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viernes, 17 de febrero de 2017

BASTA DE BULLYNG.....VIVA LA LIBERTAD


“Bullying al gordo y al flaco, a la soltera y al homosexual, al negro y al millonario, al viejo y al especial. Bullying a todos. Que el librepensador piense diez veces antes de hablar, por terror a las represalias”.

La sociedad selfie en la que nadie deja de mirarse a sí mismo es paradójicamente la sociedad de la inquisición autoinflingida. Los mismos que no pueden dejar su narcisismo de celular se han convertido en fisgones y policías del resto del mundo. Descargan sus arpones de resentimiento como si eso fuera a cambiar lo que no lograron con su vida. Como si ser Torquemadas digitales les aliviara la frustración. Deben hacerlo sin pausa para que no pase la anestesia del falso alivio. Para no darse cuenta de que quizás esa tarea parasitaria es todo lo que hacen, lo que ocupa su tiempo, lo que los consume. Lo que son. Bullying al gordo y al flaco, a la soltera y al homosexual, al negro y al millonario, al viejo y al especial. Bullying a todos, en realidad, porque el secreto es que no puedan soportarlo. Que pague con agonía el que sea diferente. Que se revuelque por su osadía el que no acepte el uniforme. Que el librepensador piense diez veces antes de hablar, por terror a las represalias.
Lapidación pública, vergüenza y ridiculización. Este es el nuevo látigo colectivo blandido por hordas de anónimos usuarios carnívoros, muchas veces pagos que, escudados en la impunidad, perpetran feroces ciberataques en las redes sociales. Pero no sólo son los trolls sistémicos los verdugos de la intimidación. También lo son -aunque sea pasivamente- quienes aceptan las reglas de esa intimidación en vez de creer lo suficiente en sus derechos de expresarse. Quienes se callan la boca, o dicen sólo lo que se espera de ellos como chantaje moral para ser aceptados. Como si eso en realidad no fuera ser sometidos, vencidos, quebrados. Todos pueden tener su selfie con Photoshop, señores, pero no osen pensar por sí mismos o contradecir la Fuenteovejuna de la moral culposa porque ahí toda la fuerza de los dueños de la verdad caerá sobre ustedes.

En la convivencia diaria, fuera de internet, donde todos sabemos quien es quien, las personas aún deben responder por las consecuencias de sus actos. En la red, el anonimato o la manada ofrecen la licencia perfecta para suspender los códigos de convivencia o la conciencia social. Para convertir la ira en venganza y el miedo en el mejor motor. Porque en definitiva el poder del hostigamiento no radica en argumentos, sino en el terror que provoca la mínima posibilidad de no se aceptados, de ser señalados, de no ser comprendidos, de no ser amados. El poder del hostigamiento radica en tu miedo. ¿No será hora de dejar de ser proveedores de miedo? ¿No será hora de cortar ese insumo gratuito? Los odiadores como los psicópatas sólo sueltan el cuello de su presa cuando ven que no causan el más mínimo efecto en ella. Hay que aceptar que la horizontalización total de las redes tiene sus efectos colaterales pero que no son el remedio ni la censura ni la resignación. El remedio es más libertad. Tanta libertad como para no gastar ni un segundo de energía en quienes no tienen ningún derecho a coartar la tuya. Tanta libertad, que el miedo por fin sea de los intolerantes.

C. P.

viernes, 10 de febrero de 2017

TONOS Y SEMITONOS

Con los pechos de una mujer se pueden hacer muchas cosas. Se puede amamantar a un niño, se pueden hacer películas porno, se puede obtener placer sexual, hacer cirugías estéticas, vender productos, inundar de carteles la ciudad para promocionar un film o agotar la tirada de una revista. Se pueden decir piropos, insultar, hacer chistes. Me acuerdo de uno en especial: "Tu amiga las tiene tan grandes que los padres le dijeron: «Tenés que elegir, o el corpiño o el viaje a Europa»". Éramos adolescentes y nos reímos durante horas. No recuerdo ni un chiste de tono similar sobre el cuerpo masculino.

No es que nosotras no tengamos nuestras observaciones secretas, apuntes personalísimos sobre los hombres, pero es justamente ése el problema, que nuestras observaciones -cuando nos damos la palabra- están destinadas al secreto, al murmullo dentro de la cofradía, a eso que no se dice en voz alta. Los hombres, en cambio -no todos, sí muchos todavía-, hablan y vociferan sobre el cuerpo femenino con el desparpajo de quien camina por territorio propio. Ellos hacen chistes (machistas) y nosotras nos reímos, encantadoramente cómplices.



Si el tema perdura como un desajuste o una incomodidad, si aflora de tanto en tanto en las formas más visibles de la protesta organizada o en gestos espontáneos en una playa, tal vez se deba a que sería un trazo grueso reducirlo a una exageración del feminismo. Porque esa apropiación -del cuerpo, del lenguaje que lo nombra- deja huellas. En el imaginario social, en la subjetividad femenina, en el modo en que nos pensamos a nosotras mismas. Cuerpos obedientes de mujeres obedientes.



El cuerpo de la mujer prisionero del sentido común, intervenido por el deseo, las normas o por las preferencias estéticas del hombre. Porque ese tipo de exigencia, además, no tiene correlato al otro lado de la frontera de los sexos. El campo de batalla es el cuerpo de la mujer, no el del hombre. Y no siempre -ni ellos ni nosotras- nos damos cuenta. Y cuando sí nos damos cuenta, no siempre sabemos defendernos. Admiré el modo en que una amiga respondió a una sugerencia juguetona de su marido: ahora que la obra social lo cubría, dijo él, ella podía aprovechar para agrandarse los senos. "Claro, ¿por qué no? -retrucó, sin que se le moviera un pelo-. ¿Y vos por qué no aprovechás y te anotás en uno de esos tratamientos para agrandar el pene?"
Contra estos equívocos se rebeló alguna vez Keira Knightley cuando puso como condición para posar desnuda en Interview que no le hicieran Photoshop de sus pechos. Acostumbrada a que sus medidas mínimas decepcionaran a los productores, la actriz plantó bandera con una decisión que tuvo el valor de un manifiesto: un gesto liberador desde las páginas de una revista de moda, la usina por excelencia donde se producen en serie imágenes retocadas del cuerpo femenino. La mentira visual que después se consagra como referencia.



Un gesto liberador, como sacarse la parte de arriba de la bikini. Seguirá la discusión sobre la decencia y el pudor y tal vez habrá que actualizar los debates sobre las normas. Alguien recordará que hubo una época para la que también fue un escándalo el torso masculino. Aunque ya en 1930 los hombres podían ir a la playa con el pecho descubierto, las fotos de mi familia muestran a mi abuelo todavía con una de esas mallas estilo Karadagian, y ya estaban en los años 40.




Las mujeres que hicieron topless en Necochea no explicitaron una proclama feminista, pero el gesto de desabrocharse el corpiño -tal vez como un reflejo de las vacaciones, estirarse en la reposera, quitarse de encima las obligaciones, soltar lo que aprieta, sacarse el corpiño como los hombres se aflojan el nudo de la corbata- se convirtió, acaso sin querer, en un acto político. Tal vez porque todo acto de libertad es en el fondo un acto profundamente político.
C. A.

martes, 7 de febrero de 2017

TECNOLOGÍA; INTERNET


Sin libertad de expresión Internet es sólo un corralito digital
Cada vez más voces claman por regular el derecho a la palabra en la Red; cuatro razones por las que esto no tiene sentido


Ocurren con Internet equívocos que, si se dieran en otros órdenes, pondríamos el grito en el cielo. Uno de los más preocupantes es, desde mi punto de vista, el que vincula las redes sociales (y por extensión, Internet en general) con el discurso del odio. Como consecuencia -era de esperarse-, proponen (en serio, no es broma) regular lo que se puede y lo que no se puede decir en la Red. Si alguien osara reclamar censura previa para cualquier otro ámbito público, lo tacharían de antidemocrático. Y con razón.
Con Internet es al revés. El razonamiento hasta parece de lo más redondito. Puesto que hay una cantidad de almas perdidas que no pueden sino emitir basura verbal y puesto que la Red es usada por operadores políticos para instalar sospechas, acusaciones espurias y la sempiterna descalificación, entonces hay que ajusticiar a la libertad de expresión e instalar la censura previa. En ese caso, levantemos el artículo 14 de la Constitución Nacional, porque estas dos cosas (proferir inmundicia y montar campañas sucias) se dan también fuera de Internet. He ahí cómo el razonamiento cristalino pasó a sofisma insostenible.
Es decir, Internet (de nuevo) no tiene la culpa. En el mejor de los casos, somos una civilización joven a la que todavía le faltan unos cuantos milenios para mejorar ciertas conductas. No puedo ser más diplomático que esto.
Ahora bien, aparte de lo dicho, en los siguientes párrafos intentaré demostrar cuatro cosas. La primera, que regular lo que se dice en la Red sería inconstitucional. La segunda, que sería además innecesario. La tercera, que, dejando de lado los dos puntos anteriores, sería técnicamente imposible. Y la cuarta, que, por si esto fuera poco, ni siquiera estamos hablando aquí de discurso del odio u otros delitos.
Inconstitucional


Después de las atrocidades del nazismo, las democracias occidentales se pusieron de acuerdo sobre ciertos derechos humanos inalienables, derechos que estaban incluso por encima de la letra de cualquier carta magna. La Declaración Universal de los Derechos Humanos se firmó en diciembre de 1948 y, en su preámbulo, se mencionan cuatro derechos fundamentales; uno de ellos es la libertad de palabra.
Así que la libertad de expresión está en la base de la concepción del mundo en el que hemos elegido vivir. Es fácil imaginarse -y para muchos de nosotros fue algo cotidiano en varios momentos de la historia- cómo sería la vida si tuviéramos miedo de emitir nuestras opiniones o difundir nuestras ideas. Miedo de opinar. Miedo de hablar.
Por lo tanto, regular el discurso en la Red iría en contra uno de derechos humanos más básicos y elementales. Sería claramente inconstitucional en una nación como la Argentina, cuya Carta Magna garantiza a todos sus ciudadanos el derecho "de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa". Se entiende que hacerlo en la prensa o en Internet es exactamente lo mismo, dada la fecha en que se redactó el artículo 14.
Innecesario
Aclaremos algo. La libertad de expresión no fue ideada como una forma de garantizar el discurso del odio o la incitación a la violencia, de la misma forma que la privacidad no fue introducida en nuestra Constitución para proteger a maleantes y pedófilos. Más aún, existen leyes que castigan el discurso del odio, que por supuesto rigen en cualquier plataforma. Sí, también en Internet. Por lo tanto, no hay nada que regular. Dentro o fuera de la Red, el discurso del odio y la incitación a la violencia son delitos.
Imposible
El obstáculo técnico con el que se enfrentan los que proponen regular lo que se dice en la Red tiene dos facetas. La primera es que una Internet sin libertad de expresión no es Internet. Está en sus fundamentos, en su definición. Internet nace en las democracias occidentales como resultado de una visión del mundo en la que los ciudadanos tenemos el derecho inalienable a la palabra. Por supuesto, estamos muy lejos de completar esta visión. Pero, precisamente, Internet ha sido un gran paso para la libertad de expresión. Por eso, o tenemos una Internet sin ninguna clase de regulación de la palabra o no tenemos Internet, sino un corralito digital donde se difunden fotos de comida, gatos, bebes, selfies, propaganda oficial y frases inspiradoras de dudosa sabiduría. Yo diría que en esas condiciones es un retroceso, porque además facilita la vigilancia masiva de los ciudadanos.
El otro estorbo técnico con el que se van a encontrar los que piden regular lo que se dice en la Red es que sus protocolos y su arquitectura están diseñados de tal forma que es prácticamente imposible ejercer ningún control. Por añadidura, el ciudadano de a pie cuenta hoy con suficiente poder de cómputo para echar mano de cifrado asimétrico hasta en su bolsillo (WhatsApp, Telegram, Signal), redes privadas virtuales, proxies y otras delicias que, medio siglo atrás, eran un privilegio de unos pocos gobiernos y un puñado de corporaciones, y que hoy ponen al aprendiz de regulador en jaque. Es cierto, con inversiones astronómicas sería teóricamente posible censurar la Red. Pero no domesticarla. Tarde o temprano, estas tecnologías y sus usuarios se abren paso.
¿De qué estamos hablando?
Toda la perorata sobre regular el discurso en Internet porque "no puede ser que cualquiera diga lo que se le da la gana" es delirante por otro motivo. El derecho a la libertad de expresión no ampara el discurso del odio, la incitación a la violencia, la pedofilia y el bullying. Tampoco la calumnia, la injuria y la difamación. Así que, fuera de estas aberraciones, sí, muchachos, toda la idea de vivir en una nación libre es que cualquiera puede decir lo que se le da la gana. Ni más ni menos.
En mi opinión, el asunto detrás de esta súbita vocación por limitar el derecho a la libertad de expresión tiene que ver más bien con que se confunde una retahíla de insultos injustificados y -en general- inverosímiles, la comunicación de ideas repulsivas o los comentarios de hostilidad patológica con el discurso del odio. Y resulta que todo eso puede ser repugnante y puede afectarnos emocionalmente, pero no por eso es discurso del odio. Así que aclaremos.
El discurso del odio es aquél que ataca a un grupo de personas sobre la base de su orientación sexual, género, religión, etnia o una discapacidad de cualquier tipo. Ese discurso, además, debe intentar instalar alguna forma de discriminación contra el grupo que ha elegido como víctima.


La diferencia entre expresar una idea o una opinión (por extraviadas que nos parezcan) y el discurso del odio parece ser bastante sutil, a juzgar por algunos intentos legislativos, pero eso se debe a que Internet es una tecnología muy disruptiva. En sólo 25 años pasamos de un mundo donde los que podían ejercer el derecho de la palabra de forma pública eran unos pocos miles a uno en el que somos 3200 millones. Confunde, concedido, pero es deber de los formadores de opinión entender el mundo en el que están viviendo. Y el mundo en el que están viviendo es éste, no el de 1980.
De todos modos, tengo la impresión de que los que claman por regular lo que se dice en Internet están lejos siquiera de estas sutilezas. Simplemente, quieren que no haya más opiniones que los dejan mal parados, que desaparezcan las ideas que encuentran desagradables, la burrada estéril del que no tiene vida o la información deliberadamente falsa del que opera una campaña sucia. En el más comprensible de los casos, buscan eliminar la difamación. Ahora, es bastante obvio que buscar ese objetivo coartando un derecho fundamental es muy peligroso. Los instrumentos legales contra la calumnia, la injuria y la difamación también existen hace rato.
El argumento que se esgrime en este punto es que gracias a Internet (léase por culpa de Internet) se difama, se desinforma, se injuria y se calumnia desde el anonimato. Otro error de razonamiento. El verdadero anonimato es increíblemente difícil de lograr en la Red, y tampoco es algo perverso por sí. Pero, sobre todo, el hecho de que identificar a los emisores sea más difícil en Internet que en los medios tradicionales no tiene nada que ver con el derecho a la libertad de expresión que debe garantizárseles a las personas decentes. Implementar censura previa porque hay deslenguados en Internet equivale a erradicar un hormiguero detonando un dispositivo termonuclear en el jardín. Con el agravante de que, además, al final, las hormigas van a volver.

A. T.

viernes, 3 de febrero de 2017

DE MI MISMO.....LA LIBERTAD



Hay una ventana que llevo siempre conmigo, es, precisamente, por la que miro. No es pesada, una mezcla de madera gastada e invocaciones. La construí en algún momento de mi niñez. En esos años era fácil elevar sueños diferentes a toda hora. La vida entre los Andes, los lagos y los ríos impulsaban a un derroche de deseos. De mañana, en verano, me despertaba y me ponía unas botitas de gamuza al tobillo, y con ellas trajinaba el día, corriendo muy rápido por un sendero de tierra semicircular, que llevaba al enorme cerezo, bordeando los arbustos de parrillas, grosellas y frambuesas. Allí, al final, había una casita de herramientas y un enorme coihue donde teníamos una hamaca que colgaba de una rama a veinte metros de alto. El recorrido de soga era tal que daba un andar peligrosamente extenso, produciendo un vértigo columpiado, semejante al de los cuerpos que se aman con pasión y desenfado.
El enorme jardín estaba provisto de un sistema de riego con cañerías de bronce de dos pulgadas, con unos regadores que al colocarlos y pivotar enroscándose, se encendían dando un extenso haz de agua. Yo siempre miraba la vasta cortina líquida absorto, pensando en aquella emancipada franqueza de volar y caer. Girando y mojando.
Mi ventana está abierta, a veces tiene una fina cortina, un visillo traslúcido por el que puedo ver y no ser visto. En mis momentos de silencio recurro a ese pudor de modesta clausura para ordenar mis pensamientos.
Siempre franca, de noche cuando las de las casas se cierran, esté donde esté, ella mantiene esa libertad despejada por donde entran y salen las imágenes que me inspiran para un próximo día.
Tenemos una tendencia a cargar un peso que no es dado, no sólo por nuestro hacer que siempre suma logros, victorias con fracasos, sino por un rencor y resentimiento nacido en la frustración y temor de las personas que nos rodean, que viven de una forma que no les gusta. No es difícil deshacerse de aquella desidia de alma, que los gobierna y que siempre intenta corromper la nuestra. Tan solo dar unos pasos atrás en silencio, para deshacernos de innecesarias mochilas.


Hay una esencia que me habita, seguramente desde el día que nací. Es una voz libre que desde muy niño fue catalogada de licenciosa. Por suerte fue siempre tan fuerte, que mantuvo su voto, rondó la libertad y una permisiva intuición que se alimentó más en los contornos que en el núcleo ajeno, que procuraba mantener y controlar el orden establecido de crecimiento ejemplar, adjudicado a enseñanzas y estructuras elegidas por otros, para mí.
Mirando para atrás creo que aquella intuición se alimentó tanto de los rasgos de mis pares, enormemente de la música, como de mi asombrada mirada a la naturaleza; sus voces, que son gobernadas por la noche y el día, la luna y el sol, el viento y la calma, las nubes y sus tormentas. Agua y materia. La naturaleza, insobornable e incorruptible con su bella inocencia me inspiró para mantener mis convicciones, eligiendo luego el camino de la cocina que es una celebración a la vida. Al compartir. Es el lugar donde se junta el festejo, con el intelecto, con la palabra, el vino y el abrazo.


La libertad, otorgada al nacer, con el poder de discernir a lo largo de los días es, en mi percepción, el camino a una vida plena, un espacio donde aprendemos a tomar y dejar, con alegría y generosidad.
Más las manos abiertas que una colección de cajones cerrados, donde se corroen los símbolos del pasado. Tienden a ser una pesada ancla que no da lugar a los cortejos de gloria que pueden abarcar los días. No importa cuándo, dónde o cuánto. Ni con quién. Nunca es tarde para corregir y volver a empezar, sólo se necesita una ventana abierta, llena de libertad.
F. M

lunes, 24 de octubre de 2016

HISTORIAS DE NUESTRA PATRIA


Mariano Moreno y la libertad de escribir
La dirigencia revolucionaria de 1810 sabía que se libraría una dura guerra de fusiles, cañones y bayonetas, pero sabía que, en verdad, lo que se estaba llevando adelante era, además de un cambio gubernativo, una “feliz revolución en las ideas”, como la definía Moreno, y que estaba dejando toda su impronta en el terreno de la acción política. Fue justamente Mariano Moreno, el “jacobino” de la Revolución de Mayo, el que representó quizás de forma más emblemática este nuevo clima.


Nacido en Buenos Aires, el 23 de septiembre de 1778, tenían 21 años apenas cuando llegó a Chuquisaca, antes Charcas y La Plata y luego Sucre, capital constitucional de Bolivia. Allí conoció al canónigo Terrazas, quien pronto le dio cobijo intelectual y prestó su biblioteca que, lejos de ser un cerrado centro de la cultura católica, era más bien un amplio universo de ideas. Allí recogió las ideas de la igualdad de derechos para los criollos e indios y aprendió a repudiar las crueldades de la esclavitud.
Entrada la década de 1800, ya recibido de abogado, casado con María Guadalupe Cuenca y con un hijo, regresó a Buenos Aires. Hacia 1810, con 31 años, Moreno era ya un hombre de la revolución. Había logrado ser reconocido a partir de la redacción de un extenso alegato en defensa del fomento a la agricultura y las manufacturas, que lo oponían a la burocracia española. Quizás algo de imprevisto lo tomó el hecho de ser nombrado como secretario de la Primera Junta de Gobierno, en mayo de 1810. El 25 de mayo asumió la Secretaría de Guerra y Gobierno de la Primera Junta. 


Unas de sus más destacadas acciones estuvieron relacionadas con el fomento a la difusión de las ideas de la Ilustración. Participó activamente de la creación de la biblioteca pública, del desarrollo educativo y fundó, el 7 de junio, el órgano oficial del gobierno revolucionario: la Gazeta de Buenos Aires. Entre sus escritos, figuraba la traducción de El Contrato Social, de su admirado Rousseau, pero también un plan de operaciones destinado a unificar los propósitos y estrategias de la revolución.
Moreno encarnaba el ideario de los sectores que propiciaban algo más que un cambio administrativo y, por ello mismo, se ganó la enemistad de muchos. El deán Funes, el mismísimo Saavedra, entre otros, entrevieron el peligro que encarnaba para sus proyectos conservadores. Pronto forzaron su renuncia a sus cargos en Buenos Aires y lo enviaron como representante del gobierno a Londres, rumbo al que partió el 24 de enero de 1811. Poco tiempo después, el 4 de marzo, encontraba en altamar su misteriosa muerte. Dos años después, el médico Juan Madera aseguraba haber oído al padre Azcurra dar gracias a Dios por la separación de Moreno y advirtiendo: “Ya está embarcado y va a morir”.
Recordando la fecha del fallecimiento de uno de los máximos revolucionarios de 1810, traemos algunas de sus ideas respecto a la libertad de prensa, publicadas en la Gazeta de Buenos Aires, el 21 de junio de 1810. 


Fuente: Mariano Moreno, “Sobre la libertad de escribir”, en Mariano Moreno, Escritos políticos y económicos, (Norberto Piñero Comp.), Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1915.
"Seamos, una vez, menos partidarios de nuestras envejecidas opiniones; tengamos menos amor propio; dése acceso a la verdad y a la introducción de las luces y de la ilustración; no se reprima la inocente libertad de pensar en asuntos del interés universal; no creamos que con ella se atacará jamás impunemente el mérito y la virtud, porque hablando por el mismo en su favor y teniendo siempre por árbitro imparcial al pueblo, se reducirán al polvo los escritos de los que indignamente osasen atacarles. La verdad, como la virtud, tienen en sí mismas su más incontestable apología; a fuerza de discutirlas y ventilarlas aparecen en todo su esplendor y brillo; si se oponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia; el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento harán la divisa de los pueblos, y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria."
Mariano Moreno

jueves, 13 de octubre de 2016

LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LA WEB....TANTO DAÑO SE PUEDE HACER.....





Tiziana Cantone perdió hasta le intimidad de su muerte. Se suicidó, en un sótano. Se ahorcó huyendo de las burlas de esa plebe que la convirtió en víctima del morbo colectivo.
Se mató en Italia y se enteró literalmente el mundo.
Un ex novio de Tiziana difundió masivamente en las redes los videos que filmaron cuando tenían relaciones. Antes, como un juego lo habían hecho circular entre un grupo de “amigos”.
Para ella comenzó el calvario. La martizaron en las redes, proliferaron los memes elementales y agresivos, y en la TV aparecían programas encuestando personas para que opinen sobre ella, al fin y al cabo la víctima.
Tiziana no podía salir a las calles de Nápoles, donde vívía sin que le prodigaran sandeces y brutalidades.

Quien pierde la intimidad pierde la libertad. Y además se le pierde el respeto.
Sin respeto no hay convivencia.
El suicidio de Tiziana interpela a la tan celebrada democracia horizontal que algunos suponen que es plena por la sola existencia de las redes sociales.
Si una sociedad es autoritaria, machista, reaccionaria y agresiva, las redes serán su espejo.
Internet no resuelve los problemas profundos de la condición humana. La Web es crucial, contemporánea e insoslayable. Es obvio decirlo.
Pero no exonera a ningún grupo social de sus maldades, de sus complejos, de esa tentación paleolítica por acosar, por agraviar, por linchar con la palabra y la mirada impúdica.
El escritor Roberto Saviano, el autor de Gomorra, escribió en Facebook: “Estoy dolido porque Tiziana ha sido una víctima de voyeurismo…
Después de su muerte ha habido muchos (sobre todo hombres) que han tenido la desvergüenza de decir: ´Tenía que haber pensado en las consecuencias, ella se lo ha buscado´”.

La red permite la expresiones de las personas nobles como Saviano, y de las innobles, como tantísimos otros.
Tiziana no pudo soportar ese deseo de lapidar, esa conversión del sexo en pecado, y esa profanación de su intimidad, que no la abandonó ni en la hora de su muerte.
M. W.