Días pasados se celebró el Día de la Tierra. La jornada, en la que se reflexiona sobre el medio ambiente, la contaminación, la superpoblación y la biodiversidad, fue fundada en 1970 por Gaylord Nelson, un demócrata estadounidense que fue gobernador de Wisconsin y luego senador por ese estado. Cuarenta y siete años después, su idea es más actual que nunca; pocas cosas resultan más urgentes que repensar nuestro futuro medioambiental.
Por eso, quiero hablarles de amor. Me crié en el campo, y allí aprendí que a la Tierra se la siente, se la ama y se la respeta. En algún momento de nuestra atormentada historia nos divorciamos de la naturaleza, dejó de importarnos, dejamos de ser conscientes de esta fortuna a la vez inmensa y frágil de tener un planeta para nosotros. Todo un planeta.
Vemos hormigas en el jardín y corremos a erradicarlas. Nunca llegamos a ver que toda la tecnología humana sería incapaz de replicar esos ínfimos y prodigiosos organismos. Nos perdemos el milagro. Cierto, se han comido mi duraznero, este verano, pero el duraznero volvió a verdear y las hormigas no lo tocaron de nuevo. La naturaleza es sabia, dicen, y es por estas cosas. Sólo los humanos agotamos aquello que más necesitamos. En esto, las humildes hormigas son más listas.

Ese gato ahí sentado mueve una oreja, recóndito e indescifrable, y luego la regresa a su posición, entrecierra los ojos, parece tener sueño. Uno de los mamíferos con mejor audición, ese gato, nuestro gato, es otro portento. Posiblemente oyó un grillo que se había filtrado por una ventana en el otro extremo del living. Pero ponemos música fuerte y nos enoja que se vuelva destructivo.
Observen el sol. Todo ese dispendioso obsequio de energía. Este verano instalé un termotanque solar. La idea es ridículamente sencilla: el agua circula por unos tubos de vidrio oscuro que atrapan la radiación y elevan la temperatura del líquido. Nos sobra agua caliente. Nos sobra. Es una pequeña lección de la fortuna que estamos dilapidando.
Tendemos a destruir antes de preguntar. Miren esa extraña avispa. Tiene unos amenazantes ojos tornasolados y mueve el vientre como si fuera un hacha. Horrible. La matamos. Por si acaso. Pero es un crimen estúpido. Las Evaniidae -así se llaman estos himenópteros de ojos inquietantes- no sólo son inofensivas, sino que son enemigos jurados de uno de nuestros rivales más recalcitrantes, las cucarachas.
No, por supuesto que no siempre la naturaleza nos ofrece dones. Pero las plagas y las pestes deberían advertirnos también que la Tierra tiene su carácter, y que si se irrita no tenemos ni la más mínima chance. Quererla y respetarla, aprender de ella, de sus mecanismos ancestrales, antiguos como la vida, es primero que nada una cuestión de supervivencia.
Hace un año y medio volví a radicarme en una zona rural. Decidí entonces intervenir lo menos posible. Cortar el pasto, podar los rosales y observar. Nada más. Concedido, las orugas arrasaron con mis brotes de maracuyá. Así que planté más, hasta que llegaron las mariposas. No existen las unas sin las otras.
En la primavera, un querido amigo mío escribió en Facebook que ese croar colosal de los atardeceres era un signo de que el medio ambiente está aquí todavía saludable. En otras zonas las ranas y los sapos se han callado, quizá para siempre. Pero mi amigo tuvo primero que prestar oídos, volver a conectar con su planeta. Nuestro planeta.

Nuestro mundo está gritándonos con los alaridos del clima extremo, y eso tal vez sea porque le hemos dado la espalda. Y eso que somos también sus hijos.
D. T.