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lunes, 7 de mayo de 2018

BULLYING...MENOS PALABRAS, MÁS ACCIONES


El exitoso método finlandés contra el bullying: cambiar la actitud de los espectadores
Los alumnos del colegio Michael Ham, en jornada KiVa
Los alumnos del colegio Michael Ham, en jornada KiVa
La obligaban a comer pasto porque decían que era una vaca. Calentaban una lapicera en la estufa y se la clavaban en la espalda. Un lunes por la mañana, la rodearon en la clase de matemática y le tiraron la carpeta al piso. Uno de sus compañeros, de 12 años, lanzó una patada voladora y ella atinó a cubrirse la cara, pero terminó con cuatro dedos rotos. Todo sucedió delante del maestro, que no hizo nada y por eso fue desplazado del cargo, aunque la madre de la víctima ya la había cambiado de colegio.
El episodio ocurrió el año pasado en la Escuela Media 17, en Bahía Blanca, y la historia trascendió por su extrema crueldad. Pero no es un caso aislado. Seis de cada diez chicos en edad escolar dijeron haber presenciado casos de humillación entre pares, discriminación y violencia. Son los únicos datos oficiales disponibles que surgen de la evaluación Aprender 2017, y que ponen en evidencia un problema que no da tregua en las aulas argentinas.
Se conmemoró el Día Mundial Mundial contra el Bullying, y las escuelas de distintos países se cuestionan cómo abordar el conflicto. Algunas optaron por métodos sistemáticos, como en Finlandia. En Barcelona, hay instituciones con proyectos que se enfocan más en lo preventivo para evitar que se consoliden las relaciones de acoso. En Chile, un proyecto impulsa una fórmula ad hoc para cada escuela en particular, que se centra en la elección de un grupo de alumnos como líderes de convivencia. Y en algunos de los estados más importantes de Estados Unidos, como Nueva York, reconocen que el tema es tan complejo que no hay fórmulas mágicas que lo resuelvan.
Rechazados, acosados o excluidos. La tortura suele adoptar distintas formas, pero es reiterada, abusiva y constante. A veces se enmascara como dinámicas propias que se construyen dentro de un grupo, como algo intrínsico de la vida dentro del aula. Fuera del ámbito escolar, el hostigamiento hoy se dilata de manera virtual en las redes: el ciberbullying.
En los últimos cinco años, varios países sancionaron leyes específicas con respecto al tema, que incitan a los maestros a denunciar pero que por sí solas poco hicieron para cambiar la manera en que se enfrenta el problema.
Es Finlandia uno de los países que más investigó sobre el tema, tarea que asumieron expertos de la Universidad de Turku hace más de una década, cuando crearon el método KiVa, un programa sistemático que aborda el acoso como fenómeno grupal, y que en lugar de centrar su mirada en el acosador y la víctima, hace foco en los llamados bystanders, que son los espectadores pasivos. De acuerdo con la experiencia de Tiina Makela, coordinadora del método para América Latina, el acoso es la estrategia por la que un individuo pretende demostrar una posición de mayor fuerza en un grupo de iguales. Y sin público "en las gradas" no hay bullying.
Luego de unos años de haberse implementado el método KiVa en el país báltico, se hizo un estudio en 234 instituciones educativas y 30.000 estudiantes, de entre 7 y 15 años, y los resultados constataron que los casos de bullying habían desaparecido en casi un 80% de las escuelas. La contundencia del programa finlandés impulsó su incorporación en más de 20 países, incluido la Argentina, donde un total de diez instituciones, todas privadas por el momento, compraron la licencia.
El bilingüe Michael Ham fue el pionero: lo instrumentó en sus dos sedes, de Vicente López y Nordelta. Y hace pocas semanas, la vicedirectora académica, Mariana Gallagher, recibió desde Finlandia los resultados de su primera evaluación, con una disminución del 3% en alumnos que sienten que fueron víctimas, y de 2,5% en alumnos que reconocen haber sido acosadores.


Testigos como protagonistas
¿Puede un método enlatado funcionar en diferentes escuelas alrededor del mundo? KiVa tiene acciones universales, que son de prevención, y focalizadas, de intervención. Todas están detalladas en un manual que la escuela debe poner en práctica. Hay lecciones, ejercicios, juegos y trabajos en grupo. Hay maestros en los recreos que están con un chaleco refractario y la leyenda KiVa en la espalda, como para que nadie olvide que el programa está presente en la escuela. Pero las acciones focalizadas, dicen, son las que hacen la diferencia. ¿Por qué? Según los expertos, y a contramano de otros métodos que se centran en la víctima y el acosador, KiVa intenta cambiar las normas que rigen al grupo.
"Llevamos por herencia la idea de que ser buchón está mal -apunta Gallagher-. Era algo que la entrenadora finlandesa no lograba comprender bien, y con su orientación incluimos el tema en el programa. El buchón busca el mal del otro, exponerlo frente a los demás para dejar al descubierto un error, una falta. 'Ella no hizo la tarea'; 'trajo medias celestes y no se puede'. Pero contar que una compañera le saca la silla a otra, le esconde la vianda o le tira la mochila a la basura es una forma de pedir ayuda, de ser parte de una solución".
Dentro del grupo, esos chicos que no son los acosadores pero sí testigos son para KiVa la clave del cambio. "Si se reían y dejan de hacerlo, ya es un paso. A ellos se los convoca cuando hay un conflicto, se los motiva para cambiar de actitud, y son ellos los que proponen soluciones posibles", agrega Gallagher.
En abril del año pasado, cuando aún estaba a cargo del Ministerio de Educación de la Nación, Esteban Bullrich viajó a Finlandia para reunirse con los creadores de KiVa, y de ese encuentro surgió la posibilidad de la implementación del programa por un período de tres años, con un muestreo de 400 escuelas públicas. Finalmente, la intención no prosperó, y según señala Cristina Lovari, coordinadora de Educación Inclusiva, "fueron reuniones muy positivas, que abrieron nuevas formas de pensar".
¿Cuáles son las herramientas con las que hoy cuentan las escuelas públicas argentinas? En 2013 se promulgó la ley para la Promoción de la Convivencia Escolar, y a partir de allí se desarrollaron algunos programas, como la Guía Federal de Orientación para los docentes y la línea 0800 Convivencia, donde el año pasado se recibieron 300 llamadas en que se denunciaba una situación conflictiva. Pese a todo, los maestros en las aulas reconocen que muchas veces no saben cómo actuar. "La formación docente es prioritaria, y a veces es difícil conjugar el desencuentro entre los tiempos del sistema educativo y la necesidad de los chicos", confiesa Lovari.
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La receta chilena y el proyecto catalán
Andrea Henríquez es uno de los rostros más visibles en Chile de la lucha contra el bullying, en un país que acumula más de 4000 denuncias al año y que tiene una ley, desde 2011, que rige el actuar de las escuelas. "Hemos avanzado, pero aún falta", dice Henríquez, una joven de 20 años, estudiante de Ciencias Políticas y directora de la fundación Volando en V, que hoy está presente en 15 escuelas chilenas y este año pretende sumar ocho más.
Cuando tenía once años, Henríquez y su familia se trasladaron a Ecuador, y en su nueva escuela comenzó a sufrir acoso. Primero se expresó en forma de apodos como "muñeca de plástico"; luego con canciones que la ridiculizaban delante de sus compañeros y, más tarde, con el hostigamiento en las redes. Era adolescente cuando llegó la gota que la desbordó: un día, más de 30 chicas aparecieron usando remeras estampadas con insultos dedicados a ella. "Ese día nadie quedó indiferente. Las alumnas más grandes intervinieron y luego se sumaron los profesores, los padres y alumnos de otros grados. Fue una bomba que explotó", recuerda.
Así nació Volando en V, que imparte programas de liderazgo en las escuelas con la finalidad de promover la convivencia positiva desde los alumnos mayores. ¿Cómo? "La escuela elige a diez alumnos, entre segundo y cuarto año, de entre 15 a 17 años, con un perfil sugerido. Después los capacitamos para que sean protagonistas del cambio y realicen intervenciones que sensibilicen, enseñen valores de convivencia a otros alumnos y se hagan cargo del tema del acoso escolar. Esto funciona a través de juegos, charlas, actividades en las aulas y también los recreos", explica.
El programa Volando en V, en Chile
El programa Volando en V, en Chile
Jordi Musons es el director de la escola Sadako, en Cataluña, una de las comunidades que en España marchan al frente en la cantidad de casos de acoso escolar, junto con Madrid, Murcia y Andalucía, según datos de la ONG Bullying sin Fronteras. "En las aulas es habitual normalizar situaciones de rechazo o de acoso de bajo nivel, que se aceptan como propias de las dinámicas de grupo", responde Musons, que como director de la escuela es el responsable también del proyecto Somrius, que no se basa en una estrategia sistemática sino que se asienta en varias líneas de trabajo.
Una de las más sobresalientes se denomina Acompáñame, donde todos los alumnos del centro son padrinos o ahijados de otros alumnos, o las dos cosas a la vez. "También resultaba prioritario desterrar el término "chivato" [buchón] -coincide Musons-, para lo cual los alumnos crearon la palabra samagama, que implica ser un cómplice positivo".
La excelencia y la crueldad
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Las leyes sancionadas en países como Japón o Corea del Sur, en 2013, han incitado a los maestros a denunciar. Los casos reportados aumentaron dramáticamente, pero las autoridades reconocen que eso poco ayudó en la manera en que se enfrenta el problema. Según Kanae Doi, directora en Tokyo de Human Rights Watch (HRW), los maestros rara vez ayudan. "Son famosos por sus destrezas pedagógicas, especialmente en matemática, pero no se comprometen en estos asuntos".
Algo similar ocurría en Corea del Sur, donde según datos oficiales, el 52% de los estudiantes dijo haber sido testigo de casos de intimidación y acoso en la escuela, sin poder haber hecho nada al respecto. Por eso, hace dos años, la agencia de publicidad Cheil Worldwide junto con el Municipio de Seúl idearon una innovadora campaña: Friend Name Tag, algo así como un llamador de amigos, donde cada estudiante lleva una chapa prendida en la solapa con su nombre y el de un compañero de clase. Las chapas tienen en su interior un chip, que está conectado vía wifi con un sistema de alarma que reciben los profesores en sus dispositivos móviles, todo en el preciso momento en el que en un estudiante presiona el botón que lleva la chapa ante una situación de acoso
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Sin recetas mágicas
A pesar de los millones de dólares que entidades tanto privadas como públicas están dedicando a la prevención del bullying, en la mayor parte de las escuelas más famosas de Nueva York, se discontinuó la aplicación de cualquier fórmula mágica, o más bien de cualquier fórmula en general. La teoría es que dichas fórmulas funcionan para sociedades determinadas. Distintos profesores de estos colegios explicaronque los chicos hoy, desde pequeños, saben las respuestas que se esperan de ellos como "socialmente aceptables respecto al bullying", pero eso no implica que luego actúen acorde.
Es lo mismo que cuando los varones de preescolar dicen "sí, sabemos que el rosa también es para nosotros, pero mejor dame el azul", ejemplificaron. La única clave que los educadores ven que funciona es que en los colegios se analicen los casos cuando ocurren, en vez de las generalidades. Hacer una unidad sobre bullying y pasar al tema siguiente consideran que no sirve para nada. En el sitio oficial stopbullying.gov, hay un llamado a la transparencia en el que se admite que no se avanzó de manera certera. "Muchos programas han sido testeados en escuelas con resultados modestos. Otros no han logrado marcar una diferencia. Los investigadores todavía están tratando de encontrar la solución a un problema tan complejo".
Sucede en Nueva York, Barcelona, Quito o Bahía Blanca, donde la madre de la alumna a la que sus compañeros le hacían comer pasto confiesa que volver a clase no fue fácil para su hija. Sigue sin poder dormir, está irritable y a veces come compulsivamente. Se recuperó de la lesión en la mano, pero los rastros en su memoria perduran imborrables.
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Para más información:
Sobre ciberbullying: Argentina Cibersegura
Sobre bullying: Si no hacés nada, sos parte
Informes de Víctor García y Juana Libedinsky
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Un problema que afecta el aprendizaje y aún sigue invisibilizado
Las cifras son alarmantes. Es el síntoma de un tejido social dañado, y la complejidad y profundidad del fenómeno no admite que podamos evadir nuestra responsabilidad. Nos interpela. La ausencia de reglamentación de la ley debullying la convierte en un papel sin valor. Este vacío repercute en la falta de cifras oficiales y, como consecuencia, la problemática permanece invisible.
Recopilar información es el primer paso para sustentar el desarrollo de políticas públicas y criterios unánimes de respuestas. No es posible seguir pensando que se trata de una fuerza extraña que irrumpe desde afuera y que podemos emparchar con algún producto.
No son casos aislados. Puede ser cualquiera que opine en una red social o que cuelgue una foto. Puede causar daños con secuelas permanentes o incluso llevarse vidas. La catarata de insultos y el hostigamiento suelen escalar sin freno. No hay instrumentos válidos que nos puedan explicar cómo actuar, qué hacer o a quién recurrir.
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El problema excede las soluciones de programas antibullying importados de países como Finlandia. Aunque estos resultan interesantes por ser sistemáticos, parte de su éxito en su país de origen se basa en la previa existencia de una ley de bullying.
Por otro lado, el costo de la licencia, su disponibilidad en inglés y la ausencia de validación de su metodología en nuestro país nos hace cuestionar si como solución resulta parcial. En la Argentina el problema es estructural. Hace síntoma en las escuelas, donde dificulta la motivación, alienta el ausentismo y perjudica el aprendizaje. Hemos creado un modelo que se basa más en la competencia que en la cooperación, más en el tener que en el ser, más en el consumo que en la creatividad.
Diversas variables históricas llevaron al sistema educativo a educar para la homogeneización con acento en la vieja dicotomía entre lo académico y lo emocional. Son muchos los frentes que requieren atención para lograr un cambio de paradigma. Un abordaje integral y una implicación de todos.
La educación tiene el poder de mediar para integrar lo que hemos proyectado si no queremos repetir el circuito de exclusión propio del bullying o, lo que es lo mismo, la proyección de las diferencias. Los significados ya no pueden ser monolíticos. Deben trascender las contradicciones.
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La autora es psicóloga y especialista en bullying
Ximena Tobías

viernes, 16 de marzo de 2018

BULLYING


Bullying cada vez más precoz

Es primordial el rol de padres y docentes en la corrección de los hostigamientos infantiles, para ayudar a superarlos y promover los buenos vínculos
Ilustración de Frato, extraída de su libro 40 años con ojos de niño, de Editorial Losada
Una palabra del idioma inglés ha tomado vigencia en nuestra lengua. Se trata debullying, que hace referencia a conductas de hostigamiento que se observan cada vez más tempranamente en el comportamiento infantil, particularmente en el ámbito escolar.
Esas conductas vienen siendo observadas desde hace años, en el período que media entre el final de la infancia y el comienzo de la adolescencia -entre los 11 y los 13 años, aproximadamente- aunque, en la actualidad, hay sobrados testimonios de que se manifiestan incluso antes. En ese sentido se ha expresado la directora de la Comunidad Anti Bullying de la Argentina, Paola Zabala, quien hizo referencia a casos de alumnos del nivel primario, de 8 y 9 años. No hay todavía estadísticas al respecto, pero se menciona como un antecedente por tener en cuenta la etapa en la que los alumnos empiezan a comprender la mirada de los otros y del lugar que ocupan en los grupos de compañeros.
La psicóloga y directora de la Organización Equipo Anti Bullying, Lucrecia Morgan, ha indicado que el hostigamiento requiere una cierta dinámica grupal, que se empieza a observar a partir del tercer grado escolar. Si eso ocurre, "si aparece una dinámica disfuncional con patrones de relación agresiva", se hace factible la aparición de situaciones de acoso.
Un concepto adicional expuesto por la especialista Pilar Cangueira se refiere a los años iniciales de la escuela, cuando los compañeros de estudios se influyen recíprocamente, tanto en el comportamiento social como en el aprendizaje. La experiencia de esos vínculos origina conductas. Si la relación entre compañeros fracasa, la respuesta suele ser el acoso, comportamiento que se vale muchas veces del empleo de la violencia.
El bullying es, pues, una conducta de hostigamiento físico o psíquico originada por un chico o un grupo contra otro que no encuentra cómo salir de una situación que siente adversa. Conviene señalar que no toda relación que se da entre chicos y que desemboca en formas de agresión, ya sea verbal o física, es bullying. Para serlo, debe tener persistencia en el tiempo, intención de dañar a quien la padece y apoyarse en un poder desigual. Cabe agregar que puede sumarse la influencia de un adulto y, en la actualidad, de las redes sociales.
El dinamismo de las motivaciones en los grupos infantiles responde principalmente a necesidades de compañía y de juego, deseos de hacerse conocer o encontrar respuesta afectiva.
Cabe preguntarse si en la edad del jardín de infantes se llegan a constituir realmente grupos porque entre los menores de cinco años no se crean las condiciones suficientes para llegar a formarlos. Así lo señalaba Jean Piaget, gran estudioso de la infancia, aunque es una realidad que han transcurrido años desde que se formuló esa afirmación y que las conductas de los chicos han ido modificándose.
En descripciones actuales se ha señalado que a los tres años los chicos necesitan del adulto para asociarse y jugar. Por eso, el grupo de preescolares es todavía embrionario. Solo a partir de los cuatro años este empieza a consolidarse y el liderazgo lo asumen los más dinámicos y extrovertidos. Quienes no se integran suelen estar ligados a una excesiva dependencia familiar o a la percepción de una hostilidad latente.

Arístides Álvarez, director de una escuela de Rosario y titular de la asociación civil "Si nos reímos, nos reímos todos", afirma que "la escuela debe involucrarse para resolver los problemas que se producen entre los chicos".
Lo importante es la prevención de los conflictos, para lo cual directivos, docentes y también el personal de portería deben actuar antes de que se produzcan. Los chicos que sufren situaciones de bullying a menudo no lo dicen, aunque lo revelan con malhumor, bajo rendimiento y desgano, que muchas veces deriva en ausentismo. Cuando se perciben situaciones como esas el docente debe obrar sobre el grupo.
Otro aspecto del problema son los chicos que actúan como testigos indiferentes y que deben tomar conciencia de que esa actitud lleva a convertirlos en cómplices de quienes ejercen la violencia.
Es oportuno, por todo esto, reiterar el rol que les concierne a padres y docentes para corregir los hostigamientos infantiles, ayudar a superar los comportamientos agresivos y promover los buenos vínculos.

domingo, 4 de marzo de 2018

BULLYING; TEMA DE REFLEXIÓN



Ramiro tenía nueve años y estudiaba en una escuela pública de Merlo. Sus compañeros de tercer grado se burlaban de su aspecto físico y, con frecuencia, lo golpeaban. El caso, denunciado por los padres a las autoridades escolares, fue tratado con indiferencia. Hasta que un día, uno de los hostigadores lo empujó por las escaleras y la caída le provocó un traumatismo de cráneo. La solución a la que arribaron sus padres fue cambiarlo de escuela. No es la que recomiendan los expertos.
Su historia no solo demuestra el impacto del bullying, sino quetambién revela que el fenómeno empieza a detectarse a edades más tempranas.
Si bien en el país no hay estadísticas oficiales, los especialistas consultados  coinciden en que el bullying, en estos tiempos, puede comenzar a aparecer en tercer grado de la escuela primaria. "Es cierto que la mayoría de los casos se da entre los 11 y los 13 años, pero tenemos registros de hechos que ocurrieron en tercer grado e incluso más esporádicos entre chicos de primero y segundo", explica Paola Zabala, directora de la Comunidad Anti Bullying de la Argentina.
Pilar Cangueira, terapeuta especialista en vínculos infanto juveniles y con experiencia en gabinetes psicopedagógicos de varias instituciones porteñas, señala: "El bullying puede empezar de tercer grado en adelante, donde ya comienza a haber comprensión de la mirada del otro, de mi propia imagen, de mi lugar en el grupo. Para bien o para mal, se van armando los roles: el líder, el callado, el canchero".
Lucrecia Morgan, psicóloga y directora de la Organización Equipo Anti BullyingArgentina, suma su explicación: "Para el desarrollo del acoso, debe existir una dinámica de grupo, que empieza a vislumbrarse alrededor de los nueve años. Si ya aparece, aún en esa corta edad, una dinámica que es disfuncional, con patrones de relación agresiva, es muy posible que aparezcan situaciones de hostigamiento escolar".
Cangueira recurre a Erik Erikson, psicoanalista norteamericano experto en desarrollo psicosocial, para argumentar: "En los primeros años escolares, los compañeros empiezan a tener gran importancia en la vida social y el aprendizaje. Los estímulos, tanto positivos como negativos, influyen en su conducta. Si algo no funciona en esa relación de pares, el chico puede sentirse inseguro, y puede convertirse en un ser dominado o, por el contrario, mostrarse cruel y explotar a sus compañeros".
Zabala dice: "Para explicar porqué hay mayor cantidad de casos y se da esta dinámica del bullying desde edades más tempranas, es necesario saber que el acoso es un tipo de violencia aprendida. Los chicos son herederos culturales de una familia y de una sociedad donde los valores han cambiado: se premia la fama a costa de lo que sea y se naturaliza la violencia. Los chicos reproducen en el microcosmos de la escuela lo que aprenden afuera".
La definición clásica describe al bullying como una conducta de hostigamiento físico o psicológico producida por un chico o un grupo hacia otro, que no logra salir de la situación adversa por sus propios medios.
En una escuela privada de Barrio Norte a Marina, de siete años, unas compañeras de segundo grado le dijeron que no querían jugar con ella porque tenía "cara de mucama". El hecho repercutió fuerte en la institución, de modo que, luego de que las autoridades hablaron con las alumnas y sus padres, la situación no se repitió.
A pesar de la gravedad del caso y del daño psicológico que pudo producir, no cualquier acción violenta o insulto aislado producido entre compañeros de escuela puede considerarse bullying. "El acoso escolar tiene persistencia en el tiempo, intención de causar daño a la víctima elegida y encubre siempre un desbalance de poder", aclara Morgan.
Muchas veces, los insultos que suenan en la escuela o incluso las actitudes discriminatorias -"no quiero que juegues con ese chico", por ejemplo- son las que los chicos vivencian en sus casas, de boca de sus padres. "Los niños ven, los niños hacen", resume Zabala. "Es imposible que la violencia social no traspase los muros del colegio y llegue a las aulas", agrega Morgan.
Se suma en estos tiempos la nueva capacidad de daño que ofrecen las redes sociales. Zabala indica: "Con el ciberbullying el mundo virtual modificó el panorama. Antes, el que era víctima de acoso tenía un respiro cuando salía del colegio. Hoy, las redes son armas que lastiman a distancia y permanentemente". Los agravios y burlas continúan en los soportes de Internet, donde además se publican fotos o videos sin el consentimiento de la víctima, y siempre con el objeto de humillarlo.
Arístides Álvarez, director del Instituto Superior Zona Oeste de Rosario, y titular de la Asociación Civil Si nos reímos, nos reímos todos, señala: "La escuela debe involucrarse y comprometerse para resolver cualquier problema de este tipo que surja entre los chicos. Toda la institución debe estar atenta, los docentes, los directivos, los porteros. También es importante trabajar en la prevención, no una vez que el hecho ocurrió".
Pero el compromiso no aparece siempre: "A veces porque la escuela no quiere mala prensa, o porque no están las herramientas, o porque se supone que el problema excede el ámbito escolar, hay instituciones que prefieren no tratar el tema -dice Álvarez-, pero creo que hoy los docentes que se involucran son más que los que no lo hacen".

Señales
Como los chicos la mayoría de las veces sufren pero callan, los padres -y los docentes- deben estar alertas a signos que pueden evidenciar que su hijo es víctima de bullying. Morgan enumera estas señales: "Cambios de humor, irritabilidad, enojo, poco apetito, bajo rendimiento escolar, falta de ganas de hacer las actividades que siempre hacían". También puede aparecer lo que se llama la "angustia del domingo por la noche". Es decir, el malestar de tener que afrontar otra semana de clases, que produce, incluso, dolores físicos. El espanto ante el advenimiento de la jornada escolar puede ser tan grande que se llegó a dar el caso, en una escuela pública de Berazategui, de un alumno de sexto grado, que con tal de no asistir a clases a soportar las burlas de sus compañeros, llamó al establecimiento para decir que había una bomba.
Para desactivar el bullying, hay que actuar sobre el grupo. Ramiro, que fue arrojado por las escaleras en una escuela de Merlo y tuvo que cambiar de institución, se convirtió, en su nuevo destino educativo, en un acosador. "En estos casos, los roles son móviles -indica Zabala-, alguien que puede ser víctima en una escuela puede convertirse en acosador en otra. Por eso, el problema se tiene que tratar a nivel global. Padres y docentes deben comprometerse y entender que la violencia es una conducta aprendida y puede desaprenderse".
Otra pauta vital es poner el foco en los que asisten con indiferencia al fenómeno dentro de su propio círculo. Zabala concluye: "Hay que ayudar a nuestros chicos a correrse del lugar inmóvil del espectador cuando hay algún caso y es imperativo que entiendan que festejar, filmar, reírse o simplemente observar los convierte en cómplices".

G. W.


En los últimos años, varios países europeos documentaron que el bullying es un fenómeno que ocurre en el jardín de infantes. Sorprende que un chico de cuatro o cinco años lo ejerza. La neurociencia social, sin embargo, demostró que, a esa edad, los niños cuentan con habilidades sociales sofisticadas. Son capaces de comprender intenciones ajenas, colaborar con otros, engañar, convencer y hostigar.
La forma más común de bullying en preescolar es el aislamiento, el rechazo. Imaginemos un aula en la que 25 chicos comparten juegos, invitaciones y cumpleaños. Uno de ellos es rechazado. Una y otra vez. El fenómeno no termina allí. Entre los que rechazan sistemáticamente, existen dos o tres que lo hacen de manera explícita, en el contexto de cierto liderazgo: los victimarios. Otros 20 son testigos silenciosos. Les parece injusto lo que pasa, pero tienen miedo de actuar de manera diferente. El fenómeno está instalado.

¿El problema son los chicos? Definitivamente, no; somos los adultos. Todo país que logró reducir la prevalencia del bullying en las escuelas trabajó con los adultos involucrados (padres y docentes). Los educó sobre la base de conceptos vinculados a la responsabilidad social. El bullying es un acto de transgresión a normas tácitas de convivencia que hemos construido con esfuerzo y no ocurre en los contextos en los que los adultos son moral y empáticamente responsables.
Michael Tomasello, autoridad en el estudio del desarrollo de la conducta social, sostiene que los humanos nacemos con la tendencia a ser altruistas y que la perdemos a medida que crecemos. El llamado bystandereffect -el efecto del que pasa por al lado- nos lleva a modelar en los chicos conductas poco altruistas. Implica que, en grandes comunidades, si una persona ve a otra que necesita algo, probablemente siga de largo pensando que alguien más lo ayudará. Frente al bullying, el pasar por al lado deja cumpleaños vacíos, chicos sin programa los viernes, lágrimas en los ojos y mentiras blancas.
El bullying puede (suele) ocurrir en el jardín de infantes. Los adultos somos los responsables de su ocurrencia (tenemos que educar mejor), de su sostenimiento (tenemos que hacer algo) y de su incremento (debemos tener tolerancia cero a las agresiones entre pares). Cero. Si no hacés nada, sos parte. La responsabilidad es de todos.

S. F.

sábado, 21 de octubre de 2017

HACERSE CARGO....BULLYING


MIGUEL ESPECHE

Ellos son los malos de la película y nadie podría desmentirlo. Acosan, burlan, insultan, denigran. Son cancheros, fuertes, crueles. Y son ganadores, al menos, según los parámetros a los que suscribe buena parte de nuestra sociedad.

Se habla mucho de sus víctimas, los acosados por ese fenómeno que, según la "bajada de línea" que proviene de los Estados Unidos, se llama bullying y que, en criollo antiguo, es cargada, burla, denigración y humillación sistemática, siempre en un ámbito cerrado del que no se puede escapar, como un colegio.
Los hechos puntuales distraen respecto de los (dis)valores que subyacen a este fenómeno. Un suicidio, un relato desgarrador... escenas que trae la crónica y que son parte de la realidad, pero que, a la vez, la ocultan. Es que el fenómeno de la violencia en los colegios (oficinas, fábricas, etc.) es más que lo que se ve desde la anécdota dramática.
Los chicos que acosan sistemáticamente a otros son también los perjudicados por una forma cultural de valorar la vida. Esos chicos humillan (burlan, pegan, someten) porque haciendo eso sienten que se salvarán de ser ellos los que sufrirán igual destino. Por eso, cuando en los colegios los chicos se dedican a competir de forma violenta, segregando a los que se consideran débiles, diferentes o perdedores, lo que debemos es percibir qué tipo de valores anidan en la comunidad educativa en su conjunto. Comunidades muy competitivas generan angustia en los chicos, la que se canaliza a través de hacerles a los "débiles" y "distintos" lo que ellos temen sufrir.
En cambio, comunidades que prestigian los sistemas de colaboración, la validación emocional, el trabajo en equipo y la firme autoridad ordenadora tienen más elementos para atemperar los impulsos agresivos que surgen del miedo y la hipercompetencia.


Pensar así las cosas evita buscar venganza contra los "cancheros", los crueles, los "bulleadores", promoviendo una genuina mutación en los paradigmas educativos para lograr no sólo poner límites a la crueldad, sino diluir sus raíces hasta que éstas desaparezcan, permitiendo el crecimiento de nuevas posibilidades, más interesantes y fecundas. No se trata de defender a los "débiles" sino de cambiar la idea de lo que es ser débil o fuerte.
Los chicos no nacen violentos. Suelen serlo cuando creen que ser fuerte es maltratar. Cuando, con la guía de los grandes, descubren que hay algo mejor que eso, tienen la oportunidad de cambiar el juego, algo que vale la pena lograr al educar para la paz y la convivencia.


El autor es psicólogo y psicoterapeuta