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domingo, 1 de septiembre de 2024

NEUROCIENCIAS


Mente sana. Las emociones, esenciales para guiar a la razón
En contra de lo que se ha creído, las reacciones emocionales son aliadas del intelecto a la hora de tomar las decisiones correctas
David Brooks



Si me pidieran que enumerara los principales avances intelectuales del último medio siglo, sin duda incluiría la revolución en nuestra comprensión de las emociones.
Durante miles de años, en el pensamiento occidental era común imaginar que existía una guerra eterna entre la razón y nuestras emociones. La razón es fría, racional y sofisticada. Las emociones son primitivas, impulsivas, y pueden llevarnos por mal camino. Una persona sabia utiliza la razón para anular y controlar las pasiones primitivas. Un científico, un empresario o cualquier buen pensador debe intentar ser objetivo y distanciarse de las emociones, como una computadora andante que sopesa las cosas con cautela y calcula el camino más inteligente a seguir.
"Si antes se creía que las pasiones eran primitivas y destructivas, hoy se comprende que a menudo son sabias"
La neurociencia moderna ha asestado un duro golpe a esta forma de pensar. Si antes se creía que las pasiones eran primitivas y destructivas, hoy se comprende que a menudo son sabias. La mayoría de las veces las emociones guían la razón y nos hacen más racionales. Es una exageración, pero quizá una perdonable, decir que se trata de un giro que podría estar a la altura de la revolución copernicana en astronomía.
El problema es que nuestra cultura y nuestras instituciones no se han puesto a la altura de nuestros conocimientos. Seguimos viviendo en una sociedad obsesionada con la capacidad intelectual bruta. Nuestras escuelas clasifican a los niños en función de su capacidad para obtener buenos resultados en exámenes estandarizados, menospreciando el tipo de sabiduría que alberga el cuerpo y que es igual de importante para desenvolverse en la vida. Nuestros modelos económicos se basan en la idea de que los seres humanos son criaturas racionales que calculan fríamente su propio interés, y luego nos sorprendemos cuando los inversores se lanzan al frenesí de una burbuja bursátil.
Mucha gente está alejada de su propia vida interior porque no sabe cómo funcionan sus emociones. Veo toda la tristeza y mezquindad del mundo y concluyo que no somos buenos construyendo conexiones emocionales sanas.
Más allá de Descartes

¿Qué nos ha enseñado la neurociencia moderna? Bueno, las cosas se pusieron realmente en marcha en 1994, cuando Antonio Damasio publicó su clásico libro El error de Descartes. Damasio había estudiado a pacientes que tenían problemas para procesar las emociones. Eran incapaces de tomar decisiones y sus vidas giraban en espiral. Damasio demostró que las emociones asignan valor a las cosas, y sin saber qué es importante, o qué es bueno o malo, el cerebro se limita a dar vueltas sobre sí mismo. Las emociones y la razón son un sistema integral para una buena toma de decisiones.
Desde entonces, los neurocientíficos se han lanzado de lleno al estudio de las emociones. Ahora entendemos mejor cómo se forman y qué hacen por nosotros. Para simplificar un poco, por debajo de la conciencia, el cuerpo reacciona constantemente a los acontecimientos que lo rodean: el corazón se acelera o se ralentiza, la respiración se acorta o se alarga, el metabolismo ronronea o ruge. Muchas de estas reacciones se producen en el sistema nervioso entérico del tracto gastrointestinal, llamado “el segundo cerebro”. En ese sistema hay cientos de millones de neuronas; el 95% de la serotonina, un neurotransmisor, está ahí.
"Las emociones nos ponen en el estado mental adecuado para pensar con eficacia sobre la situación en la que nos encontramos"
Cada segundo de cada día, el cerebro controla las señales que envía el cuerpo y se apresura a asignarles un significado: ¿Este conjunto de respuestas corporales es nerviosismo? ¿Ansiedad? No. ¡Es terror!
El cuerpo se pone en marcha y la mente construye una experiencia emocional. Parece que nos asustamos y empezamos a huir del oso. Pero, como intuyó el psicólogo William James hace más de un siglo, es más exacto decir que empezamos a huir del oso y luego nos asustamos.
Las emociones nos ponen en el estado mental adecuado para pensar con eficacia sobre la situación en la que nos encontramos. Como dijo el neurocientífico Ralph Adolphs a Leonard Mlodinow en su libro Emocional, “una emoción es un estado funcional de la mente que pone a tu cerebro en un modo particular de operación que ajusta tus objetivos, dirige tu atención y modifica los pesos que asignas a varios factores mientras haces cálculos mentales”.
En otras palabras, las emociones inclinan la mente en una dirección u otra según las circunstancias. La indignación nos ayuda a concentrarnos en la injusticia. El asombro nos motiva a sentirnos pequeños en presencia de la grandeza y a ser buenos con los demás. La euforia nos pone en disposición de asumir riesgos. La felicidad hace que las personas sean más creativas y flexibles. La repulsión nos prepara para rechazar comportamientos inmorales. El miedo ayuda a amplificar nuestros sentidos y a mejorar nuestra atención. La ansiedad nos pone en un estado de ánimo pesimista, menos propenso a correr riesgos.
Eminencia gris
“Podríamos pensar que en la vida cotidiana las cosas que vemos y oímos influyen en lo que sentimos, pero casi siempre es al revés: lo que sentimos altera lo que vemos y oímos”, dice Lisa Feldman Barrett en su libro La vida secreta del cerebro.
El neurocientífico John Coates ha observado que el cuerpo es “una eminencia gris, que se sitúa detrás del cerebro, aplicando presión en el punto justo, en el momento justo, para ayudarnos a prepararnos para el movimiento”. Pero Coates también sabe que a veces nuestras emociones hacen las cosas mal y nos ponen en un estado mental autodestructivo. Antes de ser neurocientífico, fue operador de Wall Street en Goldman Sachs, Merrill Lynch y Deutsche Bank. En su brillante libro de 2012, La biología de la toma de riesgos, describe cómo los mercados alcistas podrían cambiar la mentalidad emocional de los operadores.
Como lo primero que hace un mercado alcista es confirmar las creencias de los inversores, los beneficios que estos obtienen se traducen en mucho más que simple codicia, ya que dan lugar a poderosos sentimientos de euforia y omnipotencia. Los agentes de bolsa y los inversores tienen la sensación de liberarse de las cadenas de la vida terrenal. La evaluación del riesgo es sustituida por juicios de certeza, pues ellos saben lo que va a ocurrir. Los deportes de riesgo les parecen juegos de niños y la testosterona fluye. Este es el tipo de mentalidad que produce burbujas y crisis financieras mundiales. La euforia precede a la caída.
¿Cómo pueden los operadores hacer su trabajo sin que el sistema financiero mundial se vaya de picada? La respuesta no es reprimir las emociones. Los que toman decisiones necesitan emociones para asumir riesgos y aventurarse. Los operadores necesitan sentir el mercado en su cuerpo y utilizar sus emociones para intuir qué señales de las pantallas de sus computadoras pueden ignorarse sin peligro y cuáles son advertencias serias que exigen atención.
"La vida no es una serie de problemas de cálculo. La vida se trata de movimiento: saber desplazarse por diferentes terrenos y circunstancias. Las emociones guían el sistema de navegación"
Lo que necesitan es autoconciencia emocional. Las investigaciones de Coates y otros demuestran que los operadores eficaces son hipersensibles a los cambios físicos, por ejemplo, a las variaciones de los latidos de su corazón. En otras palabras, son excepcionalmente buenos en la evaluación emocional: ¿qué me está diciendo mi cuerpo y es útil o exagerado? No reprimen o dominan sus emociones, sino que mantienen una conversación con ellas. El acto de verbalizar una emoción es una gran manera de ponerla en perspectiva, como comprendió Shakespeare al escribir Macbeth: “Dale al dolor palabras, que el quebranto, que no habla fuerte, al corazón murmura y le manda romper”.
Uno de mis métodos favoritos para la gestión emocional procede del estudioso de las emociones Marc Brackett, de Yale: el llamado método Ruler. Con este sistema, Brackett enseña a las personas a reconocer, comprender, etiquetar, expresar y regular sus emociones. Su libro de 2019, Permiso para sentir, es una guía para avanzar en este proceso.
Mi punto central es que necesitas ser un gran atleta emocional para tomar las grandes decisiones de la vida. Necesitas ser lo suficientemente apasionado para sentir y lo suficientemente astuto para entender tus sentimientos. La vida no es una serie de problemas de cálculo. La vida se trata de movimiento: saber desplazarse por diferentes terrenos y circunstancias. Las emociones guían el sistema de navegación. Como escribe Leonard Mlodinow en Emocional: “Aunque las puntuaciones del coeficiente intelectual pueden correlacionarse con las capacidades cognitivas, el control y el conocimiento del propio estado emocional es lo más importante para el éxito profesional y personal”.
Siempre hemos sabido que las emociones son fundamentales en el arte de la conexión humana (lo que no quiere decir que siempre se nos dé bien). Ahora entendemos que las emociones también son cruciales para ser una persona racional y eficaz en el mundo.
Y, sin embargo, la mayoría de nosotros somos emocionalmente inarticulados. Si vas a contratar a alguien, casarte, entablar amistad, dirigir o entrenar a otro, ¿no deberías conocer su perfil emocional, la forma distintiva en que construyen sus emociones en diversas circunstancias? ¿No deberías saber cómo disciernen, etiquetan y expresan sus emociones? Cuando se despide a alguien, rara vez es por falta de habilidades técnicas; casi siempre es porque no se le puede entrenar, tiene problemas de ira o es un mal compañero de equipo. Es decir, carecen de habilidades emocionales.
Dos líderes diferentes
Estas semanas he visto en YouTube dos actos de la campaña presidencial, el de Kamala Harris en Nevada y el de Donald Trump en Montana. La diferencia entre los perfiles emocionales de los dos candidatos no podía ser más marcada. Harris estaba exuberante, alegre, un volcán de emociones positivas, incluso cuando hablaba de su trayectoria como fiscal. Trump en cambio era combativo, aguerrido, indignado, un volcán de emociones negativas, incluso cuando hablaba de lo mucho que lo quiere su público.
Ser presidente consiste en tomar decisiones. Los estilos emocionales opuestos de los candidatos pueden influir en su toma de decisiones. Me encantaría que en noviembre los votantes pensaran más detenidamente qué estilo emocional se adapta mejor a las circunstancias imperantes hoy en Estados Unidos. Me encantaría vivir en una cultura que pudiera hablar de las emociones con el aprecio, la sofisticación y el nivel de detalle que se merecen.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

jueves, 9 de noviembre de 2017

NEUROCIENCIAS; LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

Las neurociencias demuestran que, de modo sostenido, pueden alterar la estructura cerebral; señalan que son ineficaces para cambiar conductas
"Más de una vez le grito cosas horribles a mi hijo de siete años porque no quiere subirse al auto. Y cuando me mira con tanto enojo, termino odiándome a mí misma. «Sé que te estoy fallando. Sé que merecés lo mejor? pero ¡subite al maldito auto!»". Para resumir cómo se siente después de gritarles a sus hijos, Romina B., madre de Román, de siete años, y de Felipe, de tres, cita una escena de la película Mi nombre es Sam, en la que Michelle Pfeiffer hace su descargo de madre culpógena. "Así me quedo después de gritarles, pero, a veces, uno se desborda y no sabe cómo hacer para que hagan caso", confiesa.
"Los gritos son quizá la forma más invisible de violencia contra la infancia o, mejor dicho, invisibilizada, porque no deja marcas físicas evidentes", explica Alejandra Perinetti, directora de Aldeas Infantiles, una ONG que se ocupa del maltrato infantil. Al menos, eso era lo que se creía. Distintos estudios de neurociencias demuestran que los gritos dejan secuelas en el cerebro de los chicos y que pueden tener consecuencias que van desde hipertensión y depresión en la vida adulta hasta baja capacidad de respuesta a consignas sencillas durante la escolarización.
¿Qué le pasa al cerebro de los chicos cuando los padres les gritan? "El grito activa todas nuestras alertas innatas de peligro. El corazón se acelera, se empieza a segregar adrenalina y las pupilas se dilatan. Se segrega cortisol, la hormona del estrés, que prepara para dar respuesta a ese peligro. Es una reacción que compartimos con las demás especies animales", explica el neurólogo infantil, Nicolás Schni, especialista del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco).
Y agrega: "Crecer con niveles elevados de cortisol puede traer consecuencias en el largo plazo. El estrés postraumático genera modificaciones estructurales y tiene repercusión en la conducta".
"Si queremos que los hijos nos escuchen, debemos evitar que las palabras se devalúen, que es lo que ocurre cuando gritamos en vez de hablar"
Alejandra Perinetti, directora de Aldeas infantiles
No sólo se producen daños a largo plazo. Las neurociencias explican que los gritos activan un área del cerebro de los chicos que impide que hagan eso que los padres están buscando. "No pueden pensar ni razonar. Entran en un modo de supervivencia que sólo les permite tres respuestas: huir, luchar o paralizarse", explica Verónica de Andrés, una de las autora del libro Confianza total para tus hijos (Planeta), magíster en Educación de la Universidad de Oxford Brookes de Inglaterra y especializada en neurociencia y aprendizaje efectivo.
"En la parte baja del cerebro están las emociones y lo instintivo. Es la sección destinada a la supervivencia. En la alta está la zona pensante. Y en el medio está la amígdala, que es el centinela emocional que detecta los peligros. Cuando un chico recibe los gritos, el cerebro detecta una alerta de amenaza y desconecta su área pensante porque toda su energía vital se pone en modo supervivencia. Tiene sólo tres posibles reacciones: huir (encerrarse física o mentalmente), luchar (tomar una actitud combativa, enfrentar al adulto y gritar más fuerte) o paralizarse", explica De Andrés.
"Ninguna de esas tres reacciones es la que estamos buscando: que nos haga caso. Debemos saber que cuando le gritamos, lo que logramos es que el chico entre en modo supervivencia y, entonces, no piensa con claridad. «¿No pensás?», le gritamos. Sí, en ese momento no piensa porque no puede", agrega Florencia Andrés, coautora del libro Confianza total....
Un estudio de la Escuela de Medicina de Harvard, hecho en 2015, demostró que los gritos, el maltrato verbal y la humillación o la combinación de los tres elementos alteran de forma permanente la estructura cerebral infantil. Analizaron el cerebro de 50 chicos con problemas psiquiátricos que habían sufrido maltrato familiar y los compararon con la estructura cerebral de niños que no recibían malos tratos. Los que habían crecido en ambientes hostiles tenían una reducción del cuerpo calloso del cerebro, que es la parte que conecta ambos hemisferios. Los gritos y la humillación, concluyeron los especialistas, hacen que los dos hemisferios se desconecten. ¿Cuál es el resultado? Tener las mitades del cerebro poco integradas produce que los cambios de personalidad y de estado de ánimo sean más marcados. Esto, entre otras cuestiones, compromete la estabilidad emocional y aumenta la dispersión atencional.
Miedos
Otro estudio, impulsado por el director del programa de Investigación de estrés a temprana edad de la Universidad de Stanford, Victor Carrion, señala que los chicos que crecen en entornos en los que los gritos son frecuentes, viven con elevados niveles de cortisol, a causa del estrés postraumático. Todo esto produce una reducción del tamaño del hipocampo, una estructura cerebral responsable de procesar los recuerdos y las emociones.
Un grupo de investigadores de la Universidad de Nueva York investigó qué producen los gritos en el cerebro y el cuerpo. Las conclusiones fueron publicadas en la revista científica Current Biology, en agosto de 2015. Establecieron que el grito tiene una propiedad sonora única, que no tiene ninguna otra forma de expresión del lenguaje humano. Nada produce un énfasis similar. Porque impacta y activa el centro neuronal del miedo, que está en la amígdala.
Después de monitorear la actividad cerebral de 19 pacientes expuestos a sonidos fuertes y a gritos, David Poeppel, uno de los investigadores, explicó que los sonidos, a diferencia del grito, sólo activan el córtex auditivo del cerebro, pero no la amígdala. La clave del grito para producir tales efectos la encontraron en la aspereza del sonido. "Esta cualidad se traduce como los rápidos cambios en el volumen de un sonido", explica Luc Arnal, otro de los autores del estudio. Significa que cuanto más abrupto es el alarido, más aterrador. Es decir, cuando el cambio en el volumen y la agudeza del tono de la voz se produce en poco tiempo y recorre un amplio espectro su impacto es mayor.


"Los gritos cambian el umbral de escucha. Si mi papá o mi mamá dicen algo importante, gritan. Si no, no debe ser importante. Este razonamiento está presente en los chicos y se traduce en que la forma de hablar en la familia sea a los gritos y con agresiones. Si queremos que nuestros hijos nos escuchen, tenemos que evitar que nuestras palabras se devalúen, que es lo que ocurre cuando gritamos en lugar de hablar", dice Perinetti.
"Cuando un chico se encuentra con un adulto desenfocado, enojado, que le grita, siente que perdió a su padre y se encontró con un león. Tenemos que aprender a bajar nuestros niveles de alteración, a calmarnos primero y hablar de otra manera, mirando a los ojos, poniéndonos a la altura de los chicos, agachándonos si hace falta. Porque los gritos y las amenazas furibundas, no van a conseguir ese cambio de conducta que buscamos. Al contrario. A los más pequeños les infunden terror y a los más grandes, que saben que no las vamos a cumplir les hace vernos como personas que no cumplimos lo que decimos", dice De Andrés.


Las situaciones en las que los padres les gritan a los hijos son mucho más cotidianas de lo que se cree. Más de seis millones de chicos en la Argentina viven en hogares en los que los adultos les gritan. Según el último relevamiento que elaborado por Unicef junto al Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, el 61,5% de los padres reconoció que les grita frecuentemente a sus hijos. Y un 16,4% admitió que le dice frases que los descalifican, como "tonto" o "estúpido".

E. H.



sábado, 14 de enero de 2017

NEUROCIENCIAS


La suma de todas las ciencias
El estudio interdisciplinario de la mente humana permitió el mayor avance en décadas. 



Desde tiempos remotos, uno de los grandes interrogantes que ha intrigado a la humanidad fue el lugar donde residen el alma, las ideas, los sentimientos y las decisiones. Con los avances de la ciencia y la tecnología, se fueron generando herramientas que invitaron a recorrer este camino con mayor precisión y rigurosidad. Esto, sumado al creciente número de científicos que estudian el cerebro humano, permitió conocer más sobre este órgano complejo y fascinante en las últimas décadas que en toda la historia. Esta realidad promovió, además, la expansión de las áreas científicas que lo estudian de manera interdisciplinaria y el apoyo de Estados nacionales e instituciones a estos proyectos.
Las neurociencias cognitivas conforman un conjunto de disciplinas que investigan los procesos cerebrales de manera integrada desde el nivel molecular hasta el ambiente social y cultural. En los últimos años, la psicología, la filosofía, la biología, la física, la matemática, las ciencias sociales y la medicina, entre muchas otras, han comenzado a colaborar en el estudio del cerebro dentro del marco de esta disciplina.


A pesar de la complejidad de la tarea, este abordaje multidisciplinario y no reduccionista ha permitido arribar a conocimientos claves sobre el funcionamiento del cerebro tales como la capacidad de percibir las intenciones y cómo tomamos decisiones; aspectos de la conciencia, los deseos y las creencias de otros; áreas críticas del lenguaje, mecanismos de la emoción y circuitos neurales involucrados en ver e interpretar el mundo que nos rodea. También, en comprender que el cerebro alcanza su madurez entre la segunda y tercera década de vida y en el conocimiento del correlato neural de las decisiones morales. Asimismo, que no hay una memoria sino varias, y que la memoria no es una “cajita cerebral” donde guardamos los recuerdos, sino circuitos neuronales que se refuerzan y se asocian.
Otros de los descubrimientos más notables han sido la determinación de los circuitos de recompensa, de áreas claves de la corteza cerebral para el movimiento, y que el sueño es un proceso activo con un rol en la consolidación de la memoria, en el sistema inmunológico y en los procesos endócrinos.
Los avances en este campo científico también han permitido mejorar la calidad de vida de muchos pacientes y familiares con trastornos neurólogicos y psiquiátricos. El Alzheimer, la depresión, el autismo y los trastornos del desarrollo y de ansiedad, el Parkinson, la epilepsia, la esquizofrenia y las lesiones cerebrales traumáticas o por accidente cerebro vascular (ACV) representan un tremendo impacto para los pacientes, las familias y la sociedad. Una comprensión cada vez más profunda del cerebro y su disfunción mejora la detección precoz, el diagnóstico, tratamiento y la rehabilitación de los problemas 

neurológicos y psiquiátricos y le mejoran la vida a millones de personas.
Durante mucho tiempo, la neurología, la psicología y la psiquiatría han estado separadas por una frontera artificial. Los avances científicos y especialmente de las neurociencias han demostrado que esta separación es arbitraria y contraproducente. Estas disciplinas se están acercando en las herramientas que usan, en las preguntas que se hacen y en los marcos teóricos que utilizan.
Muchas de las llamadas “nuevas” ideas sobre la naturaleza humana que se encuentran actualmente en discusión no son realmente nuevas. Lo que, en tal caso, es nuevo y significativo es su procedencia intelectual. Aristóteles entendía que somos criaturas de hábito, mientras que Hume sugirió hace mucho tiempo que la razón es influenciada por la emoción. Tales ideas son atractivas cuando son pronunciadas por los filósofos, pero tienen mucho mayor orden epistémico y fuerza retórica cuando están acompañadas por los hallazgos de las ciencias sociales y del comportamiento, y más aún de la “evidencia” de las ciencias naturales. Sigmund Freud, que era neurólogo, planteaba la existencia de esquemas neuronales en cierta manera parecidos a los que los aportes de las nuevas tecnologías permitieron probar.

 Otras teorías de Freud, en relación a aspectos de la memoria, también han hallado cierto fundamento fisiológico a partir de los estudios neurocientíficos. Del mismo modo se dio con la idea del inconsciente. Este dominio se describe de manera más general en el ámbito de la neurociencia cognitiva como todo proceso que no da lugar a la toma de conciencia.
Las neurociencias buscan aportar y no sustituir a otros puntos de vista sobre el mundo. Decir que la ciencia de la naturaleza humana es relevante no significa que va a resolver todos nuestros problemas o que reemplazará irremediablemente otros instrumentos de reflexión y pensamiento.

F. M. 

domingo, 3 de julio de 2016

EN LA GALERÍA RUTH BENZACAR ; ARTE Y NEUROCIENCIAS


Arte y neurociencias: cómo funciona nuestro cerebro cuando miramos una obra
La muestra Salón de Lectura, en la galería Ruth Benzacar, explora desde ambas disciplinas los caminos de la percepción visual; un experimento sobre lo que pasa en la mente cuando leemos imágenes, textos y también partituras


Los dos ''Marianos'', Sardón y Sigman, trabajan con los restos de la lectura.Un video flashea imágenes cuadriculadas de una ciudad; otro, segmentos de un rostro y un tercero, sílabas de un párrafo. Un robot borra retazos de un texto leído por alguien. Otro los quema y sólo perdura en el papel colgado sobre la pared blanca aquello que "nos dejó" un lector anterior. Un tomo de los Principia mathematica, de Newton, y otro de L'Histoire de L'Oeil, de Georges Bataille, exhiben en forma de delicadísima filigrana, de encaje bordado sobre círculos conectados o de pequeñas esculturas "moleculares" la huella de lecturas previas.

Todos estos hechos artísticos, que se exhiben hasta mañana en la Galería Ruth Benzacar, son al mismo tiempo una exploración científica que hasta incluye experimentos in situ. Se trata de la muestra "Salón de Lectura", concebida por el neurocientífico Mariano Sigman, de la Universidad Di Tella,

y el director de la carrera de Artes Electrónicas de la Universidad de Tres de Febrero, Mariano Sardón.

Ambos "Marianos" ya habían incursionado en la exploración artístico-científica de los caminos de la mirada, la lectura y la percepción visual. En esta oportunidad, avanzan sobre una versión 2.0 de esa investigación.

"Antes, los juglares y pregoneros eran los encargados de contar las historias, que iban cambiando a lo largo del tiempo -explica Sigman-. Hace alrededor de 3000 años apareció el texto escrito en un soporte en el que el lenguaje queda grabado, inerte. Nosotros cuestionamos esa idea. Extraemos el texto leído, mirado, lo intervenimos, como si el papel fuera efímero, vulnerable a la mirada de una persona. Como si la mirada quemase. Mostramos el residuo de lo que otro te dejó luego de su lectura."



Para producir las obras, Sigman y Sardón trabajaron con siete becarios del Museo de la Universidad de Tres de Febrero. Registraron los lugares en los que se posaba la mirada de los voluntarios y, a través de un trabajo artesanal de virtuosa precisión, esculpieron en el papel ese recorrido. Por otro lado, transfirieron esos datos a dos robots que borran o queman cadenas de letras leídas. "Con el tiempo, el texto se va a ir desvaneciendo como acumulación de todas las lecturas", apunta Sardón.
Leer como los otros




Otras tres obras son las proyecciones de cómo percibimos escenas, caras y textos. "En el cerebro, los objetos visuales se dividen en esas tres categorías -explica Sigman-. Hicimos que varias personas observaran una escena y lo que se ve es un retículo, una matriz donde cada elemento corresponde a uno de ellos. Así, se advierten las áreas que miró, dónde posó sus ojos. Estas imágenes que se suceden a un ritmo de tres o cuatro por segundo son en realidad el input que llega a la corteza visual. El cerebro logra reconstruir una imagen estática, coherente, a partir de una secuencia fragmentada y desordenada. Lo que se ve acá son las maneras de contemplar. Hay regularidades: casi todo el mundo va primero a la izquierda y después a la derecha, pero cada uno tiene una idiosincrasia. El patrón de lectura es casi como una huella digital, una narrativa propia. Uno puede ver una imagen en 17 pasos. Pero sus 17 pasos no son los mismos que los de otros."


A lo largo de esta semana, los visitantes no sólo pudieron imprimir el camino de sus ojos en los textos, sino también probar el eye tracker, un sensor de registro ocular que detecta dónde hacen foco en un texto, y luego seguir la proyección de ese recorrido en la pared.
En este espacio en el que ciencia y arte confluyen, y combinan el hecho estético con la exploración, mirando las proyecciones casi se diría que uno puede leer a través de la mirada de otros. Esto es precisamente lo que ensayarán mañana a la tarde con un director de orquesta y cuatro chelistas.


"Es un experimento «sin red» -bromea Sigman-. Al director, le pedimos que lea una partitura musical. Lo hará de una manera particular, porque tiene una comprensión semántica de la música. Los chelistas van a leer en la pantalla lo visto por el director y tendrán que tocar a partir de eso, de los fragmentos donde detenga sus ojos. Queremos entender cómo se mueve la mirada en el texto musical. Lo que empezó como un proyecto artístico se convirtió en un proyecto científico de Bruno Mesz, matemático y músico."


El dúo Sigman-Sardón resultó tan productivo que los creadores ya tienen en marcha otra investigación; esta vez, con Ars Electrónica, en Austria. A través de una serie de retratos en dos ciudades (de senegaleses, chinos y ciudadanos de países limítrofes, en Buenos Aires, y de afganos y sirios, en Linz), los investigadores interrogarán a voluntarios sobre los juicios que les inspiran esas imágenes.


"Es algo que tiene que ver con la cognición social -detalla Sardón-. Queremos entender cómo construimos el relato del otro, cómo lo etiquetamos, la manera en que alguien prejuzga por la fisonomía, sin saber nada de él."