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miércoles, 29 de noviembre de 2017

EN "EL ESPACIO MENTE ABIERTA"; SANTIAGO GOWLAND Y LOS ÁRBOLES


Más árboles, la solución natural para frenar el cambio climático
Además de los esfuerzos económicos para desarrollar energías alternativas, la reforestación es un aliado clave en la reducción de las emisiones de carbono
Santiago Gowland




El impacto de la actividad del hombre genera la cuarta parte de las emisiones de gases de efecto invernadero. A dos años del Acuerdo de París, el mundo está en carrera para crear un futuro bajo en emisiones de carbono, que según la Organización Meteorológica Mundial están en su punto más alto en 800.000 años.
Todos los países tienen que aumentar sus esfuerzos. La introducción de un nuevo impuesto a los combustibles fósiles vinculados a la emisión de dióxido de carbono en el paquete de reformas tributarias enviadas al Congreso es un paso importante para internalizar el costo de carbono en el mercado e incentivar la innovación en economías limpias.
Paralelamente al proceso de transformación económica que debe acelerarse a través de medidas e incentivos como los mencionados, que ayuden a internalizar el impacto negativo de las emisiones de CO2 y gases de invernadero, existen alternativas inmensamente eficientes tanto para reducir las emisiones de carbono como para absorber el carbono de la atmósfera.
De acuerdo con un estudio publicado recientemente en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias, un mejor manejo de tierras podría jugar un papel mucho más importante de lo previsto anteriormente en la reducción y el almacenamiento de las emisiones de gases de efecto invernadero, tanto en los bosques como en las tierras de cultivo, los pastizales y los humedales. Este estudio, conducido por científicos de The Nature Conservancy (TNC) y otras 15 instituciones, cubre 20 soluciones naturales para encarar el problema que acarrea el cambio climático. Teniendo en cuenta las restricciones de costos, el trabajo concluye que las soluciones naturales para el cambio climático podrían reducir las emisiones en 11.300 millones de toneladas por año para 2030. Es el equivalente a parar la quema de petróleo y a ofrecer el 37% de las reducciones de emisiones necesarias para mantener el calentamiento global por debajo de los dos grados Celsius para 2030, como fue ratificado como objetivo por las partes en el Acuerdo de París.
La principal solución natural del cambio climático: más árboles. Según la FAO, 3900 millones de hectáreas o el 30,6% del total de la tierra son bosques. Los investigadores hallaron que los árboles tienen el mayor potencial para reducir las emisiones de carbono a un costo eficiente. Esto se debe a que absorben dióxido de carbono cuando crecen, eliminándolo de la atmósfera. Los resultados del estudio indican que, para 2030, las tres grandes opciones para aumentar el número y el tamaño de los árboles (reforestar, evitar la pérdida de bosques y mejorar las prácticas forestales) podrían eliminar de forma económica 7000 millones de toneladas de dióxido de carbono anualmente, lo que equivale a sacar de circulación 1500 millones de autos a gasolina.
Restaurar los bosques en tierras que anteriormente habían sido boscosas y evitar pérdidas adicionales de bosques en el mundo son las dos oportunidades principales. El éxito depende en gran medida del uso de mejores prácticas forestales y agrícolas, en especial las que aseguran la protección de ecosistemas claves del alcance de la ganadería y la soja, destinando dichas actividades a zonas cuyo valor ecosistémico es menor. El balance adecuado entre áreas protegidas, restauración de infraestructura verde y explotación agrícola y ganadera no sólo traería aparejados beneficios significativos en reducción del calentamiento global, sino que también permitiría proveernos de sistemas de seguridad alimentaria sustentables. Las mejoras en prácticas forestales de bosques existentes permite también producir más fibra de madera, a la vez que se almacena más carbono, se mantiene la biodiversidad y se ayuda a limpiar nuestro aire y nuestra agua.
Algunos países latinoamericanos se encuentran entre los más vulnerables del mundo frente al impacto climático, con inundaciones, escasez de agua potable y alimentos, sequías y tormentas catastróficas, que ya generan serios daños a la tierra, la vida silvestre y las comunidades. Más de 10,6 millones de personas en la región sufrieron los efectos de desastres relacionados con el clima en 2016. La magnitud del desafío es comparable a la oportunidad. Todos los países en la región se han comprometido con el Acuerdo de París y están lanzando una variedad de iniciativas para mitigar las emisiones perjudiciales y ayudar a que sus pueblos se adapten a los impactos actuales y futuros del cambio climático. El Acuerdo de París abrió la puerta para que las soluciones naturales del cambio climático jueguen un papel mucho mayor, declarando que los países deben proteger y restaurar los bosques para reducir emisiones y crear "sumideros" de carbono que absorberían el dióxido de carbono de la atmósfera.
En la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático 2017, llamada COP23, The Nature Conservancy(TNC) presentó este nuevo estudio científico y también modelos específicos para la reducción de emisiones en el corto plazo, tales como proyectos de reforestación, resiliencia costera, protección de cuencas en los ríos (fondos de agua), posturas regenerativas para evitar deforestación, etc. En la Argentina, TNC está trabajando con socios locales e internacionales en la Patagonia para evitar la desertificación, en el Chaco para evitar deforestación y en Mendoza, con el gobierno provincial, nacional, el BID y el sector privado, para analizar el manejo sustentable de cuencas hídricas, entre otros proyectos.
Nuestro país cuenta con un enorme potencial para proporcionar soluciones naturales que hagan frente al cambio climático. La ciencia nos muestra el camino para cambiar el paradigma productivo actual. Coordinar esfuerzos para integrar nuestro capital natural a una visión de crecimiento sustentable para el país puede ser uno de los legados mas significativos que dejemos a las generaciones futuras.

El cambio climático probablemente sea el desafío más importante y complejo que enfrentamos como civilización. Pone de manifiesto la necesidad de cooperar, coordinar esfuerzos a nivel precompetitivo, pensar en forma sistémica para remover barreras y alinear incentivos, acelerar innovación, políticas públicas y movilización ciudadana, y crear nuevos mecanismos financieros.
Esto ya está ocurriendo con excelentes resultados en muchas partes de nuestra región y del mundo. Sólo tenemos que acelerar la acción y escalar las soluciones que sabemos que funcionan tanto para nuestros objetivos ambientales como sociales y económicos. El mejor uso de suelos, bosques, humedales, y de la agricultura, como lo prueba este nuevo estudio científico, es una de esas oportunidades de oro que tenemos que escalar rápido. Es hora de trabajar juntos, con los gobiernos, el sector privado, los organismos multilaterales, la sociedad civil y las comunidades, para remover las barreras al manejo sustentable de nuestro capital natural y catalizar la innovación e inversiones que puedan ayudarnos a acelerar estos procesos de transformación.

Vicepresidente ejecutivo de Innovación Global y gerente general de The Nature Conservancy América Latina

jueves, 15 de junio de 2017

HISTORIAS DE VIDA


En 1968 mi familia adquirió un caserón antiguo en el barrio de Barracas. Recuerdo el primer día que visité esa casa. La gruesa puerta de calle estaba abierta, seguía el largo zaguán -que habría sido y algún día volvería a ser testigo de amoríos inexpertos- y más allá dormitaba un patio interno con un toldo de lona mustia. Después, siempre en línea recta, seguían el comedor, la cocina y otra puerta abierta. Esa puerta conducía al paraíso.
Solté la mano de mi madre y salí corriendo. Todo lo demás, las hermosas persianas de hierro, las bisagras como de castillo feudal, las altas puertas de roble macizo, nada de eso llamó mi atención. Desde la calle había vislumbrado el patio y una sombra que sólo pueden permitirse las parras o los jazmines. No conocía estos nombres aún. Pero habiendo sido desterrado casi dos años antes de mi mundo idílico en los suburbios, esa sombra móvil, mezcla de susurros y luz, me atrajo como un reencuentro largamente esperado.



Corrí los casi 30 metros a toda carrera y franqueé el desgastado umbral de madera. Me detuve allí fascinado. La mitad derecha del antiguo patio estaba cubierta por un gigantesco jazmín del país, y todo el tiempo caían flores. Estaban lloviendo flores en la tarde apaciguada por la sombra, y el perfume era como una muchedumbre.
Pronto mi abuelo iba a enseñarme que el néctar de esas flores es dulce, y nunca, hasta hoy, abandoné la costumbre de presionar los leves tallos para extraer esa gotita que, aunque ínfima, vuelve a abrir la ventana del tiempo y me lleva a aquella tarde en que conocí el jazmín del patio del caserón de Barracas.


En la mitad izquierda gobernaba una anciana parra de uva chinche, que se podaba cada 9 de julio. Le sacábamos baldes de fruta, y mi madre logró evitar, por poco, que mi abuelo me iniciara en el delicado arte de la vinificación, que él mismo practicaba en su casa, sin mucho éxito.

De algún modo, el añoso arbusto y la deliciosa vid convivían en paz. Mi parra dejó de verdear como a los 80 años, en el invierno de 2004. El jazmín nos había dejado mucho antes. Lo relevaron glicinas, caballeros de la noche, un mburucuyá irredento y un plumbago melancólico. 

Ninguno lo igualó en prodigalidad.


Los vecinos del fondo tenían dos árboles magníficos. Un níspero y un ficus, que aquí llamamos gomero. De suyo, no está bien visto que un chico deambule por las medianeras y luego se trepe al árbol del vecino para robarle su fruta. Pero aquel níspero era tan gigantesco que el buen anciano nos alentaba a la cosecha.



-Hay para todos -le dijo a mi madre, cuando me llevó de la oreja a pedirle disculpas luego de haberme atrapado colgado de una rama como un mono, con una olla llena de los pequeños frutos amarillos. El hombre nos hizo pasar y señaló el angosto cantero, deshecho por las raíces furiosas del ficus. Crecían pequeños nísperos por todas partes.
De todos modos volví a mi casa de la oreja. Pero con una idea. Desde ese día empecé a plantar todas las semillas que llegaban a mis manos. Desde manzanas y limones hasta la amapola y el anís. También empecé a recolectar semillas de árboles en las plazas cercanas. Un braquiquito me enseñó una dura lección cuando extraje con las manos desnudas las semillas de sus frutos.


Mi pobre madre, que encontraba mi industriosa curiosidad a la vez admirable y preocupante, vio cómo la compañía de latitas con brotes crecía, al amparo de un techo de tejas, en un rincón del patio. Después empecé a ahorrar para comprar semillas en los comercios industriales, donde me trataban como si me hubiera equivocado de local, hasta que empezaba a pronunciar nombres en latines torpes. Tuve en ese fugaz bosque en miniatura ginkgos, alerces, cipreses de los pantanos, pinos, por supuesto nísperos, ailantos y nogales. Enemigos ancestrales e invisibles que el hombre de campo conoce bien lo diezmaron muchas veces. Entonces recolectaba nuevas semillas. Y volvía a empezar.

A. T. 

sábado, 7 de enero de 2017

AMOR VERDE

Historias de árboles



Era un laurel alto y añoso, y para entonces ya había adoptado el característico aspecto sombrío. Estaba en el jardín de la casa vecina y casi todos los días me trepaba a la medianera para observarlo. Nunca había visto un árbol tan callado y meditabundo.



Pasé años admirándolo hasta que un día nefasto lo talaron y dejaron un muñón negro e incomprensible. "Juntaba muchos bichos", alegaron. Lloré de rabia, pero, como toda herida, dejó una lección. No iba a permitir que algo así ocurriera de nuevo, si podía evitarlo.
Poco después, llegaron a otra casa de la cuadra unos nuevos vecinos. En su patio habitaba una majestuosa palmera que me fascinaba desde pequeño. Ahora, si un laurel junta bichos, una palmera alberga todo un ecosistema. Veía venir otra tragedia. Así que les toqué el timbre, me presenté y les pregunté qué pensaban hacer con la palmera. Se quedaron mirándome. Como se mira a un loco, más o menos. Por fin, me dijeron que nada, que no iban a hacer nada. "No la van a talar, ¿no?", insistí. "Por supuesto que no", respondieron. Treinta y cinco años más tarde, esa magnífica Phoenix canariensis sigue allí. Gente de palabra, los Aguirre.



Una noche, poco tiempo después, advertido sobre mi manía arbórea, mi padre me comunicó que iban a tener que talar el fresno de la vereda.
-¿Puedo saber por qué? -pregunté, conociendo la respuesta.
-Porque ahí va el nuevo garaje.
-Ya lo sé, ¿pero por qué sacar el árbol?
-¡Porque no se van a poder entrar los autos!
-Eso es clarísimo. Pero ¿por qué talar el fresno? ¿Por qué no moverlo?
-Ah, ¿eso se puede hacer? -acusó mi padre, atónito.
Era un fresno joven, de unos 100 kilos y algo más de dos metros; estábamos en invierno y eso jugaba a mi favor. Al día siguiente, ante la mirada entre divertida e inquieta del vecindario, llevé adelante, con la ayuda de varias personas, el estrafalario trasplante. Me cargaron hasta los monaguillos de la parroquia.
Pero la última palabra la tenía el árbol, que al llegar la primavera explotó en brotes y regresó de su pequeña transmigración fortalecido. Tres décadas después, es tan enorme que su copa sobresale en las fotos satelitales de Google Maps.



De visita en la casa paterna, una vez independizado, vi en el jardín un retoño elocuente. Hijo de los de la calle, un fresnito oteaba el horizonte a 25 centímetros del suelo y a medio metro de la galería. Imaginé que crecería, levantaría las baldosas y alguien buscaría una motosierra. Así que tomé el tallo entre el pulgar y el índice y le dije a mi madre que iba a arrancar esa plantita, porque se volvería un árbol grande. Impredecible, pero sabia, me respondió:
-¡Pero no! ¡Dejalo, pobrecito!
Solté el tallo y confié en el destino. Hoy sigue ahí, imponente como su par de la vereda; lo bauticé, por supuesto, Yggdrasil.
Hace 28 años hice un viaje a Bariloche y me traje en el bolsillo una semilla de araucaria. La planté en una latita y germinó. Creció hasta que hizo falta una lata más grande y, luego, otra más. Cuando entendí que aquel arbolito tenía ganas de vivir mil años, le dije:


-Te prometo que un día te voy a sacar de esa maceta.

Hoy tiene casi tres metros y aguarda con paciencia verde. Si Dios quiere, el próximo invierno saldrá por fin de su dilatado cautiverio.

Cinco años atrás, un arbolito lustroso empezó a crecer con prisa en mi jardín. No lo reconocí al principio. Bueno, sí, pero no podía ser. Así que le saqué una hoja, la estrujé y la olí. No podía ser, pero era. Era un alcanfor. ¿Cómo había llegado allí?



Como llega la vida, incontenible. El nuevo estacionamiento del diario estaba poblado de alcanfores. Bastó una semilla en mis zapatos, tal vez en el ruedo del pantalón, para que este nuevo espécimen germinara al lado del fresno, cerca de la palta, a pocos metros del ligustro, la glicina y la araucaria. Mis amigos.

A. T. 

lunes, 18 de abril de 2016

NUESTROS ÁRBOLES



Las especies arbóreas que encontraron y utilizaron Sebastián Caboto para levantar el Sancti Spiritus y Pedro de Mendoza para cercar las precarias chozas de la no menos precaria ciudad de 1536, claro, eran autóctonas. Citemos al algarrobo, quebracho, tala, ceibo, ibirá-pitá, y otros más. Bastante tiempo después (mediados del siglo XIX), se incorporaron a nuestro territorio muchos árboles que sin ser originarios del mismo, se han aclimatado por sus excelentes aptitudes botánicas e industriales. Y quedaron definitivamente plantados y adaptados a la par de las plantas nativas.
Domingo Faustino Sarmiento fue vehemente impulsor de la actividad forestal; sabía de su importancia económica y forestal. Decía, según el historiador Gustavo Levene, que la llanura inacabable "debía acabar su soltería" y propuso al eucalipto de Australia "como el marido conveniente". La "boda" se llevó a cabo en 1858: el gran sanjuanino hizo traer desde aquel continente las primeras semillas que se distribuyeron y brotaron en casi todo el país. En pocas décadas, millones de eucaliptos cubrían estas tierras. Intentaremos redactar un breve catálogo de árboles foráneos

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Vaya como abanderado el eucalipto, la globulus, del Sur de Australia e isla de Tasmania, fue la primera especie (1858); la camaldulensis, la más cultivada del mundo e importante para la producción de pasta celulósica; la viminalis, de masiva utilización para pisos de parquet. Siguen la cereticornis, la robusta, la saligna y muchas más. Los eucaliptos crecen desde Comodoro Rivadavia hasta Salta y Misiones.

Del álamo, tenemos la especie carolina, del valle del Mississippi; con su madera se fabrican fósforos. El álamo "214" proviene de Italia (se lo conoce como árbol Arnoldo Mussolini); el álamo plateado (especie populus alba) es originario del sur de Europa, suele plantarse alineado (alamedas). El sauce "llorón" llegó desde China (no confundir con el sauce criollo, inconfundible en el delta del Paraná), sus ramas pendientes y alargadas llegan a tocar el suelo. Tanto sauces como álamos pertenecen a la familia de las salicáceas.


De aquellos cuatro "privilegiados, nos queda el pino, del que citaremos el origen de algunas especies. El pino insignis llegó de California, muy difundido, alcanza los treinta metros de altura. El ellioti es originario del sur de EE. UU., de gran uso para moldes de hormigón en la construcción. El pino piñonero proviene de la costa mediterránea (el histórico pino de San Lorenzo pertenece a esta especie). El pino caribea es originario de Cuba; de tronco recto, alcanza los 20/40 metros de altura. El nogal (del sudeste de Europa); el olmo (Siberia oriental); la magnolia (EE.UU.) la trajo el presidente Avellaneda; el aromo (Australia); el cedro (zona del Himalaya); el tilo (Europa); el "paraíso", de la zona del Himalaya (Asia); el roble (Europa), cuyo fruto es la bellota. La palmera, (Fenicia, Jerusalén, Egipto) abarca muchas especies; la yatay (¡llora, llora, urutaú/en las ramas del yatay....Guido y Spano) predomina en el Parque Nacional El Palmar, Entre Ríos.


Las ocho palmeras de Plaza de Mayo, de las islas Canarias (Phoenix canariensis), fueron plantadas en 1894 por el presidente Luis Sáenz Peña. Los gomeros (género Ficus) son australianos (hojas grandes) y de la India (hojas más chicas). El ejemplar ubicado frente al Teatro Colón asombra por sus dimensiones fenomenales.
La Soberana Asamblea General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata otorgó en 1813 cartas de ciudadanía a pobladores nacidos en el extranjero. Es que acaso, ¿muchos de los árboles que hemos aludido, por su contribución a la riqueza y al progreso que legaron a la nación, no merecen una carta de la Argentina forestal?

jueves, 28 de enero de 2016

LOS BELLOS ÁRBOLES DE NUESTRA HISTORIA


Árboles notables: dieron sombra en charlas históricas de la Argentina
Fueron testigos de disputas entre Avellaneda y Sarmiento, conversaciones entre San Martín y Pueyrredón, y escenario de batallas contra los invasores británicos; hoy sobreviven en la ciudad
Fueron testigos silenciosos de algunos de los sucesos más antiguos de la historia de Buenos Aires: de las invasiones inglesas, la Revolución de Mayo y los encuentros y desencuentros entre muchos de nuestros próceres. Pero también de la pequeña historia: de amores, odios y traiciones. Para el que las quiera oír, el murmullo de sus hojas cuenta las historias que atestiguaron.
En el Área Metropolitana de Buenos Aires es posible identificar varios árboles que por su longevidad se convirtieron en habitantes notables de la ciudad. El ombú del virrey Vértiz, el algarrobo de Pueyrredón, la magnolia de Avellaneda, el ombú de Perdriel y el aguaribay del perito Moreno son algunos de ellos.
Sin embargo, la disminución de la calidad del suelo por compactación, erosión y contaminación les genera un alto estrésen las raíces. Lo cual, sumado a sequías prolongadas, anegamientos o cambios en el entorno, propicia la aparición de nuevas plagas y enfermedades, y de otros fenómenos en estudio como la "caída de ramas de verano", según explican Marcela Palermo y Claudia Bertucelli, de la Subgerencia de Árboles Históricos y Notables del GCBA. Estoicos, algunos árboles notables sobreviven con sus historias.


1 Algarrobo de Pueyrredón
Algarrobo de Pueyrredón: la escritora Victoria Ocampo le dedicó en 1960 el libro Habla el algarrobo, donde el árbol cobra conciencia.
El algarrobo de Pueyrredón luce radiante. Aunque su rugosísima corteza revela su extraordinaria longevidad: unos 350 años.
Los generales San Martín y Pueyrredón conversaron en 1817 y 1818, sentados en un banco bajo su copa, sobre aspectos trascendentales de la independencia de América. En el parque del Museo Pueyrredón (Rivera Indarte 48, Acassuso) domina el río desde lo alto de la barranca.
Del tronco principal de este algarrobo blanco (Prosopis alba) brotan una serie de gruesas ramas, las más bajas de las cuales se apoyan en el suelo, "algo normal en los algarrobos que superan los 200 años", explica la ingeniera agrónoma Cecilia Volla, del Área Educativa del Museo Pueyrredón.
"Las ramas están cubiertas por claveles del aire, helechos y orquídeas patito, lo cual enfurece a muchos visitantes del museo que consideran comprometida la salud del árbol -explica Volla-. Pero al algarrobo lo cuida la Dirección de Ecología de San Isidro y goza de perfecta salud."


2 Magnolia de Avellaneda
Magnolia de Avellaneda: provocó una insólita y agria disputa entre Domingo F. Sarmiento y el presidente Nicolás Avellaneda.

La magnolia de Avellaneda (Magnolia grandiflora) nació en 1875 y vive desde entonces en el Parque 3 de Febrero (Palermo). De unos 10 metros de altura, habita la solitaria cuadra de la Av. Berro entre Sarmiento y Casares. Junto al muro perimetral del Jardín Japonés ve pasar los furtivos autos.
Según el historiador Daniel Balmaceda, durante el acto de inauguración del actual parque se produjo una insólita disputa entre el presidente Nicolás Avellaneda y quien presidía la comisión del parque, Domingo F. Sarmiento.
Sarmiento quería plantar un arrayán, mientras que Avellaneda prefería una magnolia. Por fin, Sarmiento invitó despectivamente a Avellaneda a realizar el acto simbólico: "En nombre de la comisión popular que presido, os ruego que plante un... arbolillo en conmemoración de este día". A lo cual Avellaneda respondió: "Queda plantado por mis manos un... ¡árbol!"


3 Ombú del virrey Vértiz
Ombú del virrey Vértiz: en medio de la calle Gaspar Campos fue salvado con una rotonda
Salvando la discusión acerca de si el ombú es un árbol o una hierba, el ombú del virrey Vértiz (Phytolacca dioica) se ubica en la recóndita primera cuadra de la calle Gaspar Campos (Vicente López) y disputa el primer puesto en el ranking de los árboles más antiguos de Buenos Aires: se le calculan, como mínimo, 500 años. De unos ocho metros de altura y nudosos troncos, su belleza y antigüedad cautivaron en 1779 al virrey Juan José de Vértiz y Salcedo, dueño de la quinta donde crecía el árbol, según refiere el historiador Enrique Udaondo en Árboles históricos de la República Argentina.
El ombú ahora goza de compañías menos prominentes: "De noche, en la base del tronco, se juntan parejas, fuman marihuana, orinan y tiran basura", se queja un vecino de la cuadra.


4 Aguaribay del Perito Moreno
De unos 145 años, seis metros de altura y un ramaje muy sinuoso, el aguaribay del perito Moreno (Schinus areira) reside en el jardín que rodea al palaciego edificio del Instituto Bernasconi (Cátulo Castillo 2750), en Parque Patricios. Sus hojas, muy finas y alargadas, caen verticalmente en forma de una llovizna verde que oculta al tronco.
Plantado alrededor de 1872 por el científico naturalista Francisco Pascasio Moreno en su quinta, el aguaribay fue víctima de varios actos de vandalismo, incluidos tres incendios. "Las secuelas de los daños que le fueron infligidos se notan claramente en su tronco hueco y su porte achaparrado", se lamenta Gabriela Barreiro, directora del Jardín Botánico, en su libro Árboles de la ciudad de Buenos Aires.


5 Gomero de la Recoleta
Gomero de la Recoleta: la semana pasada, una de sus pesadas ramas cayó sobre el cerco perimetral y destrozó un segmento

Antes acostumbrado a los flashes y ahora a las selfies, el gomero de la Recoleta(Ficus elastica), junto al café La Biela, es el árbol más famoso de Buenos Aires. "No hay nada que documente la antigüedad ni el origen del árbol", advierte Marcela Palermo, de la Subgerencia de Árboles Históricos y Notables del GCBA. Pero se estima que fue plantado en una fecha incierta entre 1820 y 1890. Algunas de sus ramas alcanzan los 20 metros de largo.
Joaquín, mozo de La Biela desde 1987, redacta una veloz lista de algunas personalidades que se sentaron en una mesa junto al gomero: Jorge Luis Borges, Angus Young, Cristina Kirchner, Ozzy Osbourne, Juan Manuel Fangio, Charly García, Susana Giménez...


6 Ombú de Perdriel
"Nadie sabe la edad del ombú de Perdriel (Phytolacca dioica), pero ya existía el 1° de agosto de 1806, cuando atestiguó cómo 50 gauchos al mando de Martín de Pueyrredón se enfrentaron a 500 infantes escoceses comandados por el general William Beresford, en lo que se conoce como la batalla de Perdriel, en referencia a un cercano caserío de ese nombre", cuenta Fernanda González, profesora de historia y guía del Museo José Hernández-Chacra Pueyrredón (Presbítero Carballo 5042, Villa Ballester). La historia también dice que tras el enfrentamiento, que fue favorable a los invasores, el general Beresford se apoyó al pie del ombú a descansar.
De unos 8 metros de altura y tronco muy nudoso, en 2005 una fuerte tormenta partió al ombú en dos, y una de las partes murió; sin embargo, la otra se mantiene incólume en el jardín del museo, que debe su nombre al escritor José Hernández, autor del Martín Fierro.

F. A.