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martes, 4 de abril de 2023

MALVINAS ARGENTINAS


Revelan archivos históricos sobre las malvinas
La Cancillería recopiló documentos históricos sobre la misión del embajador Manuel Moreno en Londres, ante la Corte británica
Mariano de VediaLa primera protesta formal en Londres
Recopilaron documentos en los que está asentado el reclamo argentino ante la Corte británica en 1833; hoy se cumplen 41 años del inicio de la guerra.
Desde los tiempos en que la grieta entre unitarios y federales dominaba la escena política en el Río de la Plata, la Argentina –en ese momento la Confederación Argentina– planteó por vía diplomática, con argumentos históricos y jurídicos, los derechos de soberanía sobre las Islas Malvinas y el rechazo a la ocupación británica, que había desembarcado en 1833. La primera voz que llevó el reclamo a Londres fue Manuel Moreno, el hermano menor de Mariano Moreno y embajador en el Reino Unidos.
Documentos que testimonian las gestiones que el diplomático planteó por escrito ante la Corte británica entre 1833 y 1849 serán presentados mañana por la Cancillería, al cumplirse 41 años de la recuperación argentina del territorio insular, que dio pie a la Guerra de Malvinas de 1982. También se entregarán distinciones a excombatientes.
La documentación histórica, a la que los investigadores ya tenían acceso en el Archivo General de la Nación y en la propia Cancillería, será presentada por la Secretaría de Malvinas, a cargo de Guillermo Carmona, con el propósito de darle una difusión de mayor alcance.
El material comprende cartas y recortes periodísticos que muestran la continuidad de las gestiones diplomáticas que se hicieron en Londres para sostener la posición de la Confederación Argentina, que en ese momento había delegado las relaciones exteriores en el gobierno de Buenos Aires, que conducía Juan Manuel de Rosas. A pesar de los enfrentamientos, en ese tiempo la Argentina nunca rompió relaciones diplomáticas con el Reino Unido.
La recopilación estuvo a cargo del Consejo Consultivo sobre temas vinculados al Atlántico Sur (Casur), cuyo coordinador es Facundo Rodríguez.
La documentación refleja el peso de los argumentos históricos y jurídicos que ya en ese tiempo planteaba la posición argentina. El año pasado se presentaron documentos sobre las primeras gestiones y reclamos realizados en Buenos Aires tras la usurpación de 1833, lo que ahora se complementa con las cartas y notas interpuestas ante la Corte británica, en Londres.
La primera protesta
Entre las piezas más importantes se encuentra la primera protesta formal que el gobierno argentino presentó en Londres y las órdenes que recibió el embajador Moreno para sostener el reclamo de los derechos argentinos. Sostenía, por ejemplo, que la acción de 1833 era contraria al derecho internacional y había violado la integridad territorial, además de haber incumplido con el Tratado de Amistad, Navegación y Comercio, que en 1825 reconocía a la Confederación Argentina como un Estado independiente.
Apegado a razones históricas, Moreno alegó que la Confederación Argentina había heredado de España la soberanía sobre las Malvinas, al exponer un recuento de los derechos de ese país europeo, que había nombrado 32 gobernadores en las islas.
El material difundido por la Cancillería revela que la posición argentina contemplaba la posibilidad de someter el diferendo diplomático a un arbitraje internacional para solucionar el litigio, con algún país de Europa, opción a la que el Reino Unido se resistió a lo largo de los años. “Nuestro país ofreció cuatro veces la alternativa del arbitraje, pero el Reino Unido siempre se negó”, confió el coordinador Rodríguez 
Cuando tenía 29 años, Manuel Moreno había acompañado a su hermano Mariano a un viaje en barco a Europa, en 1811, para una misión diplomática, pero el secretario de la Primera Junta murió en alta mar. El diplomático era médico, fue catedrático universitario y ministro de Manuel Dorrego, antes de ser designado embajador en Londres, gestión que se extendió por 16 años.
El material abierto ahora al público incluye declaraciones que el propio embajador hizo publicar en inglés en diarios británicos para difundir el memorándum presentado a la Corte británica sobre la posición argentina, en el que ratificaba los derechos sobre las Malvinas y el rechazo a la ocupación británica. Una acción novedosa para la época. La Cancillería exhibirá la versión original en inglés y la traducción que el propio diplomático remitió a Buenos Aires.
La misión encomendada a Moreno se decidió luego de que el embajador británico en Buenos Aires, al ser convocado por las autoridades argentinas después de la invasión del 3 de enero de 1833, confesó que “no estaba al tanto de la situación”, explicaron en la Cancillería. “No había recibido ninguna orden. Por eso se decidió tratar el conflicto con las autoridades en Londres”, dijo el coordinador del Casur.
Mientras el embajador realizaba gestiones en Londres, comenzó a regir el bloqueo anglofrancés en el Río de la Plata. Pero el gobierno de Rosas manejaba ambos conflictos por cuerda separada. Moreno se concentró en el diferendo sobre las Malvinas, según la visión del gobierno kirchnerista.
Cartas y revelaciones
Entre los 53 documentos, es relevante una carta en la que el embajador informa a las autoridades del Reino Unido que la Confederación Argentina “nunca aceptará” la posición de las islas y mantiene el reclamo”.
También se recuperaron cartas entre el embajador Moreno y funcionarios nacionales, además de una comunicación en la que se le informa que el representante diplomático de Brasil tenía la orden de acompañar el reclamo argentino sobre las Malvinas.
Un incidente dentro del conflicto se produjo en 1842, cuando el Reino Unido notificó al embajador argentino que la cuestión de las Malvinas estaba cerrada. “Acepten esta situación”, fue el mensaje que llegó de Europa. La respuesta fue que Buenos Aires “nunca aceptará la decisión unilateral británica. “Moreno transmitió, así, una reserva de soberanía”, explicaron en la Cancillería.
Siete años después, en la prensa británica se publicó que la Argentina abandonaba el reclamo por las Malvinas, por una “aceptación tácita” de la posición de Londres. El embajador Moreno transmitió al primer ministro lord Palmerston que eso no era sí. “La Argentina nunca va a aceptar su posición y sigue reclamando sus derechos”, respondió. La propia autoridad británica, según la recopilación de la Cancillería, asintió.

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lunes, 3 de abril de 2023

MALVINAS ARGENTINAS


Los isleños buscan alejarse más de la Argentina
La épica imperante pretende reafirmar el camino a la autodeterminación y el reclamo a Gran Bretaña para que no les suelte la mano; historia tergiversada y oportunidades perdidas
Alejandra Conti y Sergio Suppo archivo Alejandra Conti y Sergio Suppo son coautores del libro Malvinas, el lugar más amado y desconocido por los Argentinos (Ariel)El Museo Histórico de Malvinas, una visita obligada para entender la cosmovisión de los isleños
En los 41 años que pasaron desde la Guerra de Malvinas los isleños han construido un relato histórico que ubica a 1982 como el año en que se liberaron de la Argentina y comenzó su verdadera autodeterminación. Esa narrativa comprende una nueva épica, con héroes y muertos propios, que da sustento a un reclamo a Gran Bretaña, que no se agotó después de la contienda. Más que un pedido, es una exigencia: que no les suelten la mano.
Una forma de conocer ese nuevo relato y de entender de qué se trata es visitar el museo de Puerto Argentino/stanley. Los museos siempre han servido para marcar una línea política según la época. El de la capital de las islas no es la excepción y resulta particularmente revelador.
Se encuentra en el centro, en la parte más antigua de la capital de las islas, el lugar en el que se fundó Stanley en 1843, cuando los ingleses decidieron dejar Puerto Soledad y trasladarse a este lugar que tiene mejores condiciones para la llegada de los barcos a vela. En ese terreno hay un par de pequeñas construcciones de aquella época que han sido restauradas; son parte del complejo museístico y sirven como muestra de la vida cotidiana en el siglo XIX. El cuidado con que se mantiene este complejo contrasta con el abandono al que están condenados los restos de Puerto Soledad, donde en 1833 fueron desalojadas las autoridades argentinas con parte de la población.
El Historic Dockyard Museum no es muy grande, pero está organizado profesionalmente. En la planta baja, la muestra permanente comienza con objetos y testimonios de la colonización británica después de 1833. Se pueden ver elementos de uso cotidiano, desde ropa, vajilla, algunos muebles, libros, cuadros hasta los inquietantes instrumentos del dentista de la época. Pasando este sector se llega a la parte dedicada a la guerra, que ocupa casi la mitad de la planta baja. En el antiguo museo había elementos rescatados de los campos de batalla, como una bandera argentina, notas de soldados solicitando a los vecinos que les vendieran comida y la reconstrucción de una trinchera con elementos reales que habían quedado en la ciudad o en las afueras después del final de la guerra. En una visita anterior, en 2007, habíamos visto la comparación de un equipo de víveres de oficiales versus el de soldados rasos, como para resaltar la pobreza de lo que se les daba a estos últimos.
En el nuevo museo la exhibición tiene otras características. En una sala moderna y revestida en madera clara, se proyecta en loop un audiovisual con testimonios de isleños sobre la guerra. Las imágenes históricas y el sonido real de los combates se superponen con las declaraciones de diferentes personas que cuentan qué hacían, dónde estaban, qué les pasó durante ese tiempo. El resultado apela a lo emotivo y es un resumen de la visión que los isleños tienen del conflicto. En la pared de enfrente a la de la pantalla con el video, una línea de tiempo señala algunos de los hitos de la situación política de las islas respecto del reclamo argentino. Nos detenemos ahí.
En la entrada que corresponde al año 1941 se indica que “por primera vez desde la ratificación de la convención de paz de 1850”, Argentina renueva sus reclamos sobre las islas. Aquí aparece este acuerdo de 1850 que se ha convertido, repentinamente, en caballito de batalla de la argumentación isleña. Algunos locales, entre ellos varios funcionarios, esgrimen que sería la prueba concluyente de los derechos británicos sobre las islas. Se basan en el libro Falklands Facts and Fallacies, de Graham Pascoe. Los autores sostienen que el acuerdo de 1849-50 determina la renuncia implícita a los derechos argentinos sobre las islas.
Si vamos a los libros y a la documentación que toman como base para su afirmación, vemos que el argumento no tiene sustento. En el acuerdo de 1850 (en realidad 1849, pero ratificado al año siguiente), Juanmanuelderosas,ennombrede la Confederación Argentina, da por terminada la enemistad argentinobritánica a raíz del bloqueo del Río de la Plata por parte de Gran Bretaña y Francia en cuyo marco se produjo la Vuelta de Obligado en 1845. El tratado se denominó “Convención para Restablecer las Perfectas Relaciones de Amistad entre la Confederación Argentina y Su Majestad Británica”, o tratado Arana-southern.
¿En África?
Por mucho que uno busque en el texto, en ninguna parte se hace mención a las Malvinas o Falklands. Sería ilógico que así fuera, ya que el conflicto que venía a cerrar era otro, el del bloqueo anglofrancés al Río de la Plata. Los autores, en un exceso de libertad interpretativa, aseguran que este acuerdo hace caer el derecho de Argentina de heredar las posesiones de la colonia española, nada menos. El argumento fue adoptado por los isleños y grupos de presión que hacen lobby para ellos, y aparece en el museo como si fuera un hito histórico indubitable. Nada que haya quedado por escrito da a entender semejante conclusión. Asociado a esto figura también una afirmación relativamente nueva e igualmente insólita que figura en el sitio web del gobierno local de las islas. El texto señala: “Geográficamente, las Islas Malvinas alguna vez formaron parte de África Oriental”. Los deseos de diferenciarse de la Argentina continental llegan a este punto.
Volviendo al museo, otra entrada de la línea de tiempo de enorme significancia figura debajo del año 1971: el Acuerdo de Comunicaciones firmado ese año entre Argentina y Gran Bretaña, cuando se establecen los vuelos regulares de LADE entre las islas y la Argentina continental, se acuerdan programas de becas para que chicos malvinenses puedan ir a los colegios bilingües de Buenos Aires y Córdoba y se elimina el vínculo marítimo que unía las islas con Montevideo. Esta política fue una propuesta de los propios británicos, según contó Carlos Ortiz de Rozas en una entrevista publicada en 2006 : “En 1966, yo era encargado de negocios en Londres y estaba a cargo de la embajada cuando Henry Hohler, subsecretario del Foreign Office para Asuntos de América del Sur, y Robin Edmonds, jefe de la división del Foreign Office a cargo del tema Malvinas, me invitaron a almorzar. Hohler me dijo que las islas habían dejado de tener el valor estratégico que habían tenido para la Marina británica en las dos guerras mundiales. Creía que había que resolver la disputa de soberanía, ya que, tarde o temprano, la Argentina recuperaría las islas, pero que no se podía hacer de una manera repentina. “Es necesario que ustedes conquisten las mentes y los corazones de los isleños, para que no haya resistencia de parte de ellos”, dijo Hohler. Esta conversación la transmití a Buenos Aires y a partir de entonces empezó un largo camino que fue la negociación para el Acuerdo de Comunicaciones de julio de 1971”.
De nuevo en la línea de tiempo que expone el museo, junto al año 1974 un cartel señala: “Gran Bretaña deja de enviar combustible a las islas, que van a ser provistas por YPF”. Clara señal del desinterés de Gran Bretaña por los isleños. Y en 1975 otra entrada menciona: “Discusiones sobre la soberanía. En un encuentro en Río, el Foreign Office admite la discusión de soberanía con Argentina”.
Volvemos al testimonio de Ortiz de Rozas: “El 11 de junio de 1974, la embajada británica en Buenos Aires le propuso al gobierno argentino un condominio en las Malvinas. La propuesta era extraordinaria: los idiomas oficiales serían el español y el inglés, los isleños iban a tener doble nacionalidad, se suprimían los pasaportes. Los gobernadores de las islas serían nombrados alternativamente por la reina y por el presidente argentino, las dos banderas iban a flamear en las islas. (...) Esa propuesta tenía la aprobación del Consejo Legislativo y del Consejo Ejecutivo de las islas. Juan Domingo Perón (entonces presidente), inteligentísimo, le dio instrucciones a Alberto Juan Vignes, su canciller, quien me dio una fotocopia de ese acuerdo. Le dijo: ‘Vignes, esto hay que aceptarlo de inmediato. Una vez que pongamos pie en las Malvinas no nos saca nadie y poco después vamos a tener la soberanía plena’. Pero el diablo metió la cola y dos semanas después, antes de que Vignes pudiera hacer nada, murió Perón. Cuando el canciller insistió con la viuda, Isabel Martínez de Perón, ella le dijo: ‘No tengo la fuerza política del general para venderle esto a la opinión pública’. Evidentemente, muchos argentinos se iban a resistir a la soberanía compartida, con esa errónea visión del todo o nada. Bueno: fue nada”.
Claramente, María Estela Martínez no podría haber llevado ese proyecto adelante. Nos queda la duda de si, en caso de que las negociaciones se hubieran completado con Perón vivo, el Parlamento británico hubiera aprobado la cesión. Además, los isleños aseguran que nunca habrían avalado semejante propuesta.
De nuevo en la línea de tiempo del museo isleño, en la entrada correspondiente al año 1976 señala el informe Shackleton, una misión de investigación encargada por el gobierno británico al geógrafo, explorador y político Edward Shackleton. Dicho informe indicaba que la conexión con el continente era vital para el progreso económico de Malvinas.
En la entrada correspondiente al año 1981, se explica que el Acta de Nacionalidad Británica les quitó la nacionalidad a muchos isleños. Los habitantes de las colonias ya no iban a ser ciudadanos de pleno derecho, salvo que tuvieran uno de los padres o uno de sus abuelos nacidos en el Reino Unido. Esto se revirtió en 1983, pero en su momento fue otra cachetada al orgullo isleño. La inclusión de este hecho en la línea de tiempo es una señal clara de que hay cosas que no se olvidan ni se perdonan. Los argentinos debemos interpretarlo como un recordatorio de lo que pasaba delante de nuestras narices. Todo lo que podría haber sido y no fue, pero también todo lo que creemos que pudo haber sido y en realidad no existió.ß
Un texto publicado en el sitio web del gobierno local dice que las islas formaron parte de África
Isabel Perón no quiso involucrarse en 1974 en un plan para establecer una soberanía compartida en Malvinas

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El diálogo por la soberanía parece cada vez más difícil
La caída del acuerdo Foradori-Duncan, dispuesta por el gobierno de Alberto Fernández, ahonda el estancamiento en la relación
Daniel Santa Cruz
“En 1982 nosotros veíamos la BBC dos horas por día, leíamos diarios británicos que llegaban días después, teníamos radio, sabíamos lo que sucedía en Argentina, donde había un gobierno militar que secuestraba y desaparecía personas, era una dictadura. Bueno, un día amanecimos con esos militares que venían a gobernarnos. Para nosotros fue una invasión de esa dictadura, nunca superamos eso”, así recordó aquel 2 de abril J. Grimms, un granjero inglés que desde 1966 vive en las Islas Malvinas. Ese sentimiento quedó impregnado en los habitantes de las islas. Desde entonces solo se permitieron un acercamiento verdadero con Argentina cuando colaboraron, y de buena manera, con el Plan Humanitario que permitió identificar a 120 soldados argentinos sepultados en el Cementerio de Darwin.
La guerra dilapidó todo tipo de convivencia e interacción con los isleños, que, de alguna manera, hasta ese entonces necesitaban de nosotros. Hoy las islas están cada vez más lejos, mucho más que antes del enfrentamiento bélico cuando existía una convivencia por necesidad, con isleños que viajaban al continente a atenderse a hospitales, a tener sus hijos o a estudiar. Además, desde 1971 un grupo de maestras argentinas viajaba a las islas a enseñar español y en base a un acuerdo con las autoridades locales, existía presencia de empresas públicas argentinas en las islas, como YPF, Gas del Estado, Correo Argentino, hasta se abrió una oficina de LADE en Puerto Argentino que funcionaba cuando desembarcaron las tropas argentinas.
Este mes se cumplieron 10 años del referéndum de autodeterminación de las Islas, donde los habitantes decidieron ser territorio de Ultramar del Reino Unido. La guerra congeló las relaciones con el país. Sí hubo un intento de acercamiento en 2016 cuando los entonces vicecancilleres de los dos países, el argentino Carlos Foradori y el británico Alan Duncan, firmaron una declaración conjunta en la que se buscaba mejorar la relación bilateral y “remover todos los obstáculos que limitan el crecimiento económico y el desarrollo sustentable de las Islas Malvinas”, entre otros aspectos diplomáticos. Ese acuerdo fue anulado por la cancillería argentina hace un mes y solo ahondó la imposibilidad de avanzar en un diálogo de soberanía estancado en el tiempo y que hoy parece imposible desde todo punto de vista.
Según los isleños, la “hoja de trabajo conjunta” era una posibilidad de acercar posiciones y dan como ejemplo que ese tratado permitió el trabajo humanitario en conjunto para identificar los cuerpos de los soldados caídos. La presidenta de la Asamblea Legislativa que administra el gobierno local, Leona Roberts, dijo a través de un comunicado: “Es muy decepcionante que Argentina haya tomado esta decisión, pero no es inusual. Estamos desgraciadamente muy acostumbrados a que Argentina incumpla sus acuerdos. Apoyamos el trabajo humanitario relacionado con los caídos de guerra argentinos y hemos seguido comportándonos como la parte responsable y compasiva. Nos entristece que todo el trabajo que hemos realizado desde 2016 será un ejemplo más de que Argentina no es lo suficientemente adulta para hablar con nuestro país sobre temas que también apoyarán su desarrollo”. Pero agregaron: “Las discusiones sobre nuestra soberanía no son negociables, seguimos comprometidos a ser parte de la familia británica, viviendo en libertad bajo el gobierno de nuestra elección”.
No solo la anulación del acuerdo de trabajo conjunto afectó las relaciones con los isleños, al mismo tiempo el gobierno argentino canceló un vuelo de Latam San Pablo Córdoba-Puerto Argentino.
Los isleños se sienten más predispuestos al diálogo con un gobierno no kirchnerista, mucho menos en un año electoral donde el discurso “malvinero” suele servir para despertar pasiones en el país. Creen que durante la presidencia de Macri pudieron avanzar en muchos temas de colaboración mutua. De hecho, durante la pandemia rechazaron con enojo, lo que consideraron una “falta de respeto”, que el gobierno de Alberto Fernández contabilizara los casos de Covid sucedidos en las islas como si fueran en Tierra del Fuego y desmintieron al entonces canciller Felipe Solá, que en una videoconferencia afirmó: “Lo dice el Penguin News, los malvinenses se dan vuelta, prefieren los médicos argentinos, se sentirían más cómodos con ellos”. Nada de eso había sucedido.
Hoy, las islas viven una situación de progreso y bienestar basado en algunos indicadores que son récords para su economía en cuanto a la pesca del calamar y la merluza, donde superan las 110.000 toneladas, y el arribo de 52.000 turistas durante 2022 a través de los cruceros que retomaron su programación. Además, están a punto de firmar un acuerdo con la petrolera israelí Navitas Petroleum para iniciar tareas de exploración y desarrollo en la zona de Sea Lion. La pista de aterrizaje de Mont Pleasant se ampliará en una obra que costará 7 millones de dólares.
Este 2 de abril pasará inadvertido en la comunidad isleña. “No lo conmemoramos de ninguna manera porque es un recuerdo muy triste, solo se menciona en un contexto histórico cuando se enseña sobre la guerra de las Malvinas”, dijo a la nacion Lisa Watson, editora del Penguin News. Mientras que Argentina decidió conmemorar este día decretándolo feriado nacional, en Malvinas las autoridades resolvieron que su día de evocación histórica de la guerra fuera el 14 de junio, cuando se cumple el aniversario de la recuperación del archipiélago por parte de las fuerzas militares británicas.
La población cambió mucho en los últimos 41 años; más de la mitad de los 3600 habitantes actuales no vivieron la guerra. Pero hay un dato que sorprende: 8 de cada 10 jóvenes que deciden realizar sus estudios de grado en Gran Bretaña regresan a radicarse a las islas. “Nuestros antepasados forjaron este lugar; eso tienen que entender en Argentina”, aseguran cuando son abordados por el tema soberanía. Esta es, en definitiva, la posición histórica que mantienen y que hoy parece definitiva.

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miércoles, 26 de abril de 2017

CINE RECOMENDADO


El cine mira y recuerda la Guerra de Malvinas
El film de Rodrigo Fernández Engler se suma a las representaciones cinematográficas del conflicto bélico
El cine argentino vuelve a posar la mirada en la Guerra de las Malvinas, una cuestión sobre la cual se han construido variadas representaciones cinematográficas a lo largo de todos estos años. Soldado argentino sólo conocido por Dios, la película de Rodrigo Fernández Engler que se conocerá pasado mañana, y QTH, un film de Alex Tossenberger con lanzamiento previsto para mayo, son los acercamientos más recientes del cine local al conflicto de las Malvinas, doloroso capítulo de una época que transitó por primera vez desde la ficción Los chicos de la guerra (1984), dirigida por Bebe Kamín.
Las historias de jóvenes que fueron a combatir a las islas y las posteriores secuelas que aquella traumática experiencia provocó en sus vidas están en el corpus argumental de casi toda la filmografía sobre esa contienda, tanto ficción como no ficción. En esas historias se apoyaba el film de Kamín, desgarrada radiografía de toda una generación. Y en esas historias también abreva Soldado argentino sólo conocido por Dios, largometraje protagonizado por Mariano Bertolini, Sergio Surraco, Florencia Torrente, Fabio Di Tomaso y Hugo Arana, centrado en el drama humano de tres jóvenes (dos de los cuales son amigos desde la infancia; uno está próximo a ingresar en Bellas Artes y se pone de novio con la hermana del otro, que a su vez, ha decido hacer la carrera militar), cuyos destinos se verán transformados para siempre por la guerra del Atlántico Sur.



Entre este último film y aquel de 1984 hubo sobre todo numerosas producciones documentales relacionadas con el tema Malvinas (una lista conformada, entre muchos otros, por títulos como Hundan al Belgrano, de Federico Urioste; Malvinas, historia de traiciones, de Jorge Denti; Malvinas, historia de dos islas, de Diego Alhadeff; Locos de la bandera, de Julio Cardozo, y No tan nuestras, de Ramiro Longo). En tanto que desde la ficción, directa o tangencialmente, las marcas del conflicto bélico emergieron una y otra vez a lo largo de tres décadas en películas como La deuda interna, de Miguel Pereira; El visitante, de Javier Olivera; Pozo de zorro, de Miguel Mirra; Fuckland -dirigida por José Luis Márquez, se promocionó como la primera producción filmada con una cámara digital clandestinamente en las islas-; Palabra por palabra, de Edgardo Cabezas, e Iluminados por el fuego, de Tristán Bauer, inspirada en el libro homónimo del ex combatiente y periodista Edgardo Esteban, y encabezada por Gastón Pauls, un sólido relato en clave de drama bélico, un género usualmente transitado por megaproducciones hollywoodenses.
Colectivo vulnerable



Soldado argentino sólo conocido por Dios también se instala en el territorio del cine de ficción bélico, y en términos de producción redobla la apuesta en las escenas de bombardeos, que alcanzan un grado de verosimilitud infrecuente en el cine argentino. El espanto de la guerra, las experiencias de los soldados en el campo de batalla y después de la contienda bélica son algunos de los aspectos que se plantearon los coguionistas del film, Ivana Galdeano y Rodrigo Fernández Engler, al recrear episodios de la vida real en esta película, con la que se proponen "rescatar la figura del ex combatiente como parte de un colectivo vulnerable de la sociedad", así como rendir "un homenaje a los soldados que fueron y lucharon; a los quedaron y a los que volvieron y hoy viven entre nosotros", según agrega el director santafecino, también realizador de Cartas a Malvinas, filmada en 2007.



Desde otra perspectiva elige mirar Alex Tossenberger las huellas dejadas por el conflicto de las Malvinas en su largo QTH, que se anticipa como un drama en torno de un suboficial, un cabo y dos marineros que durante la guerra tienen la misión de cuidar y controlar la entrada estratégica del canal de Beagle, mientras permanecen aislados, con escasos recursos y la amenaza latente de invasión de las tropas inglesas, que terminará desencadenando una situación extrema en el grupo de argentinos.


"Estos cuatro personajes (interpretados por Osqui Guzmán, Jorge Sesán, Juan Manuel Barrera y Gonzalo López Jatib) alejados de los centros urbanos, en un lugar de una belleza increíble muy próximo a las islas Malvinas, recrean el padecimiento, la incertidumbre, la violencia, el abandono y el despertar de las actitudes más heroicas en un momento de extrema tensión en nuestro país", explica el director y guionista del film a estrenarse el 18 de mayo, para quien además, la Guerra de las Malvinas "fue mucho más que disparos y movilización, fue también, y sobre todo -subraya el cineasta-, el impacto traumático en toda una sociedad y generación que aún trata de simbolizar los acontecimientos". El cine argentino evidentemente todavía tiene mucho para contar al respecto.

J. M. 

domingo, 2 de abril de 2017

NUESTRO HOMENAJE


Un homenaje a los combatientes


Sé que este día 2 de abril de 1982 marca un jalón trascendente para la historia argentina del siglo que vivimos." Así comenzaba su discurso el general Galtieri, anunciando a los argentinos que se habían recuperado las islas Malvinas. En pocas semanas, sus palabras se verían confirmadas por los hechos, pero no en la forma en que él lo hubiera deseado. Las islas no se recuperaron, todos los avances diplomáticos de acercamiento a los isleños se perdieron y cientos de compatriotas pagaron con su vida la aventura del dictador.
Desde 1833, cuando las tropas británicas expulsaron al gobernador Luis Vernet del territorio insular, la cuestión Malvinas se volvió uno de los grandes conflictos en política exterior. Por momentos hubo reclamos muy tibios, dado que Gran Bretaña era nuestro principal socio comercial, mientras que con otros gobiernos más nacionalistas se tomó el tema con profundo interés. Especialmente desde la década del 60, se había encarado una sólida negociación diplomática que llevó a un contacto directo con los isleños. Vuelos regulares, becas de estudio y hasta la presencia de médicos y maestros argentinos. Los gobiernos, fueran democráticos o de facto, optaban por el acercamiento como vía de recuperación de las islas.


El desembarco del 2 de abril no guardó ninguna relación con el proceso de negociación que se estaba llevando a cabo. Con poca planificación, bajo supuestos errados -el apoyo estadounidense y la inacción británica- y sin un plan coordinado entre las distintas armas, la Argentina se embarcó en un conflicto armado que desató un masivo y genuino apoyo popular. Aquella frase tantas veces entonada en la escuela se hacía realidad: "Las Malvinas son argentinas."
Pero las batallas no se ganan sólo con buenas intenciones. Gran Bretaña decidió contraatacar y, con una fuerza superior a la argentina, recuperó el control de las islas en pocas semanas. No alcanzaron los valerosos vuelos rasantes de los pilotos de la Fuerza Aérea ni el coraje de los soldados peleando cuerpo a cuerpo. Rápidamente, el exitismo del "estamos ganando" se ahogó en un baño de realidad. La guerra siempre es dolorosa, y mucho más si se pierde.
La derrota fue también la partida de defunción del gobierno militar que, forzado por su propio error, se vio obligado a permitir el retorno de la democracia, sin negociaciones posibles, como hicieron otros gobiernos de facto latinoamericanos. Los vencidos no ponen condiciones y el Proceso de Reorganización Nacional había sido vencido en muchos más campos que el estrictamente militar.


A 35 años del desembarco en las Malvinas, la guerra sigue siendo una herida abierta en nuestra historia nacional.
Cada 2 de abril recordamos y homenajeamos a los veteranos y a los caídos en la Guerra de Malvinas. A aquellos que en cumplimiento del deber sirvieron a la patria. Ellos, por todos nosotros. El dolor de Malvinas los convirtió en "los chicos de la guerra", en víctimas dignas de lástima. Pero no es así como debemos recordarlos y honrarlos. Entregar la vida por la patria no es digno de lástima, sino de orgullo. Aun cuando la guerra en sí haya sido una equivocación, ellos no deben ser ensuciados por la soberbia o incompetencia de unos pocos, que ni siquiera tuvieron el valor de combatir. Como escribió Jorge Luis Borges: "Su muerte fue una secreta victoria". Mi homenaje es a ellos, que entregaron lo más valioso: la vida misma.

S. B.

viernes, 31 de marzo de 2017

MALVINAS


Todos vivimos a orillas del océano. Ese océano es el cosmos. Carl Sagan nos lo enseñó primero. Es el más insondable, el más vasto. Los que hemos pasado una vida observándolo sabemos que, dada su inconcebible profundidad de años luz, nunca conoceremos sus últimos confines. Es probable que, en sus honduras relativistas, ni siquiera existan tales confines. Acaso el universo, como sospechó Stanislav Lem, no sea sino una ilusión creada por civilizaciones más sabias y más antiguas para contentar nuestras tempranas, ávidas y violentas consciencias.
Anclados al pequeño planeta azul, debemos resignarnos a observar el océano desde su orilla. La orilla del cosmos es el cielo. En él leemos durante horas el inquieto lenguaje de las nubes. En la rompiente del universo, en la delgada ribera de la atmósfera, se ofrece a diario un espectáculo inagotable. Nunca es el mismo, nunca ha sido el mismo, nunca volverá a serlo. Existe quizás, en la historia de todos los mundos posibles, un instante en el que las nubes vuelven a exhibir una cierta, exacta configuración. Imagino que tal circunstancia daría origen a un millón de prodigios.
Pero, de suyo, el cielo prefiere no repetirse. Pasará, en una misma jornada, de la claridad más diáfana a la amenaza de tormenta, con sus torres ciclópeas que avanzan con pasos atronadores y zarpazos relampagueantes, iluminadas por el último sol, enrojecidas de furia, pero a la vez con un núcleo reconcentrado de profundo gris azulino que promete lluvias vehementes. En el verano, tras la tempestad, la lenta y silenciosa peregrinación de fantasmas nos traerá un poco de esperanza y de alivio.
Artista sin igual, el cielo -la playa terrenal del océano celeste- será capaz de inspirarnos la euforia del día soleado en invierno, la tristeza de la tarde encapotada de otoño y el horror de los crepúsculos radiantes cuando se nos da por recordar tiempos mejores. Pero, inexorablemente, llegará la noche, y entonces la tentación del vacío volverá a hincarnos su puñal. Contaremos de nuevo, hipnotizados, las constelaciones, y saludaremos a los soles más conspicuos. Así, desde las primeras horas tras el crepúsculo, vigila a sus presas Orión, el cazador, evidente por las magníficas Rigel y Betelgeuse, y por su cinturón incrustado de Alnitak, Alnilam y Mintaka, a las que de niños llamábamos Las Tres Marías. Cerca del cenit, relumbra la altiva Sirio. Allá, Achernar y Canopus. Y la Cruz del Sur. Hacia el otro lado, Cástor y Pólux. Luego de mudarme, he descubierto que a la madrugada, a la hora de los desvelos, reinan en mi dormitorio Arturo y Vega.


No es raro pedirle respuestas al cielo. Durante la Guerra de Malvinas, cuando se acercaba la fecha en la que se suponía que nos enviarían al frente, me obsesionaba la idea, que tenía por cierta, de que en la batalla, igual que en la vida, el peor enemigo es el miedo. Debía liberarme de esa carga, de alguna forma, de cualquier forma, a cualquier precio.
Una noche me recosté boca arriba en el ajetreado césped de Campo de Mayo y alcé la vista. El vivac estaba a oscuras y en silencio, y la Vía Láctea se veía inmensa. Tuve en ese instante una revelación. Entendí que, si caía en combate, esas estrellas seguirían ahí, inmutables, que nada cambiaría en el océano cósmico. Entendí, en consecuencia, que mi muerte no sólo sería insignificante, sino que posiblemente sería también ilusoria.
A 35 años del 2 de abril de 1982, me doy cuenta de que aquél fue un consuelo vano y desesperado.

 Si hubiera ido al frente, tendría que haber dominado el miedo, no liberarme de él. Me doy cuenta, tantos años después, de que las estrellas estaban equivocadas. Que ninguno de nuestros caídos es insignificante, que no hay nada de ilusorio en la muerte de un hombre y que en nuestra efímera existencia no debe haber cosa más sensata que aferrarse a la vida con uñas y dientes.
A. T. 

martes, 14 de febrero de 2017

SERÁ JUSTICA ¡ QUE EL SEÑOR LOS BENDIGA !


Avanza la identificación de los caídos en Malvinas
La Cruz Roja cierra la primera etapa para reconocer los restos de los ex combatientes

Una delegación de la Cruz Roja Internacional concluirá este fin de semana su primera visita a las islas Malvinas, donde recogió información para la misión humanitaria que, entre junio y julio de este año, identificará restos de combatientes argentinos. Mientras tanto, el Gobierno ya está preparando la nómina de forenses que postulará en los próximos días para integrar la delegación final.
Está previsto que la misión, que será financiada por los gobiernos de Argentina y el Reino Unido, cueste un millón doscientos mil dólares.
Por estos días, el Gobierno está confeccionando la lista de especialistas forenses que enviará a Ginebra (Londres hará lo mismo) para que sea evaluada por la Cruz Roja. El organismo internacional elegirá de acuerdo con los antecedentes a dos profesionales de cada país para componer la misión oficial. "La lista confeccionada por el Gobierno surgirá de lo que recomiende la Cancillería junto con otros que aporte la Comisión de Familiares de Combatientes, el Equipo de Antropología Forense y la Secretaría de DD.HH.", señalaron desde el Palacio San Martín.
Caídos
En el cementerio argentino de las islas Malvinas hay 123 tumbas con los cuerpos de ex combatientes que nunca fueron identificados

miércoles, 14 de septiembre de 2016

HISTORIAS DE LA PATRIA....MALVINAS


Rescatando al sargento Villegas
Los aviones ingleses bombardeaban a toda hora o pasaban a baja altura y ametrallaban las posiciones. Los combates cuerpo a cuerpo se habían desatado a pocos kilómetros del vivac y llegaban noticias de que las refriegas eran sangrientas en San Carlos y en Darwin.
Todos los días había “alerta roja”, explotaban los misiles tierra-aire y la lluvia constante inundaba los pozos de zorro y los obligaba a levantar chozas con palos y chapas enmascaradas con pasto. Así y todo, hasta al horror de la guerra se acostumbra el hombre: la Compañía “A” dejó al soldado Esteban Tríes de cuartelero y marchó alegremente a bañarse. Tríes recorría el campamento vacío cuando de repente escuchó que alguien tiraba de la corredera de una 9 milímetros reglamentaria. Dentro de un pozo de zorro un compañero tenía apoyado el cañón de su pistola en la sien.


Tríes había cumplido el servicio militar obligatorio en esa compañía del Regimiento de Infantería Mecanizado 3 de la Tablada: antiguamente sus oficiales y suboficiales llevaban una pechera amarilla, es por eso que algunos todavía lo llamaban con orgullo “El 3 de Oro”. Y cuando Tríes ya estaba trabajando afuera y estudiando ingeniería, había recibido el 8 de abril de 1982 en su casa de Villa Ballester un aviso de reincorporación. Un negrazo valiente que vivía en González Catán y que había instruido a Tríes lo quería a su lado en la guerra: el sargento Manuel Villegas, conocido por su extrema dureza y a la vez por su extraña sensibilidad de hombre bueno.
Sesenta días después, Tríes ya no era un simple conscripto intentando disuadir a un soldado de que no se volara la tapa de los sesos. Era un guerrero de Villegas con la responsabilidad de que no se perdiera ni un hombre ni una bala. Estuvo una hora entera tratando de que el soldado superara la depresión, creyera que saldrían vivos de aquella guerra, soltara la pistola y abandonara el pozo de zorro. Al final lo logró, y cuando Villegas regresó con el resto de la compañía no se dio cuenta de lo que había ocurrido. El soldado que había querido suicidarse en Malvinas entró luego en combate y fue herido, pero regresó entero a su casa.Y Tríes calló aquel pequeño pero grave incidente a pesar de que le debía lealtad total a su jefe, a quien había insultado por lo bajo durante la instrucción a raíz del rigor y fiereza con que Villegas los preparaba para la lucha. Pero con quien luego estableció una relación de respeto y cariño, y con el tiempo de amistad profunda. Villegas era duro pero jamás cruel ni arbitrario. Un líder nato seguido por una soldadesca capaz de acompañarlo hasta el mismísimo infierno. La Compañía “A” acampaba en medio de la nada, a varios kilómetros de Puerto Argentino. Nevisca, frío, hambre y tristeza. Y las detonaciones de las baterías enemigas cada vez más cerca.
Villegas se parecía a aquellos sargentos de los westerns de John Ford: hombres con más corazón que odio. Su debilidad era otro soldado débil a quien todos llamaban Lupin, un huérfano total apellidado Serrezuela, que desde los siete años había vivido en el campo sin familia y sin destino, y a quien nadie jamás le había enviado una carta. A Villegas le daba lástima esa carencia. Así que le ordenó a un conscripto del grupo que le pidiera a su novia un favor: debía buscar a una amiga para que ésta escribiera de su puño letra una misiva dirigida a Lupin. Cuando se hacían los corros para recibir la correspondencia, Lupin se quedaba atrás descansando o cumpliendo tareas. Sabía que en ese rito deseado no había nada para él. Pero un día el encargado del correo voceó por primera vez su apellido: ¡Serrezuela! Y entonces Villegas vio que Lupin ni siquiera se mosqueaba. Como si no lo hubiera oído. ¡Serrezuela!, repitieron varias veces. Y nada. Lupin miraba distraídamente el horizonte. Villegas lo enfrentó: Che, boludo, ¿usted no es Serrezuela?
Lupin pareció regresar del más allá: Sí, pero yo no recibo cartas, mi sargento. Debe ser un Serrezuela de otra compañía. Villegas tomó el sobre y se lo entregó. La cara de Lupin se transformó como si hubiera descubierto un tesoro. Abrió lenta y cuidadosamente el sobre, leyó esas pocas líneas dirigidas a él y a nadie más, y después arrugó la carta contra el pecho y caminó mirando al cielo: Gracias, Dios mío, gracias, gracias. Eso no impidió que el sargento lo castigara con dureza por maltratar a su fusil, un pecado mortal en tiempos de batalla.


El fusil es como la novia, soldado: se lo cuida, se lo mima y se lo lleva siempre consigo. No hacerlo equivale a poner en peligro a todos. Y Serrezuela no lo limpiaba y se lo olvidaba en cualquier rincón. Villegas no tenía forma de saber que Serrezuela le salvaría la vida cuando le impuso una tarea extenuante: vaciar de agua aquellos pozos de zorro durante todos los días de la semana. Una noche Lupin se acercó a la tienda de su jefe y pidió cruzar unas palabras con el sargento. Villegas salió al frío de mala gana, y entonces Serrezuela le dijo, en voz muy baja: Máteme, mi sargento, yo no sirvo para esto, soy un estorbo. Pégueme un tiro; acá nadie se va a enterar que fue usted y nadie me va a extrañar. Villegas le pegó un abrazo de oso y le soltó: Pedazo de hijo de puta, no digas eso. Se lo dijo con los dientes apretados y conteniendo las lágrimas
No le gustaba a Villegas mostrar los sentimientos. Ni las flaquezas. A nadie había contado que cuando eran atacados el 1º de mayo por las ráfagas inglesas el sargento más bravo había empezado a temblar como una hoja. Por suerte, su tropa no lo había visto en esos renuncios, pero a partir de esa vergüenza íntima el sargento cargaba su propio calvario. Le rezaba todas las noches a Dios para que le diera temple en el combate y para que pudiera llevarse de este mundo a cuatro o cinco enemigos antes de morir. No rezaba para salvarse. Rezaba para irse al otro barrio con los honores que siempre había soñado.
A las dos de la madrugada del 14 de junio, el regimiento recibió la orden de cargar armamento y municiones y avanzar sobre el cerro Tumbledown, vadeando el arroyo de Moody Brook. Se combatía en todas partes, y ese riacho no era muy ancho pero resultaba profundo y traicionero. Había luna llena y el cielo estaba plagado de rumores, bengalas, luces de misiles y toda clase de fuegos artificiales cuando Villegas y sus hombres se metieron en el agua y cruzaron dificultosamente con los fusiles en alto. Llegaron con frío y sin fuerzas a la otra orilla, pero escucharon la orden: ¡A lo gaucho, carrera, march! ¡Viva la Patria, carajo!

 Y se pusieron de pie y empezaron a escalar el monte lleno de rocas. Villegas, contra lo aconsejable, iba delante de todos trepando por esa ladera escarpada, cuando desde arriba los haces de luz de dos fusiles M16 con mira infrarroja le resbalaron por el cuerpo. Saltó en un segundo hacia el costado y evitó un proyectil, pero el segundo le entró por el abdomen y le estalló en el hueso de la cadera.
Villegas se tomó la panza y vio que le salía sangre a borbotones y que comenzaba a arderle como si le hubieran arrojado encima dos paladas de brasas de carbón. Tiren —les gritó a sus soldados—. Tiren, que están escondidos detrás de esas rocas.
Tríes no podía disparar sin correr el riesgo de balear a su propio sargento.Apártese, que le voy a pegar, le gritó entre las piedras. Tire igual que yo ya estoy listo. Como Tríes y Serrezuela no le hacían caso, Villegas se estiró para agarrar el fusil y entonces el francotirador le atravesó una mano de otro balazo.
El inglés podía eliminarlo, pero prefería dejarlo fuera de combate. No tanto quizás por razones humanitarias sino por cuestiones estrictamente operativas: el manual indica que un herido ocupa a dos o tres soldados, y que hace más daño eso que matar lisa y llanamente a un enemigo.
Tríes le dijo a Serrezuela: Vamos a buscarlo. El sargento se empezó a sacar el correaje y le gritó: Tríes, quedate porque te va a matar. Tríes y Serrezuela se miraron en la oscuridad. Luego se incorporaron, arrojaron ostensiblemente los fusiles al suelo y levantaron las manos. Subieron en esa posición audaz quince metros hasta su jefe, lo tomaron de los brazos y lo bajaron hasta el lugar donde se habían parapetado. El inglés que los tenía en la mira dejó que hicieran todo eso sin apretar el gatillo.
Villegas pedía desesperadamente agua. Tríes le dio una botellita de whisky y le llenó la boca con trozos de nieve. Había que retroceder ya mismo. Tríes —lo llamó Villegas—. No creas que me pongo en héroe, pero quiero que le avises a mi familia que me quedo acá. Contales de la forma que les duela lo menos posible, ¿sabés? A mi mujer decile que lamento no haberme casado con ella y a mi nena de tres años decile que, decile. En ese momento se fue en llanto. 

Pero se contuvo. Lo agarró a Tríes de la solapa y le dijo, en un hilo de voz: Meteme un tiro. Son ocho kilómetros hasta el pueblo. Yo ya estoy listo. Meteme un tiro, no me dejés sufriendo.
El soldado parpadeaba, anonadado por la orden. De pronto se rehízo y le dijo: De ninguna manera, usted me debe un asado. Y entonces Lupin y Tríes agarraron al sargento, que pegaba alaridos de bronca y se resistía, le hicieron sillita de oro y lo pasaron por un pequeño puente sin que ningún inglés les disparara, mientras el combate seguía atrás y se tornaba cada vez más virulento. La marcha de esos dos soldados llevando al sargento herido en la noche de luna llena fue penosa. Caminaron y caminaron, y Villegas perdió sangre y conciencia, y al final lograron encontrar una ambulancia. Subieron los tres y el chofer trató de llevarlos hasta el hospital de campaña, pero había demasiado hielo, resbalaron y volcaron en una cuneta. Salieron como pudieron de entre los hierros y siguieron adelante.
Llegaron con el último aliento a ese hospital lleno de amputados y heridos, y le entregaron el cuerpo maltrecho de Villegas a los cirujanos. El sargento escuchó a uno de ellos que decía: Le queda poco. Villegas alcanzó a decirles que no lo amputaran, que lo durmieran para siempre. Al despertarse, varias horas después, vio a varios ingleses con fusiles en la mano. No entiendo nada, susurró. Un enfermero le respondió: No te preocupes, ya se arregló todo. Villegas seguía sin comprender. Nos rendimos, macho —le aclararon—. Nos rendimos.
Y Villegas se echó a llorar.
Tríes y Serrezuela ayudaron a los heridos y se acoplaron a otras tropas. Tríes recuerda que iban corriendo por Puerto Argentino y que las casas explotaban a su lado. También que algunos soldados comentaban los maltratos y las defecciones y cobardías de ciertos jefes. Regresaron a casa en el Camberra y se separaron para siempre en El Palomar. Eran fruto de una causa amada y luego aborrecida, venían derrotados y su karma era la marginalidad y el olvido.


El sargento regresó en un buque hospital. Tríes hizo lo que los superiores de su sargento no hicieron: lo visitó en el hospital de Campo de Mayo, donde Villegas estuvo un año y medio internado. Pero lo vio tan amargado y tan mal, que no quiso volver. Tampoco quiso hablar de Malvinas. Estuvo veinte años vendiendo autos, haciendo negocios en el nefasto sube y baja económico del país y eludiendo prolijamente las anécdotas del pasado. Un día hizo un clic y lloró por primera vez, y comenzó a contactarse con los veteranos y a buscar a Villegas, a quien después de la kinesiología y de años y años de asistencia psiquiátrica, le decretaron un 45% de incapacidad y lo borraron de la carrera. El viejo sargento estaba resentido con el ejército: se fue a trabajar de chofer de colectivos y de remisero. Tuvo hijos y nietos. Y ya de grande quiso reencontrarse con Tríes. Lo buscó por Castelar y finalmente lo encontró. Poco después los sacaron a los dos por la radio y hablaron por primera vez de lo que habían vivido en el cerro Tumbledown, en el arroyo de Moody Brook y luego en aquel monte siniestro donde los francotiradores ingleses estuvieron a punto de borrarlos del mapa.
Desde ese cruce se hicieron íntimos amigos. Asistieron juntos a escuelas a dar charlas, ayudaron a los veteranos más desvalidos, presentaron a sus familias, y comieron muchos asados.Hay un afecto especial entre ellos. Esa clase de sentimiento entre hermanos que florece solamente en la trinchera y en la solidaridad del dolor.
Un día, sin embargo, Villegas le dijo a Tríes que tenía una asignatura pendiente: encontrar a Serrezuela y explicarle por qué lo había castigado tan duramente en aquellas vísperas. Le debía esa explicación además de deberle la vida. Lo rastrearon a Lupin por toda la provincia de Buenos Aires, y sólo tuvieron una pista firme en el velatorio de un ex soldado.Tenemos a un Serrezuela en Olivos —les dijo un veterano

—.Pero apúrense porque tiene cáncer de pulmón y se está muriendo.
Hacía quince días que no se levantaba de la cama ni se afeitaba. Tríes le avisó a su esposa que él y Villegas lo visitarían esa tarde. La cita era a las dos, y Lupin hizo un terrible esfuerzo para levantarse, bañarse y pegarse una afeitada. Estuvo sentado en una silla esperándolos a los dos, que se atrasaron y recién pudieron llegar a las cuatro de la tarde. Les caían las lágrimas a los tres. Lupin lo llamaba “mi sargento”, a pesar de que Villegas ya no tenía cargos ni ganas de tenerlos. Usted va a ser siempre mi sargento —le dijo aquel huérfano congénito—. Usted ha sido mi papá. Villegas tragó saliva y le respondió: Yo vengo a pedirte disculpas, Lupin, y a explicarte por qué te castigué aquella vez. No hacía ninguna falta, pero se quedaron hablando horas y horas de aquellos tiempos en los que fueron gloriosamente vencidos.
El viernes de la semana siguiente repitieron la visita, pero esa vez Lupin no pudo levantarse de la cama. Esta noche me voy, les dijo, y lo mandaron afectuosamente a la mierda. Al día siguiente, cuando Villegas cruzaba un peaje, sonó su celular. Era la mujer de Serrezuela: su esposo acababa de morir. Dio la vuelta, llamó a Tríes y llegaron cuando el cadáver todavía estaba tibio. En el velorio, los veteranos de la zona pedían hablar con Villegas y abrazarlo como si fuera el sargento Cabral. Lupin les había hablado durante veinte años de aquel héroe personal que los había guiado durante sesenta días de sangre y fuego. Muchos años después Acaban filmaron un documental con las odiseas calladas de este puñado de hombres. Su título es significativo: “14 de junio: lo que nunca se perdió”.


En noviembre la esposa de Villegas lo llamó a Tríes para decirle que el viejo sargento había sufrido un golpe de presión y que no podía hablar bien. El viejo soldado sacó el auto y condujo a gran velocidad por el conurbano hasta encontrar a Villegas. Lo subió de apuro y apretó el acelerador por la autopista en busca del Hospital Militar. Otra vez llevándote a un hospital, sargento —le dijo Tríes—. La puta madre, ya me estoy cansando de andar salvándote la vida. Comenzaron a reírse.
Todavía se están riendo.

J. F. D.