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domingo, 9 de septiembre de 2018

PARA PENSAR

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Delicias de alguna que otra adolescencia perdida. Frío en la ciudad, frío en el colectivo somnoliento que traquetea en una mañana oscura, gélida y neblinosa; el bolso escolar sostenido entre las piernas, el cuerpo aterido y acurrucado contra la ventanilla, a punto de iniciar un gesto lejanamente infantil, inesperadamente nuevo. Protegida -o no tanto- por los mitones, la mano asciende, toca el vidrio empañado, lo garabatea con un impulso enraizado en la niñez, pero vuelto de lleno hacia el huracán del presente: no son dibujitos los que traza la chica escondida tras gorro, bufanda y sueño; es una letra y luego otra, y otra más hasta dar forma a un nombre. Escribe un nombre de varón, lo borra, lo vuelve a escribir. Indiferente a los frenazos, el aire viciado, el ruido allá afuera, el mal humor aquí adentro. Es inmune a todo, salvo al placer de pronunciar ese nombre, repetirlo, saborear su sonido, regodearse en algún posible eco extranjero, volver a la versión local, escuchar su música, abandonarse a una sensualidad sabrosa, incipiente, lúdica; sin fin ni mayores apremios que, de momento, su propio juego.
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Aún no leyó Lolita. Cuando conozca la novela de Nabokov sabrá de qué hablaba Humbert Humbert cuando, al evocar su devastadora obsesión amorosa -la niña que era Lo, y Lola, y Dolly, y Dolores-, escribiría: "Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta".
Para la tradición hindú, el universo se originó en un sonido, un mantra. Un nombre. No es tan distinto lo que ocurre en el amor: nos abismamos en un nombre durante lo más radiante de la pasión erótica; inscribimos linaje, pertenencia y legado cuando brindamos el nombre a un hijo. Y siempre, en uno y otro extremo del arco, el acorde secreto. La música, lo innombrable del nombre.
Así me ocurrió cuando llegó el momento. Al elegir el nombre de mi hijo, lo primero fue cierta sonoridad. Iván. No pensé en el temible zar ruso, ni en la película de Tarkovski, ni mucho menos en los Karamazov. Eso vino después y, hay que admitirlo, un poco me preocupó. Pero la música del nombre, que se me antojaba querible, concentrada y potente, insistía. Albergaba dentro de sí otros dos nombres que también me resultaban hermosos: Juan, Ian. Se ensamblaba, de manera armónica y a buen ritmo, con el apellido que le estaba otorgando el padre. Soñábamos ese niño, y muy pronto comenzamos a soñar llamarlo así. Sin mayores razones, ni antecedentes eslavos, ni significados más esotéricos que el enorme enigma de otorgar la vida y nombrarla, y dejarse llevar por un rato, decidimos que ese sería su nombre. La forma -el sonido- a la que él no cesa de iluminar y colmar de contenido.
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Hubo otro nombre, Ruy, pero no pudo ser. Y Nekane, el nombre que podría haber tenido yo. Siempre me gustó, aunque en algún tiempo me perturbaba el gesto de extrañeza que asomaba en las pocas personas a las que se los comentaba. Con el euskera ocurren estas cosas: puede parecer lejano y rudo en una primera llegada. Pero no, no lo es.
Nekane era el nombre que, según me cuentan, había elegido mi madre. Nunca me llamé así porque, también me dicen, por aquella época no se admitían nombres extranjeros. Durante mucho tiempo imaginé algo así como una vida paralela. Nekane vivía en una dimensión diferente; era yo misma, y a la vez era otra. En un viaje a Europa descubrí la variante española de ese nombre vasco, y la historia tristísima de una familiar que se había llamado así. Supe entonces que siempre iba a preferir la primera versión: abierta, sonora, incontaminada. Que me aferraría a esa Nekane sin más hondura que un vago eco de bosques, cantábrico y montaña. Forma y contenido: qué es un nombre, más que un marco. Qué somos, más que los múltiples modos de imaginarlo.

D. F. I.

sábado, 5 de mayo de 2018

CLUB POLÍTICO ARGENTINO; PENSAR EL PAÍS


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Vicente Palermo
El Club Político Argentino cumple diez años dedicado al debate pluralista de la actualidad nacional
En abril de 2008, un minúsculo grupo de amigos y colegas de gran confianza entre sí, mujeres y hombres, decidió crear un club político. Tras algunas vacilaciones, y no sin un toque de presumido orgullo, el club fue denominado Club Político Argentino. A cargar, pues, con la cruz que nos hemos elegido, parecieron decir sus fundadores. Y así fue. Hoy somos 250 socios, y ya la cruz no es tan pesada, o al menos eso es lo que creen algunos de ellos. Pero a no quejarse: los socios participamos del savoir-faire de la acción, y de la alegría, del gozo de la acción en común, que no está exenta de grandes dificultades pero es el meollo, el núcleo esencial de eso que llamamos lo político, un pequeño milagro que a veces, equivocadamente, damos por descontado. Ser capaces por una fracción de segundo de estar en el ojo de la tormenta, en el centro de la polis, contribuir aunque sea colocando un humilde acento en el texto colectivo y doloroso de la vida de los argentinos.
Pero, veamos. Se supone que si un grupo resuelve crear una organización es porque hace falta, porque está faltando algo. ¿Qué es lo que faltaba en 2008? Más o menos lo que todavía falta (y está dicho en la declaración fundacional del club, accesible para cualquiera en nuestra página): compromiso cívico. El sentido del CPA no es otro: contribuir a fortalecer el compromiso cívico entre los argentinos. Diez años atrás nuestra sociedad era una sociedad amenazadoramente polarizada, facciosa, fragmentada social y políticamente, en la que la nación estaba al servicio de las pasiones de izquierda y derecha, y el nacionalismo de recetario eclipsaba la república. El diálogo político, la argumentación, brillaban por su ausencia. La apatía, el retraimiento de muchos, hacía el caldo gordo de los oportunistas.
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Detrás de la soja o el yuyito, las retenciones, las cosechadoras, las invocaciones al campo, al zoológico, a los comandos civiles, a los grupos de tareas, identificados como la patria o la antipatria, asomaba la mirada torva del enemigo con el que no hay reconciliación posible. Pero hubo una rebelión contra todo eso, y el Club fue apenas un hilo de agua que ensanchó el río torrentoso. Algo es algo. Muchos pesimistas nos podrán decir que la Argentina de hoy adolece de los mismos males, y un poco de razón tendrían, sin duda. Velar por lo político es un esfuerzo que no tiene fin, el único alivio lo da la confianza que tenemos en los otros, y eso hay que construirlo.
Pero la plaga del Club no son los pesimistas, somos los escépticos. Los que no nos hacemos ilusiones ni abrigamos mayores esperanzas, pero, al mismo tiempo, no cejamos en nuestro compromiso cívico, en el esfuerzo republicano por la limitación del poder, el imperio de la ley, la equidad social y el robustecimiento de la ciudadanía, contra la dependencia de las personas, sea por razones económicas, sociales o políticas. Ni más ni menos. En el mundo de hoy, el mundo de Trump, de Putin, de Maduro, de Temer, de Xi Jinping, está difícil, ¿no? Pero ya lo enseñaba el realismo weberiano: solo procurando una y otra vez lo imposible ha de alcanzarse lo posible, algo muy diferente al "sed realistas, pedid lo imposible", de mayo del 68.
¿Y por casa? Aquí somos difíciles de encasillar. Para empezar, desde fuera del club existe cierta dificultad (muy comprensible) para percibir su enorme diversidad interna. Sin embargo, esa diversidad es parte de su razón de ser, de lo que nos fortalece y nos permite -con suerte y viento a favor- ser creativos. De vez en cuando. En parte es por eso que somos difíciles de encasillar, y precisamente por eso nos encasillan con tanto facilismo: "la oposición a Carta Abierta", "los intelectuales de Macri" (no somos ni una cosa ni la otra; ni siquiera somos un grupo de intelectuales).
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Hacer política desde la pluralidad, a partir de ella, es, quizás, una modesta contribución al fortalecimiento del espacio público, porque entrelaza tradiciones y vertientes políticas que en la vida argentina coexisten, pero muy raramente dialogan entre sí. Quizás eso justifica nuestro formato institucional bastante original: un club. Político. No es que no haya antecedentes argentinos. Tal vez los más ilustres sean el Club del Progreso y el Club de Cultura Socialista. En la gran antesala del caserón que tiene por sede el primero, aún puede apreciarse la mesa de madera en la que fue depositado el cadáver de Leandro Alem inmediatamente después de su suicidio. Alem, así como Francisco Barroetaveña (figura histórica significativamente olvidada, no tiene ni una calle), fueron los líderes de un frustrado republicanismo de masas, oxímoron en el que de buena fe confío. Cuenta también en nuestro linaje el CCS, de gran papel político cultural en los 80. Apuesto a que los socios del CPA en su gran mayoría consideran a ambos "referentes" históricos del club.
Es esta condición la que define nuestra fisonomía y hace posible la geometría variable en la toma de posiciones en el espacio público. En un mundo donde las identidades son feroces, cerradas, exaltadas, intensas, nuestro club tiene una identidad débil, abierta, que si se toma muy en serio su compromiso público, no se toma demasiado en serio a sí misma.
En una Argentina todavía dominada por la cultura facciosa, nuestro club no tiene facciones: los clivajes cambian constantemente al sabor de los temas y cuestiones, son bastante impredecibles, y es rarísimo que un grupo se atreva a aspirar a imponer su interés o su posición a todo el club. Sencillamente el Club está diseñado de forma tal que la conducta facciosa es muy difícil, si no imposible. Y el presidente no goza de popularidad. Es más bien soportado, como quien personifica una función de la que no se puede prescindir, pero nadie se identifica con su investidura.
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Los debates sobre cuestiones importantes se parecen, si se me permite la desmesura comparativista, con aquellas asambleas de la comuna de París, que no tenían ni comienzo ni fin, simplemente los participantes se iban renovando según su voluntad a lo largo de días y días. Hasta que, en nuestro caso, la comisión directiva decide a veces tomar cartas en el asunto y propone una declaración. En otros casos, ni eso, y los debates se agotan por sí solos, aunque muchos de ellos -como la cuestión árabe-israelí- vuelven.
No nos hagamos ilusiones. No hubo "dostresmuchos Vietnam", afortunadamente, y tampoco habrá una pluralidad de clubes políticos. Y quizás sea mejor que así sea. Los cauces principales de la política y la participación popular deben ser otros. Pero estos diez años están, a mi juicio, muy bien vividos. Del futuro ya hablaremos. En general, se da por descontada la necesidad ontológica de una organización, como artículo de fe, y siempre se van a encontrar las justificaciones (o racionalizaciones, si se me permite el toque psico) correspondientes. Es un clásico de la sociología de las organizaciones que es más fácil fundar una organización que disolverla. Pero, aquí, para celebrar los 10 años cumplidos, hemos dado vuelta el tablero y fuimos a los argumentos que presentaríamos delante de un hipotético tribunal que pusiera en tela de juicio nuestra existencia. Quien nos conoce, y los lectores, tienen en definitiva la última palabra.
Presidente del Club Político Argentino

miércoles, 11 de abril de 2018

LAS VIRTUDES...PARA PENSAR



Qué es una virtud?, se pregunta el filósofo francés André Comte-Sponville en su Pequeño tratado de las grandes virtudes. Y, tras repasar el tema desde Aristóteles en adelante, se responde que una virtud es el esfuerzo por comportarse bien. Moralmente bien, es decir, hacia y con el otro, el prójimo, el próximo. Una virtud, concluye, es un valor moral encarnado, vivido, convertido en acto. Y subraya que las virtudes no se enseñan por los libros, sino por el ejemplo.
Si las virtudes se verifican en los actos cotidianos y se aprenden por el ejemplo, estamos ante un panorama preocupante. La gratitud (llamémosla también agradecimiento) es una virtud cuya desaparición progresiva y galopante es fácilmente verificable en la vida cotidiana. Pequeños y sencillos actos como abrir una puerta para que pase otra persona, esperar con el ascensor detenido a que llegue el vecino que acaba de entrar al edificio, ceder un asiento, alcanzar un salero o un servilletero parecen no merecer un graciaspara muchas personas beneficiadas por esos gestos. Tampoco decirle esa breve palabra de siete letras a un mozo que sirvió el café, a alguien que cedió el paso en un molinete o, en fin, expresarla en las numerosas oportunidades que se presentan a lo largo de un día.
Las virtudes, dice Comte-Sponville, no caen por su peso. Se aprenden y se practican. Por lo tanto, es posible desconocerlas. Basta con no haber tenido ejemplos o con haberlos olvidado. Basta con haber perdido el hábito de practicarlas. Y eso es lo que parece estar ocurriendo. El desconocimiento de la palabra gracias y de lo que ella significa. Porque gracias indica que hemos recibido algo. Que se nos dio. Que se nos vio. Que se nos reconoció. Que alguien, a través de un mínimo gesto, nos dijo que existimos. Por todas estas razones, dar las gracias es un acto cuya profundidad y trascendencia va mucho más allá de una simple cuestión de urbanidad o de buenas costumbres, aunque también tenga que ver con esto.
El filósofo austríaco Josef Seifert, fundador de la Academia Internacional de Filosofía, con sede en Liechtenstein, enunció en unas jornadas pedagógicas los valores que considera esenciales para la exploración del sentido de nuestras vidas. El respeto, la gratitud, la paciencia, la humildad, el arrepentimiento y el perdón (juntos), la esperanza y el amor (juntos). De la gratitud dice que es fuente esencial para el conocimiento del sentido y de lo que hay de bueno en nuestras vidas. 
Lo cierto es que cualquiera de esos actos y gestos nombrados en el principio de esta columna, que en apariencia son nimios e intrascendentes, mejoran las vidas. Agradecer, dice Comte-Sponville, es recordar que algo ha sucedido. Y es recordarlo con alegría. Es que, en efecto, algo ha sucedido. Nos sirvieron un café, nos abrieron una puerta, esperaron a que llegáramos, nos cedieron el paso, nos ofrecieron un asiento, nos sonrieron, nos preguntaron si necesitábamos algo, levantaron y nos entregaron algo que se nos cayó. No son tonterías. Se trata del hilo invisible con que está bordada la convivencia humana.


¿Cuesta tanto, ante esa evidencia, decir simple y sencillamente gracias? Pareciera que sí, que cada vez más personas han extraviado esa palabra en sus vocabularios. Y como las palabras no son solo letras o sonidos, sino que también representan y crean, la pérdida de una de ellas, sobre todo de una que la escritora y terapeuta austríaca Elisabeth Lukas considera "un bálsamo para el alma", no solo empobrece a quien la extravió, sino que lastima a quien no la recibe. Mientras aún sea tiempo habrá que buscar las gracias perdidas hasta reencontrarlas. Sobran las oportunidades para hacerlo.

S. S.

martes, 31 de octubre de 2017

PARA PENSAR


¿Por qué nos atormenta la verdad? ¿Qué tiene algo cierto que no tengan las declaraciones encendidas de la posverdad? Lo pregunto en serio. Lo pregunto en serio porque, al compararlas, tendemos a colocar la verdad y la posverdad en igualdad de condiciones. Creemos que se pueden contrastar. Una, la primera, se ajusta a los hechos. La otra, en cambio, no. Esto es un error.



Hay verdades que pueden ser proferidas como posverdades. Hay, como sabe la ciencia, verdades que son cuestión de fechas. Durante gran parte de la historia de la física, el tiempo fue tenido por una magnitud inmutable. Hasta que en 1905 Albert Einstein propuso -y luego se probó cierto- que era relativo. Lo que no significa que todos sus antecesores hayan estado mintiendo.

La política -y dicen, en un punto, que todo es política- está repleta de estos axiomas engañosos. Nos encanta confrontar. Porque es obvio que lo contrario de algo malo ha de ser algo bueno. Pero no. Lo contrario de algo malo es otra cosa mala, pero de signo opuesto. Por eso la historia está infestada de regímenes de ideología irreconciliable y métodos idénticos.



Así que hacemos mal en llamarla posverdad, porque de verdad no tiene ni un pelo. ¿Qué es la verdad? La verdad es la intención de la verdad. Luego vendrá la trabajosa búsqueda del científico o del periodista, del lógico, del filósofo o del médico en una sala de guardia.
El lenguaje delata estos matices. A nadie se le ocurriría acuñar el término posmentira, por ejemplo. Si anhelamos la verdad es porque nada puede construirse sobre la base del engaño. El engaño es la intención del engaño, un instrumento descartable para un fin oculto.
Anhelamos la verdad, incluso cuando esa verdad pueda no llegar a saberse nunca. Pensaba estos días en el saxofonista, flautista y clarinetista de jazz estadounidense Eric Dolphy, cuya causa de muerte, el 29 de junio de 1964, nunca fue del todo aclarada.


La música de Dolphy me llegó, hace muchos años, por medio de un colega. Venía en un casete con el nombre del artista garrapateado en la etiqueta y, en el envoltorio de cartón, una minuciosa enumeración de las canciones. "Éstas son palabras mayores -me anticipó aquel periodista-. No es fácil, pero son palabras mayores."
Me fui con el desafío a casa y, como había ocurrido antes con Bill Evans, Charlie Parker, Thelonius Monk, Charles Mingus, Dizzy Gillespie y, por supuesto, Miles Davis, el casete rodó y rodó muchas veces, hasta que poco a poco empecé a comprender lo que me estaba diciendo.
Luego intenté comprar otros discos de Dolphy, y descubrí que o eran pocos o no estaban por ningún lado. Antes de Internet, de Wikipedia y de Spotify, el asunto fue pasando a segundo plano, el casete se sumó a una vasta y desordenada colección, y otras obras lo fueron eclipsando. Pero por algo me había costaba encontrar discos de Dolphy.


La historia oficial asegura que, durante una gira en Berlín, Eric Dolphy se desvaneció en su habitación, a causa de una diabetes no diagnosticada; se lo trató con insulina, pero falleció de un ataque cardíaco.
Sin embargo, en el documental de 1991 Eric Dolphy: The Last Date, varias personas -entre otras, su prometida de entonces, Joyce Mordecai- refutan tal relato. Según colegas, amigos y asistentes, Dolphy estaba a punto de iniciar un concierto cuando se desplomó sobre su instrumento. Fue trasladado al hospital de Achenbach, donde, por ser un músico negro de jazz, dieron por sentado que sufría una sobredosis. Le suministraron medicación para ese cuadro y Dolphy falleció de un coma diabético. Tenía 36 años y era "tan abstemio como un puritano", según el crítico de jazz Brian Morton.
Uno puede decidir con qué versión de esta historia quedarse. Especular. Debatir. Pero la verdad -lo que ocurrió realmente esa noche- es una sola. Aunque nunca la sepamos.

A. T. 

miércoles, 19 de julio de 2017

FUTURO MUY CERCANO....PARA PENSAR


Alimentos diseñados por machine learning y órganos artificiales, el futuro próximo según InnovatiBA


La creación de órganos artificiales, la minería en asteroides y la alimentación sustentable sin sacrificio animal acapararon la atención de los cientos de personas que participaron de InnovatiBA, el evento sobre innovación organizado por el Gobierno porteño para "bucear por el futuro" y entender el "cambio exponencial que proponen las tecnologías", según las palabras del ministro de Modernización, Andy Freire.


Las charlas, realizadas en la Usina del Arte, dieron cuenta de las transformaciones que las tecnologías ya producen en el laboratorio y en la vida cotidiana, desde el uso de herramientas como el "hackeo" de un virus para implantar una droga en un lugar del cuerpo que es resistente a los medicamentos, hasta el uso de sistemas electrónicos para diseñar alimentos artificiales.
Una mayonesa, quesos e inclusive un trozo de carne, todos pueden hoy ser derivados de vegetales o frutos y mantener la textura y sabor de los originales gracias a un algoritmo matemático que procesa millones de datos y hace pruebas hasta conseguir el resultado deseado.
Con machine learning (aprendizaje de máquinas), el emprendedor chileno Matias Muchnick consiguió sintetizar leche y mayonesa, y según aseguró, tienen el mismo sabor que las producidas tradicionalmente: "El algoritmo tiene que procesar varios terabytes de información, pero en primera instancia tuvimos que probar leches verdes, agrias o amargas. Luego, la retroalimentación de los datos permitió que se consiguiera leche, que no es leche, pero con el sabor a leche".


Según relató frente a un colmado auditorio, fue mientras se reponía de una operación que se decidió a buscar la innovación en esta materia, por considerar que se ha creado un "entorno alimenticio que hace felices a la mayoría, pero que está matando a muchos".
"Es un sistema obsoleto, que no podrá alimentar a la población en 30 años, que es inseguro desde la salubridad y es ineficiente desde la cuestión energética. Estos productos son más sustentables, consumen menos recursos y sus precios son iguales a los tradicionales para que realmente generen impacto", añadió Muchnick sobre su emprendimiento, llamado NotCo.
Afirmó además que el "70 por ciento de sus consumidores no es vegano", y que desde su empresa planifican escalar su modelo de negocios gracias a la asociación con la estadounidense Indie.bio.
El crédito local estuvo en manos de Emiliano Kargieman, CEO de Satellogic, la empresa argentina que este mes colocó en órbita su sexto nanosatélite, y quien dio cuenta de la potencialidad del espacio como lugar para hacer negocios, pero también como alternativa para preservar a la Tierra. 


"Toda industria pesada la tenemos que sacar de la Tierra. Me imagino fábricas orbitales y preservar el planeta para la creación de la vida, que es muy difícil de recrear en otros lados. Que la biósfera pueda volver a tomar el control", comentó.
Kargieman explicó que hasta 2010 no había tenido ningún contacto con el mundo de la tecnología espacial, pero que encontró en ella la respuesta a problemas humanos como la creación de alimentos y la producción de energía.
"¿Cuántos drones necesitamos para tener datos constantes sobre plantaciones? Casi infinito. Los satélites de órbita baja eran la respuesta. ¿Cuántos necesito? 300, pero salen cientos de millones de dólares. Cuando hice la cuenta tendría que haber cerrado el proyecto. ¿Porque salen tan caros? No hay ninguna razón. La tecnología es hasta más vieja que la de un celular", afirmó.
Por ello, mientras con un satélite tradicional se trata de "poner tecnología que pueda dar datos muy certeros durante 15 anos", la idea de Satelogic es "bajar 1.000 veces el costo, y tener el 98 por ciento de certeza pero que duren cuatro años".
"¿Qué puede hacer el espacio por nosotros?. La micro-gravedad permite investigación biológica y de componentes porque hay materiales que reaccionan de manera diferente en esas condiciones. En un pequeño asteroide de 10 kilómetros tendríamos trillones de dólares en metales pesados y ya está la tecnología para extraerlos", comentó.
Por su parte, Ryan Bethencourt, representante de Indie.bio, destacó el creciente interés en biotecnología que manifiestan empresas ya tradicionales como Google: "La biología está recreándose. Estamos en una época inusual, en la era en la que se puede hacer carne en un laboratorio, una pechuga de pollo".


"A partir de una célula de pollo se la multiplica en toneladas. Se podría alimentar al mundo y esto pasa en Buenos Aires, no en Silicon Valley", añadió Bethencourt.
En el campo de la información y la salud, comentó las positivas experiencias para almacenar datos en la secuenciación del genoma y que, en un futuro cercano, será capaz de contener más datos que la tecnología actual y con un menor costo energético.
"Estamos en el comienzo de la creación de organoides. Si podemos hacer que con la impresión 3D que el riñón recupere el 15 por ciento de su función, se evita la diálisis. Tenemos que probar lo imposible antes de hacer lo posible", concluyó.

miércoles, 28 de junio de 2017

PARA PENSAR.....ESPIRITUALIDAD



De tanto en tanto nos enteramos, gracias a que algunos famosos y mediáticos anuncian su militancia en ella, que una nueva filosofía espiritual llegó (generalmente desde tierras exóticas y lejanas, preferentemente orientales) portando la fórmula de la felicidad y del fin del dolor y del sufrimiento. Se trata de ejercitarse en una o dos técnicas sencillas y en encontrar y repetir el mantra mágico. Los diferentes gurúes promocionan, cada uno con su propia jerga, más o menos lo mismo: hay que pensar ante todo en uno mismo, perdonarse, amarse, repetirse que todo estará bien y desear algo con la suficiente fuerza como para que se convierta en realidad simplemente por haber sido anhelado.
Acaso esta curiosa espiritualidad no haya dado, a pesar de todo, con la piedra filosofal (mítico producto alquímico también llamado elixir de la vida). De lo contrario no seguiría reapareciendo bajo nuevos nombres y renovadas promesas, al ritmo de estos tiempos en que lo descartable desplaza a lo permanente y lo fugaz a lo estable. Quizá se deba a que la espiritualidad es otra cosa. El doctor Viktor Frankl (médico, psiquiatra y pensador austríaco, padre de la logoterapia, sistema que apunta a la búsqueda del sentido de la propia vida y valores como caminos de realización) señalaba que el ser humano posee, más allá de lo biológico y lo psicológico, una dimensión propia. La espiritual. Esta le permite saber que existe algo más allá de él, que ese algo se manifiesta también en la presencia del otro y que precisamente cuando uno vive para algo y para alguien encuentra su sentido. Lo encuentra, no lo crea.
Desde ya, vivir para algo es diferente de vivir para pasarla bien, sacarse culpas de encima, apoltronarse en rincones confortables de la existencia y desentenderse de lo que ocurre alrededor, en el mundo y a los otros. Significa activar la voluntad de sentido. Esta noción de espiritualidad subraya que cada persona es parte de un todo que ese todo resulta más que la suma de las partes y que no podrá ser ni descrito ni definido, sólo intuido a través de la conciencia (nuestro órgano de sentido, según Frankl). Resulta, entonces, lo contrario de las modas espirituales que al priorizar una interioridad excluyente, refuerzan el narcisismo, el egocentrismo, el individualismo. Y, como consecuencia, no resuelven lo que Frankl llamó neurosis noogena (del griego noos, mente), aquella que surge por problemas existenciales y espirituales vinculados con la frustración de la voluntad de sentido.
Para el médico vienés (autor de El hombre en busca de sentido, La presencia ignorada de Dios, En el principio era el sentido y otras obras), el sufrimiento (que los gurúes neo espirituales proponen erradicar) no es algo a eliminar, sino una de las circunstancias inevitables que la vida propone como fuente de sentido. "Pero sólo lo será -insistía Frankl- bajo la condición de que nunca podrás eliminar el costo del sufrimiento en sí." Es decir que la auténtica espiritualidad reside en la vida como es, no como nos gustaría que fuera. Y esa espiritualidad va más allá de las religiones, aunque las incluya. Es una condición dada a los seres humanos (creyentes o no) para que desarrollen bajo su responsabilidad una existencia que mejore el mundo y no su mundo solamente. La vida, decía Frankl, no te da lo que esperas. Por el contrario, ella espera algo de nosotros. Es la gran diferencia que va de las espiritualidades que ponen al individuo en el centro de un universo autorreferencial, a la espiritualidad trascendente, que le permite ir más allá de sí mismo, hacia algo o alguien, ofreciendo sus valores y vislumbrando su sentido
S. S.

viernes, 7 de abril de 2017

PARA PENSAR...


Energía, una oportunidad para pensar el país en grande
La Argentina tiene inmensos recursos cuya explotación requiere abandonar la mentalidad del corto plazo
Emilio Apud



La realidad en que está inmersa la Argentina luego de 70 años de experimentar el populismo en sus diversas versiones nos impide ver su verdadera potencialidad en función de los inmensos recursos naturales de los que dispone. Prima en la sociedad una estructura mental resignada y condicionada por el corto plazo.
Esa mentalidad conduce a la falacia de pretender desarrollar el país sobre la base de su mercado interno, cuando cuenta con recursos energéticos, mineros, ictícolas y rurales para abastecer a más de 500 millones de personas del mercado global.
La economía argentina funciona aproximadamente con 80% de mercado doméstico y 20% externo, cuando, por sus recursos, esa proporción debería ser al revés, para lo cual urge introducir en nuestra cultura un "modelo país de valor agregado exportable", donde la producción, los salarios, los beneficios, los impuestos salgan de una masa genuina de recursos económicos. Ése es el camino para un desarrollo sostenido que efectivamente reduzca la pobreza y la inequidades y mejore la calidad de vida de todos.
Un caso que corrobora la visión chiquita de la realidad prevaleciente en nuestra sociedad fue la actitud ante las medidas que ensayó el Gobierno el año pasado con el propósito de acabar con la ficción de las tarifas regaladas de luz y gas. Tal vez, desconociendo el mal negocio que significa trocar tarifas por subsidios, luego de haber recibido el sector energético más de US$ 100.000 millones en ese concepto entre 2004 y 2015.
Sin embargo, debido al rechazo de algunos usuarios a sincerar las tarifas, en 2016 el Estado otra vez tuvo que subsidiar el sector con US$ 13.930 millones, más de la mitad del déficit fiscal primario, según datos de la Asociación Argentina de Presupuesto y Administración Financiera Pública (ASAP) a diciembre último. No está de más aclarar que sincerar tarifas de luz y gas es lograr que éstas reflejen sus correspondientes costos económicos y que sincerar es eufemismo de ajustar, vocablo en desuso por ser "políticamente incorrecto".
Paradójicamente, el reclamo de esa minoría logró que esa entelequia llamada Estado, 42 millones de argentinos, siguiera haciéndose cargo con subsidios de lo que no cubrió la tarifa. Buena parte de la oposición peronista en sus versiones K, Massa y el resto, ONG pseudodefensoras de los usuarios, una Justicia con resabios del pasado populista y la asistencia de buena parte de la prensa lo hicieron posible.


La sociedad rechaza el sinceramiento tarifario y prefiere el ilusorio confort del subsidio, negándose a aceptar sus consecuencias, no obstante ser la causa de la mitad del agobiante déficit fiscal, con todo lo que esto significa. Pero, eso sí, tolera que un sector privilegiado de la población todavía pague menos de la mitad de lo que cuestan los defectuosos servicios de luz y gas que recibe, cuando ya podríamos estar implementando, tal vez, redes de distribución domiciliaria inteligentes. Este curioso comportamiento social nos está indicando la complejidad que enfrenta el Gobierno, ya sea para resolver los problemas energéticos que hoy nos aquejan por el vaciamiento provocado en los últimos años como para poner en valor los inmensos recursos de energía renovable, hidroeléctricos, nucleares y los de Vaca Muerta.
Otra conclusión que nos deja el episodio tarifario es que en la problemática de la energía, además del factor político, influye el comportamiento sociocultural de la población, profundamente distorsionado durante la cleptocracia autoritaria kirchnerista. Por eso entiendo que para su solución debiera aplicarse una visión holística en la que participaran varias áreas de gobierno asistiendo al Ministerio de Energía.
El sector energético puede ser una gran oportunidad para empezar a pensar en grande nuestro país y salir del chiquitaje paralizante. Aceptando que el sendero de actualización tarifaria ya está encaminado y que se logrará el equilibrio hacia fines de 2018, el gran desafío ahora es concretar inversiones para desarrollar los recursos que por su potencialidad pueden asegurarnos un abastecimiento energético indefinidamente y a su vez transformar la Argentina en un exportador a escala mundial.
Pero las inversiones van a países donde, además de recursos atractivos, hay reglas de juego claras y perdurables en un marco de respeto irrestricto a las instituciones y a la ley. Valores lamentablemente degradados durante la gestión kirchnerista y que es condición sine qua non restaurar, más allá del tiempo que se requiera.
Por ahora, las inversiones externas son el único recurso disponible al no haber ahorro interno; y los cientos de miles de millones de dólares que los argentinos pusieron a resguardo de la rapiña populista durante décadas por un tiempo no se canalizarán en grandes inversiones de riesgo, por más blanqueo que haya. Por otro lado, el proceso de normalización del país encarado por el actual gobierno puede ser largo ya que implica, además de un cambio cultural, recuperar la confianza del exterior, perdida luego de años de intervencionismo, expropiaciones de renta y activos, e inseguridad jurídica.
Pero hay formas de acelerar ese proceso. Teniendo en cuenta nuestras desventajas comparativas, habría que salir a buscar a los inversores, seducirlos con proyectos que les ofrezcan más beneficios que los que obtendrían en otros países que compiten también por esas inversiones, pero que son más atractivos por sus buenos antecedentes. Y una decisión inteligente sería renunciar transitoriamente a parte de los beneficios a los que en condiciones normales tendríamos acceso. Perogrullo diría que siempre es mejor un pequeño porcentaje de algo que 100% de nada.
Y en ese sentido el gobierno del presidente Macri ha dado recientemente un paso muy importante en el megaproyecto de Vaca Muerta, que también puede marcar tendencia en otros sectores de la economía. Es el acuerdo logrado con el sector laboral para esa zona, que modifica los regímenes de trabajo en yacimientos no convencionales y establece remuneraciones en función de productividad, concepto rechazado por nuestro gremialismo durante décadas.

También los estados neuquino y nacional se encuentran trabajando en los temas impositivos y de infraestructura para que la industria alcance competitividad internacional. Simultáneamente, empresas con concesiones en la zona están introduciendo tecnología y modernos criterios de management para aumentar su productividad.
Vaca Muerta, uno de los yacimientos de gas más importantes del mundo, justifica un tratamiento especial de esta naturaleza, por el cambio radical que introduce su tecnología de punta en la industria petrolera, el nivel de inversiones que demanda y el mercado mundial energético al que apunta, donde el gas natural será el combustible estrella en la transición hacia un mundo sin combustión fósil. Así, con los ajustes en marcha del trípode laboral-empresario-estatal, se logrará en breve una unidad administrativa especial en el área de Vaca Muerta, muy atractiva para invertir, evitando los dilatados tiempos requeridos.
Ingeniero, director de YPF, ex secretario de Energía y Minería

martes, 28 de febrero de 2017

ESTA ES LA VERDAD....QUE NO TE VENDAN BASURA


Computadoras a valor internacional
La apertura de la importación generará más puestos de trabajo y obligará a empresarios locales a proveer mayor calidad a menor precio, su verdadero rol



La tecnología es el eje del desarrollo en el mundo. A su vez, el procesamiento de información y el soporte de cálculo en capacidades y velocidades cada vez mayores son actualmente la condición del avance tecnológico de cualquier país. No sólo se debe disponer de científicos y de personas preparadas en sistemas, sino también del equipamiento (hardware) en sus últimos avances y a precios accesibles y competitivos internacionalmente. Esta última condición se requiere también en soporte de todos los niveles de la enseñanza.
La Argentina expone un cuadro paradójico en esta materia. Se destaca por la capacidad creativa de sus profesionales, científicos y hasta de jóvenes innovadores en el desarrollo de sistemas. De nuestro país surgió el mayor número de registros de América latina de las denominadas "punto.com". Pero, por otro lado, el acceso a computadoras personales, laptops, tabletas y teléfonos inteligentes exige aquí pagar el doble de lo que estos elementos cuestan internacionalmente.


De este sobreprecio sólo se eximen aquellos que viajan al exterior, de donde traen estos productos, con la lamentable particularidad de que muchos los ingresan al país eludiendo los controles aduaneros.
Esto no sirve a quienes no eligen esa posibilidad y tampoco a las empresas, que deben gastar en la costosa tecnología local, que usualmente no es de punta. Habría que preguntarse cuántos miles de empleos se perdieron por ineficiencia tecnológica y falta de competitividad. También deberían evaluarse las dificultades que esta situación ha generado a profesionales independientes o a pequeños emprendedores que dependen de procesadores para trabajar y desarrollar sus negocios.


A pesar de que la Cámara Argentina de Importadores protestó públicamente por la demora en remover las trabas al comercio, acertadamente el Gobierno decidió bajar a cero los aranceles de las computadoras personales, notebooks y laptops y aliviar las restricciones para su importación. Los beneficios de esta medida son evidentes y alcanzarán directa e indirectamente a todos los habitantes.
Los fabricantes locales plantearon que se perderá una gran cantidad de empleos y manifestaron su preocupación, particularmente por el impacto en Tierra del Fuego. Se calcula que la medida compromete 1900 empleos industriales en todo el país. De ellos, 400 están en Tierra del Fuego. Debe recordarse que esta industria ha desarrollado un grado mínimo de integración. Es básicamente una actividad de ensamblado de componentes importados. Hay en este sector otros 5000 empleados en todo el país en el área administrativa y de comercialización, que, en el futuro, podrían dedicarse a sus mismas tareas sobre los productos importados, con mayores ventas resultantes de la baja de precios. Podría incluso requerirse un aumento del empleo en la comercialización minorista y en los servicios de mantenimiento.




Más allá de la particular situación de Tierra del Fuego, es probable que con la apertura de la importación finalmente se creen más puestos de trabajo que los que se perderán. No debe descartarse que algunas áreas industriales de este rubro se reestructuren y alcancen un nivel de competitividad que no sólo las haga subsistir, sino también potenciarse.
La eliminación de los aranceles de importación no ha alcanzado los teléfonos celulares. El Gobierno estudia sólo reducirlos hasta un nivel entre el 12 y el 16%.
En definitiva, se estima que en un corto plazo se perderían algo más de 1000 puestos de trabajo, con remuneraciones que son inferiores al promedio del sector industrial. Algunos de ellos no tienen las habilidades para reinsertarse fácilmente en el mercado laboral. Para ellos, el Gobierno ha implementado programas de capacitación y de reinserción con el objetivo de que puedan dedicarse a otras actividades.
Desde hace algunos años, el Estado trata de proveer a los escolares de tabletas y notebooks para que todos puedan tener contacto con la computación e Internet, ya que, a futuro, quien no domine esta tecnología será virtualmente un analfabeto con restringidas oportunidades de empleo y de una buena remuneración. Sin duda, sería mucho más sencillo que estos instrumentos estuvieran disponibles a bajo precio, para que una mayor cantidad de gente pueda tener acceso a ellos sin necesidad de la asistencia del Estado.



Perderán los empresarios que pudieron desarrollar este negocio, a pesar de la ineficiencia originada en transportes innecesarios y en procesos desarticulados y falta de escala. Lo pudieron hacer porque el Estado les concedió exuberantes beneficios fiscales y una elevada protección que les permitió vender a los argentinos a los precios que hemos mencionado. El rol de un verdadero empresario debe ser proveer a los consumidores la mayor calidad al menor precio. Las reglas deben diseñarse para que su éxito económico se logre de esa forma y no por efecto de la protección y de tratamientos impositivos especiales en desmedro de los consumidores.

viernes, 17 de febrero de 2017

¿LO PENSAMOS UN RATO ?


¿Qué sujetos queremos formar?


La película The Wall hizo su aporte a la embestida crítica contra las instituciones de la sociedad burguesa, como la familia, el matrimonio y la escuela, mediante una escena en la que se ve una fila de alumnos que van cayendo de a uno en la boca de una máquina de picar carne que simboliza la institución escolar.

 Según esa mirada, la escuela transformaba las individualidades en partes de un conjunto en el que era imposible distinguir quién era quién. La metáfora de la picadora de carne también hacía alusión a una metodología cruel en el proceso de socialización con el que se lograba ese resultado. Si bien en la actualidad las metodologías disciplinadoras son mucho más sutiles e incruentas, el propósito de borrar las diferencias y uniformar los sujetos sigue vigente en las escuelas, aunque proliferen los discursos sobre el respeto a la diversidad.
En un momento en que se están ideando e implementando diferentes propuestas pedagógicas destinadas a generar alternativas a una escuela que pasa por verdaderas dificultades para afrontar el desafío de formar a las nuevas generaciones para actuar en un mundo en permanente mutación, corresponde reflexionar sobre qué sujetos se proponen formar estas innovaciones educativas.


Si bien hay una multiplicidad de experiencias, podríamos incluirlas todas en tres grandes grupos si consideramos el impacto que en la formación de las subjetividades conllevaría su aplicación.
Uno de los grupos pone énfasis en la implementación sistemática de exámenes y pruebas. En la generalidad de los casos no incursionan en innovaciones pedagógicas, sino que siguen teniendo un currículum tradicional y una metodología basada en la transmisión de contenidos; nada que las diferencie del común de las escuelas. Pero organizan la escolarización de los alumnos como una carrera de obstáculos que deben ser superados para poder avanzar en la trayectoria escolar. El ejemplo más extremo es el de los países asiáticos. Es un modelo de exitosos y fracasados, de sociedades de ganadores y perdedores.
La opción por esta alternativa exige a las familias transformar su vida y la de sus hijos en una preparación constante para los exámenes. ¿Quiénes piensan que esta forma de vida los hará mas felices a ellos y a sus hijos? Y lo que es más importante: ¿vale la pena? Además, ¿los exámenes preparan mejor para vivir en un mundo de incertidumbres? En una sociedad imprevisible, ¿qué sujetos serán mas aptos para construir un orden que les permita vivir con felicidad: los preparados para la competencia permanente para definir quién es el mejor o aquellos capaces de construir colaborativamente las soluciones que requerirán los cambios a los que estarán sometidos?.


Otro de los tipos alternativos que se están ensayando tiene una impronta que podríamos denominar "tutelar" de las trayectorias escolares. En él, la escolarización está permanentemente custodiada por docentes que acompañan las instancias de aprendizaje para que los alumnos que tienen más dificultades puedan, aunque más no sea, mantenerse en la escuela. La propuesta tutelar en general se piensa asociada a los sectores más vulnerables o, para decirlo sin eufemismos, para los chicos pobres, que dado el modelo pedagógico vigente cuentan con menos recursos culturales que el resto de los chicos. ¿Qué sujetos nos propone esta escolarización? No es difícil deducir que se trata de alguien que se piensa a sí mismo como incapaz de ser por sí mismo. Estos sujetos están condenados a construir lazos de dependencia y tutelaje para sostener su derrotero de vida.
Hay otra serie de propuestas que modifican sustancialmente el modelo clásico, al transformar a los alumnos en un grupo que colectivamente y de forma colaborativa participa de manera activa en la producción del conocimiento a través del desarrollo de proyecto y la resolución de problemas de la vida real. 

En ellas, las nuevas tecnologías son utilizadas para acceder a la información y programar alternativas y los docentes actúan como guías que hacen posible la construcción del conocimiento sobre la base de las investigaciones y los hallazgos de sus alumnos. El modelo se propone formar sujetos capaces de interrogar el mundo en que les tocará vivir, posicionarse en él y construir en cooperación con otros. Es una escolarización que apuesta a la producción de sujetos capaces de pilotear su propia vida sin empujar a nadie, sin pasar por el temor de ser empujado y sin protecciones invalidantes. ¿Cuál de estos sujetos quisiéramos que fabrique nuestra escuela?

GUILLERMINA TIRAMONTI
Investigadora de Flacso, miembro del Club Político Argentino

sábado, 11 de febrero de 2017

PARA PENSAR


Esplendor y caída del sueño bolchevique
La revolución de 1917 prometió la utopía de un mundo sin injusticia, pero su realidad fue una pesadilla
Loris Zanatta


BOLONIA.- La revolución bolchevique cumple cien años, pero murió hace mucho tiempo, enterrada por aquellos mismos que la vivieron o la sufrieron: los soviéticos. Sin embargo, es fácil predecir que este aniversario traerá consigo ríos de lágrimas nostálgicas. Hoy, como entonces, muchos dirán que la civilización liberal llegó a la última parada, que el capitalismo está en su etapa final, que la burguesía tiene ya un pie en la tumba. Y así sucesivamente. En realidad, en el siglo pasado todos ellos se han expandido y consolidado. Pero no importa: la atmósfera apocalíptica que reina en nuestros tiempos parece muy apropiada para celebrar las glorias de la Gran Revolución; para revivir la ilusión que François Furet relegó al pasado; para sacudirse de encima la historia y volver a soñar.
Para los muchos que aún persisten con ese sueño, será bueno recordar que ese pasado fue trágico, que para millones fue una pesadilla. El comunismo soviético prometió derechos que luego violó. La prometida autodeterminación desembocó en deportaciones, la prosperidad en hambre, la libertad en opresión, la modernización en militarización, la igualdad en el dominio de una nueva oligarquía. Su romántica idea de comunidad asumió pronto los rasgos de la orwelliana Rebelión en la granja, donde al comunismo, la nueva religión del Estado, fueron sacrificados los herejes que osaban rezar a un Dios diferente, o a ninguno. ¿Fue una buena idea mal aplicada? Dichosa ilusión: era precisamente esa idea la que producía ese resultado.

Se dirá que el balance del comunismo soviético no es tan negativo: ¿no protagonizó acaso una gran epopeya modernizadora? ¿No fue tan impresionante que logró transformar la desgraciada Rusia zarista en la gran potencia industrial y militar que fue la Unión Soviética? Claro, esto provocó el exterminio de una entera clase social, el sacrificio del consumo a la producción, de la libertad a la obediencia, del pluralismo a la unanimidad, del individuo a la comunidad, del ciudadano en carne y hueso a la abstracción del "pueblo"; todas cosas que ninguna democracia parlamentaria jamás podría imponer a su clase obrera, a sus ciudadanos, a su electorado. ¿Pero quién lo negará? ¡Fue un gran proyecto de modernización! ¿En serio? ¿Y no había otra forma de hacerlo?
De hecho, es todo muy cuestionable. La Rusia bolchevique dio la espalda al camino de modernización que en Occidente estaba dando lugar a la maduración de las fuerzas productivas, la antesala del comunismo imaginado por Marx. Más allá de la ideología, en los hechos, la modernidad que ella creó se fabricó con los materiales de la tradición anticoccidental rusa y oriental, basada en el comunitarismo campesino, en el imaginario religioso creado por una cristiandad milenaria. En este sentido, la revolución bolchevique terminó por encarnar el triunfo histórico de la Rusia cerrada y rural contra la Rusia abierta y urbana; la afirmación de la tradición oriental sobre la tímida y acerba modernidad secular introducida por el antiguo despotismo ilustrado de Pedro el Grande y otros modernizadores ambiciosos. La providencial emancipación del pueblo se transformó así en tiranía comunitaria decidida a expulsar y aplastar, en nombre de su armonía e identidad, todas las formas de creatividad, libertad, libre iniciativa y desviación de la nueva ortodoxia reinante. De esa forma, el sueño modernizador del bolchevismo perdió su cita con la modernidad, y tal fue la principal causa de su caída.
Caída que no por casualidad, recuerda Hélène Carrère d'Encausse, coincidió con el despertar de la antigua alma prooccidental oprimida durante décadas, expresada en la frase en boga durante la Perestroika "ya no se puede vivir así", que aludía a la barbarie de la vieja Rusia gris, autoritaria, intolerante. Aun menos casual es que el resultado de la larga transición que siguió al colapso de la Unión Soviética haya visto sucumbir una vez más a la Rusia europea frente a la antigua y eterna Rusia que Vladimir Putin, nuevo zar, colocó bajo el paraguas protector de la cristiandad ortodoxa, fuente espiritual del nuevo orden, en continuidad orgánica con el pasado.
Por encima de todo, sin embargo, la revolución bolchevique prometió la utopía, señaló un futuro feliz, anunció un mundo libre del mal, la injusticia, el dolor, donde el bien y la justicia triunfarían. En esto residía su inmensa fuerza y en esto hacen hincapié todavía las nuevas generaciones que la mitifican; la misma fuerza, después de todo, de las grandes religiones, capaces de calentar los corazones indicando el camino hacia la tierra prometida, de sacrificar el presente a un futuro de salvación, la materia al espíritu, los intereses al heroísmo. Que el futuro perteneciera al comunismo y que así estaba escrito en las leyes invisibles de la historia fue la certeza inquebrantable de los marxistas, soviéticos y no soviéticos, durante todo el siglo XX. Muchos, estoy seguro, siguen pensándolo, y hay quienes, como Fidel Castro, murieron con esa convicción.
Quién sabe qué opinarán al respecto los historiadores futuros. Hasta la fecha, el comunismo soviético nacido aquel octubre de hace cien años, cuando los bolcheviques tomaron posesión por la fuerza de la revolución democrática en marcha, no se parece en nada a esa etapa de la historia que los teóricos marxistas profetizaron; es decir, la época en que, según Marx, tendría fin la vergonzosa prehistoria de la humanidad, transitada sin gloria a través de la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo, de un sistema de explotación al otro. El comunismo, quería la doctrina, haría finalmente ingresar a la humanidad en la Historia, iluminándola de hermandad y desinterés; el Hombre Nuevo comunista eliminaría de una vez por todas las tendencias pecaminosas del viejo hombre burgués, egoísta e individualista. ¡Qué abismo entre ese futuro soñado y el pasado dejado! Lapidario, Santos Juliá señaló: el comunismo soviético terminó siendo la forma asumida en Rusia por "la transición, tardía y particularmente cruel, del feudalismo a la más rapaz versión del capitalismo". Más que un salto hacia el futuro, añadiría, más que una vía universal a la modernidad, la parábola bolchevique resultó en un desesperado intento de neutralizar sus efectos amenazantes sobre la identidad y la cultura de la antigua Rusia.
Aunque los libros de historia soviética que leí en mi juventud lo describieran como un reaccionario del que era aconsejable mantenerse distante, nadie entendió mejor la profunda naturaleza del bolchevismo que Nicolas Berdiaeff, filósofo católico que el régimen revolucionario no tardó a enviar al exilio. Él, que había vivido la revolución y al que la fe no le hacía defecto, no tenía ninguna duda: la fe comunista tenía "orígenes religiosos e incluso cristianos" que ni siquiera el ateísmo bolchevique había cancelado. Más: era precisamente esa raíz religiosa que le daba su gran fuerza y le permitía atraer a las masas. El bolchevismo, observó, rompía con la idea de "la independencia individual y la laicidad de los tiempos modernos" y exigía "una sociedad sacralizada". Esto le hacía afirmar, justo cuando la revolución estaba en su infancia: la que empieza "no será más una época secular, sino religiosa". La religión del Anticristo, para él; la de Lenin, para los nostálgicos.
Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia

domingo, 9 de octubre de 2016

LA FORMACIÓN DE LOS DOCENTES; PARA PENSAR...


Una escasa oferta universitaria
El 80% estudia en institutos estatales; incipientes carreras de grado de nivel superior


Los gremios docentes y los funcionarios de educación coinciden en que "por tradición" la formación de docentes de escuelas primarias se da preferentemente en institutos estatales y no universitarios. Especulan con que los aspirantes suelen recurrir, en Buenos Aires y en la Capital, a los colegios normales que históricamente formaron maestros de grado.
En esos institutos estudia el 80 % de quienes quieren ser maestros. Las opciones universitarias son contadas. En La Plata existe la estatal Universidad Pedagógica, que estaba en la órbita provincial y a fin del año último pasó a ser nacional. Tiene cuatro licenciaturas con especialización en Matemáticas, Lengua, Ciencias Sociales y Ciencias Naturales.


La novedad en el terreno privado surge en la Universidad Católica Argentina, que, en 2017, estrenará un profesorado de Educación Primaria, que entre otros aspectos ofrece como atributos de la formación gran parte de los aspectos que hoy aparecen como un déficit en la formación de maestros de grado.


"El modelo de aprendizaje será inclusivo y efectivo. En el sentido de que los docentes estén preparados para enfrentar la diversidad de un aula y convertirla en una oportunidad de aprendizaje de todos. Y en segundo lugar, que ese aprendizaje se vuelva efectivo para superar la dicotomía de que la inclusión es igual a baja calidad", dice Carlos Torrendell, a cargo del Departamento de Educación de la UCA. Los estudiantes tendrán prácticas en las escuelas desde el primer año y en una red de escuelas heterogénea desde el punto de vista socioeconómico.