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miércoles, 5 de julio de 2023

PALABRAS


Liberal o estatista, he aquí la cuestión
Parece anticuado y algo confuso seguir usando los términos derecha e izquierda para analizar la política; actualmente, ambos lugares geográficos se han convertido en expresiones más o menos anodinas
Alberto Benegas Lynch (h.) El autor completó dos doctorados, es docente y miembro de tres academias nacionales
Como es sabido, las palabras resultan esenciales para pensar y para transmitir pensamientos, por lo que deben ser lo más precisas posible a efectos de evitar malentendidos y confusiones de diverso calibre.
En esta línea argumental observamos cada vez con mayor preocupación lo que a esta altura nos parece un uso anticuado y algo embrollado de los términos derecha e izquierda. Lo primero siempre fue pastoso: por un lado, se identifica con el fascismo, y por otro, con el espíritu conservador en el peor sentido de la palabra, es decir, no apuntando a conservar la vida, la libertad y la propiedad, sino como anclado y encajado en el statu quo, incapaz de dejar pesadas telarañas mentales, lo cual es un atentado contra el progreso. Si fuera por estos conservadores, no hubiéramos sido capaces de zafar del garrote y la cueva, puesto que el arco y la flecha eran algo nuevo y distinto de la rutina.
Respecto de la izquierda, su origen se remonta a los que se sentaron a la izquierda del rey en la Asamblea de la Revolución Francesa para destacar su oposición al abuso del poder y a todo privilegio, aunque a poco andar se aliaron a los jacobinos para todo tipo de desmanes. Pero lo peor es que renunciaron a su origen y cada vez con mayor entusiasmo apoyaron las botas, es decir, el entrometimiento del aparato estatal en las vidas y haciendas ajenas.
Con más énfasis, sin embargo, señalamos que hoy día esos dos lugares geográficos se han convertido en expresiones más o menos anodinas, similares a referirnos a arriba, abajo, atrás o adelante. Es mucho más claro y preciso aludir a estatismo o liberalismo; en diversos grados, claro está, pero son términos que remiten sin equívocos y vacilaciones a dos posiciones en el espectro de las ideas. Desde luego, con todo el indispensable debate, bien alejado de la peste del dogmatismo, lo cual es la antítesis del liberalismo, siempre abierto a nuevos paradigmas y a distancia sideral de la llamada ortodoxia que, como dice Karl Popper, es un campo propio de la religión.
Para complicar más las cosas, con el tiempo aparecieron la nueva izquierda, la nueva derecha y tal vez aparezca la requetederecha y la requeteizquierda, y pueden irrumpir otras sorpresas de mayor espesor, pero siempre escarbando en el mismo pozo confuso y lleno de acechanzas y epítetos cruzados que trata de calmar otra terminología geográfica, esto es el llamado “centro”, con el mismo resultado.
Como es sabido, el estatismo se traduce en que el monopolio de la fuerza se arroga facultades que van más allá de asuntos tales como la seguridad y la justicia, dos funciones fundamentalísimas que los gobiernos generalmente no cumplen y en su lugar se abocan a todo tipo de aventuras que naturalmente perjudican a todos, pero muy especialmente a los más necesitados.
Por su parte, el liberalismo es el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros. Es decir, el respeto recíproco en el contexto de entender que los derechos no se toleran, se respetan, y en esta línea argumental es medular comprender que esto en modo alguno significa compartir el proyecto de vida del vecino. La tolerancia encierra cierta connotación inquisitorial y de soberbia, puesto que equivale a un perdón a los que están equivocados, encajando la verdad en el que tolera.
El conocimiento tiene la característica de la corroboración provisoria, sujeto a refutaciones. El debate abierto es condición necesaria para el aprendizaje. Más aún, a uno puede resultarle repugnante el proyecto del vecino, pero bajo ninguna circunstancia puede recurrirse a la fuerza, a menos que se produzcan lesiones de derechos. Esto último es la única condición que da pie al uso de la fuerza, es decir, defensiva, bajo ninguna circunstancia ofensiva. Esto que parece una obviedad no lo es cuando se filtra el aparato de la fuerza en áreas que en una sociedad libre son privativas de cada uno y bajo su responsabilidad. Y ya sabemos que el liberalismo no se corta en tajos, se trata de aspectos indisolubles de moral, derecho, filosofía, economía y epistemología. Cuando los megalómanos dan rienda suelta a sus caprichos respecto de lo que debería hacer cada uno con su vida y su propiedad se incurre en una insolencia y constituye una bofetada a la inteligencia y al sentido común.
Seguramente uno de los textos más difundidos en ciencia política sea el de Norberto Bobbio titulado Derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política. Bobbio resume la definición de izquierda en “la razón de ser de los derechos sociales […] es una razón igualitaria”. En este contexto opone la derecha a lo anterior; sin embargo, desde la perspectiva liberal no hay tal cosa como “derechos sociales”, se trata simplemente de derecho como la facultad de hacer o no hacer con lo propio, pero de ningún modo coactivamente con el fruto del trabajo ajeno. Además, la guillotina horizontal que impone el igualitarismo empobrece y denigra. También cabe destacar que la denominada derecha tiene ribetes autoritarios en el sentido de imponer la generalización de visiones que son incompatibles con la libertad en el sentido de “ausencia de coacción por parte de otros hombres”.
Antes he escrito parcialmente sobre lo que sigue, pero cabe destacar el texto de Steven Lukes que lleva un título con doble sentido: “What is Left?”, lo cual significa simultáneamente “¿Qué es la izquierda?” y “¿Qué queda [de la izquierda]?”. Este ensayo debe complementarse con el de Giancarlo Bosetti (“La crisis en el cielo y en la tierra”). En este último caso, el autor escribe: “La izquierda no es ya o, en todo caso, no puede continuar siendo cosas como estas: la planificación centralizada, la abolición de la propiedad privada, el colectivismo, la supresión de las libertades individuales, la intención de enderezar el ‘leño torcido’ kantiano, de plasmar al hombre y la sociedad de acuerdo con el proyecto elaborado por una vanguardia intelectual”. Es pertinente aclarar que la cita kantiana completa de su obra de 1784 es: “Con un leño torcido como aquel del que ha sido hecho el ser humano nada puede forjarse que sea del todo recto”, lo cual es otro modo de decir que la perfección no está al alcance de los asuntos humanos. Sobre la base de esta cita se decidió el título de una de las colecciones de Isaiah Berlin (The Crooked Timber of Humanity). Autores como Anthony de Jasay –tal vez el pensador liberal más sofisticado de nuestro tiempo– recuerdan que “no estamos en la búsqueda de un sistema perfecto”, ya que tamaña meta no resulta posible para los mortales. Y eso es lo contrario de lo que ocurre con todas las utopías socialistas que tantas masacres y sufrimientos han provocado con su pretensión de torcer la naturaleza del ser humano en la busca de ese engendro que sería el “hombre nuevo” que se exime de contrariedades en un mundo idílico.
Es curioso, pero hay pensadores de una gran solvencia y enjundia en diversas materias que cuando abordan el tema social-laboral se desvían por completo de sus propias premisas a favor de la libertad para internarse en un galimatías de prepotentes intromisiones estatales.
El dictum de Kant en cuanto a que “el sabio puede cambiar de opinión, el necio nunca” puede revertirse si este abandona su postura y presta atención a los argumentos. En resumen, recurrir a liberal o estatista simplifica en grado sumo el terreno de la ciencia política y permite ubicar posiciones.
Cuando los megalómanos dan rienda suelta a sus caprichos respecto de lo que debería hacer cada uno con su vida y su propiedad, se incurre en una insolencia y constituye una bofetada a la inteligencia y al sentido común

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lunes, 16 de enero de 2023

PALABRAS


Presidente de enero
María Elena Polack
“Si a las palabras de Alberto se las lleva el viento, imaginate una foto”.
(De la colega Jesica Bossi.)
Hace 15 años, un día como el de hoy, la Argentina se ilusionaba con la posibilidad de tener el primer tren de alta velocidad de la región. Íbamos a poder ir en apenas un ratito desde Retiro hasta Rosario o seguir a Córdoba, más rápido y con menos escollos que transitar la avenida 9 de Julio en cualquier momento del año, menos en enero, que la variopinta familia piquetera que reclama planes está también de vacaciones. Enero es ese mágico mes en el que parece resuelta hasta la pobreza en la Argentina.
Con Cristina Kirchner como presidenta, Alberto Fernández, jefe de Gabinete, y Martín Lousteau, ministro de Economía, el 15 de enero de 2008 se adjudicaba la obra valuada en US$1350 millones (había apenas un tipo de cambio).
El “tren bala”, bautizado “Cobra”, había sido anunciado dos años antes por el presidente Néstor Kirchner, a quien Alberto Fernández acompañaba como jefe de Gabinete. ¿Y dónde está Cobra ahora? En las fotos en Google de la maqueta en manos de Néstor, del 8 de mayo de 2006, en los sueños de quienes creyeron que el gobierno nacional y popular los iba a llevar a la modernidad o en algún cajón de los ministros de Economía para guardar lo que no propusieron ni les interesa continuar. Ese cajón debe ser más ampuloso que el propio Palacio de Hacienda, porque si algo ha sobrado es anunciar grandes obras que no se hicieron jamás.
En este enero de 15 años después, Cristina Kirchner lucha por evitar más condenas por sus causas en las que se la investiga por corrupción. Lousteau juega a ser un “beatle” en una foto con Horacio Rodríguez Larreta, Gerardo Morales y Diego Santilli en Mar del Plata mientras tratan de conciliar sus ambiciones políticas. Y Alberto Fernández, que pasó de jefe de Gabinete de los Kirchner a opositor durante unos pocos años, encara su último año en la Presidencia, otra vez como kirchnerista. Y en esa travesía del año final aprovechó para ir a Miramar a anunciar la construcción de una cancha de hockey sobre césped sintético. “Si a las palabras de Alberto se las lleva el viento, imaginate una foto”, planteó la colega Jesica Bossi en radio. La foto presidencial en Miramar no tenía la maqueta de la canchita, sino el enojo de los veraneantes cuestionándolo por tantas promesas incumplidas. Hace 15 años, se soñaba con el “tren bala”, ahora se promete una cancha. Como diría Axel Kicillof, se ve que ni como jefe de Gabinete ni como presidente, Fernández “pudió” mejorarnos la vida. No hablemos de pobreza ni de inflación, porque el calor no da para más sofocones.

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lunes, 2 de enero de 2023

PALABRAS


Año nuevo, discurso viejo
“Con el peronismo es imposible” (de Carlos Ptaschne, emprendedor del conurbano).María Elena Polack
En una de las provincias con más carencias sociales, pero cuya población puede disfrutar de uno de los estadios deportivos más caros y modernos del país, el porteñísimo presidente Alberto Fernández insistió en criticar el bienestar de la ciudad de Buenos Aires: “En el norte no se discute cómo ampliamos los subtes, sino quién tiene agua. Miren hasta dónde ha llegado la desigualdad”.
Caso de diván, como buena parte de la dirigencia peronista convencida de que la culpa siempre es del otro, fernández debería estar contento de que la Capital Federal opere como un Google de cabotaje: las “provincias pobres” pueden tener alguna idea de qué es un subte, un jardín vertical y hasta la iluminación continua en todas sus calles asfaltadas, que hay agua corriente y cloacas y que, de yapa, es un distrito con fuerte presión fiscal, cuyos impuestos se distribuyen entre gobernadores que invierten en obras nada primordiales, pero sí faraónicas.
La Argentina ganó la tercera copa mundial de fútbol; entonces, hay que seguir construyendo estadios para celebrar a Messi –o mejor a Maradona, ícono del kirchnerismo–, porque a quién le importa tener agua cuando lo fundamental es que sigan surgiendo astros del balompié que nos den estas alegrías que nos hermanan por un rato.
Es cierto que el porteñísimo presidente lleva tres años alojado en la quinta de Olivos y debe andar poco por Puerto Madero, donde residía en un coqueto departamento de un amigo de la política, y quizás por eso se haya mimetizado más con la fragilidad de buena parte del conurbano bonaerense. Pero lo interesante de su ajado discurso es el señalamiento del que progresa y no del que sigue anclado en el atraso. ¿Quizás por error, alguna de esas noches desveladas en las que repasa su cuenta de Twitter, admitirá que el problema está entre la dirigencia que siempre hace lo mismo para llegar a los mismos malos resultados? Santiago del Estero, por ejemplo, es conducido por el peronismo en todas sus variantes, desde 1983: imbatible, pero sin agua potable.
Todo no se puede y eso lo sabe bien un emprendedor del conurbano que reversionó el Rastrojero para convertirlo en un vehículo modelo siglo XXI y que soñaba con desarrollarlo en el país, pero tiene mejores ofertas de Brasil. “Con el peronismo es imposible”, sentenció Carlos Ptaschne, que por estas horas se despide con nostalgia de 2022 y con la intuición de que el año que llega, al menos para la Argentina, va a ser difícil de transitar

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martes, 13 de diciembre de 2022

PALABRAS


Palabras Gaslighting
Moisés Naím
Al final de cada año desde 2003, el diccionario estadounidenseMerriamWebster anuncia su selección de la palabra del año en inglés. Según el respetado diccionario, gaslighting fue la palabra más buscada en internet en 2022. Peter Sokolowski, editor del diccionario, declaró a la agencia de noticias Associated Press que este año las búsquedas de esa palabra aumentaron en 1742% respecto del año anterior. Estuvo todos los días entre las 50 palabras más buscadas, señaló el editor.
Gaslighting es una forma coloquial de referirse a los trucos que se usan para que una persona dude de su realidad y cuestione lo que siente, cree y hace. El propósito es debilitar psicológicamente a la víctima para influir sobre sus percepciones, conducta y decisiones. Esta idea fue originalmente usada en una obra de teatro estrenada en 1938 en Londres y Nueva York y que después fue llevada a la gran pantalla en 1940 y 1944. El film, Gas
Light, cuenta la historia de una pareja en la cual, para quitarle dinero, el marido manipula a su esposa hasta que esta siente que se está volviendo loca. Entre otros trucos, el marido había instalado un sistema para que las luces a gas de la casa se prendieran y apagaran cuando su esposa estaba allí sola.
Las constantes mentiras, contradicciones, confusiones, el escepticismo sobre la validez de verdades antes incuestionables y su reemplazo por narrativas falsas, el ataque a la autoestima de la víctima y el fomento de sus inseguridades, el ocultamiento de información y el constante uso de falsedades son solo algunas de las tácticas que usan los manipuladores. La palabra había caído en desuso y no fue hasta mediados de los 90 que volvió a ser usada con alguna frecuencia por psicólogos y psiquiatras.
Pero el explosivo aumento de la frecuencia con la cual es ahora buscada esta palabra en internet no viene de estos ámbitos, sino de la política, donde se están usando cada vez más las tácticas de gaslighting para moldear lo que toda una sociedad cree. De hecho,gaslight se relaciona de cerca con otra palabra que en 2016 fue seleccionada por el diccionario de Cambridge como la palabra del año: posverdad, es decir, la propensión a aceptar una idea como cierta sobre la base de emociones más que de hechos. En los últimos años hemos visto cómo, en muy diversos países, la opinión pública es influida por líderes y grupos que desdeñan datos, evidencias y hasta la lógica. Un dramático ejemplo de gaslighting y posverdad es el Brexit. Sus promotores hicieron un uso intensivo de los trucos del gaslighting y lograron crear una matriz de opinión pública dominada por la posverdad. Famosamente, cuando al ministro Michael Gove, uno de los líderes del Brexit, se le pidió su reacción a un estudio elaborado por respetados expertos que mostraban lo calamitoso que sería para el Reino Unido romper lazos con Europa, su reacción fue: “Creo que la gente en este país está harta de los expertos”.
Los intentos de influir sobre las opinionesyconductasdeunasociedad o parte de ella son, claro, muy antiguos, y la propaganda siempre fue un instrumento indispensable en las contiendas políticas. En estos tiempos, sin embargo, la propaganda, la posverdad, la divulgación a gran escala de mentiras y el gaslighting adquirieron una potencia y toxicidad inusitadas. Las nuevas tecnologías de información permiten a individuos y grupos tener un protagonismo que antes estaba solo al alcance de gobiernos, partidos o corporaciones.
Ya hemos visto las manifestaciones más nefastas del uso de las redes sociales para profundizar las divisiones, diseminar mentiras y fomentar el caos. Proteger a las sociedades del uso malsano de estas nuevas plataformas es urgente.
Para lograrlo, es prioritario imponer costos y consecuencias a los agresores digitales y a quienes les facilitan sus inaceptables conductas. Es esperanzador, por ejemplo, ver cómo tribunales norteamericanos han impuesto penas mil-millonarias a una figura monstruosa como Alex Jones, condenado por difamación contra las familias de los niños asesinados en la masacre de la escuela de Sandy Hook. Igualmente procede un litigio importantísimo iniciado por la empresa Dominion Voting Systems contra Fox News, empresa que, según Dominion, dedicó día tras día a mentir sobre la confiabilidad de sus sistemas de votación, creándole daños y perjuicios elevadísimos. Incluso Donald Trump empieza a pagar por primera vez costos políticos por “gaslightear” a la sociedad entera con sus mentiras sobre el fraude electoral, que lo han llevado aun a pedir la suspensión de la constitución. Solo imponiendo altos costos monetarios, legales y reputacionales podrá defenderse la sociedad ante el gaslighting colectivo

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domingo, 24 de junio de 2018

SANTIAGO KOVADLOFF.....SUS PALABRAS

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La reconozco al abrir los ojos, cuando me gana la emoción de despertar. En la placidez con que apronto el desayuno sin sentir el peso de la rutina: queso, café y frutas, buen pan, leche tibia, una melodía.
La reconozco en la expectativa del viaje que anhelo, en el vuelo esperado, en la llegada que se concreta. En la caminata sin rumbo, viendo caer las hojas del otoño. En tu risa cuando brota. Al volver a abrazar a un hijo.
Sé que es ella la que me busca cuando me asalta una idea que presiento fecunda y apremia el deseo de volcarla en el papel. Al leer o releer una página excepcional. Es ella cuando siento tu mano en la mía. Cuando escucho una voz amiga. Cuando, a campo abierto o en la ciudad dormida, soy testigo del silencio de la noche y todo lo que respira parece replegarse hacia la paz.
Hablo de la alegría, de la inconfundible alegría.
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En lo que tiene de enigmático, de inasible y súbito, ese contento no parece provenir de un logro personal. No es el corolario afortunado de un esfuerzo ni del aplauso a quien se lo ha ganado.
Ese contento tan especial cuando nos embarga, intensa y gratuitamente, más se parece a una ofrenda milagrosa que a la consecuencia de algo que hemos hecho.
Esa alegría que se diría inmotivada, florece muchas veces en el contacto repentino con las formas más simples y cercanas; esas que de pronto pierden familiaridad y se nos muestran como presencias conmovedoras: el árbol, un tapiz, un objeto en la cocina, la lluvia o la luz que se van y renacen.
Aquí la alegría y el asombro se funden, son una misma emoción. Expresan el íntimo júbilo del descubrimiento, la conmoción provocada por un hallazgo imprevisto. Algo, en suma, nos ha sido revelado y su presencia inusual nos fecunda.
De modo que no siempre la alegría se deriva del acierto de un propósito ni equivale al placer de verse reconocido. No es una consecuencia. No lo es al menos de lo que solemos entender como causa.
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Sea como fuere, ella es siempre huidiza y reincidente a la vez. Así como viene, se va. Nadie la aloja sino transitoriamente. Huésped momentáneo, no cede al ruego de quien pretende retenerla. Nadie la subordina. Nadie le arranca una promesa de fidelidad.
Por eso mismo, la alegría no equivale a la felicidad, ese espejismo; ese delirio al que la sed de plenitud cree proveedor de una verdad eterna.
Tampoco la euforia dice nada de la alegría. El estruendo no la refleja porque no es suya la desmesura. Siempre inconquistable, es ella, en todo caso, la que nos conquista. Pretender atraparla es inútil. Y no tarda en identificarla como nómade quien tiene la fortuna de ser alcanzado por ella. Su destinatario sabe, al recibirla, que ella está de paso. No hay nadie en quien la alegría fije residencia. Su errancia imbatible, su indoblegable sustracción al afán de hacerla nuestra, prueba que estamos a su merced. Somos suyos. Como lo somos del tiempo, de la fragilidad y de los sueños.
Conozco la alegría del trabajo por lo mucho que me gusta lo que hago. Pero, aun así, cuando finalmente el cansancio me gana, soy yo mismo quien la ahuyenta. Y, a la vez, cuando por un motivo u otro no estoy en lo mío, sé que es su perfume lo que falta a mis días. Ese perfume que hoy, al cabo de tantos años, impregna todavía dos de mis recuerdos de infancia. En el primero, me veo tendido, con indecible deleite, en un balcón de baldosas blancas enfrentando en combate a mis soldados de plomo. En el segundo, galopando en mi yegua alazana a través de un campo desierto y soleado.
A veces es así: la alegría siembra lo suyo, luego parte pero su estela perdura en la memoria.
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¿Cómo llamar sino alegría al hecho de sabernos queridos y valorados? ¿Pero quién puede identificarse sin dudarlo con ese privilegio? Más seguro es saber que somos capaces de querer; palpar en nosotros el espesor del afecto que otros nos inspiran, acaso porque confiamos más en lo que damos que en lo que merecemos.
No se trata, pues, de pretender atrapar humo y buscar la felicidad. Se trata, en cambio, de la fortuna de vernos premiados por la alegría. Una y otra son inconfundibles. Quien aspira a la primera, no se conforma con el encuentro siempre fugaz con la segunda. Y si eso sucede es porque, ciego como anda, atribuye a la felicidad poderes mágicos. La entiende perenne, la quiere inamovible, como si de salvarse del tiempo se tratara. Atrapada por sus manos para siempre, invulnerable al vaivén de los días. Como si hubiera siempre. Como si fuera posible un éxtasis perpetuo.
Malentiende también la alegría quien presume que ella no puede irrumpir donde predomina lo problemático. Es cierto que una y otro provienen de fuentes distintas pero sus aguas no son incompatibles. Puede sentirse alegría y no solo alivio cuando se cuenta con un consejo certero para abordar algo que nos aflige. O cuando se comparte un pesar con quien supo ganarse nuestra confianza y nos ayuda a replantear de un modo liberador lo que hasta allí solo era bruma y desconsuelo. El diálogo bien cumplido siempre es una alegría, la alegría de un encuentro, aun donde abundan lo incierto y lo intrincado.
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Quiero, por último, decir que soy diurno. Yo declino con el día. Ese júbilo inicial que reconozco con tanta gratitud al despertar y que en las mañanas en que aparece me llena de aliento, se va apagando con las primeras horas de la noche. Entonces, aquella alegría, si la hubo, comienza a retirarse, cede y crece el sueño y, con él, el cansancio de mi cuerpo se apropia de todo lo que soy. Solo aspiro entonces a comer algo y disolverme entre las sábanas. Sé, una vez más, que la alegría así como vino, se fue. Su lugar, no obstante, no lo ocupa la angustia ni lo llena el tedio sino, como digo, el sueño; ese intervalo anhelado. Los párpados caen, las ganas de dormir imponen su intendencia. Es el sueño, el buen sueño que reclama su cuota de tiempo. Esa otra forma -lo descubro en este instante- de una módica alegría pero alegría al fin que ya no proviene del alma sino del cuerpo que deja oír su goce al ingresar en la quietud.

sábado, 28 de abril de 2018

HISTORIA DE VIDA....EL VALOR DE LA PALABRA


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No te morís, no se te cae el pelo, no engordás". De lo sublime a lo frívolo; simple, directa, salvadora. Hace unos cuantos años esta frase titilaba en el monitor de mi computadora, dando inicio al mail más luminoso que alguna vez alguien me haya enviado.
La recordé días atrás, cuando a una amiga cierto estudio médico no le dio bien. Y el miedo, cómo no. La ronda de consultas, la necesidad de descartar la peor de las opciones. La palabrita. El fantasma de esa palabra que a algunos todavía nos cuesta decir en voz alta, como si repentinamente nos volviésemos supersticiosos o primitivos. Como si creyéramos que solo por mencionarlo lo estuviéramos invocando.
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Carcinoma. Tiene algo de antes y después el día en que te toca leer esa palabra en un estudio que lleva tu nombre. Por eso el día que, años atrás, leí esa palabra en un estudio que llevaba mi nombre, supe que me había caído del paraíso. Que ocurriera lo que ocurriese -no hay demonio que permanezca quieto una vez que leíste la palabrita- para mí se habían terminado los estudios de rutina, esos que siempre hacía como quien cumple con el fisco: porque hay que hacerlos, porque así es la cosa y porque siempre, siempre daban bien. Hasta que uno salió mal, y fue como si hubiera entrado, definitiva y violentamente, en otro club. Touchée. Tocada.
De entre todas las opciones posibles, la ruleta me había reservado el más benévolo, el que ataca la tiroides, el que se trata con endocrinólogos y no con oncólogos; el que mejor se lleva con los finales felices. Pero yo venía de ver cómo una ruleta menos piadosa le había destinado a mi viejo una versión bastante feroz de la palabrita innombrable. Y todo sonaba a pesadilla.
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Ahí fue que una amiga me pasó el correo electrónico de alguien que también había padecido cáncer de tiroides. Una persona para la cual yo era una perfecta desconocida, pero a la que de todos modos escribí. Le conté lo que me pasaba. Le pregunté qué era lo que podía esperar. Ella me respondió con el mail más luminoso que alguna vez alguien me haya escrito. Me explicó varias cosas, pero sobre todo arrancó con la frase talismán: "No te morís, no se te cae el pelo, no engordás".
La existencia al fin y al cabo es eso, lo sublime y lo banal. De un solo movimiento, alguien me estaba anticipando que no iba a perder la vida, que no iba a perder el cuerpo, que podría seguir mirándome al espejo y reconocerme en ese reflejo. "No pasa nada", continuaba el mail más solidario y generosamente empático que alguna vez alguien me haya escrito.
Incluso en los momentos difíciles del tratamiento -porque que los hay, los hay-, me aferraba a aquel mensaje como quien toma un antídoto. Yo iba a seguir entera. De ser posible, con buen humor.
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"No pasa nada", me dije el día en que, ya sin tiroides y con el metabolismo hecho un estropajo, tuve que tomar una pastilla de yodo radiactivo. Mi momento Bradbury. Una médica vino, me saludó, me dio una cajita cerrada y un vaso de agua. Cuando la quise abrir, descubrí que la cajita era inesperadamente pesada. "Es de plomo", dijo la médica y, apenas retiré la pastilla de su hermético envoltorio, se fue, quizás un poco bruscamente, unos metros hacia atrás. La radiación, claro. "No pasa nada", volví a pensar mientras ingería esa cosa. Hasta me permití un chiste secreto: ¿de qué color serían los rayos que a partir de ese momento emitiría mi cuerpo?
Por suerte, pasó tiempo de todo aquello. Heme aquí ahora, respondiendo la llamada de una amiga preocupada porque los análisis y la tiroides y cierta punción. No sé si lo logré, pero intenté ser, por teléfono, una versión actualizada de aquel mail que tan bien me supo rescatar. Porque intuyo que los grandes favores se agradecen así: convirtiéndolos en eslabones de una cadena continua. Y porque a palabritas endemoniadas, bueno es oponer palabras sanadoras.

D. F. I.

sábado, 3 de febrero de 2018

LA MODA EN LAS PALABRAS, MODISMOS Y FORMAS DE USARLAS

A veces viene bien como ejemplo una reducción al absurdo. Imaginemos que en el futuro se pone de moda utilizar el adjetivo "marxista" para designar, inspirándose en un revival de Groucho y sus secuaces (los Hermanos Marx), una situación cómica. Ese desvío semántico le produciría a muchos (me incluyo) un abrupto cortocircuito en la visión del mundo. Incluso los detractores acérrimos de las teorías del viejo y barbado pensador del siglo XIX se verían ante una encrucijada. Ser antimarxista significará estar en contra de una banda de cómicos y, por propiedad transitiva, de la risa.
"Bizarro" en castellano significa "valiente, arriesgado", pero un uso caprichoso, por culpa del francés y las películas clase B, lo han convertido en "raro, estrafalario", por mucho que la academia de la lengua lo ignore. En todo caso, que las palabras maticen su sentido, incluso cambien, no me confunde tanto como cuando los conceptos aparecen fuera de su contexto original.
Una distorsión actual, bastante inocente, es la de calificar lo que sea con un precioso "de autor". No solo hay libros firmados por un autor, con sus consabidos derechos de autor. Hoy también uno puede darse de bruces con comida de autor, cerámicas de autor, bicicletas de autor. En una esquina por la que paso con frecuencia, una parrilla promociona el producto de sus brasas como "asado de autor". Una peluquería cercana -en una vuelta de tuerca irónica- anuncia sus "pelos de autor". En las últimas fiestas llegó el summum: algunos emprendedores propusieron mesas navideñas de autor.
Supongo que en el origen de la moda reverbera el recuerdo del "cine de autor", aquella noción que introdujo a fines de los años 50 la revista francesa Cahiers du Cinéma. El uso y abuso contemporáneo de la fórmula parece revelar una añoranza o una distinción artesanal en un mundo donde, detrás de la variedad de supermercado, se esconde una uniformidad cada vez más industrial. Algo de eso ocurre con la promesa de lo "orgánico" y, a su manera, no es del todo errado recuperar esa expresión cinéfila tan querida. Aunque "cine de autor" terminó designando las películas de Truffaut, Godard, Bergman o Antonioni (aquellas en que el director ponía su sello personal en cada rincón del film), lo cierto es que en su origen apuntaba a reivindicar a algunos directores estadounidenses que aquellos críticos jóvenes amaban (John Ford, Howard Hawkes) y a los que hasta entonces se consideraba simples peones del sistema hollywoodense. Eran industriales, pero algo tenían.
El problema es cuando las palabras se transfiguran hasta tal punto de que se las repite como farsa. Un término al que se le ha trastocado el sentido es el de "industria cultural". Pluralizado, "industrias culturales" se utiliza hoy para designar de manera celebratoria cualquier actividad, cualquier mercado creativos. Cuando Theodor Adorno y Max Horkheimer acuñaron el término (en su famosa Dialéctica de la ilustración) tenía una clara connotación crítica y negativa. La industria cultural se había encargado de transponer de manera artera, sugerían, el arte al mundo del consumo, dando como resultado una síntesis de Beethoven con el casino de París.
Los dos filósofos alemanes consideraban que la autenticidad todavía tenía importancia y, aunque algunos de sus puntos puedan discutirse, todavía resultan sorprendentes sus vaticinios. "Consumir" es un verbo que se repite de manera casi festiva en boca de mucha gente cercana. "Yo consumo series", me dijo hace unos días una amiga cuando le nombré no sé cuál película que pensé podía gustarle. Me tomó desprevenido porque lo dijo con el mismo tono con que podía referirse a una ristra de salchichas. Y tal vez no le falte razón: más que las películas, donde todavía queda algún margen para el destello original, la mayoría de las series (salvemos la última Twin Peaks) son productos industriales altamente calóricos. Algunas incluso se basan en algoritmos ( Stranger Things) para darle a su público exactamente lo que ese público está esperando: quizá no haya nada más distante del arte -aquello que nos abre una perspectiva inesperada- que esa mansedumbre.
Mi amiga llevaba un libro en las manos. ¿También lo consumía? ¡Sí!, me dijo con una carcajada. Era un exitoso manual de autoayuda, de esos que encontrarán rápido reemplazo cuando la próxima temporada los convierta en antigualla. Pero, ¿se puede decir a la ligera que uno consume Don Quijote o los poemas de John Keats? ¿Hay algo más antieconómico que un clásico, que se paga una vez (si no se lo consigue gratis) y resiste toda una vida de lecturas? No. Me gusta creer que no.

P. R.

martes, 3 de octubre de 2017

LA MARAVILLA DE LA PALABRA



Ninguna palabra es caprichosa. Ninguna es un mero sonido o una simple acumulación de letras. Cada una nació de una necesidad humana esencial. La comunicación. La necesidad de transmitir y compartir ideas, experiencias, vivencias, expresar sentimientos y emociones, conformar preguntas acerca del mundo que habitamos. Y de la necesidad de nombrar y dotar de significado a ese mundo. Pareciera que hablar, leer y escribir son actos naturales, pero no es así. Se trata de una suerte de milagro producido por la humanidad a lo largo de su evolución, que se repite una y otra vez en la historia de cada individuo. Acaso nada nos hace humanos como la palabra y, con ella, nuestro modo de estar en el mundo o de ausentarnos de él y de los otros.
En un pequeño teatro de Buenos Aires llamado El tinglado todo esto se expresa durante dos noches de cada semana de un modo inolvidable y conmovedor. Ocurre cuando se representa la obra El diccionario, del dramaturgo español Manuel Calzada Pérez. Tres actores (la imponente Marta Lubos, acompañada con amorosa perfección y compenetración por Roberto Mosca y Daniel Miglioranza bajo la inspirada dirección de Oscar Barney Finn) escenifican allí la gesta de María Moliner, creadora de un instrumento esencial e imprescindible para la comprensión, el enriquecimiento y la vida misma de nuestro idioma: el Diccionario del uso del Español. Nadie que hable, escriba, lea o simplemente ame esta bella lengua con la que construimos nuestros vínculos, narramos nuestros sueños y proyectos, compartimos nuestros dolores y esperanzas, con la que nos amamos y salimos de la soledad primordial de la existencia, debería privarse de esa herramienta.


María Moliner, zaragozana de nacimiento, murió el 22 de enero de 1981, a los 80 años. En sus años finales, cruel paradoja, una arteriosclerosis cerebral desordenó por completo su vocabulario privándola del uso de aquello que tanto amó y que dio sentido a su vida. Aun así, su misión estaba cumplida y la razón de su existencia plenamente expresada. Fue bibliotecaria (nada más, nada menos), trabajó con entrega y compromiso dentro del gobierno republicano en busca de extender una red de bibliotecas por toda España y de fomentar el uso de la palabra. Reprimida y castigada luego por el franquismo, como su marido, el físico Fernando Ramón y Ferrando, aun así su plan de Bibliotecas se siguió considerando inmejorable. En su casa, en fichas que escribía a mano mientras criaba a sus cuatro hijos y desarrollaba tareas domésticas, se dio a una empresa titánica. Crear un diccionario vivo, orgánico, como decía ella, capaz de reflejar el idioma tal como es, como se usa, como respira (puesto que vive), arrancando para eso desde el mismo nacimiento de cada vocablo y siguiendo su evolución. Un desafío a lo que llamaba pereza e irresponsabilidad de quienes, desde la Real Academia de la Lengua, acartonaban y disecaban las palabras, sustrayéndolas del mundo y de la vida.



Ese empeño, que le llevó 17 años (entre 1950 y 1967), se muestra en la puesta teatral con una potencia y una síntesis emocionantes. Allí se muestra el sentido de una vida y cómo ese sentido puede iluminar otras vidas cuando, una vez descubierta la razón por la que una persona viene al mundo, esa razón se plasma en una misión. Por ese motivo María Moliner pudo incluso sacar de la rígida caja cientificista al psiquiatra que la trataba, dejar de ser un caso, y convertirlo en su mejor aliado y confidente. En esa epifanía que componen la vida y obra de María Moliner y la puesta de esta obra que la homenajea, además de reafirmar el poder de la palabra se comprende de un modo profundo y emocionante qué significa vivir con sentido.

S. S.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

PALABRAS....ARTURO PÉREZ- REVERTE

ARTURO PÉREZ- REVERTE


Alguna vez he dicho que en los últimos tiempos, aunque leo todas las cartas que recibo, me es imposible responder a ellas. Hasta hace poco lo hacía disciplinadamente, aunque fuera con retraso; pero ya no puedo. Cartas respondiendo a cartas, o tarjetas de agradecimiento por los libros que sus autores me envían. Es demasiado correo y es un honor recibirlo, pero ese honor rebasa mis posibilidades. Y nunca quise dejar esa tarea a un secretario o asistente. Uno envejece, menguan las energías y también la vida se complica con viajes y obligaciones profesionales y personales que reducen el tiempo disponible. No se ofendan, por tanto, quienes ya no reciben respuesta. No se sientan decepcionados. No es indiferencia, sino sólo que me hago mayor. Y me canso. Sesenta y seis tacos de almanaque empiezan a notarse un poco. Quien los tiene, lo sabe.
Hay excepciones, naturalmente. Cartas a las que resulta imposible no responder. Y eso me ocurre hoy. Lo singular es que se trata de una carta cuya respuesta no puedo enviar a ninguna dirección postal. Esa dirección ya no existe, pues la carta ha seguido un extraño camino hasta llegar a mis manos. La escribió en Jaén una joven llamada Carmen el 4 de junio de 2002. Carmen tenía 27 años, y murió meses después de escribir a mano esas líneas que nunca llegó a echar al correo. La carta fue encontrada años después por la madre, entre los viejos papeles de su hija, y me la remitió con una breve nota explicativa el 29 de junio de 2014. Llegada a mis manos con otras cartas, se traspapeló entre las páginas de un libro, y no la he encontrado ni abierto hasta hace unas semanas, el 7 de junio de 2017. Siempre junio, fíjense qué coincidencia. Doce años tardó en llegar a mis manos y tres años he tardado yo en leerla. Quince años después de la muerte de Carmen.
No detallaré mucho lo que dice. Se confiesa seguidora entusiasta de mis novelas, y comprobando las fechas veo que no llegó a leer La reina del Sur, en la que yo todavía estaba trabajando a su muerte. Seguramente la última fue La carta esférica, o uno de los Alatristes. En su nota, la madre, que también se llama Carmen, asegura que su hija era lectora ávida de toda clase de libros, incluidos los míos. "Era una enamorada -asegura- de todo lo que saliera de sus manos." Esa línea, como pueden imaginar, me remueve por dentro. Me entristece ante el pensamiento de que Carmen murió sin que yo supiera de su existencia, y de que haya tardado tanto en saberlo. En aquel tiempo aún podía yo responder puntualmente a cuantas cartas recibía, y sin duda lo habría hecho a la suya. Una carta que ella nunca puso en el correo, una carta que tardé quince años en leer. Y esa desazón, o ese remordimiento, me hace estar hoy aquí dándole a la tecla, mientras intento torpemente responder a las palabras de afecto de una chica muerta.
En su carta, escrita en papel cuadriculado y con letra redonda, tinta violeta, por las dos caras del folio, Carmen se revela como lectora entusiasta de libros y ávida amante de la literatura. Me habla apasionadamente de Charles Dickens, de Galdós -su escritor favorito- y de Alejandro Dumas, y también de Humphrey Bogart, y de un viejo y triste artículo que escribí en 1993 titulado Cuento de Navidad, que según ella trasladó su interés del reportero de la tele que aún era yo entonces al novelista que empezaba a asentarse por esas fechas. También me cuenta que en cierta ocasión, estando yo en una feria del libro, tuvo ocasión de saludarme, pero se impuso la timidez y no se atrevió; siendo su padre, cartagenero como yo, quien al fin se acercó a pedirme para ella una firma en un libro.
 Me dice todo eso, y termina expresando la esperanza de poder conversar conmigo algún día sobre libros y literatura. Nunca tuvimos esa conversación, o sí. Porque en realidad converso con ella ahora, sentado en el lugar donde trabajo, teniendo a mi izquierda una estantería llena de diccionarios y libros de consulta, y a la derecha los estantes que con cada novela lleno de material de trabajo antes de vaciarlos y empezar de nuevo. Por la ventana entra una luz dorada en la que parece navegar, dentro de su urna de cristal, la maqueta de la Bounty. Y quiero decirle a Carmen que en este momento su carta se encuentra junto al manuscrito recién terminado que está sobre la mesa, con las últimas correcciones a una nueva novela que ella nunca leerá, pero que de algún modo también me ayudó a escribir. Por eso le doy las gracias y le devuelvo con todo mi cariño aquel lejano beso de amiga que al fin recibí, quince años después, desmintiendo a la muerte, al tiempo y al olvido.

domingo, 21 de mayo de 2017

EL EJEMPLO DEL MANUEL BELGRANO; SU FIN Y SUS PALABRAS

Manuel Belgrano está desahuciado. Después de una vida de lucha y entrega, el general agoniza en una cama. No tiene nada. Literalmente. Ni un peso. Hacia el final del camino, al cabo de una carrera de abogado brillante, después de haber forjado las mejores ideas de este país, luego de dar las batallas intelectuales y las batallas militares para las cuales debió convertirse de jurista en soldado, después de haber iluminado un continente con su pensamiento y su lucha, Manuel Belgrano yace moribundo. Tiene las manos limpias, pero vacías.

Había escrito que todos los ciudadanos tenían derecho a gozar de «libertad, igualdad, seguridad y propiedad», y dedicó su vida entera a luchar por esos principios. Y ahora, tendido y a punto de recibir la extremaunción, no gozaba ni de libertad porque había sido detenido por las fuerzas militares sublevadas en Tucumán; no tenía seguridad porque había sido traicionado, y no contaba con ninguna propiedad porque jamás se había preocupado por esas minucias. No tenía un cobre partido al medio. Nada.
«Sirvo a la patria sin otro objeto que el de verla constituida, ése es el premio al que aspiro», había escrito en sus días de gloria y ahora, en el ocaso, cumplía con su palabra.
Belgrano, apresado en Tucumán, pide morir en Buenos Aires. Pero como ni siquiera cuenta con recursos para tras- ladarse, le solicita al nuevo gobernador tucumano, Bernabé Aráoz, un puñado de pesos para viajar. Ni siquiera esa últi- ma voluntad le es concedida. Finalmente su viejo y querido amigo, José Balbín, le presta el dinero para volver. Buenos Aires también le da la espalda. No consigue medios económi- cos para afrontar un tratamiento para su enfermedad. Ramos Mejía lo ayuda como puede. Y puede poco.
Con remordimiento y vergüenza se disculpa por la exigua suma que tenía para ofrecerle: apenas trescientos pesos.
Cada uno de nosotros, todos nosotros, los contemporáneos de Belgrano y las generaciones presentes y futuras deberíamos morirnos de vergüenza ante el nombre de Belgrano. Él, que había dado todo y no tenía nada. El país estaba en deuda por todo lo que Belgrano había hecho por la causa de la independencia y por la dignidad de sus compatriotas. No es una metáfora. No. El Estado le debía a Manuel Belgrano el pago por el trabajo de toda una vida de lucha y sacri cio. Y en su hora, no tenía ni para remedios
«Muero tan pobre que no tengo con qué pagarle el dinero que usted me prestó», le dijo Belgrano a Balbín, quien lo había ido a visitar poco antes de morir. «Pero ese dinero no lo perderá, el gobierno me debe algunos miles de pesos de mis sueldos, y luego que el país se tranquilice se los pagarán a mi albacea, quien queda encargado de satisfacer la demanda», le dijo Belgrano.
Quien no podía ocultar la vergüenza, en realidad, era José Balbín. ¡Qué le importaba ese dinero! ¡Qué dinero podía pagar lo que Belgrano había hecho por la patria! Pero asintió en silencio para no humillar a su amigo en sus últimos momentos. Balbín carraspeó para evitar que Belgrano notara el llanto. No quería llorarlo aún en vida.
Pero a Manuel Belgrano, más que la enfermedad, más que el dolor físico, que por momentos era intolerable, más que la idea de la muerte, lo torturaba otra cosa. «Mucho me falta para ser un verdadero padre de la patria, me contentaría con ser un buen hijo de ella», había escrito Belgrano. Acaso sin saberlo, el general hablaba de su propia relación con la paternidad. Siempre lo había atormentado el tiempo que no pudo dedicarle a su mujer y a sus hijos.
Además de pobre, Belgrano murió alejado de Dolores, la mujer que amaba, y sin poder ver a sus hijos como lo hubiese deseado. Así, enfermo, traicionado y abatido por las circunstancias políticas, Manuel Belgrano sólo pidió una voluntad antes de partir: ver a su hijita Manuela, su querida Manuelita quien por entonces todavía no había cumplido los dos años. Resulta conmovedor el relato de esta escena que fuera rescatado por fray Jacinto Carrasco:
«La víspera de la partida, postrado en una cama como es- taba, hizo que le llevaran a su pequeña hija por la noche para acariciarla por última vez. Fue una escena que poquísimos amigos presenciaron, con lágrimas en los ojos.»
Todos nosotros, cada uno de nosotros, y sobre todo los argentinos honestos y bien nacidos, estamos en deuda con Belgrano.
F. A 

lunes, 27 de febrero de 2017

LA PALABRA




"Quien te quiere te hará llorar." La madre repetía la frase como quien se hace cargo de una verdad revelada. Se sentía sabia al decirla y justificada al actuarla. Se encargó de que la hija supiera, desde temprana edad, cuán enorme era el amor que sentía por ella. Hasta que un día la hija decidió que, frente a ciertos destinos familiares, la mejor defensa no es el ataque, sino la huida. Se hizo adicta a los viajes.
A veces pasa. Ordenás la biblioteca, se cae un libro, leés una dedicatoria, una fecha. Y el tiempo se vuelve menos lineal de lo habitual. La letra de Natalia, a quien conocí durante un verano de mochilas, hostalesy praias brasileñas, asomó desde las primeras páginas de un libro de John Berger. En aquel momento, Natalia leía Cada vez que decimos adiós. "Este hombre me salvó", me diría, con esa facilidad para la confesión que a veces dan los encuentros en el extranjero. Me habló de su madre, del tortuoso ejercicio de un afecto que la había vuelto una niña taciturna, desconfiada, con la piel prematuramente endurecida. Me reveló la llave del paraíso inestable que se había ido construyendo: conseguir trabajos más o menos precarios, más o menos temporales; ahorrar, viajar. Regresar fugazmente, volver a irse. Coquetear con la idea de volverse declaradamente nómade.



Iba sola. La admonición materna le había atravesado el corazón. No importaba cuánto se riera de aquellas palabras: se notaba que la herida era profunda, antigua, oscuramente tangible.
"Me salvó Berger. Me salvó la escuela. Me salvó una docente", insistía, al recordar la bruma inmóvil en que se había convertido su adolescencia. Me contó del día en que una profesora relató su experiencia en una escuela de un barrio difícil. "Nos dijo que, a poco de empezar a dar clases allí, un chico le arrojó un banco por la cabeza -me narraba, a su vez, Natalia-. Primero sintió susto y rabia; después, trató de pensar en lo que había ocurrido. Concluyó que ese pibe, en realidad, le estaba pidiendo auxilio. Intentaba desesperadamente llamar la atención." A su modo, Natalia tomó el ejemplo. No le tiró un banco a nadie, pero en una clase de Literatura escribió algo -no me quiso dar detalles- que hizo que la docente se acercara a ella. Solitaria hija de solitarios, el erizo empecinado que era Natalia había tendido un mínimo puente hacia alguien. Más que hablar, la profesora escuchó, miró, sonrió. Le sugirió lecturas. Le habló de algo llamado taller de escritura, le comentó que en la escuela se estaba abriendo uno, a contraturno. La invitó a participar.




Así fue. Una vez por semana, cuando la luz del sol empezaba a ralear, Natalia salía de su casa y reemprendía el camino a la escuela, en busca de los talleres que funcionaban por fuera del horario escolar, en la delicia del edificio semivacío, igual pero distinto del que habitaba cada mañana. Una vez por semana, entre libros, juegos textuales y palabra liberada, recibía la bocanada de oxígeno que le permitía seguir andando. Por entre la maraña de una tristeza que casi se le había vuelto modo de ser, alguien le había lanzado una discreta soga. Ella la tomó con el fervor de los sobrevivientes.Poco tiempo después -justo antes de largarse a viajar-, alguien le habló de Porca tierra y John Berger. "Fue enamoramiento a primera lectura -sonrió-. Empecé con ese libro y no paré más." Por aquello de la madre que "vierte sopa para nuestros días/vierte sueño para la noche/vierte años para mis hijos". Por la voz profundamente amorosa del autor británico, incluso en sus novelas y ensayos más atravesados por la furia o la denuncia.

 "Cada vez que leo uno de sus libros siento que querer es posible", me decía la chica que alguna vez dejaría de viajar sola. Y me mostraba las frases que había subrayado en "Madre", uno de los textos de Cada vez que decimos adiós: "El amor, mi madre solía decir, es lo único que cuenta en este mundo. El amor verdadero, solía agregar, para evitar cualquier malentendido"
D. F. I.

jueves, 26 de enero de 2017

YO Y LAS PALABRAS




Estamos hechos de palabras, y hemos llenado al mundo de ellas. Somos, de alguna manera, palabras. Están, sí, los vocablos que han ido reemplazando al índice señalador de "eso" o a los sonidos guturales u onomatopéyicos con que quizá representábamos algún objeto, o un deseo o la necesidad más animal que humana de comunicarnos. Pero también se encienden las imágenes de las palabras: esas pequeñas llamas que se prenden en el cerebro para representarnos el universo. Tenemos áreas cerebrales que se desarrollan junto (o a través de, o para lograr) el lenguaje hablado, escrito, pensado. Intenten, por ejemplo, leer este texto sin que suenen las palabras en algún lado de la cabeza o, quizá, sin imaginarlas -a ellas o a lo que representan -. Es imposible: nos forman parte aunque no lo intentemos. No es la esperanza lo último que se pierde, sino las palabras. como saben los vendedores de seguros, los maestros, las madres o los poetas (como Blas de Otero que nos enseñó que si he perdido la vida, el tiempo. todo lo que era mío y resultó ser nada. me queda la palabra).

Hay también algunos héroes alrededor de una ciencia de las palabras. George Miller, por ejemplo, desarrolló la primera base de datos lexicográfica -WordNet- para relacionar sustantivos, verbos, adjetivos, de una manera lógica a través de relaciones semánticas, parentescos y evoluciones que permitían saltar de un concepto a otro (a través de lo que el neurocientífico argentino Mariano Sigman llama los barrios de palabras), y así nació el estudio computacional del lenguaje. Miller también fue pionero del estudio de cómo los chicos aprenden palabras, no diccionariamente sino en contexto: nadie puede estudiar desde el diccionario (y sus experimentos en los que los chicos deben imaginar qué hacer con palabras enciclopédicas son de lo más divertidos). Una vez que se largan, los chicos van aprendiendo a razón de unas 10 palabras nuevas por día, y aún no sabemos del todo cómo es que lo hacen.Lo cierto es que esos viajes por el léxico nos dicen mucho acerca de nuestro pensamiento y hasta nuestra salud mental. En un experimento ya famoso, el mismo Mariano Sigman y su equipo analizaron el discurso hablado (su coherencia, sus atajos, sus barrios de palabras) de jóvenes que, por distintos motivos, tenían un cierto riesgo de desarrollar psicosis. El análisis computarizado de las palabras y sus usos indicó que cinco de ellos efectivamente desarrollarían esquizofrenia. y así fue, cuando se los diagnosticó un par de años más tarde. Esta herramienta puede ser poderosísima: ayudarnos con inteligencia artificial y computación para analizar cómo hablamos puede ser la base de un diagnóstico temprano de enfermedades mentales. 
Las palabras, de nuevo, en el centro de todo.Pero las palabras son también armas, lanzas, anzuelos o redes. Y de eso saben los escritores y, sobre todo, los poetas; así nos los enrostra Ursula K. Le Guin cuando dice que las palabras son eventos, hacen cosas, cambian cosas o, sobre todo, Susan Sontag en un texto llamado, provocativamente, La conciencia de las palabras, donde se refiere a nuestras letras y vocablos como esas flechas que se clavan en la realidad, hacen al lenguaje elástico, viajan por el mundo y por nuestras cabezas. Para Sontag, las palabras son como cuartos o túneles, espacios que podemos habitar u olvidar.Finalmente, no olvidemos que las palabras son contratos, compromisos, pagarés que en algún momento alguien (o nosotros mismos) va a reclamar. En tiempos en que nada es verdaderamente íntimo, y lo público invade cada aspecto de nuestras vidas, las palabras están allí, agazapadas, esperando a ser recordadas y reclamadas.
 Como, por ejemplo, lanzar al aire la promesa de aumentar el presupuesto destinado a la ciencia y la tecnología hasta un 1,5% del PBI y así, permitirnos seguir estudiando porqués, para qués y cómos. incluyendo, claro, a las palabras y las cosas.
D. G.