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martes, 3 de julio de 2018

LA OPINIÓN DE LAURA DI MARCO


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LAURA DI MARCO
Una parte del país sucumbe a la tentación del populismo emocional y la otra es capaz de evaluar procesos y no solo resultados
El fútbol y la economía nos tienen con el corazón en la boca. Un día agonizamos, al siguiente revivimos. Hace diez días nos quedábamos fuera del Mundial, pero ahora ya nos permitimos soñar con "Messi traeme la Copa". Leo se recuperó rápido en el imaginario colectivo: con Croacia fue un mezquino y hasta vomitó en público. Menos mal que con Nigeria retornó su ángel al cuerpo y volvió a reencarnar en ídolo. Los barquinazos del mercado no difieren mucho de los del fútbol. Si el Día de la Bandera festejamos la recategorización a país emergente, esta semana quedamos, de nuevo, al borde del abismo.
Macri está lejos de hacer el gol de Kempes, con el que recurrentemente sueña. Pero, a pesar de la crisis económica y la baja en las expectativas (dos de cada tres argentinos son pesimistas con respecto al futuro), un 40 por ciento de la sociedad lo sigue apoyando. O, tal vez, lo que sigue apoyando es el deseo de dejar atrás el populismo emocional y político, ese estado de inmadurez que solo parece calmarse ingiriendo el narcótico de la satisfacción inmediata.
Como en el juego de las muñecas rusas, dos Argentinas parecen convivir en un mismo territorio político. Por un lado, un país maradoniano que, igual que las adicciones, ejerce una irresistible tentación. Luego, esa otra Argentina que sueña con salir del laberinto y es capaz de evaluar procesos y no solo resultados. Un ejemplo: las consultoras más confiables revelan que más del 50 por ciento de los argentinos creen que el principal problema ya no es la inseguridad, sino la economía. Más aún, para Aresco, la encuestadora de Federico Aurelio, el 71% ponderan negativamente la situación económica actual. La novedad es que ese mayoritario universo pesimista es transversal: contiene tanto votantes del oficialismo como de la oposición. Sin embargo, los críticos que respaldan a Cambiemos, con diversos matices, interpretan que los bandazos de la economía no son responsabilidad exclusiva del actual gobierno, sino que, además y sobre todo, son el fruto de fallas estructurales que arrastramos durante décadas. Los núcleos duros de estas dos Argentinas son los que se trenzan, a diario, en interminables guerras tuiteras.
La mirada maradoniana, en cambio, se detiene solo en la foto económica y olvida la película. Está anclada en el resentimiento. Más aún, se nutre de él y de la adversidad. Practica el bullying y el machismo con las chicas rusas, siguiendo el manual argento de Tinelli. Es prepotente. La emprende a golpes con circunstanciales adversarios. Lanza brutalidades como "Caballero, ojalá violen a tu hija y a tu mujer". Desea que caiga (de nuevo) un gobierno democrático, tal como blanqueó esta semana el Pollo Sobrero. Es esa porción de la Argentina que, tal como reflexionaba Santiago Kovadloff en una entrevista reciente, le exige a la selección que opere de droga para anestesiar temporalmente las sucesivas frustraciones nacionales.
Hugo Moyano, protagonista del último paro contra el Gobierno, sostiene implícitamente el mismo deseo que Sobrero: desgastar a Macri en las calles. Pese a ello, el Presidente no termina de animarse con él. Más bien oscila entre enfrentarlo y aliarse, como sucede en la AFA a través de Angelici, su hombre de confianza. Como se ve, la Argentina maradoniana ejerce un enorme poder de seducción, aun para aquellos que formulan salir de la cultura de la trampa.
También hay un periodismo versión maradoniana. Es el que, a menudo, confunde pensamiento crítico con daño. El que se regocija mostrando lo turbio, la intriga, la interna, el robo, pero que no propone caminos alternativos; tampoco muestra ejemplos inspiradores. El mismo que, siguiendo el manual básico del populismo, destroza a Messi -o a Macri- cuando se hunde y lo rescata cuando repunta. Una parte del mundo periodístico contiene, en su interior, muchos de los pecados que critica afuera, pero, como se sabe, en la Argentina nadie se reconoce como parte del problema: la sombra, naturalmente, siempre es de los otros.
Ese periodismo es el que se erigió como intérprete de los indignados con la selección nacional después de la derrota ante Croacia y que llegó incluso a postular que ningún futbolista de alta competición debería verse afectado por las emociones o la sobreexigencia. La cosificación de los ídolos es una forma de violencia, tal como interpreta el psicólogo Miguel Espeche. Solo así se entiende la carnicería desatada en torno a los jugadores después de la derrota.
La que dice "Messi traeme la Copa" -frase tribunera de la que se desprende que la Argentina se lo merece más que otros países- es esa sociedad inmadura, que no parece tener otras gratificaciones en su vida cotidiana más que ganar un Mundial. ¿Por qué? Kovadloff ofrece una pista: "Una función que ha tenido históricamente el fútbol ha sido decir que nuestra identidad no se agota en el fracaso; que, en otros planos, podemos ser campeones mundiales. Una derrota, en cambio, nos vuelve parecidos a nosotros mismos en otros terrenos, como la economía".
Otras sociedades, que no sobreexigen de un modo tan cruento a sus jugadores, probablemente tengan distintos pilares identitarios. Es la tesis de Espeche. Es decir, nutren su autoestima nacional de fuentes diversas. Lo observamos en la impecable reacción de los rusos cuando fueron goleados por Uruguay en su propio territorio.
La colocación de Messi en el lugar del caudillo, del elegido que, con su genialidad, nos va a redimir de nuestras limitaciones, también forma parte de esa Argentina maradoniana que siempre busca la reivindicación de alguna supuesta injusticia. "El ídolo es un objeto que tiene la obligación de gratificarme; por definición, me debe algo. Y cuando cae me siento despechado. ¿Quién es el despechado? El niño al que se le ha quitado el alimento", apunta Espeche, que es especialista en salud mental comunitaria.
La Argentina "argenta" y maradoniana está impregnada de cultura sexista. Un dato que no solo quedó expuesto en los videos de los tres argentinos burlándose de las chicas rusas, sino también en publicidades nacionales y hasta en un manual de la AFA que recomendaba a los varones cómo "conquistar" mujeres en suelo mundialista. En paralelo, sin embargo, algunos tuiteros propusieron esta semana que, a modo deprobation, los acosadores deberían sentarse a escuchar el testimonio de Alika Kinan, emitido recientemente por LN+, una sobreviviente de una red de trata que durante 16 años fue el divertimento final en las salida de varones y que hoy padece un cuadro de estrés postraumático similar al de un soldado que volvió de la guerra. "Yo también solía reírme con las bromas de Marcelo [Tinelli], pero en otro estado de conciencia", escribió uno de los tuiteros que lo proponían, sinceramente herido por la conducta de sus congéneres.
La semana terminó con versiones falsas sobre la muerte de Maradona, que el mismo protagonista se encargó de desmentir con un audio enviado a su biógrafo, Daniel Arcucci. Allí, con voz pastosa, juraba por su hijo menor y su nieto que "estaba todo bien". El audio no dejaba en claro qué es lo que "estaba todo bien". Pero en la Argentina maradoniana la mentira es la verdad.

jueves, 14 de junio de 2018

LAURA DI MARCO Y LA ACTUALIDAD


Las increíbles desventuras de un peronista "racional"

Laura Di Marco
Lo esperan en la puerta del edificio de Recoleta para insultarlo. O simplemente para observarlo, marcando presencia. Son los muchachos de La Cámpora , sus excompañeros de ruta, que llegaron a ser sus custodios personales cuando él dirigía la preciada caja de la Anses y extendía generosos cheques para financiar las campañas de Cristina . Es increíble cómo todo se da vuelta en la Argentina. Y tan rápido. Hasta hace un par de meses le dejaban extraños paquetes en el hall de su piso, a pocas cuadras del que ocupa la expresidenta, en Uruguay al 1300.
¿Cuándo se convirtió Diego Bossio en un traidor para el mundo K? A poco de asumir Cambiemos, cuando impulsó en Diputados el quiebre del Frente para la Victoria. El momento exigía pasar de la irracionalidad a la racionalidad, aunque tuvo sus costos. Y no fueron pocos. Fue entonces cuando lo hicieron blanco del bullying en las redes, mientras él decidió contraatacar en Diputados. Los acusó de hipócritas y de mariscales de la derrota. Sin embargo, con Macri jaqueado en el Senado, ese rencor parece haber quedado hoy en un segundo plano.
En efecto, el disfuncional conglomerado peronista volvió a tomarse de la mano para la foto, frente al impopular proyecto oficialista de sincerar las tarifas de los servicios públicos. Claro que esta última imagen de la famiglia unita -a la que no dudaron en incorporar a Menem y a Cristina- no está basada en el amor. Más bien se explica por la imperiosa necesidad de volver al poder, cuyo aroma empiezan a olfatear. Pasan cosas lindas en una familia.
Economista, compañero de estudios del fallecido camporista Iván Heyn, Bossio habita entre dos fuegos: el desprecio de Cristina Kirchner y el de esa mitad de la sociedad que identifica al peronismo -así, a secas- como el principal responsable del fracaso argentino. Esa mitad del país está convencida de que el reciente sincericidio de Alperovich, al afirmar que "nadie quiere que al Presidente le vaya bien", expresa los verdaderos e inconfesables deseos de una oposición destructiva.
"Es injusto que nos metan a todos en la misma bolsa", se lamenta este referente del peronismo federal, nacido hace 38 años en el seno de una familia acomodada de Tandil. "Tenemos un problema con la sociedad, que tiene prejuicios con nosotros. Parece que ahora no podemos opinar porque formamos parte del pasado".
A su favor, argumenta que el peronismo federal le votó al Gobierno todas las leyes que necesitó, con la excepción de la reforma previsional. Es curioso: el PJ justificó aquel rechazo en que los jubilados perderían con una fórmula de actualización basada en la inflación. Sin embargo, la realidad parece indicar lo contrario. El aumento no previsto de la inflación indica que, con el nuevo proyecto, finalmente podrían salir favorecidos.
"Nuestro límite sigue siendo La Cámpora", avisa el tandilense, a quién Cristina acusa de la peor de las traiciones: la de los afectos. ¿Por qué? La mujer de Bossio, la abogada Valeria Loira, fue durante muchos años asesora estrella de la expresidenta. El lazo entre ambas era tal que, en la intimidad, Cristina la consideraba como una hija. A tal punto que Loira fue una de las fuentes "autorizadas" por su jefa para ser entrevistada en La Presidenta, la biografía oficial que escribió Sandra Russo. Pero eso quedó atrás. "Si queremos ganarle a Macri, primero le tenemos que ganar a Cristina", calculan cerca de las huestes del diputado.
Con Macri en baja, el peronismo dialoguista reivindica la figura de María Eugenia Vidal como un plan B para las presidenciales del año que viene. En una palabra: desde que la reelección de Macri no es tan segura como hace un mes, la elogian en público y en privado. ¿Por qué? Bossio quedó particularmente impresionado con un evento al que le tocó asistir. Sucedió hace unos días, en la Cámara de Comercio de los Estados Unidos. Allí, ante un auditorio de empresarios, la gobernadora fue ovacionada. Rodríguez Larreta también expuso, pero no movió demasiado el amperímetro. Y la oposición tampoco suscitó gran cosa. ¿Por qué el peronismo clásico fogonea esta anécdota? ¿La admiran realmente o les conviene correr a esa candidata imbatible de un territorio clave que consideran de su propiedad? Bossio sueña con ser candidato a gobernador en 2019 y Vidal es un escollo insalvable.
Otra versión, más benigna, indica que una parte del peronismo la admira realmente. Tanto, que un grupo de intendentes le habría ofrecido "traicionar" a Macri en 2019 armando una suerte de coalición vidalista, con una pata peronista. Ese mar de fondo provocó que la gobernadora tuviera que salir esta semana a negar las especulaciones en torno a una supuesta candidatura presidencial para 2019. Lo hizo en defensa propia.
Algo es real, más allá de las operaciones políticas del peronismo. Con la gestión de Macri bajando en sus niveles de apoyo, una parte del "círculo rojo" empieza a percibir en Vidal un salvavidas con tal de que no vuelva Cristina. Cuando el peronismo federal, motorizado por Massa, aprobó el freno a los aumentos de tarifas en Diputados, Bossio hizo todo lo posible por podar a Kicillof de aquella foto. Si quieren tener alguna chance en 2019, suena lógico: hay relaciones que no soportan la luz del día. Después de la derrota en el Senado y su enojo con el peronismo racional, ¿tiene espacio Macri para llamar a un gran acuerdo nacional, como esbozó? Bossio dice que no; que ya es tarde y que ese diálogo debería haberse dado al comienzo de la era M. Advierte una contradicción: Cambiemos necesita un peronismo unido para poder acordar, pero dividido para ganar las elecciones. La encerrona que percibe es real.
"No nos confundan -pide-. Nosotros defendemos el salario de los trabajadores, que no tienen por qué pagar por los errores de Cristina de haber dejado las tarifas sin modificación". Los errores de Cristina. ¿Acaso alguien se los señaló cuando eran gobierno?
A través de sus gestiones al frente de la Anses, Bossio y Massa se jactan de haber construido una malla de contención social que, durante el gobierno de Cambiemos, evitó un quiebre social como el de 2001. Es probable que tengan razón. Pero en esas bondades también incluyen a los 3.500.000 ciudadanos que se jubilaron sin haber aportado jamás, beneficiados por un Estado al borde del colapso. ¿Se preguntaron, cuando alentaron esa medida, si la Argentina podía darse ese lujo y cómo iba a financiarse en el futuro? Como dice Pichetto, en coincidencia con Macri, "sólo las almas bellas creen que un país puede ser viable en un esquema donde 10 millones de personas aportan y otros 17 millones cobran un cheque del Estado".
Después de la forzada unidad de ayer en el Senado, el peronismo "racional" se frota las manos y anota los tantos. Las encuestas que manejan indican que más del 70 por ciento de la sociedad rechaza el ajuste de tarifas. Bossio le puso título a esta novedad: se consolidó el antimacrismo.
¿Tiburones o delfines, qué eligen? La pregunta surgió, hace un mes, de un consultor que trabaja como asesor político de los diputados justicialistas. Bossio miró a sus compañeros y todos se miraron entre sí. Y, sin parpadear, declararon al unísono: ¡tiburones!

martes, 24 de abril de 2018

LA OPINIÓN DE LAURA DI MARCO



Laura Di Marco





Para Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social Argentina, el camino pasa por transferir capacidades productivas a los sectores más vulnerables 
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Temerario y probablemente herido por quienes lo acusan de gobernar para los ricos, Mauricio Macri pidió ser evaluado por un dato sensible: su eficacia política para hacer bajar la pobreza. Y eso, efectivamente, sucedió en la última medición del Indec . La pobreza descendió casi tres puntos (de 28,6 a 25,7). Sin embargo, las dudas son inevitables: ¿es sustentable ese descenso? En la intimidad de su oficina de la UCA, Agustín Salvia, el científico social más temido por el Gobierno, arriesga que no. Y arriesga más: si continúa esta mirada económica -sostenida por Macri, sobre todo-, el porcentaje de pobres podría incrementarse en el primer cuatrimestre de 2018. Crecería el sector más vulnerable de la Argentina a pesar de los signos de recuperación de la macroeconomía. ¿Por qué? La respuesta habita en el cóctel mortífero de inflación, tarifas y empleos precarios.
A diferencia de la oposición peronista o kirchnerista, degradada en su palabra, Salvia interpela a la política con datos robustos. Sus mediciones son difíciles de refutar con opiniones. Semejante configuración convirtió al director del Observatorio de la Deuda Social Argentina en un blanco irresistible para el poder. Fue apretado de manera feroz por el kirchnerismo y con modos sutiles por el macrismo. En el actual gobierno todo es gradual.
Hace unos meses, un alto funcionario del Gobierno visitó el rectorado de la UCA. "Teníamos la esperanza de que, con un Indec confiable, ustedes iban a dejar de medir la pobreza", soltó, con delicadeza, Pro. La "sugerencia" descolocó a su interlocutor, quien, sin embargo, devolvió: "Nuestras mediciones son para complementar, jamás para confrontar. Queremos contribuir". Circula en los pasillos del mundo académico que en Salvia aún reverbera un impacto amargo de diciembre de 2014, cuando, en pleno cristinismo y con un agravamiento de la situación social (posdevaluación de Kicillof), se vio obligado a postergar sus anuncios por presiones políticas directas.
Su oficina esconde un tesoro inhallable que, al mismo tiempo, es la prueba del fracaso argentino. Se trata del mapa más certero de la evolución continua de la pobreza, desde los años 70 hasta nuestros días. Un espejo doloroso en el que, naturalmente, a ningún poder le gusta mirarse: toda deuda social esconde un derecho incumplido. Pero ¿qué dice ese GPS sobre este gobierno? Salvia, que a la vez es investigador del Conicet y del Instituto Gino Germani, de la UBA, ofrece un dato revelador: si la pobreza se midiera con el viejo método del Indec, el que imperó durante el kirchnerismo hasta la intervención de Moreno, hoy el porcentaje de pobres sería menor; rondaría el 18%. Hoy estamos en niveles similares a los del 92 y el 94 -el inicio de la convertibilidad- y a los de 2011 y 2012, sobre el final del primer gobierno de Cristina. En el segundo, todo desbarrancó. Siguiendo el paralelismo, hoy estamos mejor que en 2014 y 2015, los años más críticos del kirchnerismo.
Las palabras suelen perder su sentido cuando se usan como arma para la política. ¿A qué nos referimos cuando hablamos del "núcleo duro de la pobreza"? Dentro de la economía negra, sobreviven entre un 15 y un 18 por ciento de trabajadores informales, que integran el 25 por ciento de hogares pobres, distribuidos en villas y conurbanos. Ese núcleo crítico percibe, apenas, el 5 por ciento de los ingresos totales.
El Gobierno saca pecho por la recuperación que sobrevino al ajuste macroeconómico: reactivación de la construcción, creación de empleo formal e informal, aumento de salarios por encima de la inflación, incremento de ingresos en planes y pensiones. Sin embargo, los curas villeros salieron a confrontar con Macri: en los barrios humildes, dicen, no se siente esa mejoría. ¿Quién tiene razón? Ambos.
Para explicarlo, Salvia ofrece una postal conjetural, pero típica del conurbano pobre. Una familia de La Matanza o Moreno, con cuatro adultos y dos niños. Matrimonio cincuentón, con hijos veinteañeros. La hija hace changas de peluquería y tiene dos hijos pequeños. Cobra la AUH. El hijo, changas de albañilería. El padre era el carnicero del barrio, pero tuvo que cerrar por la falta de clientes y los aumentos en los servicios. Se empleó en un supermercado chino. Su esposa es empleada doméstica. Entre todos arañan unos 20.000 pesos. Es en ese universo deteriorado donde el aumento de las tarifas más la inflación y la falta de buenos empleos (que harían pagables las tarifas) configuran un arma letal. Y es así a pesar de las mejoras. Las tarifas son un gasto fijo que deteriora el resto de los consumos: la hipotética familia del conurbano se alimentará peor, dejará de comprar algunos medicamentos, postergará el arreglo de las cañerías, más una larga lista de renuncias.
Muchos suponen que quienes viven en villas o barrios humildes se "cuelgan" de los servicios o tienen tarifa social (al margen, la tarifa social también se encareció). Pero ¿es así? Depende. Según los datos del Observatorio, solo el 25 por ciento de los hogares pobres reciben tarifa social de gas (natural o de garrafa). En cuanto a la luz, es cierto que un 20 por ciento se "cuelga", pero un amplio 60 por ciento ni accede a la tarifa social ni se "cuelga". Es decir, la paga. Como contrapartida, el 72 por ciento de las familias pobres reciben algún tipo de ayuda del Estado. Para quienes se ponen nerviosos con los planes sociales, basta decir que apenas significan el 0,7 del PBI. También aquí, dato mata relato.
El Barómetro de la Deuda Social proyecta otros datos inquietantes: a pesar de la baja en la pobreza, ahora es mucho más difícil salir de ella. Paradójicamente, el aumento del tamaño del Estado vino acompañado del deterioro de sus servicios. Así, la educación de calidad, el acceso a un sistema aceptable de salud o a una vivienda digna están hoy mucho más lejos que antes.
Macri está íntimamente convencido de que, al final de un hipotético segundo período, logrará ese objetivo de vara alta. Salvia está convencido de lo contrario: si no se diseñan políticas orientadas a fomentar el desarrollo productivo de la economía informal -los que hacen changas, los que tienen un quiosco en la puerta de su casa, los pequeños emprendimientos familiares-, esa meta será imposible. "Y el sector más lúcido de la clase dirigente sabe que esa meta es imposible. La clase empresaria argentina no tiene un proyecto de poder que nos incluya a todos", evalúa.
¿Por dónde hace agua el modelo económico en el que cree Macri? Salvia habla de transferir capacidades productivas, no plata, que tal vez sea más simple, pero insustentable en el largo plazo. Habla de transferir créditos, conectar redes de comercialización, instalar centros estatales de acopio en los municipios. En una palabra, la construcción de un puente que conecte a los vulnerables con el mundo de la economía formal: grandes supermercados, en el mercado interno, o la exportación.
El kirchnerismo tenía una relación clientelar con los más humildes; el macrismo, en cambio, parece tener un vínculo filantrópico. Pero la idea de la República -cuya construcción prometió Cambiemos- es superadora. Esa idea supone convertir a los pobres en ciudadanos plenos.

miércoles, 11 de abril de 2018

TEMA DE DISCUSIÓN, ANÁLISIS Y REFLEXIÓN POR LAURA DI MARCO


LAURA DI MARCO

La decisión de la Justicia de revisar el caso Larrabure para determinar si se trata de un crimen de lesa humanidad motivó una respuesta que muestra las limitaciones con que todavía se piensa la historia reciente
"Matar por un ideal es crimen", afirma el autor de Patria, Fernando Aramburu, una idea que parece obvia y que, sin embargo, resulta profundamente perturbadora para un sector de la política y la intelectualidad que, en secreto, la relativiza. O intenta contextualizarla. En esa dimensión, la de lo indecible, la Justicia decidió revisar nuevamente el caso Larrabure -un secuestro del PRT-ERP, seguido de muerte- y determinar si se trata o no de un crimen de lesa humanidad y, por ende, perseguible toda la vida. Esa posibilidad (que podría llevar a juicio a Luis Mattini, único jefe perretista sobreviviente) unió, en una solicitada, a un heterogéneo grupo de intelectuales -prestigiosos, la mayoría de ellos-, que pide clausurar ese debate y sacarles la etiqueta de "crímenes contra la humanidad" a los asesinatos cometidos por las organizaciones armadas revolucionarias. Y lo imponen, casi al borde del patrullaje ideológico, como marcando el camino "correcto" de lo que se debe y no se debe pensar acerca los años 70.
¿Es la culpa la que bloquea la mente? ¿Es la culpa de una sociedad que eligió mirar para el costado, mientras la dictadura torturaba, masacraba a escondidas y robaba bebés, la que decidió que era mejor barrer debajo de la alfombra otras cuestiones "menores", como los crímenes del terrorismo setentista? ¿Acaso la violencia política que precedió el 76 no explica, en parte, lo que sucedió después? Si, como afirma Luis Moreno Ocampo, los asesinatos de las FARC pueden encuadrarse entre los delitos de lesa de humanidad (los que no prescriben), ¿por qué, entonces, no podría aplicarse el mismo criterio para juzgar las matanzas de Montoneros y el ERP? Preguntas sin respuesta, deduce Norma Morandini, quien, con una enorme valentía moral, declinó firmar la solicitada -rubricada por gran parte del establishment intelectual (unas mil firmas)- más que nada por la ausencia de reflexión en torno a tantas dudas. "¿Qué evita que un delito prescriba, quien lo comete o su atrocidad? ¿Por qué mi dolor es distinto al del hijo de Larrabure?". Tal vez llegó el momento de reconocer a las otras víctimas, las que no han tenido escucha ni monumentos.
El debate es jurídico, pero también ético, político y humano. 

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En términos estrictamente jurídicos, hay un choque de jurisprudencias entre la que rige en la Argentina y la ley penal internacional. La solicitada afirma que el plan sistemático de aniquilación, orquestado desde el Estado, no puede equipararse con la violencia guerrillera. Esto es indudable: no solo es infinitamente más grave usar el Estado para matar, sino que el número de víctimas del genocidio perpetrado por la dictadura es abrumadoramente superior. En el libro Los combatientes -una rigurosa investigación sobre el PRT-ERP-, la historiadora Vera Carnovale contabiliza 62 ejecuciones entre 1972 y 1977. En tanto, desde el centro que representa a las víctimas del terrorismo, Victoria Villarruel calcula que, entre 1973 y 1976, la guerrilla asesinó a 778 personas. Moreno Ocampo registra que, desde el asesinato de Aramburu en adelante, el terrorismo se cobró 782 vidas. Sin embargo, la tesis del exfiscal de la Corte Penal Internacional es que tanto desde el Estado como desde las organizaciones armadas se configuraron formas criminales. Dicho de otro modo: lo que se condena es la violencia como práctica política, más allá de la ideología.
La segunda afirmación de los intelectuales es que el terrorismo de la izquierda revolucionaria no puede catalogarse como de lesa humanidad por "irrefutables razones jurídicas". Pocas cosas son irrefutables, y muchos menos las razones jurídicas, que, de un modo u otro, siempre están enlazadas con las razones políticas. En fallos de 2004 y 2005, la Corte Suprema de Justicia, con la composición de la era K, sentó jurisprudencia en el sentido de que solo el Estado puede cometer crímenes de lesa humanidad. Para que un delito no prescriba, dice nuestra legislación, el autor debe ser el Estado, dominando un territorio y desplegando un ataque general y sistemático contra la población.
Ahora bien, el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional dictamina que los grupos no estatales también pueden cometer crímenes contra la humanidad. Lo describe así: "Un ataque masivo o sistemático a la población civil, cometido por una organización, de acuerdo con un plan". Moreno Ocampo destaca que no hace falta que una organización armada maneje un territorio para ser enjuiciada bajo esa categorización. ¿Qué hace falta, entonces? Un plan sistemático. Y el ERP lo tenía: tomar el poder.
La organización de Santucho había diseñado ese objetivo táctico mediante una estrategia militar y política: secuestrar empresarios (para financiarse) y matar militares, señalados como opresores y "enemigos del pueblo". A esos "enemigos" habría que sumar los "daños colaterales", como el asesinato de María Cristina, de tres años, hija del capitán Viola. Una paradoja triste: la izquierda de los años 70 luchaba por una sociedad más justa, en una Argentina que tenía, apenas, un 4% de pobres y una de las clases medias más envidiables de América Latina.
Una pequeña anécdota personal: en los años del alfonsinismo estudiaba Sociología en la Universidad de Buenos Aires. A esa UBA politizada habían retornado del exilio muchos integrantes y dirigentes de las organizaciones armadas de los 70. A fines de los años ochenta, aquellos leones herbívoros practicaban una militancia casi personalizada asumiéndose (en el pasado) como "orgullosos combatientes de una guerra revolucionaria"; jamás como víctimas. Lo de víctimas vino después, como un discurso elaborado desde las organizaciones de DD.HH. Carnovale confirma ese dato, no menor.
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Algunos de aquellos veteranos habían integrado el PRT-ERP, que en 1974 estaba en su apogeo, según destaca Marcelo Larraquy. Así es que, en agosto de aquel año, producen dos golpes, casi en forma simultánea: el copamiento del cuartel de Villa María, Córdoba, y el asalto al Regimiento 17 de Infantería Aerotransportada, en Catamarca. En Villa María secuestran al mayor Argentino del Valle Larrabure, un ingeniero químico, subdirector de la Fábrica Militar de Explosivos. Lo mantienen cautivo 375 días, en condiciones infrahumanas. El cadáver aparece en una ruta de Rosario, con 48 kilos menos y signos de tortura. La familia afirma que lo asesinaron; el ERP, que se suicidó. La Justicia nunca investigó su muerte. Lo que se condenó fue el copamiento del cuartel.
Sentimos escozor ante la posibilidad de que Astiz, que padece cáncer, obtenga la prisión domiciliaria. Y con razón: el "ángel de la muerte" es un emblema siniestro de la noche más oscura de la Argentina. Sin embargo, esas emociones cambian, en un sector del mundo político y académico, cuando se trata de que Mattini se haga cargo de sus crímenes. "Es que está enfermo", lo protegen. Parece que hay algunos más enfermos que otros.
Algunos psicoanalistas ligados a la izquierda cuentan que varios exmilitantes guerrilleros lloran en privado por sus crímenes. ¿Llorará Mattini por los suyos? ¿Sentirá culpa? ¿Anhelará pedirles disculpas a sus víctimas, como el etarra de Patria? Demasiadas preguntas para gambetear un debate sin prejuicios y clausurar la historia.

viernes, 12 de enero de 2018

EN "EL ESPACIO MENTE ABIERTA"; LAURA DI MARCO


Heridas de un país con estrés postraumático
Las dolorosas experiencias políticas que sufrió la Argentina deben ser elaboradas para poder avanzar hacia una nueva etapa
Laura Di Marco
Millones de argentinos viven en estado de alerta, envueltos en esa sensación de inminencia de que "algo" -malo, ciertamente- está a punto de suceder. Son prisioneros de fantasmas del pasado. Tienen memoria del caos. Vivieron la dictadura, las hiperinflaciones, las recesiones, los saqueos, la explosión de la bomba de tiempo de la convertibilidad, el "que se vayan todos". Leen el presente con ojos en la nuca. Un presente que siempre tiene interpretaciones exageradas. Para ellos, un petardo es un incendio y una lluvia de piedras contra una valla es 2001. Son los que compraron dólares -y perdieron- el día que el equipo económico recalculó las metas inflacionarias y los que entraron en pánico con las escenas de violencia, mientras se debatía la reforma previsional. Son los que pasaron los 45 años. Son los sobrevivientes.
Esos sobrevivientes sostienen la creencia de que "en la Argentina todo termina mal", "que sólo el peronismo puede gobernar" y, por ende, que "ningún presidente no peronista logra terminar su mandato". Aunque se trata de creencias ancladas en la realidad -hechos que, efectivamente, sucedieron en el pasado-, también son un efecto político del trauma. Este universo es el que experimenta el gobierno de Cambiemos con un dramatismo extremo, en la misma sintonía que el "círculo rojo": factores de poder y ciudadanos ultrainformados.
En cambio, los hijos y los nietos de esos sobrevivientes exhiben otras secuelas: no esperan mucho de los políticos y se conforman con poco, aunque necesitan pruebas. Según Isonomía, está formado por un 50% de la sociedad. ¿Y qué clase de pruebas necesitan? Pequeñas, pero concretas. Obras que mejoren su metro cuadrado, como dirían los encuestadores, o le reduzcan algún miedo. El miedo a que se inunde el barrio en el que viven, por ejemplo, o a tener un accidente mortal, en una ruta destruida. La historia del caos argentino formateó una sociedad de vara baja y umbral de tolerancia alto. Esa porción de la Argentina -los "frustrados", como los llama Juan Germano- sólo conecta con la política de modo intermitente: una desconexión que también podría ser leída como fruto de la decepción. Y no hay mejor antídoto para evitar la desilusión que bajar las expectativas.
Germano abona esta tesis con el resultado de los sondeos: "La mayoría de los argentinos no quiere vivir en Puerto Madero. Si vive en Berazategui, quiere seguir viviendo allí, pero mejor. Por eso el metrobús o la cloaca significan calidad de vida: 20 minutos más de sueño o disminuir las enfermedades por falta de agua potable. Y eso ya es un generador de apoyo". Muchas intendencias siguen la misma lógica: no deslumbran con un gran delivery de políticas públicas, pero lo poco que hagan, si impacta en la vida cotidiana, alcanza.
En un país más estable que la Argentina, un anuncio sobre el recálculo de la meta inflacionaria hubiera provocado una crisis de apoyo. Pero en la Argentina con estrés postraumático y pánico a los picos inflacionarios, no. ¿Por qué? Porque mientras la inercia sea hacia la baja, es suficiente, aunque la tendencia sea más lenta. Es por eso que la mayoría compró la nueva narrativa oficial: "La recuperación ahora será más lenta, pero el país está mejorando".
Escribir la historia, escribir el trauma es un texto de Dominick LaCapra que ofrece pistas sobre las sucesivas tragedias argentinas. LaCapra es historiador, pero añade conceptos del psicoanálisis -como melancolía, acting out y elaboración- para profundizar la comprensión de procesos económicos y políticos. En sus trabajos distingue entre quienes han sido víctimas directas del trauma -pongamos aquí a los argentinos mayores de 45 años- y quienes vivieron esos hechos de un modo más indirecto, como los hijos o los nietos: en este casillero se ubica el 40 % del padrón electoral actual. Son quienes nacieron después de la dictadura.
LaCapra calificaría como un acting out (una repetición o puesta en acto del pasado) la minicorrida cambiaria del 28 de diciembre, que colocó el dólar en 19 pesos, para luego desinflarse rápidamente, al día siguiente. Desplegada, la idea es esta: el acting out, que siempre es impulsivo, es un producto del trauma. Aunque haya resultado una inversión ilógica, es emocionalmente lógico que quienes sufrieron grandes pérdidas con las sucesivas crisis económicas hayan salido a buscar un refugio conocido.
En sus focus groups, el psicólogo Federico González, de González y Valladares, retrata los estados de ánimo de una Argentina lastimada. Esos tránsitos son tres: el infierno -pongamos 2001-, el limbo -podría ser ahora- y esos pequeños momentos de felicidad, como la primavera democrática o la falsa burbuja de la convertibilidad. González cree que hoy estamos en una suerte de limbo, que navega por la incertidumbre. "Muchos no toleran la incertidumbre e inconscientemente quieren que pase algo, aunque sea malo", arriesga.
¿Podría pensarse la melancolía como otro subproducto del trauma? En los años sesenta y principios de los setenta, la Argentina tenía apenas un 5% de pobreza y la movilidad social de la clase media exhibía indicadores palpables. Sin embargo, las crónicas periodísticas de la época no reflejaban esa prosperidad. En verdad, no había nada parecido a una percepción colectiva de prosperidad. El tono, más bien, seguía siendo de queja e insatisfacción.
Pérdida y ausencia suenan parecido, pero sus efectos políticos son muy distintos. Tal es la tesis del trabajo de LaCapra, a pesar de que ambos conceptos suelen usarse indiscriminadamente en la investigación histórica. Él usa esa distinción para desenmascarar mitos. Lo explica así: pérdida indudablemente implica una ausencia, pero lo inverso no necesariamente es cierto. ¿La idea de la Argentina potencia tuvo, alguna vez, bases reales o es parte de un mito nacional? En la narrativa emocional de los argentinos habita la creencia de que estábamos destinados para grandes cosas -"condenados al éxito", como diría Duhalde-, pero esa grandeza nos fue injustamente arrebatada, en algún punto del trayecto. La melancolía por esa supuesta pérdida -que tal vez siempre fue sólo ausencia- es la lente a través de la cual miran los argentinos que entran en la categoría de sobrevivientes.
El italiano Loris Zanatta suele decir que la Argentina exagera su propia importancia porque, en el fondo, tiene un complejo de inferioridad. "Sólo quien se siente inferior tiende a sobreactuar. Perón soñaba con una Argentina de 100 millones de habitantes, nutrida por la inmigración. La Argentina potencia. Nada de eso sucedió: fue un fracaso, que hoy se lee como un éxito. Y ese es parte del problema, que los fracasos se lean como éxitos".
El psiquiatra francés Boris Cyrulnik es un explorador del término resiliencia, que hoy se puso de moda. Se aplica a personas, pero puede extrapolarse a sociedades. La resiliencia es la reanudación de un nuevo desarrollo, después de un trauma. ¿Y de qué depende que ese proceso resiliente se active o se aborte? Según él, del sentido que le otorgamos a esa experiencia. Las heridas se transforman (porque no desaparecen) cuando las resignificamos: por eso, cuando no comprendemos, quedamos prisioneros del pasado.

miércoles, 4 de octubre de 2017

RECOMENDADOS DEL DR. RAMIRO CARO FIGUEROA


Les ofrecemos un adelanto del nuevo libro de Laura Di Marco llamado ‘Macri: historia íntima y secreta de la élite argentina que llegó al poder’. El capítulo “Confesiones incorrectas” revela distintos puntos de vista inéditos del Presidente sobre los principales desafíos que afronta su gobierno.


La colación Cambiemos es gelatinosa a la hora de las definiciones.
Y también lo es el liderazgo presidencial. Incluso, los periodistas especializados en el Pro, los que han seguido el día a día de la fuerza que Mauricio Macri armó durante una década, se desconciertan a la hora de explicar este ex¬perimento político extraño, que desalojó al kirchnerismo del poder.
Acaso, tal como aseguran los politólogos que investigan sobre las nuevas formas de la política contemporánea, 2001 haya quebrado la matrix del sistema clásico. Una hipótesis que, de ser cierta, colocaría al macrismo en la góndola de las novedades pos 2001.
Macri no es Menem, ni De la Rúa. Tampoco es Cristina.
Y, por más fuerza que hagan los que analizan la política con los ojos en la nuca, cuesta encajar a Cambiemos en las categorías clásicas del neoliberalismo o de la derecha convencional.
En el gobierno coexisten protagonistas antagónicos: ex CEOs de grandes corporaciones conviven con líderes sociales como Toty Flores o Margarita Barrientos; un ortodoxo como Carlos Melconián, con los radicales que impulsaron el juicio a las Juntas Militares; ex Newman, hijos de millonarios, con María Eugenia Vidal, una chica de clase media que creció en un departamento alquilado de Flores.
Un abogado de la élite, cuyo padre se educó en el exclusivo colegio Saint George, como Fabián Rodríguez Simón, comparte encuentros —y sobre todo, desencuentros— con un binguero como Daniel Angelici, cuyo padre tenía un taller mecánico en Villa Soldati.



Si Cambiemos es un gobierno de empresarios, tal como supone el kirchnerismo, resulta extraño que sus pares del empresariado no lo hayan apoyado como la élite gobernante esperaba.
Y si nació con cobertura mediática, tampoco se explica que hayan sido los grandes diarios quienes denunciaron a Macri por los Panamá Papers; por el escandaloso acuerdo entre el Correo y el Estado; o por los sospechosos giros que recibió su jefe de Inteligencia, Gustavo Arribas, de un operador de Odebrecht, detenido por el Lava Jato.
“Somos una derecha con corazón”, rotulará el periodista Hernán Iglesias Illa, autor del diario de campaña Cambiamos e integrante del equipo de comunicación del gobierno.
Una etiqueta que hará explotar de furia a los simpatizantes de Cambiemos, que rechazan cualquier conexión con “la derecha”.
Jaime Durán Barba le sacará punta a otra definición: dirá que Mauricio Macri es el primer líder del siglo XXI. Y que la llegada de Cambiemos a la Casa Rosada —coalición que logra desalojar al populismo autoritario del poder— inau¬gura formalmente el nuevo siglo político.
La quinta Los Abrojos —el predio familiar donde Macri pasa los fines de semana desde hace cincuenta años— es el corazón de la intimidad presidencial.
Se trata de un complejo con varios chalets, edificado en el barrio Los Nogales, donde viven distintos integrantes de la familia.
Frente a la quinta, separada de ella, también se ubica la casona de Mariano Macri, el más bohemio de los hermanos, según el jefe del clan. La casa del patriarca preside el centro de la quinta.
Y, a pesar de que Franco Macri, ya casi no viaja a San Miguel por sus problemas de salud, en su chalet siempre hay movimiento: lo habitan sus nietos.


El chalet del Presidente y su familia “chica”, como él llama al núcleo íntimo que armó con Juliana Awada y la pequeña Antonia, está pegado al de su padre.
Y será allí, en su refugio más secreto, entre muffins y jugos de fruta, donde Macri abrirá la zona más privada de su pensamiento. Y rodeado de esos olores familiares, se desplegará sin filtro.
Las reconciliaciones con Carrió
Desde que asumió el nuevo gobierno, Elisa Carrió —una pieza fundamental de la coalición gobernante—, se convirtió, a la vez, en una de las principales denunciantes de sus propios aliados.
Bajo su lupa, cayeron desde el primo del presidente, Jorge Macri, a quien Lilita acusa de tener connivencia con el narco de la zona norte, hasta el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti, a quien señala como artífice de la corrupción en la Justicia.
Después de cada hecatombe mediática, el Presidente la invita a comer y la relación parece pacificarse por un tiempo.
Hasta la próxima denuncia.
—¿Y cómo son esas comidas de reconciliación?
—Bueno, le digo que hay denuncias que ella hace que no ayudan en nada a la gobernabilidad de la cual Lilita se preocupa.
Por ejemplo, alguna vez ha dicho que en abril o mayo [de 2016] iba a haber un intento de golpe. Y no pasó nada. Entonces, le pregunto: “¿Te pusiste a pensar en qué afectás vos la gobernabilidad, cada vez que atacás, por ejemplo, al presidente de la Corte?”.
Porque no es normal que una líder de la coalición de gobierno ataque al presidente de la Corte… No pasa en Uruguay, no pasa en Paraguay, no pasa en Chile, en Estados Unidos.
Encima, cuando todo el gobierno le dice: “No avalamos lo que vos decís”. O sea, es bastante particular. Entonces, cuando hace denuncias sin fundamenta, se devalúa ella.
Porque ni mi primo está con el narco, ni a Lorenzetti se le ha podido demostrar nada de las denuncias que ha hecho.
Y, como se lo he dicho a ella, son cosas que contribuyen en nada a generar institucionalidad, ni a darle valor a la palabra.


Y cuando digo que se devalúa ella, es porque Lilita ha hecho muchas otras denuncias que sí son reales y tienen fundamento. Y han sido muy importantes.


Pero, cuando todo es lo mismo, estamos en problemas… Yo estoy tranquilo, voy a seguir trabajando con el presidente de la Corte, porque Lorenzetti está trabajando en línea para mejorar la institucionalidad.
Más aún, él sugirió muchas de las propuestas de reformas, a favor de la mejora institucional. O las sugirió o ayuda cuando la Corte cree que son correctas.
Entonces, en resumen: Lilita ha sido para mí una muy grata sorpresa porque hemos logrado entablar una relación de afecto recíproco y también llegamos a entender que no pensamos en todo lo mismo.
—Pero si en alguno de esos cortocircuitos, abandonara la coalición, sería un gran problema para su gobierno.
—Si se fuera, no sería un problema: sería una gran triste¬za. Y como tenemos las mismas intenciones, también sería una falta de flexibilidad de alguna de las dos partes.
—¿Es bueno que funcione de auditora moral de su gobierno?
—Es un rol que ha ejercido toda su vida. A mí no me molesta, pero tampoco lo necesito. Tengo en claro mi ética, así que nunca necesité ese tipo de auditorías. Y por más que me guste o no, no lo va a dejar de hacer.
Yo he puesto mi mayor capacidad de entendimiento, y trato de ir más allá de lo que ella dice.


Lamento que, en aquellos casos en los que se equivoca, las personas se sientan muy agredidas. Ese es un daño que en el ella no repara.
Massa, el opositor
—Prefiero el Massa que aprueba las leyes al que declara. Porque tiene distintas actitudes. Uno apoya las leyes, tiene un compromiso con una transformación profunda de la Argentina.
El que declara, va más por el lado del oportunismo, de proponer desde las soluciones mágicas. Cero aumento de todo, bajemos la inflación y además démosle a todo el mundo todo. ¿Y de dónde lo sacamos? Ese oportunismo no está bueno. ¿Si confío en él?… Vamos paso a paso.
Gabriela, la “hermana menor” y el dinero robado de Suma
La vicepresidenta Gabriela Michetti está al lado Macri casi desde los inicios su proyecto político.
Y fue, sobre todo en aquellos primeros años, cuando más oxígeno político le aportó a una figura que aún concentraba altos niveles de rechazo. Era la época en la que Macri la llamaba “mi hermana menor”.
Sin embargo, aquella luna de miel, entró en un cono de sombra en el arranque de 2015, cuando Michetti decidió enfrentarlo en una interna por la jefatura porteña, en la que Macri optó por jugar abiertamente en favor de su delfín, Horacio Rodríguez Larreta.
Fue el peor momento de la relación entre ambos.
Luego, vendría la reconciliación y la oferta de la vicepresidencia, aunque la relación nunca volvió a recomponerse del todo.
En 2016, a pocos meses de la asunción de Cambiemos, la difusión del robo de dinero —no bancarizado— de la Fundación Suma, perteneciente a Michetti, dejó a la vicepresidenta en el ojo de la tormenta mediática.
—Yo le dije desde el día cero lo que me parecía: que ella no era la persona adecuada para sucederme a la Ciudad, porque acá no es una cuestión de inteligencia, ni de sentido común.
Hay muchos otros factores, como la capacidad de organización, el método e, incluso, la salud física. Gabriela es una persona muy valiosa en el equipo, pero que tiene que tener un rol en el cual pueda entrar y salir de los temas.
Ella rinde mejor así. Y esto yo se lo he dicho siempre. Nunca me enojé por su decisión [de enfrentar a Larreta en la interna].
Sí me sorprendió que ella haya creído que yo no iba a dar mi opinión [en favor de su entonces jefe de Gabinete]. Y ahí se enojó conmigo el ala larretista, cuando hago votar en la interna. Yo quería una interna abierta.
Ahora, lo que nunca imaginé es que iba a ir Gabriela a esa interna. No me enojé, pero sí hablé con ella antes de ofrecerle la vicepresidencia. Quería saber si ella estaba enojada.
Entonces le dije: “Yo estoy feliz de que vos me acompañes de vice, pero eso solamente es posible si vos no lo hacés desde la bronca. Ser vicepresidenta de la República es una enorme responsabilidad; es algo que no solo te distingue, sino que te compromete: tenés que hacer borrón y cuenta nueva”.
Y así lo hizo. Y no me equivoqué porque Gabriela es infinitamente más de lo que fueron los otros vicepresidentes.
Por otro lado, desde lo personal y lo político, siempre fue una enorme compañía, en momentos de tormenta gigantesca.
—¿Qué sintió cuando se enteró de que le habían robado el dinero de Suma, su fundación, en su propia casa?
—Nunca dudé un instante. Lo tomé como la típica cosa del desorden de nuestro país.Pensá que entre el 70 y 80 por ciento de los clubes de barrio no pudieron pasarse a tarifa social porque no tenían los papeles en regla, no estaban inscriptos.
Entonces, que las ONGs acá tengan todos los papeles desordenados no debe extrañar. El desorden no significa que haya nada raro.
Mira, yo por Gabriela pongo las dos manos en el fuego así —Macrixtiende ambas manos y hace el gesto de ponerlas sobre el fuego—.
¡Olvidate! Eso sí: tanto en el caso de Suma como en los Panamá Papers la Justicia debe investigar hasta el final y ambos casos tienen que cerrarse.
¿Paréntesis o proyecto de poder?
—¿Un paréntesis entre dos peronismos o un proyecto de poder? En una palabra: ¿Piñera o Lula?
—Hay un proyecto de poder porque el cambio es un poder. El cambio significa permanencia de los valores. Si cuando yo me voy de acá, vuelve a haber un presidente con prejuicios respecto del mundo.
O hace lo de Menen, que les regala todo. O lo de Kirchner, que maltrataba a todo el mundo… en todos esos casos, yo habré perdido.
Y segundo: si el que me sucede no entiende que somos aves de paso, y que lo importante es la historia y que la sociedad evolucione, también habré fracasado. Para mí, un proyecto de poder es un cambio cultural definitivo.
Después, si en ocho o en doce años toca que venga otro peronista, es lógico: volverá un bipartidismo, que tiene que funcionar.
Pero lo que hay que entender es esto: nosotros no venimos acá a arreglar todo para que, el que nos suceda, lo vuelva a descomponer.
Panamá Papers y el enojo sordo con el periodismo
Macri llevaba apenas cuatro meses en el poder cuando el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, difundía los primeros resultados de los Panamá Papers: una mega investigación mundial que reveló una trama de sociedades offshore en paraísos fiscales y que involucró a jefes de Estado, líderes de la política y personajes de las finanzas, los negocios y el deporte.
Entre todos aquellos poderosos, también aparecieron varias sociedades offshore vinculadas con el Grupo Macri, constituidas por el jefe del clan, pero en las que Mauricio también figuraba integrando directorios, como el caso de las firmas Fleg Trading Ltd. y Kagemusha.
Los resultados fueron presentados simultáneamente el 3 de abril de 2016 por 109 medios de comunicación, en 76 países.
Panamá Papers básicamente sugería que, aquellas offshore, fundadas por los más ricos e influyentes, podrían haber servido de pantalla para ocultar propiedades de empresas, activos y ganancias y, al mismo tiempo, facilitar la evasión de impuestos.
En la Argentina, la pesquisa fue liderada por el periodista Hugo Alconada Mon, quien publicó la investigación colectiva en La Nación.
En el arranque de 2017, el fiscal de la causa que investiga la vinculación de los Macri con los Panamá Papers, Federico Delgado, intenta establecer básicamente dos cosas: si, a través de las offshore de la familia Macri, se realizaron maniobras de lavado de dinero.
Y si la responsabilidad de ese eventual de¬lito es solo de Franco Macri o también alcanza al Presidente.
—Me emociona todo el tiempo ver la ilusión de la gente. Eso es muy loco porque prendés la televisión y es una carnicería.
Y, en contraposición con eso, en cada lugar donde voy, la gente está con una esperanza que vos decís: ¡qué fractura entre el círculo rojo y la gente!
—Pero los Panamá Papers conectaron a los Macri con la trama de corrupción de la Argentina.
—Un disparate. Me quieren equiparar con la corrupción del kirchnerismo. Pero lo que más me preocupa es la flaqueza de los propios, los que están con nosotros desde lo político: “No, flaco, pará, no te acepto, no ha lugar”.—No le entiendo. ¿Quiénes serían los propios?
—Los periodistas que comparten nuestros puntos vista desde lo político. Cuando empiezan: “Está muy mal lo de Macri, porque tendrá que comprobar por qué era accionista y tenía una cuenta offshore”.
Y yo te digo: “¿Vos leíste lo que escribió Alconada? ¡No pueden decir eso, muchachos!”. Panamá contestó que yo fui director seis meses.
Y en mi vida, ¿qué demonios tengo que dar explicaciones de por qué fui director seis meses, veinte años atrás? ¡Es ridículo! ¿De qué estamos hablando? Yo tenía una vida, fui empresario y las offshore existen.
Las tienen Clarín, La Nación, YPF. Cuando se mezcla todo… ¡qué paciencia hay que tener! Encima con este [Federico] Delgado, que todo el tiempo anda haciendo anuncios que…
—Se lo nota enojado con el periodismo, ¿esperaba más apoyo de la prensa?
—No, esa parte la entiendo. Pero me enoja Delgado. Me enoja porque yo quiero que la Justicia investigue al presidente, para que se demuestre que no hay nadie con privilegios.
Pero el fiscal tiene que ser respetuoso. No puede decir, como ha dicho: “Se me escapó la tortuga”. Pasamos de tenerle pánico a la señora a decir cualquier barbaridad. ¡Eso me enoja!
Trump, el gran acierto del gurú
Jaime Durán Barba fue el único que alertó a Macri sobre el triunfo de Donald Trump.



El resto del gobierno —empe¬zando por su canciller, Susana Malcorra— se jugó sin disimulo por la candidata demócrata, Hillary Clinton, dejando al gobierno en una situación complicada con el sorpresivo triunfo de Donald Trump. Una victoria que cambiaría el escenario político mundial.
—No siempre estoy de acuerdo con Jaime, pero si yo he trabajado todos estos años con él, es porque acierta mucho más de lo que erra.
Trump gana por el momento del mundo y el posicionamiento que ocupó: fue el candidato del antisistema y de lo disruptivo. Es lo que se está dando en todo occidente.
Los candidatos que ganan son los que cuestionan el sistema, por derecha y por izquierda. No fuimos nosotros solos quienes perdimos neutralidad. ¡El mundo la perdió!
En la última reunión del G20, todos embanderados con la candidatura de Hillary.


Es más, yo fui a un panel en la Clinton Foundation, que compartí con Matteo Renzi y Matteo le dice a Clinton: “Te espero, Bill, para la próxima, como acompañante de la Presidenta”.
La última vez que lo vi a Trump fue hace trece años, lo fuimos a visitar a Nueva York. Allí comimos juntos con todas las mujeres. Fui con [Francisco] De Narváez y su mujer, Isabel [Menditeguy] y yo, y él y Melania.
Después no lo vi más, pero cuando volvimos a hablar, la noche de su triunfo, fue como si no hubiera pasado ni un minuto… Me dijo: “Nos vamos a llevar bárbaro; Argentina y Estados Unidos se van a llevar como nunca antes”.
Le dije que nos íbamos a ver en el G20 [en julio de 2017] y él me dice: “Sí, claro y seguro me vas a dar la mejor habitación a mí”. Y nos reímos…
Macri versus la cultura maradoniana
—A modo de evaluación, sigo pensando que fue un tremen¬do éxito haber evitado la crisis terminal. Tremendo éxito… Sobre todo cuando lo miro en términos de cuánta plata tomamos prestada.
Tomamos 47 mil, casi 48 mil millones de dólares, para pagar todos los vencimientos y desastres que habían dejado estos tipos, con un país quebrado atrás.
Entonces, digo: ¡A la pelota, qué éxito! Si vos vas al banco, en cesación de pagos, sin un mango de reservas, quebrado, y el banco, a pesar de que no le pagaste, te vuelve a prestar 47 mil millones más, es un éxito descomunal.
Pasa que los argentinos tenemos esa tendencia a no valorar nada. Por ejemplo: salimos campeones, empatamos la final y perdemos en el desempate y ya el equipo es un desastre. Hay una mayoría que es así; tiene esa cosa maradoniana…
Qué no pudo, qué no quiso, qué no supo
—¿Qué no pude? Cambiar a la procuradora [Alejandra] Gils Carbó. Hasta la fecha, no pude. Y eso es malo para el cambio cultural porque ella expresa, desde un lugar relevante, ideas a las que la mayoría de los argentinos no adherimos, sobre todo en términos de administración del Código Penal.
¿Qué no quise? Responder a esa demanda de personalismo, de autoritarismo que hay en una parte importante de la sociedad, que siempre justifica “por las buenas razones” que el presidente haga las mismas cosas que criticábamos al gobierno anterior.
Había muchos que me decían, por ejemplo, que yo tenía que cambiar a un montón de jueces. O que la tenía que sacar a Gils Carbó por decreto.
—Le pedían que sea un poco como Cristina.
—Exactamente. Pero, claro, me decían: “¡Es por las bue¬nas razones!”. Y eso siempre es muy subjetivo: entonces, no, no quiero hacerlo. ¿Y qué no he sabido hacer, hasta ahora?
Bueno, no he sabido todavía transmitirles a muchos argen¬tinos la necesidad de este cambio cultural, que significa un compromiso con el esfuerzo personal, la responsabilidad y la cultura del trabajo.
Todavía hay muchos argentinos que siguen aferrados a sus comodidades, a sus privilegios, y espero que podamos seguirlos convenciendo de que esos privilegios que ellos han sacado son en contra de los demás.
Y, al final del camino, en contra de ellos mismos, porque la sociedad en su conjunto no crece porque ha sido canibalizada por privilegios corporativos, sectoriales e individuales.
El tramo final de la última entrevista la hacemos dentro de la camioneta presidencial. Viajamos desde Los Abrojos, en Malvinas Argentinas, hacia la quinta de Olivos.
Macri tiene una custodia relativamente discreta, que consta de diez policías de la Federal: el conductor y coconductor de la van en la que viaja, más ochos custodios que se distribuyen en dos Toyota que siguen a Macri, a una distancia prudencial.
“No quiere mucho circo, nos pidió una custodia sin balizas, ni serenas. Si hiciera falta, podemos tener francotiradores para eventos especiales, pero nunca lo solicitó”, cuenta uno de los custodios presidenciales.
Cuando el Presidente incursiona en territorios peligrosos, como podría ser Fuerte Apache o las villas penetradas por el narco, se suman las camionetas del Grupo Especial de Operaciones Federales (GEOF).
Y cuando viaja al ex¬terior, ni sus custodios conocen detalles del destino sino hasta muy pocas horas antes del vuelo: la reserva forma parte del protocolo de seguridad.
Un empresario contra el establishment
—Más allá de todo lo que nos esforzamos los seres humanos, no creo en la frase mágica: “Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”.
Creo, sí, que muchos empresarios, por suerte, entienden que este cambio cultural nos lleva al único camino del desarrollo. Con lo cual he visto a muchos de ellos mucho más comprometidos que otras veces.
No al nivel de lo que algunos líricos sueñan: o sea, no se van a arriesgar a fundir apostando el todo por el todo para que esta vez salga bien. Pero noto que están dispuestos a jugarse mucho más que en los últimos treinta años.
No a niveles líricos, insisto. Porque, aparte, no se puede generalizar: hay de todo. Hay tipos que ya no tienen capacidad de resetearse y que, producto de un sistema de reglas que viene desde hace treinta años, se han oxidado y piensan que su vida empresaria pasa por el “Moreno” de turno. Y hay otros que están felices de poder funcionar sin amenazas, aprietes ni cometas.
Superministro de Economía y soluciones mágicas
—Cuando empiezan con las teorías de que, si tuviera un solo ministro de Economía, un superministro de Economía, las cosas andarían mucho mejor, entramos en el pensamiento mágico.
Un pensamiento que tiene una parte importante de la dirigencia, porque el ciudadano común no se aferra a la magia. Entonces, yo pregunto: ¿un superministro de Economía va hacer que la economía arranque?
¿Va a lograr que Brasil salga de su recesión? ¿Va a lograr que el déficit fiscal baje, por arte de magia? ¿Le hubiera agregado de valor a [Juan José] Aranguren en todo este descontrol de las tarifas?
¿Qué le hubiese dado de valor agregado a la agenda del campo? ¿O a [Guillermo] Dietrich, en los planes de las obras que está impulsando? Si lo pensás bien, ¡es de locos!
Lo que va a lograr que el déficit fiscal baje es que los dos mil flacos que tenemos que tomar decisiones, tengamos un mínimo de responsabilidad de darnos cuenta de que la Argentina no puede gastar 400 mil millones de pesos de más todos los años: este es el mayor problema que tiene el país y, si seguimos así, este modelo ¡colapsa!
Entonces, no me creo el campeón mundial, pero tampoco les creo a los que dicen que es el fin del mundo. Y aunque algunos enloquezcan y propongan soluciones mágicas o digan que me falta política, yo no les creo.
Me causa gracia cuando hablan de traer al gobierno a [Florencio] Randazzo, como si salir adelante fuera una cuestión de nombres. ¿Y qué va a hacer Randazzo?
Ninguna persona que exista en el país, ni en el mundo, hubiese podido cambiar más menos cinco por ciento todo lo que hemos hecho hasta ahora. Sobre todo, porque no hubiesen podido cambiar el desastroso punto de partida.
Que encima de que estaba todo destruido, dentro del propio Estado encontramos quintas columnas que nos boicotearon sistemáticamente. En cada lugar del Estado, hay gente de La Cámpora o del kirchnerismo duro que no te deja avanzar.
Elecciones, cambio cultural y círculo rojo
—Obviamente este cambio cultural, que recién comienza, se refuerza con votos. Y estoy convencido de que vamos a ganar porque, mal que le pese al círculo rojo, el apoyo que tenemos hoy es impresionante.
—Cuando habla del círculo rojo, ¿se refiere a lo mismo que Durán Barba: al periodismo, los ciudadanos informados y al establishment político, sindical y económico?


—Sí, yo inventé la definición del círculo rojo como aquellos políticamente informados. No es [Héctor] Magnetto, son 200 mil personas. Y vuelve a haber una grieta enorme entre el círculo rojo y la gente.
La gente hoy está tranquila, está disfrutando que bajó la tensión en la Argentina. La mayoría, razona así: “No estoy bien; me cuesta llegar a fin de mes, pero estoy más tranquilo.
Hoy veo a mi gobierno y no me altera. Me siento representado. Obviamente, intuyo —no logro dimensionar del todo— que lo que dejaron fue un desastre.
Entonces, hay que tener paciencia y hay que trabajar, como dice el Presidente: hay que esforzarse”. Y en ese camino, este 2017 vamos a ganar y de vuelta el círculo rojo va a decir: “¡Faaa! ¿Cómo sacaron tantos votos, si a mí me dijeron que en La Matanza se quedaron sin laburo?”. Vamos a ganar con igual o más votos que los que sacamos en la primera vuelta de 2015.
—¿Y qué pasa si pierden, Presidente?
—Si perdemos, indudablemente, se debilitará todo el cambio cultural. Porque acá hay mucha gente del círculo de poder que no quiere cambiar. Este es el tema de fondo.
Son todos estos tipos que tienen un cacho de poder, que les significa a ellos un beneficio económico o solamente poder, y que cuando les decís: “Vamos a un sistema transparente o vamos a licitar”, no quieren hacerlo. ¡Estos son los tipos que te detienen!
Llegamos a Olivos y Macri —con raqueta y ropa de tenis— se baja de la camioneta, que estaciona frente a una arboleda, en la zona de Jefatura de Gabinete, donde el Presidente está a punto de tener una reunión.
Camina unos pasos y, de pronto, se da vuelta, como si se hubiera olvidado de decir algo importante. Y entonces, dice:
—Estoy tranquilo porque sé que más de lo que estoy haciendo no puedo hacer… ¡No puedo hacer!
Sigue avanzando unos pasos, y a modo de despedida, con la raqueta en alto, saluda, como recordando:
—El gol de Kempes ¡lo hace Kempes! ¡Gracias!