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sábado, 14 de octubre de 2017

LA INTIMIDAD DE ABELARDO CASTILLO



A las seis de la tarde del último enero, Abelardo Castillo se preparó para recibir a propósito del lanzamiento de su último libro, Del mundo que conocimos (Alfaguara). Una antología literaria de sus cuentos que puede funcionar como una confesión, como una biografía. Porque cada uno de los relatos que él eligió publicar allí tiene una historia detrás que marca un momento importante de su vida.
Como cada vez que recibía, se disponía a lucirse en una de las artes que mejor dominaba: la conversación.  La frescura y la tranquilidad de su casa de la calle Hipólito Yrigoyen, en Balvanera, contrastaba con el calor de esa tarde de verano y el infierno del tránsito a esa hora. Se sentaba frente a su tablero de ajedrez con las piezas presentadas para jugar, con una de las bibliotecas de su casa de fondo y lo primero que hacía era escuchar.
También, como cada vez, la escritora Sylvia Iparraguirre, su primera lectora y esposa por 40 años, prestaba su ayuda para que todo fluyera. Y desaparecía para dejar lugar a la intimidad de la charla. Abelardo la invitó a sumarse cuando habían pasado dos horas en las que habló de literatura, de amores, de desengaños. De la vida y de la muerte.
Ya sin grabador, la conversación siguió dos horas más. Fue entonces que ella -y esto no había sucedido en entrevistas anteriores-, como si quisiera que todo quedara registrado, comenzó a guiar la conversación por anécdotas que muy bien conocía. "Contále esa anécdota, Abelardo"; "¿Por qué no le repetís en el grabador lo que dijiste recién?". Quizás, de todos los presentes en esa sala aquella tarde, fue ella la más consciente del paso del tiempo. De lo inexorable.
Mientras tanto, Castillo paseaba por algún libro de Poe, o de Dostoievski, o de Sartre. Se acordaba de alguna discusión con Sabato, o alguna cosa de Borges; también mencionaba a su amiga Liliana Heker, con quien fundó dos de las más significativas revistas literarias de su época.
En las primeras entradas de su diario, publicadas en Diarios 1954-1991 (Alfaguara), hay citas a Tolstoi, a Heidegger, a Shakespeare, a Stern, a Camus, a Gide. A Dante y a Whitman, pero también a Neruda, a Lorca y a tantos otros. Porque también era un enorme lector.
Al momento de la entrevista hacía poco tiempo de la muerte de Ricardo Piglia y menos de un mes de la de Alberto Laiseca. "La muerte ha hecho una masacre últimamente con los escritores del siglo XX", dijo.
En breve será publicado el segundo tomo de sus Diarios, que empieza en 1992, con un escritor ya consagrado y su novela insignia Crónica de un iniciado finalmente publicada. Y termina en 2006, con la temprana muerte de una de sus alumnas preferidas, Paola Kaufmann (Premio Planeta, 2005). En lo que sigue rescatamos algunos fragmentos de la charla de aquella tarde en que Abelardo también habló de la muerte. De la suya. Dijo: "Yo odio la muerte". Y se proclamó inmortal "mientras estuviera vivo".
-En "Also sprach, el señor Nuñez", un cuento muy teatral, el protagonista es un oficinista. Usted tuvo un paso por ese mundo ¿Qué hacía en la oficina?
-Yo te puedo explicar cómo se escribe una novela pero no cómo se trabaja en una oficina. Si trato de acordarme no tengo idea qué hacía yo en la oficina. El señor Nuñez es una especie de mí mismo (que al momento de escribirlo tenía 20 años), pero me agregué edad. Es curioso porque ha vuelto a tener vigencia ese cuento. Y aquel era un oficinista sin computadora.
-En Del mundo que conocimos está uno de sus cuentos más raros, "Patrón".

-Y no estaba seguro de si este cuento era representativo de mis textos porque es el único que ocurre en el campo. Es la obsesión de un hombre, "el patrón", por tener un hijo. Algo que podría extrapolarse al deseo de dejar una obra perdurable. La relación brutal entre ese hombre y esa mujer para mí era como si tuviera algo secreto que ver con mi otro cuento donde toco el tema de la maternidad, "La madre de Ernesto". Pero en "Patrón" hay una madre que reniega de su hijo. Elegí este cuento porque fue el primero que escribí después de Las otras puertas. Entonces estaba derivando hacia una zona muy gongoriana de la prosa. Muy barroca. Y decidí escribir un cuento más directo.
-Ha sido reconocido como maestro de muchos escritores. Liliana Heker dijo en varias entrevistas que le debe mucho.
-Yo se lo agradezco mucho también a Liliana, pero creo que, si no me hubiera conocido, ella lo mismo hubiera sido escritora. Al igual que Sylvia. Pueden decir que yo las impulsé a escribir o que yo las molesté. Pero ellas ya escribían.
-Cuénteme de su taller, de su rol como maestro.
-Es que me aburre hablar de mí. Mi biografía está en mis libros.
-¿Sigue tomando nuevos alumnos?

-Yo a veces no hablo de los talleres porque luego me llama gente que cree que va a aprender a escribir y yo les digo que los talleres no sirven para nada. A la literatura o la traés puesta o no hay nada que hacer. Nadie puede enseñar a escribir.
-¿Pero por qué, después de tantos años, sigue dando su taller?
-Porque me fascina hallar el talento. Cuando encuentro el talento en otros, me siento feliz. Me pasa ahora en el taller pero también me pasaba en las revistas literarias que dirigí. Cuando aparecía un buen cuento lo vivía con tanta intensidad como cuando yo mismo lo escribía. Con los talleristas siento una alegría personal -pero no porque sea mi alumno quien lo escribe-, sino porque hay algo ahí que justifica mi vida, que es la literatura. Tal vez esa esta es la respuesta: doy talleres porque cuando aparece algo bueno también aparece algo que justifica mi vida, que es la literatura.
-¿Cómo detecta algo tan subjetivo como el talento?
-Se me revela, hay algo que me habla y que está ahí. Lo que le pasa a cualquiera con un gran libro: con Ana Karenina, con La guerra y la paz, con Madame Bovary. Me pasa con la pintura. La primera vez que vi un cuadro de [Francis] Bacon sentí que ese hombre pintaba para mí. [Leopoldo] Marechal lo llamaba hermosura. Borges, belleza. Son los dos únicos escritores argentinos que se atrevieron a hablar de esas palabras como si se tratara de algo natural.
-Hace seis décadas que lleva un diario. ¿En qué momento? ¿Cómo lo escribe?
-Hay mucho que estaba escrito en papel, en cuadernos. No puedo escribir en laptop, escribo en cuadernos o en una PC, pero no me la puedo llevar de viaje. Cuando Sylvia y mis editoras me convencieron de publicarlos, esas cosas me dieron trabajo: pasar en limpio. El primer tomo trata de un escritor que se forma a sí mismo y que termina de publicar su diario. El segundo tomo empieza en 1992 y va hasta 2006. Está todo el año 2000 y 2001 cuando el país se cae a pedazos. El 11 de septiembre, también lo cuento. Yo estaba en casa, me llama Paola Kauffman y me dice: "¿Estás mirando televisión? Han puesto una bomba o algo en las Torres Gemelas". Cuando prendí, ví cuando los aviones chocaban. Yo le dije: "Si esto es cierto, mañana empieza la guerra". Luego hay toda una serie de notas que corresponden al poderío norteamericano. Ya es el diario de un escritor, el otro es el diario de un adolescente que quería ser escritor. Y termina con la muerte de Paola. Algunos me han dicho que el segundo tomo es más profundo, más ideológico, más político.
-¿Cuál es hoy su rutina?
-No tengo rutina. No me cuido, no voy al gimnasio. Iba cuando era joven: boxeaba, nadaba, remaba. Una persona que sabía bastante de esto me decía que el cuerpo tiene memoria, por eso tal vez me veo vital. Pero hace décadas que no hago ejercicios. Como cuando tengo hambre; he dejado de beber hace como 40 años, soy adicto al agua. Hoy me levanté a las 6 de la tarde porque anoche me quedé despierto. Yo vivo prácticamente de noche, escribo de noche, hay más tranquilidad, estoy habituado a la noche. Ya lo dije mil veces pero la noche no es para mí un momento en el tiempo, un lugar en el espacio. Entro en la noche como si fuera a una casa deshabitada. Nunca me preocuparon los horarios, no tengo una rutina. Digamos que tengo hábitos. Pero no tienen nada que ver con la salud.
-¿Cómo se formó como lector?
-En el colegio. Teníamos doble escolaridad. Después de la separación de mis padres, cosa que no era nada habitual en aquella época, yo tenía 10 años. En 1945 entré pupilo al colegio. Teníamos un recreo largo de una hora y luego lo que llamaban "la hora de estudio". Un momento en el que estábamos por dos horas. Pero podíamos leer lo que quisiéramos. Ahí yo aprendí la lectura. Me refiero a la sensación física, apacible, claustral de leer que todavía conservo. Puedo escribir en el desorden más grande pero no puedo leer en el desorden más grande. Alguna vez he dicho que si yo tuviera que buscar al chico que fui de esas infancias múltiples lo iría a buscar a los claustros de ese colegio. Aprendí una cierta paz y tranquilidad y como siempre fui bastante independiente no tenía problemas con la soledad.
-Usted dice que nació en San Pedro pero nació en Buenos Aires.
-Por elección. Pero hay hechos que yo recuerdo de los 10 años que los revivo en San Pedro y luego sacando cuentas me doy cuenta de que no es posible que tal cosa haya sucedido ahí. Otros son de Plaza Irlanda, mi barrio en Capital. Me identifico con Decurion, un personaje que ha vivido dos infancias paralelas. Una de las mías fue en aquel colegio salesiano.
-¿En qué momento decidió no ser más católico?
-Yo fui -y tal vez sigo siendo- cristiano. Que es una ética, una manera de estar en el mundo. En cuanto al religioso creyente que fui lo dejé sin razonar. El Dios en el que yo creía era un Dios visible. Y un día perdí esa fe y se terminó. Estaba leyendo a Descartes, que explicaba su existencia. Entonces pensé que si el Dios en el que yo había creído tenía que ser demostrado así, era porque no existía. La fe se había retirado de mí. Fue algo natural.Soy básicamente un agnóstico. No puedo creer ni demostrar la existencia de Dios y no puedo creer ni demostrar su inexistencia. Pero mi problema no es con estas cosas sino con las cosas de los hombres, con la realidad.
-¿Qué opina de la figura del heredero literario?
-Yo creo que todo aquello que el escritor no ha querido publicar no debería publicarse y se terminó. Pero si eso lo lleváramos al fondo no tendríamos la Eneida ni la obra de Kafka. Es conflictivo. Porque los papeles de un escritor que están en borrador son lo más íntimo que puede tener una persona. Uno de los casos más raros y conflictivos y discutidos fue el de los papeles póstumos de Nieszche que es el libro La voluntad de poder. Eran inéditos, él nunca los hubiera publicado.
-En el prólogo de Del mundo que conocimos pareciera dirigirse sólo al lector común a diferencia de otros escritores que gustan hablarse entre sí.
-Sin el lector, la literatura no existe. Vos podés ser escritor sin editores y sin colegas. Pero no podés ser escritor sin lectores. Aun cuando yo no pienso para nada en los lectores al escribir, sé de su importancia. Sostengo, como una especie de convicción, que la literatura son dos movimientos vinculados a la libertad. La del escritor que escribe y la del lector que lee. La unión de esos dos movimientos es el hecho literario. No hay un Quijote sin mi lectura y eso hace que el Quijote nunca sea el mismo. Cuando Cortázar escribe en Rayuela: "este libro es sobre todo dos libros", tendría que haber puesto: "es sobre todo muchos libros". Porque cada libro tiene tantas lecturas como lectores. De ahí que la literatura pueda subsistir en el tiempo. Nosotros no leemos hoy a Shakespeare como se leía en su época. Los lectores de antaño ni siquiera entenderían nuestro tipo de lectura. Nosotros lo cargamos con nuestra historia y con los conocimientos de nuestro tiempo. Leer Hamlet sin el aporte de Freud es inconcebible. Tal vez ni el propio Shakespeare hubiera entendido esa lectura. Eso es lo que permite que sigamos leyendo a los griegos. Cuando un libro está muy pegado a su tiempo muere prácticamente con su tiempo. Hay libros que fueron muy importantes en su época y de los que nosotros no conocemos ni el título. Pero cuando escribo ni se me pasa por la cabeza pensar en el lector. Me interesa desde un punto de vista metafísico, humanístico, como creador de la obra junto conmigo.
-Hay escritores pendientes de hablarse entre sí.
-Hay dos cosas que a mí no me interesaron nunca realmente: ni la opinión de los críticos ni la de los colegas. No porque no crea en la importancia de la crítica al saber en general. Pero al escritor no le sirve. Y si a mí me importara estaría condicionando mi literatura a un modelo de literatura. El único lector que puedo tener al escribir es una proyección de mí mismo, fuera de mí. Casi se podría decir exagerando que uno escribe para sí mismo.

viernes, 22 de septiembre de 2017

CARPE DIEM...DE ABELARDO CASTILLO


–A ella le gustaba el mar, andar descalza por la calle, tener hijos, hablaba con los gatos atorrantes, quería conocer el nombre de las constelaciones; pero no sé si es del todo así, no sé si de veras se la estoy describiendo –dijo el hombre que tenía cara de cansancio.
Estábamos sentados desde el atardecer junto a una de las ventanas que dan al río, en el Club de Pescadores; ya era casi medianoche y desde hacía una hora él hablaba sin parar.

La histo­ria, si se trataba de una historia, parecía difícil de comprender: la había comenzado en distintos puntos tres o cuatro veces, y siem­pre se interrumpía y volvía atrás y no pasaba del momento en que ella, la muchacha, bajó una tarde de aquel tren.
–Se parecía a la noche de las plazas –dijo de pronto, lo dijo con naturalidad; daba la impresión de no sentir pudor por sus palabras. Yo le pregunté si ella, la muchacha, se parecía a las plazas.
–Por supuesto –dijo el hombre y se pasó el nacimiento de la palma de la mano por la sien, un gesto raro, como de fatiga o desorientación–. Pero no a las plazas, a la noche de ciertas plazas. O a ciertas noches húmedas, cuando hay esa neblina que no es neblina y los bancos de piedra y el pasto brillan. Hay un verso que habla de esto, del esplendor en la hierba; en realidad no habla de esto ni de nada que tenga que ver con esto, pero quién sabe. De todas maneras no es así, si empiezo así no se lo voy a contar nunca. La verdad es que me tenía harto. Compraba plantitas y las dejaba sobre mi escritorio, doblaba las páginas de los libros, silbaba.
No distinguía a Mozart de Bartók, pero ella silbaba, sobre todo a la mañana, carecía por completo de oído musical pero se levantaba silbando, andaba entre los libros, las macetas y los platos de mi departamento de soltero como una Carmelita descalza y, sin darse cuenta, silbaba una melodía ex­trañísima, imposible, una cosa inexistente que era como una czarda inventada por ella. Tenía, ¿cómo puedo explicárselo bien?, tenía una alegría monstruosa, algo que me hacía mal.


Y, como yo tam­bién le hacía mal, cualquiera hubiese adivinado que íbamos a ter­minar juntos, pegados como lapas, y que aquello iba a ser una catástrofe. ¿Sabe cómo la conocí? Ni usted ni nadie puede imagi­narse cómo la conocí. Haciendo pis contra un árbol. Yo era el que hacía pis, naturalmente. Medio borracho y contra un plátano de la calle Virrey Meló.
Era de madrugada y ella volvía de alguna parte, qué curioso, nunca le pregunté de dónde. Una vez estuve a punto de hacerlo, la última vez, pero me dio miedo. La madrugada del árbol ella llegó sin que yo la oyera caminar, después me di cuenta de que venía descalza, con las sandalias en la mano; pasó a mi lado y, sin mirarme, dijo que el pis es malísimo para las plantitas.
En el apuro me mojé todo y, cuando ella entró en su casa, yo, meado y tembloroso, supe que esa mujer era mi maldición y el amor de mi vida. Todo lo que nos va a pasar con una mujer se sabe siempre en el primer minuto.
Sin embargo es increíble de qué modo se enca­denan las cosas, de qué modo un hombre puede empezar por expli­carle a una muchacha que un plátano difícilmente puede ser consi­derado una plantita, ella simular que no recuerda nada del asunto, decimos señor con alegre ferocidad, como para marcar a fuego la distancia, decir que está apurada o que debe rendir materias, acep­tar finalmente un café que dura horas mientras uno se toma cinco ginebras y le cuenta su vida y lo que espera de la vida, pasar de allí, por un laberinto de veredas nocturnas, negativas, hojas doradas, consentimientos y largas escaleras, a meterla por fin en una cama o a ser arrastrado a esa cama por ella, que habrá llegado hasta ahí por otro laberinto personal hecho de otras calles y otros recuer­dos, oír que uno es hermoso, y hasta creerlo, decir que ella es todas las mujeres, odiarla, matarla en sueños y verla renacer intac­ta y descalza entrando en nuestra casa con una abominable maceta de azaleas o comiendo una pastafrola del tamaño de una rueda de carro, para terminar un día diciéndole con odio casi verdadero, con indiferencia casi verdadera, que uno está harto de tanta estupidez y de tanta felicidad de opereta, tratándola de tan puta como cualquier otra.


Hasta que una noche cerré con toda mi alma la puerta de su departamento de la calle Meló, y oí, pero como si lo oyera por primera vez, un ruido familiar: la reproducción de Carlos el Hechizado que se había venido abajo, se da cuenta, una mujer a la que le gustaba Carlos el Hechizado.
Me quedé un momento del otro lado de la puerta, esperando. No pasó nada. Ella esa vez no volvía a poner el cuadro en su sitio: ni siquiera pude imaginármela, más tarde, ordenando las cosas, silbando su czarda inexistente, la que le borraba del corazón cualquier tristeza. Y supe que yo no iba a volver nunca a esa casa. Después, en mi propio departamento, cuaindo metí una muda de ropa y las cosas de afeitar en un bolso de mano, también sabía, desde hacía horas, que ella tampoco iba a lla­marme ni a volver.
–Pero usted se equivocaba, ella volvió –me oí decir y los dos nos sorprendimos; yo, de estar afirmando algo que en realidad no había quedado muy claro; él, de oír mi voz, como si le costara darse cuenta de que no estaba solo. El hombre con cara de cansan­cio parecía de veras muy cansado, como si acabara de llegar a este pueblo desde un lugar lejanísimo. Sin embargo, era de acá. Se había ido a Buenos Aires en la adolescencia y cada tanto volvía. Yo lo había visto muchas veces, siempre solo, pero ahora me parece que una vez lo vi también con una mujer. –Porque ustedes volvieron a estar juntos, por lo menos un día.
–Toda la tarde de un día. Y parte de la noche. Hasta el último tren de la noche.
El hombre con cara de cansancio hizo el gesto de apartarse un mechón de pelo de la frente. Un gesto juvenil y anacrónico, ya que debía de hacer años que ese mechón no existía. Tendría más o menos mi edad, quiero decir que se trataba de un hombre mayor, aunque era difícil saberlo con precisión. Como si fuera muy joven y muy viejo al mismo tiempo. Como si un adolescente pudiera tener cincuenta años.
–Lo que no entiendo –dije yo– es dónde está la dificul­tad. No entiendo qué es lo que hay que entender.
–Justamente. No hay nada que entender, ella misma me lo dijo la última tarde. Hay que creer. Yo tenía que creer sim­plemente lo que estaba ocurriendo, tomarlo con naturalidad: vi­virlo. Como si se me hubiera concedido, o se nos hubiera concedi­do a los dos, un favor especial. Ese día fue una dádiva, y fue real, y lo real no precisa explicación alguna.
Ese sauce a la orilla del agua, por ejemplo. Está ahí, de pronto; está ahí porque de pronto lo iluminó la luna. Yo no sé si estuvo siempre, ahora está. Fulgura, es muy hermoso. Voy y lo toco y siento la corteza húmeda en la ma­no; ésa es una prueba de su realidad. Pero no hace ninguna falta tocarlo, porque hay otra prueba; y le aclaro que esto ni siquiera lo estoy diciendo yo, es como si lo estuviese diciendo ella. Es extraño que ella dijera cosas así, que las dijera todo el tiempo durante años y que yo no me haya dado cuenta nunca.
Ella habría dicho que la prueba de que existe es que es hermoso. Todo lo demás son pala­bras. Y cuando la luna camine un poco y lo afee, o ya no lo ilumi­ne y desaparezca, bueno: habrá que recordar el minuto de belleza que tuvo para siempre el sauce. La vida real puede ser así, tiene que ser así, y el que no se da cuenta a tiempo es un triste hijo de puta –dijo casi con desinterés, y yo le contesté que no lo seguía del todo, pero que pensaba solucionarlo pidiendo otro whisky. Le ofrecí y volvió a negarse, era la tercera vez que se negaba; le hice una seña al mozo. –Entonces la llamé por teléfono. Una noche fui hasta la Unión Telefónica, pedí Buenos Aires y la llamé a su depar­tamento.
Eran como las tres de la mañana y habían pasado cuatro o cinco meses. Ella podía haberse mudado, podía no estar o inclu­so estar con otro. No se me ocurrió.
Era como si entre aquel por­tazo y esta llamada no hubiera lugar para ninguna otra cosa. Y atendió, tenía la voz un poco extraña pero era su voz, un poco lejana al principio, como si le costara despertarse del todo, como si la insistencia del teléfono la hubiese traído desde muy lejos, desde el fondo del sueño.
Le dije todo de corrido, a la hora que salía el tren de Retiro, a la hora que iba a estar esperándola en la estación, lo que pensaba hacer con ella, qué sé yo qué, lo que nunca había­mos hecho y estuvimos a punto de no hacer nunca, lo que hace la gente, caminar juntos por la orilla del agua, ir a un baile con patio de tierra, oír las campanas de la iglesia, pasar por el colegio donde yo había estudiado.
A ver si se da cuenta: sabe cuántos años hacía que nos conocíamos, cuántos años habían pasado desde que me sorprendió contra el plátano. Le basta con la palabra años, se lo veo en la cara. Y en todo ese tiempo nunca se me había ocurrido mos­trarle el Barrio de las Canaletas ni el camino del puerto, el paso a nivel de juguete por donde cruzaba el ferrocarril chiquito de Dipietri, la Cruz, el lugar donde lo mataron a Marcial Palma.
¿Cómo no se me había ocurrido antes? Qué sé yo, no comprende que ése es justamente el problema. O tal vez el problema es que ella me atendió, y no sólo me atendió y habló por teléfono conmigo, sino que vino. Ella bajó de ese tren… –Y no sólo había bajado de ese tren sino que traía puesto un vestido casi olvidado, un código entre ellos, una señal secreta, y era como si el tiempo no hubiera tocado a la mujer, no el tiempo de esos cuatro o cinco últimos meses, sino el Tiempo, como si la muchacha descalza que había pasado hacía años junto al plátano bajara ahora de ese tren. Vi acercarse por fin al mozo. –Sí, exactamente ésa fue la impresión –dijo el hombre que tenía cara de cansancio–. Pero usted, cómo lo sabe.
Le contesté que él mismo me lo había dicho, varias veces, y le pedí al mozo que me trajera el whisky. Lo que todavía no me había dicho es qué tenía de extraño, qué tenía de extraño que ella viniera a este pueblo, con ése o con cualquier otro vestido. Cuatro o cinco meses no es tanto tiempo. ¿No la había llamado él mismo? ¿No era su mujer?
–Claro que era mi mujer –dijo, y sacó del bolsillo del pantalón un pequeño objeto metálico, lo puso sobre la mesa y se quedó mirándolo. Era una moneda, aunque me costó reconocerla; estaba totalmente deformada y torcida. –Claro que yo mismo la había llamado. –Volvió a guardar la moneda mientras el mozo me llenaba el vaso, y, sin preocuparse del mozo ni de ninguna otra cosa, agregó: –Pero ella estaba muerta.
–Bueno, eso cambia un poco las cosas –dije yo–. Dé­jeme la botella, por favor.
Ella no era un fantasma. El hombre con cara de cansan­cio no creía en fantasmas. Ella era real, y la tarde de ese día y las horas de la noche que pasaron juntos en este pueblo fueron reales. Como si se les hubiera concedido vivir, en el presente, un día que debieron vivir en el pasado. Cuando el hombre terminó de hablar, me di cuenta de que no me había dicho, ni yo le había pregun­tado, algunas cosas importantes. Quizá las ignoraba él mismo.
Yo no sabía cómo había muerto la muchacha, ni cuándo. Lo que hu­biera sucedido, pudo suceder de cualquier manera y en cualquier momento de aquellos cuatro o cinco meses, acaso accidentalmente y, por qué no, en cualquier lugar del mundo. Cuatro o cinco meses no era tanto tiempo, como había dicho yo, pero bastaban para tra­mar demasiados desenlaces.


El caso es que ella estuvo con él más de la mitad de un día, y muchas personas los vieron juntos, sen­tados a una mesa de chapa en un baile con piso de tierra, cami­nando por los astilleros, en la plaza de la iglesia, hablando ella con unos chicos pescadores, corrido él por el perro de un vivero en el que se metió para robar una rosa, rosa que ella se llevó esa noche y él se preguntaba adonde, muchos la vieron y algún chico habló con ella, pero cómo recordarla después si nadie en este pueblo la había visto antes.
Cómo saber que era ella y no simplemente una mujer cualquiera, y hasta mucho menos, un vestido, que al fin de cuen­tas sólo para ellos dos era recordable, una manera de sonreír o de agitar el pelo. Entonces yo pensé en el hotel, en el registro del hotel: allí debía de estar el nombre de los dos. Él me miró sin entender.
–Fuimos a un hotel, naturalmente. Y si eso es lo que quiere saber, me acosté con ella. Era real. Desde el pelo hasta la punta del pie. Bastante más real que usted y que yo. –De pronto se rió, una carcajada súbita y tan franca que me pareció innoble. –Y en el cuarto de al lado también había una pareja de este mundo.
–No le estoy hablando de eso –dije.
–Hace mal, porque tiene mucha importancia. Entre ella y yo, siempre la tuvo. Por eso sé que ella era real. Ni una ilusión ni un sueño ni un fantasma: era ella, y sólo con ella yo podría haberme pasado una hora de mi vida, con la oreja pegada a una taza, tratan­do de investigar qué pasaba en el cuarto de al lado.
–Ustedes dos tuvieron que anotarse en ese hotel, es lo que trato de decirle. Ella debió dar su nombre, su número de do­cumento.
–Nombres, números: lo comprendo. Yo también colec­cionaba fetiches y los llamaba lo real. Bueno, no. Ni nombre ni número de documento. Salvo los míos, y la decente acotación: “y señora”. Cualquier mujer pudo estar conmigo en ese hotel y con cualquiera habrían anotado lo mismo. Trate de ver las cosas como las veía ella: ese día era posible a condición de no dejar rastros en la realidad, y, sobre todo, a condición de que yo ni siquiera los bus­cara.
Escúcheme, por favor. Antes le dije que ese día fue una dádi­va, pero no sé si es cierto. Es muy importante que esto lo entienda bien. ¿Cuándo cree que me enteré de que ella había muerto? ¿Al día siguiente?, ¿una semana después? Entonces yo habría sido dichoso unas horas y ésta sería una historia de fantasmas.
Usted tal vez imagina que ella, o algo que yo llamo ella se fue esa noche en el último tren, yo viajé a Buenos Aires y allí, un portero o una veci­na intentaron convencerme de que ese día no pudo suceder. No. Yo supe la verdad a media tarde y ella misma me lo dijo. Ya habíamos estado en el Barrio de las Canaletas, ya habíamos reído y hasta dis­cutido, yo había prometido ser tolerante y ella ordenada, yo iba a regalarle libros de astronomía y mapas astrales y ella un gran pipa dinamarquesa, y de pronto yo dije la palabra “cama” y ella se quedó muy seria.


Antes pude haber notado algo, su temor cuando quise mostrarle la hermosa zona vieja del cementerio donde vimos las lá­pidas irlandesas, ciertas distracciones, que se parecían más bien a un olvido absoluto, al rozar cualquier hecho vinculado con nuestro último día en Buenos Aires, alguna fugaz ráfaga de tristeza al pro­nunciar palabras como mañana.
No sé, el caso es que yo dije que ya estaba viejo para tanta caminata y que si quería contar conmigo a la noche debíamos, antes, encontrar una cama, y ella se puso muy seria. Dijo que sí, que íbamos a ir adonde yo quisiera, pero que debía decirme algo. Había pensado no hacerlo, le estaba permitido no hacerlo, pero ahora sentía que era necesario, cualquier otra cosa sería una deslealtad. No te olvides que ésta soy yo, me dijo, no te olvides que me llamaste y que vine, que estoy acá con vos y que vamos a estar juntos muchas horas todavía.
Pensé en otro hombre, pensé que era capaz de matarla. No pude hablar porque me puso la mano sobre los labios. Se reía y le brillaban mucho los ojos, y era como verla a través de la lluvia. Me dijo que a veces yo era muy estúpido, me dijo que sabía lo que yo estaba pensando, era muy fá­cil saberlo, porque los celos les ponen la cara verde a los estúpidos. Me dijo que hay cosas que deben creerse, no entenderse.
Intentar entenderlas es peor que matarlas. Me habló del resplandor efímero de la belleza y de su verdad. Me dijo que la perdonara por lo que iba a hacer, y me clavó las uñas en el hueso de la mano hasta dejarme cuatro nítidas rayas de sangre, volvió a decir que era ella, que por eso podía causar dolor y también sentirlo, que era real, y me dijo que estaba muerta y que si en algún momento del largo atardecer que todavía nos quedaba, si en algún minuto de la noche yo llegaba a sentir que esto era triste, y no, como debía serlo, muy hermoso, habríamos perdido para siempre algo que se nos había otorgado, habríamos vuelto a perder nuestro día perdido, nuestra pequeña flor para cortar, y que no olvidara mi promesa de llevarla a un baile con guirnaldas y patio de tierra… Lo demás, usted lo sabe. O lo imagina. Entramos en ese hotel, subimos las escaleras con alegre y deliberado aire furtivo, hicimos el amor. Tuvimos tiempo de jugar a los espiones con la oreja pegada a la pared del tumultuoso cuarto vecino, resoplando y chistándonos para no ser oídos.


Ya era de noche cuando le mostré mi colegio. La noche es la hora más propicia de esa casa, sus claustros parecen de otro siglo, los árboles del parque se multiplican y se alargan, los patios infe­riores dan vértigo. En algún momento y en algún lugar de la noche nos perdimos. Yo sé guiarme por las estrellas, me dijo, y dijo que aquélla debía ser Aldebarán, la del nombre más hermoso. Yo no le dije que Aldebarán no siempre se ve en nuestro cielo, yo la dejé guiarme. Después oímos la música lejana de un acordeón y nos miramos en la oscuridad. Mi canción, gritó ella, y comenzó a silbar aquella czarda inventada que ahora era una especie de tarantela. Me gustaría contarle lo que vimos en el baile: era como la felicidad. Un coche destartalado nos llevó a tumbos hasta la estación.
Ahora es cuando menos debemos estar tristes, dijo. Dios mío, necesito una moneda, dijo de pronto. Yo busqué en mis bolsillos pero ella dijo que no; la moneda tenía que ser de ella. Buscaba en su cartera y me dio miedo de que no la encontrara. La encontró, por supuesto. Ahora yo debía colocarla sobre la vía y recogerla cuando el tren se hubie­ra ido. No debería hacer esto, me dijo, pero siempre te gustaron los fetiches. También me dijo que debería sacarle un pasaje. Se reía de mí: Yo estoy acá, me decía, yo soy yo, no puedo viajar sin pasaje.
Me dijo que no dejara de mirar el tren hasta que terminara de doblar la curva. Me dijo que, aunque yo no pudiera verla en la os­curidad, ella podría verme a mí desde el vagón de cola. Me dijo que la saludara con la mano.

jueves, 1 de junio de 2017

HABÍA UNA VEZ.....ABELARDO CASTILLO



Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente.
Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza -porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia- nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no.
A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano.
Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba.
Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta.
El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno.
Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No!
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar emanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
–¿Qué tiene que ver Ernesto
Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló.
Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela.
Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre…
No dijo más que eso.
Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre
–La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil.
Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe.
Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
– Quién… ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa.
Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenés miedo – dije yo.
–Miedo no; otra cosa.
Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos: Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel.
A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé.
Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
–¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
–¿Y si nos hace echar?
–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!
A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune.
Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco.
El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llevalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador nos causó mucha gracia
Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa – dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:
–¡Mirá si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió.
Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio pregunto:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados- delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados.
El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche.
Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.
–¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió “bueno”, y era como una orden; una orden pegajosa y caliente.
Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo.
Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo.
Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con que caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí.
Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión.
Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.

martes, 30 de mayo de 2017

HABÍA UNA VEZ....DE ABELARDO CASTILLO


El desertor (un cuento de Abelardo Castillo)
Grimaldi pudo pensar mucho más tarde, en una pensión barata de Ciudad del Cabo o de Durban, que la primera advertencia (pero una advertencia de quién y a propósito de qué) había sido olvidar sus cheques de viajero en la mesa de noche de su casa de Buenos Aires. El contacto de esa mano, su propia mano, que ahora, en el automóvil que lo llevaba al aeropuerto de Ezeiza, se paseaba por su mejilla acariciando suavemente una barba de dos días, le dio, de pronto, una inquietante sensación de libertad. "No podés viajar sin afeitarte", le había dicho su mujer esa mañana, y él le contestó que no se preocupara, que lo haría en el aeropuerto o incluso en el avión. Ella insistió, no le gustaba que él se descuidara. "Lo que a ustedes no les gusta", dijo sonriendo Grimaldi, "es que se me noten las canas". Había usado el plural pensando, con una ternura tan remota que era casi indiferencia, en Violeta, su hija adolescente que a esta hora dormía en su cuarto del piso superior, enfundada en una camiseta con la cara de la madre Teresa, después de una noche seguramente poblada de música estúpida, cigarrillos con olor a pachulí y de alguna pequeña porquería en el asiento trasero del auto de su novio. Los jóvenes, en el fondo, son conmovedores, debió de pensar Grimaldi. Hacen lo que pueden por sentirse reales. Se tocan y se lamen un poco, como cachorros, y se imaginan que están viviendo con intensidad, hasta que un día descubren con horror que la vida los alcanzó. Grimaldi quería a su hija, por supuesto; esta mañana no podía sentirlo pero le tenía cariño. La pregunta es por qué no podía sentirlo. Sólo que esa pregunta, si de veras existió, no había alcanzado a formularse en su cabeza cuando dejó de importarle. "Besala por mí", le pidió a su mujer, "no quiero despertarla". Alzó al gato y le dijo que, en su ausencia, cuidara bien a sus dos mujeres. "Este gato", agregó en voz baja, "este gato sí que era una gran persona". Ni Grimaldi ni ella recordarían, hasta mucho tiempo después, que él había dicho "era". Dejó al animal sobre la mesa del living, besó en la frente a su mujer y le repitió que no se preocupara. "Te llamo desde Amsterdam en cuanto llegue, afeitado y todo". Esto había sido una media hora atrás, en su casa de Barrio Parque. Ahora, en el automóvil que lo llevaba a Ezeiza, el chofer de la compañía venía hablando del tiempo, del mal tiempo; había escuchado por la radio algo referido a escasa visibilidad y a vientos y a tormenta. La gente es tan rara, debió de pensar Grimaldi. La gente, con tal de hablar, es capaz de decir cualquier torpeza.

–Yo que usted manejaría en silencio -se oyó decir.
–Cómo, señor –preguntó el chofer.
–Que yo que usted no hablaría del mal tiempo. Puedo ser una persona impresionable.
–Perdón, señor Grimaldi –dijo el chofer.
–No se preocupe –dijo Grimaldi–. Era una broma. Me encanta volar con tormenta. Uno está allá arriba, y todo, incluida la tormenta, sucede debajo. La vida sin sentido de la gente, la vejez, el desencanto, y hasta la felicidad, todo sucede debajo.

El chofer lo estaba mirando por el espejo retrovisor. Cuando Grimaldi se dio cuenta, el otro desvió la vista.
Grimaldi debió de preguntarse por qué estaba hablando de esa manera, nada menos que con el chofer. Y por qué mentía, además. No le gustaba en absoluto viajar con tormenta, ni siquiera le gustaba viajar en avión. O por lo menos acababa de descubrir que no le gustaba. No era miedo. Debería de haber volado unas doscientas veces en los últimos diez años, pero detestaba volar. Qué sentido tiene viajar a mil kilómetros por hora, y a diez mil metros de altura, para llegar más rápidamente a alguna parte. No hay ningún lugar al que sea necesario llegar rápidamente. Conocía unas veinte capitales del mundo y no hallaba la menor diferencia entre ellas. Hombres, mujeres, adolescentes, viejos; no hace falta andar saltando por el mundo como una langosta para ver eso. En qué se diferencia un rascacielos de cien pisos de una de estas casitas chatas y pretenciosas que estaba viendo por la ventanilla. Salvo en el tamaño, en nada. Las casas son para la gente, y la gente es gente en todas partes. Después de cumplir un razonable número de años, treinta, digamos, qué sorpresas puede esperar de la vida un hombre, en Londres o en Bikanir. Y por qué estaba pensando en un lugar tan raro como Bikanir. Una calle en los arrabales de Bikanir. ¿O fue en Bikanpur? Una calle de tierra y una vereda de chozas aplastadas, unas vacas paseando mansamente por la calle, y un hombre, embozado en un burkha, apoyado contra la pared con un cacharro de lata en la mano extendida. "Protector de los pobres", le había dicho en inglés, agitando el cacharro donde sonaron unas monedas. El hombre no era indio; su cara casi negra estaba ardida y agrietada por el sol, pero tenía una larga barba rubia, y el pelo, que le llegaba hasta los hombros, era del mismo color. Sí, Grimaldi había estado allí con su mujer, cuando era joven, de paso hacia alguna parte. Cómo será ser ese hombre, le había preguntado ella esa noche, en el hotel. Horrible, había dicho Grimaldi.

–Lo ayudo con el equipaje –dijo el chofer.
O sea, que ya estaban en el espigón internacional. Grimaldi contestó que no, que no hacía falta. Sólo llevaba un bolso, apenas mayor que un bolso de mano, y un maletín. Hacía años que viajaba con lo estrictamente necesario. Si por casualidad precisaba ropa especial, la compraba en cualquier parte, y no era raro que, antes de volver a Buenos Aires, la olvidara intencionalmente en el hotel donde había parado. Papeles, una lapicera para firmar o hacer firmar algún documento, otra lapicera para regalar y una computadora portátil, eso era el verdadero equipaje, el armamento, de un caballero andante moderno. Todo lo que tenía que hacer en Europa, por otra parte, era convencer a un grupo de holandeses de que la Argentina era el país ideal para invertir sin riesgos. Un país sin nada donde todo el mundo quiere tenerlo todo.

En el drugstore compró una revista que, sin saber cómo, un minuto después desapareció de sus manos.
Cuando iba a despachar su equipaje para el vuelo a Amsterdam, empezaron a suceder las cosas. Primero fue lo de los pasajes, después lo de la chica.

Grimaldi había sacado del maletín el cartapacio donde estaban sus documentos y, al abrirlo, vio que allí no había un pasaje, sino dos. Los dos estaban a su nombre, pero el destino final de uno de ellos no era Amsterdam. Era Ciudad del Cabo, con una extensión a Durban. La secretaria que había comprado esos pasajes debió de confundir los itinerarios de Grimaldi y de algún otro ejecutivo de la empresa. Probablemente Rampoldi. Esos vuelos habían sido reservados hace meses, y la operación en Sudáfrica se había cancelado una semana atrás, sólo que nadie pensó en devolver este pasaje. La empleada que había hecho las reservas, recordó de pronto Grimaldi, ya no trabajaba en la empresa.

–¿Cómo?
–Si va a despachar el equipaje –repitió, con una tenue ironía, la chica del mostrador. Era muy joven, muy linda, y vagamente parecida a su hija. Lo que por otra parte no tenía nada de extraño. A la edad de Grimaldi, todas las mujeres menores de veinticinco años se parecen. Como si fueran la misma, puesta en diversos lugares. Mesera, recepcionista, estudiante de psicología, compañera del asiento trasero del auto. A veces llevan el pelo negro, a veces rubio, pero son la misma. Se llaman La Chica Perfecta del Fin del Milenio.
–No estoy seguro –dijo Grimaldi, y la chica lo miró.
–Bueno –dijo la chica.

Barbudo y cincuentón, Grimaldi tenía influencia sobre las mujeres jóvenes. Sin mucho interés, pero siempre lo supo, y ese "bueno" se lo confirmaba. También supo que en ese mismo momento, con sólo desearlo, sin moverse un paso de Buenos Aires, podía iniciar una serie de hechos de consecuencias extraordinarias. Por ejemplo, qué pasaría si le dijera a esa chica que no, que no iba a viajar. "No puedo explicarte por qué, pero no voy a viajar a ninguna parte". Le mostraría el pasaje, para probar que, en efecto, renunciaba a hacerlo, después se iba a pasar el resto del día al restorán, o daba una vuelta por Ezeiza y volvía a la hora en que las empleadas dejan su trabajo. "Hoy no viajé porque te vi", le diría con naturalidad. Grimaldi, aquella mañana, era perfectamente libre para hacer eso, y que esa chica terminaría enamorada de él, era algo que podía prever como si ya lo hubiera vivido.

–Qué lástima –dijo pensativo y lo repitió, y la chica volvió a mirarlo-. Sí, despachámelo en el vuelo a Amsterdam.

Hasta donde me es lícito reconstruir los hechos comprobables, las cosas, esa mañana, ocurrieron así, o más o menos así. Su mujer recordaría durante mucho tiempo que él parecía ausente al salir de su casa, el chofer de la compañía repitió, a su modo, la conversación en el automóvil, el vendedor de la librería del drugstore había reparado en aquel hombre alto que compró una revista extranjera muy cara y, apenas al salir, la tiró al cesto de papeles, la chica de los equipajes recordaba perfectamente al maduro señor de ojos grises que despachó su bolso a Amsterdam. Se sabe, también, que los altoparlantes del aeropuerto propalaron su nombre pidiendo en castellano, en inglés y en francés, que se presentara en el vuelo 501. Lo demás es conjetural, porque a Grimaldi nadie volvió a verlo nunca. Pero yo sé que fue en ese momento, cuando los altoparlantes del aeropuerto lo reclamaban como a un evadido, que Grimaldi, sin equipaje, sin cheques de viajero, con un maletín en el que había unos cientos de dólares y un pasaje que nadie iba a tener en cuenta, se dirigió hacia la compañía de los vuelos a Ciudad del Cabo.

Hay una calle, en los arrabales de Bikanir, en la India, que es exactamente igual a como debió de ser hace cien años. Por qué camino llegó Grimaldi hasta esa calle, sólo me es posible imaginarlo. De todos modos, entre Sudáfrica y la India sólo hay, aunque vasto, un mar de por medio.
Lo veo, primero, en la costa occidental del océano Índico, en algún hotel de tercera categoría. Su barba de dos días ya es una encanecida barba de un mes. Allí vendió la computadora y, con un vago e inexplicable sentimiento de tristeza, la estilográfica. Lo veo viajando en una barcaza destartalada y crujiente hacia el nordeste. Este viaje duró semanas, o meses. En alguna de las islas del archipiélago de Seychelles, desembarcó y se quedó un día y una noche enteros. Resplandecientes mujeres europeas y americanas, hombres con camisas floreadas que hablaban de negocios, y alguna otra adolescente parecida a su hija, que en esta ocasión no le sonrió ni lo miró, le hicieron añorar, quizá por última vez, su casa de Barrio Parque: esa noche hizo una llamada a Buenos Aires, pero cortó la comunicación antes de escuchar ninguna voz y sin pronunciar una palabra. Después, ha vuelto a embarcarse; después ya hace días que camina hacia el norte, junto a un largo perro gris, bajo la lluvia. Todo esto ocurrió hace mucho tiempo, tanto, que aquel perro ha muerto. Lo veo ahora con una barba de años, sentado en el suelo. Está vestido con un burkha que casi le cubre la cara y apoya la espalda contra la pared de una casa de barro, pintada de blanco. Ya ha olvidado muchas cosas pero ha aprendido a decir dulcemente "oh, protector de los pobres", en hindi. Tiene un cacharro de cobre en la mano. Por la calle de tierra, pasan, mansamente, unas vacas escuálidas.

viernes, 26 de mayo de 2017

LECTURA RECOMENDADA; ABELARDO CASTILLO


Cuentos completos
Después de Borges y de Cortázar, nadie dominó el arte del cuento como Castillo. Las otras puertas (1962) y Cuentos crueles (1966) incluyen sus relatos más emblemáticos, como "La madre Ernesto" o "El candelabro de plata"

Crónica de un iniciado
Esta novela reúne la poética completa de Castillo y está en línea con Adán Buenosayres, Los siete locos y Rayuela. Tardó décadas en concluirla y es una versión muy personal del mito fáustico.

Israfel
Pocos escritores ejercieron tanta fascinación sobre Castillo como Edgar Allan Poe, así que era natural que escribiera sobre él. Esta obra de teatro, que toma su título de un poema, aísla momentos de la vida del poeta estadounidense.

Diarios 1954-1991
Castillo cultivó un género con poca tradición en la Argentina. Iniciado a los 18 años, este primer volumen registra sus años de formación, sus relaciones amorosas y su pasión por la música y el ajedrez.

miércoles, 24 de mayo de 2017

MI AMIGO; ABELARDO CASTILLO

GONZALO GARCÉS

Es probable que las líneas que siguen sean trabajosas o mal escritas, en todo caso indignas de su tema. Escribir en estado de shock, casi idiotizado por la muerte de un amigo, escribir la última nota que uno quisiera escribir, no puede ser bueno para referirse a uno de los escritores más importantes de la Argentina. No escribas bajo el imperio de la emoción: muchas veces escuché a Abelardo Castillo repetir esta máxima de Horacio Quiroga. A veces, sin embargo, no escribir nada es peor.


Leo por ahí que Abelardo fue escritor y maestro de escritores. Me gusta eso. Es real. Visitar a Abelardo Castillo y Sylvia Iparraguirre en su casa del barrio de Congreso era ingresar, por un rato, en un lugar más luminoso, menos desquiciado que Buenos Aires. Afuera se discutía a gritos, se trataba de opinar algo ingenioso sobre el último trending topic de Twitter, se hablaba de la operación que realizaba tal o cual escritor sobre el campo cultural. Esto por referirme sólo a las charlas de eso que se llama ambiente literario. Y uno también era parte de esas charlas. Pero uno llegaba a la casa de Abelardo y Sylvia y entonces algo pasaba. Algo cambiaba. En primer lugar, el paso del tiempo. Era diferente.



Voy a tratar de explicarlo con una anécdota. A mediados de los años 90 me fui a vivir fuera del país; antes de irme visité a Castillo y hablamos de Honoré de Balzac. De las treinta novelas que el francés escribió, y no publicó, sólo para aprender el oficio. De sus grandes personajes: Rastignac, Vautrin, Lucien de Rubempré. Dos años más tarde volví al país. Fui a su casa. Abelardo se sentó en su sillón inglés, prendió la pipa y me dijo: "Por otra parte, habrás notado que Eugenia Grandet no es, ni de lejos, su mejor novela". No me preguntó nada sobre mi viaje, tampoco me contó qué había hecho él durante esos dos años. Era como si la charla se hubiera interrumpido cinco minutos antes. No había ninguna afectación, ninguna frialdad, ninguna impostura en esa actitud.

 Le importaba conversar sobre Balzac. Y sobre algunas cosas más. No quería distraerse de lo que le interesaba. Eso era todo. Y bien: cuando se dice que Castillo fue maestro de escritores, se hace referencia a su sentido de la adjetivación, a su comprensión de las estructuras narrativas, a las lecturas que recomendaba; pero sobre todo, yo creo, se hacía referencia a esto. Nos enseñó a mantener la concentración. No puedo imaginar una lección más importante.
En la casa de Abelardo Castillo el tiempo no era más lento ni más rápido. Era más inteligente. Era el tiempo de las ideas. No el tiempo que atropella, el tiempo que arrastra. Era un tiempo determinado por el desarrollo de las ideas, por el trabajo de las lecturas. Un tiempo hecho a medida de una persona, él, pero que también, por contagio, o porque los procesos mentales de Abelardo eran generosos, hospitalarios, hechos para compartirse, podía ser también el tuyo, y pronto descubrías que era un tiempo más humano que el tiempo de afuera, y que te hacía mejor.
Hay otra anécdota que da una idea del carácter de Castillo. Voy a parafrasearla como mejor pueda. Una noche, tarde, en su casa, Abelardo miraba la película La mosca. Porque, dicho sea de paso, Castillo habló y escribió muchas veces sobre escritores como Poe, Borges, Tolstoi o Flaubert, sobre filósofos como Nietzsche o Kant, pero no sobre películas como La mosca, Duro de matar o Pulp Fiction, y es una lástima, porque sobre eso también tenía cosas interesantes para decir. Era tarde en la noche, entonces, y sonó el portero eléctrico.

 Una voz, que le pareció joven, le dijo que acababa de leer uno de sus libros y que necesitaba decirle cuánto lo admiraba. Castillo le preguntó si conocía esta frase de las Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke: "Pregúntese en la hora más callada de la noche: ¿debo escribir?". "Bueno -agregó-, fijate que la pregunta es si debo escribir. No si debo tocarle el timbre a Abelardo Castillo a las dos de la madrugada." Y colgó. Pero apenas volvió a sentarse y apretó play para seguir mirando La mosca, se sintió culpable. Ya lo traté mal, pensó. Y además es joven. Y por la voz se nota que estuvo tomando, y ahora va a tomar más. Paró una vez más la película, levantó el tubo y le preguntó si seguía ahí. Su joven lector no se había movido. Castillo se puso a glosar la frase de Rilke y, cómo no, a hablarle de la obra de Rilke en general. Terminó por vestirse y bajar para conversar en persona. El amanecer lo encontró discutiendo furiosamente sobre poesía alemana con el joven que había leído mal a Rilke.

Ahora que lo escribo me doy cuenta de que esta escena, escrita de otra manera, podría figurar en El que tiene sed, quizá la mejor novela de Castillo. Y en cierta forma, lo hace. En el capítulo titulado "De cómo vino el miedo" se relata un delirium tremens. Esteban Espósito, el protagonista, está encerrado en el departamento de su tía. Es el lugar donde se refugia cuando las cosas se ponen realmente mal. Hay un maniquí de modista. Hay una máquina de coser. Hay un calefón Orbis. Espósito ve un relámpago seguido de una estela de chispas que se esconde debajo de la mesa. Sobre la caja de hilos hay un extraño ser: una especie de aguaviva con alas de libélula, que se revuelve y lo mira. Aunque Espósito, de pronto, tiene la sospecha de que el pobre animal está aterrado. Y plop, el monstruo desaparece. Espósito se mira al espejo y recuerda al joven aún abstemio que años antes, mientras tomaba un sorbito de jerez, se preguntó si un día él también llegaría a ser bello y atormentado y maldito. Y piensa que nunca debería haber leído a Edgar Allan Poe ni a Charles R. Jackson. Porque sin esos libros, sin su corruptora influencia, sin tanto loco, amoral y parricida como pudren el alma de los adolescentes, todo, él lo sabe, habría sido muy diferente. Entonces suena el timbre. Espósito grita: "Ya voy, carajo. Tanto tocar el timbre. Qué pasa, si se puede saber". "Mensajero", contesta tímidamente la voz desde el palier. Ahí está piensa Espósito, con algún remordimiento. Ya lo traté mal. Pero cuando abre la puerta, no hay nadie. Sólo una voz sin cuerpo que le dice: "Mi nombre es Legión".


Qué raro: sólo ahora, al escribirlo, sin plan, al azar del aturdimiento y el apuro por entregar la nota, me doy cuenta de que la escena de la vida real de Castillo y la escena de El que tiene sed coinciden en más de un aspecto. En las dos escenas hay un hombre que está solo en un departamento. En las dos hay un monstruo hecho de la mezcla de dos seres diferentes: el que interpreta Jeff Goldblum en la película y el que conjura el delirio alcohólico de Espósito. En las dos escenas ese monstruo sufre. En las dos alguien toca el timbre y el protagonista lo maltrata y se siente culpable por eso. Las dos escenas conjugan locura, dolor, compasión y algo que sólo puedo llamar un sentido de la belleza absurda de las cosas. La diferencia principal consiste en que la ficción de Castillo es oscura (aunque atravesada por un humor rabelesiano, desopilante, que lo redime todo), mientras que su vida es luminosa.
No sé si Buenos Aires o la Argentina pueden prescindir del tiempo que reinaba en la casa de Abelardo Castillo. Algunos de nosotros no dejaremos de buscarlo.

lunes, 22 de mayo de 2017

ABELARDO CASTILLO


Abelardo Castillo: el último gran maestro del cuento argentino
Eximio cuentista, Abelardo Castillo murió hace pocos días . Había nacido en San Pedro, donde vivió toda su adolescencia junto con su padre.
Antes de los 18 años, ya había empezado a escribir sus diarios, que fueron publicados por Alfaguara mucho tiempo después, en 2014. Allí, el autor de Crónica de un iniciado cuenta su intimidad como aspirante a escritor, la amistad con Ernesto Sabato y los encuentros con Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, máximas figuras de la literatura argentina cuando él empezó a publicar.


Sus primeros y poderosos cuentos fueron editados en 1961 con el título de Las otras puertas. A partir de 1969, Castillo y Sylvia Iparraguirre formaron una de las parejas más queridas y respetadas del ambiente.
Fundó y dirigió revistas literarias inolvidables: El Grillo de Papel, El Escarabajo de Oro, de los años sesenta, y El Ornitorrinco. En la segunda, que codirigió con Liliana Heker, publicaron sus textos autores hasta entonces inéditos: Alejandra Pizarnik, Humberto Constantini, Miguel Briante y Jorge Asís. El Ornitorrinco fue uno de los pocos medios que en 1981 reprodujeron la solicitada de las Madres de Plaza de Mayo que reclamaba por los desaparecidos. En Castillo, el primer compromiso era con la materialidad del trabajo literario, pero eso no implicaba el olvido del compromiso político.
Dramaturgo y narrador, dejó obras impares, como Israfel, Cuentos crueles, El que tiene sed, Ser escritor, El evangelio según Van Hutten y El espejo que tiembla. Quedan inéditos el segundo volumen de sus diarios, cuentos y una novela inacabada.
Un tema que aparece tanto en su obra de teatro Israfel (basada en la biografía de Edgar Allan Poe, uno de sus autores fetiche) como en el cuento "El cruce del Aqueronte", y sobre todo en la novela El que tiene sed, fue el alcoholismo, una adicción que lo aquejó durante muchos años de su vida y de la cual logró recuperarse. Castillo tuvo, además, pasión por el boxeo, el ajedrez (que practicó casi como un maestro) y por la música clásica (profesaba devoción por Debussy y nunca le interesó Wagner).


Su obra fue traducida a 14 idiomas y ejerció gran influencia en narradores más jóvenes, que participaron en los célebres talleres literarios del escritor. Castillo recibió el Primer Premio Municipal y el Segundo Premio Nacional. En 2014, obtuvo el Premio Konex de Brillante por su trayectoria.

viernes, 27 de enero de 2017

ABELARDO CASTILLO


Abelardo Castillo: "Si alguien realmente quiere conocer a un escritor, tiene que recurrir a su ficción"
A mediados de año se publicará el segundo tomo de los diarios de uno de los grandes protagonistas de la literatura argentina del siglo XX, que asegura: "Creo en la literatura como conocimiento"
Entre sus objetos atesorados, Abelardo Castillo cuenta con una réplica del arcón de la casa de Yásnaia Poliana, de Tolstoi. Y una réplica de un samovar. "Me lo regaló un amigo, el escritor ruso Vladimir Vesenski", comenta..



Abelardo Castillo dice que si realmente se quiere conocer a un escritor hay que recurrir a su ficción, no a sus diarios. Lo dice parado, el entrecejo fruncido, cierto ademán de fumador aunque dejó el tabaco hace años, pero con un resabio de aquello en su voz oscura. Su cuerpo pareciera tener memoria del boxeador aficionado que fue, del nadador, del remero. Sin embargo, dice que no se cuida especialmente y que su momento del día sigue siendo la noche. Cuando nadie llama, cuando no hay interrupciones. Tiene 81 años y hace 62 que escribe.



La primera entrada de sus diarios escrita en febrero de 1954 -publicados por Alfaguara- es de cuando tenía 18 años. El tomo de casi 650 páginas bien puede ser leído como una novela de formación; una bildungsroman, como bautizaron ese género en el Romanticismo alemán. Es una historia de aprendizaje: la de un muchacho que quería escribir.
Hablar con Castillo de bueyes perdidos deviene casi con seguridad en una clase maestra de literatura. Puede relacionar con naturalidad una situación doméstica con el pasaje de algún libro de Poe, de Dostoievski, de Sartre. Porque se ha pasado una vida escribiendo pero otra leyendo. Ya en esas entradas tempranas de Diarios 1954-1991 hay citas a Tolstoi, Heidegger, Alfred Stern, Camus, André Gide, entre muchos otros. En sus salidas durante la "colimba" compraba -o robaba- unas ediciones baratas de clásicos. Cree que el librero damnificado se hacía el distraído porque le había tomado cariño.

 Dice que -tal como el personaje de uno de sus cuentos fantásticos "El decurión"- él vivió infancias paralelas. La de Buenos Aires, vecino de Plaza Irlanda. La de San Pedro, donde empezó a escribir. La de Ramos Mejía, donde se hizo lector. En los claustros del colegio Wilfrid Barón de los Santos Ángeles -el mismo al que fue el papa Francisco- donde entró como pupilo a los 10 años, fue donde formó el hábito de la lectura. En sus biografías se sigue consignando que nació en San Pedro, cuando en realidad nació en la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, es él quien elige ese lugar como el sitio donde todo empezó. Abelardo Castillo es también un gran narrador oral y -sin duda- uno de los últimos testigos y protagonistas de la gran literatura argentina del siglo XX.
Está casi listo para salir el segundo tomo de sus diarios, que comienza en 1992, cuando ya era un escritor consagrado, con su novela Crónica de un iniciado finalmente publicada luego de un largo proceso de escritura y muchos años en espera. Termina en 2006, con la temprana muerte de una de sus alumnas más brillantes, Paola Kaufmann (Premio Planeta, 2005). Una buena parte de su vida la dedica a dar su ya famoso taller, aunque él afirme que ningún taller enseña a escribir. 

Este segundo tomo promete ser más político y reflexivo. Fueron sus editores de Alfaguara pero sobre todo la escritora Sylvia Iparraguirre, su lectora de consulta y esposa por más de 40 años, quienes lo incitaron a publicar esos escritos que para él no tenían valor. Porque Abelardo insiste en que se conoce más a Edgar Allan Poe si se lee "La caída de la Casa Usher" que si se bucea en su vida ordinaria. En sintonía, acaba de publicar Del mundo que conocimos (Alfaguara): una antología personal que traza su mapa biográfico literario. Cada uno de los textos elegidos representa un momento en su vida, un hito. El lector puede encontrarlo en aquellas pistas que están en lo que no se dice, en la anécdota ausente. Como si toda su vida pudiera contarse en 15 cuentos.
-En el prólogo hay una suerte de credo: "Creo en la literatura como testimonio, como arte".
-Sé que la literatura siempre da testimonio de algo. Del autor, de su mundo. Creo en la literatura como conocimiento. No hay más verbo que creer. Pero a veces el "creo" es una manera tímida o ladeada de eludir el "sé", cuando me da pudor usarlo.
-El verbo creer alude a la fe
-La fe para todo escritor es la literatura.



-Dice que no todas las páginas cuentan con su "aprobación crítica". ¿Se animó a publicar cuentos que no le gustan tanto?
-Sí, hay algunos que no son de los mejores pero sí son de mis preferidos. Están por lo que significan para mí. Y te digo más, hay por lo menos dos o tres que en una antología donde se juzgara mis textos por su valor literario deberían estar y sin embargo no están. Uno es "Noche para el negro Griffiths". Otro es "Vivir es fácil, el pez está saltando", y otro "Muchacha de otra parte". Incluso son cuentos que me gustan más que los que están. Pero el gusto de un escritor tampoco tiene mucha importancia. Terminé eligiendo más bien por lo que significaban para mí en el momento en que los escribí. "Los ritos", por ejemplo, significó la posibilidad de seguir escribiendo la novela Crónica de un iniciado. Si tiene un valor literario lo ignoro.
-¿Puede recrear el momento en que lo escribió?
-Lo escribí de dos sentadas un verano en los años 60. Yo estaba escribiendo un prólogo para la revista que dirigía, El Escarabajo de Oro, y anoté a un costado "lo que me hace falta es sol". Más o menos así comienza el cuento. Estaba harto de escribir ideas y de estar encerrado en mi casa. Tenía ganas de irme a San Pedro. De eso surgió el cuento. No lo juzgo como literatura, sino como mi encuentro con un tipo de prosa que me permitió seguir escribiendo una novela que había empezado y que me daba mucho trabajo. Si alguien realmente quiere conocer a un escritor, tiene que recurrir a su ficción y no a sus diarios.
-¿Toda la literatura es autobiográfica?
-Thomas Wolfe sostenía eso con vehemencia. No importa el asunto que trate. Y yo lo creo de verdad. Los cuentos de Borges nos cuentan mucho más de él que esa especie de autobiografía que escribió en inglés. Hay más verdad en sus cuentos aunque sean fantásticos -y a veces sobre todo cuando son cuentos fantásticos- que en sus recuerdos personales. Uno nunca recuerda bien y a veces lo hace con deliberada mala memoria. Es la diferencia entre las memorias y el diario. El diario uno lo escribe para olvidar. Escribe sobre algo reciente que le está pesando mucho y que se quiere sacar de encima. Por eso en general son tan dramáticos. Hay textos de mi diario que yo no sé exactamente qué significan. Las memorias -salvo cierto tipo de confesiones como algunas de Tolstoi, Rousseau o san Agustín- suelen ser bastante novelescas y mentirosas. En cambio todo texto literario de alguna manera es un hito en un mapa autobiográfico. Los cuentos fantásticos de Poe son su autobiografía mental o espiritual. ¿Qué lo define más? ¿Que anduviera borracho en la calle y se cayera delante de la gente o ese texto que es "La caída de la Casa Usher"? Yo creo que lo define su obra.



-Lo que alguien ha leído también podría delinear un mapa.
-Y a veces hasta una autobiografía de hechos puntuales. Tengo por ahí un libro, una edición del Cancionero de Baena, que te puedo decir exactamente el día y la hora en que lo adquirí. Y digo "adquirí" porque no lo compré. Me lo robé. Nada más que para darle un susto a Sylvia que estaba saliendo conmigo en esa época. Es un libro te diría casi imposible de robar por su tamaño. El lomo nada más tiene 20 centímetros de ancho. Sylvia no sólo era muy chica, tendría 21 años en ese momento, sino que era muy formal y no podía creer que hubiera hecho eso. Y hay muchos de los libros míos que tienen historia.
-¿Se acuerda de la librería donde lo robó?
-Sí me acuerdo, pero no te lo voy a decir. ¿Vos querés que me metan preso? Es una librería de viejo de la Avenida de Mayo.
-Alguien se habrá robado también un libro suyo.
-En una feria del libro, cuando todavía no se hacía en La Rural, yo estaba en la editorial Galerna conversando con uno de los dueños que me había publicado El cruce del Aqueronte, año 1981, 1982. De pronto veo que un chico está robando un libro. No era un ladronzuelo, tenía cara de querer leer ese libro que se estaba llevando. Me acordé de mis años en los que no podía comprar libros. Entonces, para que no lo viera la persona que estaba conversando conmigo, me corrí para desacomodarle el ángulo de visión. Cuando lo vi irse al chico me di cuenta de que se había robado un libro mío. Fue la primera vez que me sentí escritor.
-¿Cómo lo encontramos a usted en el asesinato de "El candelabro de plata"?
-Es en algún sentido mi cuento más antiguo. Yo tenía 20 años, estaba en el servicio militar, iba caminando con mi novia que quería que fuera a pasar la Navidad en la casa de ella, estaba de franco. A mí siempre me gustó pasar las fiestas solo. Entonces le hice una broma, le dije que me iba a ir al café Dante -un café de Independencia y Boedo-, iba a agarrar al viejo más zaparrastroso que encontrara y me lo iba a llevar a pasar una Nochebuena como la gente a casa y luego lo iba a tirar por el balcón. Entonces pensé, "caramba, qué buen tema para un cuento". Sentí que había dado con algo que era esencial en mí, algo que tenía que escribir. Y lo hice esa misma noche.



-En "Also sprach, el señor Núñez", el protagonista es un oficinista. Usted tuvo un paso por ese mundo.

-Héctor Alterio hizo una lectura dramatizada del texto. Se ha montado como obra casi sin tocarlo y se hizo una película también. En la época en que lo escribí estaba trabajando en Iggam, en la planta de la cementera en Parque Patricios. Era 1957. Ya estaba empezando a escribir "El otro judas". Puse ahí mi experiencia como oficinista.
-¿Cuál es el que más le gusta de esta selección?
-De acá hay dos o tres cuentos que sé que estarían muy bien en una antología. "La mujer de otro", "El tiempo de Milena" y "La fornicación es un pájaro lúgubre". Creo que son decorosos. Hay cuentos que están porque yo quiero que estén. No me interesa qué se piense de un cuento como "Crear una pequeña flor es un trabajo de un siglo", ese cuento necesito que esté.
-¿Por qué
-No sé.
-Sí sabe...
-Es muy importante para mí. Ese cuento tiene una primera parte que es autobiográfica. Tenía unos 34 años cuando lo escribí. Y estaba completamente borracho.
-Cuénteme de esa borrachera.
-La noche que estaba por escribir ese cuento me llama Egle Martin para invitarme a una reunión en su casa. Le digo: "Mirá Egle, no quiero ir porque estoy trabajando y después me voy a quedar hasta tardísimo y ya no voy a poder escribir". Había decidido no beber. Y el hecho es que Egle -que tiene un poder de convicción casi inhumano- consiguió que yo fuera a la casa. Al principio no tomé y luego sí. Y tomé muchísimo, como tomaba en esa época. Cuando volví a casa no tenía ni la menor voluntad de sentarme a escribir. Deliberadamente me senté frente a la máquina, casi no veía las teclas. Todo el sueño que le hago contar al narrador está escrito casi sin saber lo que ponía. Pero no quiero que esto se transforme en una especie de pegajosa confesión personal porque eso sí que NO es la literatura. Poné el no en grande.


-Fue productivo, entonces.
-He hecho pavadas colosales borracho. Cuando volví a leer el texto no tenía el menor sentido. Estaba escrito con errores de tipeo, había palabras a la mitad. Pensé dejarlo tal como estaba, sólo para castigarme y recordar que ese texto se escribió en esas condiciones.

-Hay escritores que se han propuesto experiencias literarias desde el consumo de alguna droga o alcohol.
-¡Yo no le creo nada a eso! Es falso. No hay un solo escritor en el mundo que pueda escribir borracho. La literatura exige lucidez. Los escritores alcohólicos escribían sobrios. Malcolm Lowry no pudo haber escrito Bajo el volcán borracho. O Días sin huella de Charles Jackson, porque es evidente que el autor cuando escribió estaba sobrio. No se puede hacer ninguna cosa demasiado drogado, ni demasiado borracho.
-La muerte es uno de los temas que aparece en casi todos los cuentos desde sus 20 años. ¿Cómo la piensa hoy?
-Si lo miramos desde un punto de vista literario, podríamos hablar últimamente de una masacre. En mi diario -el que estoy escribiendo ahora, que no se va a publicar- tengo una anotación el día que murió García Márquez. Puse "no anoto más la muerte de nadie." Se han muerto muchos amigos. Félix Grande el poeta, Carlos Fuentes, Laiseca, Ricardo [Piglia], China [Josefina] Ludmer? Antes Dalmiro Sáenz, David Viñas, Sabato? Arreció la muerte sobre la literatura argentina del siglo XX. Yo odio la muerte, la detesto. La vida es algo que sucede en un sentido. Todo lo que nace debería ser inmortal si aplicamos una lógica abrumadora.
-¿Por eso se hizo escritor?
No sé por qué soy escritor. Lo que sí sé es que me voy a morir pero también sé que mientras esté vivo soy inmortal.

BIOGRAFÍA

Abelardo Castillo nació en la ciudad de Buenos Aires en 1935. Fundó y dirigió revistas emblemáticas de nuestra historia cultural: El Grillo de Papel, El Escarabajo de Oro, El Ornitorrinco. Escribió teatro, novela, ensayos, cuentos. Algunos títulos: Los mundos reales, Cuentos crueles, El otro Judas, Las palabras y los días
N. P.