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viernes, 29 de septiembre de 2017

ALBERTO MANGUEL Y EL JUSTO RECONOCIMIENTO


Alberto Manguel, el historiador de la lectura que conquistó un sillón en Letras
El actual director de la Biblioteca Nacional asumió como miembro de número de la Academia y, en su discurso inaugural, hizo un fino y personal "elogio del diccionario"
"Los diccionarios lo saben todo", afirmó Alberto Manguel después de describir los puntos en común entre su vida y las biografías de quienes ocuparon el sillón Francisco Javier Muñiz que le tocó en suerte en la Academia Argentina de Letras (AAL), Ángel Gallardo, Bernardo Houssay, Eduardo González y Horacio Armani. Desde ayer el escritor y actual director de la Biblioteca Nacional ocupa ese sillón, según dijo, "desvergonzadamente". Si bien desde 2013 era académico correspondiente con residencia en Francia, ahora fue incorporado como miembro de número. Contó que accedió a esos datos a través de la Gran Enciclopedia Argentina de Abad Santillán y, con el fino humor que acompaña su gran erudición, hizo en su discurso inaugural un "Elogio al diccionario", al que definió como "un talismán contra el olvido" y entre otros conceptos agregó que, "si somos [...] la lengua que hablamos, los diccionarios son nuestras biografías". En un gesto que asombró a todos los presentes terminó su discurso cantando versos de María Elena Walsh. Aquellos que ella escribió en las vísperas de la dictadura militar: "Tantas cosas ya se han ido/al reino del olvido./ Pero tu quedas siempre a mi lado,/ Pequeño Larousse ilustrado".
Antes, había sido recibido formalmente por el presidente de la AAL, José Luis Moure, quien hizo una completa semblanza del nuevo académico.
En ella afirmó: "Eligió una vida trashumante, escribió en inglés la mayor parte de las obras que le dieron prestigio y, cuando la necesidad de establecerse se lo aconsejó, optó por la nacionalidad canadiense. En esta Academia nos hemos acogido entonces al aspecto más generoso de la convicción de Manguel: puesto que él descree de los pasaportes, nos permitimos calladamente hacer lo propio y, privilegiando lo que la calidad de su obra, original o traducida, regaló a los lectores de nuestro país hemos decidido volver a imponer al director de la Biblioteca Nacional la carga de la argentinidad".
Como es habitual, el acto se hizo en el Palacio Errázuriz, vecino a la sede de la AAL. Participaron, además de un nutrido grupo de académicos, Agustín Campero, secretario de Articulación Científico-Tecnológica del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, al que hasta junio pertenecían las academias nacionales. Del ámbito cultural, entre otros, asistieron Edgardo Cozarinsky, Pablo Ingberg, Javier Negri, Vlady Kociancich.
El nuevo académico es doctor honoris causa por la Anglia Ruskin University y por la Université de Liège, y miembro de The Canadian Writers Union, entre otras instituciones. Es autor de varios ensayos, antologías y obras de ficción para teatro, radio y televisión. Entre sus títulos publicados en castellano figuran Una historia de la lectura, Personajes imaginarios,Historia natural de la curiosidad y Con Borges
S. P. 
¿Los diccionarios se consultan o se leen? Según cómo se responda esa pregunta se desprenderá una ética de lector. Alberto Manguel parece optar por la segunda. Es posiblemente a eso mismo a lo que Manguel se refirió en su discurso  con la cita de Aby Warburg sobre "la ley del buen vecino". La cosa es así: el libro que buscamos no es el que creemos necesitar, pero sí lo es, en cambio, el que está al lado, en el mismo estante. Lo mismo pasa con el diccionario: vamos a él con un interés muy claro, pero ese interés puede ser sometido a un desvío. Los libros del propio Manguel, su detallismo de cuño enciclopédico, su erudición convertida en sintaxis intelectual, son prueba de esos desvíos
Revisar definiciones se parece a la composición de un collage intelectual; dos palabras disímiles en un plano desemejante de ambas: la imaginación. Esta experiencia no admite ser replicada fácilmente en Internet, donde el motor de búsqueda entrega el resultado que se busca pero no los adyacentes. Los diccionarios son los únicos libros que pueden definirse a sí mismos.
En cuanto registro, los diccionarios fijan. Pero lo fijado se pone de nuevo en movimiento cuando el diccionario cae en manos de un auténtico lector como Manguel, ése que extrae consecuencias de todas las posibilidades que, como el mensaje en la botella, se encierran en él.
P. G.

domingo, 11 de junio de 2017

ALBERTO MANGUEL GANADOR DEL PREMIO FORMENTOR; UN ENORME ORGULLO

Un Formentor para Alberto Manguel, "el lazarillo que nos ayuda a descubrir los libros"
El director de la Biblioteca Nacional ganó ayer el prestigioso galardón de Mallorca que obtuvieron Borges y Piglia; su palabra y la del jurado
- Alberto Manguel regresaba a la Argentina luego de cumplir con un compromiso en Brasil cuando recibió un mail de la Fundación Formentor. Le solicitaban ponerse en contacto con ellos con suma urgencia. El escritor les dio el teléfono de su casa y subió a un avión. Ayer conocía la noticia no bien regresaba a su hogar, en Buenos Aires: "Pensé que era una broma. Estoy encantado", dijo horas después de que fue distinguido con el prestigioso lauro que acudirá a recoger en septiembre a Mallorca. "Es una isla llena de fantasmas", precisó el escritor, ya que allí vivieron Jorge Luis Borges, cuando era joven -más precisamente en el pueblo de Valldemosa, el mismo de Chopin-, y el británico Robert Graves, quien también fue su amigo.
Manguel ingresa de este modo en un selecto club de autores argentinos ganadores del Formentor, quienes no solamente se dedicaron a crear, sino también a enseñar literatura: Jorge Luis Borges (en 1961) y Ricardo Piglia (en 2015)

El premio surgió en 1961, impulsado por el editor Carlos Barral y Camilo José Cela. En 1967, cesó de otorgarse, como también quedaron suspendidos los encuentros emblemáticos que rodeaban la ceremonia, organizados en un fastuoso hotel, a metros del mar. El silencio se prolongó hasta 2011 cuando la distinción (que además del prestigio consiste en un cheque de 50.000 euros) renació con el patrocinio de la familia Barceló, propietaria del hotel Barceló Formentor, y los Buadas, antiguos dueños del sitio, testigos en los años 60 de las distinciones a Samuel Beckett, Witold Gombrowicz y Saul Bellow, entre otros. "En la primera etapa quien inauguró el premio fue un argentino [Borges] y lo cerró un escritor polaco que residía en ese país [Gombrowicz].
 Es importante la contribución de la Argentina al pensamiento y a la literatura en español, pero la filosofía del premio no busca países ni géneros, sino que ha querido la buena fortuna que encontráramos a los ganadores en la Argentina", dijo el presidente del jurado, Basilio Baltasar.

El flamante ganador, director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, reflexionó sobre aquel conocimiento y pasión sobre el objeto y la acción por los que obtuvo el lauro: el libro y la lectura. Para el jurado, la labor de Manguel permite que el libro recobre el respeto que parecía haber perdido. "Somos muchos los que creemos en el valor del libro, como ha quedado recién demostrado en la Feria Internacional de Buenos Aires. Había una muchedumbre interesada, y no en literatura de consumo, sino en libros con profundidad y superficie. No estamos en el ocaso del libro, nunca lo hemos estado.

 Sí lo que hemos perdido es el sentido del prestigio del acto intelectual. Hoy lo que tiene prestigio es lo contrario, y lo vemos en los tuits absurdos de Donald Trump, que ni siquiera están escritos en una lengua racional. Son manifestaciones de emociones irracionales. La verdad ya no está en textos razonados, gramaticalmente correctos, con cierto estilo y belleza, sino en los aullidos y en los pronunciamientos de alguien como él", opina Manguel.

Aunque en su casa no tenga televisión ni utilice celular, Manguel es un estudioso de las tecnologías y el impacto que éstas tienen en nuestra forma de comunicarnos. Las redes sociales están habitadas -según cree el intelectual- por amigos virtuales que en nada nos consuelan y que pocas o nulas soluciones nos brindan en un mundo complejo, ante una existencia solitaria.

 Sin embargo, la lectura le ha brindado a Manguel amigos verdaderos, es decir que, de modo contrario a la idea de que leer es un acto solitario, él dialoga con estas criaturas a las que considera mucho más reales que los amigos endebles y volátiles de las redes. "Quien más me aconseja es Alicia [la protagonista de la obra de Lewis Carroll], porque es la voz de lo racional en un mundo irracional, y esta niña no acepta lo que ve, lo absurdo", confiesa, y destaca un rasgo clave de este personaje al que le dedicó un exhaustivo ensayo en Una historia natural de la curiosidad. También considera amigo cercano a Tristram Shandy, del irlandés Laurence Sterne, el más divertido de la literatura occidental.

"Buscamos ampliar el territorio literario y, así como en las primeras ediciones recibieron el premio novelistas, nos parece muy importante incorporar a estos hombres de letras que han desarrollado una erudición y una penetración con su obra, al mismo tiempo que ensalza la figura del libro y ayuda a comprenderla. La filosofía del premio Formentor encuentra en Alberto Manguel una doble confirmación.

 Por un lado, la excelencia y el virtuosismo, y por el otro, esa doble revelación biográfica en la que Manguel fue, de algún modo, el gran lazarillo de Borges. Del mismo modo nos está ayudando a nosotros a descubrir los libros", argumentó el presidente del jurado. Pero Manguel no se considera un erudito. Tampoco se refiere a sí mismo como académico. "Hay investigadores que se pasan la vida estudiando. Yo no hago ese trabajo. No sé hacerlo. Soy apenas un goloso de esta actividad que tanto aprecio."

viernes, 7 de abril de 2017

ALBERTO MANGUEL Y SU CREACIÓN; CON BORGES DE EDITORIAL SIGLO XXI


Recuerdos de un borgiano memorioso
"Soy un borgiano amateur", empezó por decir Alberto Manguel en la presentación de Con Borges (Siglo XXI), el íntimo y hermoso libro en que el actual director de la Biblioteca Nacional rememora los casi cinco años, de 1964 a 1968, durante los cuales iba por las noches a casa del autor de Ficciones para leerle los libros que éste, ya ciego, no podía leer sin ayuda. "A mi lado, en cambio, tengo un borgiano profesional. Martín Hadis, que escribió Literatos y excéntricos: los ancestros ingleses de Jorge Luis Borges", continuó el cortés Manguel. Cabía hacerle una corrección: en el escenario del Malba, donde se desarrolló el diálogo, hablaron dos hombres que habían sido amateurs y que se convirtieron en profesionales. Hadis se limitó a darle el pie a Manguel para que éste hablara sobre aquellos años de adolescente-lector. Uno de los rasgos que Manguel destacó en Borges fue su fabulosa memoria. Ese don le permitía citar íntegros cualquiera de sus cuentos y poemas sin incurrir en ningún error. Comprobé que Manguel tiene el mismo tipo de memoria borgiana. Uno lo escuchaba hablar sobre Con Borges y pensaba que estaba improvisando a partir de las preguntas de Hadis. Cuando volví a casa, tomé el libro de Manguel y no pude evitar una sonrisa cuando descubrí que había dicho de memoria, sin errores, varias páginas corridas de su libro de recuerdos. Además, en su charla, recitó con la entonación justa para el momento, como un actor seguro de los efectos, un poema de Borges y se ganó el aplauso del público.

 En la adolescencia, Manguel, estudiante del Nacional Buenos Aires, trabajaba en la otrora famosa librería Pigmalión, donde se vendían libros en inglés y en alemán. Borges iba allí, dos o tres veces por semana, acompañado por su madre. Estaba interesado en el anglosajón y buscaba libros sobre el tema, una pasión que doña Leonor le reprobaba. Le aconsejaba en cambio que estudiara algo útil: el latín y el griego clásicos. Un día, el escritor le propuso al joven Manguel que, por las noches, después del colegio y del trabajo, fuera a leerle a su casa. Manguel aceptó. En verdad, se trataba de releerle. Borges buscaba recuperar el texto de un autor que, según su ánimo, por distintas razones, lo atraía: Kipling, Henry James, Stevenson? Después invitaba a comer al muchacho al Dorá o lo llevaba a casa de los Bioy. A veces, le pedía que tomara alguna nota sobre lo que leían. Manguel comentó que, en la actualidad, Laura Rosato y Germán Álvarez están haciendo una investigación en la Biblioteca Nacional. Buscan libros en los que Borges haya hecho anotaciones de propia mano cuando todavía veía. Encontraron más de trescientos. En una oportunidad, Borges le dictó a Manguel un poema. Los cuentos se los dictaba a las empleadas de la Biblioteca Nacional en el período en que fue su director. Cuando iban a lo de los Bioy, Manguel asistía a conversaciones muy animadas, siempre sobre literatura, en las que se proponían vínculos inesperados; por ejemplo, entre Platón y Agatha Christie. Borges y Silvina discutían porque a él le interesaba la literatura inglesa y a Silvina, además, le interesaba la literatura francesa y, lo que era peor, Rimbaud y los surrealistas, de los que Borges se burlaba. "La casa de los Bioy era el lugar de Buenos Aires donde peor se comía. Eran muy amarretes. Servían un puchero hervido hasta que no quedaba nada y, como postre, siempre lo mismo, una cucharada de dulce de leche", recordó Manguel. "Borges fue una de las personas más tristes e infelices que he conocido. Su único amigo era Bioy. Era una amistad intelectual. En su vida emocional, había un gran vacío. No tenía ningún interés en las artes visuales ni en la música. De la literatura española, rescataba poco. A veces algo de Góngora o de Quevedo. De Cervantes, nada más que el Quijote. Su biblioteca era pequeña. Unos 600 libros. Regalaba muchos de los que compraba, por lo que la cantidad nunca crecía. Cuando me fui a vivir a París, me dio su edición de los cuentos de Kipling, la que había leído de chico. Para él, ninguna lectura debía ser obligatoria porque la felicidad no puede ser obligatoria. De su manera de leer, rescato la libertad con que lo hacía. En definitiva, el escritor escribe lo que puede y el lector lee lo que quiere."
H. B. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

ALBERTO MANGUEL Y LA BIBLIOTECA NACIONAL


El erudito en su laberinto: Manguel elige sus rincones preferidos de la Biblioteca
El director hizo un recorrido por aquellos lugares, algunos públicos y otros secretos, que tienen para él un encanto especial; la sombra de Borges, entre máquinas y papeles
Archivo de donaciones: "Este sector es como un semillero de la biblioteca, un gran invernadero donde podemos ver las plantas crecer y florecer para los usuarios futuros".
A menos de seis meses de asumir como director de la Biblioteca Nacional, Alberto Manguel se mueve por los pasillos del edificio diseñado por Clorindo Testa con comodidad: saluda a los empleados que se cruza en los ascensores, pide permiso para sacarse fotos en los espacios favoritos que eligió para esta producción y hasta bromea con las encargadas del archivo porque está todo muy ordenado. Ese sector, que congrega el material que ingresa por compras o por donaciones, recibió en los últimos meses gran cantidad de papeles de escritores; es un proyecto que Manguel puso en marcha y que lo llena de orgullo.
Ayer, después de una visita especial para editores por los rincones de la biblioteca inaccesibles para el público general, el director hizo de guía por la muestra Borges, el mismo, otro, que exhibe manuscritos del autor de Ficciones. Micrófono en mano, Manguel reveló historias detrás de cada pieza y alabó el trabajo de los curadores, Laura Rosato y Germán Álvarez. Contó también cómo fue que consiguió, casi por azar, el último manuscrito que se sumó a la muestra: el de La biblioteca de Babel, que estaba en poder de un coleccionista de San Pablo y lo prestó para la exhibición.
Escritorio de Borges: "Estos muebles son emblemáticos de la constante presencia de Borges: el escritorio circular que era de Groussac, el sillón y las bibliotecas giratorias, inmortalizadas en las fotos de Sara Facio".
El vínculo de Manguel con Borges excede lo literario: lo conoció de adolescente, cuando visitaba el viejo edificio de la calle México para oficiar de lector. Por eso, entre los objetos y rincones de la biblioteca que descubrió al asumir la dirección y que seleccionó  se encuentra el escritorio circular que perteneció a Paul Groussac y que solía usar Borges cuando fue director.
"Hay ciertos muebles que estaban en la oficina del viejo edificio de la biblioteca, donde yo lo vi tantas veces, que ahora están en la Sala del Tesoro: el escritorio circular, que fue diseñado por una compañía francesa; el sillón, que es muy incómodo, y las bibliotecas giratorias que fueron inmortalizadas en las fotos de Sara Facio. Me emocionan mucho esos muebles porque lo vi a Borges sentado en ese escritorio y algunas veces fui a buscarlo a la antigua biblioteca para llevarlo a su casa, donde le leía, y después íbamos a cenar al hotel de enfrente, el Dorá. Quizá por superstición me gusta que esos muebles estén aquí porque son emblemáticos de la constante presencia de Borges."
En la adolescencia, cuando Manguel comenzó a trabajar en la librería Pigmalion, la dueña del local lo sentenció: "Todo lo que vas a hacer el primer año es pasar el plumero a los libros". Y así fue: "Así conocí dónde estaban los libros, qué portadas tenían".
La máquina que lee: "Es una máquina que escanea el texto y lo traduce a voz para los no videntes".
Más tarde, ya convertido en un lector voraz, a la pasión por los libros se sumó cierta fascinación por las máquinas. Explica: "Tengo una debilidad literaria por las máquinas fantasiosas. Hay un cuento de Rodolfo Walsh donde una máquina puede determinar el bien y el mal. Hay máquinas extraordinarias inventadas por escritores y otras inventadas por ingenieros. Una es la máquina para limpiar libros. Es como esos aparatos que sirven para lavar los autos, pero en miniatura. Podría pasarme horas mirándola. Me fascina".
La máquina que limpia: "Es como los aparatos para lavar los autos pero en miniatura y para los libros. Estoy muy orgulloso de que tengamos esa máquina en la Biblioteca Nacional ".
Ubicada en uno de los subsuelos, la máquina tiene unos plumeros que giran al pasar el libro. "Allí se hace el trabajo que podemos comparar con los órganos internos de un cuerpo, sin los cuales no puede funcionar. Un departamento muy importante es el de Conservación y Preservación, donde personal muy dedicado limpia los libros, plancha documentos, restaura obras."
Otra máquina que le fascina a Manguel es la que ayuda a leer a los ciegos. "Una sección muy importante de la biblioteca es la que ofrece servicios para personas no videntes. Hay una máquina que escanea el texto y lo traduce a voz. Hay otra que traduce al braille imágenes para que los ciegos puedan reconocerlas a través del tacto."
Disco de pasta: "En la Audioteca hay grabaciones inusuales, como una con la voz del primer traductor del Ulises al castellano, J. Salas Subirat, que era vendedor de seguros. Grabó instrucciones para vendedores"
Entre el material de la Audioteca, Manguel rescata una grabación curiosa: el primer traductor del Ulises, de Joyce, al castellano, J. Salas Subirat, era vendedor de seguros y grabó para la compañía una serie de instrucciones para vendedores. "Me encanta que tengamos la voz de este hombre instruyendo cómo vender seguros y esa misma voz fue la que leyó el Ulises."
En ese sector comenzó ayer la visita para editores: Adriana Hidalgo, Daniel Divinsky, Alejandro Archain, Carlos Díaz, Juan Boido, Fernando Fagnani y Gloria Rodrigué, entre otros invitados, escucharon fascinados las historias detrás del material más curioso que posee la biblioteca.

N. B. 

martes, 13 de septiembre de 2016

ALBERTO MANGUEL,LUIS ALBERTO ROMERO......DE LUJO

domingo, 3 de julio de 2016

ALBERTO MANGUEL Y TODO LO NUEVO EN LA BIBLIOTECA NACIONAL


El escritor trajo el manuscrito de ''Pierre Menard
Llegó al país hace una semana.


El autor de Una historia natural de la curiosidad llegó el martes 21 desde Nueva York, después de terminar de dictar sus cursos en las universidades de Princeton y Columbia. Trajo en su maletín un tesoro literario: el manuscrito original del cuento de Borges "Pierre Menard, autor del Quijote". La valiosa pieza pertenece al librero John Wronoski, de la librería anticuaria Lame Duck Books, quien lo prestó a la Biblioteca Nacional para la muestra "Borges: el mismo, otro", que se inaugurará el 15 de julio. Según Manguel, se trata del "texto literario más importante del siglo XX". El manuscrito está cotizado en medio millón de dólares y fue asegurado en esa suma por la Biblioteca.

 Por esa razón, personal de la agencia de seguros acompañó al escritor desde el aeropuerto de Ezeiza hasta su oficina del edificio de la calle Agüero.
Desde la oficina de prensa informaron que no habrá acto de asunción; se realizará una conferencia de prensa en la inauguración de la exposición en homenaje a Borges. Lo cierto es que apenas pisó suelo argentino Manguel fue a la Biblioteca. El primer día, cuentan fuentes de la institución, llegó antes que nadie, cuando el edificio todavía estaba cerrado. Incluso el lunes pasado, con el personal de asueto por el día del trabajador estatal, el escritor concurrió a su oficina: citó allí a algunos directivos para mantener reuniones, a pesar de era una jornada no laborable.



Entre los proyectos del nuevo director figura un programa para facilitar el acceso de los usuarios al acervo de la Biblioteca. Además, el equipo técnico continuará con las tareas de actualización del catálogo. Según fuentes cercanas al escritor, se pondrá énfasis en crear nuevas áreas de digitalización y se ampliará el plan de publicaciones digitales. No trascendió todavía qué planes tiene Manguel para el área de publicaciones en papel, que en los últimos años editó interesantes títulos, como Borges, libros y lecturas, la primera parte de la monumental investigación de Laura Rosato y Germán Álvarez; varias ediciones facsimilares de revistas, y la colección Quelonios, tres volúmenes con antología de cuentos infantiles.
Al reciente anuncio sobre la reanudación de los talleres literarios gratuitos, que comenzarán en agosto y estarán a cargo de autores como María Moreno y Guillermo Martínez, se sumarán visitas guiadas para que el público pueda conocer cómo funciona la trastienda de la Biblioteca. El programa "Conociendo la Biblioteca de la mano de sus especialistas" estará a cargo del personal técnico de áreas como la Sala del Tesoro, la Fototeca y la Mapoteca.
Cursos, becas y una guardería




La reincorporación de 140 empleados de los 240 que habían recibido telegramas de despido en marzo permite que los sectores que habían quedado despoblados vuelvan a contar con el personal necesario para su funcionamiento. Para el personal de la BN, Manguel planea poner en funcionamiento una guardería y cursos de perfeccionamiento profesional, entre otros servicios.

Para los estudiantes y graduados de la carrera de Bibliotecología se establecerá un sistema de becas dirigido a jóvenes profesionales. En el área de cultura, el designado director de Programación Cultural, Ezequiel Martínez, prepara una agenda de actividades que se iniciará con una muestra en conmemoración del bicentenario de la independencia, con fecha de inauguración prevista para el 7 de julio.


A este panorama con el que se encontró Manguel en la Biblioteca se suma una anécdota política: unas semanas antes de que el nuevo director llegara a Buenos Aires, la institución recibió, por orden judicial, 312 libros incautados a Lázaro Báez. Los títulos, cuyo inventario fue realizado por especialistas enviados por la Biblioteca, quedaron allí en custodia, a cargo de agentes de la gendarmería nacional.

lunes, 2 de mayo de 2016

UN ÍNTIMO PLACER



Camina con paso ligero, los ojos sobre el libro que lleva en la mano derecha, sin levantar siquiera la vista cuando debe sortear lo que se interpuso ante él, ajeno al mundo que lo rodea y abstraído en un silencio íntimo mientras lee, como si el universo entero hubiese desaparecido. Lee a toda hora, pero sobre todo lee en cualquier parte. Lee en movimiento. Desde hace años compartimos la redacción, y no recuerdo haberlo visto haciendo otra cosa que leer, salvo cuando escribe sobre libros.
Lo recordé esta mañana cuando evoqué mi breve estadía en el delicioso Viejo Hotel Ostende, donde pasé unos días de vacaciones junto a mi familia. Es un lugar de un encanto singular, territorio de artistas y escritores, pero sobre todo de lectores. Los hay por todas partes: en la pileta rodeada de una vegetación exuberante, en los sillones del lobby, en el pequeño bar o en dos saloncitos que permanecen en una semipenumbra y adonde los pasajeros suelen ir a leer.

 Leen los adultos y leen los niños, a veces los libros que traen con ellos y otras los que extraen de la pequeña biblioteca reservada para los huéspedes, que aunque incluye unos pocos best sellers abunda en autores muy atractivos, algunos de ellos argentinos y visitantes frecuentes del lugar. Los libros -y los escritores- tienen allí un hogar, tocado con el aura que le da un hecho histórico: allí se hospedó Antoine de Saint-Exupéry, y los más optimistas creen que acaso pudo haber escrito en el cuarto donde dormía algunos pasajes de El principito.

Con esos dos recuerdos fui esta mañana hasta mi biblioteca a buscar ese libro excepcional que es Una historia de la lectura, de Alberto Manguel. Creí recordar que había en ese volumen un apartado dedicado a los lugares donde leen quienes padecen la fiebre de la lectura.



Manguel no me decepcionó. Un capítulo dedicado a las lecturas privadas incluye una suerte de mapa con los territorios donde distintas personalidades de la historia y la literatura han elegido leer. Quizá el dato más curioso que recoge el autor sea la predilección que sentía Marcel Proust por leer allí donde leemos casi todos, con todos los contratiempos que ese placer algo vergonzante puede traer a la vida familiar: en el baño. De un modo algo inesperado, me entero de que el autor de En busca del tiempo perdido ha develado que el baño es su espacio preferido, porque en ese lugar reservado a la más estricta privacidad suceden en su vida "las ocupaciones que requieren una soledad sacrosanta: lectura, ensoñaciones, lágrimas y placer sensual".
Nunca tuve un lugar especial de lectura, aunque cuando tenía veinte años solía leer en bares casi todas las mañanas. Sentía, sí, un gusto particular por leer en el tren, y no fueron pocas las veces en que llevado por las alucinaciones de la historia en la que me había metido olvidé descender en la estación en que debía y llegué hasta el fin del recorrido.

 El error tenía su compensación: el largo viaje que me aguardaba hasta llegar a casa me permitía seguir leyendo en el vaivén siempre acogedor del vagón. Con su traqueteo uniforme -con su ritmo-, el tren nos envuelve y abriga hasta brindarnos una rara sensación de confort e intimidad.
Manguel reconoce que acostarse con un libro en la cama siempre le ha proporcionado una sensación de intimidad. "La frase «llevarse un libro a la cama» -escribe- siempre me ha parecido cargada de promesas sensuales." Lo dice aún con más precisión: "Por producirse entre las sábanas, en el reinado de la lascivia y de la pereza pecaminosa, participa de la emoción de las cosas prohibidas".
En Una historia de la lectura, el autor cuenta que el canónigo agustino Tomás de Kempis escribió esta idea en el siglo XV: "He buscado la felicidad en todas partes. Pero no la he encontrado en ningún sitio sino en un rincón y en compañía de un pequeño libro". Es el bienestar que produce la lectura en la intimidad -la soledad, tal vez-, un territorio liberado de las amenazas del mundo y donde podemos soñar otras vidas y ser partícipes de ellas, un poco como le sucede a la arrobada espectadora de cine en La rosa púrpura de El Cairo, el film de Woody Allen, que después de ver una y otra vez la misma historia y, enamorada del galán aventurero, decide traspasar la pantalla para vivir un apasionado romance. Así leemos, donde sea, enamorados de esa vaga ilusión.

V. H. G.

viernes, 29 de abril de 2016

LA CURIOSIDAD DE MANGEL



Alberto Manguel cuenta en el espléndido Una historia natural de la curiosidad, el libro que presentó ayer en Buenos Aires, un viaje de infancia que le hizo comprender que su destino irremediable sería, como el de los hombres de ciencia, los filósofos y los niños, explorar aquello que es ignorado y preguntarse fatalmente por qué.


Tenía unos ocho o nueve años, vivía en el barrio de Belgrano y cierta tarde quiso desviarse del camino que, bajo una arboleda frondosa, lo conducía diariamente de la escuela a su casa, un trayecto no muy largo en el que reconocía las señas de esa cartografía tan familiar y que tanto lo tranquilizaba: el almacén, la librería, el caramelero, una puerta siempre entreabierta por cuya hendija solía ver en el fondo de un patio el maniquí de un sastre. Esa tarde eligió seguir un atajo desconocido, quizá contagiado por la fascinación que le habían producido los relatos de Sherlock Holmes que tan tempranamente leyó, o tan solo impulsado por el hechizo que provocan en los niños la aventura y el misterio. Después de unos cuantos minutos en los que deambuló por esas calles para él extrañas con jubilosa turbación y asombro de forastero, quiso regresar, pero no pudo hacerlo. Aún se siente conmovido cuando evoca el sentimiento de placer y zozobra que hace más de cincuenta años suscitó en él la idea de aventurarse en un mundo diferente del que le ofrecían los libros de su biblioteca. Cada volumen encerraba un destino incierto y por eso apasionante. "Tal vez fue en ese momento -escribe hoy el lector de Borges- cuando, por primera vez, concebí el futuro como un lugar que albergaba los finales de todas las historias posibles." Debieron transcurrir unos cuantos minutos hasta que aquel niño perdido encontró la salida de ese encantado laberinto. "Cuando finalmente vi mi casa -concluye Manguel- lo sentí como una decepción."
Leía una de estas tardes esa obra deslumbrante, que una y otra vez vuelve a la Divina comedia de Dante, cuando llegaron a mis manos unos ejemplares muy breves de la colección de El maestro ignorante. Son cinco o seis volúmenes que reproducen una serie de conferencias y ensayos acerca de temas de índole muy diversa. Algunos de esos libros comparten un prólogo que cuenta sucintamente el origen de esa expresión con raíces en la pedagogía y la filosofía. En 1987 se apropió de esa idea, que parece encerrar una contradicción, el pensador Jacques Rancière, quien retomó la experiencia de Joseph Jacotot, un pedagogo y revolucionario francés que a comienzos del siglo XIX pregonó la igualdad de las inteligencias. En el corazón de ese credo reside una idea verdaderamente provocadora: para el maestro ignorante, la experiencia de no comprender es esencial, entre otras razones porque ese aparente desconocimiento conduce al territorio siempre fértil de los enigmas y a la formulación de nuevas preguntas. El maestro ignorante se dirige siempre al niño (y al niño que llevamos dentro pese al paso inevitable de los años) que todo lo interroga movido por la curiosidad. La primera línea de ese texto recuerda que le debemos a Montaigne esta idea: enseñarle a un niño no es llenar un vacío, sino encender un fuego.


El mundo suele estar hecho, también, de luminosos azares. En Una historia natural de la curiosidad,Manguel dice del gran filósofo del Renacimiento y creador de los célebres Ensayos que es una de sus grandes amistades literarias. Entre las razones de esa camaradería están la franqueza con la que Montaigne manifiesta su ignorancia y su inexpugnable sentido de la interrogación. Ambos están unidos, además, por el gusto por los libros. El autor de Una historia de la lectura cuenta que su amigo del siglo XVI, toda vez que se veía frente a su vasta biblioteca, se comparaba a sí mismo con una abeja: tomaba las mejores ideas de los distintos autores que la poblablan con el mismo propósito con que ese insecto extrae el polen para elaborar su propia miel.
Manguel, que como el maestro ignorante sabe de sobra que la curiosidad y la interrogación nacen en la infancia, advierte que raramente esos dos estados de la mente y el espíritu proporcionan respuestas absolutas. "Descubrimos muy pronto -escribe- que la curiosidad pocas veces es recompensada con respuestas significativas y satisfactorias, sino más bien con un deseo cada vez mayor de formular nuevas preguntas, y con el placer de dialogar con otros. Como todos los inquisidores saben, las afirmaciones tienden a aislar; las preguntas unen."

V. H. G.