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martes, 2 de abril de 2024

RELATOS


Las fronteras difusas entre historia, novela y mitología
Sergio Ramírez Escritor; exvicepresidente de Nicaragua

Heródoto ha pasado a la posteridad como el primero de los historiadores, pero en realidad fue mucho más que eso. O eso, y además narrador literario, y periodista, tres virtudes fundamentales que en sus Nueve libros de la Historia vienen a ser una sola; y cuando digo periodista estoy hablando de sus calidades de reportero y cronista, oficios que entonces estaban lejos de ser reconocidos como tales; y, por si fuera poco, explorador, geógrafo, arqueólogo, etnólogo y paleontólogo, pues al adentrarse en territorios entonces desconocidos, registraba de manera acuciosa y metódica todo lo visto y oído.
Historia, novela y mitología son entonces una misma cosa porque las fronteras del mundo son difusas y distantes, y esa bruma de la lejanía desconocida crea la duda, el asombro y el misterio, pero también la curiosidad.
Frente a la oscuridad que entonces representa lo inexplorado, pues lo conocido es un territorio aún exiguo, la verdad objetiva se convierte en un deber del cronista, aunque la imaginación no deje de enseñar sus vestiduras extravagantes en el relato. ¿Cómo dilucidar en aquella penumbra lo que está del lado de la realidad y lo que está del lado de la imaginación?
Y hoy aún menos podemos afirmar que los hechos han ganado una calidad verificable, cuando vivimos en un mundo de verdades instantáneas, verdades desechables y verdades alternativas.
Por mucho tiempo la historia se escribió a favor o en contra de alguien, y no pocas veces por comisión del interesado; si no, recordemos a López de Gómara componiendo en Valladolid su Crónica de la conquista de la Nueva España bajo encargo de Hernán Cortés, quien buscaba recuperar sus fueros en México, y para eso necesitaba ser exaltado como el héroe único de la conquista de Tenochtitlan.
Bernal Díaz del Castillo, un anciano soldado de Cortés, que vive retirado en Guatemala, al leer a López de Gómara se asombra de la manera en que cuenta los hechos alguien que nunca estuvo presente. Lo ve como una superchería. Entonces decide escribir su propio relato, La verdadera relación de la conquista.
Pero es, de todas maneras, su visión de los hechos. Nunca habrá dos visiones iguales. La memoria es a la vez invención. Se altera lo que se recuerda. Lo que se recuerda un día de una manera será diferente después. Y dos personas que recuerdan los mismos hechos los recuerdan de manera distinta.
Los conquistadores se dejan guiar por los desafueros felices de su imaginación, iluminada por el asombro ante lo nuevo, una ralea de aventureros, pastores de cabras de Castilla, porquerizos de Extremadura, marineros de las costas andaluzas, hidalgos sin fortuna y nobles arruinados, misioneros y capellanes, trampode sos, fulleros y buscones, como don Pablo, “espejo de vagamundos y ejemplo de tacaños” a quien Quevedo embarca hacia las Indias, a ver si mejora su suerte, aunque ya no volvemos a saber de él.
Una cauda incandescente de hechos que rozan con la epopeya, e iniquidades, crueldades y abusos de poder, y no podremos saber cuánto es verdad y cuánto es mentira en las ocurrencias de la historia, que se prepara para ser antesala de la novela o ser la novela misma.
La independencia se disolverá entre el humo de las batallas y las inquinas, y las discordias enseñarán sus cabezas hidrópicas y sus jorobas de fenómenos de circo, y los proyectos de nuevas repúblicas democráticas fracasarán en el caudillismo y en las dictaduras, primero ilustradas y luego cerriles, y no pocos de los próceres terminarán ante el paredón. Se les concedía, nada más, un último favor: dar ellos mismos la orden de fuego o ser fusilados sentados en un sillón que era traído desde alguna casa vecina.
Se impone la anormalidad, que nace del desajuste siempre presente entre el ideal y la realidad, entre la propuesta de sociedad que queda asentada en la letra muerta de las constituciones y la sociedad de opresión y miseria que de verdad existe; las leyes justas pasan a ser la mentira, y el arbitrio del poder sin contrapesos pasa a ser la realidad.
Cuando el poder se vuelve anormal, y por tanto adquiere sobre los individuos un peso desmedido, violenta el curso de las vidas, y al trastocarlas hace posible la soledad de las prisiones y el desamparo del destierro, corrompe y envilece, crea el miedo y el silencio, engendra la sumisión y el ridículo, y alimenta la adulación; y termina creando, también, la rebeldía.
Los tres oficios que narran, historia, novela, relato periodístico, se hacen préstamos entre ellos, o son capaces de juntarse en un género híbrido. La novela inventada por Cervantes, que descoyunta el tiempo y el espacio y da cabida a lo inverosímil. La novela que se convierte en el lugar de encuentro donde todo cabe, autobiografía y biografía, opúsculos científicos, informes estadísticos y gacetillas periódicos. Y novela pasa a ser también el relato de hechos reales contado con las técnicas de una novela, vale decir, sus trampas y ardides.
La crónica de hoy día, igual que la novela, tiene que ver con la anormalidad. Las nuevas dictaduras mesiánicas. El populismo y sus alardes de feria. El crimen organizado con su siniestra cauda de extravagancias. El poder social de las pandillas, basado en el terror y el crimen despiadado, y que llega a producir caudillos, como en Haití; los reyes del narcotráfico, que se disputan inmensos territorios, donde ejercen el papel que corresponde al Estado; los emigrantes centroamericanos perseguidos, secuestrados, asesinados, a lo largo de toda la ruta a través de México, o que terminan ahogados en el río Bravo o dejan sus huesos en el desierto de Arizona; la corrupción, como esa piel purulenta que viste al poder político, cualquiera que sea su signo ideológico.
La historia que parece escrita por los novelistas, y la crónica que parece copiar a la novela, porque los hechos que cuenta parecen increíbles; y la novela misma, que busca parecerse a la realidad, imitándola, y ser aún más deslumbrante que la propia realidad.
La historia que parece escrita por los novelistas, y la crónica que parece copiar a la novela, porque los hechos que cuenta parecen increíbles

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

viernes, 22 de julio de 2016

RELATOS DE NUESTRA TIERRA


Los puntanos, esos corajudos nacidos en la ciudad de San Luis
Así se denomina a su gente, originarios de San Luis de La Punta de los Venados, lugar que se identificaba por la sierra y la cantidad de animales
Jorge David Cuadrado

San Luis entregó lo que tenía y mucho más para la libertad, independencia y la organización nacional. Los argentinos llaman puntano a quien nació en la provincia de San Luis desde siempre , es una palabra muy distinguida, pero el origen es ligeramente incierto y existen varias posturas. Hay muchos documentos donde los argentinos de antes ni siquiera decían San Luis; directamente decían "La Punta" o a "La Punta" tal o cual cosa, lo cierto es que nuestro castellano tiene términos náuticos de los antiguos españoles. Viniendo desde Mendoza hacia lo que hoy es la ciudad de San Luis allá por 1594, la gente que acompañaba al Teniente Corregidor de Cuyo, Luis Jofré de Loaysa y Meneses, para fundar la ciudad, venían por unos lugares totalmente llanos y desérticos, igual a lo que se ve en el mar cuando está quieto, y a la distancia divisaron La Punta o una punta que es la que forma la sierra de San Luis.

 El mismo fenómeno lo percibía el antiguo navegante cuando veía tierra a la distancia. También viniendo del sureste se ve la sierra como terminando en punta.
Esos territorios ya habían sido explorados por los españoles mucho antes, en varias ocasiones, diría que el español por primera vez cruzó la provincia de este a oeste y la zona donde se fundo San Luis se llamaba Punta de los Venados: también por los animales de la zona.
La gente que había antes de la llegada de los conquistadores era laboriosa y mandaron una embajada a Mendoza para que el español se asentara en estas tierras. El conquistador entonces colgaba la espada y empuñaba la herramienta de trabajo, y junto a aquellos indios hicieron producir la tierra durante dos siglos en los valles de las sierras, fundando pueblos que hoy existen. Cuando desde el sur empezó el problema grande con los malones, muchos indios de las piedras se fueron a las profundidades de la región pampeana y al sur en general. Es de destacar al Cacique Koslay (michilingue) como representante de la tierra recibiendo al español de la época del gran Rey Felipe II.


Por las invasiones inglesas y por la independencia, los puntanos se prepararon con recta disciplina, con trabajo, humano cristianismo; se defendían del peligro de los malones del sur, internándose en los valles de las sierras al norte, eran grandes jinetes y conocían bien la zona pampeana.
Cuando San Martín gobernaba Cuyo, los puntanos sacrificaron vidas y recursos por la causa emancipadora. Hoy el Cerro de La Gloria, en Mendoza, tiene muchos kilos de bronce que le corresponden a los puntanos.