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sábado, 5 de agosto de 2023

INTERROGANTES


¿Cuál será el mapa político que dibujarán las PASO?
A días de las elecciones primarias –mucho más que una disputa para definir candidaturas– las incógnitas que plantea el futuro generan interés creciente entre inversores internacionales y analistas de mercado
Sergio Berensztein
A nueve días de las elecciones primarias emergen al menos cinco interrogantes que concentran la atención y generan un interés creciente tanto dentro de la política como, en especial, entre los inversores internacionales y los analistas de mercado. Todos se vinculan al resultado, vale decir, al eventual mapa político emergente de unos comicios que son mucho más trascendentes que una mera disputa interna para definir candidaturas: el 13 de agosto a la noche tendremos una tomografía contundente, precisa y potencialmente despiadada del estado de situación del sistema político argentino. El voto popular establecerá un límite y podría incluso poner en ridículo la interminable serie de especulaciones, digresiones, habladurías y desvaríos que hemos escuchado y leído en los últimos tiempos.
El primer interrogante, presuponiendo que tanto el sentido común como los sondeos de opinión pública están bien orientados, consiste en detectar cuál es la distancia que separa a Juntos por el Cambio –sumando las listas de Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta– de Unión por la Patria. Es notable, pero ni siquiera los encuestadores más identificados con el oficialismo sugieren que este podría acumular más apoyo que la principal coalición opositora. Hay, no obstante, un debate respecto de la brecha entre los componentes del sistema “bicoalicional” que impera en la Argentina (también existe el consenso de que Javier Milei no constituye una amenaza real en términos de romper esa hegemonía). Si se tratara de una distancia contundente como para indicar una potencial resolución de la contienda en primera vuelta, como ocurrió en las PASO de 2019, cuando quedó claro que la tendencia era casi imposible de revertir, habría un impacto muy positivo en los mercados y eso aliviaría la dinámica política interna. Una diferencia determinante a favor de JxC implicaría un probable quorum propio en la Cámara de Diputados, un bloque muy significativo en el Senado (¿35 bancas?) y más tiempo (48 días en vez de 20) para formar el nuevo gobierno y enviar señales a los mercados.
Curiosamente, este sería el mejor escenario para el Sergio Massa ministro (y potencial líder opositor a futuro, cuando el peronismo enfrente el inevitable desafío de avanzar en un proceso de depuración o reinvención, luego de dos décadas “preso” de –o al menos condicionado por– el fenómeno kirchnerista), y el peor para el Sergio Massa candidato. Por el contrario, si se tratara de una distancia relativamente acotada y quedara margen para que UP se recupere y fuerce una segunda vuelta, no puede descartarse un entorno mucho más volátil y complejo en términos económicos y, consecuentemente, también políticos. Aquí, un Massa candidato competitivo y envalentonado implicaría un dolor de cabeza para el Massa que viene lidiando a los ponchazos con una crisis económica complicadísima con casi nulo margen de maniobra.
La segunda duda es cuál será la fórmula victoriosa en JxC y qué ocurrirá el día después. ¿Habrá unidad y coordinación luego de esta desgastante disputa o las profundas diferencias que afloraron en la campaña obstaculizarán (o impedirán) el necesario trabajo conjunto de cara a las elecciones generales? Cualquiera que sea el ganador, necesitará todos los votos de su adversario. Probablemente existan más diferencias entre las segundas y terceras líneas que entre los líderes más encumbrados, pero se trata de un test de profesionalismo,
El candidato eventualmente derrotado deberá concentrarse en que el funcionario responsable de haber evitado un escenario caótico complete su gesta hasta el final del mandato madurez y responsabilidad que muchos dirigentes no parecen en condiciones de aprobar.
Por el lado del oficialismo, la cuestión consiste en determinar cómo quedarán parados, en ese orden, el peronismo en general y Massa en particular. Se incrementaron los temores de que el justicialismo haga en octubre una de las peores elecciones presidenciales de su historia en función de los magros resultados obtenidos en la mayoría de las provincias. Derrotas como las de San Luis, San Juan y Chubut sugieren que JxC podría lograr un poder territorial muchísimo más significativo del que tuvo Cambiemos entre 2015 y 2019. Resta comprobar qué ocurrirá en Chaco, Mendoza y Santa Fe, en cuyas primarias se impuso la principal coalición opositora. Asimismo, baqueanos de la política entrerriana aseguran que Rogelio Frigerio se perfila como el candidato vencedor: el peronismo perdería otra provincia que dominaba desde hacía tiempo. Uno de los responsables de esa debacle, Sergio Uribarri, ya condenado por corrupción, acaba de ser acusado en otra causa. Y mientras el peronismo pierde poder institucional y territorial, Massa podría salir parcialmente fortalecido a pesar de (o incluso gracias a) una eventual derrota. Por un lado, evidenciando un piso “propio” de votos que le otorgue autonomía relativa y competitividad a futuro más allá del apoyo de CFK. Por eso hace campaña en geografías hostiles, como Córdoba y Mendoza. Del frío análisis de sus fortalezas y debilidades como candidato dependerá su influencia futura en la reconstrucción del peronismo. Por otro lado, el candidato eventualmente derrotado deberá rápidamente concentrar sus esfuerzos en que el funcionario hiperactivo y responsable de haber evitado hasta ahora un escenario caótico complete su gesta hasta el final del mandato. Esto genera dudas en el mercado financiero: “¿Qué correcciones que evitó hasta ahora estará dispuesto o podrá hacer, como en el tipo de cambio oficial, para facilitar la transición?”, se preguntaba estos días un experimentado trader basado en Miami.
Ese margen de maniobra dependerá, en gran medida, del poder que retenga el kirchnerismo a partir de las PASO y esto se definirá a partir de lo que ocurra en dos provincias: Buenos Aires y Santa Cruz. Si el 13 de agosto muestra un resultado auspicioso de cara a las generales de octubre, el kirchnerismo habrá aprobado una prueba fundamental: la capacidad de retener el poder en esos distritos en circunstancias tan desfavorables sería la punta de lanza para recuperar protagonismo y plantearse como una oposición firme frente al programa reformador que impulsará JxC. Si ocurriera lo contrario, estas PASO serían un Waterloo para CFK y sus alicaídas huestes. En el peronismo auditarán si Massa saca más o menos votos que Axel Kicillof y, sobre todo, el nivel de traición de los intendentes del GBA que están, como de costumbre, distribuyendo boletas a medida de las preferencias de sus votantes para asegurarse su reelección. Si JxC demuestra que está en condiciones de recuperar la provincia de Buenos Aires, quedaría refutado el temor en materia de gobernabilidad de algunos memoriosos: los únicos casos de saqueos masivos y episodios de violencia descontrolada en estos 40 años de democracia se dieron con un presidente no peronista y la provincia en manos del PJ (1989 y 2001).
El desconsuelo de CFK sería inconmensurable si además perdiera en Santa Cruz. Esto ocurrió en varias elecciones de mitad de término, pero el PJ siempre se “reunificaba” cuando se elegía gobernador, con la ley de lemas como perverso mecanismo para disimular la profunda fragmentación que los Kirchner, si no alentaron, jamás pudieron evitar. La gran diferencia en este caso puede llegar a ser la inclusión en JxC del polémico Claudio Vidal, un sindicalista petrolero históricamente ligado a los Kirchner exitosamente atraído por Rodríguez Larreta.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

domingo, 15 de octubre de 2017

EN "EL ESPACIO MENTE ABIERTA";.....INTERROGANTES



Lloraban por todos los rincones. Corrían de un lado a otro y expresaban su temor. Porque todos, de un momento a otro, podían perder la vida. Ellos estaban convencidos: si los dementes seguían dominando el mundo, pronto no quedaría nada.


Los pacifistas del siglo XX pretendían resguardar al ser humano y a la tierra. A veces, enfundaban su pacifismo en la ecología o en la izquierda. Los movía el temor a la energía nuclear y a su potencial armaentístico. Gritaban al ver a los jerarcas de la URSS en su loca carrera hacia el espacio y despotricaban contra el "gobierno imperialista de Estados Unidos" cuando éste escalaba sus misiles para combatir "la amenaza roja". La Guerra Fría podía desatar el momento final. "¿Qué pasaría si mañana Reagan decidiera destruirlo todo?", preguntaba una joven alemana con una remera de Woodstock 69 a un colega portugués en una manifestación. "¿Y si lo hiciera Brezhnev?", contestaba el luso afiliado a Greenpeace.


Ellos no eran una excepción. En los años 60 eran muchos los ciudadanos de a pie que, en todos los rincones del mundo, tenían la certeza de que la guerra nuclear podía estallar en cualquier momento. Lo habían visto en películas y leído en libros de ciencia ficción. Lo veían documentado en los diarios y en las cadenas televisivas. Los locos a cargo del planeta podían tomar la decisión repentina de apretar el botón rojo. Ese que lanzaría un cohete o una bomba. Ese que, de un plumazo, terminaría con amores e historias. Ese que ya no dejaría nada.
Hoy, el imaginario que alimentó la Guerra Fría y la posibilidad de una guerra nuclear está de regreso. El arsenal nuclear de Corea del Norte en manos de un régimen impredecible; las armas de Putin apuntando a Occidente; el "botón rojo" de las armas norteamericanas a cargo de Trump; ataques químicos en Siria; terrorismo en cualquier ciudad de Europa. Hace algunas semanas, el término "tercera guerra mundial" fue el más buscado en Google, mientras los análisis sobre su inminente comienzo se multiplican. ¿Pero es un fenómeno permanente? ¿Es verdad que nuestros miedos vuelven a poblarse de botones rojos, espías, dictadores y armas de destrucción masiva?


En aquellos años, las imágenes apocalípticas no eran ociosas. Aunque acaso exageraban el temor nuclear, los ciudadanos que se manifestaban por el desarme tenían razón. La Guerra Fría, que enfrentaba a las dos poderosas superpotencias, era algo más que una batalla ideológica entre el "socialismo real" y el mundo capitalista. Era, sobre todo, un proceso de amenazas constantes.


Una de las más aterradoras tuvo lugar en 1962. La Unión Soviética, al mando del camarada Nikita Kruschev, había colocado una serie de misiles nucleares en la Cuba socialista. Descubiertos por el gobierno de Estados Unidos, comenzó la negociación que acabó en telefonazo rojo: Kruschev aceptó quitar los misiles - contra la voluntad de Fidel Castro - y Kennedy se comprometió a hacer lo propio con su arsenal nuclear en Turquía.
En el imaginario colectivo, la guerra nuclear era posible porque la realidad de Guerra Fría era palpable. Los países de la OTAN y del Pacto de Varsovia peleaban en una contienda a muerte en diferentes territorios del mundo. Estados Unidos financiaba demenciales dictaduras de derecha que arrasaban con todo a su paso. Los soviéticos apostaban, por su parte, a sus partidos satélites y daban auspicio a totalitarios regímenes a los que llamaban "democracias populares".


En medio del temor por el estallido, reinaban las ficciones y los relatos. Las novelas post-apocalípticas de Philip Dick - que daba por hecho la guerra nuclear en La penúltima verdad- y las obras de ciencia ficción de un católico pacifista como Walter M.Miller (autor de Cántico por Leibowitz) estaban a la orden del día. El ruso Andrei Tarkovsky tocaba metafóricamente la cuestión en su película Sacrificio y Theodore Sturgeon apostaba al amor en su relato El trueno y las rosas en el que, tras el apocalipsis nuclear, los escasos sobrevivientes sólo se dedicaban a construir la paz. A ellos se sumaban las novelas de espías, en las que se destacaban Le Carré y Graham Greene. Y no faltaban, por supuesto, quienes literaturizaban una filosofía. Entre ellos, el genial Aldous Huxley dejaba claras sus miradas en un libro como Mono y esencia. Allí, solo un país se salvaba de la destrucción nuclear. Era la pequeña Nueva Zelanda.
En el mundo socialista las cosas no eran diferentes. En el confuso underground soviético, diversos artistas manifestaban su terror con unas surrealistas ilustraciones que parecían extraídas de un manual combinado de realismo socialista y cine de terror de "clase b". Boris Mikhailov fotografiaba a hombres con máscaras blancas con respiradores artificiales en un futuro postapocalíptico. Y Sergei Sherstluk pintaba a un cosmonauta muerto en un paraíso socialista con una imponente belleza natural pero ninguna vida posible.


Un día, sin embargo, el mundo amaneció siendo otro. Tras escuchar durante años sobre tratados nucleares, carreras armamentísticas y programas de desarme, cayó el Muro. En Berlín empezaba a destruirse el "socialismo real". El fin de la Guerra Fría sepultaba el siglo XX. Y con él, la vieja amenaza nuclear. ¿Qué pasaría después?

Con capitalismo e inequidad, con injusticia en todo el planeta, pero con la tranquilidad de que los bombazos no estallarían, ¿cómo se produciría temor? ¿Dónde quedarían el enemigo y las novelas de espías?
Rápidamente, comenzaron a desarrollarse nuevas teorías de la confrontación. Aunque las relaciones entre China y Estados Unidos permanecieron tensas, el comercio y la apertura del gigante asiático impedían colocarlo en el lugar de la vieja Unión Soviética. Ningún otro país se oponía de manera flagrante a Estados Unidos con el poder antes ostentado por la URSS y la idea de la hecatombe nuclear se volvía peregrina.
Sólo había un Estado capaz de provocar ese temor. Era ridículo, bizarro y excéntrico, pero contaba con un progresivo poderío armamentístico. Era la República Popular Democrática de Corea. La dictadura norcoreana -mezcla de marxismo-leninismo con teorías sobrenaturales y delirios económicos- había iniciado su proyecto nuclear de la mano de su primer líder: el camarada Kim Il Sung. El todavía hoy considerado "Presidente eterno" se había adherido, paradójicamente, al Tratado de No Proliferación Nuclear. Eso le había permitido adquirir tecnología que utilizaría, según declaraban sus voceros, con fines pacíficos. El mundo no tardó mucho en darse cuenta de que en un país militarizado, cerrado y en una Guerra Fría permanente con su vecina Corea del Sur, eso del "uso pacífico" no era más que un cuento.


Desde fines de los años noventa, con el liderazgo de Kim Jong Il (hijo de Kim Il Sung) la amenaza pareció volverse cada vez más real. Ahora, con Kim Jong Un (hijo de Kim Jong Il y nieto de Kim Il Sung) a la cabeza, la amenaza vuelve. Pero nadie presagiaría guerra sin mirar al otro lado: y al otro lado está Donald Trump.

¿Puede un pequeño país delirante como Corea del Norte reemplazar a la poderosa Unión Soviética como amenaza en una eventual guerra fría? Aunque muchos especialistas coinciden en que es imposible, los medios no dejan de auspiciar la idea de un inminente peligro nuclear.
El inefable Trump abre motivos para la locura. A principios de abril, el presidente norteamericano dijo que Corea del Norte estaba poniendo el dedo en la llaga. "Corea del Norte busca problemas. Si China decide ayudar, sería genial. Si no, ¡resolveremos el problema sin ellos!", tuiteó el mandatario norteamericano. Luego, se mostró complaciente con el mandatario chino, Xi Jinping. Pero, siempre fiel a su estilo contradictorio, volvió a declarar que actuaría solitariamente si China no cooperaba. ¿En que andará ahora? No lo sabemos: todo puede cambiar mañana.


Lo cierto es que los amantes de las teorías apocalípticas parecen estar viviendo buenas horas. Tras el vuelo de dos bombarderos supersónicos norteamericanos en un simulacro con la Fuerza Aérea Surcoreana, Corea del Norte atacó una vez más: "La provocación militar imprudente está llevando la situación en la península coreana al borde de la guerra nuclear", dijo la agencia oficial de informaciones de la autocracia de los Kim. El canciller ruso, Sergei Lavrov advirtió a Estados Unidos por sus actuaciones unilaterales con Norcorea. Y hasta el Papa Francisco se pronunció: "Esto de los misiles de Corea hace más de un año que se está haciendo, pero ahora parece que la cosa se ha calentado demasiado".
El lado de la cordura
¿Guerra mundial y nuclear entre Estados Unidos y Corea del Norte? ¿No es excesivo? "El problema real no es Norcorea. Son las acciones de Trump en Siria", dicen unos. En realidad el verdadero dilema es la relación de Estados Unidos con Rusia. Estamos entrando en una nueva Guerra Fría", dicen otros. ¿Serán los mismos que hace apenas unos meses afirmaban que Trump y Putin eran mejores amigos? ¿Serán los mismos que acusaron a Putin de ayudar al magnate norteamericano a acceder a la presidencia a través de hackeos informáticos?
La idea de una nueva Guerra Fría entusiasma a muchos. Entre ellos está Stephen Cohen, profesor emérito de estudios rusos de la Universidad de Nueva York. Según él, "la retórica belicista de Washington militariza la nueva Guerra Fría y genera análisis rusófobos en el establishment político-mediático en Estados Unidos, lo que incita a una guerra real".
El director del Instituto Carmel de Cultura e Historia Rusas en la American University de Washington D.C, Antón Fedyashin, se encuentra en las antípodas de esta idea. Fedyashin suele mirar con escepticismo y una mueca risueña las declaraciones rimbomantes que remiten al pasado y simplemente considera que es una "ironía que Occidente vuelva a los estereotipos que retratan a Rusia como una amenaza". ¿Por qué lo hace entonces? Su respuesta es sencilla: porque "sirve como remedio para encontrar puntos de referencia en un mundo que es mucho más complicado, fluido y difícil de comprender".
Del lado de la cordura también se ubica Mark Galeotti, investigador en el Instituto de Relaciones Internacionales de Praga, quien sostiene que "la gran diferencia es que, mientras en la Guerra Fría los dos mundos estaban muy aislados entre sí, ahora han interiorizado, en muchos sentidos, la misma visión del mundo".
¿Puede existir realmente un nuevo proceso de tensión entre Estados Unidos y Rusia como el que se vivió durante medio siglo? Hace apenas un mes, la prestigiosa revista The NewYorker intentó responder esta pregunta en una descollante crónica sobre las relaciones entre Trump y Putin. Sus autores, Evan Osnos, Joshua Yaffa y David Remnick, hacen suyas las palabras del jefe de periódico Ecos de Rusia, un hombre influyente y bien involucrado con la élite política de Moscú. "A los ojos de Putin, Occidente es la preocupación estratégica más apremiante de Rusia. Es anterior a Trump y le sobrevivirá. La Rusia de Putin tiene que encontrar maneras para compensar su debilidad económica y geopolítica; sus palancas de influencia tradicionales son limitadas, y, si no fuera por su formidable arsenal nuclear, no está claro si sería realmente importante como potencia mundial".


Pero si Rusia no es la vieja URSS y sin su poderío militar difícilmente sería considerada una potencia de envergadura, ¿por qué hablar de Guerra Fría? Y si Corea del Norte no puede demostrar siquiera que su armamento nuclear tiene un alcance potencial para un conflicto bélico serio, ¿por qué hablar de guerra nuclear? La bandera roja no ondea en el Kremlin. Putin puede pretender que maneja un imperio pero Rusia ya no lo es. Corea del Norte, gobernada por una dictadura autocrática y demente, es un pequeño país asiático que no puede reemplazar a la vieja Unión Soviética en una disputa nuclear. China, siempre compleja, encarna un factor destestabilizador y estabilizador a la vez. Trump gobierna Estados Unidos. Y lo que antes era imaginario colectivo, hoy solo parece ser imaginario mediático y político.
El mundo de hoy no es el del pasado. Las fuerzas políticas son diversas y los escenarios más cambiantes. La recurrencia a los miedos puede ser una buena estrategia para atemorizar, pero el temor no está presente como entonces. Nadie piensa, por ahora, en los términos de la Guerra Fría. ¿Será que no nos importa? ¿O que hemos internalizado que los bloques y conflictos no son ni influyen como antes? Quizás haya guerra nuclear y mundial algún día. Puede suceder pronto o dentro de cien años. No deberíamos, sin embargo, aplicar con simplismo categorías de un tiempo que fue a uno que ya no es.


Hace unos meses, con el triunfo de Trump y el crecimiento de la extrema derecha y los nacionalismos, hubo quienes vinieron a avisarnos: volvemos a los años 30. Ahora, en cuestión de semanas, hemos pasado rápidamente a los 50 y los 60. ¿Hacia dónde nos dirán que hemos ido mañana?
M. Sch. 

lunes, 6 de marzo de 2017

EDUCACIÓN...CADA VEZ MÁS PROBLEMAS


Se gasta más dinero que nunca en educación pero todo funciona mal

El recuerdo se me antoja un poco difuso. Alcanzo a recuperar el gusto medio amargo de la chocolatada que preparaba mi viejo, la pelea por un remanente de galletitas dulces con mis tres hermanos, la caminata por calle 45, el timbrazo a mi amigo Maxi, la remontada del diagonal 74 hasta 9 y los 100 metros que restaban hasta la puerta de la escuela 2.
Ese año nos habíamos propuesto una pequeña gesta; emulando ese mito de que Sarmiento nunca faltaba, decidimos que acabaríamos el boletín con asistencia perfecta. El primer paro nos tomó por sorpresa. ¿adheriría nuestra maestra de quinto grado? ¿pasarían asistencia? Fuimos igual.
Eran épocas de altísima inflación. En febrero de 1985 los precios al consumidor aumentaron en promedio un 20% solo en ese mes. Un año después, producto del éxito inicial del Plan Austral, el deterioro de la capacidad adquisitiva se había frenado considerablemente, pero a pesar de que las subas en la canasta de bienes registraban en el segundo mes de 1986 solo un 1,6%, según un estudio de Héctor Félix Bravo, los paros en las aulas se multiplicaron pasando de 11 medidas de fuerza en 1985 a 106 huelgas a lo largo y a lo ancho de todo el país, al año siguiente.
Desde entonces, como un DeJa Vu, los conflictos gremiales se repiten año a año, pero ni los docentes logran salarios dignos, ni los chicos aprenden. Si a los gremialistas se los juzgara con la vara resultadista de los técnicos de futbol, ninguno habría durado ni un solo campeonato. Pero, aunque las medidas de protesta evidentemente sean un fracaso rotundo, un puñado de gremialistas a los que paradójicamente no les va tan mal, insisten una y otra vez en el mismo planteo táctico.
Peor aún. La clase media lenta pero sostenidamente ha decidido darles la espalda votando con los pies. Un goteo incesante de padres que se educaron en la Escuela Pública, abandona el sistema y acepta en los hechos la doble imposición que significa pagar los impuestos que supuestamente sostienen el sistema educativo estatal y al mismo tiempo abonar la matrícula de un colegio privado. 


Lo cierto es que el sistema pago tampoco funciona mucho mejor. Los resultados de las pruebas estandarizadas como los Operativos Nacionales de Evaluación muestran diferencias muy pequeñas de rendimiento entre los alumnos de escuelas públicas y privadas. Tampoco discriminan los bochazos en los ingresos a las Universidades, ni la espectacular tasa de abandono en el primer año de aquellas facultades con más pruritos para hacer lo que cualquier universidad del mundo hace; evaluar a sus ingresantes.
No parece preocuparles a los padres que los chicos no aprendan. No se observan manifestaciones de protesta porque un graduado del secundario no sepa dividir sin la ayuda de un celular y tenga tantas dificultades para comprender un texto, como para despejar una equis. No hay explosión viral de voluntarios que se ofrezcan a dar clases particulares para que los chicos puedan aplicar el teorema de Pitágoras, o entender que, una sentencia condicional lógica del tipo P entonces Q, no queda invalidada demostrando que hay veces que ocurre Q sin P. No, según un estudio de Emilio Tenti Fanfani, “el reclamo más expresivo por parte de los padres hacia la escuela pública está relacionado con la intermitencia del servicio educativo”.
Es probable que el foco en los paros tenga que ver con que las consecuencias de que los chicos no aprendan ocurrirán en el futuro, mientras que el efecto del paro en términos de organización social del tiempo es inmediato. Es incluso lógico que quien no pondera las consecuencias futuras de fumar, o no ahorrar, por poner solo dos ejemplos caprichosos, también muestre escasa preocupación por los efectos nocivos del embrutecimiento de sus hijos.
Para empeorar el cuadro, como demuestra la investigación empírica de Mariano Narodowsky y Milagros Nores, la fuga hacia el sistema privado no es socialmente homogénea sino que deja a la escuela pública como refugio de los pobres que no tiene la posibilidad económica de escaparse. Este resultado es confirmado por el estudio del Economista David Jaume, quien descubrió que entre 1992 y 2010 la segregación escolar se incrementó entre 30% y 100%, dependiendo del índice utilizado para medirla.
Los continuos paros no solo contribuyeron a privatizar en los hechos la educación en Argentina, sino que son responsables de la destrucción de la escuela pública como igualador social. Esas medidas de fuerza extrema, aplicadas de manera sistemática y recurrente a lo largo de los últimos 30 años han contribuido a estratificar primero la escuela y consecuentemente la sociedad.
Por supuesto, resulta indigno que un docente cobre un salario por debajo de la línea de pobreza, pero también, según las declaraciones del ministro Alejandro Finocchiaro, uno de cada cuatro recibos que paga corresponde a una suplencia. El sistema está podrido y lo sufren tanto los docentes que en su mayoría se esfuerzan por dar lo mejor, como los alumnos que pierden días de clase. Se da así la paradoja de que gastamos más dinero que nunca en educación, pero los maestros están mal pagos y la escuela no funciona. 


Tal vez haya que mirar las experiencias exitosas como la del “Incentivo Aula” en Mendoza, que bajó 34% el ausentismo, premiando al mismo tiempo a los docentes cumplidores. Y si no hubiera voluntad política de cambio, existen muchas alternativas para lograr tanto visibilidad como éxito en el reclamo. Por ejemplo, en las redes sociales alguien sugirió dedicar los días de protesta a explicar en clase las consecuencias de la inflación, que es la gran responsable del envilecimiento de los salarios. Alternativamente pueden protestar contra los funcionarios del Ministerio, negándose a recibir a los inspectores o desconociendo los memorandos. Y por supuesto pueden usar las redes sociales para multiplicar las demandas.
En cualquier caso, el paro nunca es una buena idea. La mejor manera de defender la Escuela Pública es haciéndola funcionar.

M. T. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Y DESPUÉS DEL BLANQUEO ¿QUÉ?


Los bancos públicos salen a la cancha; el debate por las cuotas crece y se busca bajar la incertidumbre por las elecciones a inversores del exterior


En el gabinete económico hay un antes y un después. No se trata concretamente de la salida de Alfonso Prat-Gay, sino del día D para que culmine el sinceramiento fiscal. Aunque guardan la estimación oficial, la calculadora del Gobierno ya anticipa en unos US$ 120.000 millones el resultado final del blanqueo para el próximo 31 de marzo.
Es decir, para la fecha de cierre definitiva que existe para declarar propiedades del exterior y el dinero que hasta ahora se encuentra afuera del sistema con una multa del 15%. Las agendas inmediatas varían según el piso del Palacio de Hacienda que se visite aunque todos coinciden en que hoy se trabaja con mayor cohesión con "el poder". Así se refieren a la Casa Rosada adonde reportan a los coordinadores del Gabinete, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui y adonde discuten semanalmente el devenir de cada una de sus áreas.
Por las huestes de Irigoyen 250, el optimismo aparece en los distintos pisos. El consenso es que la economía repuntará en los próximos tres meses y que la tendencia alcanzará su punto más alto en la previa de las elecciones. "Olvidate. Es un hecho y no hay vuelta atrás", repiten al unísono los principales referentes ante la consulta En el Ministerio de Finanzas se respira mayor tranquilidad después de haber cubierto el 70% de las necesidades financieras del año. A fines de 2016 se vaticinaba que el efecto Trump combinado con una mayor incertidumbre global podría haber sido un problema de fondo para un país con déficit y el por entonces secretario de Finanzas -hoy devenido en ministro- ya había preparado los escenarios tentativos. Con eso resuelto su agenda pasa ahora por potenciar el mercado de capitales que es todavía una pata débil de la economía local.
El objetivo es acelerar la reforma del mercado de capitales que quedó fuera de agenda en 2016.


Al momento de buscar financiamiento externo la recepción superó las expectativas aunque hubo una persistente pregunta que aun resuena en los oídos de los principales funcionarios. La misma se escuchó en el foro de Davos y entre los influyentes empresarios internacionales que visitan la Argentina.
"¿Qué pasará en las elecciones de medio término?", consultó esta semana por lo bajo el economista jefe de uno de los principales bancos. La respuesta desde el gobierno nacional surgió natural y con el tiro certero de un ensayo previo: "Estamos preparados para los dos escenarios. Si perdemos no nos preocupa porque ya pudimos gobernar con minoría en las dos cámaras y si ganamos nos dará mucha más fuerza para avanzar con las cuestiones estructurales. Lo que sí puedo decirle es que en la Argentina los días de kirchnerismo terminaron", minimizó convincente uno de los referentes de Economía. Por lo bajo, sin embargo, siguen de cerca las encuestas con la pasión electoral y saben que un triunfo en las urnas sería un acelerador clave.
Cada uno de los brotes verdes microeconómicos es celebrado con un particular semáforo que no es el de la Aduana. "Ya estamos viviendo un año en el que los indicadores van a ser todos mejores que en 2016, en un contexto en el que la emisión será cada vez menor. Eso hace que nuestro riesgo país caiga y la economía comience con su derrame", se entusiasmaron desde otro de los ministerios del Palacio de Hacienda.
El 1,3% de inflación de enero que difundió el Indec fue otro de los puntos que celebraron la semana pasada. Sin embargo, generó algunas suspicacias entre la oposición. "¿Cómo puede haber tanta diferencia entre la inflación según Indec y la dirección de estadísticas de la ciudad de Buenos Aires?", reflexionó uno de los economistas más influyentes del establishment. Y agregó: "1,3% versus 1,9%. Es desconcertante".


Desde el comercio minorista las opiniones sobre las últimas medidas macro están divididas. "Acaban de derribar un hábito que para la mayoría de la sociedad argentina era una institución: las cuotas sin interés. No lo puedo creer."
La frase es de uno de los dueños de una marca emblemática. "Me pregunto: qué necesidad de hacerlo ahora cuando finalmente el consumo estaba repuntando. Por qué no recorrer un poco más la calle que la academia. ¿Qué pasa si el repunte no demora dos meses ahora, sino siete u ocho", repitió enojado el empresario a modo de catarsis.
Las opiniones entre los retailers están divididas según el rubro en el cual compiten. Para los principales referentes de cadenas de electrodomésticos el fin del Ahora 12 y Ahora 18 tal como se los conocía era una medida imprescindible para recuperar la rentabilidad perdida y los márgenes que ya advertían luces rojas. Para las cadenas de indumentaria la decisión de la Secretaría de Comercio les preocupa porque aseguran enfrió las ventas y ni siquiera las rebajas de temporada están produciendo el efecto deseado.
La llegada de los tres principales bancos públicos a la guerra de las cuotas se gestó en el marco de una de las reuniones del gabinete económico. Si bien su poder de fuego es de sólo el 15% del mercado de las tarjetas de crédito, el objetivo fue mostrar un nuevo capítulo en la batalla que libran principalmente con Prisma, empresa controlante de Visa en la que a su vez participan catorce bancos como accionistas. El silencio de las entidades financieras tampoco es casual.
"Ahora ofrecemos financiación al 19% -un costo financiero total menor al 25%-. Es decir, menos de la mitad de lo que ofrecen los privados. La competencia ya comenzó", grafican desde Economía.


La decisión de la Secretaría de Comercio de avanzar con la comunicación de un contado "más barato" y un valor financiado "más caro" no tuvo en los primeros días los resultados esperados. La confusión entre los comerciantes se convirtió en el común denominador. Los consumidores, en tanto, vieron cómo se disparaba el precio final financiado y desde un encuentro en la Cámara de Comercio quedó en evidencia que muchos jugadores están todavía muy desinformados de los pasos a seguir.
"Todos coincidimos en que el mediano plazo llegará con baja genuina de precios al contado pero la fotografía actual muestra que no era el momento para enfriar el consumo", se sinceró uno de los hombres del Gabinete. En la sede del ministro Cabrera se defienden: "Los planes de hasta 50 cuotas hubieran sido imposibles si no aplicábamos los precios transparentes. Ahora es tiempo de competir y esperar. No se puede juzgar en diez días un cambio estructural".
Por su parte, Nicolás Dujovne y su equipo aspiran a resolver uno de los temas más complejos: una reforma tributaria integral. Trabajan también con la pauta de inflación del 17%, pero es frecuente escuchar al ministro con su visión de menos de un dígito para 2018.
J. D. R.