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martes, 26 de junio de 2018

SERGIO BERENSZTEIN, ....SU OPINIÓN


El Gobierno tiene dificultades para convencer a actores claves de la economía, como los empresarios, a quienes podría suponerse más afines a su orientación promercado
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Sergio Berensztein

Los eventuales historiadores futuros de Cambiemos enfrentarán un desafío analítico que los contemporáneos no podemos desentrañar: cómo fue que el gobierno más procapitalista de la Argentina democrática tuvo tantas dificultades para comunicar su visión y persuadir respecto de las bondades de su programa a los principales actores del mercado, tanto dentro como fuera del país. ¿Cuáles son las raíces de esa mutua desconfianza? ¿Hasta qué punto limita la capacidad de éxito, en especial en términos económicos, de esta intensa y voluble gestión de Mauricio Macri?
Es comprensible que los contratiempos surjan en el vínculo con actores políticos y sociales menos afines a los círculos sociales y culturales a los que el propio Presidente y la mayoría de sus colaboradores pertenecen y en los que crecieron y se formaron. Muchos interlocutores habituales del Gobierno (legisladores, gobernadores, sindicalistas) expresan frecuentemente frustración por el resultado de esa interacción. "No cumplen la mayoría de las promesas", me dijo hace poco un líder provincial radical integrante de Cambiemos. "Les ofrecimos en múltiples oportunidades hacer un acuerdo marco para que la agenda en el Congreso avance con cierta previsibilidad, pero nunca obtuvimos una respuesta positiva", comentó un influyente legislador opositor. Curiosamente, o no, los que menos reclaman son los sindicalistas, acostumbrados a negociar con empresarios, en particular los líderes de los grandes gremios industriales y de servicios. Entre bueyes no hay cornadas. Y si las hay, quedan dentro de un intervalo de razonabilidad en el que las ambigüedades son habituales en asados bien regados y otros encuentros sociales.
El actor social más crítico es, notablemente, el empresariado. Esto incluye (pero de ningún modo agota) a quienes frecuentaban a los destituidos Francisco "Pancho" Cabrera y Juan José Aranguren. ¿Cambiará esto ahora que la sociedad Morgan Stanley Capital International (MSCI) reclasificó a la Argentina como país emergente? Muchas empresas tendrán acceso a financiamiento más fluido y barato, lo que ayudará a generar riqueza y empleo. Además, resurgen los activos argentinos y si las firmas recuperan algo del valor perdido por la reciente crisis cambiaria y el derrumbe del peso, algo debería mejorar el humor de algunos empresarios. Esta perspectiva que se le abre al país, que requiere un riguroso cumplimiento de las metas acordadas con el FMI (sobre todo en materia fiscal), no alcanza para que los principales líderes del sector privado disimulen su fastidio con un gobierno que está muy lejos de haber satisfecho sus expectativas, hasta para los que al inicio de la gestión fueron menos optimistas. Esto excluye un minigrupo integrado por titulares de algunos grandes bancos extranjeros y un cúmulo acotado de productores agropecuarios que mantienen fluidos contactos con las principales autoridades en un entorno de confianza mutua.
Los motivos de controversia fueron y son muy variados. Están quienes siempre descreyeron del gradualismo, esa parsimoniosa estrategia de corrección de los grandes desequilibrios macroeconómicos a la que el Gobierno se aferró tanto y que ahora ha tenido que abandonar frente a la obligación de encarar el ajuste fiscal siempre postergado. Luis Caputo reconoció que esta crisis forzó al Gobierno a sintonizar sus políticas monetarias y fiscales, que durante 30 meses se habían movido en dirección opuesta. Sea por motivos ideológicos o por una lectura pragmática de la realidad, la enorme mayoría de los empresarios era consciente de que un incremento en el costo del crédito para el país complicaría, como ocurrió, el andamiaje discursivo y el sistema operativo de un gobierno que, con candidez, reconocía no tener un plan B. "En el sector privado, estos mismos exejecutivos jamás se hubieran dado el lujo de carecer de un plan de contingencia", señaló en mayo el extitular de una cámara industrial luego de escuchar a un funcionario de la mesa chica en un concurrido almuerzo. "Forma parte del manual de procedimientos estandarizados de cualquier corporación". Hubo plan B: recurrir al FMI.
Otras críticas no apuntaban a los instrumentos, sino a los resultados. "No tenemos suficiente rentabilidad para animarnos a nuevas inversiones", me dijo en marzo el CEO de una gran empresa. Si bien el dólar a 28 pesos implica un horizonte más despejado, debía convencer a su casa matriz de que valía la pena seguir apostando por la Argentina. Sus pares de Brasil le habían sacado ventaja, a pesar del absoluto acertijo en el que se convirtieron las próximas elecciones presidenciales. Uno de los temas que más irritan es la presión tributaria nacional, provincial y municipal. Y se acumularon en múltiples sectores quejas por la falta de respuestas efectivas a reclamos puntuales. "Esperemos que con Dante (por Sica, el nuevo ministro de Producción) estas cosas mejoren", señaló un funcionario con despacho en la Casa Rosada el mismo sábado en el que se conoció su nombramiento.
En el Gobierno sobran motivos para que esta brecha parezca irremontable. Una no menor es el traspaso a precios de la devaluación. "Es una locura lo que están haciendo muchos empresarios", dicen, casi parafraseando al genial e inolvidable Carlos Pugliese, hombres del Gobierno que hacían cosas similares cuando conducían sus empresas. El atraso cambiario fue, hasta abril pasado, un tema de recurrente conflicto, tanto para aquellos con dificultades para exportar como para los que se veían asediados por la limitada apertura comercial. Lo mismo ocurría con el costo de financiamiento, incluso antes de las tasas exorbitantes que fijaron primero Sturzenegger y luego Caputo para desalentar la compra de dólares. Muchos empresarios se habían habituado a los créditos subsidiados y no lograban adaptarse a las tasas de mercado. El costo laboral fue otro tópico que caracterizó esta difícil relación entre el Gobierno y el sector privado: como resultado de la corrección cambiaria, el tema quedó por ahora postergado.
Las acusaciones cruzadas se intensifican en temas más complejos. "El 'círculo rojo' nunca nos comprendió ni le dio a Mauricio el crédito que merece". "No comprenden el cambio cultural que vivió el país y que queremos potenciar". Estas afirmaciones reverberan una y otra vez en despachos oficiales, incluso con relación a cuestiones de transparencia y ética en los negocios. "Las empresas se adaptan a las reglas del juego tratando de minimizar los riesgos; por eso los amigos del poder, en general empresarios locales, tienen ventajas en un entorno de regulaciones discrecionales y baja competitividad", advirtió un veterano auditor de empresas multinacionales.
El problema no es solo de este gobierno: algo parecido ocurrió con otros casos de administraciones "promercado" que chocaron con importantes protagonistas de un capitalismo al que pretendían reformular. Ocurrió en el menemismo, incluso luego de la implementación del plan de convertibilidad. También hubo fuertes refriegas en el México de Salinas, tanto por la apertura como por el inusual rigor de las autoridades tributarias, y hasta en la dictadura de Pinochet, particularmente en el contexto de la gran crisis de 1982. "No te olvides de la nacionalización de los bancos", me recordó un viejo profesor al que consulté para esta columna. Tal vez lo que parece un hecho sorpresivo sea en el fondo la manifestación de las naturales rispideces entre reguladores y regulados, sobre todo cuando los primeros pretenden cambiar los usos y costumbres que hicieron poderosos a los segundos. A eso se agregan cuestiones de egos y esos prejuicios personales que siempre condimentan, y complican, las relaciones humanas.

Analista político

miércoles, 13 de junio de 2018

SERGIO BERENSZTEIN OPINA


SERGIO  BERENSZTEIN
El Gobierno debe reforzar su músculo político si quiere el apoyo necesario para aprobar el presupuesto 2019 con fuertes recortes
Vivimos en un país caracterizado por una endémica fragilidad institucional que explica recurrentes crisis de gobernabilidad. Nada hace suponer que estemos, al menos por ahora, próximos a un nuevo episodio, pero el entorno político ha cambiado de forma súbita y profunda. Sin embargo, algunos actores políticos, sobre todo dentro del Gobierno, no se han adaptado aún al nuevo escenario. Por el contrario, continúan comportándose como si la reciente crisis cambiaria no hubiese implicado un punto de inflexión en la historia de la administración Macri.
Parecen esos boxeadores que luego de sufrir un duro golpe bailotean en el ring buscando oxígeno como si nada hubiera pasado. Pero el impacto se ha sentido, queda aún un largo round cambiario por delante y es imperiosa una estrategia adecuada para recuperar la iniciativa, pues la pelea por la reducción del déficit fiscal recién está comenzando. Ni hablar del proceso electoral 2019, que parecía resuelto hasta hace unas semanas y hoy está caracterizado por niveles de incertidumbre muy considerables.
La pelea por las tarifas, la votación del Senado y el posterior veto son tres fotos con un mismo origen: remiten a la renuencia por parte del Gobierno a concretar un acuerdo macro de gobernabilidad que incluya pautas concretas en materia de políticas de estabilización y reformas estructurales. La tentación hiperpresidencialista de Cambiemos, o al menos del macrismo puro, derivó en una errónea lectura de las victorias de 2015 y 2017: era posible gobernar con acuerdos contingentes, minimalistas y de limitada importancia. Por no querer aparecer débil y buscar el consenso con la legitimidad y el prestigio intactos, ahora el Gobierno no tiene más opción que lograr un compromiso, pero lo hace desde una posición de fragilidad.
El Gobierno necesita los apoyos necesarios para aprobar el presupuesto 2019 con fuertes recortes: esto implica en la práctica el fin (el fracaso) del gradualismo. En estos días se está negociando con el FMI la profundidad de las medidas de austeridad, pero todo hace suponer que si este año el déficit rondará los 2,5% del PBI, el año próximo debería reducirse al menos a la mitad. Semejante recorte implica un esfuerzo muy superior a las medidas que en su momento propuso Ricardo López Murphy en su breve paso como ministro de Economía de Fernando de la Rúa. Por eso Macri está rápidamente buscando el diálogo con los gobernadores: aunque la mayoría tenga un presupuesto relativamente equilibrado, la Argentina necesita gastar mucho menos, tanto en la administración central como en las provincias y los municipios. Además, es imperioso bajar la carga tributaria para estimular el crecimiento: tenemos múltiples desafíos en materia de competitividad, pero uno de los obstáculos más evidentes es la presión fiscal. Nada de eso puede lograrse sin un consenso que incluya a los gobernadores. Aunque debería involucrar a otros actores económicos, políticos y sociales.
¿Está trabajando el Gobierno en esa dirección? Hasta ahora no parecen haberse dado los pasos necesarios. La reincorporación de los exiliados (Monzó, Frigerio) a la mesa política constituyó un giro más cosmético que real. Y si bien es cierto que Nicolás Dujovne tiene asignada la agria tarea de "ajustador oficial", no hubo una modificación efectiva en los principales procesos de toma de decisiones. El concepto que impulsaron los gurúes comunicacionales del oficialismo durante la reunión de gabinete ampliado la semana pasada fue "convicción". Nada indica que exista en Cambiemos algo parecido a un espíritu autocrítico. Como si la tormenta cambiaria hubiese constituido un hecho discreto sin repercusiones relevantes en el equilibrio político real.
Esto puede generar entonces un problema reputacional. ¿Tiene el Gobierno las credenciales adecuadas para buscar un acuerdo? Tantas idas y venidas, tantos amagues nunca concretados pueden generar dudas en los potenciales involucrados. De hecho, los intentos para que el Senado aborte la cuestión tarifaria fueron hechos a destiempo y sin la sutileza necesaria. "Es tarde", sentenció Miguel Ángel Pichetto cuando la Casa Rosada pretendió forzar la negociación para evitar el costo político del veto presidencial. Cambiemos debe reforzar mucho su músculo político si en efecto pretende concretar un plan de austeridad sustentable y convencer a los mercados de que tiene una política económica seria.
Sin embargo, la debilidad política del Gobierno debe ser puesta en contexto: el presidente aún conserva el apoyo de al menos un tercio de la población, algo de lo que no pueden jactarse muchos de sus colegas de la región. El desgaste limó su imagen, pero aún sigue siendo competitivo en la medida en que los líderes opositores sigan siendo incapaces de capitalizar los cambios de humor social. Más aún, tanto Elisa Carrió como, sobre todo, María Eugenia Vidal siguen teniendo umbrales de imagen positiva muy significativos. Lo mismo ocurre con Rodríguez Larreta en el AMBA. Es notable el caso de la gobernadora de Buenos Aires, que de hecho experimentó una leve mejora en el contexto de la crisis, de acuerdo con un sondeo recientemente realizado por D'Alessio Irol/Berensztein. Matices interesantes de un gobierno que pensaba llegar al proceso electoral de 2019 con una gestión consolidada y reconocida como eficiente. Sobre todo en materia económica, la gestión podrá mostrar muchos menos logros de los esperados.
La ausencia de candidatos competitivos por parte de la oposición es generalmente evaluada como una debilidad. Pero pueden contemplarse otras visiones alternativas. Si en efecto el peronismo ya tuviera una figura instalada, estaría sometido al desgaste de tener que dar respuesta a múltiples cuestiones de coyuntura. Como ocurrió con Sergio Massa desde las elecciones de 2013, picar en punta demasiado pronto puede ser contraproducente. Por el contrario, mantener la incertidumbre y aparecer sobre el final del proceso electoral aprovechando el factor sorpresa puede constituir una estrategia más adecuada, sobre todo dadas las restricciones presupuestarias que imperan en esta etapa en que el sector privado está mayoritariamente apoyando a Cambiemos.
Deben descartarse sin embargo sprints finales como los de Raúl Alfonsín en 1983 o el del mismo Néstor Kirchner dos décadas más tarde. En efecto, el nuevo régimen electoral, incluyendo las PASO, obliga a todos los participantes a mostrar su juego con mucha anticipación. Esto siempre beneficia al "incumbente", el que está en el ejercicio del poder, pues cuenta con más recursos políticos, institucionales e incluso económicos para torcer al menos en el margen voluntades electorales, como ocurrió la primavera pasada con los "préstamos Argenta", focalizados en jubilados con prestaciones mínimas y beneficiarios de programas sociales. Esto explicó al menos en parte la mejora de la imagen del Gobierno justo antes de las elecciones, así como su declive cuando esos préstamos implicaron descuentos en los ingresos en un contexto de más inflación de la esperada.
Las prácticas demagógicas cruzan a todo el sistema político, incluyendo al Gobierno. Y las "magias" de corto plazo siempre se desmoronan ante el peso de una realidad atrapada en viejos problemas estructurales.

martes, 29 de mayo de 2018

LA OPINIÓN DE SERGIO BERENSZTEIN

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SERGIO BERENSZTEIN
Si la convocatoria a la oposición se limita a plantear el ajuste y no se aprovecha para revisar las fallas de nuestro sistema político y económico, perderemos otra gran oportunidad
Puede sonar ingenuo o idealista, pero creo fervientemente en el diálogo, la cooperación, la formación de consensos, la necesidad de que los principales actores políticos, económicos y sociales puedan acordar un conjunto básico de objetivos estratégicos de largo plazo para orientar las políticas públicas y romper la obsesión cortoplacista que caracteriza a nuestra cultura ciudadana. Desconfío de los liderazgos personalistas, del abuso de la autoridad presidencial en detrimento de la división de poderes y de los frenos y contrapesos que dispone nuestro diseño institucional. Rechazo en especial los estilos de liderazgo hiperpresidencialistas que ahogan la democracia y anulan o amortiguan la legitimidad de los otros poderes del Estado, en especial el Parlamento, la casa de los partidos políticos.
Critiqué a este gobierno por haber despreciado la política hasta la reciente crisis (veremos si la aparente autocrítica se transforma en modificaciones efectivas en el proceso de toma de decisiones) y por haber ignorado la promesa de campaña de promover acuerdos estratégicos sobre "políticas de Estado", planteada para las elecciones de 2015 y reiterada el año pasado. Hubo un breve amago en el CCK a fines de octubre pasado, pero al poco tiempo el Gobierno se engolosinó con la ilusión de desplazar al peronismo como partido hegemónico, se autoconvenció de la inevitabilidad de la reelección de Mauricio Macri, perdió foco y credibilidad en relación con la agenda de reformas económicas y terminó alimentando con errores no forzados esta intensa crisis cambiaria que, irónicamente, tuvo como principal resultado el cambio de Cambiemos en al menos tres planos: el fortalecimiento de la hasta hace poco desplazada y taciturna ala política, el empoderamiento de Nicolás Dujovne como "ajustador oficial" del equipo presidencial y la posible convocatoria a un gran acuerdo nacional.
Por haber sido siempre un convencido militante de esta última idea, celebro que el oficialismo se disponga a dialogar con una pluralidad de fuerzas políticas y representantes de la sociedad civil con visión amplia, espíritu republicano y vocación autocrítica. Más vale tarde que nunca.
Sin embargo, me preocupa la agenda de debate. En principio, el Gobierno convocaría a múltiples exponentes del liderazgo nacional para pedirles que renuncien a algún tipo de privilegio que la mayoría considera derechos adquiridos. Esto incluye gobernadores de la oposición, alguno de los cuales aspira a competir por la sucesión presidencial contra el propio Macri (o contra María Eugenia Vidal). No sorprende que las primeras reacciones hayan sido tan cordiales como negativas: los barones del peronismo periférico están encantados de sentarse a dialogar, pero solo para presionar al jefe del Estado para que el ajuste recaiga en su gobierno y en el de sus principales socios políticos, la propia Vidal y Rodríguez Larreta.
Si Macri continúa con su obsesivo foco en los recortes presupuestarios, la convocatoria está destinada a fracasar, como ocurrió con el primer GAN impulsado en 1971 por el general Alejandro Agustín Lanusse, que solo buscaba impedir el regreso al poder de Perón (en vez de consolidar las instituciones democráticas y el Estado de Derecho). Otro sería el panorama si la propuesta de debate fuera más abierta y sustanciosa; si priorizara el equilibrio fiscal, pero al mismo tiempo contemplara al menos otras tres dimensiones que constituyen los pilares de un proyecto de nación: el sistema capitalista, el modelo de Estado necesario para romper este perverso círculo vicioso de falta de desarrollo que lleva más de siete décadas y el sistema democrático con el cual nos vamos a gobernar.
Aunque parezca mentira, nunca nos dimos la oportunidad de debatir estas cuestiones de forma simultánea, consistente, madura y responsable. Por eso llevamos tanto tiempo en este asfixiante estancamiento cuasi secular.
El primer punto representa una oportunidad para saldar viejas antinomias: campo-industria, aperturismo-proteccionismo, economía real-sistema financiero. Persisten visiones anacrónicas que suponen que existe una contradicción fundamental e irresoluble entre capital y trabajo. Esto ignora el hecho de que el capitalismo contemporáneo debe ser pensado como una compleja y cambiante red de organizaciones descentralizadas, alimentadas y articuladas por impresionantes flujos de información y conocimiento que tienen la capacidad de generar y multiplicar volúmenes inéditos de riqueza. Esto requiere una transformación profunda de la institucionalidad existente, considerando los continuos avances de la tecnología y de la competencia de muchísimos países que nos han sacado una ventaja, a esta altura, casi irrecuperable. El cambio que requiere la Argentina debe ser macro y micro. Duplicar el ingreso per cápita en una década constituye un objetivo mucho más sugerente que equilibrar las cuentas públicas, que debe ser considerado un prerrequisito, pero nunca un fin.
Respecto del segundo ítem, nos debemos como sociedad un esquema basado en una fórmula tan sencilla como trascendental: todo el mercado posible, todo el Estado necesario. Esto implica un Estado inteligente, ágil, capaz y presente y a la vez austero, transparente, profesional y responsable. Capaz de brindar los bienes públicos esenciales (seguridad, justicia, educación, salud, infraestructura física y cuidado de medio ambiente) en función de criterios de equidad, integración territorial, eficacia y eficiencia. El sistema federal permite aprovechar el potencial transformador de una descentralización planificada e inteligente, que integre la política local como un eslabón crítico para mejorar la interrelación (y alimentar la participación) de los ciudadanos.
Esto remite a la tercera dimensión: a punto de cumplir 35 años de continuidad institucional, nuestra estructura política se encuentra en crisis y nadie hace nada para salir de ella. El sistema electoral (incluyendo la famosa lista sábana) ha generado partidos anémicos y fragmentados, incapaces de identificar, jerarquizar y canalizar las demandas de la ciudadanía. Solo sirven como plataforma formal para lanzar proyectos personales de poder. La tradición caudillista no termina de morir, y el surgimiento de un liderazgo democrático genuino no termina de nacer. En el ínterin, los gobernantes se tientan con la trampa fácil del hiperpresidencialismo, que otorga la falsa sensación de control y fortaleza hasta que los despabila alguna crisis y advierten que lo que parecía permanente se evaporó, que todo es efímero. Por eso los presidentes argentinos no dejan legados perdurables. Solo se llevan consigo causas judiciales, enemigos ocultos o visibles a quienes responsabilizan de su opaco destino y la frustración de haber desperdiciado una gran oportunidad.
Aprovechemos la próxima convocatoria para debatir en serio los problemas de fondo. Démonos de una vez por todas la oportunidad de escucharnos, comprendernos y respetarnos para consensuar modelos pragmáticos y posibles de capitalismo, Estado y democracia. Si lo logramos, tal vez la reciente crisis cambiaria haya sido el llamado de atención que necesitábamos para reaccionar. Si ponemos otra vez el carro delante del caballo y limitamos todo a una discusión sobre ajustes, instrumentos de política y metas fiscalistas, seguiremos alimentando los grandes desacuerdos nacionales.
Llegó la hora de pensar en grande, de hablar en serio. Tenemos que alcanzar cuanto antes el equilibrio fiscal, es cierto, pero eso, como único destino de una nación, suena absurdo, amarrete y aburrido. ¿O acaso alguien puede imaginar a San Martín resignando el cruce de los Andes o a Sarmiento postergando la construcción de escuelas y hospitales porque no les cerraban los números?

domingo, 27 de mayo de 2018

LA OPINIÓN DE SERGIO BERENSZTEIN


Evaluación de daños después del sofocón
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Sergio Berensztein
Los riesgos no son menores; la Argentina deberá superar la crisis con flexibilidad, espíritu patriótico y la vocación de consenso de sus dirigente
El supermartes ya pasó. No fue un tsunami que destrozó todo a su paso, como los grupos más radicalizados del kirchnerismo y la izquierda pretendían; tampoco un episodio menor, como el propio Sturzenegger se encargó de reconocer. Lo que no hizo la política de forma administrada y con criterios de equidad lo terminó haciendo el mercado a su manera: una profunda corrección del tipo de cambio, que había estado sostenido artificialmente por el Gobierno como fallida maniobra para calmar los precios, luego de vulnerar en diciembre pasado la independencia del Banco Central para alivianar el ritmo de un programa antiinflacionario que ya por entonces lucía desdibujado e incoherente. De este modo, más allá del indudable sofocón que produjo esta crisis en el Gobierno y del nuevo balance de poder interno que manifiestan el publicitado "retorno de la política" y la renovada vocación acuerdista para socializar los costos del ajuste, es necesario evaluar los daños generados y los riesgos que quedan latentes.
La primera consecuencia es que el famoso gradualismo, tal como lo conocimos hasta ahora, en la práctica no existe más. El FMI no reemplazará a los mercados voluntarios como fuente alternativa de financiamiento para un programa paulatino de correcciones, sino que, como lo explicitó el Presidente en la conferencia de prensa realizada la tarde del miércoles en Olivos, comienza la etapa de austeridad que se pretendía evitar. No se trata solamente de una eventual exigencia del Fondo, que se esfuerza en mostrarse con una imagen remozada y sensible a los sectores más vulnerables. En rigor de verdad, nuestra clase política chocó nuevamente con una vieja restricción: con una carga tributaria récord y el costo de financiamiento en el mercado mundial retornando a niveles más normales, los ajustes en la Argentina se hicieron devaluando. Eso permite comprar un poco de tiempo para hacer reformas más profundas: achicar en términos reales el gasto público.
En las últimas semanas, el peso perdió casi 25% de su valor. Desde que llegó Cambiemos al poder, la depreciación supera el 80%, tomando como referencia el precio del dólar blue de fines de 2015. ¿Podrá este país por fin avanzar en un programa realista y sensato de verdadera austeridad? ¿Lo logrará sin sacrificar la inversión en infraestructura, vital para mejorar la competitividad de la economía y la calidad de vida de millones de ciudadanos que carecen de servicios esenciales?
Este enorme desafío encuentra a la política argentina muy debilitada. Sin partidos políticos fuertes, sin una masa crítica de líderes entrenados y afines a las complejidades de una negociación que, por definición, será ardua y estará impregnada de especulaciones electorales, se debe resolver una cuestión enrevesada (un régimen de alta inflación septuagenario) sin los mecanismos elementales con los que contaron las democracias contemporáneas.
Es cierto que en la última década se generalizó la crisis de los partidos políticos en Occidente: asistimos a un fenómeno de fragmentación, licuación de identidades y colapso de sistemas que, en muchos casos, impulsa movimientos y líderes que cuestionan los valores fundamentales de sus sociedades, con fuertes connotaciones autoritarias, intolerantes y xenófobas. Sin embargo, al menos esos partidos lograron resolver con efectividad la cuestión de la inflación, en los años 80 en el hemisferio norte, y en los 90 en el sur.
Desde esta perspectiva, la Argentina tiene un recorrido particularmente frustrante: el desgaste de su sistema de partidos es profundo, si es que nuestro cambiante tejido de "espacios", frentes, coaliciones y formaciones políticas puede definirse como tal, pero tampoco logró resolver la cuestión de la inflación, a pesar de haber sufrido dos episodios hiperinflacionarios (1989 y 1990). Por el contrario, incrementó de forma notable la recaudación tributaria en términos del PBI, en un contexto de ampliación del gasto público sin muchos precedentes en épocas de paz (y con un presupuesto militar totalmente irrisorio). En consecuencia, sin los recursos políticos que utilizaron otras sociedades para atacar este problema, la Argentina deberá hacer la diferencia apostando a la flexibilidad, la buena voluntad, el espíritu patriótico y la vocación de consenso de su liderazgo. No sorprende que el optimismo, a estas horas, sea escaso.
Por lo pronto, el Presidente habilitó el retorno a las mesas de gestión de quienes él mismo denominaba "los rosqueros". Políticos de la talla de Emilio Monzó, Rogelio Frigerio, Ernesto Sanz, Gerardo Morales y Alfredo Cornejo tendrán, en principio, un renovado protagonismo. ¿Cuál será su aporte? ¿Qué responsabilidades concretas desempeñarán? Más allá del fin del gradualismo, el nuevo método de toma de decisiones es un enigma. ¿Cómo quedarán reconfigurados los mecanismos de elaboración e implementación de políticas públicas? ¿Podrán avanzar en la selección de estrategias de negociación para alcanzar consensos con el resto de los actores políticos, en especial los opositores?
Al margen de la crisis de la política, la sociedad civil también está fragmentada. El sector privado y el sindicalismo carecen de organizaciones y líderes con influencia, legitimidad y prestigio para contribuir a contener, ordenar y procesar las demandas ciudadanas en esta gran gesta nacional que implica derrotar a la inflación. Esto justifica el temor que existe tanto en el Gobierno como en muchos inversores: incluso si se alcanzaran los consensos necesarios entre la clase política para reducir el gasto público, las reacciones de una sociedad (sobre todo, de los sectores medios) acostumbrada al proteccionismo y al festival de subsidios pueden ser imprevisibles. El consenso surge entonces como un factor necesario, pero de ningún modo suficiente, para asegurar el éxito de esta ambiciosa, inusual y necesaria iniciativa.
¿Puede una clase media acostumbrada a gastar más que a ahorrar, a no postergar deseos de consumo inmediato en función de un objetivo superior, a "no saber lo que quiere, pero quererlo ya" (parafraseando a Luca Prodan), entusiasmarse con el llamado presidencial a la austeridad extrema? La convocatoria a un "gran acuerdo" podría contemplar algunos aspectos simbólicos que parecen no haberse tenido en cuenta, tal vez por la improvisación y el apuro que caracterizaron las últimas jornadas. Las famosas "reglas de Maastricht", los estrictos principios de política fiscal establecidos en 1993 por la Unión Europea, se enmarcaban en un "pacto por la estabilidad y el crecimiento": el esfuerzo de austeridad y constricción del gasto público llegaba por fin a la Tierra Prometida del crecimiento con equidad. México había utilizado la misma marca a fines del gobierno de Miguel de la Madrid en 1988, reforzado al año siguiente por Carlos Salinas de Gortari. En ambos casos, el éxito fue resonante.
Los estrategas comunicacionales de Mauricio Macri deberían considerar algo más que una larga travesía por el desierto para entusiasmar a una sociedad que quiere salir de la larga decadencia en la que está inserta desde hace décadas y que puede estar dispuesta a hacer sacrificios, pero que necesita beneficiarse de algún componente emotivo o aspiracional para ser parte de la solución en vez de plantear obstáculos y generar más problemas. Nunca está de más un poco de seducción.

sábado, 7 de octubre de 2017

EN "EL ESPACIO MENTE ABIERTA"; SERGIO BERENSZTEIN Y LA DESGLOBALIZACIÓN


La era de la desglobalización
El país debe leer y entender cuál es el nuevo poder político, económico y social internacional en el que debe moverse.  

Sergio Berensztein

Hace justo una década que el sistema internacional se volvió más caótico y turbulento que de costumbre. Fue en agosto de 2007, cuando comenzó la crisis de las hipotecas subprime, que terminaría con la caída del poderoso banco de inversión Lehman Brothers, entre otras instituciones financieras de primer orden. Esto dispararía un proceso recesivo del quetodavía no hemos salido completamente.
Algunos, incluso hablan de que combinados con factores demográficos y la madurez de las economías más desarrolladas, en realidad entramos en una dinámica de estancamiento secular: las tasas de crecimiento no habrán de regresar a los niveles que teníamos antes de este episodio, la peor crisis desde la Gran Depresión. “Ya nunca me verás cómo me vieras”, podría cantar Larry Summers, disfrazado del Zorzal y apoyado en un farolito de la esquina de Broadway y Weaver, en el corazón de Wall Street. De paso, podría explicar la gran paradoja de que el índice Dow Jones haya superado los 22 mil puntos.
Ocurre que la acción coordinada y sumamente eficaz de los principales bancos centrales del mundo, liderados por la Reserva Federal de los EE.UU., fue crucial para evitar el quiebre del sistema financiero global. Se trató de asistir a los gobiernos y a todas las instituciones que podrían haber profundizado la crisis mediante una política denominada quantitative easing, la compra de títulos públicos y privados para de ese modo incrementar la oferta monetaria.
Ese respirador artificial evitó un colapso, alimentó una ola especulativa sin precedentes, pero sigue manteniendo a la economía global en terapia intermedia, sino intensiva.
Lo más importante, de todos modos, es que estamos en un escenario absolutamente novedoso y en buena medida contrario a la dinámica de las siete décadas previas: hemos entrado en la era de la desglobalización.
Crisis de la (in) seguridad global. El mundo siempre fue un lugar turbulento y tumultuoso, pero todo empeoró a partir del 11 de septiembre de 2001: se disolvió la utopía de la “estabilidad hegemónica” liderada por los EE.UU. y entramos en una etapa caracterizada por una inédita combinación de amenazas convencionales (incluyendo las armas nucleares), no convencionales (otras armas de destrucción masiva), redes de terroristas internacionalizadas con vínculos con el crimen organizado, más la cuestión de la inseguridad cibernética.
Los poderes tradicionales poco o nada pueden hacer frente a este complejo rompecabezas, a pesar de la inmensa asimetría en términos económicos, tecnológicos y estratégicos.
Fracasó el militarismo unilateralista de George W. Bush, la indiferencia seudoprogresista de Barack Obama y causa pánico y pena el delirio neoaislacionista de Donald Trump, que, imitando a Nerón, le promete a Corea del Norte un espectáculo de “furia y fuego que el mundo nunca vio”. Como si se tratara de un simple espectáculo de fuegos artificiales. De paso, como si buscara consolidar el régimen dictatorial de ese Saddam caribeño que quiere ser Maduro, no se le ocurre mejor idea que desvariar con el uso de la fuerza militar en la pobre y empobrecida Venezuela. Eramos pocos y apareció un empresario hotelero que ignora a sus colaboradores y detesta a los medios de comunicación.
Apolaridad. Estos notables umbrales de incertidumbre se explican por, y a la vez profundizan, una dinámica multidimensional de transformaciones con ritmos, características y consecuencias muy diferentes. Tampoco sabemos si se trata de cambios transitorios, y en algunos casos reversibles, o bien si estamos frente a fenómenos permanentes, una “nueva normalidad” caótica y enrevesada. En esta inusual reconfiguración del mapa global que está, en efecto, en curso, viejos y nuevos poderes interactúan de maneras complejas, cooperando y compitiendo en articulaciones híbridas y novedosas, que ilusionan y asustan a la vez.
El poder cambia y se distribuye. Suben India, China y Rusia (que están profundizando fuertes conflictos entre sí); subió y desbarrancó Brasil, que se engañó a sí mismo apostando por los atajos populistas y por la cleptocracia como política de Estado. Pierden peso relativo tanto Europa como los EE.UU., y arrastran con ellos a sus aliados tradicionales (Japón, Canadá, Corea del Norte) y al sistema de organizaciones internacionales que buscaron regular y ordenar el (des) equilibrio global a partir de la Segunda Guerra Mundial.
Pasamos del mundo bipolar al unipolar; soñábamos con una romántica e imprecisa multipolaridad, para despertarnos con esta pesadilla caracterizada por la apolaridad.
Lo viejo no termina de morir, y lo nuevo no termina de nacer, pero en el vacío dejado por los viejos poderes precipita, gracias a las nuevas tecnologías de la información, la irrupción de nuevos factores que conforman un entorno aún más complejo, diverso y difuso. Empresas multinacionales; unidades subnacionales como provincias, regiones o incluso ciudades; medios globales de comunicación, movimientos religiosos; variadas organizaciones no gubernamentales, redes humanitarias transnacionales y hasta embrionarias instituciones judiciales de alcance regional e internacionales son algunos ejemplos que demuestran cómo el poder ya escapa al control de los Estados y sus líderes.
En este contexto de desconcierto e impotencia surgen los movimientos populistas globalifóbicos. El nacionalismo tiene profundas raíces en la tradición occidental, pero nunca como ahora habían aflorado expresiones tan diversas como vigorosas.
Desde la derecha, emergen figuras en Hungría (Viktor Orban), Francia (Marine Le Pen), Gran Bretaña (Nigel Farage), Austria (Heinz Christian Strache), Estados Unidos (Donald Trump) y Grecia (Nikolaos Michaloliakos). Por izquierda, también aparece un buen número de casos: Estados Unidos (Bernie Sanders), Inglaterra (Jeremy Corbyn), España (Pablo Iglesias) y México (AMLO). Se trata de movimientos impugnatorios del statu quo y maximalistas respecto de su transmutación.
A pesar de los extraordinarios beneficios que trajo consigo la globalización en términos económicos, políticos, sociales y culturales, pesan relativamente mucho más sus fracasos, imperfecciones y promesas incumplidas. Sobre todo, preocupa la cuestión de la desigualdad, que se profundizó no tanto entre países sino a su interior. La agenda internacional luce más confusa,
precaria y alarmante que de costumbre.
A este mundo infausto e inextricable debe tratar de insertarse la Argentina, fiel ejemplo de que el aislamiento, el proteccionismo y la autorreferencialidad sólo conducen a profundizar los problemas más que para encontrar alguna solución.

martes, 1 de noviembre de 2016

EN EL"ESPACIO MENTE ABIERTA"; AD REFERENDUM


Ad referendum
Los plebiscitos son útiles y genuinos pero no reemplazan la buena política. Teoría y práctica.
Sergio Berensztein 

Los problemas de la democracia se solucionan con más y mejor democracia: fortaleciendo los mecanismos de participación y control ciudadano, modificando instituciones que consoliden el Estado de derecho y garanticen la alternancia en el poder, potenciando el desarrollo equitativo y sustentable para promover la movilidad social ascendente, con programas de gobierno que aseguren el acceso igualitario a los bienes públicos esenciales: seguridad, justicia, educación, salud, infraestructura y cuidado del medio ambiente.
Eso dice la teoría. Pero en la práctica es muy difícil lograr un funcionamiento adecuado de los sistemas democráticos: se trata de mecanismos de relojería sumamente complejos, sometidos a constantes presiones y desgastes, proclives a generar desconfianza y malestar entre los ciudadanos. Ahora la crisis de la democracia, que antes parecía limitada a los países en desarrollo, se ha expandido a todo el mundo desarrollado, sobre todo en los Estados Unidos: a diario surge nueva evidencia de un deterioro sin precedentes de la calidad del liderazgo y del hartazgo de los ciudadanos con la política. Hay desencanto, malestar, frustración, bronca. Sorpresa por lo bajo que se ha caído. Incredulidad respecto de cómo salir de semejante laberinto.
La experiencia histórica sugiere que al margen del diseño institucional específico que finalmente tome un sistema determinado (por ejemplo, presidencialismo o parlamentarismo, federalismo o centralización, elección de diputados por representación proporcional o por distritos uni o binominales), la democracia requiere un acuerdo previo entre las principales elites de una sociedad en la que se comprometen a respetar las reglas a partir de las cuales se genera y distribuye el poder por un tiempo determinado. Dichos arreglos básicos, prepolíticos (pues son requisitos para que luego puedan dirimirse las diferencias y los conflictos), deben quedar fuera del debate político. Están diseñados para encauzarlo, organizarlo, jerarquizarlo, canalizarlo. Para eso, por ejemplo, deberían servir los partidos políticos y otras organizaciones representativas de intereses (sindicatos, cámaras empresariales, asociaciones de consumidores, etcétera).
Si el pueblo “no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”, ¿cuál es entonces el lugar de los mecanismos de democracia directa, como los referéndums, los plebiscitos o las consultas populares? Hemos aprendido que, en muchas circunstancias críticas, la expresión de la ciudadanía sobre un tema específico puede contribuir no sólo al fortalecimiento de las instituciones democráticas, sino incluso a evitar situaciones muy conflictivas, incluso violentas. Por ejemplo, en 1984 votamos por amplia mayoría ratificar el acuerdo por el canal de Beagle, lo cual impulsó la transición a la democracia tanto en Argentina como en Chile, al remover el principal motivo de conflicto bilateral y acotar de ese modo el papel y la influencia de las respectivas fuerzas armadas. Poco tiempo después, en 1988, Chile votó no a la continuidad de Augusto Pinochet, impulsando el cambio de régimen en lo que se convertiría en el caso más exitoso tanto política como económicamente de toda la región (aunque, como es obvio, está llena de problemas). Más aún, hace poquito los bolivianos le dijeron que no a una nueva reelección de Evo Morales.
Parece contradictorio, pero los mecanismos de democracia directa parecen también precipitar agudas crisis regionales o entorpecer procesos de paz, como en los casos del Brexit y el acuerdo de paz en Colombia. En ambos casos, sin embargo, quedó de manifiesto un profundo desacuerdo en las respectivas sociedades precisamente gracias a estas formas de democracia directa.
Algunos observadores han expresado serias críticas respecto de la decisión de someter altas decisiones de Estado a la voluntad popular. ¿Sería acaso mejor evitar estas consultas? ¿Con qué legitimidad pueden los gobiernos sostener determinadas decisiones que claramente dividen casi en mitades a la ciudadanía? Es cierto que es sorprendente la poca participación del pueblo colombiano luego de una guerra de más de medio siglo. Lo mismo ocurre con la evidencia de que muchos votantes en el Reino Unido desconocían datos elementales de la cuestión sobre la que estaban opinando.
Esto, lamentablemente, es común a todas las elecciones, incluso cuando se elige presidente: forman parte, en todo caso, de los límites o las promesas incumplidas de la democracia como sistema político. Mucha gente concurre sin un conocimiento acabado de los programas partidarios o de la trayectoria de los candidatos a los que vota. Y en los casos en que no sean obligatorias, y aun en muchos países donde lo son, como el nuestro, hay ciudadanos que prefieren no votar. Y nadie cuestiona la legitimidad de esos comicios.
Foco cualitativo. El problema, entonces, no son los mecanismos de democracia directa. El foco debe estar en todo caso puesto en la calidad del debate democrático previo a las elecciones, para maximizar la posibilidad de que los ciudadanos se informen con tiempo y reflexionen con tranquilidad antes de emitir su voto. En efecto, un proceso deliberativo intenso, plural y abierto tendría múltiples efectos positivos para el funcionamiento de la democracia, incluyendo a (pero mucho más allá de) las elecciones, tanto las regulares como las excepcionales.
“El pueblo no se equivoca nunca”, dijo Perón en el Luna Park, en abril de 1954. ¿Aunque la diferencia sea de unos pocos votos? ¿Sirve la regla de la mayoría para decidir cuestiones estratégicas? ¿Alguien puede imaginar qué hubiera ocurrido si los resultados de, por ejemplo, la Conferencia de Yalta se hubieran sometido a la voluntad popular? ¿Cuántas decisiones geoestratégicas aún hoy ni siquiera trascienden a la esfera pública, pues quedan resguardadas por cuestiones de seguridad nacional?
En cualquier caso, la democracia directa contempla mecanismos genuinos, útiles y efectivos para permitir que se expresen tendencias, preferencias, opiniones.
No son soluciones mágicas, ni reemplazan la buena política, la capacidad de persuadir a una sociedad, de lograr acuerdos básicos entre sus dirigentes. Pero no le echemos la culpa al mensajero.
O, en este caso, al sistema que permite que el mensaje se haga público y conmueva ideas o consensos que parecían sólidos, pero estaban cuestionados en su lógica y esencia.

miércoles, 5 de octubre de 2016

EN EL "ESPACIO MENTE ABIERTA"; SERGIO BERENCZTEIN


Por Sergio Berensztein


Confusión, dudas, tensiones, conflictos que se agudizan, respuestas que tardan en llegar. Si uno se deja llevar por la dinámica del día al día, la política argentina parecería estar viviendo los prolegómenos de una nueva crisis.
¿Diciembre? ¿Las tarifas? ¿El avance de causas judiciales que precipiten un choque con segmentos radicalizados aún leales a CFK?
¿El submundo putrefacto del narcotráfico y la inseguridad cruzado por internas de los servicios de (des) inteligencia que estallan en el propio gabinete?
Nadie puede identificar el disparador, pero hay síntomas crecientes de que la cosa podría complicarse.
Y esto no sólo predomina entre dirigentes sociales y de la oposición: incluso muchos oficialistas, sobre todo radicales, consideran que es necesario cambiar a Cambiemos.
Hay un común denominador: la referencia a que hace falta más política. Pero no abundan las ideas innovadoras que alimenten el debate sobre cómo volver a crecer luego de cinco años de estanflación y consolidar una democracia pluralista.
Por el contrario, predominan los reclamos sectoriales, las inevitables chicanas y un creciente rechazo al estilo distante, a cierta presunción de superioridad tecnocrática de algunos integrantes del elenco presidencial.
Sin embargo, si se mira el actual contexto con un poco más de distancia crítica, es demasiado pronto para saber si las decisiones que se han tomado el gobierno fueron buenas, regulares o malas: no pasó suficiente tiempo para evaluar su impacto.
Tanto los críticos acérrimos (por izquierda y por derecha) como los pocos adláteres confesos de Macri pueden argumentar desde las ideas o las teorías, pero no desde los resultados obtenidos.
Finalizada la luna de miel, todavía es bastante convincente el argumento de la herencia recibida, sobre todo respecto de la energía, la inflación, la pobreza y la inseguridad.
Y si bien el gobierno ha cometido un número no menor de errores no forzados, y florecen las internas palaciegas, también es cierto que Vidal, Macri y Carrió son tres de los cuatro dirigentes con mejor imagen y consideración en la sociedad, junto con Sergio Massa.
Un reciente y original estudio basado en técnicas de “big data” que analiza las tendencias de opinión predominantes en las redes sociales sugiere que la incertidumbre sobre la economía (ingreso, inflación, empleo), la inseguridad y la corrupción son las preocupaciones más importantes de la ciudadanía.
Este magma de inquietud y creciente incredulidad está asociado a cuatro sentimientos (o “vectores afectivos”): decepción, frustración, esperanza y resignación.
Hay un núcleo importante de argentinos, cercanos a Cambiemos, que se siente desilusionado con la realidad: pensaban que el cambio no sólo era posible, sino que se iba a producir más fácil y rápidamente.
Otro segmento, más crítico del gobierno pero que al menos en parte votó por Macri en la segunda vuelta, siente frustración: para ellos la situación es más límite, sufren restricciones sobre todo en el plano económico.
Todo esto aparece matizado por un vital y positivo sentimiento de esperanza: la cosa tiene que mejorar, tenemos que salir adelante.
Sin embargo, hay un sector por ahora acotado pero significativo que tiraron la toalla: sienten que otra vez estamos destinados al fracaso, que esta experiencia terminará mal (ya sea porque Macri expresa lo peor de la derecha autoritaria y neoliberal, ya sea porque le falta el liderazgo y los recursos para vencer al populismo).
De como evolucione este mosaico cambiante y complejo de sentimientos y sentidos dependerá el clima político y el posicionamiento de los principales actores de cara el crucial proceso electoral del año próximo.
El vacío de la política se llena con votos.
Como ocurre siempre en la Argentina, cuando la política se estanca y falla en dar respuestas concretas y consistentes a las necesidades de la gente, aparecen las elecciones para sacudir la modorra y coordinar las estrategias y los horizontes del fragmentado establishment dirigencial.
Porque nadie puede prescindir de hacer política cuando el calendario avanza: se recargan las baterías, se debe salir a la cancha con lo que se tiene, con lo que hay.
Y en ese desfiladero inestable, tentativo, se recompone a los tumbos el sistema político. Con un cristinismo que se abroquela en un colectivo tan minoritario como leal y homogéneo, dispuesto a resistir.
Con un peronismo que se aferra al concepto de “renovación” y desempolva la figura de Antonio Cafiero, un tardío e incompleto homenaje a un protagonista central en los albores de la democracia.
Sus pilares son familiares: la base sindical, un pragmatismo ilimitado y liderazgos territoriales.
Se trata de un licuado de lo viejo y lo nuevo que ni se plantea la definición de una identidad: sólo busca un candidato que lo devuelva a la victoria, y por eso todos lo miran a Massa (y de reojo también a Urtubey).
En ese recorrido, el peronismo tiene la ventaja y la desventaja de carecer de ideología.
Así, mientras el movimiento mantiene intacta su capacidad camaleónica de mimetizarse con liderazgos o tendencias potencialmente mayoritarias, puja por distanciarse rápido de cualquier resabio tóxico que lo vincule al pasado K.
Y en ese palpitar, juega al rol de policía bueno con gobernadores e intendentes siempre dispuestos a garantizar gobernabilidad a cambio de recursos fiscales y otros favores del poder, mientras tanto, buena parte del sindicalismo, más combativo y tentado de ganar la calle, muestra los dientes para disputarle a la CTA y a los movimientos sociales el protagonismo en la conducción de los segmentos más opositores: el peronismo y el Papa limitan efectivamente el espacio para que se profundice la crisis y se disparen dudas respecto de la gobernabilidad.
Hasta Cambiemos armó una mesa política en la Provincia de Buenos Aires, donde el año próximo tendrá lugar, una vez más, una batalla electoral percibida como decisiva: un referendum.
¿Tiene sentido un planteo tan dramático? ¿Depende acaso el futuro de Cambiemos, y la estabilidad política, del resultado de una elección?
Sigue la apuesta a la gestión (la obra pública), a la figura de Vidal y a las nuevas formas comunicacionales. ¿Alcanzará con eso?
No parece suficiente sino acompañan una recuperación económica y una mejora, aunque sea leve, en la homérica lucha contra el crimen organizado.
Que impregna e intoxica buena parte del tejido político e institucional de una provincia y de un país que no son aún conscientes de la magnitud del desafío que tienen por delante si pretenden erradicar las mafias enquistadas en el poder.

viernes, 17 de junio de 2016

EN EL "ESPACIO MENTE ABIERTA"; SERGIO BERENSTEIN


Sensatez y sentimiento.

 Por Sergio Berensztein



Mauricio Macri y Michel Temer no representan sólo una modificación nominativa en los respectivos poderes ejecutivos: se posicionan como un cambio en la forma de gobernar y en las coaliciones que sustentan las políticas públicas.
Tienen mucho en común. Más allá de la consabida divergencia futbolera que derivó, a lo largo de los años, en una rivalidad, Argentina y Brasil están ante una nueva oportunidad para transformar la relación bilateral y dar nueva forma a la región. Ambos países están saliendo de un largo período bajo la influencia de gobiernos populistas de izquierda: uno acaba de dejar atrás doce años de kirchnerismo; el otro, trece del Partido de los Trabajadores. El saldo económico es, con los matices propios de cada caso, equivalentemente desfavorable: inflación creciente, estancamiento del crecimiento, déficit fiscal alto y caída del ingreso real.
Mauricio Macri y Michel Temer no representan sólo una modificación nominativa en los respectivos poderes ejecutivos: se posicionan como un cambio en la forma de gobernar y en las coaliciones que sustentan las políticas públicas. En el proceso de reacomodamiento, las relaciones entre las dos naciones sufrió un fuerte deterioro: las ventas hacia Brasil acumulan una caída del 23,6% en los primeros cinco meses de 2016 en el marco de un país que, debido a su propia crisis, redujo sus compras totales en un 30.8%. El déficit comercial acumula U$S 1.872 millones en lo que va del año, tres veces más que en el mismo período de 2015. El sector automotriz registra la mayor caída, en conjunto, con los productos químicos y los bienes agrícolas. Argentina ocupa el cuarto puesto entre los principales proveedores de Brasil, detrás de Estados Unidos, China y Alemania y delante de Corea del Sur. En el ranking de compradores, nos ubicamos en el tercer puesto, sólo superados por China y Estados Unidos.
Existe una integración productiva de facto entre ambos países, pero no es suficiente: la dinámica del mundo actual (distribución del poder, auge de los países emergentes, corrimiento de los ejes de acumulación global al Pacífico, fragmentación productiva, cambio tecnológico sesgado a la mano de obra calificada y a la automatización) demanda un nuevo tipo de relación, conducente a diversificar y complejizar la estructura productiva, con miras a una inserción internacional efectiva y beneficiosa. Esto requiere de una renovada institucionalidad para el vínculo entre Buenos Aires y Brasilia, de una nueva gobernanza para el Mercosur. Hoy se necesita más que nunca la visión que tuvo Guido Di Tella cuando se firmó el Tratado de Asunción. Avanzar en un proceso abierto, dinámico, que se vaya corrigiendo a lo largo del tiempo, pero que a la vez fije las directrices en el largo plazo, pensando no en el próximo gobierno sino en el próximo decenio. Una mentalidad regional estratégica y reformadora. Un Deng Xiaoping aggiornado a América Latina.
Los efectos de este nuevo “eje de la estabilidad”, fruto de la cooperación y la coordinación entre Brasil y la Argentina, serían múltiples. Primero, y de manera inmediata, terminar con esas divisiones que colocan en un rincón a la América Latina de izquierda y en el otro a la de derecha o que contraponen una del Atlántico y otra del Pacífico. Las consecuencias se verían reflejadas en un mayor protagonismo en conflictos y tensiones que persisten en la región, como la frontera entre Venezuela y Colombia, que permanece cerrada unilateralmente desde el 19 de agosto de 2015 por orden del presidente venezolano Nicolás Maduro. O el más reciente en la Corte Internacional de Justicia de La Haya, entre Chile y Bolivia, por el supuesto robo y uso ilegal de las aguas del Silala. Mayor cooperación regional genera lo que en teoría de juegos se conoce como “juego iterado” (repetido). Como los participantes no saben cuándo terminará su interacción, la estrategia más útil es mantener la confianza, que fortalece a su vez la de los otros jugadores. Ya existen antecedentes, como la crisis en Honduras de 2009, o en Paraguay en 2013. En el corto o mediano plazo la región enfrentará la desintegración del régimen chavista. Contar con mecanismos regionales para contener la crisis puede constituir la diferencia entre navegar una transición o hundirse en una catástrofe humanitaria y política.
Por otra parte, las divisiones intra-regionales no solamente reducen la cooperación, sino que abren espacios a potencias extra-regionales para que hagan avanzar sus intereses en formas no conducentes a la mayor autonomía. La coordinación fortalece la capacidad de negociación frente a actores como la Unión Europea y China, no para confrontar, sino para profundizar la integración en términos más beneficiosos para nuestros países, que permita dar un salto de calidad y terminar de cerrar acuerdos o redefinir los aspectos poco claros de los existentes. El peligro de la integración regional tal como se encuentra es la superposición desordenada de diferentes acuerdos que puedan generar incompatibilidades o amenazas imprevistas a sectores que buscarán resistir o revertir el proceso de apertura y reforma. La economía política regional transformaría a la vez la dinámica política de o entre los gobiernos y la interacción económica del empresariado.
Por último, el “eje de estabilidad” potencia las sinergias entre los sectores privado y público y genera círculos virtuosos de transparencia y eficiencia. Las instituciones son conjuntos de reglas que norman la conducta y regulan el comportamiento de los actores sociales. Una estabilización del vínculo Argentina-Brasil sería una señal de largo plazo para el empresariado en ambos países, que les permitiría repensar sus estrategias de mercado y sus decisiones de inversión. La previsibilidad de un nuevo conjunto de reglas, formales e informales, es también lo que esperan los mercados internacionales y las compañías multinacionales, que ven en Latinoamérica un escenario promisorio, en especial cuando entra en comparación con muchas de las otras regiones del mundo.
La ganancia cuantitativa de los gobiernos de la nueva izquierda puede ser capitalizada ahora en el plano cualitativo para reorientar organizaciones como Unasur y para pensar una nueva arquitectura regional sudamericana, pragmática y abierta, en lugar de cerrada y dogmática; moderna y orientada al mundo más que proteccionista y defensiva. Un modelo catalizador para potenciar los beneficios de la libertad y no un reducto para capturar los favores del poder.

jueves, 19 de mayo de 2016

EN EL "ESPACIO MENTE ABIERTA" SERGIO BERENSZTEIN


Lecciones de la crisis brasileña.

 Por Sergio Berensztein


 Si no estuviera en juego su status de potencia emergente, y su credibilidad internacional, los brasileños podrían desdramatizar esta profunda crisis como si se trata de su telenovela más famosa. Este complejo proceso tiene realmente todos los condimentos de una popular serie de TV: traiciones, emociones extremas, suspenso, protagonistas que sobreactúan, incertidumbre respecto del final… Más allá del interés y la curiosidad que despierta estos acontecimientos, donde se destaca una generalizada aceptación por parte de la comunidad internacional del nuevo gobierno liderado por Michel Temer (duramente criticado por no incluir mujeres en su gabinete, lo que no ocurría en Brasil desde 1979, en plena dictadura), y a pesar de que todavía es demasiado temprano para saber si el principal socio estratégica de la Argentina podrá finalmente avanzar hacia una transición relativamente ordenada, quedan importantes lecciones de esta crisis que vale la pena analizar.

En primer lugar, este impeachment de la ahora suspendida presidenta Dilma Rousseff ratifica la inestabilidad intrínseca de lo que técnicamente se denomina “presidencialismo de coalición”: un acuerdo entre un presidente con minoría relativa en el parlamento y un conjunto de partidos relativamente afines en materia ideológica. En efecto, estos arreglos pueden sobrevivir por un tiempo, pero el régimen presidencialista requiere mayorías parlamentarias para que avance la agenda legislativa, de lo contrario se despliegan tácticas obstruccionistas para debilitar al partido de gobierno y favorecer las chances de los líderes de oposición de llegar al poder. Si esas mayorías no existen, o si se fragmenta el sistema de partidos, éstos entran en ciclos de inestabilidad que a menudo derivan en crisis de gobernabilidad. En contextos de crecimiento económico y posibilidad de aumentar el gasto público, esos arreglos pueden sobrevivir por algún tiempo (las dos presidencias de Lula y la primera de Dilma). Pero en contextos económicamente adversos, se incrementan los incentivos para confrontar con el Presidente y eventualmente romper los acuerdos para capitalizar su pérdida de popularidad. Por eso, los sistemas parlamentarios se adaptan mucho mejor a contextos donde no hay fuerzas hegemónicas (en general, dos partidos predominantes que garantizan estabilidad, como ocurre en EEUU o en Chile desde inicios de los ’90).

En estos presidencialismos de coalición, el gabinete suele reflejar la naturaleza de los acuerdos, con un “sistema de reparto de cuotas de poder” (spoiled system): ministros de diferentes partidos forman parte de un equipo muy plural donde el Presidente convive con líderes de extracción muy diversa. Cada ministro controla un conjunto de recursos políticos, simbólicos, institucionales y financieros que justifican su pertenencia y permanencia en el gobierno. Puede puntualmente existir alguna afinidad personal o ideológica con el primer mandatario, pero se trata de acuerdos contingentes donde predomina un cálculo egoísta.

La crisis de Brasil pone de manifiesto la fragilidad de esta clase de esquemas. Y es sumamente relevante teniendo en cuenta que la experiencia de Cambiemos en la Argentina tomó de alguna manera el caso brasileño como referencia para organizar el poder. En efecto, se trata de un gobierno en minoría en ambas cámaras y con 18 gobernaciones en manos de líderes pertenecientes al principal partido de oposición. El gobierno de Mauricio Macri tiene un puñado de dirigentes pertenecientes a la UCR, algunos independientes y cuenta con el apoyo de Elisa Carrió, socia fundadora de la coalición que ganó las últimas elecciones. Sin embargo, Carrió prefirió no sumar dirigentes de su fuerza, la Coalición Cívica, al gobierno. Es decir que el esquema de presidencialismo de coalición vigente en Argentina no parece contar con fundamentos sustentables en la medida en que sólo cuenta con acuerdos parciales y no demasiado firmes con otros líderes, como Sergio Massa. Si en Brasil este sistema colapsó, precipitando el juicio político de Dilma, ¿qué expectativas de estabilidad tiene el esquema aplicado en Argentina que, en principio, luce menos sólido? En el gobierno afirman que el vínculo entre el Presidente y la sociedad es muy sólido y no requiere de los mecanismos tradicionales de la política (como los partidos y los acuerdos de cúpulas), sino que se mantiene, e incluso profundiza, gracias a las nuevas tecnologías de la información y su impacto comunicacional, en especial las redes sociales.

El interrogante central es si estas nuevas formas reemplazan totalmente a las más tradicionales, sobre todo teniendo en cuenta la ambiciosa agenda que pretende desarrollar el Presidente, y las obvias complicaciones que presenta a diario el esfuerzo por estabilizar la economía y volver a crecer.

El segundo aspecto a considerar remite a las consecuencias de mantener desequilibrios macroeconómicos por mucho tiempo, y a la renuencia/incapacidad para revertirlos. En efecto, Brasil entró en 2014 en una profunda recesión (la peor de los últimos 80 años), producto de un déficit fiscal del 10% del PBI. La causa de la suspensión de Dilma es precisamente la manipulación de la información oficial al respecto para incrementar sus chances electorales. Mientras la deuda pública alcanza el 70% del PBI, la inflación supero el 10% anual en 2015, un nivel inaceptablemente alto para un país civilizado (en Argentina convivimos con el doble en los últimos 8 años). El año pasado la contracción fue brutal, del 3,8%, y este año también parece perdido. Así, aparece agotarse la política económica del PT, que tanto rédito electoral le dio en el corto plazo. También, es el fin de la ilusión del progreso económico para la nueva clase media, apalancada por un gasto público que creció a un ritmo desaforado (lo mismo que en otros países de la región, incluyendo Venezuela y la Argentina).

¿Qué quedó del “milagro brasileño? ¿Podrá nuestro principal socio estratégico revertir la “primarización” de su economía? En efecto, esta crisis está vinculada al fracaso del proceso de sustitución de importaciones que históricamente impulsó Brasil y que, en la última década, estuvo apalancado en los extraordinarios términos del intercambio del que gozaron todos los países emergentes. Brasil no aprovechó este contexto para modernizar su industria, impulsar una mejora de la infraestructura o incrementar la productividad. Por el contrario, el complejo industrial se volvió más dependiente del proteccionismo y de los subsidios del Estado. Ni siquiera el atraso cambiario fue aprovechado para impulsar un salto tecnológico que le otorgara sustentabilidad a las grandes industrias brasileñas.

Al margen de la vocación reformista que expresa tener este gobierno y que apunta sobre todo a recuperar el confianza de los mercados y corregir los desequilibrios macroeconómicos, sigue faltando un debate serio y desapasionado sobre las políticas de desarrollo de mediano y largo plazo, incluyendo la cuestión industrial, la apertura comercial y la integración de Brasil al mundo. Este último aspecto es particularmente relevante para la Argentina, donde tampoco estamos debatiendo estas cuestiones estratégicas. Más aún, debido a las características del Mercosur, sería apropiado que ambos países coordinaran sus políticas industriales. Lo mismo aplica a la política macroeconómica, la infraestructura, la estabilidad regional, etc.

Los problemas que explica esta profunda crisis brasileña no nos son para nada ajenos. Nuestros países son muy diferentes; sin embargo, la naturaleza de nuestra economías políticas y nuestras instituciones son muy similares. Nótese que excluí, por falta de espacio, la cuestión de la corrupción.

jueves, 28 de abril de 2016

EN EL "ESPACIO MENTE ABIERTA"; SERGIO BERESZTEIN

El espejo tiene dos caras.
 Por Sergio Berensztein


El espejo no es un instrumento objetivo: devuelve siempre la imagen que quien se está reflejando desea ver. El que se siente excedido de peso se mira y se ve gordo. Aquel que se considera un sex symbol sólo se pone frente a uno para poder admirarse largo y tendido. El juego paradójico extremo se produce cuando una persona se mira al espejo y tiene alguien más al lado: aunque la imagen es una sola, cada una verá algo completamente diferente a lo que visualiza la otra.
La Argentina está en este preciso instante frente a su reflejo. El mundo ve una princesa impecable mientras que el país se visualiza a sí mismo como la misma plebeya desordenada de siempre. Hace mucho tiempo que el contexto internacional no es tan benévolo con esta nación: hay mucho optimismo entre los países líderes respecto de lo que puede llegar a suceder en este territorio y un interés creciente por lo que representa la historia reciente de la Argentina en un contexto latinoamericano ciertamente convulsionado. La imagen de Mauricio Macri no sufrió importantes máculas tras el escándalo de los Panamá Papers y su voluntad de coordinar con la oposición determinados acuerdos, aunque se trate de mecanismos contingentes, es vista como un ejemplo a seguir, en especial en naciones con sistemas políticos polarizados, como los Estados Unidos.
Los principales medios de comunicación del mundo alaban los cambios que están ocurriendo en Argentina y aspiran a que el país pueda convertirse pronto en un caso exitoso de transición de un régimen populista-autoritario a una democracia estable con sólidos mecanismos de movilidad social ascendente basados en una combinación virtuosa entre una economía de mercado dinámica y un Estado moderno, eficaz y eficiente para proveer bienes públicos esenciales. En efecto, se supone que de este modo Argentina puede enriquecer el debate respecto de cómo harán países como Venezuela, Ecuador y Bolivia para reencauzar sus sistemas políticos en un contexto mucho más complejo en materia de términos del intercambio, dada la caída generalizada en el precio de los bienes primarios de exportación.
Esta visión un tanto romántica que el mundo tiene sobre nuestro país contrasta con la forma en que la Argentina tiende a verse a sí misma. Internamente, seguimos siendo la Cenicienta antes de que llegue el hada madrina: hay una creciente sensación de angustia en un porcentaje muy significativo de la sociedad, sobre todo por el cambio del clima económico. Y a pesar de que se aprecian algunos avances, sigue predominando cierta pesadumbre sobre todo en términos del futuro cercano. Como si la incertidumbre como consecuencia de la inflación, el descontento general relacionado con los aumentos de tarifas, las trampas económicas prolijamente acuñadas por la administración anterior fueran poco, se le suma el vertiginoso vendaval de noticias que llegan desde el poder judicial, con un interminable desfile de ex funcionarios por los estrados, y una acuarela que nos recordó con toda la intensidad posible cómo era, qué hacía y cómo se comportaba el kirchnerismo: Cristina Fernández, en su rol de indagada por desmanejos mientras ocupaba el cargo más alto de la política nacional, montada en un escenario, levantando su dedo acusador y dando un discurso épico.
Ni siquiera la tecnología estuvo dispuesta a darnos un descanso: el inevitable arribo de Uber al país implicó media ciudad de Buenos Aires cortada por protestas de los taxistas. Por una lado, interesante paradoja, todo ocurre como si una parte de la sociedad se negara a aceptar los cambios en las tecnologías, los valores, las ideas y las formas de organización que, desafiante, nos propone la post modernidad (aunque, en un bueno número, esos conciudadanos hayan votado por Cambiemos). Por el otro, observamos otra defensa corporativa extrema de un segmento muy organizado, como los taxistas, apoyado por un gobierno que, al menos en teoría, busca modernizar el país en su conjunto, sobre todo su sistema económico.
La agenda del gobierno, intensa y trabajosa, está en un extraño segundo plano. Poca gente se anoticia de las acciones positivas que se están llevando a cabo, aunque toda la ciudadanía se percata de lo difícil que es el día a día en un país en el que los precios no parecen por ahora enterarse de los pronósticos con los que insisten los funcionarios, en que la inseguridad no merma, en el que el trabajo no alcanza y el salarios, en su gran mayoría, no fueron ajustados a la espera de que avancen las negociaciones paritarias. Entretanto, algunos observadores agudos, e incluso un grupo experimentado de funcionarios, advierten que el de Macri es un gobierno muy solvente para encarar los desafíos más complicados, pero bastante chambón para resolver asuntos de menor jerarquía.
¿Cuál de las dos Argentinas es la verdadera? En alguna medida, parte de las dos; pero seguramente, ninguna en un sentido puro. El mundo simplifica la visión que tiene del país. Siempre es más fácil analizar desde afuera que experimentar desde adentro. Por otra parte, tal vez debido a la frustrante experiencia acumulada durante últimas décadas, la visión interna mezcla dosis de cinismo con una duda metodológica muy sostenida, constituyendo un cóctel muy denso y, a menudo, tóxico.
Esta brecha de visualización parece repetirse entre el mercado financiero y la economía real. El primero es un dechado de optimismo: todas las estimaciones apuntan a un crecimiento a partir del último trimestre de este año, a la baja gradual pero sostenida de la inflación, a la consecuente caída del riesgo país (algunos sueñan con una Argentina grado de inversión para el 2020). Siempre quedan algunos interrogantes pendientes, sobre todo por el lado fiscal, pero en líneas generales todos los pulgares están en alto. En particular, el rotundo éxito logrado por Alfonso Prat Gay y su equipo para sacar al país de un default de 15 años ha coronado un esfuerzo sistemático y consistente, que incluyó la salida del cepo, una devaluación todavía exitosa en términos de competitividad, la corrección tarifaria y sobre todo la eliminación de las retenciones con la parcial excepción de la soja.
En cambio, la economía real tiembla ante el aumento de las tasas de interés, ante un Brasil cada vez más complicado en lo político y en lo económico, ante las lluvias que afectan a un amplio sector de la zona núcleo, así como ante proyectos de ley de referentes opositores que apuntan a crear nuevos cepos: esta vez, a los despidos. Parecería que cuando los mercados organizaron la fiesta, se olvidaron de invitar a la realidad.

martes, 19 de abril de 2016

EN EL "ESPACIO MENTE ABIERTA"; SERGIO BERENSZTEIN



Estamos de vuelta.

 Por Sergio Berensztein 



Cristina volvió. O intenta, al menos. Y, con el fin del default, también la Argentina regresa al radar global.

Volvió Martín Fierro. Volvió Perón. Antes habían vuelto Roca e Yrigoyen, completando la exclusiva trilogía de ex presidentes que lograron esa gesta. Muchos lo desearon, pocos pudieron. En lo suyo, tuvieron regresos triunfales Labruna, Alonso y Francescoli; Bianchi, Riquelme y Tevez. También Milito, aunque no el Bocha: como Kobe, algunos grandes no se van nunca. Volvió Jordan para seguir ganando todo, Magic a pesar del sida, volvieron tantos por la revancha, pero sólo los elegidos, poquitos, sintieron otra vez la gloria.

Volvió China a ser una potencia dos siglos más tarde. Volvió Brasil con otro impeachment a la tapa de todos los diarios. Vuelve Europa a parecerse demasiado a lo que quería evitar. Volveremos, volveremos: ¿con la frente marchita? O a ser campeones como en el ’86. Nunca volvieron Sui Generis ni los Beatles. Y cada vez que vuelve Diego, prefiero ignorarlo.

Volvió una noche, al Aeroparque, y había en su rostro ansiedad. Quiere escribir su mito del eterno retorno: estoica, ella dijo ser hegeliana, pero tal vez pronto tenga tiempo para leer a Nietzsche. Volvió y no fue millones, pero sí unos cuantos miles que, unidos y organizados, le hicieron un conmovedor aguante bajo la lluvia. No muchos logran semejante demostración de fuerza; casi nadie. De nada sirve escaparse de uno mismo: en democracia la legitimidad se construye en función del sufragio, y hace demasiado tiempo que Cristina no gana nada. El peronismo serio (excluyo a los Guillermo Moreno) no la perdonó, pues no se perdona la inconcebible imprudencia de haberla acompañado de nuevo mucho más allá de la puerta del peor cementerio: la derrota. Por eso estuvo ausente en Comodoro Py. Mucho peor, el ascendiente Juan Manuel Urtubey, el único gobernador con potencial presidencial, prefirió fotografiarse con Mauricio Macri. Esa imagen vale más que mil palabras.

Su principal limitación es discursiva y estratégica: propone una construcción desde la sociedad civil, con un frente ciudadano que busca capitalizar el desgaste de un gobierno que paga el precio de desmontar los explosivos que ella enterró. Ella, que siempre pensó y construyó poder desde el Estado, que concibe la política sólo en términos de gasto público, que disciplinó y castigó a mansalva gracias al uso discrecional de los recursos de los contribuyentes, pretende volver anclada en los mismos movimientos sociales que condujo a la derrota desde la Rosada. Poco probable.

Es cierto que el Gobierno enfrenta en lo económico sus dos peores trimestres, si es que la economía rebota hacia fin de año. Es cierto también que a la oposición no K le cuesta su doble rol de asegurar la gobernabilidad y, al mismo tiempo, ofrecer una alternativa moderada y razonable que evite la polarización extrema que propone Cristina. Pero su horizonte se presenta complicado: además de la montaña de causas judiciales, de la carencia de territorialidad (con la excepción de Santa Cruz), carece de candidatos competitivos en todos los distritos.

Transiciones. La política argentina vive una triple transición: se está despresidencializando, deskirchnerizando y desestatizando. Si esta monumental transformación resulta exitosa, lograremos una forma moderna de organizarnos como sociedad, parecida a la de los países más prósperos, en base a una democracia liberal y una economía de mercado. Con los problemas y las limitaciones que esos sistemas. Pero con las ventajas que implican los límites efectivos mediante mecanismos de frenos y contrapesos que garanticen competencia y controles en el acceso y el ejercicio del poder.

Se trata de una apuesta formidable y sin precedentes. Y que genera muchas dudas y costos. El Presidente tiene que aprender a autolimitarse, a dejar que funcionen con autonomía los poderes Legislativo y Judicial. A que los gobernadores vuelvan a tener relevancia constitucional. Y a que la sociedad encuentre canales institucionales regulares y sistemáticos para canalizar sus demandas. Algo de eso está pasando, pero en el marco de un debate de ideas demasiado amarrete, superficial y minimalista como para alimentar este proceso con suficiente combustible simbólico e intelectual. No se trata sólo de una cuestión de comunicación, sino de concepción del papel de la política y de la necesaria densidad ideológica de la que no pueden prescindir los grandes procesos de cambio.

La normalización argentina tuvo esta semana un hito fundamental: estamos a un paso de salir del default. Alfonso Prat-Gay y el equipo económico repiten una sentencia en las múltiples reuniones que mantienen con inversores interesados en comprar activos financieros e incluso en invertir en la economía real: estamos de vuelta. Argentina is back. El fabuloso Hemsley Building se vistió de celeste y blanco a partir del miércoles. El mercado financiero no ignora lo que ocurre en los tribunales de Retiro, pero festeja el fin de un default de 15 años y el potencial regreso de la Argentina al grupo de los emergentes. Cuando eso ocurra, cuando mejore el riesgo crediticio del país, tal vez hacia fin de año, se dispararán inversiones. “Argentina volverá al índice”, explican los especialistas. Es decir, automáticamente muchos fondos de pensión que tienen vehículos destinados a los emergentes están obligados a comprar papeles (deuda pública, privada, acciones, etc.) de la Argentina. Falta, pero hay una luz al final del túnel.

¿Tendremos paciencia para esperar que las correcciones rindan sus frutos? El estatismo y el populismo son atributos de nuestra cultura política que precedieron a los Kirchner: ellos lo capitalizaron y los profundizaron con inteligencia. El gran interrogante es si CFK podrá aprovechar los costos de corto plazo que trae aparejado estabilizar la economía y liderar una coalición que requiere un discurso más sutil que el que ella propone en su operativo retorno. Jugará también el peronismo, con el que ella siempre tuvo un vínculo conflictivo y simbiótico, y que puede desplazarla, mucho más que la Justicia, definitivamente del poder.

miércoles, 6 de abril de 2016

EN EL "ESPACIO MENTE ABIERTA"; SERGIO BERENSZTEIN


Paciencia y voluntad. 

Por Sergio Berensztein



Claves para entender cómo marcha el Gobierno, ahora que llegaron las medidas antipopulares. Lo que viene.
Ganaste la elección? ¡Jodete!”. Con esta sencilla frase, el gran Juan Carlos de Pablo sintetizó el dilema que Mauricio Macri y su gobierno enfrentan ahora que llegó la hora de tomar medidas claramente impopulares, como sincerar las tarifas de los servicios públicos. Se descontaban la devaluación y la quita de retenciones, que además ayudan a revivir a las economías regionales. El arreglo con los holdouts será pagado por nosotros y nuestros descendientes en el futuro, asumiendo el servicio de la deuda que el Congreso autorizó tomar. Mucho antes, la Nación y las provincias se harán también de recursos para financiar el gasto público y suavizar parcialmente el ajuste: fue el amor (a la plata) o, lo que es casi lo mismo, el espanto a la restricción presupuestaria lo que explica el notable apoyo que obtuvo el oficialismo en el Senado para aprobar las leyes necesarias para salir del default.
“Ingrato”, le dijo Máximo a Pichetto sólo por confesar que ahora tenía libertad para pensar, opinar y votar sin condicionamientos. Modestamente, sugiero que modere esa clase de definiciones: corre el riesgo de quedarse sin conceptos así de concluyentes cuando la cosa se ponga aún más espesa. Que no le pase lo mismo que al resto de los argentinos por llamar “infame” a la década del 30: nos quedamos sin un adjetivo maravilloso para caracterizar a varias de las subsiguientes.
A diferencia de la devaluación y el arreglo con los holdouts, el tarifazo implica asumir solamente costos (y muchos) en el presente, a cambio de promesas intangibles e imprecisas para el atribulado ciudadano común: bajar el déficit fiscal y de ese modo corregir la principal causa de la inflación constituyen objetivos estratégicos e indispensables para volver a crecer. Pero nadie en su sano juicio puede esperar que dichas metas despierten manifestaciones espontáneas de apoyo al Gobierno, ni siquiera una pragmática resignación ante lo inevitable o necesario. Sobre todo, si se carece de la capacidad o la voluntad política para elaborar una explicación un poco más sofisticada y coherente acerca de la pertinencia de los ajustes realizados. ¿Cómo persuadir que es bueno pagar mucho más por servicios públicos igual de mediocres? ¿Cómo, cuando los ingresos reales en general han caído como consecuencia de la inflación y el rezago en la mayoría de las paritarias? Se siente la recesión, se sigue incrementando la presión tributaria, y encima se reducen los subsidios. Todo junto.
No está claro cómo hacerlo, pero si cómo no hacerlo: sin al menos intentar un relato más o menos coherente y convincente en relación a la secuencia y el timing del proceso de estabilización que se está implementando. Es decir, de dónde venimos, cómo estamos y hacia dónde queremos ir. Y, sobre todo, la importancia esencial de pagar muchos costos ahora para apostar por un futuro eventualmente mejor. El valle de los sacrificios recién está comenzando, estamos dando los primeros pasos en un proceso que implica, indudablemente, revertir los valores y prioridades que imperaron durante por lo menos los últimos 13 años, cuando se impuso la satisfacción de demandas o caprichos del presente al margen de las consecuencias de corto, mediano y largo plazo. Justo es reconocerlo, en el plano electoral, Cambiemos elaboró una estrategia comunicacional realmente muy exitosa. Pero como todos sabemos, gobernar es mucho más difícil y desgastante que ganar una elección.
El Gobierno está aprendiendo también a funcionar como equipo, a determinar los márgenes de maniobra que permite un sistema político en transición, con liderazgos residuales que pierden relevancia, otros dominantes que aún se están acomodando a la nueva situación, y unos cuantos emergentes que aspiran a influir mucho más en un horizonte político y electoral que parece cercano y lejano al mismo tiempo. Macri se ocupa de apoyar a los que experimentan mayor exposición pública en esta época de dar malas noticias, para sostener el espíritu de cuerpo y evitar la erosión en la moral de la tropa. Conoce bien la química de los vestuarios y la importancia de motivar a sus funcionarios más importantes.

Lanzados. El inminente anuncio del paquete de medidas de política social para aliviar a los sectores más vulnerables fue originalmente denominado, de forma inadecuada, “relanzamiento”. No es para tanto, pero permitirá mostrar sensibilidad frente al sacrificio que se le propone a una sociedad que parece sorprendida por el abrupto final de la larga siesta (fiesta suena exagerado) populista que desplegó el kirchnerismo.
En efecto, luego de tantos años de aislamiento, estatismo extremo y proteccionismo generalizado, la ciudadanía se enfrenta a la obligación de reaprender cómo funciona una economía de mercado. Cosas elementales, como que los bienes y servicios tienen un precio y alguien tiene que pagar por eso son concebidas sólo por algunos núcleos ideologizados como neoliberalismo salvaje.
Pero muchos se preguntan ahora, como la legendaria canción de Serú Girán, cuánto tiempo más llevará: hasta que podamos respirar un poco más tranquilos; hasta que nos podamos volver a dar un gustito; hasta que podamos finalmente ver el fruto de tanto esfuerzo. Es cierto, Argentina votó en contra del populismo, tanto en 2013 como en 2015. Pero como durante los debates electorales predominaron los eslóganes de campaña y no la discusión madura de los problemas del país y de las eventuales soluciones (como ocurre, lamentablemente, en casi todas las democracias contemporáneas), el humor social está evidenciando un deterioro preocupante. Y esto recién empieza.
Al mismo tiempo, la Argentina también está aprendiendo (de a poco) la responsabilidad de formar parte del sistema internacional: la necesidad de opinar, de arriesgarse, de armar coaliciones que puedan representar un costo, incluyendo la necesidad de abrir la economía y respetar la propiedad intelectual. No se puede ser parte del mundo en desarrollo, aspirando alguna vez a ser un país de ingresos altos, apostando al cortoplacismo populista.
Cuando los niños pequeños dan sus primeros pasos, es recomendable revisar también de manera sistemática los pañales. Con los gobiernos pasa lo mismo: los errores son inevitables en todos los procesos de aprendizaje. Entretanto, algunos interrogantes más sustanciales habrán de develarse sólo con tiempo: ¿tendrá Argentina la paciencia y la voluntad para seguir por esta senda de modernización o, por el contrario, volverá a tentarse, una vez más, con el facilismo populista?

sábado, 2 de abril de 2016

EN EL ESPACIO MENTE ABIERTA, LA OPINIÓN DE SERGIO BERENSZTEIN

Del aislamiento populista a la reinserción democrática. 
Por Sergio Berensztein 

26 de marzo de 2016. Por Sergio Berensztein para La Gaceta. La rueda de prensa de los presidentes Barack Obama y Mauricio Macri fue una celebración por la amistad recuperada. Intercambiaron elogios personales, por supuesto, pero no sólo eso: lo principal es que fijaron una agenda de cooperación amplia, que cubre desde comercio hasta cambio climático y desde derechos humanos hasta disputas judiciales sobre la deuda argentina. Obama señaló a Macri como un modelo del proceso de cambio iniciado en América Latina. Lo felicitó por su capacidad para llevar a cabo rápidamente reformas económicas y por haber abierto las posibilidades de estabilización de las relaciones financieras del país.
La nueva política económica del presidente argentino requiere de aliados externos que lo fortalezcan internamente. La visita de Obama, que dejó la impresión de que Argentina es amigable a los intereses de Estados Unidos en la región, puede considerarse un paso firme en esa dirección. En medio de la crisis política en la cual Brasil se hunde a diario, la inestabilidad de Evo Morales en Bolivia y el descontrol monetario y de seguridad en Venezuela, Washington saluda el fin de esta nueva izquierda y la llegada de liderazgos modernos a la región. La cumbre Obama-Macri supone el certificado de defunción simbólico de los populismos latinoamericanos. En esta vuelta de página, se acordó una declaración conjunta entre la ministro de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina y el secretario de Estado de los Estados Unidos en apoyo de la Organización de Estados Americanos y del Sistema Interamericano de Derechos Humanos para fortalecer el sistema interamericano frente a las experiencias de regionalismo sudamericano de la última década, que excluían deliberadamente a Estados Unidos.

El centro de gravedad de este nuevo regionalismo gira en torno de (y a favor de) Washington. Canadá y México, los otros vecinos norteamericanos, muestran posiciones favorables a partir de la sintonía entre sus respectivos mandatarios Justin Trudeau, Enrique Peña Nieto (además del propio Obama). A esto se suma la histórica apertura de Cuba en el Caribe y la alianza con Macri en el Sur. Cristina Fernández de Kirchner había optado por una política exterior alternativa, con foco en la relación con nuevos actores, como China, Rusia, Irán o Venezuela. Una estrategia que rompió los ejes habituales de Argentina a favor de Occidente. Después de 12 años en esa tesitura, el giro sugerido por Macri se recompensó casi de inmediato con el espaldarazo de la visita, a tres meses de haber asumido, del primer mandatario norteamericano. La imagen internacional del líder de Cambiemos crece a paso veloz. Despegó en el World Economic Forum de Davos y el contacto con el primer ministro británico David Cameron. Ganó altura con las visitas al país de los mandatarios italiano Matteo Renzi y francés Françoise Hollande. La llegada de Obama permitió a Mauricio Macri alcanzar la velocidad crucero en su objetivo de proyectar a la Argentina como líder regional.

Todos los acuerdos firmados durante la visita del presidente norteamericano conducen a que los incentivos de actores públicos y privados, nacionales e internacionales, mejoren la posición argentina en el mundo. La canciller Susana Malcorra sintetizó este punto como “relaciones maduras e inteligentes entre pares”. El Acuerdo Marco en Materia de Comercio e Inversión puede ser un instrumento para atracción de capital. Y el Acuerdo entre el Ministerio de Seguridad de la República Argentina y el Departamento de Justicia y Seguridad Nacional de los Estados Unidos sobre Incremento de la Cooperación para Prevenir y Combatir el Crimen Grave sumado al Memorándum de Entendimiento para prevenir el Lavado de Dinero entre la Unidad de Información Financiera (UIF) de la República Argentina y el Financial Crimes Enforcement Network (FINCEN) de los Estados Unidos serán instrumentos clave para la lucha contra el narcotráfico, que es, tal como advertimos con Eugenio Burzaco en El Poder Narco (Sudamericana, 2014), la amenaza de gobernabilidad más significativa que enfrenta el país en muchísimo tiempo.
El país está nuevamente en el mapamundi. Más allá del lógico entusiasmo y de los mencionados pasos en firme, es imprescindible mantener la prudencia. No todas las vías para integrarse al mundo son positivas. La apertura indiscriminada e irresponsable no es beneficiosa para las naciones. En un contexto de globalización y alta interdependencia es imposible resistirse a la dinámica principal del sistema internacional. Pero hacerlo sin planificación de largo plazo ni atención a los sectores más vulnerables resulta devastador para la seguridad de los estados y la prosperidad de las sociedades. Para alcanzar los objetivos esperados, debe apelarse a una diplomacia proactiva, a la normalización de la integración financiera y comercial y al enfrentamiento de los desafíos de seguridad. Estamos viajando una vez más hacia el mundo. Como en todo trayecto, lo más razonable es ajustarse los cinturones de seguridad hasta que pasen las primeras turbulencias.