillante emprendedor actual, Elon Musk, fundador de Tesla y SpaceX, anunció la creación de una nueva empresa llamada Neuralink que se propone hacer precisamente esto. Para ello, aspira a crear una red de electrodos que puedan implantarse en nuestro cerebro y nos permitan conectarnos con altísima velocidad a computadoras, redes u otros cerebros.


El objetivo es poder agregar a nuestra mente funcionalidades y capacidades como las que disponen los ordenadores, mejorando nuestra memoria, conectándonos a internet directamente desde nuestra biología, dándonos acceso a un volumen casi ilimitado de información y permitiéndonos computar mucho más velozmente, entre otras habilidades asombrosas. Esta tecnología permitirá también una comunicación entre seres humanos enormemente más fluida de la que es posible hoy, donde un individuo debe codificar un mensaje en palabras, otro individuo debe leerlo u oírlo, y finalmente decodificarlo, en un proceso que además de ser lento produce innumerables malos entendidos.


La idea resulta algo perturbadora. Después de todo, esas fallas tan idiosincráticas nos hacen ser quienes somos. La idea de integrar tecnología en nuestra mente, más allá de darnos capacidades extra, quizá cambie de manera radical la experiencia de ser humanos. Si estás pensando que seguramente falte mucho para que algo así suceda, parece que no tanto. Ya es momento de prepararse, dado que Musk espera tener un primer producto de este tipo en unos 8 a 10 años.
Como dijo alguna vez el futurólogo Arthur C. Clarke: "Cualquier tecnología suficientemente avanzada resulta indistinguible de la magia".

S. B. 

jueves, 22 de junio de 2017

LA MENTE PUEDE MEJORAR



Consideramos la mente humana como algo maravilloso. Y en verdad hace cosas increíbles: es capaz de concebir una Sinfonía como la Novena de Beethoven, la teoría de la relatividad, la jugada del gol a los ingleses… Pero también falla. Falla de manera sistemática y en aspectos que no son menores para nuestra vida. Un caso muy claro es el de las ilusiones ópticas: nos muestran una imagen de líneas que son iguales pero, por alguna razón, nuestra mente ve a una de ellas más larga que la otra. Nos explican que son iguales, nos las miden, nos cuentan por qué las vemos de diferente longitud. Luego de todo eso volvemos a observar… y vemos una más larga que la otra.
En el marco de nuestro cerebro, la memoria es el proceso de guardar información que luego podamos recuperar. La capacidad de recordar es una función fundamental: sería imposible construir cultura sin ella. A primera vista podemos ya darnos cuenta de cuán raro es el funcionamiento de este sistema en el cerebro humano: podemos reconocer a un compañero de primaria a quien no vemos hace veinte años y olvidar dónde apoyamos las llaves, hace apenas diez minutos. No nos olvidamos de cómo andar en bicicleta, aunque lo hayamos aprendido de pequeños y no hayamos vuelto a practicar, pero nos hacen una interrupción breve cuando estamos hablando y no somos capaces de retomar el hilo.
Quizá el déficit más notorio sea nuestra relativa lentitud: en el mismo tiempo que a nuestro cerebro le toma responder a la pregunta de “cuánto es dos más dos”, el procesador con el que cuenta el celular que está ahora en tu bolsillo puede hacer varios millones de cuentas más complejas. Por estas razones, nuestra mente es, a la vez, maravillosa y profundamente mejorable.
Hasta hoy la idea de poder perfeccionar el funcionamiento de nuestro intelecto sonaba a premisa de una mala película de ciencia ficción. Sin embargo, hace unas pocas semanas el más brillante emprendedor actual, Elon Musk, fundador de Tesla y SpaceX, anunció la creación de una nueva empresa llamada Neuralink que se propone hacer precisamente esto. Para ello, aspira a crear una red de electrodos que puedan implantarse en nuestro cerebro y nos permitan conectarnos con altísima velocidad a computadoras, redes u otros cerebros.
El objetivo es poder agregar a nuestra mente funcionalidades y capacidades como las que disponen los ordenadores, mejorando nuestra memoria, conectándonos a internet directamente desde nuestra biología, dándonos acceso a un volumen casi ilimitado de información y permitiéndonos computar mucho más velozmente, entre otras habilidades asombrosas. Esta tecnología permitirá también una comunicación entre seres humanos enormemente más fluida de la que es posible hoy, donde un individuo debe codificar un mensaje en palabras, otro individuo debe leerlo u oírlo, y finalmente decodificarlo, en un proceso que además de ser lento produce innumerables malos entendidos. 


La idea resulta algo perturbadora. Después de todo, esas fallas tan idiosincráticas nos hacen ser quienes somos. La idea de integrar tecnología en nuestra mente, más allá de darnos capacidades extra, quizá cambie de manera radical la experiencia de ser humanos. Si estás pensando que seguramente falte mucho para que algo así suceda, parece que no tanto. Ya es momento de prepararse, dado que Musk espera tener un primer producto de este tipo en unos 8 a 10 años. Como dijo alguna vez el futurólogo Arthur C. Clarke, “cualquier tecnología suficientemente avanzada resulta indistinguible de la magia”.

S. B.