jueves, 26 de septiembre de 2019

NO MÁS ANTINOMIAS


El crecimiento argentino, de la mano de una nueva territorialidad

Fabio J. Quetglas
El debate se repite recurrentemente, sucede cada vez que lo que denominamos "campo" mueve la aguja de las estadísticas y sorprende a la Argentina metropolitana con volúmenes e índices. Allí comienza un coro de distintas voces y tonos, acerca de si "derrama" o "no derrama", si constituye una bendición o un maleficio nacional, y todas las variantes intermedias acerca de qué hacer frente al prodigio casi inexplicable de que en medio de una macroeconomía pendular, de un sistema institucional imprevisible, con infraestructura insuficiente, existen en el país aproximadamente 200.000 productores agropecuarios que se esfuerzan, invierten, innovan, y en virtud de ello producen y comercializan cantidades crecientes de alimentos, fibras, insumos para la industria, y demás productos.
Muchas veces no se toma en cuenta que para que puedan hacerlo, la industria siderúrgica les provee de alambrados, la industria plástica los asiste con silobolsas, por supuesto operan con maquinaria agraria e incorporan a la industria automotriz a la cadena con las camionetas, la industria química provee de fertilizantes y herbicidas, la petroquímica combustible, se ha desarrollado una industria semillera, y ahora también operan con drones, aplicaciones en el celular, big data y otros insumos IT (informativos).
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Luego de cosechar o de dar por finalizado el engorde o aserrar el monte, gracias a lo que se produce "en el campo", hay que contratar camiones, trenes y servicios portuarios que deben resolver la logística, y a partir de allí se echa a andar la industria frigorífica y curtiembrera, plantas de procesamiento lácteo, molinos harineros, plantas de crushing y aceites, bodegas, industria conservera, aserraderos y secaderos, usinas de biocombustibles. Todo ello sin contar los servicios financieros, los seguros, los servicios de comunicaciones, el riego asistido, los empaques y acopios, los sistemas de protección de cultivos, los mecánicos, las estaciones de servicio, los hoteles de pueblo, etc.


Tal vez el origen de las polémicas en torno al potencial agrario argentino pueda estar influido por una perspectiva: si en vez de enfocarnos en una mirada bipolar oponiendo "ciudad/ campo" como correlato de "industria/ producción primaria", pudiéramos analizar espacialmente nuestra economía como un ecosistema territorial a perfeccionar, podríamos construir un contexto de diálogo de mayor profundidad y mejor calidad.
Tenemos que pensar más en "la territorialidad" y la organización de funciones que agregan valor, establecen sinergias y permiten aprovechar un activo superando controversias que nos dividen, pero que sobre todo nos paralizan.
Por un lado, en los próximos 15 años el planeta estará habitado por 9000 millones de habitantes, hay que proveerles de alimentos, de materiales que sustituyan a los actuales "no renovables" y hacerlo garantizando calidad ambiental. Por lo tanto, el desafío es lograrlo con la misma cantidad de suelo, con la misma cantidad de agua disponible y la misma disponibilidad de luz solar.
Para alcanzar esos logros no nos bastará con contar con buenos productores. Sin duda, un capítulo esencial de la economía del conocimiento emergente es la bioeconomía, un universo donde aún queda un enorme terreno por andar, un espacio para investigadores e innovadores de todo tipo que cruzarán datos, trabajarán en laboratorios, revisarán prácticas, analizarán costos, estrategias de difusión de las innovaciones, conocimientos de mercados y pondrán en marcha mejoras permanentemente.
Los territorios competitivos del presente son aquello donde los procesos socioproductivos agregan conocimiento de manera intensiva, generando respuestas crecientemente eficaces, sostenibles y enfocadas a la demanda. Para hacerlo se necesitan empresas que dispongan de un "saber hacer" y estén dispuestas a avanzar hacia la frontera técnica, marcos institucionales que lo favorezcan, centros de conocimiento generadores de reflexión e investigación y un contexto económico razonable en materia fiscal y en la generación de bienes públicos que permita la interacción de los actores de una enorme cadena. Nada más alejado a la separación campo-ciudad.
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La Argentina tiene aproximadamente un 80% de municipios de menos de 30.000 habitantes; la mayoría de ellos son centros de servicios de una economía de entorno ( hinterland) de base agraria. Las mejoras en la funcionalidad urbana son indispensables para las empresas de la zona, y eso se verifica día a día cuando las señales telefónicas son insuficientes, cuando la oferta financiera es cuasi monopólica por la ausencia de banca privada, cuando la logística mal resuelta añade solo costos. A la inversa, un salto de productividad y agregación de valor en la producción de cada una de esas zonas puede significar arraigo de población, vinculación a mercados regionales o globales, extensión de la cadena productiva o sofisticación de servicios de soporte.
Un plan de desarrollo argentino necesariamente debe enfocarse más en el territorio como ecosistema. Se necesita tanto que nuestras ciudades funcionen mejor como que nuestro campo pueda producir en mejores condiciones, y hay que impulsar la retroalimentación positiva de una economía más integrada, más conocimiento intensivo, más globalizada. Para ello hay que construir capacidades, hay que favorecer la capitalización, hay que mejorar la infraestructura; pero sobre todo hay que vencer los mitos que asocian a la producción rural con el atraso o a las empresas con las actitudes predatorias.
El desarrollo territorial es una oportunidad de reconstrucción de nuestro federalismo, de mejora de nuestras instituciones políticas y de generación de ciudadanía y calidad de vida en todo el país.
La Argentina tiene una oportunidad de dimensiones colosales en las próximas décadas. Con una visión amplia podemos producir una verdadera transformación nacional, con industrias nuevas, empresas nuevas, mercados nuevos, re-equilibrio territorial, nuevamente recibiendo flujos migratorios que enriquezcan nuestra cultura y empujen con su trabajo la prosperidad fruto del talento y del esfuerzo bien direccionado.
No se trata de hacer "más de lo mismo", se trata de ponerle conocimiento, marcas, trazabilidad, tecnología y cuidado a un eslabón clave de la gobernabilidad global: la provisión segura de alimentos e insumos industriales calificados.
Para hacerlo hay que abrir el foco, debemos construir una nueva territorialidad que nos incluya a todos, que no ignore a ese 80% de localidades, que no sea ajeno a los 2/3 del país árido o semiárido, ni a la agenda ambiental, a la situación de la población rural y las pequeñas localidades rurales, que ofrezca atractividad a los jóvenes (a los que hoy expulsa), y que haga justicia con la situación de las mujeres en el medio rural.
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La evolución de la ocupación territorial argentina es una historia de oportunidades y ciclos. Tuvimos un ciclo agroexportador y otro de industrialización sustitutiva, ambos marcaron nuestra historia. Ahora nos toca reconfigurar el territorio a los requisitos de la economía del conocimiento y para ello debemos pasar la página de los debates inconducentes y asociarnos al sueño común de construir esforzadamente un país que nos contenga, más amable con el futuro y donde producir, innovar y crear sean siempre una buena noticia.

Diputado nacional, provincia de Buenos Aires (UCR-Cambiemos)

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