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viernes, 2 de agosto de 2019

HISTORIAS INCORRECTAS,


Alberto, escudo humano de la candidata ausente

Héctor M. Guyot
Piedra libre para Cristina Kirchner, oculta detrás de las contradicciones de su atribulado y solitario candidato. Esto, que resulta evidente, es algo que Alberto Fernández no parece dispuesto a reconocer. Ella está allí, agazapada, pero a él se lo ve empecinado en mostrarse como un candidato por derecho propio, sin pasado, virginal. Y se enoja cuando no es considerado de esta forma.
Luego de las críticas que recibió por las incoherencias de su discurso, Fernández, ofendido, dijo que la prensa lo maltrata. Y, como para confirmar su percepción errada del lugar que ocupa, criticó las preguntas que los periodistas le hacen sobre su compañera de fórmula. "Cuando me preguntan por cosas que hacen otros me cae muy mal. Me parecen preguntas poco honestas", dijo por radio esta semana.
Fueron años armando campañas para otros. Ahora es protagonista. Tal vez crea que llegó su hora. Pero en estas elecciones surrealistas, donde muchas cosas no son lo que parecen, la expresidenta es un fantasma omnipresente, como el sol: aunque no la veamos, siempre está. Pocas veces una ausencia pesó tanto. Cristina quiere recuperar el poder que tuvo y en verdad es ella la que está haciendo campaña. ¿Cómo? De la única forma en que puede hacerlo: a través de un vicario.
Muy pocas veces la expresidenta dio una entrevista a un periodista independiente. No es su estilo. No lo tolera. Difícil olvidar cuando impugnó las preguntas de un corresponsal extranjero con su célebre " bad information". Ella no dialoga. Le gusta dar cátedra a través de largos monólogos. Desplegar el relato. Para eso necesita dominar la escena, estar en el centro del poder. No es esta, precisamente, su realidad actual. Puede recrear sus días de gloria en las presentaciones de su libro, donde juega de local y se rodea de su hinchada. Fuera de ese ámbito, a la intemperie, ante las preguntas de la prensa independiente, y sobre todo ante los requerimientos de la Justicia, no tiene argumentos. No tiene respuestas para preguntas concretas sobre los hechos de corrupción que se ventilan en los tribunales. Por eso no habla. Por eso calla. La exposición la perdería. Se sabe: sumaría votos para el oficialismo.
Pero Cristina está en campaña. La dirige desde las sombras, escondida detrás de Fernández, que aunque no lo quiera habla por ella. Se ha dicho del candidato a presidente del Frente para Todos que es el testaferro político de la expresidenta. Algunos lo pintan como una suerte de Chirolita, cuyos gestos son digitados desde arriba. Pero Fernández, primero en la fórmula, es ante todo un escudo humano detrás del cual la ex presidenta se refugió. Ella lo puso allí para que le ataje los golpes. Y en esta pelea contra los hechos de la realidad, tan consustancial al kirchnerismo, los golpes son duros. Fernández, que tomó el guante tentado por el caramelo que le vendieron, debería haberlo sabido. Es tarde para lamentos.
"En Cristina Kirchner, la política es el arte de presentar en palabras la realidad que a ella le conviene". Lo dijo el propio Fernández en un artículo publicado en este diario en enero de 2015. Buena definición de la expresidenta. Con 13 procesamientos y su palabra devaluada, Cristina delegó esa tarea en él y se ocultó detrás. Pero incluso ausente ocupa mucho espacio y le complica la vida a su candidato, que además, como ella, tiene baja tolerancia a las preguntas, aunque menos talento para doblegar a la realidad con palabras.
La candidata ausente solo interviene de modo virtual, en tuits donde sus mensajes incorpóreos aparecen divorciados de su voz. Y siempre para insistir en lo mismo, como señaló Hernán Capiello el martes: que las causas de corrupción en las que está procesada son el resultado de una persecución judicial que obedece a motivos políticos. Ese es su desvelo. También el de Fernández, los intelectuales, exfuncionarios e intendentes que la defienden. Entre estos últimos, el de San Antonio de Areco, Francisco Durañona, que esta semana insistió en que a partir del 10 de diciembre, si el Frente de Todos gana las elecciones, "hay que hacer una profunda reforma judicial". Es el mismo que dijo que los miembros de la Corte Suprema de Justicia tienen que ser militantes del kirchnerismo. Claro, quizá sea la única forma de que acaben los desvelos de la jefa.
Pero, ¿qué pasará el 10 de diciembre si el kirchnerismo se impone? Por lo que se vió hasta ahora, en ese caso Fernández, el primero, tomará el bastón de mando con las dos manos. Y Fernández, la segunda, le agradecerá los servicios prestados y le recordará que ella nació para ser primera. Habrá llegado, para los dos, el momento de la verdad. Y lo mismo para el país y sus habitantes.

jueves, 12 de octubre de 2017

HISTORIAS INCORRECTAS



“En su hora más solitaria, hacia el comienzo del otoño de la edad, sucedió un hecho inesperado en la gris existencia de Leopoldo Lugones. Una tarde de 1926 llegó como todos los días a la Biblioteca del Maestro. Estaba por entrar en su despacho de director cuando, de pronto, una joven lo interceptó”
Hablamos de Leopoldo Lugones y la increíble saga familiar que parece salida de una novela de terror.
Recordábamos que fue el soporte intelectual de la nefasta dictadura de 1930 y que su hijo Polo Lugones, inspector de la Policía en aquellos años duros, fue el inventor de la picana eléctrica. En realidad, una más de sus perversiones. Porque, habiendo tenido el cargo de director del Reformatorio de Menores de Olivera, abusó sexualmente de los chicos que debía cuidar. Ese hecho, como dijimos, llevó a Leopoldo a rogar al Presidente constitucional Hipólito Yrigoyen para que intercediera por su hijo. Yrigoyen se compadeció, y luego Lugones le pagó con la traición, al participar activamente del golpe de Estado que lo derrocó.
Veamos algunos otros aspectos de la sórdida vida de Leopoldo Lugones.
La educación familiar fue conflictiva. Tironeado entre el fervor católico de su madre y las convicciones agnósticas de su padre, doña Custodia, madre de Lugones, llegó a recurrir a los oficios de un exorcista para arrancar el demonio del ateísmo del alma de su hijo. Y, al parecer, el trabajo del cura surtió efecto: Leopoldo Lugones abdicó del juvenil socialismo para abrazarse a la cruz y, sobre todo, a la espada. De hecho, en su discurso en Perú titulado «La hora de la espada», dijo el poeta: «El ejército es la última aristocracia, vale decir la última posibilidad de organización jerárquica que nos resta entre la disolución demagógica».
De un día para el otro, Leopoldo Lugones se quedó sin amigos, sus colegas se alejaron y sus lectores le dieron la espalda. Lejos de apocarse ante aquella soledad, redobló la apuesta y escribió “La patria fuerte” y “La grande Argentina”, dos opúsculos que sintetizaban la esencia autoritaria de inspiración medieval. Ahora bien, ¿cómo se traducía este cambio en su moral cotidiana, su poética y su visión de la sexualidad?
Existe una obra de Lugones, dedicada a su esposa, Juana González, titulada “El libro fiel”. Es un extraño conjunto de poemas desapasionados, carentes de toda sensualidad y de un lirismo raso. El acento, tal como su nombre lo indica, está puesto en la fidelidad antes que en la pasión. La esposa debe ser apreciada con un cariño fraterno. Lugones escribe:
“Y bajo una paz lejana
Ver afanarse con seriedad sencilla
Tu diligente juventud de hermana.”
Resulta perturbadora la alusión incestuosa como definición del matrimonio. Pero además, Leopoldo Lugones declaraba a quien quisiera escucharlo que él era «el marido más fiel de Buenos Aires».
De acuerdo con semejantes títulos y honores autoproclamados, todo haría suponer que la vida íntima de Lugones fue un dechado de virtud y fidelidad. Sin embargo, el hallazgo de ciertas cartas secretas demuestra otra cosa:
En su hora más solitaria, hacia el comienzo del otoño de la edad, sucedió un hecho inesperado en la gris existencia de Leopoldo Lugones. Una tarde de 1926 llegó como todos los días a la Biblioteca del Maestro. Estaba por entrar en su despacho de director cuando, de pronto, una joven lo interceptó.
Lugones, engreído como era, le preguntó: «¿Viene por un autógrafo?». Sin embargo, al acomodarse los anteojos, sus ojos miopes recorrieron de arriba abajo la anatomía de la mujer y, después de una inspección minuciosa, la invitó a pasar al despacho. Una vez dentro, la muchacha, que ceñía su cuerpo en un ajustado vestido verde, se presentó y expuso a Lugones el motivo de su visita.
El nombre de la veinteañera era Emilia Santiago Cadelago, egresada del Instituto del Profesorado de Letras. Emilia venía a pedirle un ejemplar de “Lunario sentimental”, obra publicada en 1909 que estaba agotada.

El padre del modernismo argentino quedó extasiado ante la joven. La respuesta del poeta sonó como un pretexto para volver a verla: le dijo que no había ningún ejemplar en la biblioteca, pero prometió conseguirle uno. Era la excusa perfecta para concertar una cita. Si en 1924 pronunció «La hora de la espada», ahora, ante la aparición providencial de la muchacha de vestido verde, habría de escribir “La hora del destino”:
“Lo que aquella tarde me cambió la vida
Dejándola a la otra para siempre atada,
fue una joven suave de vestido verde
que con dulce asombro me miró callada.”
De pronto, «el hombre más fiel de Buenos Aires», el autor de “El libro fiel”, inició un romance tan secreto como apasionado con Emilia, a quien rebautizó con el nombre de la deidad griega Aglaura.
El ascético juglar se convierte de pronto y literalmente en un semental poético. Las cartas secretas que Lugones escribe a Emilia Cadelago son uno de los hallazgos más sorprendentes y horrorosos del género epistolar, salidas de la trama de una novela de horror: la tinta con la que están escritas mueve a la náusea: sangre mezclada con otros fluidos más viscosos realzan y enfatizan las frases. Sí, leiste bien: papeles llenos de palabras empalagosas salpicadas con esperma, borroneadas con saliva, rastros táctiles y huellas sanguinolentas que unen párrafos o subrayan palabras.
. Pero el desenlace de esta historia une, como una tragedia griega, a todos estos personajes y a su descendencia, encadenando sus destinos con el dramático derrotero argentino.

F. A.

miércoles, 11 de octubre de 2017

HISTORIAS INCORRECTAS


Leopoldo Lugones fue el personaje más emblemático de la primera dictadura argentina. De su pluma surgieron algunos trazos de la proclama del golpe del ’30 y los párrafos más recalcitrantes de los que alzaron en armas contra la Constitución”







Alguna vez dije que, lamentablemente, en este país se conmemora el Día del escritor el 13 de junio, en recuerdo del nacimiento de Leopoldo Lugones. Un personaje deplorable que ha prestado su pluma para justificar el golpe del ’30, el comienzo del gran drama argentino.
¿Pero quién fue realmente Leopoldo Lugones? La vida de los Lugones parece una saga literaria espeluznante.
Leopoldo Lugones fue el personaje más emblemático de la primera dictadura argentina. De su pluma surgieron algunos trazos de la proclama del golpe del ’30 y los párrafos más recalcitrantes de los que alzaron en armas contra la Constitución. De hecho, podría afirmarse que las palabras que pronunció Uriburu al anunciar el golpe eran apenas una versión suavizada de «La hora de la espada», el discurso tristemente célebre que Lugones diera en Perú en 1924:
“La democracia la definió Aristóteles diciendo que era el gobierno de los mejores. La dificultad está, justamente, en lograr que la ejerciten los mejores. Es difícil que esto suceda en un país como en el nuestro, con sesenta por ciento de analfabetos, de lo que resulta claro y evidente, sin tergiversación posible, que ese sesenta por ciento de analfabetos es el que gobierna al país, porque en elecciones legales ellos son una mayoría.”
Quizá las más precisas descripciones de Leopoldo Lugones las haya dado su propio hijo, quien, además del nombre y del apellido, compartía con su progenitor todo el repertorio xenófobo y racista.
“No podría decir de manera categórica que mi padre se enorgulleciera por su origen, que no se gloriaba sí; mas es lo cierto que de pequeño hízome entender que éramos nosotros de sangre limpia, como decían en España de donde venimos, de las gentes sin mezcla espuria de corrientes judías o moras o de penitenciados por la Inquisición.”
Al desprecio por las mayorías y por los analfabetos, a las ofensas a judíos y musulmanes, a la creencia en la superioridad racial y al elogio de la Inquisición, se sumaba el odio que Lugones sentía hacia los extranjeros, sobre todo a los inmigrantes italianos que habitaban los conventillos. El perfecto retrato de un fascista, adornado con todos los clisés que componen una caricatura. Incluso, su tránsito de un declamado socialismo de juventud hacia la posición opuesta coincidió con el pasaje del socialismo al nacional-socialismo del que, en su momento, se jactara el propio Mussolini.

Polo Lugones fue el nexo entre su padre e Hipólito Yrigoyen. Existió un hecho que ha intentado silenciarse, no sin cierto éxito: no muchos sabían que Lugones debía un enorme favor personal al presidente constitucional contra el que habría de conspirar, un favor tan íntimo y secreto que, a la deslealtad política que significó el golpe, se impuso la traición personal. Durante el mandato de Alvear, Polo Lugones había sido designado director del Reformatorio de Menores de Olivera. Su ferviente catolicismo no fue un obstáculo para que abusara sexualmente de los menores internados aprovechándose de su cargo. Además de los numerosos testimonios y denuncias, existió una causa judicial que llevó a la cárcel al hijo del poeta sedicioso. A propósito, en el libro “El martirologio argentino”, Carlos Jiménez escribió:
“Leopoldo Lugones (hijo) fue enjuiciado criminalmente porque siendo Director del Reformatorio de menores de Olivera —¡qué ironía!—, cometía con las criaturas allí recluidas, el abuso más repugnante y execrable para satisfacer sus aberraciones de pederasta activo, pasivo y sádico consumado. ¡Qué monstruosidad! Proceso que culminó con la exoneración del ruinoso personaje que nos ocupa, a quien el fiscal que intervino en la causa pidió 10 años de prisión. (…) Al proceso con requisitoria fiscal antes referido, intervienen influencias que paralizan la causa para evitar «que se enlodara más» el nombre de su familia.”
En efecto, al asumir Hipólito Yrigoyen, Leopoldo Lugones intercedió personalmente ante el nuevo presidente para limpiar el honor del insigne apellido del escritor que, a decir de algunos, había llevado a la cumbre al modernismo poético argentino. De rodillas, le imploró a Yrigoyen que liberara a su hijo para evitar el escarnio público. Por ingenuidad o por respeto a la «investidura» literaria de Lugones, el presidente hizo valer su influencia y el joven pederasta quedó en libertad. Leopoldo Lugones le pagó con la traición.
Pero eso no es todo, Lugones hijo tiene en su haber hazañas todavía más formidables: la picana eléctrica. Y no sólo la inventó, sino que, al ser nombrado inspector de policía de la dictadura, fue uno de los mejores ejecutores de semejante instrumento. Cuentan sus infortunadas víctimas que el placer que experimentaba Polo a la hora de aplicar corriente eléctrica era semejante al del éxtasis sexual.
Me dirán que el sorprendente Polo Lugones era tan sólo el hijo de Leopoldo. Cuando, te cuente la vida íntima de Leopoldo, Polo te va a parecer una persona bastante convencional. Pero esa, es otra historia y te la cuento mañana.
F. A.