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viernes, 5 de mayo de 2017

NUESTRA TIERRA, NUESTRA CASA, NUESTRO HOGAR


Días pasados se celebró el Día de la Tierra. La jornada, en la que se reflexiona sobre el medio ambiente, la contaminación, la superpoblación y la biodiversidad, fue fundada en 1970 por Gaylord Nelson, un demócrata estadounidense que fue gobernador de Wisconsin y luego senador por ese estado. Cuarenta y siete años después, su idea es más actual que nunca; pocas cosas resultan más urgentes que repensar nuestro futuro medioambiental.
Por eso, quiero hablarles de amor. Me crié en el campo, y allí aprendí que a la Tierra se la siente, se la ama y se la respeta. En algún momento de nuestra atormentada historia nos divorciamos de la naturaleza, dejó de importarnos, dejamos de ser conscientes de esta fortuna a la vez inmensa y frágil de tener un planeta para nosotros. Todo un planeta.
Vemos hormigas en el jardín y corremos a erradicarlas. Nunca llegamos a ver que toda la tecnología humana sería incapaz de replicar esos ínfimos y prodigiosos organismos. Nos perdemos el milagro. Cierto, se han comido mi duraznero, este verano, pero el duraznero volvió a verdear y las hormigas no lo tocaron de nuevo. La naturaleza es sabia, dicen, y es por estas cosas. Sólo los humanos agotamos aquello que más necesitamos. En esto, las humildes hormigas son más listas.


Ese gato ahí sentado mueve una oreja, recóndito e indescifrable, y luego la regresa a su posición, entrecierra los ojos, parece tener sueño. Uno de los mamíferos con mejor audición, ese gato, nuestro gato, es otro portento. Posiblemente oyó un grillo que se había filtrado por una ventana en el otro extremo del living. Pero ponemos música fuerte y nos enoja que se vuelva destructivo.
Observen el sol. Todo ese dispendioso obsequio de energía. Este verano instalé un termotanque solar. La idea es ridículamente sencilla: el agua circula por unos tubos de vidrio oscuro que atrapan la radiación y elevan la temperatura del líquido. Nos sobra agua caliente. Nos sobra. Es una pequeña lección de la fortuna que estamos dilapidando.
Tendemos a destruir antes de preguntar. Miren esa extraña avispa. Tiene unos amenazantes ojos tornasolados y mueve el vientre como si fuera un hacha. Horrible. La matamos. Por si acaso. Pero es un crimen estúpido. Las Evaniidae -así se llaman estos himenópteros de ojos inquietantes- no sólo son inofensivas, sino que son enemigos jurados de uno de nuestros rivales más recalcitrantes, las cucarachas.




No, por supuesto que no siempre la naturaleza nos ofrece dones. Pero las plagas y las pestes deberían advertirnos también que la Tierra tiene su carácter, y que si se irrita no tenemos ni la más mínima chance. Quererla y respetarla, aprender de ella, de sus mecanismos ancestrales, antiguos como la vida, es primero que nada una cuestión de supervivencia.
Hace un año y medio volví a radicarme en una zona rural. Decidí entonces intervenir lo menos posible. Cortar el pasto, podar los rosales y observar. Nada más. Concedido, las orugas arrasaron con mis brotes de maracuyá. Así que planté más, hasta que llegaron las mariposas. No existen las unas sin las otras.
En la primavera, un querido amigo mío escribió en Facebook que ese croar colosal de los atardeceres era un signo de que el medio ambiente está aquí todavía saludable. En otras zonas las ranas y los sapos se han callado, quizá para siempre. Pero mi amigo tuvo primero que prestar oídos, volver a conectar con su planeta. Nuestro planeta.

Los invito a reflexionar, pero también a oler un puñado de tierra. Es tan simple como eso. Dejar escurrir la suave y fresca corriente del arroyo entre los dedos. El viento. El aire de la noche. Las pequeñas lluvias. Las agujas de los pinos. La arena en la rompiente. El obstinado llamado de las cigarras.
Nuestro mundo está gritándonos con los alaridos del clima extremo, y eso tal vez sea porque le hemos dado la espalda. Y eso que somos también sus hijos.

D. T. 

viernes, 22 de julio de 2016

RELATOS DE NUESTRA TIERRA


Los puntanos, esos corajudos nacidos en la ciudad de San Luis
Así se denomina a su gente, originarios de San Luis de La Punta de los Venados, lugar que se identificaba por la sierra y la cantidad de animales
Jorge David Cuadrado

San Luis entregó lo que tenía y mucho más para la libertad, independencia y la organización nacional. Los argentinos llaman puntano a quien nació en la provincia de San Luis desde siempre , es una palabra muy distinguida, pero el origen es ligeramente incierto y existen varias posturas. Hay muchos documentos donde los argentinos de antes ni siquiera decían San Luis; directamente decían "La Punta" o a "La Punta" tal o cual cosa, lo cierto es que nuestro castellano tiene términos náuticos de los antiguos españoles. Viniendo desde Mendoza hacia lo que hoy es la ciudad de San Luis allá por 1594, la gente que acompañaba al Teniente Corregidor de Cuyo, Luis Jofré de Loaysa y Meneses, para fundar la ciudad, venían por unos lugares totalmente llanos y desérticos, igual a lo que se ve en el mar cuando está quieto, y a la distancia divisaron La Punta o una punta que es la que forma la sierra de San Luis.

 El mismo fenómeno lo percibía el antiguo navegante cuando veía tierra a la distancia. También viniendo del sureste se ve la sierra como terminando en punta.
Esos territorios ya habían sido explorados por los españoles mucho antes, en varias ocasiones, diría que el español por primera vez cruzó la provincia de este a oeste y la zona donde se fundo San Luis se llamaba Punta de los Venados: también por los animales de la zona.
La gente que había antes de la llegada de los conquistadores era laboriosa y mandaron una embajada a Mendoza para que el español se asentara en estas tierras. El conquistador entonces colgaba la espada y empuñaba la herramienta de trabajo, y junto a aquellos indios hicieron producir la tierra durante dos siglos en los valles de las sierras, fundando pueblos que hoy existen. Cuando desde el sur empezó el problema grande con los malones, muchos indios de las piedras se fueron a las profundidades de la región pampeana y al sur en general. Es de destacar al Cacique Koslay (michilingue) como representante de la tierra recibiendo al español de la época del gran Rey Felipe II.


Por las invasiones inglesas y por la independencia, los puntanos se prepararon con recta disciplina, con trabajo, humano cristianismo; se defendían del peligro de los malones del sur, internándose en los valles de las sierras al norte, eran grandes jinetes y conocían bien la zona pampeana.
Cuando San Martín gobernaba Cuyo, los puntanos sacrificaron vidas y recursos por la causa emancipadora. Hoy el Cerro de La Gloria, en Mendoza, tiene muchos kilos de bronce que le corresponden a los puntanos.