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viernes, 3 de marzo de 2023

DOLOR, ADMIRACIÓN, DESPEDIMOS A MARÍA ONETTO


MARÍA ONETTO. UN TALENTO SINGULAR
Actriz querida por todos, dejó su huella en el teatro, la televisión y el cine; su último trabajo, por estrenarse, fue en la serie sobre Ringo Bonavena
Alejandro CruzMaría Onetto tenía 56 años
La noticia cruda dice lo siguiente: María Onetto fue encontrada muerta ayer en su domicilio. La actriz, de 56 años, según pudo saber la nacion, venía atravesando un cuadro depresivo luego de la muerte de su madre y fue hallada sin vida por su cuñado, Bernardo Ramírez.
Uno de sus trabajos imposibles de olvidar fue la obra Nunca estuviste tan adorable, de Javier Daulte, que luego tuvo su versión en cine.
El reconocimiento de parte del mapa del circuito alternativo ya le había llegado cuando protagonizó La escala humana, una obra maravillosa estrenada en el actual Espacio Callejón, escrita y dirigida por Daulte, Rafael Spregelburd y Alejandro Tantanian.
Ese espectáculo demoledor “me abrió el paso a la televisión”, reconocería tiempo después Onetto. Un tránsito que fue, como se lo merecía, a lo grande: Montecristo, el éxito televisivo que protagonizaron Pablo Echarri y Paola Krum. Y tras cartón, el cine. Nuevamente, como se lo merecía, a lo grande: La mujer sin cabeza, la gran película de Lucrecia Martel.
En su constante compromiso con la actividad teatral, en su modo de desplazarse por escenarios y estudios de grabación, la gran María Onetto pasó de ser la madre serial asesina de La escala humana a una de las atormentadas hermanas de La casa de Bernarda Alba, que dirigió Vivi Tellas en el San Martín.
Y de la mujer sin respuestas interiores de la película de Martel a la que guardaba los misterios más ocultos de Montecristo o la que intentaba elaborar los secretos de Cecilia Roth en Tratame bien. “Las elecciones pasan por probar otras zonas de la actuación”, decía ella, la que nunca pasaba inadvertida.
A los 17 años, siguiendo la influencia de su hermana mayor, empezó a estudiar Psicología en la UBA. Gracias a un novio empezó a estudiar actuación y se anotó en la escuela de Hugo Midón. En 1991, llegó por primera vez al Sportivo Teatral, la escuela/teatro de Ricardo Bartís, figura clave de la escena en aquellos tiempos. Y allí descubrió que ella, hija del rigor, era ideal para ese profesor que le exigía todo.
“Descubrí que ser actor en lo de Bartís era peor que ser médico cirujano. Era a todo o nada. Era desafiante su manera de dar clases porque pocas veces algo estaba bien, o muy bien. Y empecé a darme cuenta de que ese mundo era muy potente. En la vida tenía que trabajar para no ser tan intensa, tan hipersensible, o estar tan pendiente de las personas. Pero esta hipersensibilidad mía ahí tenía un lugar (...). Aunque yo, la verdad, no quería ser actriz. Desde que empecé a tomar clases con Midón hasta que se empezó a desarrollar ese deseo habrán pasado como trece años”, contó en aquella oportunidad.
Del Sportivo se fue en 1996 con la decisión de no ser actriz. Por suerte para todos, cambió de opinión. A los seis meses de aquella partida la llamó Rafael Spregelburd para hacer Arrastrando la cruz. Hasta ayer, que se conoció la noticia de su muerte, no paró. Uno de sus grandes trabajos fue junto a Alfredo Alcón, en Muerte de un viajante.
Como es previsible para un mujer tan reflexiva, ella tenía su visión sobre sí misma :“Creo que soy rebelde,pero mi rebeldía no es roncar oler a, sino más íntima. Me apoyo en una frase de Kant: ‘libremente cautivo’, quiero estar cautiva y ahí ser libre. Siempre pienso la suerte que tuve de ser parte de esa generación: Spregelburd, Tantanián, Daulte, Wehbi, Bartís, lo que era el Sportivo… un hervidero, salió mucha gente de ahí, ideológicamente bien formada para el teatro”, afirmó mientras hacía La persona deprimida, título que hoy adquiere múltiples interpretaciones, que dirigió Daniel Veronese. Fue en la misma temporada que hizo Potestad, la obra de Tato Pavlovsky en puesta de Norman Briski. Su último trabajo en teatro fue
Bodas de sangre, según la puesta de Vivi Tellas, que se estrenó en el San Martín. Del numeroso elenco, era la única que volvía a un texto de García Lorca dirigido por Tellas en la misma sala luego de aquel montaje emblemático sobre Bernarda Alba. “Mi personaje tiene algo de ser la fuerza trágica de la obra, es la que la anuncia o la intuye desde el principio. Dentro de su cosa conservadora y machista, el papel de la madre tiene su lado vulnerable. En cierto sentido podría ser una Madre de Plaza de Mayo porque vive atravesada por los muertos de sus seres queridos y tiene temor que muera su hijo. La obra reflexiona sobre los mandatos, los mandatos del deseo, sobre las fricciones entre la necesidad, el deseo y la obligación”, analizaba en aquel encuentro en que estuvo acompañada por Nicolás Goldschmidt y Miranda de la Serna.
Por extrañas paradojas, él venía de hacer de Maradona en la serie Sueño bendito. Pronto se la podrá ver en Ringo, la serie basada en la vida de Bonavena.•

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

jueves, 29 de marzo de 2018

ARTE- DOLOR: LA GUERRA DE COLOMBIA


Una muestra que viaja hasta el dolor de la guerra en Colombia
Erica Diettes, artista visual colombiana, expone por primera vez su obra en la Argentina
"Relicarios" es una obra "en duelo". Eso asegura Ileana Dieguez, investigadora de la Universidad Autónima Metropolitana de la Ciudad de México en el programa de mano que puede encontrar cada asistente que se acerque a esta notable muestra montada en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti(Avenida del Libertador 8151) que se podrá visitar, con entrada libre y gratuita, hasta el 20 de mayo.
 Gentileza Centro Cultural Haroldo Conti
Es una buena definición para esta instalación de 165 cubos de tripolímero de caucho, de 30 x 30 x 12 centímetros cada uno, que atesoran diferentes testimonios de la inusitada violencia provocada por una guerra interna que duró cincuenta años en Colombia. A cargo de la curadora Luciana Delfabro, la exposición se lleva a cabo en el marco de la Conferencia Internacional sobre Archivos y Derechos Humanos en Argentina, organizada por el Centro Internacional para la Promoción de los Derechos Humanos (CIPDH, Argentina), Swisspeace (Suiza) y el Centro Nacional de Memoria Histórica (Colombia).
El costoso proceso de paz que el presidente Juan Manuel Santos acordó con los líderes de las FARC en 2016 después de una serie de diálogos llevados a cabo en Oslo y La Habana parece estar encaminado, a pesar del resultado del plebiscito de ese mismo año, en el que ganó la postura de quienes lo cuestionaban. Uno de los asuntos más conflictivos es el de la determinación concreta de quiénes pueden catalogarse como "víctimas" de los enfrentamientos armados que sacudieron al país durante tantos años y en el que claramente la guerrilla, el Estado y los paramilitares apelaron a la violencia como argumento.
Fotografías y documentos también forman parte de la muestra Gentileza Centro Cultural Haroldo Conti
"Yo trabajé varios años con víctimas y dolientes del conflicto armado. Estuve muy cerca de familiares de personas desaparecidas y de gente que ha sufrido homicidios, secuestros, violencia sexual y otros tipos de abusos", cuenta Erika Diettes, la autora de "Relicarios", artista visual y comunicadora social recibida en Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Hija de un general retirado de la Policía colombiana, sufrió de muy cerca el horror. Su padre estaba en servicio activo en la época en la que el famoso narcotraficante Pablo Escobar les puso precio a las cabezas de los varios hombres de las fuerza de seguridad de su país. "Hoy eso parece un chiste de la serie Narcos, pero fue verdad. Crecí en un país muy violento y aterrorizada por el destino de mi familia", asegura Diettes, quien también vivió un tiempo en los Estados Unidos, cuando su padre fue asignado como agregado policial en la Embajada de Colombia en Washington. "Cuando volvimos a Colombia nos enteramos por la televisión que el hermano mayor de mi madre, que era abogado y director de una prisión, había sido asesinado en un atentado perpetrado por la guerrilla. Yo tenia 17 años y quedé realmente muy impactada. No es fácil crecer en un ambiente donde el miedo es lo más normal".
"Relicarios" fue inaugurada originalmente en el Museo de Antioquia justo en la época en la que el plebiscito de 2016 determinó que la mayoría de los colombianos (por un margen muy pequeño, es cierto) que votaron no estaban de acuerdo con las condiciones que se habían establecido para el acuerdo de paz. Antioquia es un departamento del noroeste de Colombia donde el "No" se impuso con claridad.
Vestidos, zapatos y objetos de uso personal cotidiano que entregaron sobrevivientes de la violencia en Colombia se exhiben embalsamados Gentileza Centro Cultural Haroldo Conti
El largo y comprometido trabajo de Diettes dio como resultado una especie de cartografía del dolor que embargó a personas de todo el territorio colombiano que vivieron intensamente los asesinatos, las desapariciones, los secuestros y los reclutamientos forzados que fueron moneda corriente desde los años 60 hasta no hace mucho. La artista recogió vestidos, zapatos, fotografías, documentos y objetos de uso personal cotidiano (cepillos de dientes, peines, hebillas) que le entregaron sobrevivientes de una violencia que se transformó en tragedia colectiva. "Cada relicario es el recuerdo de una vida, de alguien que hizo algo en la vida", sintetizo muy bien uno de esos familiares. "Es como un entierro simbólico", sostuvo otro.
Todos los objetos fueron embalsamados, inicialmente protegidos por una primera capa que ayuda a conservarlos en buen estado. "Configuran un escenario de duelo público ante el cual se impone el deseo de que todos esos cuerpos que ya no están puedan ser recordados y despedidos", razona la profesora Dieguez.
"Llevo muchos años trabajando con grupos de víctimas y dolientes -revela Diettes-. "Relicarios" es la consecuencia de obras anteriores como "Río abajo", que recogía testimonios de familiares de personas desaparecidas que me prestaban algún objeto de sus seres queridos, y "Sudarios", una serie de veinte retratos de mujeres que fueron testigos de distintas masacres. Esas mujeres fueron obligadas a ver la muerte y la tortura de sus seres queridos porque la idea era aleccionar a la población. Son todas historias muy conmovedoras. Una de las mujeres que colaboró con Relicarios guardaba la camisa que llevaba puesta su marido cuando fue asesinado por la guerrilla. Estaba llena de sangre. Y también había conservado durante años los cascos de las balas escondidos dentro de una almohada. Cuando decidió participar, lavó las prendas y sacó las balas y me entregó todo. Obviamente todo este proceso se hizo con el apoyo de especialistas en apoyo psicosocial y trabajo de duelo como Nadis Londoño. Trabajar en los territorios del dolor todo es un desafío".

A. L.

sábado, 2 de diciembre de 2017

AUTOLESIONES....GRITOS MUDOS DE ANGUSTIA


Llamémosla Marina, por preservar su intimidad. Tiene 15 años, es buena alumna, adora la música. Viste como visten las chicas de su edad: entre el desparpajo y el juego, entre la moda de no estar a la moda y el descubrimiento de sí misma. Lleva siempre, no importa el tiempo que haga, mangas largas. Las luce con gracia. Con elástica displicencia, como si nada. Como si nadie fuera a preguntarle, nunca, qué son las cicatrices que esconde con géneros más o menos gruesos según el momento del año.


Por razones difíciles de entender, Marina se lastima a sí misma. En la intimidad de su cuarto, toma objetos punzantes y traza pequeños surcos sobre la piel. No son piercings, ni tatuajes, ni nada ligado con la estética o la provocación. Son señales; mapas de un dolor que no puede encontrar palabras.
Como bien saben psicopedagogos, docentes y otros profesionales habituados a tratar con adolescentes, los casos de chicos y chicas que se autolesionan son más frecuentes de lo uno podría suponer. En cuanto a Marina, tampoco es la única que lo hace en su familia.

Camila, su prima, mujer hecha y derecha, profesional y a todas luces exitosa, me confió su mayor secreto: cuando la presión la desborda -una angustia sin nombre que amenaza desgarrarla por dentro- se encierra donde sea y se muerde los nudillos, antebrazos, extremos de la mano. A diferencia de su sobrina, algo puede explicar de esos arrebatos: "Si no lo hiciera, terminaría gritando. Pero gritando tanto...", asegura. Nombra lo que, supone, la arrasa: estrés. El momento en que el barómetro del día a día entra en zona roja y algo dentro de sí vocifera que ya no puede más.
"Cosas de la edad", me cuenta que desdramatizó el padre de Marina al descubrir los brazos lastimados de la adolescente. "Cosas de la edad", ironiza con algo de amargura Camila, mientras se toma el ansiolítico de turno. "Privatización del estrés", pienso yo, recordando la idea que trabaja el británico Mark Fisher en su libro Realismo capitalista. Además de escritor, crítico y colaborar de medios como Sight & Sound, Fisher -fallecido a principios de este año- daba clases en escuelas secundarias de su país. Y observaba, pasmado, los elevados índices de depresión entre un alumnado del que podían esperarse muchas reacciones menos apatía. 

Entre otras cosas, en su libro toma nota de la carrada de psicofármacos que marcan la vida de jóvenes y adultos occidentales, desesperados por encontrar la pastilla que les permita dormir, o los serene, o les facilite mayor concentración. Y concluye que, con todas sus variantes, de lo único que hablan estos cuadros es de un enorme sufrimiento psíquico. Sufrimiento cuyo origen no habría que buscar exclusivamente en el recorrido personal de cada quien, sino en los rasgos de toda una época. "Las causas sociales y políticas del estrés quedan de lado, mientras que, inversamente, el descontento se individualiza e interioriza", escribió, señalando lo que otros denominan "la sociedad del cansancio" o la de la "hiperindividualidad". Porque, si todo depende pura y exclusivamente de uno mismo, y desde esa soledad, hay que ser brillantes, innovadores, activos en redes, dueños de múltiples talentos, productivos, flexibles, solventes, acaparadores de likes y promotores de continuos éxitos laborales... en algún momento la maquinaria chirria y algo en la psiquis colapsa. Se quema. Burn out.


Curiosa especie, la nuestra. De un lado del mundo, un grupo de personas masacra a centenares de semejantes básicamente a causa de una leve diferencia en la interpretación del libro sagrado que todos, víctimas y victimarios, leen. Del otro lado del planeta, entre sofisticaciones y razones varias, una población de hámsteres gustosos compite por quién gira más rápido en la interminable rueda cotidiana. Algunos, a veces, gritan. Escucharlos sería un modo de paliar el absurdo.

D. F. I.

viernes, 17 de noviembre de 2017

EL ARTE Y EL DOLOR


EL GRITO
El grito

El grito. Óleo y pastel sobre cartón 91 x 73,5 cm. Edvard Munch 1893.
En la Galería Nacional de Oslo se exhibe El grito, una pintura que al observador le deja una sensación de inquietud y cierto grado de angustia. Arriba de un puente y en un primer plano se encuentra una figura de aspecto andrógino, cabeza redonda y tan calva que semeja una bola de billar, la nariz es solo un par de orificios en el rostro. Se cubre las orejas con las manos y con gesto aterrado lanza un grito desgarrador.
Sin duda el mayor logro de la obra es haber retratado un sonido, porque cualquiera que la observe deduce inmediatamente que el extraño personaje, de aspecto extraterrestre, está gritando. Hay quienes interpretan que el hombrecillo oye un grito o un alarido y se tapa los oídos con ambas manos para no escucharlo. Me quedo con la primer idea.
El cielo se presenta de gruesos trozos anaranjados con vetas de azul y amarillo y el puente y el resto del paisaje iluminados por una luz semioscura, aumentan la sensación siniestra del conjunto. La obra está catalogada como precursora del movimiento expresionista que surgiría con fuerza en Alemania pocas décadas más tarde. Para los académicos Munch con El grito sentó las bases del expresionismo.
¿Está señalando la figura la angustia existencial del hombre moderno en el momento de transición entre dos siglos, o es la expresión del alma atormentada del artista? En el fondo, se pueden apreciar dos figuras con sombrero ajenas a lo que ocurre con la figura principal que sí parece percibir las catástrofes que trae el siglo XX.
Munch se inspiró para pintar esta obra una tarde en que paseaba junto con dos amigos por un mirador de la colina Ekeberg, desde donde se podía apreciar el paisaje de Oslo. En 1891, en su diario Munch relata que ese día experimentó terribles sensaciones que las describió de esta manera: “iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho…Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí temblando de miedo y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza.”
Melancolía
El grito fue pintado durante la última década del siglo XIX, etapa en que Munch estaba pasando por un período depresivo porque pintó en forma sucesiva varios temas que tienen el mismo hilo conductor: la desesperanza, la tristeza y el tema de la muerte. En Melancolía la figura central es un hombre todo de negro, uno de los colores favoritos del artista, que sentado apoya la cabeza sobre su mano con gesto de tristeza. Da la impresión que no espera nada de la vida.
Hay tres cuadros de velatorios: Junto al lecho de muerte, Muerte en la habitación y Madre muerta con niña, donde se ve a los familiares con gesto de resignación y tristeza alrededor del pariente fallecido. Incluso el cuadro Atardecer en el paseo Karl Johann, está lejos de ser una escena animada como caracteriza a los pintores impresionistas cuando recrean los boulevardsparisinos. La escena es realmente deprimente porque la gente está caminando con una expresión de tristeza y resignación, como si se avecinara una catástrofe inevitable.

Atardecer en el paseo Karl Johann 1892. Colección Rasmus Meyer, Bergen
Finalmente está La desesperación, con el mismo fondo ambiental que El grito, pero en este caso la figura es un hombre con galera apoyado sobre la baranda del puente sin que se vea su rostro.
Es que Munch no tuvo la resiliencia suficiente para superar varios traumas de la infancia relacionados con la enfermedad y la muerte de sus seres queridos. Solía decir de sí mismo que así como Leonardo da Vinci había estudiado la anatomía humana y diseccionado cuerpos, el intentaba diseccionar almas. El problema es que lo hacía desde su propia perspectiva, su visión pesimista de la vida y de la sociedad. Él mismo lo sugirió al afirmar: “La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles que rodearon mi cuna y me siguieron durante toda mi vida.”
El grito y su mensaje obsesionaron a Munch, quizás porque percibió que constituía la mayor expresión de su alma y esto lo motivó a realizar 4 versiones, la más famosa terminada en 1893, se encuentra en la Galería Nacional de Oslo, Noruega; otras dos versiones figuran en el Museo Munch de la misma ciudad.
En 1994 fue robada la versión más famosa, dos hombres se introdujeron por una ventana del museo de Oslo y en menos de un minuto cortaron el cable que unía el cuadro a la pared y se lo llevaron. Tuvieron la cortesía de dejar una nota de humor irónico que rezaba: “gracias por la falta de seguridad”. La obra fue recuperada pocas semanas después, pero en 2004 ingresaron ladrones en el Museo Munch y se apoderaron de una de las versiones que recién después de 2 años se pudo recuperar.
El grito se ha convertido en un símbolo cultural y es una de las imágenes más difundidas en todo el mundo. Sobre la figura del personaje se han hecho copias, imitaciones y parodias de todo tipo.

Edvard Munch (1863-1944)
En Cristianía, hoy conocida como Oslo, la capital de Noruega, nació quien sería el padre del expresionismo, un movimiento que al ser demasiado adelantado para su época no fue apreciado por sus contemporáneos. La infancia de Munch no fue feliz, una hermana sufría de trastornos mentales, su madre murió de tuberculosis cuando él tenía 5 años y durante su adolescencia la misma enfermedad, que en Noruega hacía estragos, se llevó a su hermana con quien tenía una entrañable relación.

La niña enferma. Galería Nacional de Oslo
Esta muerte impactó de tal forma en su vida que uno de sus primeros cuadros se llamó La niña enferma, una adolescente sentada en la cama y apoyada en una gran almohada, vuelve el rostro hacia un lado donde, casi a sus pies, hay una mujer sentada o arrodillada. La mujer tiene la cabeza inclinada y no se puede reconocer su cara. En una época del arte donde el detallismo era primordial, el cuadro de Munch parecía inacabado.
Munch presentó su obra en 1886 durante la Exposición de Otoño en Cristianía y causó revuelo e indignación, por la impertinencia de exponer un cuadro cuyos elementos principales eran solo esbozos. La mano izquierda de la enferma tiene los dedos sin terminar y la mujer a su lado se esfuma en una negrura total que impedía asegurar si estaba sentada o arrodillada.
El escándalo y el rechazo de la obra fue de tal magnitud que en varias oportunidades tuvo que ingresar la policía para impedir que se dañara la obra. Sorprendido Munch no comprendía que una pintura pudiera causar tanto alboroto. En realidad el ataque al cuadro era en gran parte una excusa de aquella sociedad conservadora contra la “bohemia de Cristianía”, un movimiento de anarquistas radicales, entre los que se encontraba el artista, que se oponían a la hipocresía de una falsa moral y criticaban despiadadamente, todas las costumbres de la época.
Munch no modificó su técnica en absoluto, pertenecía a esos artistas profundamente convencidos de que su estilo era renovador y genial y que algún día el mundo lo reconocería y aceptaría. Había visitado París y quedó impactado con los impresionistas, pero estos amaban los colores mientras que Munch, aparentemente un depresivo con cierto componente bipolar, no era adicto a los efectos de la luz en sus pinturas y prefería los tonos oscuros, especialmente el negro.
Fue el pintor que más autorretratos hizo. El hecho de haberse pintado más de 50 veces sugiere un afán obsesivo y psicótico por la necesidad de tener certeza de su propia existencia. Es muy sugestivo que en ninguno de estos cuadros su rostro esboce una sonrisa o una sensación placentera. La realidad es que a semejanza de Van Gogh, Munch era un enfermo con trastornos mentales que debió internarse en varias oportunidades en instituciones psiquiátricas entre 1905 y 1909 por alcoholismo, asociado a episodios alucinatorios, depresión e ideación suicida.

Autorretrato
Sin embargo, durante las dos primeras décadas del siglo XX, Munch empezó a ser reconocido y tuvo cierto bienestar económico, recibió encargos para decorados teatrales, el friso para un teatro de Ibsen en Berlín, así como pedidos particulares. Muchas de sus pinturas estaban expuestas en galerías de Berlín y Hamburgo y cuando se impuso el régimen nazi, fueron consideradas decadentes y retiradas junto con las obras de los impresionistas y los expresionistas alemanes.
Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo temporariamente en Nueva York donde fue ampliamente reconocido y agasajado, pero ya se encontraba anciano y enfermo y finalmente a los 80 años falleció el 23 de enero de 1944 en su casa de campo rodeado de gran número de sus cuadros.
Setenta y tres años después El grito se vendió a un particular en la subasta de Sotheby a 119 millones de dólares, el precio más caro en la historia de la pintura.
R E M

Referencias
Mercedes Pérez Bergliaffa. Vida y obra de Edvard Munch, el pintor que cambiaba cuadros por zapatos. Clarín, Revista Ñ. 09/06/2013.
Origen y curiosidades sobre El grito de Munch. Errores históricos. 09/09/2015. http://www.erroreshistoricos.com/curiosidades-historicas/arte/912-origen-y-curiosidades-sobre-qel-gritoq-de-munch.html
Ulrich Bischof. Munch. Editorial Taschen, Alemania.
Marcelo Miranda C, Eva Miranda C, Matías Molina. Edvard Munch: enfermedad y genialidad en el gran artista noruego. Rev. Méd. Chile 2013;141, junio.

domingo, 9 de julio de 2017

HISTORIA DE VIDA.....MI AMOR A TUS PIES



El cuerpo, ese traidor, a veces se encabrita, se vuelve otro, nos abandona. Cuando el cuerpo se encabrita -con sus células desorientadas, sus respuestas equívocas, sus manchas, heridas y quiebres-, es como si anduviera enamorado de la muerte. Y sólo cabe, ante ese desierto inesperadamente ajeno, sentir miedo. Mucho miedo.
Alejandra lo sabe. También sabe que se puede aprender a conjurarlo. La miro, radiante en la tapa de Locas de atar, compilación de poemas y textos que, junto a otras cinco mujeres, publicó hace dos años. Para todas ellas la palabra se había convertido en un talismán. Y el taller literario que las reunía (de donde surgió el contenido del libro), el espacio donde compartir la tormenta que a cada una, con mayor o menor gravedad, le hacía padecer el propio cuerpo retobado.
Pero para Alejandra -que de chica soñaba con ser maestra y enseñar en el Sur, y desde muy joven dio clases a chicos de todas las edades y condiciones, en la Capital y la provincia-, el camino para conjurar el miedo no pasó sólo por la palabra.
Porque tiene -doy fe- manos mágicas. Y posee una vocación de servicio que ella adjudica al arraigado gesto docente: "Uno es maestro porque quiere dar y porque necesita eso mismo que está dando", asegura. Entonces ocurrió que la antigua docente, la tallerista entusiasta, la mujer de las manos mágicas, un día en que andaba procesando el miedo tras una cirugía complicada, descubrió la reflexología. Para su bien y para el de quienes nos dejamos llevar por el sortilegio que sólo ella sabe lograr.
"No me alcanzaba con que el médico me dijera que yo ya estaba bien", asegura y, para mi asombro, cuenta que en el inicio de su historia con los masajes de pies está el Hospital de Clínicas. Porque allí, en el marco de la Cuarta Cátedra de Medicina Interna, se realizan sesiones de reflexología, además de actividades de pintura terapéutica, música y escritura, orientadas a disminuir el estrés inevitablemente asociado a algunas dolencias y su terapéutica.
Alejandra, que había atravesado el sufrimiento físico, había aprendido a ponerlo en palabras y se había permitido paliarlo con una técnica de origen oriental en la que hasta ese momento nunca hubiera pensado, quiso devolver algo de todo eso. "Servicio", dice sonriendo. Y me relata cómo, tras formarse ella misma como reflexóloga, trabajó durante un año en el Clínicas. Con pacientes oncológicos, pediátricos, trasplantados, de clínica médica. En medio de la precariedad material y la enormidad humana con que cada día se trabaja en el hospital público. "Como es una terapia complementaria, no tiene contraindicaciones -explica-. Ni siquiera das fármacos; sólo usás tus manos."



Caricias curativas, podría decirse. El calor de unas manos aplicado sobre los pies de alguien cuyo cuerpo se quiebra de dolor y de miedo.
Cuenta que había, allí, en el hospital escuela, mucha gente sola. Gente que, rodeada del trajín de ese edificio inabordable, entre médicos, intervenciones, estudiantes y visitas de cátedra, la aguardaba a ella, la reflexóloga. "Esperan una caricia. Alguien con quien hablar." Y había otras personas que quizás no la esperaban, pero con las que ella se encontraba. Como la nena de once años con el cuerpo torturado de prótesis y la familia lejos, en una ciudad de la costa, que un día la miró y le dijo: "Me duele tanto". Y allí fue Alejandra, la de las manos mágicas, mano sobre piecito infantil, caricia tras caricia, punto sensible sobre punto sensible, masaje amoroso y constante, hasta que sólo hubo lugar para el sueño. "Le hice reflexología hasta que se quedó dormida -recuerda-. Después le enseñé a la mamá cómo hacerlo."
Me presta libros. "El viaje de mil lenguas comienza donde se posan tus pies", dice uno de ellos, citando el Tao Te Ching. O, pensaría Alejandra, cuando el bienestar propio se enlaza, suave y benévolo, con el de los demás.
D. F. I.

lunes, 2 de enero de 2017

EL OCASO DEL HOLLYWOOD DORADO

La muerte de Debbie Reynolds a los 84 años acerca a Hollywood al final del ocaso de su época dorada, a punto de perder para siempre toda una generación de estrellas que hicieron del cine el séptimo arte.

Protagonista de Cantando bajo la lluvia, Reynolds tan solo tenía 19 años cuando se puso a las órdenes de Gene Kelly en esta comedia que el Instituto Americano del Cine considera el gran musical de todos los tiempos y la quinta mejor película de la historia del cine.

Reynolds falleció en el centro médico Cedars Sinai de Los Angeles tras sufrir una embolia. Su muerte llega tan solo un día después de la muerte de su hija, la también actriz Carrie Fisher.
La más conocida como princesa Leia de La guerra de las galaxias falleció tras sufrir un paro cardiaco mientras volaba de Londres a Los Angeles. “Quería estar con Carrie”, resumió el hijo de Reynolds y hermano de Carrie, Todd Fisher, a la revista Variety.
Nacida en El Paso, Texas (Estados Unidos) el 1 de abril de 1932, Reynolds pasará a la historia no solo como actriz, cantante y bailarina.



El corazón de esta estrella también estuvo en los negocios, en la preservación de una industria de la que formó parte y que supo valorar como arte, y en sus labores benéficas centradas en proporcionar tratamiento y diagnóstico para las enfermedades mentales mediante su fundación.
Además será recordada por su talente jovial y divertido, sin aires de estrella pero sabiendo cómo sobrevivir una y otra vez a los avatares de esta industria que tanto disfrutaba y donde solo la muerte de su hija consiguió acabar con ella.
A los ocho años la hija de un carpintero se mudó con todas su familia a la dorada California. Y para 1948 Mary Frances Reynolds ya despuntaba como “Miss Burbank”, barrio de Los Angeles donde residía y en el que en la actualidad se ubican la mayor parte de los estudios de Hollywood.
Una belleza que le valió enseguida un contrato en la Warner Bross. Jack Warner fue quien la rebautizó como Debbie, aunque laboralmente el estudio no la llevó lejos.
De ahí que en cuanto venció su contrato Reynolds se fue con la competencia, los estudios MGM, con los que trabajaría por los siguientes 20 años.
Allí rodó su primer largometraje, Three Little Words (1950), y su gran película de todos los tiempos, Cantando bajo la lluvia.
El papel de la inocente Kathy Selden haciéndose un hueco en ese nido de víboras que era Hollywood se lo consiguió el estudio.
A Gene Kelly, la estrella y director del proyecto, no le quedó más remedio que aceptarla pero la sometió a un riguroso entrenamiento para prepararla para el papel. Reynolds siempre se lo agradeció.



“Escogieron a este talento virginal, a esta cosita, y esperaban que estuviera a la altura de Gene Kelly y Donald O’Connor, dos de los mejores bailarines de la industria”, recordó posteriormente en una entrevista.
A esta rubia vivaz nunca le faltó el trabajo aunque los títulos que siguieron a esta película nunca estuvieron a su altura.
De todos ellos el único que le valió el reconocimiento de la industria con una candidatura al Oscar como mejor actriz fue The Unsinkable Molly Brown (1964), musical que interpretó cuando Shirley MacLaine se retiró de esta comedia.
Irónicamente fue MacLaine quien protagonizó junto a Meryl Streep la película Postales desde el filo basada en el libro que Carrie Fisher escribió sobre la intensa relación que unió a esta madre y esta hija.
Bundle of Joy, The Catered Affair, Tammy and the Bachelor, In & Out, Mother, The Rat Race,How the West Was Won y The Singing Nun, entre otros filmes, completan su filmografía.
Siempre en activo, Reynolds también trabajó en el campo de la televisión con su propia serie, que solo duró una temporada, y con papeles recurrentes en otros éxitos televisivos como Roseane, Vacaciones en el mar, Las chicas de oro o Will & Grace.
Entre los principales galardones de su carrera están el premio a toda una vida que le hizo entrega el Sindicato de Actores en 2015 y el premio humanitario Jean Hersholt que le entregó ese mismo año la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood pero que Reynolds no pudo recibir en persona por estar convaleciente de una operación.
“Cuando mi madre recibió el premio le empezaron a decir lo bueno que era que se lo entregaran a una mujer. Ella prefirió recordar que hasta la fecha solo 17 mujeres han recibido el galardón entre 56 hombres. Vamos, que mejor que no lo vendan como una victoria para la diversidad de géneros”, recordó en su momento su hija durante su última entrevista


Reynolds fue igual de locuaz en lo referente a su vida privada. Las circunstancias la obligaron a serlo. El divorcio de su primer marido, el cantante Eddie Fisher, cuando Carrie no tenía más de dos años, fue el escándalo del momento.
Reynolds se separó de Fisher al conocer que tenía un affaire con su mejor amiga, la actriz Elizabeth Taylor. Nunca quiso ser la víctima.
Su segundo divorcio fue igualmente sonado, separándose del fabricante de calzado Harry Karl cuando descubrió que la había dejado en la bancarrota con sus deudas de juego.
Entre los amantes del cine Reynolds también será recordada por preservar la memoria de un Hollywood que ahora desaparece.
La estrella compró colecciones enteras de vestuarios y otras piezas cuando estudios como la MGM empezaron a deshacerse de sus obras.
Entre otras de las piezas que preservó estaba el vestido que llevaba Marilyn Monroe en la escena más recordada de The Seven Year Itch (La tentación vive arriba), el bombín de Charlie Chaplin como Charlot o las zapatillas rojas del Mago de Oz.
Su deseo era que formaran parte de ese museo que la meca del cine todavía no posee pero finalmente tuvo que subastar la mayor parte de sus piezas.
Algunas sin embargo han quedado en manos de la Academia para la futura construcción de ese museo que Reynolds nunca llegará a ver.

R. A.

viernes, 15 de julio de 2016

DOLOR INTERMINABLE


Mi familia no murió en los campos de concentración. No hubo ni hay en mi casa, como no hubo en la de mi madre ni en la de mi padre, fotos de amores asesinados; nadie de los nuestros desapareció durante la Segunda Guerra, todos llegaron antes a la Argentina, todos vivieron el infierno nazi desde este lado del Atlántico y, sin embargo, el Holocausto es también para mí un drama personal. No percibo agotamiento en esas historias, como si fuera posible aún dar nuevo sentido a lo que fue una épica del odio y la industrialización de la muerte. Días atrás llegué un mediodía temprano a Villa Ocampo invitada por Gloria Silva, su directora. Ese mediodía el sol era pura felicidad en Punta Chica y una mesa servida nos esperaba en el jardín. Antes del almuerzo, nos invitaron a recorrer la muestra que se puede ver hasta el 8 de agosto, a propósito de los 70 años de los juicios de Núremberg. Invitada por el British Council, en 1946 Victoria Ocampo fue la única latinoamericana presente en el proceso que terminó con la condena de los jerarcas nazis. Contó esa experiencia dos veces, primero en forma de carta y catarsis a sus hermanas y cuatro años después, como literatura.
Villa Ocampo.
En una sala a oscuras se proyectaban imágenes del juicio y, al mismo tiempo, distintas voces reproducían fragmentos de "Impresiones de Núremberg", un texto que puede leerse en Soledad Sonora, cuarto tomo de los Testimonios de Victoria. Se trata de una crónica algo distante, levemente frívola y profundamente personal, donde "la mirada implacable de la testigo mezcla lo atroz con lo trivial", como escribió Sylvia Molloy. Para Victoria Liendo, una estudiosa de la obra de Victoria, la autora "cede el lugar de la palabra legal y la relevancia histórica a los que saben de eso (diarios, amigos) para ocuparse de algo más: sus percepciones, asociaciones e intuiciones".
Hermann Goering, juicio de Nuremberg. 

Victoria cuenta desde cierta invisibilidad (es la única mujer en la audiencia; es más, destaca con énfasis la falta de mujeres entre los jueces), no abunda en emociones y hace foco en detalles como la ropa que le queda grande a Göring o la manta que cubre los pies de Hess. La frivolidad pone en cuestión y ridiculiza a la bestia. Es el detalle lo que convierte su testimonio en algo que va más allá del documento. "Mi corazón no estaba casi emocionado; como si hubiese dejado de comprender", escribe. "Pero mi estómago se apresuraba a reemplazarlo. Había medido el alcance y entendido el lenguaje de todas las abominaciones. Una especie de silencio atómico llenaba mi corazón. Sólo el estómago hablaba con rapidez, a su manera". Las fotos la conmueven mucho más que lo real, lo dice así: "Comprobé que algunos álbumes de fotografías son más espantosos que los films y las pieles humanas, color habano claro, apilados en un rincón". O así: "Las fotos sí son horribles. Montañas de anteojos tirados. Bolas de pelo de mujer (siete mil kilos aquí, siete mil kilos allí). Los desperdicios de la jabonería: cabezas cortadas y scalpées. Mujeres desnudas corriendo. Otras que van a fusilar. Chicos llorando. Mal rayo los parta".
La dirección del ausente.
La noche anterior a la visita a Villa Ocampo había terminado de leer La dirección del ausente, una novela abrumadora escrita por la francesa Ruth Zylberman, portadora de lo que llama la "radioactividad de la catástrofe" por ser hija, sobrina y nieta de deportados. En la novela, la narradora y su madre (quien pasó por el campo con su propia madre y su hermana menor, que ya murieron) están en el ex campo de exterminio Bergen-Belsen, donde se acuñó el destino familiar. Quien habla creció escuchando el horror de boca de las tres mujeres mayores y sufrientes. Por primera vez, su madre está allí sola, sin testigos de su padecimiento. "Se arrodilló a metros de mí, sin dirigirme la mirada. Arrastraba su abrigo por el piso, la tierra, el césped; separó ligeramente las piernas. Estaba arrodillada como un animal, como un simio, como un lobo, como un perro. Era tan pequeña como un niño. Miraba para todas partes, y comprendí que buscaba la presencia de su hermana, de su madre. Buscaba su jauría. Habría podido, en un instante, sacar un recipiente oxidado, lamer sin cuchara. Habría podido devorar las migas de un pan invisible. Habría podido pararse, pasar por encima de los cadáveres, habría podido echar a los que venían a mendigarle de su sopa, habría podido ser una niña amenazante y monstruosa".
Bergen Belsen, primer campo liberado por las fuerzas aliadas.Zylberman recurre a una estructura que juega con el sueño y a una prosa lírica para apagar el espanto de las víctimas. Victoria apela a la distancia y a la ironía para hacer la crónica del juicio a los asesinos. Una escuchó y contó; la otra vio las pruebas del oprobio y se dispuso a narrar. Hay momentos de la humanidad que no se agotan: siempre está surgiendo una nueva manera de iluminar la feroz oscuridad de la razón.

H. P.

martes, 10 de mayo de 2016

DOLOR


Cuando el cuerpo duele, todo cambia. Ya citaba Freud que "en la estrecha cavidad de su muela dolorida se recluye el alma toda". El dolor modifica el paisaje, redistribuye energías y enfoques, a veces desespera y, además, genera movimientos en el entorno que siempre son significativos.



Hay muchas líneas de pensamiento médico, psicológico y hasta filosófico y espiritual acerca de lo que es el dolor físico, su cura y significado. Algunas de ellas no trazan una frontera tan clara entre lo que es el alma y el lugar corporal que duele, y tienen en cuenta factores anímicos que hacen a la cuestión. Otras perspectivas, en cambio, son más proclives a trazar fronteras tajantes entre lo que es cuerpo "puro", y el "resto" de las cosas humanas.

Sabemos que, en muchos casos, el dolor se atempera cuando viene la cura física, lisa y llana. Una vesícula que duele porque está en mal estado deja de doler cuando se va, cirugía mediante. Un esguince de tobillo duele hasta que deja de ser esguince y vuelve a ser sólo "tobillo". Cuando las cosas retoman su cauce, el dolor disminuye o deja de existir. En otras ocasiones, cuando no entendemos el verdadero origen del dolor, lo que hacemos es atacar lo visible de éste, algo entendible y necesario en muchas ocasiones, aunque implica el riesgo de que el dolor sólo se corra de lugar para hacerse notar en poco tiempo de nuevo.
El dolor duele más cuando no le vemos camino de salida, y duele menos cuando, aun existiendo como tal, entendemos qué es, hacia dónde va y para qué nos sirve. Como tal, no es un "error de diseño" de nuestra humanidad, sino que es un aviso de que algo no anda bien y hay que arreglarlo.



Algunas veces el dolor es producto de alguna enfermedad grave, y su energía cruda e impiadosa es agónica más allá de que existen quienes ahondan en lo espiritual para ofrecerle sentido y así atemperar el sufrimiento que, inclusive, en ocasiones vence la fuerza de los analgésicos.

También están los casos en los que, aunque no es grave desde lo físico, el dolor se impone desde el misterio, como ocurre, por ejemplo, con las personas con migraña o aquellas diagnosticadas con fibromialgia, que no terminan de saber qué es lo que les pasa, pero les duele igual y deben convivir con eso.
Es verdad que hay casos en los que la toma de conciencia acerca del componente emocional de un dolor lo cambia radicalmente. Pero es verdad también que en otras ocasiones eso no ocurre.



Esto se dice porque alguna literatura acerca del dolor puede generar una suerte de culpa, porque como el tema tiene un sustrato psicológico al que, con razón, muchas líneas de abordaje otorgan gran importancia, el no encontrar ese sustrato para sanar hace que el doliente, cuando se entiende mal lo antedicho, se transforme en el principal acusado de su propio calvario. Y eso está mal; no debe ocurrir que el que siente el dolor sea acusado de producirlo "a propósito", aunque sea desde el inconsciente.
Cuando el cuerpo duele mucho, vemos la crudeza de la vida. A la vez, vemos cuánto se ha hecho para sanar lo que él denuncia con su existencia. Si bien es inapelable, igualmente marca un camino dentro del cual, aunque no queramos, aprendemos algo imprescindible.



Verdad es que nada de esto que decimos importa al que sufre el dolor agudo y sólo quiere salir de eso y nada más. Habrá que encontrar la forma de que eso que desea ocurra, evitando desesperar, hurgando, en la medida de lo posible, en lo más hondo del significado físico y anímico del penar.
Para el caso, hay algo claro: el cuerpo no es una "cosa", y, cuando sufre, en ese sufrir se expresa toda la humanidad de quien lo vivencia, y pone a prueba el registro más profundo de la fuerza que los humanos podemos tener.

M. E.