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lunes, 1 de abril de 2024

EMPATÍA



La cualidad indispensable para lograr vínculos fuertes y resolver problemas cotidianos
La empatía es la capacidad de conectar emocionalmente con la vivencia del otro. Implica poder reconocer ese estado, entenderlo e integrarlo a la propia experiencia
La empatía favorece la comunicación y la resolución de conflictos; se cultiva desde la infancia y abre las puertas a la solidaridad y la compasión
Malú Pandolfo
Se había separado de su mujer hacía unos años, sin haber visto venir la crisis de pareja. “Para mí, todo funcionaba correctamente, me parecía que éramos felices. Cuando mi mujer me anunció que se iba, no lo podía creer”, recuerda Osvaldo (48) gerente de una pyme. Después llegó la ira, sentimiento que duró varios meses, hasta que se instaló la tristeza. “Me encerré en mi casa, la misma donde habíamos proyectado formar una familia, y comencé a trabajar desde allí todos los días. Dejé de responder mensajes y llamados”, narra. No podía conectar con la realidad de los otros y mucho menos con la propia. “Estaba cada vez más encerrado en mí mismo”, confiesa. Una vez que recurrió a terapia, identificó la necesidad de encontrar una actividad que le resultara significativa. “Decidí involucrarme como voluntario en un hogar de ancianos cercano, donde dedicaba dos horas los sábados para acompañar a los residentes”, detalla.
Gracias a estas visitas, Osvaldo se fue abriendo a los demás y logró conectar emocionalmente con los adultos mayores a los que acompañaba. “Al observar y valorar la vida de estas personas, experimenté una transformación emocional. Entendí que ellos también sufrían como yo, pero que también reían y disfrutaban cuando tenían alguien con quien hacerlo”, explica.
Esta actividad contribuyó a desarrollar su empatía y, poco a poco comenzó a quejarse menos, a sufrir menos y a ver su propia vida desde otra perspectiva: “Seguía teniendo los mismos problemas cotidianos, pero ahora los enfrentaba con una mayor fortaleza y resiliencia”.
La empatía que consiguió Osvaldo fue fundamental para que su vida afectiva y personal diera un vuelco.
“Para desarrollar la empatía se debe cultivar el hábito de estar genuinamente atentos a las personas que nos rodean y conectar nuestras experiencias internas con lo que podemos observar de los demás”, explica el psicólogo Sebastián Ibarzábal (M.N. 42.413).
Pero, ¿de qué se trata la empatía, un aspecto de la personalidad no desarrollado en el mismo grado en todas las personas y que contribuye a construir vínculos sanos con los demás? Del griego, la palabra empatía –sentir dentro–, “significa compartir la emoción y se relaciona con la capacidad de comprender al otro y de establecer una conexión emocional de sintonía afectiva”, define Ricardo Corral, médico psiquiatra (M.N. 67653), docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, jefe de docencia e investigación del Hospital Borda y presidente de la Asociación Argentina de Psiquiatras (AAP). El especialista destaca que esta habilidad se puede vincular igualmente a sentimientos negativos o positivos. “Es la capacidad de conectar emocionalmente con la vivencia del otro. Implica poder reconocer ese estado, entenderlo e integrarlo a la propia experiencia”, se explaya Ibarzábal.
Esta aptitud, “en el léxico callejero sería ponerse en los zapatos del otro. Es poder leer e identificarse con una emoción de otra persona”, añade Delfina de Achával, psicóloga (M.N.45.043), doctora en salud mental (PhD, UBA), terapeuta de adultos y parejas e instructora de mindfulness.
Un artículo publicado en la National Library of Medicine destaca que en la empatía uno siente con alguien, pero no se confunde con el otro. “Es decir, todavía sabemos que la emoción con la que uno resuena es la emoción de otro”, aclara. La investigación sostiene que, si la distinción entre el yo y el otro no está presente, se trata de un contagio de emociones.
Del griego, la palabra empatía –sentir dentro–, significa compartir la emoción y se relaciona con la capacidad de comprender al otro y de establecer una conexión emocional de sintonía afectiva
Afectiva vs. cognitiva
Ibarzábal distingue la empatía afectiva de la cognitiva. La primera es “la que permite percibir, comprender y sentir las emociones que experimenta otra persona. La segunda es la capacidad de entender la forma de pensar de otra persona”, diferencia. Respecto de las diferencias entre hombres y mujeres, vale aclarar que en todos está presente y puede desarrollarse. Sin embargo, “es distinta en el hombre y en la mujer. En el hombre es más cognitiva, mientras que en la mujer, más emocional”, subraya De Achával.
Fundamental en las interacciones sociales, la empatía contribuye a mejorar el bienestar emocional y psicológico propio y ajeno. Las ventajas de contar con empatía entre los propios rasgos son variadas. “Permite comprender y conectar con las experiencias y emociones de los demás, –apunta Ibarzábal– lo que facilita la comunicación efectiva, la resolución de conflictos y el establecimiento de relaciones sólidas y saludables”. El psicólogo añade que la empatía promueve la colaboración, la comprensión mutua y la solidaridad en la sociedad. “Desde esta perspectiva, se podría argumentar que fue y es un ingrediente fundamental en la construcción de la civilización y de la cultura”, añade.
¿Se nace o se hace? Según Ibarzábal, todas las personas nacen con algún grado de empatía, pero se cultiva y se desarrolla a lo largo de la vida. Y hay ciertas características personales que se suelen asociar a ella. “La empatía conecta con otras cualidades, como la amabilidad, la compasión y la generosidad”, afirma Delfina de Achával.
Hay estudios que indican que las personas con un alto grado de apertura a nuevas experiencias “correlacionan más fuertemente con la empatía, así como también aquellos que son más responsables y emocionalmente estables”, señala Ibarzábal. El especialista apunta también que las personas más simpáticas, compasivas, curiosas y observadoras tienden a ser empáticas. “Curiosamente, también ocurre en aquellas que son más organizadas y responsables”, destaca.
En la infancia
En cuanto al desarrollo de la empatía, es una cualidad que se puede cultivar y fomentar desde los primeros años de vida. “Evolutivamente, empieza a aparecer a partir de los dos o tres años”, afirma De Achával. En esa etapa es cuando se puede ver que el niño se preocupa auténticamente por el sufrimiento del otro. “Eso tiene que ver con muchas cosas del neurodesarrollo, –explica la especialista– pero, sobre todo, con un tipo de neuronas. Se llaman neuronas -en espejo, que permiten conectarse con lo que otro está haciendo en lo motor, o lo que está sintiendo, aún cuando yo no lo estoy haciendo ni sintiendo”.
Ese desarrollo de las neuronas en espejo “va generando una capacidad empática en los seres humanos que se desarrolla a lo largo de la vida”, sostiene. En este desarrollo, asegura, mucho tienen que ver el contexto, el tipo de crianza y de apego que uno tiene en la infancia.
Ricardo Corral señala que la familia y la escuela cumplen un rol fundamental en su temprano desarrollo. Según el psiquiatra, “se aprende desde la infancia en el ámbito familiar y escolar. Se desarrolla compartiendo las cosas, aprendiendo a ponerse en el lugar del otro, conociendo lo que es el sufrimiento ajeno. Eso se va dando de una manera natural, como progreso en la enseñanza”. De esta forma, hay un desarrollo en la comprensión del otro. No solo durante la infancia es posible cultivarla.
Aquellas personas que hayan llegado a la edad adulta con poca empatía, pueden incrementarla de distintas maneras. “Hay ejercicios, como la introspección, la reflexión que uno tiene sobre sí mismo y sobre el padecimiento de los demás que pueden influir positivamente en desarrollarla”, asegura Corral. El psiquiatra destaca la práctica de actividades altruistas o los posicionamientos espirituales o religiosos como impulsores de la capacidad empática. “Prácticamente todas las religiones llevan a la situación de ponerse en el lugar y comprender al otro. Todas, desde el budismo hasta el cristianismo”, apunta.
Según un estudio llevado adelante en la Universidad de Miami, la empatía es un concepto comúnmente utilizado, pero poco comprendido y, a menudo se confunde con simpatía, lástima e identificación. El artículo sugiere que el acto de empatizar no se puede enseñar, sino, como sugiere la fenomenóloga alemana Edith Stein, puede facilitarse. Pero nunca obligar que ocurra. “Cuando surge la empatía, nos encontramos experimentándola, en lugar de causarla directamente. Ésta es la característica que hace que el acto de empatía sea imposible de enseñar. En cambio, se sugiere promover actitudes y comportamientos como la autoconciencia, la consideración positiva sin prejuicios hacia los demás, las buenas habilidades para escuchar y la confianza en uno mismo”.
Laura vivía sola, no sabía administrarse a nivel material, perdió casi todo lo que tenía y cayó en una depresión que no la dejaba levantarse de la cama. Primero con la ayuda de sus hijos y, luego con el acercamiento a las actividades en la parroquia de su barrio pudo salir adelante. “Empecé a ayudar en la iglesia, me sentía parte de algo más grande y comencé a acercarme a los problemas de los demás. Pude ponerme en el lugar del otro. Descubrí que yo no era la única y que mis problemas no eran los más grandes”, revela.
La empatía, según un estudio llevado adelante en la Universidad de Miami, es un concepto comúnmente utilizado, pero poco comprendido y, a menudo se confunde con simpatía, lástima e identificación
El riesgo de excederse
Ricardo Corral cuenta que la perspectiva empática hacia los otros mejora a pacientes con problemas de ansiedad o depresión. “Empezar a ocuparse de otros, ayudar y tener esa visión altruista, como el voluntariado, es gratificante y mejora a las personas”, sostiene. En estas experiencias, sin dudas, todos ganan.
También destaca un aspecto de la empatía que podría ser negativo: “Hay personas que, por ser excesivamente empáticas, pueden ser vulnerables a la manipulación por el hecho de querer satisfacer las necesidades del otro o ponerse en el lugar del otro de manera excesiva, postergando las necesidades y el desarrollo propios”.
En esos casos, podría ser contraproducente para la persona. Corral hace alusión a la sobrecarga, que “se produce cuando una persona es “esponja”, absorbe las preocupaciones de los demás y se pone mucho en su lugar”, detalla. Esta sobrecarga emocional “lleva a padecer y a sufrir excesivamente”, asegura. El médico psiquiatra traza una correlación entre personas y sociedades armónicas y empáticas: “Claramente es deseable que haya una armonización en todas las personas de una sociedad. Haciendo personas empáticas y armónicas, se logra hacer una sociedad mejor”.
Los extremos, como en todo, no son aconsejables. Si bien no existe un medidor de empatía, se puede decir que ni su ausencia ni su sobreabundancia son buenas. “La persona empática es aquella que tiene gran capacidad de escucha activa, de habla consciente, de leer claves no verbales en los demás y de poder conectar con eso por medio de las neuronas en espejo que se van desarrollando a lo largo de la vida. Pero, cualquier extremo en la vida no es saludable”, señala Delfina de Achával.
En el caso de las personas extremadamente sensibles o que priorizan siempre las necesidades o los derechos de los demás por encima de las propias necesidades y del autocuidado, “se cae en un lugar muy pasivo en los vínculos. Eso puede llevar a sufrir”, advierte De Achával. A lo que se debe apuntar, según la psicóloga, es a “ese fino equilibrio entre ser una persona empática o que puede conectar mucho con las necesidades y las emociones de los demás, y, a la vez, tener la capacidad de poner límites saludables y de expresar las propias necesidades y emociones”, remarca.
Cuando una persona puede expresar lo que le pasa, lo que necesita y siente, pero no puede conectar con lo que le sucede al otro, se cae en narcisismo. Está en el otro extremo de aquel que conecta mucho con lo que les pasa a los demás, pero que no se cuida. De Achával agrega que “la asertividad es encontrar ese equilibrio entre conectar con lo que necesita el otro y lo que yo necesito. Y poder poner un límite saludable”. Un exceso de empatía, especialmente si se acompaña de una falta de límites personales, “puede conducir al agotamiento emocional y al deterioro de la salud mental”, afirma Ibarzábal.
Delfina de Achával traza una diferencia entre empatía y compasión. Esta última “es una cualidad que va un paso más allá. Para sentir compasión es necesario sentir, sí o sí, empatía. Sin embargo, se puede ser una persona empática pero no compasiva”, aclara. La compasión “es esa acción que sale instintivamente para mitigar el sufrimiento de otro. Si además uno es compasivo, hace algo para aliviar el sufrimiento ajeno”, detalla.
La empatía es, también, pariente cercana de la más popular simpatía. “La relación es estrecha ya que ambos términos abordan sensaciones y conceptos similares, pero se centran en diferentes aspectos de las interacciones sociales”, recalca Ibarzábal. Simpático es quien sabe sintonizar con el estado emocional de otros y consigue que los demás se sientan cómodos. “Alguien es simpático de acuerdo a cómo el individuo que recibe el gesto lo siente – aclara–. “Puede haber personas simpáticas que no son empáticas y viceversa”, concluye el psicólogo.

Herramientas para desarrollarla
Trabajar la capacidad de lograr una escucha activa


Sin juicio y abierta, respetando la diferencia aun cuando no se comparte. Recurrir a estrategias que sirvan para cultivar el habla consciente. Antes de hablar, preguntarse para qué voy a decir lo que voy a decir y cómo puede repercutir en el otro. “En psicoterapia cognitiva se trabajan mucho todas estas cosas, por ejemplo, cómo tener una comunicación asertiva”, asegura Delfina de Achával. El ejercicio, según palabras de la psicóloga, es escuchar al otro y hablar de una forma sincera, pero también cuidadosa. “Ser auténticos no quiere decir todo sin filtro”, agrega, ya que la autenticidad tiene que ver con poder decir lo que yo necesito o siento, pero con cuidado.
Practicar mindfulness o atención plena
Sobre todo, el área interpersonal, que trabaja en los vínculos. La actividad, además, contribuye a desarrollar la cualidad de la compasión, que permite ir hacia una acción para mitigar el dolor del otro. “Cualquier práctica de meditación que apunte a aliviar el sufrimiento propio o ajeno es también una gran estrategia para el desarrollo de la empatía”, asegura la psicóloga.
Potenciar la amabilidad hacia uno mismo
Permitirá luego volcar estas cualidades en el otro. La amabilidad está muy vinculada a la empatía: una persona empática es, generalmente, amable. “Si yo no soy empático, si no registro mis propios sentimientos o estados emocionales, si no me habilito poder equivocarme, es muy difícil que lo sea con los demás”, explica De Achával.
“Las personas que son muy duras consigo mismas, que tienden al perfeccionismo y a la autoexigencia, es muy difícil que sean empáticos con los demás porque le exigen lo mismo al otro”, afirma.
Cinco rasgos de las personas empáticas
Alto nivel de sensibilidad. Las personas empáticas se conectan fácilmente con lo que les sucede a sí mismos y a los que están a su lado.
Capacidad de interpretar el lenguaje no verbal de otros. “Pueden atender gestos, miradas y tonos de voz”, recalca la psicóloga Delfina de Achával.
Saben escuchar de manera activa, sin juicio. “No están escuchando al otro desde la mirada de si está bien o mal lo que dicen, sino desde un lugar mucho más abierto”, señala la psicóloga.
Son respetuosas y tolerantes de las diferencias. La empatía no tiene que ver con estar de acuerdo, sino con leer y captar lo que le pasa al otro, aunque a uno no le esté pasando algo parecido.
Hablan de forma consciente. La persona empática, cuando habla, intenta ser cuidadosa, expresándose con cierta habilidad para no herir y no tener impacto negativo en el otro.

Cuando una persona puede expresar lo que le pasa, lo que necesita y siente, pero no puede conectar con lo que le sucede al otro, se cae en narcisismo

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viernes, 20 de octubre de 2017

NEUROCIENCIA AFECTIVA EN EL ÁMBITO LABORAL


De mujeres empáticas y cerebros en el trabajo

Por Federico Fros Campelo


En las últimas décadas, la participación de las mujeres en los altos cargos de las organizaciones ha venido creciendo afortunadamente. Es posible verificar que ciertas respuestas emocionales femeninas son mucho más eficientes a la hora de gestionar tanto personas como tareas. Parte de esto proviene de una mayor capacidad empática del cerebro femenino.
El sistema cerebral de la Empatía no es exclusivo de las mujeres. En los hombres también existe. Pero dada la mayor capacidad femenina por naturaleza de asistir y cuidar a sus “crías” (mirá qué formalidad biológica tiene el término) las mujeres presentan una tendencia más marcada a evaluar los estados emocionales y motivacionales de sus empleados y de los miembros de su equipo. También presentan una mayor inclinación para advertir cómo conciliar mejor los objetivos personales con los profesionales.
Ahora que la Neurociencia Afectiva está interviniendo en la exploración del ámbito laboral (y, gradualmente, lo hace cada vez más), consigue combinarse con la psicología científica e incluso con la economía de la conducta para dar respuestas interesantes. El tema es cómo trasladar el lenguaje tan complicado de las investigaciones cerebrales a la vida laboral cotidiana, recurriendo a una terminología que nos permita ejecutar cambios efectivos en nuestras experiencias de trabajo.
- Parece paradójico, pero a todo humano lo estimula más el incentivo de una recompensa futura que el placer de haberla conseguido. Las descargas del neurotransmisor dopamina, combustible de este sistema, son más intensas cuando esperamos expectantes un acontecimiento que en el momento mismo que disfrutamos el hecho. He ahí la razón por la cual trabajamos tanto por una zanahoria, como una promesa de aumento o de ascenso.
- Una parte de la corteza cerebral -llamada ínsula- se activa cuando sentimos que alguien trata de sacar ventaja de nosotros (cosa que sugiere que la emoción de injusticia podría haberse ganado como ventaja evolutiva de nuestra especie humana). Es por esto que nos resulta tan habitual sentir injusticia en un empleo, ya que las organizaciones son el ámbito artificial por excelencia en el que siempre habrá alguien que trate de sacar partido de nosotros.
- Contamos con un área cerebral denominada CCA (corteza cingulada anterior) en la que se procesa la experiencia de dolor social. En este cerebro social que tenemos desde tiempos inmemoriales, tiene el mismo valor quedar excluido de la manada hace 40 mil años en la sabana de África y ser potencial cena para los leones como la exclusión moderna de un proyecto laboral sofisticado. Por eso, también, cuesta tanto recuperarse emocionalmente de un despido.

jueves, 7 de septiembre de 2017

LAMENTABLE PÉRDIDA....PERO RECUPERABLE; DEPENDE DE NOSOTROS

Un mes atrás perdí mi billetera. Adentro tenía mis documentos, mi tarjeta de crédito y credenciales varias. Antes de dar todo por perdido decidí esperar unas horas para ver si quien la encontrara se contactaba conmigo para devolverla. Y felizmente así sucedió. Esa misma noche, después de pasar por varias manos, una persona amable la dejó en mi casa.



Como precaución, decidí llamar a la empresa que emitió mi tarjeta para chequear si había sido usada. Después de navegar un buen rato por varios larguísimos menús de opciones que intentaron ahorrar dinero negándome el acceso a una persona, logré que me atienda un ser humano. Le expliqué la situación y le pedí que me dijera si se registraban consumos a mi nombre desde la hora en que había perdido la billetera. Con un tono metálico y monocorde me respondió: "Nuestro horario de atención es de 8 a 20. Después de esa hora consulte en la web." Insistí. Después de todo sabía que los sistemas no dejan de funcionar a las 20 y que seguramente él podía acceder a la información que yo necesitaba. Una vez más, con el mismo tono de voz me recitó una por una las mismas palabras: "Nuestro horario de atención es de 8 a 20. Después de esa hora consulte en la web." Muy frustrado, tuve ganas de levantar la voz pero enseguida pensé que no debía agarrármela con él porque esa mala atención no era culpa del pobre telemarketer. ¿O sí?
Cada vez con más frecuencia se publican investigaciones académicas y notas periodísticas que nos advierten que pronto muchos de los trabajos actuales dejarán de existir. Estadísticas del Banco Mundial y la Universidad de Oxford señalan que dos tercios de los empleos presentes son susceptibles de ser automatizados y quedar en manos de robots, sean máquinas o software. El análisis incluso evalúa el grado de riesgo de diferentes tareas y el rol de telemarketer aparece generalmente entre aquellos cuyo reemplazo es más probable e inminente. Mientras mi monocorde amigo recitaba una y otra vez el insensible guión que su supervisor escribió para él, los robots se aprontan para dejar a ambos sin empleo.
Lo mismo sucede con muchas otras profesiones. Los robots se preparan para quedarse con muchos de nuestros trabajos actuales. Se sienten seguros de su superioridad y confiados de su éxito. ¡Pero no saben que los humanos contamos con un arma secreta! Hay algo que sucede cuando dos personas se encuentran. Ese algo se llama empatía, y es la habilidad de comprender y compartir lo que el otro está sintiendo en ese momento. Esa capacidad de ponernos en el lugar del otro y conectarnos emocionalmente hace que los vínculos entre personas no se parezcan en nada a las relaciones que tenemos con las cosas.
¿Se imaginan si al recibir mi llamada quien me atendió hubiera empatizado conmigo? ¿Si hubiera compartido mi sentimiento de preocupación, me hubiera hecho sentir acompañado y se hubiese ocupado de ayudarme en vez de recitar desapasionadamente un libreto? Reemplazar esa persona sería muchísimo más difícil, si no imposible.
Alguna vez los trabajos humanos estuvieron llenos de empatía. En algún momento las reducciones de costo, el aumento de la productividad o la mera desidia la fueron dejando a un costado. Frente al avance de la automatización, tenemos la oportunidad y el desafío de hacer que nuestros trabajos actuales y futuros desborden de "humanidad". De basar nuestro diferencial en la empatía, esa cualidad humana que los robots difícilmente puedan emular. Contamos con esa arma secreta. ¿Decidiremos usarla?

S. B.

miércoles, 31 de mayo de 2017

ECONOMÍA....LA .EMPATÍA



Denostada durante décadas por ser una "habilidad blanda", casi imposible de medir, y fuente de estudios y conclusiones muy subjetivas, la empatía viene ganando terreno y protagonismo recientemente en estudios de economía, empresas y liderazgo. La capacidad de ponerse en los pies de otra persona se puso en valor como diferencial humano ante el avance del trabajo automatizado, como una habilidad "enseñable" (idealmente en las primeras etapas de la educación formal) y hasta como una alternativa superadora para los programas empresariales de diversidad y género, que parecen no estar mostrando los resultados que se esperaban.
En la base de este fenómeno aparecen las nuevas tecnologías de computación cognitiva que permiten medir las emociones presentes en interacciones de millones de empleados de empresas con clientes, pares y superiores. Así como una carilla redactada le basta a Watson (la rama de inteligencia artificial de IBM) para hacer un test de personalidad con igual o superior eficiencia que un psicólogo profesional, las interacciones diarias de una empresa pueden monitorearse, medirse y conformar un "índice de empatía" que permita saber la dimensión agregada de esta habilidad en una determinada compañía.
A este negocio se dedica desde hace un tiempo la consultora inglesa Belinda Parmar, quien comenzó a publicar un "Índice de Empatía" que enlista las 160 principales empresas de su país según la habilidad de empatizar que muestran en tres canales: en la conversación con sus empleados, con sus clientes y con el público en general. Tener la capacidad de ponerse en los pies del otro, entenderlo y dar las respuestas adecuadas no solo es clave en una era donde la "autenticidad" subió a la cúspide de los valores deseables en una firma. También, según Parmar, puede ser la llave para dinamizar los programas de diversidad y de género, que no están dando los resultados esperados.
En el último año se conocieron varios estudios (de la Universidad de California, de Harvard, de la de Tel Aviv y del MIT, entre otras) que relevaron en algunos casos más de 800 compañías con sus programas de diversidad. Las conclusiones fueron unánimemente calamitosas: a pesar de los millones y millones de dólares invertidos en este tipo de estrategias, la proporción de mujeres, hispanos, afroamericanos y asiáticos en el mejor de los casos aumentó en el margen en las grandes corporaciones, y en muchas instancias el porcentaje incluso cayó.
¿Por qué sucedió esto? Hay varias explicaciones. Una, "chomskiana": al igual que en la Argentina hablar sobre la "brecha" parece acentuar la distancia entre posiciones políticas distintas; señalar la diversidad no deja de poner énfasis en las diferencias.
En el ámbito corporativo, donde la carrera muchas veces se ve como un juego de "suma cero", los hombres blancos pueden acentuar su resistencia, los programas terminan convocando a los que ya están convencidos de las ventajas de la diversidad y muchas personas que se ubican en las minorías prefieren evitar el radar de estos programas para no ser etiquetadas como tales. Si una iniciativa empuja a empoderar a un determinado grupo, los restantes se sienten desempoderados.
Si bien muchas compañías son culpables de introducir en sus procesos de selección y en su política de recursos humanos sesgos que favorecen a los hombres blancos, educados y de clase media, esta elite es poco consciente de haber nacido con las cartas marcadas a su favor. Según el sociólogo estadounidense y especialista en género Michael Kimmel, "el privilegio es algo invisible para quienes lo poseen". ¿Cómo se combate un sesgo cuando quienes tienen el poder y los recursos no son ni siquiera conscientes de que ese sesgo existe?
Para Parmar, una forma eficiente de "salir del laberinto por arriba" es comenzar a hacer énfasis en la empatía de una firma, como una manera de subir la vara para todos los empleados. Naturalmente, un mayor grado de empatía baja las barreras de discriminación. "La empatía también es algo más fácil de «vender» en una corporación que la diversidad: apela a nuestro deseo de que haya reglas justas para todos. Esto significa que las empresas pueden estar más propensas a recibir el mensaje y a comprometerse con presupuestos y programas sustentables. La debilidad de la «diversidad» es que enfatiza la «otredad». Y en esta sociedad crecientemente polarizada, la «otredad» es una moneda extremadamente frágil", sostiene Parmar.
"Estoy harta de los estudios que dicen que las mujeres somos mejores en el trabajo porque somos más amables y comprensivas", dijo en un tuit, meses atrás, la periodista estadounidense Sarah Brodsky. La empatía, agrega Parmar, siempre fue vista como una habilidad más femenina y, por lo tanto, relegada en las estrategias de recursos humanos de las organizaciones.
"Es una creencia falsa, un mito", aporta la psicóloga Adela Sáenz Cavia, especialista en educación emocional. "Las mujeres y los hombres nacemos con las mismas habilidades de empatía, lo que sucede es que las mujeres a veces tendemos a desarrollarlas más rápido por cuestiones de nuestro ciclo de vida, como tener hijos."
Sáenz Cavia es escéptica con las probabilidades de que las empresas adopten masivamente programas de empatía justamente por el machismo imperante en el ámbito corporativo. Es una lástima, explica, porque en algunos sectores el trabajo sobre la empatía puede ser clave en la obtención de resultados. En uno de sus ensayos publicados en Lo que vio el perro y otras aventuras, el periodista y divulgador Malcolm Gladwell cuenta cómo la principal variable explicativa de juicios por mala praxis a médicos en los Estados Unidos es tener encuentros de 15 minutos en lugar de media hora con sus pacientes. Es la imposibilidad de establecer un vínculo -y empatizar- lo que termina provocando los juicios y no la mala praxis en sí.
La buena noticia, dice Sáenz Cavia, es que la empatía se puede aprender, y cuanto más temprano esto suceda en la vida, mejor. La mala noticia es que las mediciones agregadas de empatía a nivel global están arrojando resultados preocupantes. En tiempos en que Donald Trump es calificado como el líder menos empático de la historia, lo mismo parece estar sucediendo con la población en general.
Pero tal vez esta nota sea demasiado larga. Se percibe ya el tedio en su forma de respirar, de mirar de reojo la página de al lado, de desviar su mente hacia otras cuestiones. Empática y consciente de la "otredad", esta nota termina acá.
S. C. 

miércoles, 4 de enero de 2017

LA EMPATÍA; MATERIA FUNDAMENTAL



Valorar la enseñanza de la empatía, la tolerancia al fracaso y varias habilidades generales es una tendencia creciente; son planes que tienen también sus críticas
"La noticia se difundió rápido en redes sociales y rebotó en decenas de artículos: en el año del Brexit y de la victoria de Donald Trump, Dinamarca resolvió reforzar sus programas de enseñanza de "empatía" en la escuela primaria, para formar ciudadanos menos egoístas y más conscientes del prójimo. En el 90% de los casos, el encuadre de esta historia vino con loas a los valores y a la economía de los países escandinavos, con un dato resaltado: Dinamarca, el país de la empatía enseñada, hace años que rankea primero en los estudios de felicidad.


En un 2016 que terminó controvertido para la agenda de la democracia occidental y el progresismo, el apetito por noticias positivas que lleguen de Suecia, Noruega, Dinamarca y también de Finlandia e Islandia (¡donde se festeja la Nochebuena leyendo cuentos en familia!) parece haber tocado un máximo. Según suele decir el profesor de la UBA y de la Udesa Daniel Heymann, desde el punto de vista de la economía es algo así como "el sueño del pibe": alto crecimiento y alta progresividad e inclusión social.
Lo de la enseñanza de la empatía fue doblemente festejado por quienes siguen de cerca el debate sobre "el trabajo" (y la educación) del futuro. En un extremo de esta línea, se postula que en un mundo con cambio muy acelerado y tecnologías exponenciales, donde las carreras profesionales deberán reinventarse cada diez o cinco años, poner mucho énfasis en conocimientos "específicos" ya no tiene sentido, y lo que convendrá es promover currículas de habilidades generales, que permitan "pivotear" fácilmente entre distintas ocupaciones.
Una muestra de esta visión puede observarse en un reciente documento escrito por Peter Diamandis, físico, ingeniero y uno de los fundadores de Singularity University, que tituló: "Reinventando cómo le enseñamos a nuestros chicos". Allí, Diamandis parte de cinco valores básicos para navegar por el nuevo mundo (pasión, curiosidad, imaginación, pensamiento crítico y persistencia) a partir de los cuales sugiere una currícula de habilidades generales (para la educación inicial) que, además de empatía, incluya módulos de fomento de la curiosidad, de detección de la pasión de cada uno, de persistencia, de storytelling, de experimentación, de exposición a la tecnología, de creatividad e improvisación, de ética y de codificación.

 Hay un módulo con "los tres básicos" (leer, escribir y matemáticas), pero es sólo uno de la decena de secciones que propone. Como marco general, Diamandis también recomienda que todos los programas tengan énfasis en tolerancia al fracaso y en una mentalidad de crecimiento, abundancia y optimismo (growth mindset). Rivas cree que esto de "promover sólo habilidades generales en un mundo cambiante" es una moda que se fue para un extremo absurdo: "Hay que aprender a enseñar muchas habilidades embebidas en el conocimiento. Por ejemplo, en una materia de historia se puede enseñar con los alumnos personificando un debate con grandes actores de la revolución francesa. Eso permite practicar la oralidad, la capacidad de expresión, la empatía en la escucha de la posición del otro, etcétera. Pero lo central es que, siguiendo el ejemplo, se enseñe una forma de razonamiento histórica centrada en el análisis de los procesos, la temporalidad, la contextualización. No serviría de mucho si se hace un buen debate, pero basado en hechos errados o en fechas aisladas del proceso", marca el investigador de Cippec.
El educador estadounidense Daniel Wellingham sostuvo al respecto: "Si se le indica a un alumno que aborde un tema desde «múltiples perspectivas», él entenderá que debe hacerlo, pero si no sabe nada acerca del tema en cuestión no podrá empezar a abordarlo desde múltiples ángulos. El pensamiento crítico no es un habilidad, no hay tal cosa como un «set de pensamiento crítico» que pueda adquirirse independientemente del contexto", afirma.
Crítica al pensamiento crítico


En una reciente columna, Carl Hendrick, jefe de enseñanza del Wellington College en Berkshire, va más allá: "Por qué las escuelas no deberían enseñar habilidades de pensamiento crítico", provoca desde el título de su escrito. La premisa tiene que ver con que hay muy poca evidencia científica que indique que esto puede ser enseñado en forma independiente de contenidos específicos, y que hay un mito que recorre esta nueva agenda de aprendizaje: que las "habilidades generales" son fácilmente traducibles y trasladables entre una especialidad y otra. "Hay mucha investigación psicológica concluyente que demuestra que esto no es así. Por ejemplo, la habilidad de memorizar una serie larga de números no se traslada a la de recordar una serie larga de letras. Es más: cuanto más complejo es el dominio profesional, más importante se vuelve el conocimiento específico para ser exitoso en ese campo".
Lo mismo, sostiene Hendrick, vale para "persistencia" o "mentalidad de crecimiento": no hay evidencia de que promover estos valores fuera de un contexto específico tenga un efecto positivo en los alumnos.
Ni Rivas, ni Handrick, ni Wellingham descalifican la agenda de habilidades generales per se, sino su versión extrema de que la especificidad ya no es útil. Hay un camino intermedio que es el que hoy promueven la mayor parte de las instituciones educativas.
"En educación ejecutiva hace rato que los programas serios se basan en enseñar a pensar desde perspectivas múltiples a partir de un problema concreto en un contexto determinado -dice Fernando Zerboni, profesor de la Udesa-, no estamos hablando de ser un experto en todo, sino de saber lo suficiente como para poder interactuar con los expertos en diferentes temas y poder incorporar estas miradas en las decisiones", agrega.
Ignacio Puig Moreno, cofundador de Acamica, una startup de enseñanza, coincide: "Está claro que ambas visiones, la de la especificidad y la de las habilidades generales, son complementarias en realidad. Hay un timing para todo, y distintas etapas en la vida; yo lo observo con mi hija Eloísa de ocho meses y lo contrasto con mi experiencia: al comienzo es descubrimiento, luego especificidad. Algunos perfiles de personas son amplios, horizontales, donde yo me incluyo: me aburro yendo por una vertical y no es casualidad que haya optado por la ingeniería industrial (saber un poco de muchas cosas y no mucho de una sola).

 Mismo, otras personas mutan y cambian su expertise o agregan nuevos. Lo que está claro es que el one size fits all (una talla para todos) sobre educación no va más, para nadie".
Este "pensamiento crítico al pensamiento crítico" muestra un lado B de la agenda sesgada 100% a las "habilidades generales", una de las cuales, la empatía, fue remarcada al principio de esta nota para el caso de Dinamarca. Hay quienes se hartaron de esta visión idílica de los países nórdicos y publicaron artículos catárticos contra los países escandinavos: The Guardian hizo uno muy divertido semanas atrás, con énfasis en los niveles récord de alcoholismo, ingesta de antidepresivos, suicidios, deuda por habitante y productividad estancada de estos "mundos felices".


Como se ve hay mitos por todo lados, y parece que también en la idea de la "reinvención permanente" de la carrera de cada uno. En una reciente entrevista, Cher, una de las reinas del pop, sostuvo que la resiliencia es mucho más importante que la "reinvención". Que su trayectoria fue una montaña rusa, en la que luego de cada caída se multiplicaban artículos hablando de su "capacidad de reinvención": "Es una pavada, yo siempre fui la misma". Paradojas de un contexto que glorifica la "autenticidad" y la búsqueda de la verdadera pasión, y al mismo tiempo, el cambio permanente en hábitos, en nuestro set de habilidades y hasta en nuestras carreras.

S. C.