sábado, 9 de abril de 2022

DIOS BENDIGA A UCRANIA


Regreso a Kiev, la capital que aún respira la guerra
Las tropas invasoras no lograron entrar pese al brutal cerco en el norte
Elisabetta PiquéDestrucción en el norte de Kiev
KIEV.– Me había ido en la gélida mañana del 3 de marzo. Kiev era una ciudad fantasma, militarizada, en guerra, bajo sitio, donde sonaban todo el tiempo las sirenas que indicaban que había que bajar a los refugios por los bombardeos, donde los estruendos a lo lejos hacían temblar las paredes, donde había miedo a un asalto del Ejército ruso. Volví un mes y tres días después y reina un silencio impactante. Una ciudad que sigue siendo fantasma, militarizada, plagada de checkpoints.
Sus edificios están rodeados de bolsas de arena; las avenidas, marcadas por obstáculos antitanques –los denominados erizos checos–, con las vidrieras tapiadas con láminas de madera, pero que ya no está bajo sitio. Kiev ya no es una ciudad en guerra, sino la capital de un país que sigue en guerra. Una ciudad que después de casi seis semanas de terror, encuentra algo de alivio.
“Kiev está empezando a vivir, hay gente que está empezando a volver, algunos cafés y algunos restaurantes empiezan a reabrir sus puertas porque las tropas rusas se fueron”, dice Andrei, el conserje del hotel al que llegamos pasadas las 18. “La gente tiene que trabajar, ganar dinero y volver a vivir su vida de siempre”, agrega este joven, de 27 años.
“Desde el 2 de abril, las sirenas que advierten de ataques aéreos suenan una vez al día. Antes del 2 de abril, sonaban al menos diez veces por día. Desde que se retiraron las fuerzas rusas de esta zona, está todo ok”, asegura. “Ya no se oyen explosiones de misiles ni de artillería, la situación ha cambiado dramáticamente: la gente está volviendo”, insiste Andrei, que forma parte de esa mitad de la población de esta capital que se ha quedado pese al brutal asedio ruso y el miedo.
Llegar a Kiev desde Odessa, que queda menos de 500 kilómetros al sur, es mucho menos difícil de lo que uno puede imaginarse. Si bien la idea era viajar hasta aquí en tren, el medio más seguro, ya no había lugares disponibles, fiel reflejo de que hay gente que está regresando porque los rusos ya no están.
Como otros colegas nos habían contado que no habían tenido problemas en la ruta y que se tardaba menos tiempo, también decidimos optar por el automóvil.
A bordo de un Dacia Logan manejado por Oleg, taxista de 32 años de Odessa, llegamos a Kiev en menos de seis horas, recorriendo la M05, una autopista de cuatro carriles en perfecto estado porque nunca hubo combates en esta zona centro occidental de Ucrania.
En verdad, solo la existencia de decenas de controles marcados por barricadas y trincheras con la bandera ucraniana amarilla y celeste, bloques de cemento, redes de camuflaje, ametralladoras, recuerdan que hay una guerra en curso. En los controles, soldados con chaleco antibalas, casco y Kalashnikov controlan rigurosamente la acreditación del Ministerio de Defensa, indispensable para moverse. En el camino, con poco tránsito, se ven camiones que transportan mercancías, vehículos militares, algunas ambulancias, autos particulares y algunas 4x4 blancas con chapa diplomática y el logo celeste de las Naciones Unidas.
Controles
Al acercarnos a Kiev, los chekpoints se van multiplicando. Se ven al mismo tiempo bosques, fábricas, zonas de esparcimiento, como el Texas Ranch Steak House, donde no hay un alma. Impresiona ver decenas y decenas de localidades fantasma, donde todo parece haber quedado detenido el 23 de febrero, el día anterior al comienzo de la guerra insensata de Vladimir Putin que puso en vilo al mundo.
No hay señales de guerra o destrucción, salvo un auto totalmente abollado, abandonado cerca de unos bloques de cemento de una de las miles de barricadas, que ha sido evidentemente víctima de un accidente, no de un bombardeo.
Queda claro que las tropas rusas nunca llegaron a la zona sur de la capital, sino que esa famosa columna de más de 70 kilómetros de blindados que ingresó en los primeros días de guerra desde Bielorrusia, aterrando a todo el mundo, finalmente se detuvo en las zonas al norte de Kiev. Esas zonas que hoy están conmocionando al mundo, donde soldados rusos y bielorrusos, como denuncian, cometieron espantosos crímenes de guerra y sembraron muerte, destrucción, violencia.
Al atravesar esos barrios de la periferia sur donde tampoco hay nadie, pero donde tampoco hay ruinas, sino que se ven las típicas casas de campo ordenadas, edificios, palacios, intactos, uno reflexiona sobre el destino. Quienes por casualidad vivían en Bucha, Irpin y demás localidades al norte de Kiev, se enfrentaron con la peor brutalidad de la que es capaz el ser humano. Quienes vivían en esta zona sur ahora desierta pero intacta tenían deparado otro destino.
Ya en Kiev, ciudad aún militarizada y repleta de barricadas, al costado de la avenida comienzan a verse carteles rojos que dicen “cuidado, minas”. Al mismo tiempo, se observan algunos hombres, mujeres y chicos. Varios pasean alrededor de un lago artificial de un parque del barrio de Holosiv.
Como esa mañana del 24 de febrero que comenzó la guerra, cuando me había llamado la atención que había una florería abierta, entre diversos kioscos cerrados veo uno abierto que vende tulipanes. Tampoco hay destrucción en el centro, donde se levantan intactos y en todo su esplendor el inmaculado estadio olímpico de Kiev, el Teatro Ukrania y el antiguo edificio color ladrillo de la Universidad Nacional Taras Shvchenko. Los semáforos funcionan y llama la atención la limpieza de las calles semidesiertas, donde impera un clima totalmente distinto al de hace un mes.
“El presidente ruso está totalmente loco, nadie sabe qué planes tiene en la cabeza, pero la verdad es que su Ejército ya se retiró y no creo que vuelva de nuevo a Kiev”, dice Andrei, el conserje del hotel, con ojos llenos de esperanza. “Si uno quiere tomar una ciudad tiene que luchar hasta el final, no se retira como hicieron los rusos”, agrega este joven, que está convencido de que la batalla final de esta guerra que hoy cumple seis semanas se librará en la disputada región del Donbass, en el sudeste de esta ex república soviética hoy bajo la lupa del mundo.
¿Cuándo cree Andrei que terminará esta guerra? “Todos quieren que termine lo antes posible, pero para mí quizás en un mes o dos”. ¿Cómo terminará? “Nosotros vamos a ganar, estamos más unidos que nunca y todos apoyamos a nuestro presidente, que es muy valiente y que nadie pensó que fuera tan valiente”, contesta.
Cuando me fui de Kiev con sentimientos encontrados la mañana fría del 3 de marzo pasado, el último abrazo me lo dio Edward, taxista que me acompañó, en medio de un clima de máxima tensión y terror por un asalto inminente que nunca llegó, hasta el lugar de donde partía un convoy que estaba evacuando. Entonces Edward me dijo que estaba listo para sumarse al Ejército ucraniano para combatir contra el invasor. Al regresar a Kiev después de un mes, Edward, con quien siempre me mantuve en contacto, pasó por el hotel para darme un abrazo de bienvenida. Ya no es taxista: vino vestido con su uniforme mimetizado militar y sus armas porque se sumó al Ejército de su país y, como todos los ucranianos, ahora es un soldado.

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