La primera víctima del populismo no es la democracia ni es la república. La primera víctima del populismo es el fundamento sobre el que se asientan la democracia y la república: la racionalidad. La racionalidad, la idea de que la realidad es comprensible por la inteligencia y de que el ser humano es capaz de describirla coherentemente y comunicarla a sus semejantes, es siempre la primera baja en la larga guerra del populismo contra la realidad, que –como dijo el sabio y repitió el general– es la única verdad.


El resultado es lo que tenemos. Filminas truchas. Falopa en ambulancias. Declaraciones de malestar de medio mundo. Homenajes del Gobierno a sus víctimas. Azafatas que lloran en aviones cuyo despegue transmite Víctor Hugo. Payasas en conferencias de prensa en las que anuncian miles de muertos. Queridas posibilitadoras de milagros. Plantaciones de perejil a la sombra de los eucaliptos. Moyano y Formosa como modelos. Sesiones de Diputados interrumpidas para aplaudir un gol de hace 35 años. Velorios de futbolistas en la Casa de Gobierno. Condenas abreviadas por tocar el ukelele. Descensos de categoría, de a dos. Fideos con gorgojos a precio de caviar. Y el consumo de carne más bajo de la historia, obtenido por quienes triunfaron prometiendo la vuelta del asado. Ni pan, ni circo, ni Roma. Teatro del grotesco y polenta nacional y popular.

Los que venían a solucionarlo todo lo empeoraron todo y carecen de soluciones para todo; por eso no se dedican a gobernar, sino a señalar chivos expiatorios: la culpa del desastre económico es de Macri; la del desastre sanitario, de los runners; de que no haya vacunas, de las multinacionales; de que la gente no pueda salir a ganarse el pan, de la pandemia, y de que nuestros chicos hayan perdido dos años de clases, de las mamis del chat, que no respetan la distancia social en la puerta de las escuelas.

Por supuesto, al cuarto gobierno peronista K no le hace falta fundamentar sus afirmaciones, abundantemente desmentidas por los hechos, ya que no apela a la inteligencia de quienes lo escuchan, sino a su necesidad de encontrar una razón a tanto dolor. La política como religión y el peronismo como doctrina de salvación de las almas, en medio de la peor crisis económica, sanitaria, educativa e institucional del país. Un desastre solo comparable al causado por otro gobierno peronista que llegó al poder con abrumador apoyo popular y terminó costando miles de vidas: el que parió la batalla entre Montoneros y la Triple A, hundió la economía y dejó las puertas abiertas a la peor de las dictaduras. Al kirchnerismo le gustaban tanto los 70 que los trajeron de vuelta. Otra Argentina dividida, empobrecida y aislada como las que suelen dejar los únicos que pueden gobernar este país condenado al éxito. ¿Qué podía salir mal?
Que Dios no permita que veamos nuevamente el insensato e inmisericorde desastre ruso, solía decir el gran Pushkin. Que Dios no lo permita aquí tampoco, porque se repiten hoy en modo de farsa los ingredientes de aquella tragedia. Un títere en la presidencia. El verdadero poder, en otro lado. Un plan económico incubador de rodrigazos. Un gabinete de incompetentes partido por su propia grieta. Un gobierno desquiciado y un país fuera de quicio. Y sobre todo, brujos y aprendices de brujo que llegaron pretendiendo ser un gobierno de científicos y hoy toman decisiones sobre la base del estudio de las cartas astrales que reparte por la Casa de Gobierno la secretaria legal y técnica de la Nación.
La locura es total. Deberían esculpir la frase en el frontispicio de la Casa Rosada y las puertas de los ministerios. Le pondrían así un sello distintivo a ese innovador modelo discursivo y decisional cuyo advenimiento anunciaron las profetas de Palermo Trotsky y que terminó siendo una epopeya macarrónica del horror. Y, sin embargo, por detrás de las barrabasadas escondidas entre una manada de barrabasadas, se dejan ver los puntos sólidos del programa: el ataque a la Justicia por Cristina y el copamiento del Estado por La Cámpora. El insensato e inmisericorde desastre peronista-kirchnerista, cuarta temporada. De nosotros depende que no haya más.
Que Dios no permita que veamos nuevamente el insensato e inmisericorde desastre ruso, solía decir el gran Pushkin. Que Dios no lo permita aquí tampoco, porque se repiten hoy en modo de farsa los ingredientes de aquella tragedia. Un títere en la presidencia. El verdadero poder, en otro lado. Un plan económico incubador de rodrigazos. Un gabinete de incompetentes partido por su propia grieta. Un gobierno desquiciado y un país fuera de quicio. Y sobre todo, brujos y aprendices de brujo que llegaron pretendiendo ser un gobierno de científicos y hoy toman decisiones sobre la base del estudio de las cartas astrales que reparte por la Casa de Gobierno la secretaria legal y técnica de la Nación.
La locura es total. Deberían esculpir la frase en el frontispicio de la Casa Rosada y las puertas de los ministerios. Le pondrían así un sello distintivo a ese innovador modelo discursivo y decisional cuyo advenimiento anunciaron las profetas de Palermo Trotsky y que terminó siendo una epopeya macarrónica del horror. Y, sin embargo, por detrás de las barrabasadas escondidas entre una manada de barrabasadas, se dejan ver los puntos sólidos del programa: el ataque a la Justicia por Cristina y el copamiento del Estado por La Cámpora. El insensato e inmisericorde desastre peronista-kirchnerista, cuarta temporada. De nosotros depende que no haya más.
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