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domingo, 25 de febrero de 2018

ERA HORA DE REPARTIR LA RESPONSABILIDAD


Así es el nuevo protocolo para prevenir las tomas de escuelas públicas porteñas
El año pasado se registraron en la ciudad 30 tomas de escuelas


El gobierno porteño quiere terminar con las tomas de escuelas públicas en el próximo ciclo lectivo, que empieza el 1º de marzo. Por eso, el Ministerio de Educación dictó "pautas de acción" para restaurar las responsabilidades de quienes participen o alienten esas acciones: los directores deberán citar a los padres para retirar a sus hijos de la escuela. Los padres serán responsables de los daños eventuales.
"Queremos que las responsabilidades por las tomas queden claras", dijo la ministra Soledad Acuña, al recordar que en 2017 se tomaron 30 escuelas.
El nuevo protocolo establece que en la toma de un colegio su principal autoridad deberá dar intervención al Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, al SAME y citar de manera inmediata (por teléfono u otras vías de contacto habituales) a los padres o tutores de los alumnos para que los retiren del establecimiento.
Además se exige que las autoridades labren un acta en la que se deje constancia de la imposibilidad de ejercer la conducción de la escuela y luego la eleven a la máxima autoridad de la cartera.
El acta deberá incluir un relato de los hechos apoyado en fotografías (preferentemente certificadas por un escribano) del estado del patrimonio escolar al momento de iniciarse la toma.
"Los rectores que no cumplan con las obligaciones procedimentales establecidas en el nuevo protocolo serán pasibles de distintas sanciones sobre su carrera docente, según el caso: apercibimientos, sumarios administrativos o pérdida de consideración en los concursos", explicó Acuña a la nacion.
Luego, cuando los padres retiren a sus hijos, deberán firmar un acta en la cual se consignará que "mientras dure la situación, y en el caso de ingreso/egreso del alumno al establecimiento educativo, la responsabilidad sobre el mismo recaerá sobre el adulto que ejerza la responsabilidad parental".

Los padres que en estas circunstancias no retiren a sus hijos podrían ser considerados responsables de los eventuales daños registrados en los edificios públicos y ser sometidos a una acción judicial.
Acuña citó el antecedente de un caso de amenaza de bomba en una escuela que fue denunciado en la Justicia y cuyos responsables fueron multados.
"Confiamos en que el Poder Judicial se pondrá los pantalones largos y no se dedicará a hacer oposición política", consideró.
"Hasta ahora se privilegió el derecho de protesta por sobre los de educación y trabajo, y se perdió el sentido de la responsabilidad inherente a las acciones coercitivas", dijo Acuña. Y agregó que esta medida busca volver a instalar entre los alumnos que "las acciones tienen consecuencias".
El protocolo fue diseñado por el Ministerio de Educación porteño en colaboración con la Procuración General de la Ciudad, el órgano jurídico de la ciudad de Buenos Aires.
"Este protocolo es una respuesta jurídica vaciada de contenido pedagógico", consideró Claudia Romero, de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella. Agregó que la normativa se limita a establecer pautas administrativas de acción para preservar la integridad física de las personas y del patrimonio escolar, pero nada dice de la función pedagógica del director. "Es imprescindible poner en juego criterios educativos que trabajen en la prevención de estos hechos", concluyó.
Aunque la nacion consultó a la Unión de Trabajadores Estatales (UTE), desde allí respondieron que desconocían la noticia del protocolo y se disponían a evaluar su contenido.
También cuestionó la efectividad del protocolo el rector de un importante colegio porteño que pidió preservar su identidad. "Esta gente [por el gobierno porteño] no sabe lo que es una toma", dijo.

Agregó que en las grandes escuelas, de unos 900 alumnos, es muy difícil conocer el nombre de todos los estudiantes. "Muy pocos preceptores y profesores van a querer colaborar con esa tarea de delación, porque terminada la toma hay que reconstruir la convivencia cotidiana", añadió. Y expresó que si un directivo no quiere colaborar dirá que no puede reconocer a los estudiantes.
En tanto, los centros de estudiantes de escuelas porteñas también cuestionaron la iniciativa. "Se ofende a los alumnos cuestionando su falta de responsabilidad: en las tomas del año pasado, en muchos colegios, como el Fader y el Raggio, las instalaciones quedaron impolutas", dijo Mateo Grassi, alumno de las Escuelas Técnicas Raggio, en Núñez. Agregó que las tomas no impiden el dictado de clases y que el nuevo protocolo "criminaliza la protesta, un instrumento legal de la democracia".
Sin embargo, hay padres que celebraron la nueva medida. "Estoy de acuerdo en que se accione judicialmente contra los padres que alientan las tomas, porque muchos de ellos se aprovechan de que los hijos no son pasibles de acciones judiciales para hacer su propio juego político", dijo Franco, cuya hija estudia en el Lenguas Vivas.
F. J. de A.

jueves, 22 de febrero de 2018

ES HORA QUE LOS PADRES "SE HAGAN CARGO"... TENER HIJOS NO ES SÓLO ENGENDRARLOS


Tomas de escuelas y el rescate del principio de autoridad
Si se ha llegado a la instancia de establecer un protocolo, ha sido como respuesta a la violencia moral, física y material ejercida en tantas usurpaciones
La decisión del gobierno porteño de establecer pautas de acción frente a tomas de escuelas estatales constituye un paso importante para garantizar tanto la integridad física de los estudiantes y de los docentes como los derechos de aprender y de enseñar. Representa también un avance en la consideración, el cuidado y la protección del mobiliario de las escuelas de gestión pública. Pero, fundamentalmente, implica volver a poner el acento en la responsabilidad que cabe a los adultos en estas manifestaciones que el año pasado, por ejemplo, terminaron con denuncias de abusos hacia una adolescente y la destrucción de bienes que son patrimonio de toda la comunidad.
Las nuevas pautas de acción fueron decididas a partir de un dictamen de la Procuración General, el órgano jurídico de la ciudad de Buenos Aires, respecto de las medidas por adoptar para salvaguardar los derechos de los menores de edad, las responsabilidades inherentes a los equipos de conducción de los establecimientos educativos y la corresponsabilidad de las familias de los estudiantes. Básicamente, el protocolo dispone:
Que la autoridad escolar debe comunicar esos hechos al Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes y al SAME, y citar, de forma inmediata, a los padres de los alumnos para que los retiren del establecimiento.
Que se labre un acta en la que se deje constancia de la imposibilidad de ejercer la conducción de la escuela y se la eleve a la máxima autoridad de la cartera educativa.
Que se fotografíe el estado del patrimonio escolar al comenzar la medida de fuerza.
Que los rectores que no cumplan con esas obligaciones serán pasibles de sanciones sobre su carrera docente.
Y que los padres que no retiren a sus hijos podrían ser considerados responsables de los daños que se registren en los edificios públicos y ser sometidos a una acción judicial.
Apenas conocidas estas medidas, hubo quejas airadas de parte de algunos especialistas en educación y de padres que ven vulnerado el derecho de los estudiantes a protestar. Nada de eso está vedado en la nueva disposición. De lo que se trata, por el contrario, es de que ese derecho se ejerza en libertad, pero respetando personas y bienes, permitiendo a quienes no participan de las tomas ejercer sus derechos a ser educados y a educar, y hacer responsables a los adultos de las conductas improcedentes de los menores a su cargo.
Si se ha llegado a la instancia de establecer un protocolo ha sido como respuesta a la violencia moral, física y material ejercida durante algunas de las 30 tomas realizadas tan solo en 2017. Desde ya que hubo muchos padres y tutores -la mayoría- que se hicieron cargo de sus hijos o representados, pero hubo otros que aprovecharon la impunidad que da la minoría de edad para canalizar a través de ellos sus propios reclamos político-partidarios. Y no fueron solo padres los que actuaron de manera equivocada. Hubo también educadores que se desentendieron de lo ocurrido y hasta una jueza que prohibió a las autoridades aplicar los procedimientos sancionatorios y disciplinarios establecidos al considerar, en una grosera interpretación de los hechos, que hacerlo era violar el derecho de los adolescentes a la libre expresión y a ser escuchados.
Es sabido que los chicos copian modelos de la sociedad adulta. Hace tiempo ya que en la nuestra muchos debates pretenden ser dirimidos en las calles, por la fuerza, mediante piquetes, amenazas y extorsiones. Ese ejemplo cunde con rapidez en las aulas, máxime si es apañado por adultos irresponsables que aprovechan los reclamos estudiantiles para agitar las aguas de la política.
La importancia de escuchar la opinión de los adolescentes no está en discusión. Pero sus opiniones no pueden ser impuestas. La decisión sobre el futuro de la educación y sobre los planes del sector la toman los adultos responsables de cada área. El personal especializado, con la debida experiencia y apertura al diálogo, es el más capacitado para buscar las mejores herramientas hacia una educación de calidad.
Es necesario que como adultos volvamos la mirada hacia los chicos, enseñándoles a reclamar sin agredir, a pedir sin exigir, a la importancia de expresarse, pero también de escuchar a los demás Y, fundamentalmente, urge restablecer el sano y necesario ejercicio del poder de autoridad que les cabe a los mayores.
Es hipócrita decir que no se quiere criminalizar a los adolescentes cuando está claro que se los criminaliza desprotegiéndolos, alentándolos a transgredir normas, a violentar la ley.
Hace falta una mayor conciencia cívica sobre el derecho de peticionar ante las autoridades. Se necesita que docentes, padres y alumnos vuelvan a formar aquel triángulo virtuoso basado en el respeto mutuo y el trabajo mancomunado que tan buenos resultados nos ha dado en el pasado.
Perturbar el funcionamiento escolar y consentir la usurpación y el daño a bienes públicos nunca será la solución a los problemas que atraviesa nuestro degradado sistema educativo. El colapso de la educación lleva inevitablemente al colapso de una nación.

sábado, 28 de octubre de 2017

HERENCIA DE AMOR...DE PADRES, ABUELOS E HIJOS



Guardo cajas con papeles de otras etapas geológicas de la vida. Intentos de poemas, de cuentos, una novela inconclusa, hojas sueltas de un diario íntimo tal vez, cartas de padres, hermanos, sobrinos, de amigos y de viejos amores, hasta algunos papelitos con apuntes de la vida cotidiana que nos dejábamos pegados en puertas y espejos con mi madre y mi hermano y que todavía me hacen reír.
Son papeles sueltos que nunca llegué a organizar, pero que preservo a mi manera y rescato del naufragio del tiempo en barcos un poco caóticos, aunque me gusta pensar que guardan un orden secreto. O algo así. Como sea, están ahí, a salvo. Y así es como entre las páginas de una libretita o del programa de una obra de teatro, mezclados con otras cosas del pasado -los primeros cuadernos de mis hijos, los dibujitos, las tarjetas que me hacían para mis cumpleaños-, puedo encontrarme con algo inesperado.
Es la razón por la que a veces miro las cajas con cierto recelo, algo así como una prevención. Puedo hasta imaginar que todas esas hojas escritas están ahí como al acecho. O más inquietante: me esperan. Desde hace años me digo que en las próximas vacaciones me sentaré a leer y organizar todo, pero siempre me las arreglo para que no me alcance el tiempo.


Pueden pasar largas temporadas sin que les preste atención. Pero de pronto un día me despierto con espíritu indagador, revisionista tal vez, con cierta disposición a releer (que es un modo de reescribir) capítulos del pasado. Son las veces en que voy con el ánimo dispuesto a las sorpresas, aunque siempre es un riesgo.
Otras veces reviso las cajas en busca de algo puntual. Es un acercamiento instrumental: necesito un papel que sé que está en algún lado de ese caos o tal vez estoy escribiendo algo y me acuerdo de alguna carta o de algún fragmento de ese diario disperso y me convenzo de que es imprescindible que lo vuelva a leer antes de seguir escribiendo. Pero, como siempre, basta que uno esté buscando A para que aparezcan B y C, y eso puede ser peligroso. Hay demasiado lugar para lo inesperado en esos papeles dormidos.


Eso fue lo que me pasó ayer: estaba escribiendo algo sobre un loco proyecto para subir a las cumbres del Kilimanjaro y me pareció imprescindible encontrar un texto que escribí hace mucho años sobre el sentido más profundo de la aventura en nuestras vidas tan contemporáneas. Pero entonces encontré una carta con la inconfundible letra de mi padre. No siempre me animo a volver a leerlas, a veces las dejo como estaban para que sigan durmiendo. Tengo muchas, porque desde que era muy chica vivíamos lejos -él en Montevideo, nosotros de este lado del río- y al principio, sobre todo, nos escribía muy seguido. De tanto leerlas, algunas me las sabía de memoria, pero ésta que me encontré ayer no la recordaba para nada.



Mi padre le escribía a su hija de 15 años que lloraba la muerte de un abuelo muy querido. Me explicaba las etapas por las que pasaría: el dolor ciego, el dolor atenuado y razonado, hasta el hermoso momento, decía, en que me daría cuenta de que el abuelo no se fue, sólo siguió su camino: "Y como marcas puestas adrede para que seamos capaces de seguirlo, dejó su amor grande, ese mismo que al principio nos duele más porque no lo seguimos disfrutando".
Mi hijo menor pasa por la cocina, donde escribo, ve que me tapo los ojos cuando llega. Me pregunta qué me pasa y me envuelve en un abrazo. Le muestro la carta. 

Mi padre, su abuelo, murió hace poco más de tres años. Ahora me encontraba una carta en la que sus propias palabras me explicaban cómo hacer con su ausencia: "Somos todos parte del tiempo y el tiempo ya nos dará, Dios mediante, otra oportunidad".
"Escribía bien el abuelo -dice mi hijo-, qué suerte que ustedes tenían cartas." Y yo pienso entonces que hay una fuente de sabia serendipia en esos papeles dormidos. No voy a organizarlos nunca, me parece.

C. A.

martes, 16 de mayo de 2017

HABÍA UNA VEZ....

Diego es uno de mis compañeros de trabajo. Nos une esa afinidad liviana que enhebra dos vidas en conversaciones fugaces (y en apariencia triviales) cuyo escenario puede ser la pequeña cocina junto a la que tomamos café. Suelo hacer en esos ámbitos preguntas en cierto modo inesperadas. A veces le pregunto a alguien si es feliz, y en caso de que la respuesta sea afirmativa (casi siempre lo es) intento averiguar por qué. Mis compañeros me miran con alguna curiosidad, cuando no con la preocupación con que se mira a un fenómeno, pero siempre responden. Todos necesitamos ser escuchados, hacer oír nuestros sentimientos más íntimos y sentir que le importamos a alguien, sea esto verdad o no; el narcisismo se encarga de corregir esos detalles. Hace unos años, Diego me contó que tenía una hija de 7 años. Mientras pulsaba el botón de la máquina del café, me dijo que el fin de semana anterior habían ido de picnic. El sábado a la mañana cargaron una pequeña heladera sin muchas más ambiciones que ir juntos a un parque: fiambres, gaseosas, un mazo de naipes y un frisbee. Lo demás iba a ser una extensa conversación entre padre e hija. No hay temas menores en esas charlas. Aunque nos hablen de sus juguetes preferidos o de un altercado que han tenido en la escuela, temas en apariencia nimios, escucharlos es un modo de vislumbrar cómo crecen nuestros hijos. Diego le preguntó a Lola (su hija se llama Lola, uno de los nombres más hermosos que pueda llevar una mujer) quién era su novio. Lola le respondió cosas de niños: se ha peleado con el último galancito, un gurrumín que la tuvo a maltraer dos semanas enteras de su vida breve, y uno distinto pasó a ocupar sus cándidas fantasías de princesa. Diego habló aquella vez con una nueva luz en los ojos. Es el fulgor que llevamos los padres en la mirada cuando hablamos de aquello que amamos de una vez y para siempre. La niña corre por el parque, se detiene frente a un grupo de chicos que arrían un barrilete, sube a unos juegos de madera en el arenero. Su padre la sigue con la curiosidad con que se observa un asteroide: todo ser humano es un enigma, y más aún lo son para los padres sus hijos.

Hace muchos años mi mujer me preguntó, un poco en broma, qué destino soñaba para uno de nuestros hijos. Le dije entonces que me gustaba la idea de que ese porvenir se pareciese al de Marlon Brando, uno de los grandes actores del siglo pasado. Ella abrió los ojos, incrédula. No comprendía por qué razón me dejaba enceguecer por los brillos de la celebridad, que me impedían ver la realidad más cruenta: Brando fue un artista abrumado por los padecimientos, entre los cuales estuvo el suicidio de su hija Cheyenne a los 25 años, víctima de profundas y prolongadas depresiones.
Aquella tarde no pude preguntarle a Diego qué destino soñaba para Lola. Sólo me pareció una imagen bellísima la que me regaló junto a la máquina del café. Cuando volví a mis tareas, los imaginé regresando en el auto, ella exhausta después de tantas correrías, el vestidito arrugado y con manchas de tierra y los zapatos con restos de arena; él, henchido de un sentimiento parecido a la felicidad.
Ayer le recordé a Diego esta historia que escribí alguna vez y ahora encontré entre papeles muy viejos. Se la leí sin pudor junto a su escritorio, y sus ojos volvieron a iluminarse como aquella mañana de verano mientras rebuscaba en el fondo de la memoria una tarde en que jugó con Lola a lanzar el frisbee en un parque de Buenos Aires. Pasaron ocho años desde entonces: Lola tiene 15.

 No hace mucho la invitó a cenar a un restaurante y ella fue reservada cuando su padre quiso saber cómo andaban sus sentimientos. Es ahora una señorita, y el candor impune de la infancia ha sido reemplazado por los pudores de la adolescencia. Pidió un Martini como aperitivo; ella eligió un Campari con naranja. Y brindaron. Por la niña que tan bellamente ha crecido y por la mujer más hermosa que la aguarda en el porvenir.
V. H. G.

jueves, 23 de junio de 2016

LITERATURA; EL ROL DE LOS PADRES


Se puede decir que la literatura argentina tiene padres fundadores -Sarmiento, Echeverría, Hernández- pero pocos libros con la figura del padre como protagonista.



Para Edgardo Scott, narrador, editor y psicoanalista, no hay grandes libros con padres. "No, al menos, como pueden serlo, para la memoria espontánea, Los hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoievski; La invención de la soledad, de Paul Auster; Patrimonio, de Philip Roth. El padre en la literatura argentina es una figura alusiva, desplazada, perversa, tutelar, a menudo vicaria", señala. "Hay más padres simbólicos que padres biológicos." El autor de El exceso, que actualmente escribe una novela sobre su padre, lista una serie de ficciones nacionales en las que el padre irradia la trama: "«Emma Zunz», uno de los cuentos de Borges, es una desconsolada venganza de una hija a partir de la noticia de la muerte de su padre; «El fin del viaje», el cuento de Ricardo Piglia, donde Renzi viaja a Mar del Plata para asistir a las horas finales de su padre; en el dramático final de Amalia, de José Mármol, el padre de Daniel llega tarde y «suspende el puñal»". En esta genealogía, no puede faltar tampoco El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza.
Honrarás a un personaje



A partir de los años 2000 hubo un interés por la figura paterna de los narradores locales: Juan José Becerra, Ángela Pradelli, Gustavo Ferreyra, Claudio Zeiger, Mauro Libertella, Leopoldo Brizuela y Claudia Piñeiro escribieron novelas con padres. En ellas se podían advertir mayor o menor cantidad de ingredientes autobiográficos y alusiones literarias. "Aunque la «novela del padre» es exigente, conozco varios ejemplos exitosos -dice Eduardo Berti, narrador y traductor, autor de la flamante novela Un padre extranjero (Tusquets)-. La manera en que Héctor Bianciotti retrata a su padre en su serie de novelas autobiográficas me parece sencillamente magistral y me hace pensar en la agudeza y la intensidad de un libro que él admiraba: Padre e hijo, de Edmund Gosse."
La narradora Ángela Pradelli ganó el premio Clarín de Novela 2004 con una novela protagonizada por la memoria de un padre. "El día que leí El padre y otras historias, de Antonio Dal Masetto, era sábado, primeras horas de la tarde -recuerda Pradelli-. Había comprado el libro por la mañana y era un buen programa leer ese libro hasta terminarlo. Pero no pude; terminé de leer el relato que da nombre al volumen y dejé el libro, preparé una jarra de té, salí al jardín, corté unos jazmines para poner sobre la mesa de la cocina. Eso que dice Kafka más o menos así: escribir para romper con un hacha el hielo que está dentro de nosotros. Desde entonces estoy tratando de unir los pedazos que volaron mientras iba leyendo esa historia."



Hace pocas semanas se publicó el nuevo libro de Mauricio Koch, Cuadernos de crianza. Diario de un padre y una niña de cuento (Paidós). Allí el autor registra en la forma de un diario las vivencias de un padre que bordea los 40 años y que, al mismo tiempo que aprende los oficios paternos con humor y ternura, se inicia en la escritura. "Cuando nació mi hija, yo estaba trabajando en el borrador de una novela que tiene como protagonista a un hombre joven que recibe la inesperada noticia de la muerte de su madre y debe viajar al pueblo donde creció para asistir al velorio -cuenta-. Pero la paternidad propia me absorbió, así que dejé a un lado la novela y empecé a llevar un diario sobre la crianza de mi hija. Aun así, mientras apuntaba mis deslumbramientos, no dejé de leer textos sobre la figura del padre para seguir en clima y documentarme para la novela que pretendía retomar cuanto antes." Koch menciona algunas de esas lecturas: La ley de la ferocidad, de Pablo Ramos; El buen dolor, de Guillermo Saccomanno; Papá, de Federico Jeanmaire, y Mi libro enterrado, de Mauro Libertella, entre otras.
¿El modo de presentar personajes de padres en las ficciones locales recientes por escritores argentinos perfila también un cambio en la figura del padre en la sociedad?
El padre moribundo. En El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron (Mondadori, 2011), el narrador (un joven escritor) regresa a la Argentina para asistir a los últimos días de vida de su padre y a partir de esa instancia reconstruye el pasado familiar.


El duelo por el padre. El buen dolor, de Guillermo Saccomanno (Emecé). "Es mi Carta al padre", confiesa el autor. Organizada como un tríptico, el narrador intenta reconstruir la historia de su padre enfermo (también escritor). "A medida que se aproximaba la internación de mi padre, me ganaba la idea de que si me sentaba, escribía y terminaba de una vez con ese relato se produciría algún restablecimiento de mi padre", se lee en la novela de Saccomanno.



El padre chiflado. La familia, de Gustavo Ferreyra (Alfaguara). Dice Ferreyra: "Cito al Sartre de Las palabras: «Como dice la regla, ningún padre es bueno; no nos quejemos de los hombres, sino del lazo de paternidad, que está podrido. ¡Qué bien está hacer hijos; pero qué iniquidad es tenerlos!». Quizás esta línea, que en su momento me impresionó mucho, inspiró algo al Correa Funes de mi novela. En mi novela, la figura paterna no es tanto la ley o el superyó, sino por el contrario su ruptura, y es el hijo el que aplaude y llora al mismo tiempo, el que se exalta y al mismo tiempo clama porque se cumpla la ley".
El padre bohemio. Mi libro enterrado, de Mauro Libertella (Mondadori). Sebastián Hernaiz escribió sobre el libro de Libertella: "En la figura del padre, la novela condensa la mística de la bohemia de los años 60 y de la figura del escritor alcohólico. En la novela del hijo de Héctor Libertella contrastan y se fusionan la memoria del padre escritor con el proyecto de escritura del hijo".



El padre ambivalente.Una misma noche, de Leopoldo Brizuela (Alfaguara). Esta novela presenta la imagen de un padre, acaso cómplice de los escuadrones parapoliciales de la dictadura, al que su hijo (el narrador) debe enfrentar con la verdad luego de un episodio de violencia en 2010.
El padre niño. El espectáculo del tiempo, de Juan José Becerra (Seix Barral). "Me parece que mi personaje es una especie de padre-hijo que se entrega a la procrastinación y a la contemplación del mundo como si él fuese un juez y el mundo, el acusado -dice Becerra-. Tiene un perfil anticapitalista porque se niega a enredarse con cualquier actividad, que en Occidente son todas fordianas, incluyendo el amor. Odia la línea de montaje porque cree que él es un fuera de serie. Es un padre que vive en el lenguaje. Todos sus actos son verbales. Si tuviera que ponerle un rótulo sería el de padre-niño, que los hay en mayor cantidad de lo que suponemos. Borges planteó el problema de manera indirecta cuando dijo que el hombre sigue siendo niño porque nace niño. Para ser adulto tendría que haber nacido adulto."



El padre idealista. Un comunista en calzoncillos, de Claudia Piñeiro (Alfaguara). En esta breve novela sobre una época, una sociedad y un país que ya no existen, Piñeiro rinde homenaje a su padre. "Esta novela se centra apenas entre diciembre de 1975 y junio de 1976. Pero creo que es una muestra suficiente de que he llegado a contar lo que realmente quería contar: esa relación cómplice y amorosa entre este padre y esta hija en circunstancias políticas adversas", declara la autora.
El padre humilde.Yo soy aquel, de Osvaldo Bossi (Nudista). Novela intimista sobre el mundo de un niño al que le gustan los varones, Yo soy aquel reserva un espacio de ternura para un padre de la clase trabajadora: "¡Boooo-telleroooo!, dice alargando la o del comienzo y la o del final. ¡Compro diarios, hierro, botellas, cartones? ¿Algo para vender, bo-telleroooo?! Dice mi papá. Y otra vez la o se alarga, da como una vuelta en el aire, y entra en los oídos de las personas, que se dan vuelta para mirarlo".
El padre intenso. Recuerdos de Córdoba, de Flavio Lo Presti (Llanto de Mudo). En su primer libro de crónicas, el escritor y periodista cordobés pinta un retrato de un padre fabulador, rebelde y adorable: "De vez en cuando, para evitar la conversación, para acentuar la sensación de no pertenecer, para obtener alguna ventaja romántica o para burlarse del mundo en general (y de Córdoba en particular) mi viejo empezó a fingir que era extranjero".
La difícil descendencia patricia

Además de los padres literarios, la literatura argentina cuenta entre sus filas varios padres de la patria. Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento es un texto que tuvo larga descendencia en las letras locales, y su autor mismo está también estrechamente ligado a nuestra historia. 



Un narrador joven, Juan Terranova, afirma sobre el escritor de Recuerdos de provincia: "Sarmiento fue padre del aula, maestro, mito, loco, vitalista, periodista, exiliado, militar, presidente, y un profesional de lo insoportable. Quería que los gauchos tejieran la seda de gusanos chinos, que la pampa fuera de apacibles granjeros anglosajones. Como un padre divertido, nos llamó a la aventura de ser una nación y siempre tuvo razón en los detalles aunque pifió en la big picture. Escribió la frase: «A mi progenie, me sucedo yo», que lo describe mucho mejor de lo que pensamos y de lo que él podía llegar a intuir. Su ampuloso drama y sus aspavientos son nuestra tragedia. Escribió las biografías de sus padres y tíos políticos, la de sus adversarios, y la suya propia, todas muchas veces, y también la de su hijo muerto en una guerra, y le sobró tiempo para ocupar todos los cargos de un Estado que siempre le quedó chico".

martes, 7 de junio de 2016

GRAVES PELIGROS EN EL USO DE LAS REDES


Todavía son chicos, pero sus vidas no están gobernadas por los códigos de la infancia. Los peinados, las actividades recreativas y hasta la manera de relacionarse con el otro sexo; todo los encamina tempranamente hacia la vida adulta. Muchos, sin embargo, no desarrollaron aún los mecanismos para hacerle frente a ese mundo de grandes. Incluso, el haber crecido puertas adentro, en medio de relaciones virtuales, les da menos roce para afrontar los peligros.



Los chicos de 8 a 12 años, esos que mueven sus primeras fichas en Internet, son el grupo más vulnerable a convertirse en víctimas de un acosador sexual. Así lo confirmó el fiscal Horacio Azzolín, de la Unidad Fiscal Especializada en Ciberdelincuencia (Ufeci). El caso de Micaela Ortega, de 12 años, asesinada luego de encontrarse con un hombre de 26 al que había conocido por Facebook, despertó la preocupación de los padres, que sienten que la vida de sus hijos en las redes es algo que se les escapa de las manos. Pero según los especialistas, a los 12 ya es tarde para empezar a preocuparse por esa vida virtual.
"Hay que empezar antes: desde los 8 años ya están en riesgo", dice Sebastián Bortnick, presidente de la ONG Argentina Cibersegura, que impulsó en el Congreso la sanción de la ley de grooming, y convirtió en delito el acoso sexual a menores por Internet y por otros medios electrónicos. Por esa figura, desde 2013, ya hay 200 causas penales. Las denuncias son muchas más. Sólo en Capital, se reciben a raíz de 15 a 20 denuncias por día vinculadas al tráfico de pornografía infantil, según detalla el director del Cuerpo de Investigadores Judicial (CIJ) del Ministerio Público Fiscal porteño, Enrique del Carril.
¿Cómo deberían los padres preparar a sus hijos para este mundo? ¿Cómo deben manejar la vida de sus hijos en las redes? ¿Sirve prohibirles el acceso? ¿Y espiarles las cuentas?


A pesar de que redes como Facebook sólo admiten usuarios de más de 13 años, el uso de esa red social entre chicos de menor edad es generalizada en el país. "Siete de cada diez chicos argentinos de entre 10 y 12 años tiene perfil en una red social", afirma Roxana Morduchowicz, doctora en comunicación de la Universidad de París y autora del libro Los chicos y las pantallas.
"¿Por qué será? Lo sabe cualquier padre que tenga hijos de esa edad. Porque hoy la vida social de los chicos pasa por las redes. Así como nosotros nos encontrábamos a jugar en una plaza, en la calle o en la casa de un amigo, hoy los chicos se encuentran en la Red. Eso no es bueno ni malo de por sí. Es como es", dice.
Así como en otra época la autonomía se comenzaba a conquistar a los 13 años y se terminaba a los 18 o con el primer trabajo, hoy la autonomía se logra en las redes sociales. "Hoy es el primer espacio en el que los chicos se sienten libres, en un mundo sin adultos -agrega Morduchowicz-. No es necesario convertirse en un espía, ni hackear la cuenta de tus hijos para sentirte seguro. Antes, hay muchas cosas que se pueden hacer, como establecer pautas claras según las edades." No es lo mismo los 8 años que los 11, los 12 y, menos, los 15.
Hace algunos meses, la mamá de Antonella, de 12 años, entró a su perfil de Facebook. En las conversaciones privadas encontró mensajes de un compañero de la escuela que le pedía que le mandara fotos desnuda y le proponía algún contacto sexual. Se sorprendió al leer la respuesta de su hija: decía que no, pero quizá no con la firmeza que su mamá esperaba. Tal vez, no faltaba tanto para que ella accediera. En todo ese tiempo, su hija no le había comentado nada sobre la situación que vivía.



La ONG Alerta Vida, que trabaja con casos de grooming, hizo un estudio en 2015 y detectó que en el país siete de cada diez chicos sufrieron algún tipo de acoso virtual mientras navegaban por las redes sociales. Según otro relevamiento que hizo Taringa! y el Consejo de Niños, Niñas y Adolescentes porteño, uno de cada dos adolescentes de entre 14 y 17 años se encontró con un desconocido que conoció por Facebook. Sólo dos de cada diez sintieron miedo.
"Nosotros solemos decir: las pautas de autocuidado las damos hasta los 11 años. Después tenemos que rezar. Hoy, como se han acelerado los procesos de autonomía, antes de los 11 años tenemos que haberles dado a nuestros hijos las herramientas de reflexión y pensamiento crítico para dudar de lo que se les ofrece. Si a los 12 le espiás el perfil y te encontrás con sorpresas, significa que no hubo una conversación antes", dice Marcela Czarny, de la ONG Chicos.net, que se dedica a investigar y a concientizar sobre la dimensión de la vida virtual de los chicos.
Chicos.net este año realizó una investigación sobre las actitudes de los padres respecto del control de sus hijos en las redes sociales. Entre los resultados, el 85% de los padres argentinos dijo que se siente preparado para lidiar con los riesgos que puedan sufrir sus hijos en Internet. Sin embargo, se apunta que esto puede ser una simplificación de los riesgos reales.
En la mayoría de los casos en que los padres establecen pautas sobre el uso de Internet con sus hijos, éstas tienen que ver con el tipo de contenido permitido y la cantidad de tiempo, normas que pierden efectividad cuando el chico accede a Internet desde su propio celular. Además, las pautas no son consistentes y se negocian es función de la conveniencia del adulto para poder tener tiempo libre mientras su hijo está entretenido en la Red, dice el informe.
El tipo de control más utilizado por los padres es el in situ. Es decir, estar al lado mientras está conectado. Pero, en cambio, desconocen qué hacen sus hijos en la Red cuando ellos no están.
"Los padres, muchas veces, con o sin intención, buscan excusas para no comprometerse con el cuidado. Pensar que los chicos saben más que uno es un error. Ellos sólo tienen el conocimiento instrumental, pero muchas veces no dimensionan el peligro. Sería muy necesario que nos acostumbremos a preguntarles, tal como hablamos de otras cosas, qué hiciste hoy en Internet, qué viste, con quién hablaste. No como un control policial, sino como un tema de conversación. Una forma de cuidado. A los chicos les hace bien sentir que estamos presentes, que nos pueden contar qué hicieron y con quién hablaron", dice Morduchowicz.


"La línea entre el cuidado, el control y el espionaje es delgada y cada padre la tiene que manejar -opina Bortnick-. Lo que no se puede hacer es desentenderse. Hay que crear el canal de diálogo sin acosar: generar en los hijos la sensación de que uno está mirando, está cuidando. Pero eso lleva tiempo y trabajo. No podemos desconocer las redes en las que se mueven los chicos. Hay que estar presentes, conocer cómo se usan, sea Facebook, Instagram o Snapchat. No hacerlo, como padres, es mirar para otro lado."
¿Cómo manejás el acceso de tus hijos a las redes sociales?
"Mis hijos sólo se conectan con conocidos para jugar online"
Ana, mamá de tres varones de 14, 11 y 8.
"Recién este año le dejé tener Instagram, con la condición de que lo maneje desde un mail mío y con la cuenta privada. Sólo acepta amigos reales"
Juan, papá de una hija de 11 años
"No van a usar celular hasta los 15. Tienen iPad con clave común, y cada tanto miro los chats"
Juan Pablo, papá de dos varones de 12 y 8, y una hija de 4 años
"Aún no los dejo usar Facebook. Creo que todavía no están en edad de comprender el alcance de lo que dicen, ni los peligros a los que se exponen"
Amalia, mamá de chicos de 11, 10 y 7
"No tiene celu; sólo Facebook e Instagram. La compu está en el living. Charlamos mucho, él sabe que no puede aceptar a desconocidos. No le reviso los contactos todos los días. Puede aceptar a alguien y que yo no me entere. Por eso, hay que despertar su sentido crítico porque yo no estoy al lado suyo siempre"
Cynthia, mamá de un varón de 11 años
"Ella está en todas las redes sociales, y las claves están en la compu. Tengo acceso, pero no la controlo. Son sus cosas privadas; prefiero tener confianza"
Mariana, mamá de una adolescente de 16
"Es muy difícil manejar el tema con los preadolescentes. En general, no nos participan de sus charlas"
Alejandro, papá de dos chicas de 12 y 8

E. H.

viernes, 15 de abril de 2016

SOMOS NI MÁS NI MENOS QUE PADRES..LO DEMÁS VIENE SOBRANDO


DICE SERGIO SINAY
La maternidad y la paternidad requieren presencia y paciencia. La primera, para acompañar y guiar el proceso que convierte a los hijos en personas autónomas, capaces de decidir y de elegir con responsabilidad -es decir, facultados para responder a las consecuencias de esas decisiones y elecciones-, e instrumentados para desenvolverse en el mundo. Y paciencia para comprender que esos hijos son individuos inéditos, que no están hechos a imagen y semejanza de las expectativas de sus padres. Es necesario ser paciente, para asumir esta comprobación, para no reaccionar intempestiva y emocionalmente ante ella, para continuar con la presencia nutricia y orientadora y, finalmente, para afrontar la desilusión al tiempo que se celebra la singularidad de cada hijo.



Presencia no significa sobreprotección ni estar a sol y a sombra sobre los hijos. Maternidad y paternidad son procesos de aprendizaje también para los padres. Y una de las principales materias que se deben aprender trata sobre la distancia a la que mantener el liderazgo del vínculo, establecer los límites que todo ser en crecimiento necesita y brindar un amor que riegue, pero no ahogue.

Suele ocurrir que la aspiración de ser los mejores padres para los mejores hijos convierta al proceso de crianza en un padecimiento para adultos que se frustran continuamente y que empiezan a preguntarse si son ellos o sus hijos los que no responden al proyecto. Y padecimiento para los chicos, que ven subir permanentemente la vara que deben alcanzar para responder a lo que se espera de ellos. Algunos alcanzan la marca a costa de su propia identidad, que sacrifican para ser el modelo soñado (y exigido) por sus padres. Otros quedan prisioneros de la culpa por no haber dado respuesta a los padres que tanto se sacrificaron. Y, por fin, otros simplemente buscan la coyuntura y las fisuras por donde escapar, se rebelan.
La exigencia de convertirse en padres modélicos de hijos modélicos es quizás una forma de autoexigencia de los adultos consigo mismos. Y acaso se base en cuestiones no resueltas de su propia vida como hijos. Aunque se dirija a los hijos como una prueba de amor, no es ése el tipo de amor que ayuda a un desarrollo saludable de las potencialidades de los chicos.


Los padres que, aun inconsciente e involuntariamente, pretenden que sus hijos calcen a la perfección en las expectativas que premoldearon para ellos podrían preguntarse si, en el fondo, no están empeñados en una competencia no explicitada con otros padres (incluso los propios) y si no convierten a sus hijos en medios para ese fin. También podría ocurrir que la hiperpresencia obedezca a la necesidad de controlar y verificar que los hijos se transformen en quienes continuarán la saga personal o familiar de los padres. O los que cumplirán los sueños o aspiraciones truncas que éstos tuvieron para sí mismos.
Percibida a tiempo, cualquiera de estas respuestas puede contribuir a modificar actitudes y ayudar a construir un vínculo de crianza que dé los mejores frutos.
El autor escribió el libro La sociedad de los hijos huérfanos
EJEMPLOS DE VIDA
Cuando era muy chica, Marion Forwood, que ahora tiene 49 años, iba caminando sola al colegio. Hoy, como madre de Tomás, de 13 años; de Francisco y Andrés, mellizos de seis, y de Luciano, de cuatro, pasa más horas arriba de su auto que en su propia casa. Los lleva a clases, y después a fútbol, taekwondo y natación. También van a tenis, toman clases de arte y juegan al golf.
Si puede, cuando alguno de los chicos no quiere comer en la escuela lo busca para que puedan estar juntos los 45 minutos que dura el almuerzo. "Todo está cronometrado. Desde hace dos años digo que voy a dedicar las mañanas a hacer algo para mí, pero no lo consigo. Me cuesta muchísimo encontrar ese espacio", dice.
Tal como sucede con muchos otros padres, Forwood se convirtió en lo que los especialistas llaman una "hipermadre". De tan presentes que están en la crianza, se transforman en una suerte de planners de la vida de sus hijos: les organizan la agenda, se convierten en sus choferes, se preocupan de que reciban una formación integral.
Incluso, y no pocas veces, les hacen la tarea o les pintan a escondidas esa lámina de ciencia que tienen que entregar, con un único objetivo: que quede perfecta.
Se trata, advierten los especialistas, de un nuevo modo de sobreprotección, que aparece como consecuencia de una "profesionalización de la paternidad".
"Hoy, muchos padres sienten la presión de ser perfectos. Es un objetivo equivocado. Los chicos no necesitan padres perfectos, necesitan padres presentes. Conectados, pero no «hiperpadres». La sobreprotección atenta contra el nivel de confianza de un chico", apunta Verónica de Andrés, autora, junto a su hija Florencia, de Confianza total para tus hijos (Editorial Planeta), que es el segundo libro entre los más vendidos en el país en la categoría no ficción.


Laura Monte, madre de Martina, de 11 años, y de Guillermina, de ocho, no duda en definirse como una "hipermamá". Pone un ejemplo: la semana pasada, su hija mayor tenía que entregar una lámina. Entonces, ella le buscó información por Internet y se la imprimió en el trabajo. Cuando volvieron a casa, luego de varias actividades, Martina se fue a dormir porque tenía mucho sueño. Monte se quedó a cargo del collage. Al día siguiente, le dio la cartulina terminada a su hija. "Ponele tu nombre y entregala", le dijo.
Los "hiperpadres" suelen hablar en plural sobre sus hijos y las elecciones de vida: "No tomamos gaseosa de noche", "no miramos televisión" u "hoy tenemos prueba de matemática". También se los denomina "padres helicóptero", porque siempre sobrevuelan la vida de sus hijos.
Gestionan la vida familiar como si fuera la organización de una empresa. Están presentes en cada detalle. Exigen de sus hijos lo mismo que la sociedad espera de ellos como padres: perfección.
"El problema es que actúan de padres. Hacen todo lo que ellos creen que un buen padre debería hacer. Llevarlos, traerlos, conseguirles vacantes en los mejores colegios, que hagan un taller de arte con algún artista reconocido... Pero, contrariamente, no ejercen la función parental, que es la base de la integración del yo de sus hijos", detalla Eva Rotenberg, directora de la Escuela para Padres y autora del libro Parentalidades: interdependencias transformadoras entre padres e hijos (Lugar Editorial).
"Ser padres es otra cosa. Es establecer con el hijo un vínculo profundo, es asumir ser esa persona que le va a enseñar el mundo y que lo va a conducir a descubrir quién es. No por llenarlo de actividades el chico va a aprender. Al contrario, un niño que no tiene desarrollada su subjetividad seguramente tendrá problemas para aprender cosas nuevas", advierte Rotenberg.


Profesionales
En el hecho de empujar a los hijos a ser los mejores hijos de los mejores padres -lo que sea que eso signifique-, con las mejores intenciones, quedan algunas cosas en el camino.
"Los cambios culturales respecto de los roles y las tareas en la sociedad y en el hogar impulsaron también una nueva imagen de padre y madre", advierte Carina Lupica, directora del Observatorio de la Maternidad. "Está vigente la idea de maternidad intensiva, que pretende subrayar la exigencia de ser buena madre, entendiendo por tal el ejercicio material de la maternidad personalizada y profesionalizada", apunta.
Ser profesionales dentro y fuera de la casa. Coordinar todo con una precisión suiza. Es decir, esto implica múltiples objetivos y tareas que deben atenderse simultáneamente.
"Si pretendemos profesionalizar la vida familiar, apuntamos a un rendimiento, a una carrera de metas y logros, en lugar de buscar la felicidad", explica la psicóloga y orientadora familiar Adriana Ceballos.
En la primera reunión de padres del año, Romina Deites, diseñadora y madre de Mora, de seis años, recibió una curiosa advertencia: "Por favor, mamis, pase lo que pase, no les hagan la tarea". Miró para todos lados, le causó gracia. ¿A quién se le ocurría? Un mes después, se sorprendió a sí misma, con los lápices de Mora, metiéndole color a una tarea que su hija había completado, pero en blanco y negro.
"La paradoja de la hiperpaternidad es que cuanto más perfecto buscás que sea tu hijo, más inseguro lo hacés -dice Andrés-. Un chico que se tiene confianza tiene el «yo puedo» incorporado. Uno criado con hiperpadres tiene el «mis padres lo harán por mí» incorporado. Y eso es un atentado contra la autoestima."
Hay una regla de oro para evitar caer en la sobreprotección: no hacer por los hijos nada que ellos puedan hacer por sí mismos. "Ayudarlos está bien, pero entrometerse en todos sus asuntos no. ¿Querés ayudarlo? No lo ayudes tanto en todo. Antes de saltar a su rescate, preguntate si eso es algo que él o ella puede hacer solo. Es posible criarlos para que tengan confianza en sí mismos, desarrollen su inteligencia, sean responsables y felices sin estar sobrevolando sus vidas como un helicóptero", concluye Andrés.


En EE.UU., el inicio del debate
La psicóloga estadounidense Madeline Levine fue la primera en usar el concepto de "hiperpadres". A partir de sus experiencias de más de 30 años, constata, sobre todo en una cultura tan competitiva como la de los Estados Unidos, que la paternidad se había convertido en una carrera contra reloj, con una meta clara: el triunfo de los hijos. Levine recomienda ejercer la paternidad de manera menos intensa para evitar que los chicos terminen frustrados por las grandes exigencias de sus padres.

martes, 26 de enero de 2016

NO HAY TAREA MÁS DIFÍCIL NI VÍNCULO MÁS ETERNO



Ser padres en el siglo XXI: el desafío de criar personas con valores, que aprecien las cosas y respeten a los demás
Escena 1. Estoy en una plaza con mis hijos. El mayor, que en ese momento tenía unos siete años, se esfuerza por descolgarse de una trepadora. En la trepadora de al lado, un chico que aparenta ser algo menor también intenta bajar cuando de repente noto que está asustado por la altura. Rápidamente me acerco y le ofrezco ayudarlo. Un minuto después, mi hijo me alecciona: "Papá, no se puede ayudar a desconocidos. No hay que hablar con gente que no conocés".
Instantáneamente me surge decirle que no es así. Que, por el contrario, siempre hay que ayudar a los demás cuando lo necesitan y está a nuestro alcance hacerlo. Pero me freno: empujados por un mundo más peligroso que aquel en el que crecimos, estamos criando chicos seguros al precio de hacerlos desconfiados e insolidarios.



La respuesta de mi hijo es resultado de lo que la mayoría de los padres de hoy enseñamos para protegerlos del peligro. Así como no es correcto no ayudar jamás a nadie, tampoco podemos indicarles como regla que pueden hablar o ayudar a cualquier desconocido. ¿Cómo transmitirle a un chico de siete años el criterio para definir qué otros son peligrosos y cuáles no?

Escena 2. Otro de mis hijos, en ese momento de tres años, sube al auto de su abuelo en un día de mucho calor. "Prendé el aire", le pide. Mi suegro responde que su auto no tiene aire acondicionado, a lo que mi hijo, completamente sorprendido contesta: "No puede ser. TODOS los autos tienen aire acondicionado".

Yo recuerdo bien la noche en mi vida, a los 27 años, en que tuve por primera vez un acondicionador de aire en mi habitación. Mucho más vívidamente recuerdo las noches de calor de mi infancia y adolescencia, dando vueltas en la cama tratando de captar cada atisbo de brisa que saliera de mi ventilador turbo.

La combinación del abaratamiento de ciertos productos electrónicos con el carácter cada vez más descartable de los bienes que consumimos está subvirtiendo el valor de las cosas a los ojos de nuestros niños. La mayoría de los juguetes que reciben (made in China) duran de unos pocos días a unos pocos meses. Hoy nada es demasiado apetecible, nada es durable. Criados a 23 grados, nuestros chicos pierden adaptabilidad y capacidad de lidiar con la frustración.




Escena 3. Voy en el auto por la 9 de Julio. Al pasar por el Obelisco, me detiene el semáforo. Al lado mío para un auto manejado por un hombre que lleva a dos niños en el asiento trasero. Una nena se acerca a su ventanilla para pedirle una moneda. El padre, sin siquiera mirarla, le hace un ademán de disgusto para que desaparezca.

No hay nada malo en no poder dar dinero en una ocasión puntual. No siempre es posible ayudar. Pero estoy seguro de que ese hombre no registró que el gesto de desprecio con que lo hizo fue un silencioso mensaje estridente para sus hijos. Posiblemente alguna de estas noches el señor se siente a hablarles de la importancia de ser solidarios, pero ellos para entonces habrán aprendido bien la lección. No importa lo que decimos, sino lo que hacemos. A la vista de nuestros niños. A cada momento.


Epílogo. Las tres escenas sucedieron en un lapso de unos pocos días. No estoy seguro de si hay un hilo que las vincule linealmente. Son, tal vez, una muestra desordenada pero cruda del desafío que es ser padres y madres hoy. Y una muestra también de la dificultad que se plantea al tratar de balancear peligro y libertad para criar personas con valores nobles, que aprecien y disfruten las cosas, respeten a los demás y puedan desenvolverse bien en el mundo que viene.

S. B.