martes, 5 de abril de 2022

OBJETOS Y PSICOLOGÍA


Gotas de autorriego


¿La habré regado de más? ¿O de menos? Los amantes de las plantas suelen preocuparse por estas cuestiones esenciales para la vida que crece dentro de la maceta. Para terminar con las dudas, la gota autorriego ofrece una solución sencilla, económica y práctica. Se trata de un accesorio de vidrio redondo con un pequeño tubo que, al ser llenado, desprende el agua a medida que la tierra se va secando. Son ideales para irse de viaje sin el riesgo de que a la vuelta solo encontremos hojas mustias. También pueden colocarse en las plantas que están en lugares incómodos para regar. Solo hay que hacer un pequeño agujero en la tierra, insertar la gota llena de agua, y listo. •

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El chiste y la cachetada
Miguel Espeche


Will Smith protagonizó el último eslabón de una escena muy cruda y de alto contenido simbólico que toca un dilema que todos hemos tenido y seguiremos teniendo: ¿cuándo hay que “reaccionar” ante una ofensa (si es que corresponde hacerlo)? ¿Y qué significa “ofender”?
El problema no es el humor sino el dolor. Si algo duele, no es bueno mofarse de ello ya que se demuestra de esa manera un especial desprecio por la circunstancia del otro. Somos dueños de nuestra herida y deberemos ver cómo sanarla, pero si en ella alguien mete el dedo para que duela más, bueno… de eso estamos hablando justamente.
La burla puede doler porque toca la herida, aunque no necesariamente la produzca. A su vez, la agresividad de ciertos humores corrosivos no define automáticamente una única respuesta “reparatoria”, por caso, la violencia vengadora. En eso podemos elegir y Will eligió la cachetada, si bien había otras actitudes posibles más eficaces y menos contraproducentes ya que la violencia física eclipsa otro tipo de violencias.
La alopecia, el sobrepeso, el origen social, la nacionalidad,
la tartamudez, la tendencia erótica, la estatura… la lista de lo que suele generar chistes sigue hasta el infinito. Roberto Moldavsky, por ejemplo, hace muy graciosos chistes sobre judíos (comunidad a la que él mismo pertenece), enfatizando rasgos y señalando tendencias de manera risueña, pero no lo hace sobre las heridas y dolores de esa comunidad. Con esto decimos que no es cuestión de evitar siempre hacer chistes, sino de identificar el espíritu con el cual se los hace y la condición anímica de quien los recibe.
A veces ser condescendientes es tan dañino como la ofensa o burla literal. Es como criticar que se señale con sorna una indignidad (“pobrecito, se burlan de él”), cuando no hay indignidad alguna y nadie es “pobrecito”. Tener dolores o condiciones difíciles no hace a nadie merecedor de lástima, pero sí de consideración y empatía.
El enojado Will tenía derecho a sentir lo que sintió, pero a partir de su sentir eligió una opción que complicó las cosas y se llevó todos los flashes.
Muchos dirán que hay demasiada susceptibilidad y que el humor “zarpado” es, justamente, una forma de evitar que se domestique el lenguaje con la insoportable corrección política. Hay razón en ello, si bien no exime de pensar que el clima de burla como cultura de intercambio termina siendo similar a lo que en las aulas y oficinas llaman bullying, que impregna de miedo los espacios y aprisiona a todos los involucrados.
Si la cachetada de Will estimuló a que se recapacite sobre la cuestión, al menos habrá servido para algo, más allá de que hubiéramos preferido que tanto él como su compañera eligieran, para salir de la encerrona, opciones más serenas, pero tanto o más firmes que la literalidad del golpe.•

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