Mostrando las entradas con la etiqueta YO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta YO. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de febrero de 2020

YO, ALFONSINA - UNA MUJER LIBRE


YO, ALFONSINA - UNA MUJER LIBRE
Lunes 20 hs
Auditorio Larreta: Mendoza 2250.
Museo de Arte Español Enrique Larreta
Entrada general: $200

Alfonsina vuelve para contarnos su vida a través de sus poemas y su palabra extraída de conferencias, reportajes y notas periodísticas. Su infancia, sus primeras mentiras, el amor, la maternidad, la soledad, su lucha por los derechos de las mujeres, su compromiso y también la muerte, su última decisión. 
La historia de una mujer que le hizo honor al significado árabe de su nombre: "dispuesta a todo".
Unipersonal dirigido por María Esther Fernández y protagonizado por Guadalupe Berrino.

Yo, Alfonsina.
Arte

viernes, 10 de enero de 2020

YO, ALFONSINA - UNA MUJER LIBRE


Yo, Alfonsina.
YO, ALFONSINA - UNA MUJER LIBRE
Desde el lunes 13 de enero
Unipersonal dirigido por María Esther Fernández y protagonizado por Guadalupe Berrino
Alfonsina vuelve para contarnos su vida a través de sus poemas y su palabra extraída de conferencias, reportajes y notas periodísticas. Su infancia, sus primeras mentiras, el amor, la maternidad, la soledad, su lucha por los derechos de las mujeres, su compromiso y también la muerte, su última decisión. La historia de una mujer que le hizo honor al significado árabe de su nombre: "dispuesta a todo". Más Información:
Lunes de enero y febrero a las 20 hs
Entrada general: $200
Auditorio Larreta: Mendoza 2250.
Museo de Arte Español Enrique Larreta


Yo, Alfonsina.
Arte

jueves, 27 de abril de 2017

TV RECOMENDADA; YO, CLAUDIO



No sólo de Netflix vive el aficionado a las buenas series televisivas, y la exhumación de viejas colecciones de DVD puede deparar el grato reencuentro con lo que a esta altura merece llamarse un clásico: Yo, Claudio, magnífica producción de la BBC basada en los escritos que Robert Graves consagró a los hechos del Imperio Romano. Promediando la historia, irrumpe en escena un personaje maldito: Mesalina, esposa del emperador Claudio, famosa en vida (pero sobre todo después de muerta) por haber cedido a la desmesura en todo aquello en que la cordura aconseja medida: el apetito sexual, la ambición de bienes materiales, el ansia de poder y el ejercicio de los privilegios propios de su condición.
En todo se excedió y de todo abusó la emperatriz. Se sabe que sólo la muerte, decidida en palacio, detuvo su carrera libertina, condenándola al oprobio y al olvido: cumplida su ejecución, el Senado ordenó quitar y destruir toda imagen o inscripción pública que la representara o la mencionara. Pero como la memoria no se rige por decreto y lo que se sustrae a la luz de la razón crece a la sombra del tabú, el inasible espíritu de Mesalina no ha dejado de gravitar en el imaginario de artistas e historiadores hasta la actualidad.


En ese sentido, la Mesalina creada a la medida de Yo, Claudio (joven, bella, tímida al comienzo y endemoniadamente dionisíaca después) no es cualquier Mesalina ni la única posible, sino la construcción en boga durante la década del 70 del siglo XX. Esto lo señala el historiador Jean-Noël Castorio en un libro reciente e interesantísimo: su Mesalina es menos la biografía de la esposa imperial que un minucioso trabajo detectivesco en busca de reconstruir el puzle de una vida al que le faltan muchas de las piezas centrales, decantando del perfume mítico la esencia histórica.
A la ausencia de imágenes de Mesalina, desaparecidas después de su muerte, suma Castorio la escasez de documentos confiables. "Aunque la vida de la emperatriz ha inspirado a novelistas, dramaturgos, cineastas y psiquiatras, ningún historiador de la Antigüedad ha escrito una biografía de ella utilizando los métodos y los instrumentos propios de su disciplina", se lamenta el autor.


El nombre de Mesalina opera entonces como un recipiente, cuenco vasto pronto a completarse y vaciarse sucesivamente del contenido que cada época provee, de acuerdo con la moral establecida y el rol asignado a la mujer. Así, según quién y cuándo refiera la historia, ya puede ocupar tanto el lugar del verdugo como el de la víctima; comportarse como una bestia lasciva o tan sólo como una mujer sexualmente emancipada y adelantada a su tiempo; maquinar las más pueriles y sanguinarias intrigas palaciegas o revelar el mismo instinto político que se podía elogiar en cualquiera de los varones que rigieron los destinos del Imperio. Luego, los relatos sobre Mesalina se pueden leer como una metáfora del problema complejo y multifacético que siempre ha planteado la condición femenina a intelectuales y artistas; una tierra incógnita en la que andar a tientas, un núcleo opaco en torno al cual sólo se pueden tejer conjeturas e hipótesis.
Misógino, Juvenal, el poeta latino, la llamaba "meretriz imperial" y la ponía como ejemplo del atroz carácter femenino, con el fin de disuadir a su amigo Póstumo de contraer matrimonio.

 Y los antiguos atribuían a su comportamiento una característica rica para el psicoanálisis: Mesalina podía sentir cansancio, incluso hartazgo, pero nunca satisfacción.
La discrepancia que observa Castorio entre los especialistas en arte romano, que no consiguen ponerse de acuerdo acerca de cuál retrato le es más fiel, convierte a Mesalina en una mujer sin rostro. Rasgo absolutamente contemporáneo: quien no tiene una sola cara no tiene que cargar con una sola identidad. Y puede abrazar cien, o todas las que sienta que completan el poliedro de su alma.
V. CH.

miércoles, 4 de enero de 2017

LAS SELFIES; UN INVENTO IDIOTA DE ALGÚN PUSILÁNIME

Y NO SE OLVIDEN DE HACER "TROMPITA"...PARECEN TODAS MONAS EN CELO



Nada menos social e integrado al mundo

La palabra inglesa self significa yo, ego (en el sentido psicológico) o auto (de autoservicio, autoabastecimiento, automantenimiento). Pero en inglés, o en cualquier idioma, las palabras fundamentales nunca están solas, sueltas, aisladas. Existen en pares de opuestos complementarios, y sólo entonces cobran significado. Esto explicaba el filósofo austríaco-israelí Martín Buber (1878-1965), uno de los grandes pensadores existencialistas del siglo XX. Se puede entender qué es luz si existe la palabra sombra, lo mismo ocurre con frío-calor, alto-bajo, duro-blando, bien-mal o vida-muerte por nombrar muy pocos ejemplos. Todo lenguaje es entendible desde la polaridad. Buber publicó en 1923 un pequeño y extraordinario tratado cuyo valor crece en el tiempo. Titulado sencillamente Yo y Tú, estudia la poderosa resonancia filosófica, moral y espiritual de ese par de palabras a las que consideraba primordiales.


Las palabras primordiales, explicaba Buber, no significan cosas. Designan relaciones. Y la relación entre un Yo y un Tú funda la experiencia humana, que es impensable sin ella. Una vez dichas estas palabras empieza la existencia, escribía. Cuando digo Yo, creo un Tú y simultáneamente me convierto en el Tú de quien está ante mí, conmigo. No se puede ser Yo sin ser Tú, y viceversa. Para este pensador fundamental, Yo-Tú son una única palabra. Indivisible. Incomprensible si se la desgaja. Y esta palabra, afirmaba, sólo puede ser dicha con la totalidad del ser.
Sería interesante observar la reacción de Martin Buber si resucitara en estos años del siglo XXI, en plena era de las selfies, cuando las personas no cesan de mirarse a sí mismas a través de todos los espejos posibles, como si dudaran de su propia existencia. Espejos que, en realidad, son pantallas (de celulares, computadoras, notebooks, tablets) donde el otro (el Tú) no se refleja. Todo es Yo. Comiendo en tal lugar, bañándome, parado en la cima de una montaña, en la playa, despertándome, mostrando mis tatuajes, abrazando a mi perro, comprándome ropa, subiendo al avión, bajando del avión. La recomendable serie televisiva inglesa Black Mirror muestra con agudeza e inteligencia la profunda angustia existencial que destila esa cultura de autorreferencia. Lo hace desde su título. El espejo oscuro a que aluden las palabras black mirror, es ese en el cual nada se refleja salvo una soledad creciente, un aislamiento supuestamente glamoroso, el vacío infinito que deja la ausencia del otro en un mundo cada vez más virtual.


Es curioso que la fiebre de la autofoto (donde cada quien se mira a sí mismo y ya no es necesaria la mirada de otro ser humano, basta la del artefacto) haya aumentado al calor de las redes sociales. Nada menos social, menos integrado al mundo, que la conducta narcisista que campea en tales redes. Y acaso haya sido Narciso, el personaje mitológico que, arrobado por su propia belleza ignoraba a los demás, el precursor de las selfies. Así rechazó el amor de la ninfa Eco que, despechada, pidió a Némesis, diosa de la venganza, que castigara la soberbia de Narciso. Esta lo condenó a amarse sólo a sí mismo. Y, enamorado de su propia imagen reflejada en las aguas del río Estigia (un black mirror, una pantalla), se acercó tanto a ellas que cayó y se ahogó.



Se podría decir que Narciso pretendió un Yo sin Tú, quiso eliminar una sílaba esencial de la palabra primordial que funda y sostiene la existencia humana. Acaso no haya imagen más fiel de nosotros mismos que aquella que nos devuelven los otros con su mirada, su palabra y su presencia. Los otros reales, los de carne y hueso. Es en ellos, y no en memorias virtuales y algorítmicas, en quienes quedarán las huellas y el sentido de nuestra existencia.

S. S.