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lunes, 5 de junio de 2017

HABLAMOS DE JUAN RULFO


Juan Rulfo: la conexión local de un mexicano universal
Narradores, académicos y críticos literarios de la Argentina reflexionan sobre la trascendencia de la obra del escritor a partir de cuatro preguntas clave sobre la vigencia de su literatura
La ficciones de Rulfo fueron absolutamente innovadoras
En una época con varios homenajes a Juan Rulfo por el centenario de su nacimiento, cuatro voces autorizadas de la literatura argentina hablan de la obra del genial narrador mexicano, en la que destacan la fuerza de su oralidad, el minimalismo y la presencia de los escenarios místicos, entre los que estacan el pueblo de Luvina, que da nombre a uno de sus cuentos más populares, y Comala, escenario de su novela Pedro Páramo.
-¿Se sigue leyendo a Rulfo en el país? ¿En qué medida?
Pedro Luis Barcia (académico): En los programas universitarios hoy aparece escasamente. En nuestra cátedra (que no es literaria sino cultural) en una Facultad de Comunicación hace veinte años que tenemos a Pedro Páramo acompañado de una guía de lectura que allana ciertas dificultades textuales. En la escuela secundaria es frecuente que se lean y comenten un par de cuentos de El llano en llamas; acabo de incluir uno en manuales que he revisado. No disponemos de lectometrías -digamos así- probadas de supervivencia en los lectores hedónicos. Su novela no es fácil para un lector no avezado. Más accesibles son sus cuentos. Como en casi todo, tal vez el lector común lo compre más de lo que lo lea. Rulfo tuvo su ola de difusión. Ahora se ha amortecido un tanto, pero como buen clásico que es retornará como las estaciones.


Marcos Crotto (narrador, ganador del premio Juan Rulfo): Rulfo es una lectura obligada, en el sentido literal del término: está en el programa básico de lectura de colegios y de algunas carreras universitarias humanistas. También se lee en los talleres literarios para lectores iniciados, que acá proliferan. Además, Pedro Páramo y El llano en llamas, vienen pegadas en la edición más conocida, uno se lleva dos por uno. No hay que subestimar este aspecto comercial que despierta al amarrete que todos llevamos dentro. Otro elemento extraliterario de peso es que es un autor bien visto. Recomendar a Rulfo quiere decir que se tiene un poco de sensibilidad social y siempre es bueno tenerla o aparentar que se la tiene.
-¿Qué aspectos se valoran más de su literatura? ¿Cómo se lee y cómo se entiende a Rulfo?
Samanta Schweblin (narradora, ganadora del premio Juan Rulfo): A veces deslumbra su mirada documentalista, por cómo ha captado su entorno -la pobreza, el hambre, el campo, los excluidos-. Pero creo que muchos de sus cuentos, y sobre todo Pedro Páramo, son sobre todo construcciones de maquinarias narrativas muy originales. Absolutamente innovadoras para el momento en que fueron escritas y de un minimalismo, una precisión y una delicadeza de absoluta maestría.
Celina Manzoni (académica): La creación de un lenguaje, la construcción de tramas sencillas, en apariencia, pero cargadas de sentido, la profundidad en el trazado de sus personajes. Y me parece que esto es así porque casi todos los personajes de los cuentos de El llano en llamas, por ejemplo, se constituyen, desde una voz reconocible en el cruce entre lo individual y lo social en el llano, un espacio natural inclemente de sus cuentos: la religiosidad y la culpa en "Talpa"; la soledad y el viento en "Luvina"; la injusticia en "Nos han dado la tierra" y en "Es que somos tan pobres". Pero quizás lo fundamental en la experiencia de la lectura esté en las voces de esos personajes; en su individualidad alcanzan, aunque decirlo así suene algo pedante, la dimensión de lo universal; interpelan, hacen reflexionar, conmueven incluso en su desesperanza o quizás por su desesperanza en la que sin embargo no deja de filtrarse, a veces un pálido humor.


-¿En qué autores contemporáneos del país se puede rastrear la pista de Rulfo?
Manzoni: Héctor Tizón, en sus primeras novelas: Fuego en Casabindo, El cantar del profeta y el bandido y en los cuentos de El jactancioso y la bella y de El traidor venerado, en los años setenta hace suya, si fuera posible decirlo así, la lección de Rulfo. La invención de un lenguaje, su capacidad para expresar un mundo y el ambiente de la puna jujeña lo acercan a Rulfo. Es interesante encontrar algo más que "la pista de Rulfo" en algunos escritores que en el fin de siglo buscan construir una nueva estética. Rulfo pasaría a ser para algunos de ellos algo así como el maestro postergado. Opacado quizá por los brillos del boom, aunque los mayores reconocieron siempre su maestría, escritores jóvenes en diversas geografías de América encuentran o quizá reencuentran a Rulfo y lo homenajean iniciando sus novelas con variaciones sobre el célebre comienzo de Pedro Páramo: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo". Un inicio que vuelven casi tan célebre como el del Quijote. Enrique Vila-Matas, admirador de Rulfo (y también de Monterroso), empeñado en abrir nuevos caminos para la literatura española, en Historia abreviada de la literatura portátil encomia la superioridad de los textos livianos, de fácil transportación, sobre las obras insoportables y, en consecuencia, intransportables. En Bartleby y compañía se divierte con los autores que han elegido la práctica de lo que denomina la literatura del "no". También Roberto Bolaño homenajea a Rulfo. En sus "Consejos sobre el arte de escribir cuentos", dice: "Hay que leer a Rulfo y a Monterroso", y en uno de sus últimos escritos advierte que "allí mero donde se aburre una osamenta, se puede divisar ya Comala, la ciudad de la muerte". En fecha reciente, Cristina Rivera Garza publicó en México Había mucha niebla o humo o no sé qué, un libro sobre Rulfo que provocó un escándalo mediático y acusaciones de plagio.
Barcia: Respecto de Rulfo, en Argentina no se dan casos como los de la proyección franca de García Márquez en la obra de nuestra María Granata. Pero puedo señalar la impronta rulfiana en el último Osvaldo Soriano, en relatos de Luisa Valenzuela y en algún cuento de Antonio Di Benedetto, como "Aballay". Pero esa presencia se da más en la sobrehaz expresiva, que en la intencionalidad semántica.
Schweblin: Creo que hay algo de él en casi toda mi generación. Formé parte del jurado que entregó el premio Alfaguara a Ray Loriga. Todo el jurado estuvo de acuerdo en que su novela era muy "rulfiana", lo que armó una gran discusión acerca de qué era lo rulfiano, y la duda de si acaso no estábamos generalizando demasiado su influencia. Sin embargo, lo primero que dijo Loriga cuando subió a recibir su premio, fue agradecerle "al maestro", a Juan Rulfo.



-¿Es universal la literatura de Rulfo?
Barcia: Como en todas, la narrativa mexicana tiene muchas naves de cabotaje. Pero desde sus astilleros ha lanzado al mundo buena flota de ultramar: Fuentes, Del Paso, Villoro, Rulfo. Pedro Páramo -que porta en su apellido un sello que asocia hombre y entorno- conlleva en su seno dos o tres mitos asociados: el hijo de la violación que busca su padre, el viaje al infierno, el diálogo escatológico con los muertos. Su relato está transido de ecos del sustrato indígena, del mundo clásico grecolatino, de los libros bíblicos que orean el relato. Todo ello le da apertura universal.
Crotto: Por ejemplo, en "Talpa", en "No oyes ladrar a los perros" y en aquel fragmento maravilloso de Pedro Páramo donde una muchacha recuerda el entierro de su madre al que no fue nadie, se introduce al lector en la traición de los amantes, en la difícil relación entre padres e hijos y en el dolor por la muerte de la madre. Son temas universales y concretos. Y uno podría entonces decir que sí, que es universal. Pero va más allá. Cuando se lee se vislumbra que hay algo sagrado en esas vidas, que hay algo que las trasciende y que ese algo nos hermana a ellas. Rulfo nos lleva a un misticismo de pies en la tierra.
Hasta julio
Se puede visitar la muestra Juan Rulfo. En la tierra de las voces, en la sala Leopoldo Lugones de la Biblioteca Nacional (lunes a viernes de 9 a 21; sábados y domingos de 12 a 19)

martes, 16 de mayo de 2017

HOY; JUAN RULFO


Siguiendo nuestro apego al sistema decimal, el centenario del nacimiento de un notable escritor hispanoamericano, uno de los más profundos y originales de nuestro continente, a pesar de que la obra total de este mago de la escasez apenas sobrepasa las 300 páginas en letra grande, constituidas por una novela y una veintena de cuentos y textos breves.
Hablamos de Juan Rulfo (Sayula, estado de Jalisco, 16 de mayo de 1917; Ciudad de México, 7 de enero de 1986). Su biografía es tan concentrada como su obra. Su infancia coincidió con la sangrienta guerra civil que azotó el suelo mexicano; una de sus muchas víctimas fue el padre del futuro escritor, que murió asesinado en 1923. A los pocos años también quedó huérfano de madre. En la década de 1930 empezó a publicar sus primeros textos literarios y a trabajar en su segunda vocación, la de fotógrafo.
Sus dos libros principales -y únicos- se publicaron en los 50: los cuentos El llano en llamas (1953) y la novela Pedro Páramo (1955). La novela breve El gallo de oro (publicada en 1980, si bien escrita en 1956) ocupa un lugar marginal en su producción, aunque interesó al cine antes que a la literatura, puesto que fue adaptada en 1964 a ese género por dos escritores cada vez más reconocidos: Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez.


La densidad de la obra de Rulfo puede ser juzgada desde diversas dimensiones de lo narrativo. En primer lugar, podemos, en forma provisoria, considerarla un ejemplo de la literatura como testimonio y ejercicio de contemporaneidad. El fondo histórico es el México del último porfiriato y los años iniciales de la denominada Revolución Mexicana (asediada por la rebelión "cristera"), a su vez antesala del México moderno.
El mundo rulfiano, netamente campesino, nos presenta aldeas o poblados imaginarios en los que la vida vale poco y la muerte es la ley, naturalizada al extremo de prepararse como pura rutina y ejecutarse sin emoción.
A medida que avanzamos en la lectura, la voluntad testimonial permanece, pero se va enriqueciendo con nuevos procedimientos narrativos: el juego con el tiempo, los relatos paralelos, la voz colectiva en lugar de la voz individual. Y siempre con admirable sencillez y precisión.
El territorio propio de Rulfo continúa siendo la provincia mexicana, que paradójicamente le sirve para desprovincializar sus fórmulas narrativas, dejando atrás el mero realismo y buceando en el interior de los personajes a través de lo que los expresa sin remedio: su lengua, su voz. Los cuadros de vida pueden ser estremecedores. En "El llano en llamas" (cuento que da título al libro), por ejemplo, asistimos a la retirada de las tropas rebeldes, acosadas por los federales, y nos enteramos de que al jefe de los sublevados, perseguido y todo, le quedan fuerzas para ejercer su entretenimiento favorito, el juego de los toros para matar a los prisioneros.
Asimismo el tema de la muerte se regodea (entre otros espacios) en el diálogo de un padre condenado y un hijo que huye, en el cuento "¡Diles que no me maten!". Otros cuentos antológicos son "Paso del Norte", puro diálogo revelador entre un padre y un hijo que se separan, o bien "Anacleto Morones" y "Talpa", en este último para enfrentar a la lejanísima Virgen, gracias a la cual tendrían que acabarse todos los dolores y sufrimientos.


Realizan un acto de justicia quienes consagran a Rulfo como uno de los padres de la actual narrativa en español. Hasta Jorge Luis Borges lo hizo, al definir Pedro Páramo como "una de las mejores novelas de las literaturas hispánicas, y aun de la literatura".
Y, aunque sea muy conocido, vale la pena recordar el episodio de Gabriel García Márquez en 1961, en Ciudad de México, cuando terminó de leer los dos libros de Rulfo que le había regalado su amigo Álvaro Mutis, y no pudo menos que decir en ese momento, y repetirlo por escrito diez años más tarde: "El escrutinio a fondo de las obras de Juan Rulfo me dio el camino que buscaba para continuar mis libros... No son más de 300 páginas, pero casi son tantas, y creo que tan perdurables, como las que conocemos de Sófocles".
No sabemos si García Márquez habría sido el mismo de no haber existido Rulfo y de no haberse publicado sus dos libros memorables. Son sólo especulaciones vacías. Lo cierto es que los dos encarnan, quizá mejor que cualquiera, la veta del llamado realismo mágico hispanoamericano. En cuanto a la literatura fantástica de raíz cosmopolita, nadie ha derrocado aún a nuestro Borges.

L. G. 

sábado, 8 de abril de 2017

JUAN RULFO; EL DE LA SENSIBILIDAD VENOSA


Juan Carlos Pérez Rulfo: "Sus imágenes inspiran la paz que viene tras la guerra"
Director de cine, el hijo menor del autor de El gallo de oro repara en la influencia de su padre, sobre quien realiza un documental
Tenía 12 años cuando, como a tantos niños de su país, le pidieron una tarea escolar sobre un texto de lectura obligatoria: "Luvina", de Juan Rulfo. "Sentía la responsabilidad de ser el más brillante de todos. Me daba mucho pudor y vergüenza lo que pudiera pensar de mí la maestra", recuerda. Cuatro años después, en un colegio de ideas liberales, donde había muchos argentinos hijos de padres psicoanalistas exiliados, recibió dos tareas. La primera, vinculada a Pedro Páramo; la segunda, que él mismo se impuso, consistía en eludir esas miradas que buscaban desentrañar el vínculo entre el adolescente y su padre. Con alegría y serenidad se refiere hoy a esos años Juan Carlos Pérez Rulfo, director de cine, ganador de distinciones en Sundance y Biarritz por sus documentales En el hoyo y Los que se quedan, respectivamente.
El menor de los cuatro hijos que Rulfo tuvo con Clara Aparicio es heredero de la amabilidad de aquél. Invierte varias veces la lente durante la entrevista vía Skype para compartir el paisaje de Valle de Bravo que él ve. En distintas regiones de México realiza Cien años con Juan Rulfo, una serie documental de siete capítulos para TV sobre distintos aspectos de la vida y la obra de su padre.
-¿Hablaba de literatura con su padre?
-Nunca. Hablábamos de música, de bicicletas, de árboles frutales. Me acuerdo de que me habían pedido en el colegio una monografía del Estado de México. "Oye, papá, ¿tienes de casualidad algo de geografía?", le dije, y sacó una enorme cantidad de libros. Creo que fue la única vez que le pedí ayuda para una tarea. Le fascinaban la geografía y la historia.
-¿Cómo definiría el estilo fotográfico de su padre?
-Creo que sus imágenes inspiran mucha paz, la paz que viene tras la guerra. Los personajes están dispuestos como si fuesen actores en una especie de descanso, son los protagonistas de algo que está en pausa, como si esperasen a alguien que les dijera: "¡Acción!". Es muy interesante también lo que está fuera de cuadro.
-¿Fue, quizás, esa pasión por la fotografía de su padre lo que a usted lo impulsó al cine?
-No lo sé. No sabía qué hacer con mi vida y estaba tirado en un sofá en la sala de mi casa escuchando Pink Floyd. Mi padre me había regalado una cámara Rollei B35, chiquita. Había contactos [negativos] de mi padre por todas partes. Pero aún no sabía qué camino tomar. Cuando él murió yo tenía 22 años y entonces, después de terminar la carrera de Comunicación, viajé para reconstruir la historia de mi abuelo, asesinado por la espalda, como en "Diles que no me maten", y lo hice hablando con muchas personas, ya con mi cámara [así surge el documental Mi abuelo Cheno].
-Su padre decía que sus obras no eran autobiográficas.
-Creo que sí hay algo autobiográfico. Las cosas no fueron tal cual como él las plantea, pero hay algo que influenció su vida y su narrativa: mataron a su padre, su madre murió de tristeza, fue una región muy violenta...
-Gabriel García Márquez era un gran admirador de la obra de su padre y, además, escribió junto con Carlos Fuentes el guión de El gallo de oro. ¿Existía un vínculo entre ellos dos?
-Eran amigos, sí. Por ahí estaban siempre dando vueltas García Márquez, Cortázar, Borges, Onetti. Sonaba el teléfono en casa y quizás era Galeano. García Márquez vivía en México y había una relación amistosa, pero no significa que estuvieran pegados.
-Mencionó a Cortázar y a Borges. ¿Se escribía con ellos, se hablaban por teléfono?
-Se veía con Borges y Cortázar, no era una cosa epistolar intensa, pero sí de aprecio. Cortázar estaba en París; Borges, por todas partes. Mi padre viajó a Buenos Aires antes de la dictadura. También era amigo de Pablo Neruda, pero no "carne y uña".
-Juan Villoro, en una conferencia sobre Pedro Páramo, para referirse a la renovación del lenguaje dijo que su padre fue "precursor del chat".
-[Risas]. Ése era su estilo literario, al menos en algunas partes de Pedro Páramo. A veces el chat puede ser una comunicación de todos contra todos, todos hablando al mismo tiempo. Retomaré esta idea en un capítulo del documenta
l.

L. V.

Rulfo, el fotógrafo: páramos y llanos detrás de su lente
La pasión por la imagen fue anterior a las letras y, al revés que en su literatura, en casi seis mil fotos capturó la realidad y una geografía evidentemente atractiva a sus ojos
Rodaje de La escondida: La actriz María Félix y otras escenas de la película, filmada a mediados de los años 50. Foto: Juan Rulfo, propiedad de Clara Aparicio de Rulfo. Se reproducen con su autorización
J.R. nacía en Jalisco, se cumplirá un siglo este año. Austero en su economía expresiva (en cantidad de palabras, no de ideas), hombre de perfil bajísimo, enemigo de los mitos que se tejían con los hilos de su nombre, utilizó sus iniciales para eludir su nombre completo. J.R. son las señas de su autorretrato grabado en unos papeles que su viuda publicó con el título Los cuadernos de Juan Rulfo. Allí explicaba cuáles eran las dos ramas de su familia: por una parte, un oficial del virrey de la Nueva España, y por la otra, un hacendado. Con esta versión oficial que quizá no pensó jamás en dar a conocer, no hablaba de su escritura ni de esa palabra que puede sonar tan ampulosa: obra. Sí hacía explícitas las cicatrices de su niñez. Huérfano, había sido enviado a un correccional disfrazado de residencia de caridad mientras México se hundía en la guerra fratricida de la Rebelión Cristera: "De algo sirvió aquella experiencia: me volví huraño y aún lo sigo siendo. Aprendí a comer poco o casi a no comer. Aprendí también que lo que no se conoce no se ambiciona y que, a fin de cuentas, la única y más grande riqueza que existe sobre la tierra es la tranquilidad".
Juan Rulfo, autor de una novela clave y pionera, Pedro Páramo (1955), persiguió aquel lucro espiritual a lo largo y ancho del mapa de su país, por paisajes serenos y desolados, lejos de circuitos intelectuales, errante en los caminos, inspirado por su pasión por la fotografía. La geografía -el espacio- es un elemento clave en los textos de Rulfo. Además del páramo de su célebre ficción y de La cordillera, esa novela que no llegó a publicar, se refirió a otro aspecto orográfico en El llano en llamas (1953). Sin embargo, esas casi seis mil imágenes que capturó son un registro de realidad y, por lo tanto, una dimensión incompatible con su literatura.
Atlantes en Tula: Figuras de la cultura tolteca en el sitio arqueológico de México. Foto: Juan Rulfo, propiedad de Clara Aparicio de Rulfo. Se reproducen con su autorización
Para Rulfo, el tiempo y el espacio en sus ficciones están desmantelados, fragmentados, y su tarea es retratar el mundo de los sueños y no el de la realidad. Sus lectores conocen esta división porque él mismo quiso ahorrarles tiempo en peregrinaciones inútiles: ninguno de estos escenarios naturales se encuentra en sus libros. "El proceso de creación que sigo no es tomando las cosas de la realidad, sino imaginándolas -le decía a Joaquín Soler Serrano en una entrevista de 1977-. Hace poco que se quería hacer una revista literaria dedicada a El llano en llamas y querían fotografiar la zona, pero nunca se encontró el paisaje."
Claro está que las imágenes de Rulfo tienen como primer imán haber sido obtenidas por él, pero no es sólo la lente y quien presiona el obturador aquello que las dota de gran valor. Susan Sontag, autora de Sobre la fotografía, elogió sus imágenes, y ya en 1960, antes de ser considerado una deidad de las letras, exponía sus primeras imágenes. El arte visual de Rulfo estaba influido -en su vastísima biblioteca atesoraba casi 700 libros de fotografías- por otros fotógrafos contemporáneos que habían retratado México, como Tina Modotti y Edward Weston.
Maestro del ángulo
Rodaje de La escondida: La actriz María Félix y otras escenas de la película, filmada a mediados de los años 50. Foto: Juan Rulfo, propiedad de Clara Aparicio de Rulfo. Se reproducen con su autorización
Su pasión por las imágenes es incluso anterior a la publicación de sus primeros escritos, en épocas en las que recorría México como viajante de comercio para la empresa de neumáticos Goodrich. Ya por entonces publicaba fotografías en la revista Mapa. Como sus personajes, Rulfo también realizó largas travesías por su país, buceó por sus rincones más inhóspitos y conoció a sus habitantes. Su don no es solamente saber escuchar para después reproducir diálogos, sino también poder mirar para después inmortalizar en imágenes aquello delante de sus ojos.
Además, Rulfo retrató el set de las filmaciones de amigos realizadores en películas como La escondida (1956) y El despojo (1960). Obtuvo fotografías de paisajes, pero también de la arquitectura mexicana (precolombina y colonial), y de grupos étnicos. Estos últimos retratos antropológicos, retratos de la vida cotidiana de los habitantes de distintas regiones, fueron su pasión. Durante más de veinte años y hasta la fecha de su muerte fue director de publicaciones del Instituto Nacional Indigenista, un edificio que quedaba a cien metros de su casa.
Ventana del pueblo: Rulfo recorrió el ancho mapa de su país por paisajes desolados, inspirado por su pasión por la fotografía. Foto: Juan Rulfo, propiedad de Clara Aparicio de Rulfo. Se reproducen con su autorización
Maestro en la selección del ángulo y la perspectiva o del punto de vista y el narrador, para la fotografía y la narrativa, respectivamente, buscó retratar su universo real y contemporáneo, así como su galaxia espiritual y onírica con sus imágenes y con sus textos.
Escritor, poeta y también guionista de cine, es, sin lugar a dudas, en su centenario él mismo parte de una mexicanidad que tanto se esmeró por retratar. "En Juan Rulfo encontramos a un artista completo", reflexionó Juan Villoro en una conferencia homenaje al escritor el año pasado. En este encuentro se recordaba la fábula que Augusto Monterroso, amigo de Rulfo, escribía sobre un zorro, un autor obligado por sus pares a escribir otro libro fabuloso que superase la maravilla anteriormente publicada. Rulfo no les hizo caso a los demás animales y siguió, astuto y en soledad, recorriendo los páramos y llanos de México con su lente.

L. V.