Mostrando las entradas con la etiqueta ANECDOTARIO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta ANECDOTARIO. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de abril de 2022

ANECDOTARIO, AUTOBIOGRAFÍA


No sé todavía, de Guido Parisier
Memorias de una vida poblada de anécdotas
Eduardo Lamarche

Las memorias de una vida pueden convertirse en un tomo incómodo y masivo o –como invita la época– encontrar su despliegue en episodios breves, que es la opción por la que decantó el empresario y productor cinematográfico Guido Parisier (Buenos Aires, 1932) en No sé todavía. El título de la autobiografía hace referencia a la respuesta que daba el autor cuando, mientras la redactaba, le preguntaban cómo se llamaría.
Más allá del racconto de sus orígenes, de la semblanza del padre, de su acercamiento al mundo del cine, de cómo comenzó su fortuna, Parisier es una fuente inevitable de anécdotas por haber sido dueño del hotel Hermitage, en Mar del Plata, y el creador del restaurante Hippopotamus. En No sé todavía desfilan nombres tan variados como Luis Buñuel y Catherine Deneuve (en tiempos de Belle de Jour), Cantinflas, Luis Sandrini, Alberto Olmedo, Ringo Bonavena, la cantante italiana Mina o René Lavand. También hay un agridulce recuerdo sobre sus intentos de contratar a Sandro. La parte política se cumple con una reunión con Fidel Castro y las menciones de Carlos Menem, de quien fue funcionario.
¿Un buen ejemplo de estas estampas? Puede citarse la visita de Jean-Paul Belmondo al Festival de Cine de Mar del Plata en 1962. Parisier recuerda que era difícil sacar al actor de la playa: “Entraba y salía del agua, le gustaba mostrarse porque tenía un físico fenomenal y un grupo grande de marplatenses lo seguían para aplaudirlo y, si podían, tocarlo”.


No sé todavía

Por Guido Parisier

Editorial Autores de Argentina

160 páginas

$ 2000

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

domingo, 13 de enero de 2019

ANECDOTARIO


La curiosa historia del famoso abrigo de Perón que se hizo en tres días en una sastrería de Buenos AiresLos argentinos conocemos la foto. Corresponde al 12 de junio de 1974, cuando Perón dijo: "Yo llevo en los oídos la más maravillosa música que, para mí, ¡es la palabra del pueblo argentino!...". Ese iba a ser su último discurso
Juan Domingo Perón y ela brigo que usó en su último discurso el 12 de junio de 1974
En el ocaso de su vida, y en su tercera presidencia, Perón encontraba enormes dificultades para gobernar. Por eso, sorpresivamente, en la mañana de ese día había hablado por la cadena nacional, desde su despacho:
-Cuando acepté gobernar, lo hice pensando en que podría ser útil al país, aunque ello me implicaba un gran sacrificio personal. Pero si llego a percibir el menor indicio que haga inútil ese sacrificio, no titubearé un instante en dejar este lugar a quienes lo puedan llenar con mejores probabilidades.
El viejo general estaba cansado, harto:
-Yo vine al país para unir y no para fomentar la desunión entre los argentinos. Yo vine al país para lanzar un proceso de liberación nacional y no para consolidar la dependencia. Yo vine al país para brindarle seguridad a nuestros conciudadanos y lanzar una revolución en paz y armonía y no para permitir que vivan temerosos quienes están empeñados en la gran tarea de edificar el destino común.
Como respuesta a esas palabras, rápidamente comenzó a llegar la gente a la Plaza de Mayo. En pocas horas, se reunió una multitud, como en los mejores tiempos.
Entonces Perón salió al balcón, acompañado de Isabelita, y volvíó a hablar:
-Creo que ha llegado la hora de que pongamos las cosas en claro… Mientras nosotros no descansamos para cumplir la misión que tenemos y responder a esa responsabilidad que el pueblo ha puesto sobre nuestros hombros, hay muchos que pretenden manejarnos con el engaño y con la violencia…
Pocas semanas antes, el 1° de Mayo, en esa misma Plaza, el presidente Perón había echado a los montoneros, a quienes señaló como "imberbes". La situación del país era dificilísima.
Junto a Isabel Martínez de Perón en el balcón de la Casa Rosada.El general estaba enfermo. Ese día la temperatura era muy baja. Tenía puesto un abrigo, mientras que su esposa se cubría con un tapado de piel
Sin la protección del vidrio blindado que se había colocado en el balcón en otras oportunidades, Perón seguía hablando:
-Yo sé que hay muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección, pero nosotros conocemos perfectamente bien nuestros objetivos y marcharemos directamente a ellos, ¡¡¡sin dejarnos influir por los que tiran desde la derecha ni por los que tiran desde la izquierda!!!…
A cada párrafo, la multitud estallaba en aplausos y ovaciones. Muchos veteranos evocaban las grandes concentraciones de la década del 50. Otros, mucho más jóvenes, vivían por primera vez aquello que sólo conocían por los relatos de los mayores.
Finalmente, el presidente dijo lo que la muchedumbre esperaba:
-Compañeros, esta concentración popular me da el respaldo y la contestación a cuanto dije esta mañana…
Aceptaba el duro desafío que le planteaba la conducción de un país atravesado por la violencia política.
Pero la voz de Perón no era la misma de aquellos discursos de otras épocas. Por momentos sonaba muy débil, quebradiza.
Perón estaba enfermo. Ese día la temperatura era muy baja. Tenía puesto un abrigo -errónamente se creyó que era un sobretodo- mientras que su esposa se cubría con un tapado de piel.
Perón tenía que cuidarse. Pocos días antes, el 6 de junio, y en contra de la opinión de sus médicos, había ido a Paraguay en visita oficial. Y allí tomó frío, mucho frío. Incluso soportó una pertinaz llovizna, en un prolongado acto protocolar.
Por eso estaba enfundado en esa prenda que forma parte de la iconografía de nuestra historia política.
El abrigo cruzado, de pata de gallo -"pied de poule"- con dos filas de botones. Y las solapas de terciopelo negro. Nunca lo había usado en público. Era nuevo. Pero una foto de marzo de 1972 lo muestra usando la misma prenda:
Marzo de 1972, Perón usa una prensa muy similar a la que llevó en su último discurso: un abrigo con solapa de terciopelo
Esta otra imagen refleja el momento en que Juan Domingo Perón recibe a su esposa en el aeropuerto de Madrid, cuando Isabel regresaba de un viaje de casi cuatro meses a la Argentina, adonde había llegado en diciembre de 1971.
El mismo modelo: cruzado, pata de gallo, dos filas de botones. Y las solapas de terciopelo negro, con un vivo en el borde.
Claramente, las dos fotos registran momentos diferentes. En una, Isabel tiene el pelo recogido y una polera negra debajo del tapado. En la otra, usa el cabello largo y suelto. Y tiene una camisa clara.
El abrigo de Perón parece el mismo. Pero no lo es.
El local de Lavalle 641, en pleno microcentro porteño, era un santuario de la moda masculina. Allí estaba "González", la sastrería que había impuesto el slogan "¿Viste los trajes de González?", utilizando la doble interpretación de la frase, por ver y por vestir.
Empresarios, artistas, deportistas, todas las celebridades de la época eran clientes de González. También los políticos. Entre ellos, el presidente de la Cámara de Diputados Raúl Lastiri. Recordemos: entre julio y octubre de 1973 fue Presidente de la Nación, luego de la renuncia del presidente Cámpora y el vice Solano Lima y el apresurado viaje al exterior del sucesor natural Alejandro Díaz Bialet, que era Vicepresidente del Senado.
Raúl Lastiri y Norma López Rega en la intimidad de su casa en una nota de la revista Gente, donde el político mostró su colección de corbatas (Eduardo Forte)
Un reportaje del cronista Alfredo Serra y el fotógrafo Eduardo Forte, en la revista Gente, mostró a Lastiri una vez en la intimidad de su departamento, exhibiendo su colección de cientos de corbatas. En esa nota aparecía junto a su esposa Norma Beatriz, que era hija de José López Rega, aquel secretario personal de Juan Domingo Perón que tanta influencia tuvo en una época
de la Argentina.
En el marco de esa relación política y familiar, Lastiri conoció la novedad:
-El General necesita hacerse ropa…
Y no dudó en recomendar el lugar en el que él mismo compraba sus trajes, sus camisas. Y sus corbatas.
Una tarde, una persona vestida de civil llegó a Lavalle 641, y se presentó ante el gerente comercial, "El Gallego" Iglesias:
-Soy el oficial (…) de la Casa Militar de la Presidencia. Quiero ver al señor González.
Rubén González, "Coco", no estaba. Habitualmente trabajaba en la sede de Pueyrredón 1914, casi esquina Peña, donde además de un local de venta estaban los talleres en los que se confeccionaba toda la ropa. Rápidamente, Iglesias tomó el teléfono y marcó 80-9311, el directo de Coco. Y le dijo:
-Aquí hay un señor de la Presidencia, quiere hablar con vos, te paso…
El diálogo fue breve:
– Señor González, el general Perón necesita dos abrigos y algunos trajes… Precisamos ver algunos paños, para que él elija…
Al día siguiente, Coco estuvo en Lavalle para recibir personalmente al funcionario. Se habló de la condiciones:
-Usted va a cobrar una parte por adelantado, no va a haber ningún problema con el dinero. Necesito que usted mismo esté presente en el momento de tomar las medidas.
Y agregó:
-Lo llamo más tarde para confirmarle el día que tienen que ir a la Casa de Gobierno.
Por estrictas razones de seguridad, Coco González mantuvo en secreto el compromiso que había asumido. ¡Hacerle trajes a Perón! No lo comentó con nadie, ni siquiera con su familia. Pero sí lo hizo con su inseparable colaborador, el "Tano" Pugliese, el sastre principal de la empresa:
-Che Tano, preparate… Tenemos que ir a la Casa de Gobierno, hay que tomarle las medidas a Perón porque necesita unos trajes y unos abrigos…
Isabelita, Perón y José López Rega
Al día siguiente, Coco recibió en su teléfono personal el llamado de la Presidencia:
-Señor González, esta tarde tiene que venir con el sastre para tomar las medidas del General… Traiga las telas.
Coco fue al local de Lavalle, tomó las pequeñas carpetas con las muestras de casi 40 paños, y junto con Iglesias y Pugliese caminaron hasta la Casa de Gobierno.
Cuando los recibieron, entraron a una salita. Había una mesa, sobre la cual Coco extendió todas las telas.
-Vea González, lo urgente es un traje y un abrigo. El general trajo una tela de España para uno de los abrigos…
Y le mostró un pied de poule, con la clásica trama jaspeada.
-¿Y cuando podremos venir a hacer las pruebas?…
-No González, pruebas no va a haber, el General no tiene tiempo…
En la confección de ropa a medida las pruebas son un paso ineludible, un requisito elemental. Y justo en este compromiso tan riesgoso, trajes y abrigos para Perón, era imposible hacerlas. O sea, iban a tomar las medidas y luego, sin posibilidad de ajuste, las tenían que entregar.
¡Y nada menos que para ese personaje central de la historia argentina, que había regresado al país para ser presidente por tercera vez! El Presidente, ese hombre que entró a la sala en ese momento.
Coco González, el dueño de la sastrería no era peronista. Pero cuando conoció a Perón quedó encantado. Sonriente, entrador, el Presidente le cayó simpatiquísimo
Coco González no era peronista, nunca lo había sido. Su infancia y adolescencia habían transcurrido en la década del 50, cuando la demagogia, la censura y el culto a la personalidad oscurecían los indudables logros del peronismo en materia social.
No, no simpatizaba con ese hombre que -en el acto- le cayó simpático.
Sonriente, cordial, entrador, Perón saludó a los visitantes y al estrecharle la mano, Coco le dijo:
-Señor Presidente, mucho gusto, acá tiene las telas para elegir…
Perón miró todo, hizo un par de comentarios, eligió cinco o seis y se dispuso a que le tomaran las medidas. Lo habitual: pecho, largo de tiro, hombros y manga para el saco. Cintura, largo externo y tiro para el pantalón.
Cuando llegó el momento de tomar las medidas para el abrigo, Pugliese extendió el metro bien por debajo de la rodilla del Presidente, quien le dijo:
-Maestro ¿los dos abrigos van a ser largos? Mire que uno lo quiero tipo gabán… Y con las solapas de terciopelo oscuro… Con un borde, cómo lo llaman ustedes… Eso, envivado… Para tener más pinta…
Era el Perón canchero, comprador, el de siempre. Pero no era el de siempre. Coco lo notó caído, débil. Caminaba despacio, se agitaba. Tenía aspecto de enfermo.
Sin embargo, mantenía su cordialidad para tratar a todo el mundo:
-¿Listo, terminamos, me puedo ir tranquilo? Bueno, que quede lindo… Arreglen todo con los muchachos…
Los saludó afectuosamente y se fue, rumbo a su despacho, acompañado de los custodios.
Perón e Isabelita. Al general le gustaba la buena ropa: lo primero que pidió fue un gabán y un traje azul a medida
González, Iglesias y el Tano Pugliese se quedaron solos unos minutos. Al rato volvió el funcionario de la Casa Militar:
-Bueno, señor González, el general para empezar quiere el gabán con la tela que él trajo de España y un traje azul… Es urgente… ¿En tres días están?
Coco pensó que se moría. ¡Tres días! Y además sin la posibilidad de la prueba… Imposible, ni siquiera trabajando día y noche.
Finalmente, quedaron que a los cinco días iban a llevar el gabán jaspeado y el traje azul a la Casa Rosada. El resto de lo ropa se iba a entregar en los días siguientes.
-En cuanto al precio, no discutimos porque esto es para el General… Ahora mismo ustedes se van a llevar un adelanto.
Se trabajó febrilmente. Tuvieron que participar de la confección varios empleados, pese a que precisamente en ese momento un durísimo reclamo sindical afectaba a la Sastrería González. Uno de los gremios tenía una actitud duramente confrontativa, situación que nacía con el despido de un activista que cobró 150.000 dólares de despido
Pero había que entregar el traje y el abrigo para Perón. A los tres días, las dos fundas fueron entregadas en la Casa de Gobierno. En total, la compra fue de $ 500.000.
“Quiero hacer llegar a todo el pueblo de la República nuestro deseo de seguir trabajando para reconstruir nuestro país y para liberarlo. Estas consignas, que más que mías son del pueblo argentino, las defenderemos hasta el último aliento”, dijo desde el balcón
Cuando llegó el 12 de junio de 1974, Buenos Aires estaba helada. Perón había hablado a la mañana, por la cadena nacional, marcando su fatiga ante las dificultades que se le presentaban para lograr la concordia nacional:
-Ya pasaron los días de exclamar -¡¡¡la vida por Perón!!- vivimos momentos en que es indispensable demostrar en hechos sinceros y fehacientes, que estamos dispuestos a servir al objetivo común de todos los argentinos, realizado en paz con un trabajo honrado y permanente, a la vez que neutralizando la acción de los enemigos de la Patria, de afuera o de adentro, empeñados en impedir su reconstrucción y su liberación…
Horas antes se había reunido con Ricardo Balbín, el máximo dirigente del partido radical, que había sido su más enconado enemigo político. Ahora, Perón se confesaba ante él:
-Balbín, me muero…
En esas horas, Gustavo Caraballo, que era Secretario Legal y Técnico, le proponía al Presidente cambiar la Ley de Acefalía y nombrar ministro de Interior a Balbín, para que pudiera quedar como presidente en caso de fallecer Perón. Pero la resistencia del sector de López Rega lo impidió.
Perón terminó su discurso del mediodía y pronto percibió que tendría que volver a hablar, esta vez desde el balcón y ante la multitud que empezaba a llenar la Plaza de Mayo. Un rato después, abrigado con el flamante gabán de pata de gallo que le habían hecho los sastres de González, ese de las solapas oscuras, decía el que habría de ser el último discurso de su vida:
-Quiero hacer llegar a todo el pueblo de la República nuestro deseo de seguir trabajando para reconstruir nuestro país y para liberarlo. Estas consignas, que más que mías son del pueblo argentino, las defenderemos hasta el último aliento.
La enorme dimensión de los hechos históricos y la relevancia de sus protagonistas empequeñecen absolutamente la mínima historia de una prenda de vestir. El gabán que usó Perón el 12 de junio de 1974, 19 días antes de su muerte, es apenas un detalle. Y su origen alcanza la modesta jerarquía de una anécdota.
Pero de todos modos resulta interesante comprobar, en la iconografía de Perón, que las solapas estaban presentes desde sus primeros atuendos de soldado:
Juan Domingo Perón con su uniforme de la Escuela Militar
Las solapas que le gustaron toda su vida
No sabemos si el gabán del balcón ha quedado guardado en el guardarropa de algún coleccionista o en un museo. Más aún, desconocemos si aquel otro gabán idéntico, que fue modelo del posterior, quedó en España. O si dañado por el uso, apenas sirvió como referencia a través de esa misma fotografía del beso de Perón e Isabel en el aeropuerto de Madrid, en marzo de 1972.
No es improbable que alguna vez aparezca alguno de los gabanes de Perón. O los dos, vaya uno a saber.
Uno de los dos se hizo en tres días, en una sastrería de Buenos Aires.
Heródoto dijo que "el pasado está en el futuro". Algo sabía de historia
J. L. 

lunes, 13 de marzo de 2017

¿SÓLO PASADO? ANECDOTARIO


Era un amigo de la familia, de esos que con el tiempo pasan a ser un pariente más. Los más chicos lo adorábamos; los adultos lo invitaban a cuanta comida o asado se organizaba; y ahí llegaba él, botella de vino bajo el brazo, salidas divertidas y la palabra fácil de los que no conciben comenzar el día sin un café y el diario leído de principio a fin. Buen tipo, informado, inteligente, afable. Sin embargo, pensaba cada cosa.
Como aquella vez cuando todos se pusieron a hablar sobre el desempleo en Europa, y qué tristeza, y pobres los primos de España, con tanto joven en el paro. Entonces él lanzó la frase, su gran teoría sobre los padecimientos económicos del mundo. "El problema empezó con la Segunda Guerra Mundial -comenzó, solemne, ingenuamente orgulloso-. Como los hombres estaban en el frente, muchas mujeres entraron al mercado laboral. Pero no se fueron más, y por eso faltan puestos de trabajo. El desempleo se va a terminar cuando las mujeres regresen a casa."



No hablaba en broma. Se lo veía satisfecho, convencido de su sagacidad, seguro de estar viendo algo que al resto se le escapaba. En una familia en la que prevalecían las amas de casa, el comentario circuló, liviano, entre el tintineo de los cubitos de hielo, el aplauso para el asador, la siguiente ocurrencia de otro comensal.
Yo era chica y dudo que por esa época la palabra "machismo" integrara mi repertorio. Sólo recuerdo la sensación de repentino cortocircuito. Allí estaba esa suerte de tío postizo, imbuido de autoridad, diciendo algo que -herejía de las herejías- me sonaba a tremenda pavada. Y la consternación, la pregunta que asomaba pero no me animaba a formular: él me quería y quería a sus hijas; estaba descartado que todas íbamos a estudiar... ¿cómo encajaba eso con lo que acababa de decir? ¿Realmente creía -seguía preguntándome, algo mayor- que cuando una mujer ocupa un puesto laboral lo hace a costa de un hombre?
Pasó el tiempo y muchos de los que poblaban aquellas estruendosas mesas dejaron de estar, incluido el promotor del glorioso retorno de las mujeres a las cuatro paredes del hogar.
 Lo recordé hace unos días, no tanto por su fallida teoría económica, sino por el estupor incrédulo que me había provocado. Una sensación que reencontré en mi hijo cuando me escuchó hablar de Talentos ocultos, la película que recrea la historia de tres matemáticas afroamericanas (Katherine G. Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson) que, a comienzos de los años 60 y en un país acuciado por la segregación racial, ayudaron a impulsar la carrera espacial.
"¿De verdad los negros no podían usar los mismos baños que los blancos?", me preguntaba, con cara de "no puede ser". Y yo que sí, que ocurría eso. Ni los mismos baños ni los mismos lugares en un ómnibus. "Y había muchas cosas que ellas no podían hacer, no sólo por ser negras, sino por ser mujeres." Entonces él, alumno de una escuela donde -literalmente- crecen juntos chicos de todos los colores, orígenes y composiciones familiares, hijo que no conoce otro estilo de maternidad que el de la madre que trabaja, en el colmo de la sorpresa abrió enormes los ojos y preguntó: "¿Por qué?".



Houston, por dónde empiezo. Cobarde de mí, preferí contarle un pasaje de la película, cuando a Katherine le niegan el acceso a una reunión diciéndole que "no es protocolo que una mujer asista" a determinados espacios de poder, y ella responde: "No es protocolo que un hombre dé vueltas alrededor de la Tierra". Mi hijo rio, encantado por la réplica, y no preguntó más. Quizá ni hiciera falta.
"Hagan una matemática que no existe", les pedía la NASA a quienes tenían que calcular lo que nunca nadie había calculado, para llegar donde nadie había pisado. Se me ocurre que en eso andamos las mujeres: avanzando hacia un mundo que aún no existe, pero cuyas formas ya se intuyen. Y que -necesariamente- nos implica a todos.
D. F. I.

jueves, 23 de febrero de 2017

ANECDOTARIO; NORMA ALEANDRO


Fue su muñeco preferido de niña, después lo perdió y muchos años más tarde lo reencontró para recordar que los milagros existen


Norma Aleandro conoció el amor a primera vista a los 5 años. Llegó en una caja de madera que sus padres, actores siempre de gira, enviaron al departamento de Cangallo y Callao en el que ella vivía con su hermana y su abuela. Amaban esos regalos que el correo traía desde lugares distantes. Esta vez, las chicas se deslumbraron con unas réplicas de los Siete Enanitos hechas de material, muy bien pintadas, que desde ese día incluyeron en sus juegos. Faltaba Blancanieves, pero Norma no la echaba de menos. Tenía su preferido, Picardía. Era el más chiquito de todos y no se separaba de él. Le había robado el corazón con el arma infalible de los torpes y los desaliñados. "La ropa le bailaba -dice Norma-. Como a mí. Mi abuela me la compraba grande y la ajustaba, para que durara más. Y rellenaba mis zapatos con algodón. De ahí mi compasión por Picardía."



Es difícil crecer a la par. Cuando Norma se asomó a las promesas de la adolescencia, Picardía, tras años de juegos y correrías, fue a dar al fondo de un placard. Un día, a los 12, Norma fue a buscarlo y no lo encontró. Rompió a llorar cuando su abuela le explicó que lo había regalado, junto a otros juguetes, a los hijos de la señora que lavaba la ropa. No alcanzaron consuelos ni razones: ella era grande ya, sí, pero quería a Picardía. "Es verdad, no jugaba más con él. Pero yo sabía que estaba ahí. No podía aceptar la idea de no verlo más."

Todo desgarro deja un hueco que la vida llena. El de Norma se llenó de lecturas y de un amor a la actuación que la llevaría a brillar en los escenarios, el cine y la televisión. De la vida de Picardía no tenemos noticias. Acaso anduvo por caminos perdidos, en otras manos, rodando el mundo.
Sabemos en cambio que, a los 28, Norma estaba por hacer Don Gil de las calzas verdes, de Tirso de Molina, junto con José María Vilches en el Museo Larreta. El director, Manuel Benítez Sánchez Cortés, español, buscaba música para la obra, y su primera actriz lo acompañó a recorrer disquerías. Llegaron a una de la calle Santa Fe y allí, desde la vidriera donde se exponían los discos infantiles, les sonrió Picardía. Inconfundible, con sus orejas grandes y su mirada compradora, tenía las marcas que Norma le había hecho de chica de tanto lavarlo y la muesca en la base. Tanta vehemencia puso ella en recuperar lo que era suyo que el vendedor, azorado, buscó al gerente. Y el gerente llamó al vidrierista, que llegó al rato y sorprendió a todos: no recordaba haberlo puesto allí.



"Siempre había creído en los milagros, pero esta era la primera vez que me ocurría uno a mí", dice Norma. Fue recuperar su infancia. Y a su abuela Pepita, su ángel guardián, a quien la unía su devoción por la lectura y una simetría curiosa. Pepita había aprendido a leer a los 20, en Madrid, hurgando a escondidas en la biblioteca de Francisco Pi y Margall, en cuya casa era cocinera. Un día el político y filósofo español la descubrió y a partir de allí la ayudó en su empeño. Décadas después, una Norma adolescente leía libros a hurtadillas en Clásica y Moderna. Francisco Poblet, fundador de la librería, se conmovió con esa colegiala que visitaba el lugar casi a diario. Le dio un sillón para que leyera sin apuro y la guió en el mundo de los libros.
Hoy Picardía descansa sobre un estante de la amplia biblioteca de Norma, tras acompañar a la actriz en todos sus viajes. En el teatro, la esperaba en el tocador. Por las noches, dormía sobre la mesa de luz. Ese atorrante con cara de niño prueba para ella que la vida es una maravillosa obra abierta: no hay guión ni ensayo, no se sabe qué le va a pasar al personaje, pero siempre puede ocurrir el milagro. "Éste para mí no es un muñequito", dice Norma. "Es. Picardía". Y le declara su amor incondicional: "No lo quiero por bello, sino porque lo quiero."

H. M. G.