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viernes, 3 de noviembre de 2017

EL FUTURO DEL FUTURO


En 2006 un colega me preguntó qué opinaba sobre la noticia, que había salido en varios medios, de que las cámaras de fotos desaparecerían ese año, desplazadas por los celulares. Mi respuesta fue breve. "No todavía", le dije. Y así fue. Las cámaras tuvieron su pico de ventas en 2010 -cuatro años después, una enormidad en esta industria-, y sólo una década más tarde de aquella apresurada predicción pudimos afirmar que los smartphones habían ultimado a las cámaras domésticas. Lógico. Un teléfono inteligente es hoy una cámara doméstica (entre muchas otras cosas).
¿Por qué no se extinguieron las cámaras en 2006, tal como auguraban? Simple. Porque las fotos que sacaban los teléfonos de entonces eran horribles. Sus imágenes retrasaban hasta 1997 o 1998; los videos parecían grabados por una cámara de seguridad fallada dentro de una discoteca por un extraterrestre ebrio, y su capacidad de almacenamiento habría sonrojado a un avaro. No, claramente esas cosas no podían ganarse el favor del público. Además, las cámaras de los teléfonos de 2006 eran muy difíciles de usar, y, gracias a procesadores lentos, escasa memoria y sistemas operativos primitivos, muy lentas.
Pero en 2007 salió el iPhone y en el curso de un lustro el paradigma había tomado un nuevo curso; nuevo en varios sentidos. Incluso cuando hay cámaras domésticas que superan en muchos aspectos a las de los mejores smartphones, siguen sin ofrecer la posibilidad de compartir fácilmente las fotos y videos en redes sociales y mensajeros, por no mencionar que no sirven como teléfonos. Así que no sólo se trataba de la calidad de las imágenes, sino también de un rotundo cambio de hábitos.
Por eso, ¿cuándo desaparece una tecnología? ¿Por qué seguimos oyendo radio? ¿No dijeron que la TV iba a apagar todas las radios para siempre? ¿Las tablets no iban a inhumar a las computadoras personales? Pasó lo contrario; terminamos agregándoles accesorios para que sirvieran como notebooks rudimentarias. ¿Las set-top boxes no iban a hacer desaparecer a las PC porque (y cito) "son demasiado difíciles de usar"? Las set-top boxes son hoy un vago recuerdo de la década del '90.
Exploremos un poco.
Los tipos móviles metálicos, por ejemplo. Desde 1455 fueron la tecnología dominante para producir impresos. De pronto, en la segunda mitad del siglo XX, desaparecieron por completo. Como con los dinosaurios, ocurrió algo que cambió sustancialmente el ecosistema y luego de cinco siglos de supremacía se volvieron piezas de museo. ¿Cual fue el asteroide que los extinguió? El software. Lo que hasta entonces debía fundirse en metal ahora se podía acuñar por medio de los bits.
Los tipos móviles reinaron durante 5 siglos, y desaparecieron en el curso de una década
Dos lecciones surgen de esta escena. Primera, las extinciones tecnológicas no son lentas y agónicas. Desde una perspectiva histórica, ocurren de un día para el otro.
Segunda, el progreso técnico es un proceso tan impiadoso como la evolución de las especies, si no acaso más.
Ahora bien, ¿por qué el software erradicó tan brutalmente a los tipos móviles? Porque se podía hacer exactamente lo mismo (incluso mejor), más rápido y a un costo mucho menor. Hasta la llegada de las computadoras personales, los otrora todopoderosos tipos metálicos pidieron asilo político en las máquinas de escribir. Luego de eso, a mediados de la década del '70, se esfumaron sin remedio.
La cuerda y el martillo
Veamos un caso opuesto. Tenemos suficiente cómputo para reproducir con mucha exactitud cada nota de un piano de cola. Un Clavia Nord Stage, por citar un ejemplo, incluso reproduce los armónicos de las cuerdas que no se están ejecutando. Entonces, ¿por qué no se extingue de una buena vez este invento nacido alrededor de 1709?
Porque un piano no sólo debe sonar. También debe ser ejecutado. Puesto que nuestros dedos no son digitales -vaya paradoja-, es decir, como somos seres orgánicos, no numéricos, el intérprete tiene que accionar teclas para producir sonidos. Y viceversa. Uno toca al piano y el piano lo toca a uno.
Bartolomeo Cristofori, a quien se atribuye la invención del piano.
Bueno, resulta que el mecanismo ideado por Bartolomeo Cristofori hace tres siglos es todavía imbatible. No sólo imbatible, sino que eso es un piano. Porque las cuerdas están realmente ahí, porque el martillo las golpea de verdad cuando nosotros apretamos las teclas. Podemos replicar digitalmente muchas cosas, pero algunas son todavía forzosamente físicas. En este video pueden verse los malabares que los fabricantes deben hacer para que un piano eléctrico se sienta lo más cerca posible de uno acústico.
Por eso estos gigantes gentiles siguen entre nosotros. Lo que me lleva a una tercera premisa. Si una tecnología sigue ofreciendo algo irreemplazable, importa muy poco que tenga 300 años y viva rodeada de sistemas más avanzados, livianos, rápidos, programables y eficientes.
El extraordinario Seaboard, un instrumento que explota las nuevas tecnologías no para simular, sino para crear formas de expresión innovadoras. Foto: ROLI
Lo que no significa que las nuevas tecnologías -y esta es otra clave- no puedan producir formas innovadoras de hacer algo. Es el caso del notable Seabord, del fabricante inglés Roli.
Aluvial
Hay una nueva premisa aquí. No existe ninguna ley que impida que tecnologías de épocas muy diferentes convivan. Es decir, el progreso técnico no es homogéneo. Creer que debe ser homogéneo (o que tiende a serlo) constituye uno de los errores más comunes de los analistas. Que tengamos teléfonos digitales no significa que la cuchara digital vaya a tener éxito. La cuchara ya está bien como está.
Es el caso del libro de papel. Lo vienen dando por obsoleto desde que aparecieron las primeras computadoras personales. Pero basta ir a la Feria del Libro para darse cuenta de que algo está muy mal con esas predicciones.
Si miramos más de cerca el fenómeno de los libros y los ebooks sacaremos algunas lecciones; es algo que ocurre a menudo con los libros.
¿Por qué no ha desaparecido el libro de papel? Porque sigue ofreciendo un número de funciones que el libro digital es incapaz de reproducir con total exactitud; viola la primer principio mencionado en esta nota. Sí, ves pasar la página como si fuera una real, pero no la sentís en la mano, no mueve el aire, no desprende ningún perfume. Nada.

En un ebook podés marcar ciertos párrafos e insertar anotaciones, pero es 18.345 vees más difícil y lento que con el papel y, además, lo digital es volátil; todas esas marcas y anotaciones pueden evaporarse en un milisegundo. Y si me van a decir que se puede hacer backup de las anotaciones en la Nube, hay otro principio técnico que refuta esta tesis. Sostiene lo siguiente: entre dos tecnologías que hacen exactamente lo mismo, prevalecerá la que sea más práctica y fácil de usar. Es una suerte de Navaja de Occamtecno.
Lo interesante con los ebooks es que también ellos hacen cosas que le están vedadas al volumen de papel. Por ejemplo, podés comprar una obra por Internet y empezar a leerla un instante después, incluso si nunca llega físicamente al país donde estás viviendo. Fue una de las preguntas que más me hicieron por Twitter y Facebook cuando Editorial Planeta publicó mi nuevo libro, Hackearán tu Mente.
Eso sí, el ebook aparecía siempre como segunda opción. Pregunta: ¿cómo dedicás un ebook?
Más: el volumen de papel tiene justamente eso, volumen, peso, cuerpo. Sabemos que no se siente igual Rayuela que El cazador en el centeno. Esto no sólo tiene que ver con que nosotros también somos corpóreos, sino con algo más pragmático. Esta consistencia física, tridimensional, contribuye, por ejemplo, a estudiar, porque el cuerpo memoriza la posición espacial de la información.
Pero, al mismo tiempo, los ebooks descuellan por ser incorpóreos. Si quisiera llevar conmigo los varios cientos de libros que tengo en mi smartphone, necesitaría un vehículo utilitario. O sea que un defecto puede ser a la vez una ventaja. Una tecnología se extingue cuando no ofrece ninguna ventaja. Cuando todos los casilleros están en cero. Entonces no sirve más y se la descarta, porque su función era servir para algo.

Así que varios inventos pueden convivir, como el piano de cola y el sintetizador y los ebooks y los libros. El progreso es y siempre fue aluvial.
Decime algo
El no considerar esta premisa hizo que muchos dieran por muerta a la radio cuando apareció la tele. No advirtieron que era imposible ver TV mientras manejamos o trabajamos. Tampoco se percataron de que los formatos en radio y TV iban a ser -por fuerza- diferentes y tal vez complementarios. Tampoco notaron que si bien somos una especie muy visual, la voz es el primer vector del lenguaje. Su papel, por lo tanto, es clave. Por eso, luego de cinco segundos de oír hablar a alguien ya tenemos 25.000 toneladas de datos sobre esa persona. Una voz te gusta o te resulta insoportable de forma instantánea. Las sutilezas de tono y pronunciación son incontables, lo mismo que las formas de presionar una tecla en cada uno de todos los pianos reales que han sido fabricados. Esa exquisita sensibilidad se extiende a una de las artes más amadas y antiguas de la humanidad, la música.
Pero hace unos 80 años daban por difunta, sin ruborizarse ni un poquito, a la industria de la transmisión de voz y música.
Relojes sin tiempo
Hay, imagino, varios factores más que colocan a una tecnología en el umbral de la extinción. Algunas parecen sobrevivir mucho tiempo en ese umbral; los relojes mecánicos, por ejemplo, convertidos hoy en objetos de lujo que cuestan más que 20 Ferraris. Obviamente, los relojes de lujo no sirven en primer lugar para dar la hora, sino como símbolo de status y como testimonio de una industria que crea mecanismos casi milagrosos.
Otras tecnologías mutan su función; es el caso del arco y la flecha, que fueron desplazados del campo de batalla por las armas de fuego, pero su uso se convirtió en un arte y un deporte.
Fuera de estas rarezas, las tecnologías desaparecen porque aparece un invento que puede hacer lo mismo, más rápido y a menor costo.
Por costo me refiero a todos los gastos involucrados. De otro modo, bicicletas y caballos ya no se usarían como medio de transporte.
Tiene que hacer exactamente lo mismo o mejor. Las simulaciones no sirven. Los tipos móviles desaparecieron porque en la página impresa el texto surgido del molde o de los bits se veían igual o mejor. Bye bye.
La velocidad es no menos fundamental. Si crear un tipo metálico fuera diez veces más rápido que hacerlo por medio de software, todavía los seguiríamos usando. Pero es exactamente al revés. Diseñar una nueva tipografía usando computadoras lleva mucho menos tiempo y corregir errores es fácil y tiene costo cero. Viceversa, subrayar un libro o tomar notas en clase se hace mucho más rápido y fácil con el papel que con los bits.
Eso no quiere decir que vaya a ser siempre así. Pero ha sido así por más de 30 años, y es así ahora. Cuando se trata de progreso técnico lo que importa es si ahora está en uso o si ahora está en el museo.

A. T.

domingo, 23 de abril de 2017

FUTURO DE HOMBRES - MÁQUINAS

La cámara funeraria estaba revuelta, tanto por aquella fuerza incontenible y arrolladora que llamamos tiempo como por la codicia de los saqueadores que, en su estampida destructiva, no dejaron nada en su lugar. Salvo por las verdaderas riquezas que aguardaban la eternidad en aquella sección de la polvorienta tumba TT-95 de la necrópolis egipcia de Sheij Abd el-Qurna, en la antigua ciudad de Tebas: las momias, cuerpos apilados de varios individuos envueltos en lino y llenos de secretos.

Un torso fragmentado en un rincón llamó la atención de los investigadores del Instituto Arqueológico Alemán. Luego un cráneo. Después un muslo y dos piernas. Los análisis realizados por el paleopatólogo Andreas Nerlich a comienzos del año 2000 determinaron que aquellos miembros cercenados pertenecían a una mujer de unos 50 años y 1,69 metros de altura quien, hace tres milenios, vivió una vida potenciada por la tecnología. Al remover las antiguas vendas que la cubrían, los científicos se encontraron con la sorpresa de que allí, en el pie derecho, donde debía haber un dedo gordo consumido por los siglos, había en su lugar un dedo de madera increíblemente bien tallado y atado con correas de cuero. Se trataba de la más antigua prótesis funcional conocida en el mundo hasta el momento. "Los rayos X revelaron que el dedo del pie fue extirpado quirúrgicamente varios meses o incluso varios años antes de su muerte", indicó Nerlich, de la Universidad Ludwig-Maximilians en Munich.
Ya en el Antiguo Egipto las categorías de "natural" y "artificial" comenzaban a sucumbir. Como sucedió con miles de individuos que la sucedieron -mutilados por las guerras o por la enfermedad-, aquella desconocida mujer fusionó prótesis con corporalidad. En su caso y en el de tantos otros, las tecnologías protésicas dejaron de ser objetos-reemplazo externos para integrarse a su idea del "yo".


Los seres humanos llevamos miles de años siendo lo que el teórico de la inteligencia artificial ruso Alexander Chislenko llamaba "cyborgs funcionales", es decir, organismos biológicos cuyas funciones están complementadas por extensiones tecnológicas. Desde el primer hombre o mujer de las cavernas que se puso un pedazo de piel de animal en la planta del pie y no quiso salir de su hogar sin eso, nos concebimos desnudos e incompletos sin nuestras herramientas: zapatos, vestidos, relojes, anteojos, lentes de contacto, dentaduras postizas, automóviles, computadoras con las que entramos en contacto con la conciencia global -la Web- y demás prótesis naturalizadas y utilizadas por 7500 millones de personas ya nos modificaron por fuera y por dentro.
En la última década, sin embargo, nuestra relación con la tecnología se ha vuelto aún más íntima. La distancia con nuestros dispositivos se ha acortado. Las computadoras entraron en las casas en los años 80, luego migraron a faldas, bolsillos y muñecas. Hoy los celulares parecen estar implantados en las manos de la mayoría de la gente. Día a día nos fusionamos -física y cognitivamente- con nuestros dispositivos. Se han vuelto ya extensiones no sólo de los sentidos sino también de mentes y emociones. En nuestros bolsillos o carteras contamos con pequeños artefactos que nos permiten ver desde la calle o arriba de un colectivo lo que ocurre a millones de kilómetros en otros planetas.
Los dispositivos están tan profundamente encastrados en nuestras vidas que damos por contado que estarán siempre en todo momento para satisfacer necesidades o despejar inquietudes existenciales (cuál es el nombre de aquel actor, cómo llegar a tal lugar). Como dice el filósofo francés Éric Sadin en La humanidad aumentada: la administración digital del mundo (Caja Negra), la relación que sostenemos con los artefactos digitales -nuestros cordones umbilicales con el mundo- está signada por la confianza y la fascinación, una veneración emocional experimentada por las facultades sobrehumanas que nos conceden estas miniprótesis. Hasta no hace mucho tiempo externas y distantes, las tecnologías se adentraron en nuestros cuerpos -marcapasos, implantes cocleares, interfaces cerebro-computadora- e inauguraron una nueva carne, una carne tecnológica. Nos fundimos con aquellas herramientas forjadas para hacer más, ver más, querer más.
Producto de esta simbiosis silenciosa del humano con las máquinas emergen nuevos modos de ser. Se sacuden categorías ya consolidadas como identidad, cuerpo, individualidad y el significado de ser humano. Surge un sujeto moderno que recién ahora estamos entendiendo. "La incisión en la carne de las nuevas tecnologías vuelve obsoletas las categorías de género y sexo -advierte la filósofa española Teresa Aguilar García en su libro Ontología cyborg-. Disuelve los enfrentamientos entre naturaleza y cultura, sujeto y objeto: el ser humano es objeto porque tiene cuerpo pero es también sujeto porque tiene conciencia".
La post-humanidad
El 11 de julio de 1960 apareció en las páginas de la revista Life un artículo que condensaba los deseos fáusticos de investigadores como los estadounidenses Manfred Clynes y Nathan Kline, que proponían, en plena carrera espacial, la necesidad de un nuevo tipo de individuo modificado para sobrevivir en entornos extraterrestres: un cyborg u organismo cibernético. "El hombre re-hecho para vivir en el espacio", se titulaba. En la ilustración que acompañaba al texto, dos hombres musculosos de piel plateada y de expresión facial austera deambulaban por la superficie lunar sin cascos ni trajes. "Parte humanos, parte máquinas -se leía-, los cyborgs serán hombres cuyos órganos y sistemas se ajustarán para vivir en estos ambientes con órganos artificiales u otros artefactos implantados quirúrgicamente."
La propuesta parecía tan fantasiosa y lejana que quedó confinada al interior de las fronteras de la ficción: desde entonces, personajes como Darth Vader, Robocop, el Hombre Nuclear, la Mujer Biónica, los borgs de Viaje a las estrellas -Locutus, la reina y Seven of Nine- y los cylons de Battlestar Galactica advertían que los límites entre lo orgánico y lo artificial se habían vuelto irrelevantes. La tecnología se había convertido en la nueva naturaleza.
Cada uno a su manera, reflotaban discusiones hace tiempo archivadas. En el siglo XXII, el francés René Descartes había definido al ser humano como una mezcla de dos sustancias diferentes y separadas: el cuerpo-máquina y el misterioso espíritu, el alma racional o conciencia, que lo volvían único. En 1704 el mecanicismo tomó nuevo impulso en el tratado De Praxis Medica, donde el anatomista Giorgio Baglivi describía el cuerpo humano como una gran máquina compuesta de pequeños artefactos: los dientes se comparaban con tijeras, el estómago con una botella, el pulso con un reloj y el sistema cardiovascular con una bomba hidráulica.
Incluso escritores como Edgar Allan Poe sucumbieron ante la seducción intelectual de estas problemáticas ontológicas. Y en 1839, Poe exploró los límites de la naturaleza humana en el cuento "El hombre que se gastó", donde contaba la historia de un viejo militar, el general John A. B. C. Smith, que paulatinamente iba sustituyendo su cuerpo por componentes mecánicos -piernas, brazos, hombros, dentadura- hasta volverse completamente artificial.
Pero, pese a que la ficción adoptó a estos sujetos híbridos como hijos propios, el proceso de cyborgización humana -la fusión entre el ser humano y la técnica- se profundiza y acelera en la acelerada sociedad de la (híper)información, en cada uno de nosotros. Uno de los actuales hombres más famosos del mundo y que hoy reverenciamos, Stephen Hawking, no esconde su naturaleza cyborg, como tampoco lo hicieron en octubre del año pasado los 77 atletas participaron en el Cybathlon, los primeros juegos olímpicos cyborgs en Zúrich, Suiza, y que compitieron en carreras con exoesqueletos y prótesis y jugaron partidos con computadoras controladas por el cerebro.


"En el último milenio construimos nuestras máquinas, y en éste nos convertimos en ellas -señaló el australiano Rodney Brooks, especialista en ciencias de la computación-. No debemos temer porque así como ocurre con cualquier artefacto tecnológico las absorberemos en nuestros propios cuerpos."
Identidades de acero
Hacia el final de Exégesis, una serie de diarios personales del escritor Philip K. Dick, el autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y tantas otras obras llevadas al cine escribe: "Soy un filósofo que construye ficciones, no un novelista". Sabía que la única forma de hacer filosofía y pensar sobre nuestro presente y futuro cercano era a través de la ciencia ficción.
Por eso la saga Ghost in the Shell del japonés Masamune Shirow -llevada al cine y estrenada en Buenos Aires hace diez días- ocupa un lugar especial, de culto, no sólo entre los fanáticos del cyberpunk sino también en la historia de la cibernética. Influenciada por la obra The Ghost in the Machine, del filósofo húngaro Arthur Koestler -que también inspiró a Sting la canción "Spirits in the material world"-, la historia de la cyborg Motoko Kusanagi en un futuro cercano e hipertecnificado ahonda en problemáticas modernas: el dilema entre lo real y lo virtual, la identidad y los posibles caminos evolutivos que tomará la especie humana. "¿Cómo se puede definir lo humano en una sociedad donde una mente puede ser copiada y transferida y el cuerpo reemplazado con una forma sintética?", se planteaba.
"Llegó el momento de preguntarnos si un cuerpo bípedo, que respira, con visión binocular y un cerebro de 1400 centímetros cúbicos es una forma biológica adecuada -desafió el artista australiano Stelarc, conocido por explorar en su propio cuerpo las fronteras permeables de la humanidad y las tecnologías-. No puede con la cantidad, complejidad y calidad de las informaciones que acumuló. El cuerpo no es una estructura ni muy eficiente, ni muy durable: con frecuencia funciona mal. Hay que reproyectar a los seres humanos, tornarlos más compatibles con sus máquinas."
Al igual que sus colegas Orlan y Eduardo Kac, en sus performances puso en evidencia la insuficiencia de la antigua configuración biológica del cuerpo humano en nuestro medio ambiente tecnológico. Como recuerda la antropóloga Paula Sibilia en El hombre postorgánico, los cuerpos disciplinados, dóciles y útiles propios del imaginario de la sociedad industrial dieron lugar en el actual régimen digital a cuerpos fragmentados, moldeables, trasplantables, modificados, obsoletos: carne defectuosa e imperfecta, perecedera y limitada, blanco de tratamientos antiage y productos diversos de la industria de la metamorfosis carnal como quemadores de grasa, cremas anticelulíticas y suplementos nutricionales.
En esta no del todo nueva concepción imaginaria de nuestra materialidad, emerge el imperativo del upgrade, que va más allá del lifting, el doping cerebral o los implantes de rodillas. "Las computadoras, celulares y aplicaciones nos dan superpoderes -dijo el empresario Elon Musk días antes de presentar Neuralink, una empresa que buscará conectar cerebros con computadoras-. Cada individuo tiene más poder que el que tenía el presidente de Estados Unidos hace veinte años. Podemos mandar mensajes instantáneamente a millones de personas, responder cualquier pregunta, hablar con cualquiera en el mundo. Si no queremos convertirnos en las mascotas de alguna superinteligencia artificial futura debemos fusionarnos aún más con las máquinas".
Lejos de ser alienante y opresiva, nuestra alianza y acoplamiento con la tecnología puede ser liberadora. Quien mejor lo entendió fue la estadounidense Donna Haraway que, en su Manifiesto Cyborg (1984), vio en esta figura una promesa de esperanza y optimismo, una herramienta de la lucha feminista: asumir nuestra naturaleza cyborg nos libera de la rigidez de las distinciones de raza, género y clase como pautas de identidad del sujeto en la era cibernética.
En medio de este doble movimiento de humanización de la máquina -el desarrollo de robots cada vez más humanizados- y la maquinización del ser humano, y entre tecnoprofecías cargadas de cybergnosticismo -la creencia de que el mundo físico es impuro e ineficiente y que nos aguarda un futuro inmaterial para la humanidad-, se configura una nueva mutación de nuestras condiciones de existencia.
Y tal vez llegue un día en el que, como presagia la escritora Maureen F. McHugh, nos despertemos y nos sea imposible decir dónde termina lo humano y dónde comienzan las máquinas.
F. K.

viernes, 10 de marzo de 2017

EL FUTURO YA LLEGÓ....CONSERVEMOS EL HUMOR


Un mamut chiquitito y lanudo que quería volver después de haberse extinguido
Una técnica de edición genética creada en Estados Unidos hace diez años vuelve a ser noticia; tras resolverse una disputa por las patentes, se planea "fabricar" animales ya inexistentes
La palabra crisp (crujiente, en castellano) tiene una particularidad: cuando se la pronuncia despacio, arranca en la parte trasera de la boca, va avanzando y termina en el extremo delantero (hagan la prueba). Más allá de esta curiosidad, con el agregado de una "r" conforma un acrónimo que por estos días mantiene en un estado de alta excitación a la comunidad de biólogos, genetistas y médicos.
La técnica de edición genética "Crispr" (en inglés: "Clustered Regularly Interspaced Short Palindromics Repeats") está considerada una de las tecnologías exponenciales con mayor potencial de 2017, llega con la promesa de curar enfermedades, tonificar el mercado de los "bebés de diseño" y hasta hacer volver a la Tierra animales extintos hace miles de años.

En los últimos días, la técnica creada en los Estados Unidos hace poco más de diez años volvió a ser noticia por dos flancos, uno de negocios y otro que parece salido de una novela de ciencia ficción: se resolvió una disputa por la patente de Crispr que involucra miles de millones de dólares y científicos de Harvard anunciaron que, con esta caja de herramientas, están a dos años de "fabricar" un mamut lanudo como los que habitaron Asia, Europa, África y Norteamérica hasta hace 4500 años.
El 15 de febrero pasado, la oficina de patentes de los Estados Unidos determinó que el Instituto Broad (afiliado al MIT) retiene la capacidad de hacer negocios con sus patentes registradas hasta ahora (unas 12) sobre la base de "Crispr-Cas9" (ese es el nombre completo). En esta batalla legal resultó perjudicada la Universidad de California, el lugar al que frecuentemente se acredita como el inventor de esta tecnología. Para la oficina regulatoria, "no hay solapamiento" entre ambos descubrimientos.
"Si bien esto sienta un precedente, no creo que la batalla legal termine aquí. Berkeley puede apelar la decisión, y en Europa, otra jurisdicción importante, el tema continúa en evaluación -explica la bióloga molecular argentina Camila Petignat-. Hay cientos de nuevas patentes protegiendo ciertos aspectos y detalles del funcionamiento del sistema. Para evitarse todo este lío legal tanto la industria como la academia están utilizando variantes de Cas9 (enzimas), que hasta pueden ser más efectivas en ciertos casos".
¿Para qué puede servir en la práctica esta "navaja suiza" (como fue bautizada por su precisión) de la genética? "Las posibilidades sólo parecerían estar limitadas por la creatividad: cuando hablamos de Crispr, todos saben que el potencial es increíble y apenas lo estamos conociendo", agrega Petignat, quien también es CEO de Neogram, una empresa de biotecnología.

Por lo pronto, es la primera vez en nuestra historia en la que tenemos una forma precisa y altamente confiable de modificar "a piacere" el genoma de prácticamente cualquier ser vivo, lo cual implica un cambio cualitativo sin precedentes. En la práctica ya hay tecnología disponible para alterar la genética de embriones humanos (en óvulos recién fecundados), en el caso de que se detecte alguna patología desde esta etapa temprana. Y en noviembre pasado, un equipo de médicos chinos liderados por el oncólogo Lu You, de la Universidad de Sichuan, introdujo en un paciente con cáncer células más resilientes a los ataques de un tumor, modificadas con Crispr en un laboratorio previamente. En el mundo hay iniciativas avanzadas para alterar con esta técnica desde órganos de otros mamíferos (como cerdos) con el objetivo de trasplantarlos a humano, hasta "mosquitos de diseño" que no transmiten el dengue.
A lo largo del tiempo
Para Petignat, enfocar la agenda del Crispr en esta "guerra de vedettes" entre la costa este y oeste de los EE.UU. nos distrae del hecho de que "cualquier descubrimiento científico es el resultado de un proceso de construcción del cuerpo de conocimiento en el tiempo, que es interminable y colaborativo. La primera publicación sobre Crispr fue en 2007 en un journal por parte de Virginijus Sksnys, un científico de Lituania... ¡quien no figura en ningún lado en la batalla legal en MIT/Berkeley!".
Además de las cuestiones científicas, hay todavía grandes obstáculos en el ámbito político y legal. No está claro cómo serán catalogados los nuevos organismos: existen intereses multimillonarios de grandes corporaciones para "despegar" a los nuevos productos de la mala prensa de los transgénicos. Por lo pronto, la oficina de patentes dejó sentado muy claro que en el caso de modificación genética de embriones humanos, el fin deberá ser puramente médico (y no promover una industria de bebés de diseño). Entre los más críticos se resalta que esta nueva tecnología también puede ser muy útil a intereses malignos: las simulaciones matemáticas que se están haciendo muestran que un ataque bioterrorista (que expanda un virus mortal a través de insectos genéticamente modificados) tiene el potencial de causar millones de muertes en pocas semanas.

En la agenda de las tecnologías exponenciales, la biología computacional suele ser una "innovación silenciosa", con menos difusión mediática que los vehículos automanejados o los drones, pero no por ello con menos potencial de impacto en los negocios y en la vida cotidiana en un futuro cercano.
Si hacía falta una buena historia para "volver tangible" la temática del Crispr y darle mayor visibilidad ante el público masivo, ello ocurrió dos semanas atrás, cuando un equipo de científicos de Harvard anunció que están a sólo dos años de "resucitar", apelando a la técnica de Crispr, entre otras, al mamut lanudo que se extinguió hace 4500 años.
George Church y sus colegas vienen trabajando desde hace dos años sobre el ADN de mamuts conservado en el permafrost (hielo permanente) del ártico, con el cual se podrá crear un híbrido de mamut y elefante, con todas las características visibles del mamífero extinto (se cree que por la caza de los humanos).
Si el proyecto tiene éxito, abrirá la puerta a otros procesos de "des-extinción" (hola Jurassic Park) y también servirá para evitar que especies en riesgo de desaparecer lo hagan. En este caso, un avance científico exponencial podrá salvar a otro proceso de deterioro que también es exponencial: según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), la mitad de las especies que habitan la tierra se extinguieron en los últimos 40 años.
S. C.

viernes, 17 de febrero de 2017

FUTUROLOGÍA


Cómo impactarán la tecnología y los nuevos modos de consumo en el cine, la TV, la música y el teatro
¿Cómo serán los nuevos éxitos de cine? ¿Qué pasará con el formato físico en la música y el valor del "vivo"? ¿Seguirán existiendo los críticos? Estas y otras preguntas surgen del impacto de ciertos fenómenos sobre la cultura pop durante la última década. La tecnología, la profesionalización del amateur y la crisis de ciertas industrias, el choque entre paradigmas de creación, la adaptación del marco legal en la constante discusión sobre copyright y los nuevos modelos de "obra" (mashups, remixes y reapropiaciones) son algunas de las variables que nos invitan a pensar en qué pasará en el futuro con el entretenimiento. Aquí algunas de las predicciones.


Cine: el rescate virtual
El blockbuster viene en caída libre, tanto artísticamente como en materia de recaudación. Tanto que algunos señalaron a 2016 como el peor de la última década y media. Lo cierto es que más allá de que la pobreza de la oferta lleve cada vez menos gente, la experiencia misma de ir al cine está cambiando. Sobre qué pasará con este ritual en el futuro, existen dos posturas: los apasionados que insisten en que la gente seguirá buscando la experiencia de disfrutar un film en compañía de otros, y los que vaticinan que la evolución del entretenimiento en el hogar volverá obsoleta esta opción.
En esta línea, y para cineastas como George Lucas, los crecientes costos por hacer los teatros competitivos y atractivos determinará que "haya menos cines en los que ver un film será más caro, similar a lo que cuesta ver una obra en Broadway o un partido de fútbol hoy". El cine se convertiría en un pequeño lujo, como ir al ballet o a la ópera.
Mientras los pocos cines que sobrevivan lo harán con tecnología especial (IMAX, resolución 4K u otros chiches), el estado del arte estará enfocado en experiencias más interactivas para el espectador. Esto se hará evidente con la irrupción de tecnologías de realidad virtual, como el Oculus, cuyo estudio ya ha producido cortos (Lost, Henry) y se prepara para lanzar su primer largometraje, Dear Angelica. El cambio no sólo pasará por hacer más inmersivo el ambiente, sino por la capacidad participativa del público, que no será pasivo sino que podrá incidir en las historias, como en los videojuegos. Primero vino el sonido, luego el color y después el 3D. El futuro llegaría en formato de realidad virtual accesible para todos.
Música: discos y canciones

Si les prestamos atención a los especialistas del rubro como el periodista David Sax, en los próximos años podríamos ver la consolidación de dos tendencias opuestas que sin embargo conviven. En su libro The Revenge of Analog: real things and why they matter, Sax plantea que las experiencias analógicas como comprar vinilos llegaron -o volvieron- para quedarse (las ventas ya son récord en EE.UU. y Europa). Por otro lado, la noción del álbum como concepto parece diluirse cada vez más. Y lo que las narrativas transmedia son para el cine y la TV, el álbum visual pareciera serlo para la música. Ya está sucediendo con artistas como Kanye West, Beyoncé, Frank Ocean y precursores como Björk, Beck, Girl Talk o Daft Punk. La idea es poder ver la música, integrarla con otros sentidos y que el disco ya no cumpla sólo la función de mostrar al artista, sino también de reflejar a la persona detrás y sus variados intereses.
A su vez, de la mano del crecimiento de Apple Music, Spotify y otras plataformas online en las que los tracklists son curados por algoritmos, el concepto de álbum y de playlist, importa menos. Ya no pensaremos en términos de trabajos integrales, sino en canciones sueltas, seleccionadas de acuerdo a género, estado de ánimo o actividad que realizamos. Los álbumes no desaparecerán pero quedarán relegados a los oyentes más exigentes y los coleccionistas.



Teatro: arte y ciencia
Si los robots ya pueden bailar o hacer música, ¿qué nos espera en materia escénica? Ciencia y arte se fusionan cada vez más produciendo híbridos entre hombre y máquina. Los shows evolucionan hacia formatos más experimentales y el público del siglo XXI busca emociones más intensas, participativas y 360, como los sleep oriented shows (obras de teatro donde el objetivo es que el espectador se duerma en simultáneo con la representación), el standup científico, los shows interactivos en museos o el teatro ciego. Asimismo, la tecnología aporta recursos a las disciplinas tradicionales, revolucionando los formatos, como los conciertos con sonido digital 3D o la holofonía -un gran fenómeno local-, o el teatro/ballet remoto.



En cuanto a las técnicas compositivas ya no se trata de financiamiento sino de creación conjunta. No es descabellado pensar que en unos años la modalidad de escribir obras de teatro o coreografiar danza, online y en colaboración con la audiencia, sea una práctica común. Ya existen incipientes experimentos como el #instaballet del Eugene Ballet Company, una iniciativa para armar obras en conjunto con el público en la que se diseñaban puestas de 4 a 6 minutos de duración que luego se presentaron en vivo y en la Web.
TV: larga vida al streaming
Según Reed Hastings, director ejecutivo de Netflix, en pocos años no existirán los canales de TV y la llamada TV lineal (en la que los programas tienen franjas horarias predeterminadas) desaparecerá. ¿Pero qué viene después? Ya sabemos el impacto que Internet y el streaming tuvieron en nuestra forma de mirar y producir contenidos, del binge-watching a la serialización de los contenidos. Lo que podemos esperar es una mayor personalización de la programación gracias a los tan mentados algoritmos -¿y una mayor invasión de la privacidad?- y otros desarrollos como televisores más inteligentes o mayor portabilidad tecnológica. En suma, todo lo que apunte a una experiencia de consumo más flexible para el usuario.


Otros creen que no se trata de una lucha entre televisión emitida vs. online, si no la compaginación de ambas a través de nuevos servicios y tecnologías. Ya es posible ver un avance de la televisión pública hacia el modelo del on demand con ejemplos como la BBC a la cabeza (o aquí la plataforma gratuita Odeón y ciertos canales web como el UN3).
Las predicciones también indican que la actual superpoblación de contenidos no puede durar para siempre y que la burbuja podría pincharse en cualquier momento. Con el boom de producción, los crecientes costos de filmación y promoción y una gran puja por los recursos, la situación se ha vuelto insostenible. Es cuestión de tiempo para que colapse. Restará ver el impacto en el modelo de negocios y en la programación.
Críticos: curadores 2.0


Gracias a la democratización de las herramientas tecnológicasy una crisis de los medios tradicionales, el crítico amateur y la cultura de la curación continuará en alza. En el océano de opciones que presenta la web en materia de contenidos los curadores serán las nuevas estrellas. Como explica el músico David Byrne, en un mundo cada vez más automatizado la curación artesanal recobra sentido y valor.
La gran pregunta es si empiezan a desaparecer los críticos de arte y las disciplinas artísticas tal cual las conocemos entran en crisis o mutan, ¿qué sucederá con el concepto mismo de celebrities? La crítica cultural Issy Sampson arriesga que un futuro con artistas virtuales a la Gorillaz podría no estar muy lejos. La práctica de estrellas animadas proyectadas en forma de holograma ya se practica en Japón, donde la estrella pop Hatsune Miku no es más que un haz de luz. Resta ver cuáles serán las implicancias para una cultura del entretenimiento donde desde la industria del tabloide a otras ramas del negocio como la publicidad dependen en gran medida de la imagen "real", de carne y hueso, de los artistas. Vos, ¿pagarías una entrada para ver un robot o un holograma en escena?
L. M