martes, 5 de abril de 2022

NO CONVENCE LA TERAPIA DE GRUPO


La calle no quiere hacer terapia de grupo
La ausencia de Pablo Moyano en los encuentros entre empresarios, sindicalistas y dirigentes sociales pone un signo de interrogación a los acuerdos impulsados por el Presidente
Francisco Olivera
Si hubiera participado, Pablo Moyano podría haber tensado la conversación con algún reclamo adicional. Pero el líder camionero no estuvo el lunes en la sede de Sanidad, donde el Gobierno, la CGT y la Unión Industrial Argentina (UIA) se reunieron durante largo rato y en buenos términos. “¿Por qué no buscamos el camino del diálogo?”, propuso Alberto Fernández, e inició así una serie de contactos que se repetirían horas después y terminarían, anteayer, en la firma de un acuerdo de concertación en el Ministerio de Economía. Dicen los empresarios que hasta Roberto Feletti abandonó esta semana sus obsesiones con los formadores de precios y los monopolios y que parecía otra persona el martes en el CCK, en el encuentro del Consejo Económico y Social.

¿La terapia de grupo empezó a dar frutos? En realidad, no necesariamente: la ausencia de Moyano limita los alcances de tanta dulzura. Es cierto que el acta firmada no representa más que una formalidad. Un compendio de obviedades que recuerda aquella propuesta irónica de Serrat para los políticos: un “tratado de amistad que contribuya a poner los cimientos de una plataforma donde edificar un hermoso futuro de amor y paz”. Sobre la inflación, por ejemplo, el apartado 5 del acuerdo dice: “Es necesario redoblar los esfuerzos para afrontar esta problemática de manera coordinada entre el Gobierno y los sectores empresarios y sindicales, para poder arribar a soluciones consensuadas que propongan soluciones diferentes a las instrumentadas en el pasado”. Pero que Moyano, integrante del triunvirato de la CGT, no haya estado presente en ninguno de estos encuentros es un agujero institucional que pone en duda todo, hasta el futuro de la central de trabajadores.
Para sus pares no hay ninguna novedad. Dicen que el camionero es inconstante, que tiene poca paciencia y que explota ante la menor disidencia. Omar Maturano, secretario general de La Fraternidad, lo vaticinó en noviembre, en una entrevista con Ámbito Financiero. “¿Hacemos una apuesta? El triunvirato no dura seis meses. No llega a marzo”, dijo.
¿Se apresuraba? Lo determinará cada movimiento. Después del faltazo del lunes, Moyano se sacó una foto con Máximo Kirchner, uno de los oficialistas más críticos de Alberto Fernández. Fue una reconciliación: venían enemistados desde la campaña por las listas. La imagen, publicada en las redes sociales de Camioneros, los muestra sonrientes y haciendo la V con los dedos en una charla que, según otros asistentes, abarcó desde el PJ bonaerense y el acuerdo con el FMI hasta la inflación y la crisis en general. Ya piensan en un gran acto en conjunto. ¿Quieren incomodar a Alberto Fernández? “Pablo está muy camporizado”, se limitaron a contestar en el entorno presidencial, desde donde probablemente haya salido una jugada para atenuar el impacto: ayer, según publicó en Twitter el periodista Mariano Martín, el jefe del Estado recibió al camionero en la Casa Rosada.
Moyano hijo está inquieto por sus causas judiciales. Esta perturbación, que admite en privado y que condiciona sus pasos, es más relevante que sus afinidades y desdenes. Aunque con La Cámpora comparta algunas cuestiones conceptuales, como el rechazo al acuerdo con el FMI y la visión de futuro: tanto sus seguidores como los de Máximo Kirchner están convencidos de que la conductora del espacio es la vicepresidenta.
“¿Viste la foto de Cristina con el embajador? Ahí está el poder”, advirtieron a este diario cerca del camionero, donde dan por descontado que viene una etapa de ajuste. El trazado de esa proyección tiene sorprendentes coincidencias con el Instituto Patria: al momento de analizar la crisis, el sindicalismo de Moyano recuerda el acto de diciembre de 2020 en La Plata que hoy suena a profecía, aquel de los funcionarios que no funcionan, cuando Cristina Kirchner pedía alinear precios, salarios y tarifas. “Así nos fue”, podrían concluir todos a coro.
Nadie duda de que lo que queda de mandato es complicado. La inflación de marzo volverá a estar bastante por arriba del 4% y las últimas protestas muestran que se instaló en los sectores de menores recursos el mismo modo de reclamar, la calle. Allí donde hay una necesidad, hay un piquete. Para el Gobierno es un dilema explosivo. Decidido a no reprimir, parece haber entendido al mismo tiempo que cada bloqueo le resta adherentes. Un sondeo del politólogo Patricio Hernández por las interacciones en redes sociales sobre el acampe de 48 horas en la 9 de Julio indica que el 90,5% de los usuarios está en contra de la forma en que se protestó. Otra encuesta de Tres Punto Zero dice que el 65,2% de los consultados están “de acuerdo” o “muy de acuerdo” con que el ministro Juan Zabaleta no amplíe la base de beneficiarios de subsidios. Sin embargo, lo que en cualquier fuerza política tradicional sería una hoja de ruta sencilla de seguir resulta para el Frente de Todos una encrucijada. Primero, por la pérdida de confianza: un trabajo de Analía del Franco Consultores advierte que incluso el 58% de los que votaron en 2019 a Alberto Fernández considera improbable que el Gobierno optimice los planes sociales. Y en segundo lugar por las objeciones dentro del propio espacio: la Casa Rosada tuvo que resolver cómo reaccionaba frente a la protesta mientras veía por televisión a Juan Grabois entre las carpas. ¿Qué pasaría en el futuro si, por ejemplo, se sumaran Moyano y La Cámpora? “Máximo tiene capacidad de daño… De daño a Alberto”, anticipó con ironía alguien del entorno presidencial.
El peronismo tradicional no termina de habituarse a la lógica del bullying. El miércoles, antes de que comenzara la reunión con Eduardo de Pedro para respaldar al Gobierno en la discusión con Rodríguez Larreta por la coparticipación, un gobernador se sorprendió al ver que allegados al ministro del Interior convencían de retirarse a Gustavo Beliz, uno de los funcionarios de mayor confianza del Presidente y, en ese momento, objeto de críticas por sus comentarios sobre las redes y el bien común.
La anécdota no debería llamar tanto la atención. También Axel Kicillof se siente a veces subestimado por Máximo Kirchner, a su vez jefe del PJ bonaerense. “Le desarma todo, le mete gente”, le confió a un operador un ministro de la provincia. Parte de la conversación del miércoles entre el diputado y Moyano consistió en lo que pasa en ese territorio, donde el camionero acaba de recibir una mala noticia: la jueza de garantías de San Nicolás, María Eugenia Maiztegui, dispuso la detención de dos sindicalistas del gremio en una causa por presunta extorsión a Distribuidora Rey, una mayorista de San Pedro. Los acusados, Maximiliano Calabeyro, secretario general de Camioneros San Nicolás, y el sindicalista Fernando Espíndola, podrían ir a prisión si la cámara lo confirma.
Luego del fallo, que no tiene precedente en el sector, Moyano fue a la ciudad bonaerense a respaldar en persona a sus delegados. Les echó la culpa a Macri, al periodismo y a la Justicia. Son temas que lo desvelan bastante más que los acuerdos con empresarios. El problema del Consejo Económico y Social no es solo la generalidad con que expone sus nobles intenciones, sino que nunca consiguió incluir a quienes podrían pulverizarlas solo con quemar una cubierta o cruzar un camión.
En la calle no alcanza con el psicoanálisis
Que Moyano, integrante del triunvirato de la CGT, no haya estado presente en ninguno de estos encuentros es un agujero institucional que pone en duda todo

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